La carta de Moira llegó varias semanas después, cuando el frío de febrero hacía inapetecible los viajes a la cabaña de Hagrid y atravesar los pasillos era una carrera desde una chimenea a otra. Los estudiantes apenas salían de sus Salas Comunes, lo que para Lily, por fin, era una alegría. Su situación había cambiado radicalmente. Archana y Heather rara vez le dedicaban una mirada pero Corvinus y Steve la había invitado en varias ocasiones a estudiar con ellos. Había recuperado también su puesto en el equipo de Quidditch, aunque entre los jugadores aún se oían debates enraizados sobre su actuación en el duelo. De alguna manera, toda la Casa conocía los detalles de este.
Lily se había convencido de que sus opiniones no le importaban, aunque le escocía que el capitán le hubiera retirado la palabra y solo se refiriera a ella como "la segunda buscadora". La actitud de Richard mejoró cuando Cordelia salió de la enfermería. Para sorpresa de todos, la niña eligió a Lily como compañera de pupitre en la clase de Transformaciones; y, aliviada porque hubiera aceptado su ofrenda de paz, Lily no supo cómo separarse de ella en el resto de las clases, a pesar de la dolida mirada que le dedicó Matilda y la estupefacción de Hugo.
—Es agradable sentirse querida en Casa —les explicó cuando quedaron para ponerse al día.
Se habían apiñado en una esquina de la sala de estudio, a la que Hugo había llegado cargado con dos mantas de tweed y una jarra de té caliente que se auto rellenaba cuando menguaba hasta un quinto de su capacidad.
—¿Por fin te contestó Moira?
—Sí, aunque, bueno, no es gran cosa —. Matilda se atusó el pelo y sacó la carta del sobre. El pergamino estaba manoseado y sus puntas dobladas se deshacían —. Creo que ya no está enfadada, pero dice que es imposible curar maldiciones con la medicina muggle actual.
—¿Nada? ¿Ni siquiera para paliar algún efecto? —preguntó Hugo.
—Dice que sabe que están haciendo ensayos, pero que la mayoría de los médicos no puede justificar racionalmente los trastornos ocasionados y que, en general, los magos son buenos borrando sus huellas —leyó Matilda.
—Supongo que tiene sentido —suspiró Lily sirviéndose una taza de té —Tú, ¿sigues trabajando con Neville y la profesora de Pociones?
—No tanto. Últimamente estoy más con Hagrid y el Comité de Bienvenida. ¿No os habéis enterado? —Las miró sorprendido —.Pero si ya casi están aquí. En menos de una semana… —Se llevó la mano a la boca y consultó el reloj —No, no, si no lo sabéis, mejor que sea una sorpresa. Yo me voy ahora, que quedan cosas por ultimar. ¡Ya veréis!
Las dos primas intercambiaron una mirada mientras Hugo recogía sus cosas y salía del lugar. Lily quiso comentar algo pero Matilda la interrumpió.
—Igual Scorpius puede hablar con Druella. Quizás a ella le digan más cosas por ser de familia mágica. Podríamos preguntarle.
Lily accedió y, para su sorpresa, solo Albus puso reparos.
—Tenemos que pedir permiso. Si nos pillan sacando secretos del castillo, nos matan. ¡Nos expulsarán del colegio!
—Hagamos que eso no ocurra —dijo Scorpius, que ya había terminado de redactar la carta.
—Entiéndelo de una vez, por favor —le pidió Albus a su amigo, cogiéndole de la mano —¡No es tu deber! Ya renegaste de esa parte de la familia, no tienes porqué corregir sus errores.
—Sin embargo, tener acceso a ese conocimiento es una responsabilidad. No se trata únicamente de los Longbottom. En la zona de Cuidados Infinitos de San Mungo se encargan de otras víctimas de la cruciatus y pasear por allí es—
— ¡Calla! —gritó Matilda con los ojos cerrados y tapándose los oídos —¡No quiero ni recordarlo!
—Por favor, Albus —le pidió Scorpius —. Si alguien nos descubre, asumiré la carga en solitario, aunque me sentiría más seguro al contar con tu apoyo.
—Está bien —cedió Albus —, pero espero que los Malfoy tengáis acceso a otra sala secreta de las vuestras, porque esto sí que no podemos hacerlo en cualquier parte.
—Oh, el castillo proveerá. En el tercer piso se encuentra la sala que necesitamos.
Scorpius los guió hasta un pasillo que no tenía nada de especial. Lily escudriñó la pared, en busca de alguna muesca en la piedra o algún brillo mágico en el aire pero nada delataba que eso fuera una entrada. De repente, unas filigranas de hierro se dibujaron sobre el muro hasta crear una puerta, que se abrió para darles la bienvenida. Lily esperaba una sala similar a la que le había enseñado Richard, con una espacio diáfano y símbolos heráldicos, pero aquella habitación era una mezcla más anodina entre el aula de Pociones y la Biblioteca. La pared de enfrente estaba cubierta por una estantería que llegaba al techo y a cuyas alturas solo se accedía por medio de una escalera que rodaba junto a la esquina. En el centro, una mesa rectangular y alargada mostraba como en un museo una serie de utensilios que el castillo consideraba que podrían necesitar: probetas, alambiques, tenazas y destornilladores, varios tubos de ensayo, y en tres círculos concéntricos una serie de runas. Los niños rodearon la mesa mientras Scorpius tomaba notas.
—Tenemos todo lo que necesitamos —dijo Albus dejándose caer en el sofá que había al fondo de la sala —. Ya solo nos falta saber qué hacer con ello.
—Una vez haya compartido con Druella este inventario, nos dirá cómo proceder —dijo Scorpius levantando el pergamino —. Cuando éramos más jóvenes, realizábamos experimentos en el laboratorio de casa.
—¿Tenéis un equipo así en casa? —preguntó Matilda asombrada.
Scorpius asintió y abarcó en un gesto la zona de descanso.
—Excepto por la parte de la camilla y los sofás… En casa no nos dejaban experimentar con nadie, aunque en la mansión de mis abuelos paternos el laboratorio debía tener varias camas.
El niño sacudió la cabeza y Lily reprimió un escalofrío. Miró a Matilda, que se aferraba a la baranda de la camilla con fuerza y se acercó para llevársela hacia otra parte pero trastabilló y la golpeó en la espalda.
—Perdón —balbuceó cuando Matilda se giró.
Lily vio parpadear el rostro de su prima delante de ella y después sintió como sus piernas perdían el equilibrio. Notó los brazos de Matilda sujetándola pero ambas acabaron en el suelo. El castillo temblaba y por las caras asustadas de Albus y Scorpius no debía ser algo normal.
Salieron al pasillo apoyándose en la pared y bajaron con cuidado las escaleras. Compañeros de otras Casas salían a su encuentro preguntándoles, entre la curiosidad y el miedo, qué estaba ocurriendo. Los temblores seguían un ritmo peculiar, como si alguien caminara sobre el castillo. Los chicos se asomaron a una ventana y otearon el horizonte.
—¡Allí! —gritó alguien —¡Un unicornio volando!
—¡Los unicornios no vuelan!
De repente, un ojo apareció delante de ellos. El radio de su pupila era tan ancho como la propia ventana y el iris marrón oscuro se movía desafiando los márgenes de esta, deseoso de captar lo que había detrás de ella. Los chicos se echaron hacia atrás, sorprendidos y asustados.
—¿Gigantes? —.
La criatura se retiró unos metros y los chicos vieron un hombre barbudo y de piel tostada sentado sobre su hombro derecho. El señor le gritaba algo en un idioma que ninguno de los estudiantes entendió, pero el cíclope parecía reacio a hacerle caso. Cuando nuevos temblores volvieron a sacudir el castillo, el gigante se giró y, al descubrir a sus hermanos, abandonó el interés por lo que había al otro lado de la ventana. Los chicos observaron en silencio cómo se alejaba.
—¡Eh! ¡Hay que bajar al Gran Comedor! —les gritó un alumno —¡Los profesores y la directora ya están allí!
Corrieron hacia el salón donde los prefectos trataban de poner orden entre gritos de pavor, emoción y preguntas que se movían de una mesa a otra. Hestia tomó a Lily del brazo y la arrastró hacia donde estaban Steve y Cordelia.
—¿Qué ocurre?
Cordelia cerró los ojos, se puso un dedo en los labios y sacudió la cabeza. Parecía cansada, incómoda entre tanto ajetreo. Steve señaló a McGonagall con la cabeza.
—Cuando se callen, lo explicará. Ahora solo intercambian habladurías.
Poco a poco, los alumnos fueron calmándose mientras las velas que flotaban en el cielo mágico chocaban entre ellas y algunas secciones de las mesas saltaban en el aire.
—Este es un año especial para Hogwarts —dijo McGonagall poniéndose en pie —. Desde los orígenes del colegio, se han celebrado justas y torneos en nombre de la cooperación internacional de magos. Con el interés de conocer a nuestros vecinos europeos, el colegio ha participado en intercambios educativos que enriquecen nuestra visión de la magia y nos llevan a hacer lazos de amistad que resultan de gran valor en tiempos de crisis.
La directora se detuvo un momento mientras un rumor recorría el comedor. Lily creyó captar algo sobre un torneo de tres magos pero cuando se inclinó para preguntarle a Steve, McGonagall retomó la palabra.
—Desde hoy hasta las vacaciones de primavera, seremos los anfitriones del colegio… —miró a Hagrid y sacudió la cabeza —, de los distintos colegios que configuran la educación mágica de nuestra vecina España. A lo largo de la semana, irán llegando los alumnos y quiero que Hogwarts se sienta orgulloso de vuestra acogida. Durante el próximo mes de marzo, disfrutaremos de un intercambio educativo en el que acudiréis a sus clases y ellos participarán de las vuestras. —Se calló unos instantes y su voz tomó un aire grave al añadir: —Lo que aprendáis estos días se quedará para siempre con vosotros.
McGonagall los despidió y los chicos volvieron a las Salas Comunes. Cuando el grupo de Slytherin de primero llegó a las mazmorras, Lily vio al equipo de Quidditch discutir acaloradamente sentados alrededor de la segunda chimenea.
—Potter —la llamó Richard —. Esto es importante.
—No hay nada que hacer —decía Abigail en ese momento —. La liga está suspendida. No creo que ni podamos entrenar.
—¿Pero cuánto tiempo van a ocupar el campo? —se escandalizó Jess.
—¿Estáis seguros que se retoma en abril? Se nos van a juntar con los exámenes y mira, Richard, yo los TIMOS los tengo que sacar.
—Alucino con que no jueguen al Quidditch. ¡Madre mía! Si es que el Creothethan lleva siglos prohibido. ¿Qué viven aún? ¿En el medievo?
—Ni idea, pero ni te imaginas los líos que está habiendo con las habitaciones —se quejó Vindicus, uno de los golpeadores —Bueno, ¡cómo que me han cambiado de cuarto! ¡Con lo feliz que estaba yo solo!
—¿Te han puesto con Diane Montague? —preguntó divertida Abigail levantando las cejas.
—¡Qué más quisiera yo! No, me han puesto con elle —dijo señalando a Neil, su compañere golpeador —Creo que esperan que convirtamos el cuarto en un campo de bludggers.
El chique se echó a reír y, a pesar de la inquietud que sentían, el resto del equipo lo imitó.
Pronto, sin embargo, quedó claro que los españoles tenían más de una tradición diferente.
Los alumnos, que fueron llegando a lo largo de la semana, no se organizaban por Casas, sino por aquelarres y cada uno había instalado su campamento donde había querido. Había un grupo de caravanas instalado junto a las Jardines y vigilado por una familia de ojancos que jugaban a los naipes desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche, cuando se levantaban a estirar las piernas. Otro grupo dormía en una isla de madera sobre el lago; otro, en lo alto de los árboles de la primera línea del Bosque Prohibido. Había quienes se habían alojado en las Tres Escobas en Hogsmeade y quienes preferían dormir en el castillo.
Más que un colegio, aquello a Lily le parecía una miriada de culturas que difícilmente podría entender en el transcurso de un mes. El único momento en que parecían un grupo homogéneo era durante los partidos de Creaotheceann. A pesar de la reticencia motivada por la suspensión de la liga de Quidditch, a más de uno le llamó la atención.
Se jugaba entre varios equipos, cuyos jugadores se colocaban en posición simulando un tipo de ave, y sobre sus cabezas flotaba pequeños calderos. En el aire, había cientos de bolas de colores que se precipitaban hacia el suelo al sonido de un cuerno. Los jugadores salían de sus posiciones intentando atrapar las bolas del color de su equipo mientras se defendían de los hechizos que los demás equipos les lanzaban y que venían determinados por el número de bolas sin color que atrapaban.
Las primeras veces, solo competían los aquelarres españoles, pero enseguida se fueron animando el resto de las Casas. James, deseoso de montarse de nuevo en una escoba, arrastró a su equipo de Quidditch para jugar un amistoso contra Hufflepuff y dos aquelarres del norte, y días después aún comentaba entre risas el momento en que una de sus esferas se transformó en una gallina que lo atacó con una tormenta de huevos hasta cegarlo y obligarlo a aterrizar.
Pero lo que más le agradó a Lily fue el cambio que produjeron las asignaturas de los aquelarres. La mayoría de ellas tenían un nombre similar a las clases de su colegio muggle y mantenían un equilibrio curioso entre ambos mundos. En los apuntes de Química y Alquimia se explicaban las reacciones que se daban dentro de los calderos y tras analizar una serie de sencillas pociones, tenían que tratar de inventar otras que ellos mismos diseñaban. La clase de Física Mágica era mucho más teórica y segura, sin explosiones aleatorias ni visitas obligadas a la enfermería, pues su objetivo era explicar porqué era posible convertir una flor en una rueda pero no en un dedal. Algo similar hacían en Gramática y Etimología Clásica pues se centraba en la creación lingüística de encantamientos y muchos de los deberes eran crear tus propios hechizos.
—He investigado y sé de buena tinta que la mayoría de los aquelarres mandan a sus hijos a los colegios muggles —les explicó Hugo un día —. Algunos tienen doble formación, pero otros en lugar de asignaturas concretas dan ámbitos, y otros me han dicho que trabajan por proyectos, o le dicen al gobierno muggle que estudian en casa.
—¡Es como si ya hubieran superado todos sus prejuicios! —exclamó Lily extasiada.
—¿Y el Estatuto del Secreto? Pensé que era algo internacional.
—No, realmente cada país funciona a su estilo. La caza de brujas en España debió centrarse más en las mujeres, porque, por lo que he descubierto, en la Inquisición también había brujos. Y los muggles deben ser muy supersticiosos.
—¡Estoy segura que ellos pueden ayudarnos! —dijo Lily y se giró a Matilda —¿Crees que deberíamos preguntarles sobre las bolas de Druella?
Matilda movió la cabeza varias veces antes de contestar:
—Bueno, prometimos no decírselo a nadie. No sé si a Scorpius le gustaría, y podríamos meternos en un buen lío si nos pillan.
—¿Ya habéis avanzado algo? ¿Qué tenéis? —preguntó Hugo. Sacó un nuevo pergamino y agarró la pluma con gesto expectante. —¡Contadme!
—Druella le envió a su hermano una serie de bolas. Dice que las usan para capturar la esencia de los hechizos y así estudiarlos.
—¿Y quiere que le mandéis los hechizos ahí encerrados? —preguntó Hugo —No sé si lo estoy entendiendo bien.
—No, en teoría, eso es para nosotros. Como el primer paso, ¿sabes? —trató de explicarse Lily —Por ejemplo, el otro día conseguimos por fin abrir la bola y que esta cogiera un hechizo de Lumus y… —miró a Matilda sin saber cómo continuar.
Su prima rebuscó en la mochila y desenrolló un pergamino. Pasó la varita sobre él y murmuró un hechizo que reveló los apuntes que había cogido.
—Bueno, descubrimos varias cosas. Primero fueron las runas de activación. La esfera —se inclinó hacia delante para que Hugo pudiera ver el dibujo que había hecho —tiene varios símbolos a su alrededor y si los tocas con la varita en el orden correcto activan los distintos procesos. Este de aquí es para que las bolas capturen un hechizo…
—Aunque para eso la varita que lo lanza tiene que estar muy muy cerca —interrumpió Lily.
—Y este para diseccionar el hechizo y este para sacarlo de nuevo—
—No me digas que cuando lo sacas ya está invertido. —Hugo ahogó una exclamación.
—Ojalá —suspiró Lily.
Los tres compartieron una mirada de decepción, aunque a Lily aquello le recordaba más a las excitantes partidas de escape-room que solía jugar con Hugo los viernes por la tarde mientras esperaba a que sus padres aparecieran por la chimenea de la casa de sus tíos. Al final, todo era cuestión de seguir probando.
—No es poca cosa —concedió Hugo un rato después, cuando salían de la sala de estudio —De hecho, me encantaría trabajar con vosotros pero no podía dejar pasar esta oportunidad.
—Bueno, podrías ayudarnos. Albus dice que aunque no podamos probarlo con la gente que ha sufrido una cruciatus, sí podríamos intentar arreglar un maleficio.
—¿No habéis dicho que tenéis que tener acceso al hechizo justo cuando se hace? ¿Cómo podrías curar tú un maleficio si no sabes lanzar ninguno?
—Scorpius dice que hay un hechizo que repite el último que hizo la varita —explicó Lily —Y me acordé de que Rose me comentó que el tío Ron tenía dos varitas y que el último hechizo de una era un desmemorizador. ¿Y si pudiéramos recuperar ese maleficio y ver cómo funciona? Si conseguimos devolverle los recuerdos a su dueño, sería magnífico; pero si no… no se va a acordar.
Hugo se paró en seco, como si el caminar le impidiera pensar con lucidez. Las chicas le miraron expectantes.
—No sé si se merece recuperarlos, aunque habría que hacer justicia a esa gente —masculló antes de asentir —. Hablaré con mi madre.
—Y si sale bien, —inquirió Lily —¿crees que podrías conseguir la otra? ¿La segunda varita de tu madre?
—No estoy seguro —respondió Hugo bajando la voz —, pero puedo intentarlo.
Dos días más tarde, Hugo les entregaba una cajita alargada en la puerta del Gran Comedor. Venía con un sobre cerrado y el consejo de que, en caso de problemas, pidieran ayuda a Neville, pero ni Lily ni Matilda se molestaron en abrir la carta y subieron corriendo las escaleras hasta el tercer piso.
Una vez dentro, sujetaron una bola vacía con el trípode y Matilda, que ya se conocía de memoria las fórmulas, se subió a la silla y se acercó a la esfera con los ojos entrecerrados para ver las pequeñas runas que activaban la pieza. Tocó las tres claves mientras pronunciaba un alohomora y se apartó rápida mientras la parte de arriba de la esfera se desenroscaba y se levantaba unos milímetros, lo suficiente para poder meter la punta de la varita. La esfera solo cogía los hechizos que salían por el extremo, nunca los que se escapaban por las astillas que había a lo largo de la vara. Habían practicado cómo lanzar los hechizos varias veces, hasta que el número de bolas se agotó drásticamente y llegaron a la conclusión de que solo Scorpius sabía lanzar bien el hechizo.
Matilda sostuvo la varita de Ron mientras Scorpius cogía aire y pronunciaba el hechizo de repetición. La varita tembló entre los dedos de la niña, que la sujetó con las dos manos hasta que en una sacudida el hechizo se descargó dentro de la esfera. Rápidamente, Matilda se apartó y Lily activó las runas que cerraban la bola. Albus bajó la argolla, colocó el juego de lupas alrededor de la esfera y mojó la pluma en el tintero, preparado para apuntar cualquier cosa nueva que descubrieran.
Todo lo que tenían eran breves apuntes y muchas hipótesis sobre cómo funcionaban los hechizos. Las clases de Física Mágica a la que acudían los de tercero les había ayudado a vislumbrar algunos de los procesos de los que habían sido testigo. Cuando probaron los hechizos de Lumus y Nox descubrieron que el hechizo de creación de luz desplazaba la energía de una fuente hacia otra, mientras que si el hechizo venía precedido por un Nox, que había robado antes la energía de la misma fuente, el Lumus era mucho más potente. La varita de Ron había llegado cuando estudiaban el Alohomora, que Matilda sospechaba que funcionaba leyendo la información de la cerradura y creando una llave que se plegara a las caprichosas aristas del cerrojo.
Para entonces ya habían agotado todas las bolas excepto aquella con la que trabajan en ese momento. Scorpius les había dicho que Druella no les podía mandar más, al menos no por el momento, así que los chicos estaban decididos a darlo todo en aquel último intento.
Los niños siguieron con la mirada las ondulaciones y sacudidas de los haces de luz en que se dividía el hechizo, haciendo que a Lily la esfera le recordara a las lámparas de plasma que había visto en su anterior colegio. Las serpientes de luz se agitaban entre luces de colores que chocaban entre sí y se agrandaban y empequeñecían creando la ilusión de imágenes dinámicas. Lily se acercó a la lupa, interesada en saber si aquellas imágenes era un efecto óptico o los recuerdos arrebatados por la varita.
—Veo vampiros y ¿una banshee? —murmuró Albus junto a ella —. ¿Era profesor de Criaturas Mágicas?
Lily se mordió el carrillo sin apartar la vista de la esfera. El desafío que enfrentaban ahora era el de sacar aquellos recuerdos, sin perderlos ni dañarlos, y devolvérselos a su dueño legítimo. Pero no existía un hechizo para recordar porque, y ahora lo entendía, no había magia capaz de crear en la mente de la víctima las vivencias que no existían. Buscaron entre los libros de la sala y entre los viejos y los nuevos apuntes el origen del obliviate.
Escribieron, tacharon, emborronaron, cada uno en su pergamino y en los huecos que tenían, palabras que sirvieran para conducir aquellos haces de luz de regreso a la memoria. Solo tenían una oportunidad, así que caminaban con pies de plomo, debatiendo cada propuesta hasta que los cuatro estuvieran seguros de ella. El reto había devuelto la alegría y la curiosidad a Matilda, que, al igual que Scorpius, parecía entender aquello como un trabajo con el que superar la fase del purgatorio. Lily esperaba que así fuera, que una vez lo consiguieran su prima y su amigo no dudaran más de su valía ni cargaran con arrepentimientos que no eran suyos. Los dos niños seguían yendo a San Mungo cada sábado, aunque Neville les había prometido que serían libres cuando llegara la final del Creaotheceann, la semana anterior a las vacaciones de primavera.
El invierno se despedía así del colegio entre sacudidas, explosiones y rompecabezas, y Lily no podía evitar desear que todo el año se mantuviera igual. Le hacía feliz estar ocupada, estar rodeada de gente que buscaba su compañía y a la que le interesaba su opinión. Su situación en Slytherin había mejorado tanto que a veces se preguntaba cómo era posible que hubiera querido abandonar. Su relación con Cordelia podía llamarse incluso amistad. Las dos solían sentarse juntas en clase y dentro de la Sala Común. La niña no era muy habladora pero había decidido pegarse a ella con actitud amigable y Lily no quería estropear el momento.
Pero como si el castillo se hubiera aburrido de aquella existencia de felicidad anodina, días antes de las vacaciones, el ánimo de Lily se nubló. Estaba inquieta, y era incapaz de seguir el hilo de las clases y de sujetar cualquiera cosa, incluida su varita, sin que esta acabara en el suelo a los pocos minutos. Matilda, en cambio, parecía cada vez más segura de sí misma
—Saldrá bien, tiene que salir bien. Llevaremos la esfera a San Mungo y nadie lo sabrá.
Habían decidido que lo mejor era hacerlo fuera del castillo. Matilda y Scorpius le habían pedido a Neville que les dejara despedirse de los enfermos el mismo sábado del partido y el profesor, cuyo plan inicial era acudir a ver la final, les había dado permiso para usar su chimenea y aparecerse en el hospital. Habían diseñado el hechizo en base a la palabra agnoscis, y lo habían grabado en las runas de la esfera. Esperaban que cuando el verdadero dueño de los recuerdos la tomara entre las manos pudiera reconocer esas imágenes y así recuperarlos. Quizás funcionara o quizás no, pero aquella era la única oportunidad que tenían de descubrirlo.
—Será rápido —explicó Scorpius, mientras se despedían a la puerta del despacho de Neville. —Matilda —señaló a su amiga que levantó la esfera antes de guardarla en su bolsillo — y yo le haremos llegar el hechizo y volveremos cuando aún estéis en el partido. No deseo perderme la histórica alianza de Gryffindor y Slytherin para defender el honor del colegio.
Lily se rió, deseosa de relajarse, cuando una voz detrás de ella le hizo volverse.
—Si Abraxas levantara la cabeza…—murmuró Cordelia aproximándose a Lily —. ¿Dónde te hallabas? Habíamos dicho de ir juntas al partido.
—¿Ah si? —balbuceó esta.
—¡Potter!
Esta vez era la voz de Richard. Se giró para ver al capitán cargado con un pequeño baúl entreabierto en el que se movían varias pelotas de colores. El chico lanzó una mirada penetrante a Cordelia y dejó su carga en los brazos de Lily. La niña se tambaleó con el peso repentino y sonrió incómoda a sus amigos.
—¿Vamos yendo? —les preguntó Richard.
Había agarrado a Cordelia de la muñeca y tiraba de ella hacia el final del pasillo. Le echó una mirada confusa a Scorpius, pero este retrocedió y señaló la puerta del despacho de Neville.
—Nosotros…
No pudo continuar. Una sacudida zarandeó el castillo y, como ya era habitual, los chicos se movieron para mantener el equilibrio. Scorpius rodeó a Albus de la cintura y le cubrió la cabeza mientras se pegaban a la pared; Cordelia y Richard se agacharon junto al banco, con las manos aún tomadas. Lily, en un acto reflejo, se acercó a Matilda pero el peso del baúl la hizo trastabillar y las dos cayeron al suelo. Las bolas saltaron y rodaron por las baldosas en una alocada carrera. Una segunda sacudida las hizo botar y Lily maldijo entre dientes mientras trataba de agarrar las que tenía más próximas.
—Toma —le dijo Richard pasándole un par —. Venga, vayámonos antes de que a otro ojanco le dé por levantarse y perdamos el resto.
Hizo un gesto a Lily y esta enfiló el pasillo hacia el exterior. Apretaba la caja contra su pecho recordando la mirada acusatoria con la que Richard se había acercado a ellos. ¿Sabría lo que estaban haciendo? ¿Se lo habría contado Scorpius? No parecía posible, pero…
—Tienes que dejar de hacer eso —escuchó que Richard le decía a Cordelia —. Está mal.
—¿Acaso no me alentabas a ello antes?
—Sí, pero no de esa forma. No es… ético.
—Sé que tú también tienes tus reservas. Por mucho que te guste, sabes que no podemos confiar plenamente y…
—Tampoco me fío de los otros —dijo Richard bajando tanto la voz que Lily dejó de oírle.
La niña aceleró el paso hasta llegar a los vestuarios, donde los jugadores de Gryffindor y Slytherin se preparaban para saltar al campo. Su uniforme era diferente al que solían llevar, pues mezclaba los colores verde y rojo, aunque cada uno llevaba un broche de oro o plata para distinguirse de la otra Casa. Vio a Rose y se acercó a saludarla.
—¿Me echas una mano?
—Pero tú, ¿qué te crees? —le espetó su prima —¿Que yo solo estoy aquí para servir a tus planes o qué?
Lily dejó caer el baúl a sus pies estupefacta. ¿A qué venía ese arrebato? ¿Qué había hecho ahora? Se volvió para llamarla, pero su prima ya había atravesado la cortina que daba a la pista.
—Es que está nerviosa, pero nada de que preocuparse —la tranquilizó James, que se había acercado a por el baúl—. Anda esperando una lechuza de casa y, además, hasta que no termina un partido es puro nervio.
No era la única.
Mientras Lily subía a las gradas con Cordelia agarrada de su brazo, escuchó varios comentarios sobre el partido que tenían ante sí. El campo de Quidditch, que apenas había cambiado desde la llegada de los aquelarres, había sufrido una drástica transformación. La superficie, antes llana y casi olvidada, era ahora una accidentada cadena montañosa en cuyas alturas pequeños volcanes lanzaban fuego, chorros de agua, ráfagas y torbellinos de aire, rayos eléctricos y otras desagradables sorpresas.
La profesora McComarck estaba suspendida en el aire, sentada sobre su escoba y con el cuerno de barro que marcaba los tiempos de cada jugada. Los aquelarres se colocaron en sus posiciones, simulando un anka, un bú y una chancalaera mientras que los jugadores que representaban a Hogwarts formaron un águila. Lily se imaginó a Albus entre los gritos entusiasmados de los Ravenclaw y se preguntó si habría llegado ya al campo o estaría haciendo guardia a la puerta del despacho de Neville.
Se removió inquieta al pensar en la misión y percatarse de que ella no participaba del momento clave, otra vez. Su ausencia el día que visitaron la playa de Holyhead no había sido culpa suya pero ¿y esta? Probablemente había más cosas que podía hacer que estar sentada mirando un partido que apenas le interesaba.
Al principio, le había llamado la atención la posibilidad de jugar con Rose y los demás a algo diferente al Quidditch, pero una vez que llegaron las esferas de Druella y Scorpius les mostró el laboratorio, Lily apenas tuvo tiempo de estar con su prima. ¿Se habría enfadado por eso? Se mordió el labio hasta que la posibilidad le retorció el estómago y sacudió la cabeza. No, se estaba comportando irracionalmente. Esos miedos… Eso era propio de Matilda, no de ella. Ella ya no tenía nada que temer. Todo iba a salir bien. Matilda y Scorpius cumplirían con la misión. Terminaría el partido, lo celebraría con Rose y le felicitaría por su actuación.
Una exclamación ahogada la sacó de sus pensamientos. Cordelia la golpeó con el codo antes de abalanzarse sobre ella y Lily cayó del banco. Una ola de nieve cubrió a sus compañeros, que veían, entre asustados y extasiados, cómo varias pelotas caían sobre la grada y los jugadores se lanzaban en picado hacia ellos. La profesora McComarck hizo sonar el cuerno y los exploradores se retiraron a regañadientes. Lily descubrió a Richard entre ellos, que le hizo un gesto con la cabeza señalándole los pies.
—Pásamela.
Lily alargó la mano y cogió la pelota, con cuidado de que no la vieran. Acarició la superficie y la apretó para lanzársela por el suelo a Richard, cuando algo la hizo detenerse. Había algo en el tacto de la esfera, como si estuviera cargada de electricidad, que le enderezaba los pelos del antebrazo. Se acercó la esfera a la cara para descubrir que aquella no era una pelota como las demás. El interior no era opaco sino que las luces que se movían en su centro estaban cargadas de colores, de imágenes. Escuchó de nuevo el cuerno y la maldición de Richard, pero Lily ya se había olvidado del partido y sin prestar atención a la llamada de Cordelia, se puso en pie y bajó las escaleras corriendo.
—Parece que alguien no quiere devolver la bola al juego —exclamó una voz risueña —¿O querrá hacer una entrega más oficiosa?
Lily se detuvo en seco antes de llegar a tierra. Si quería salir del estadio, tendría que atravesar el campo. ¿Cómo esquivaría a los exploradores, a los árbitros, a todos?
—¿Qué haces?
Se volvió y vio a Richard mirándola entre las vigas que sostenían el graderio.
—Llama a mi hermano —le pidió ella, apretando la bola contra su pecho. —¡Richard, por favor, llama a James!
No sabía cómo se lo iba a explicar, pero tendría que confiar en él. Bajó los últimos escalones y saltó a la vía interior que recorría el campo y comunicaba las gradas con la única puerta de acceso.
—Parece que la final está siendo un partido difícil —decía el comentarista —. Primero alguien roba una pelota, ahora se nos cuela una lechuza suicida en mitad del campo. ¡Vaya giro! Eso sí es volar, y no lo que está haciendo hoy el aquelarre cidiano.
—¿Qué ocurre? Lily, ¿qué pasa?
James había descendido hasta llegar donde ella y extendía la mano pidiéndole la esfera.
—Tienes que sacarme de aquí, James, no puedo dártela, no es… —miró nerviosa hacia el campo.
La mayoría de los exploradores daba vueltas en el aire, esperando tranquilos a que el partido se reanudase. Algunos se habían juntado para hablar y otros volaban sobre las cabezas de James y la suya con curiosidad. Nadie se acercaba demasiado, excepto Richard, que parecía aún molesto porque Lily no le hubiera pasado la pelota.
—¿Qué es lo que no es? Lily…
—La pelota, la pelota se la quedó Matilda. Se confundió. Cuando cayeron al suelo, se juntaron, se juntaron y yo no me di cuenta.
—¿De qué hablas? —les interrumpió Richard, envarado.
Lily le ignoró y James extendió el brazo para detener el avance del otro capitán.
—Tienes que protegerla, James. Si te la doy, tienes que dármela después del partido. ¡James!
—¡Está bien! —accedió él. —Lo haré, pero después me lo explicas. Los dos —dijo y Lily descubrió a Albus unos metros más atrás —tenéis que explicarme qué habéis estado haciendo estas últimas semanas.
Lily aceptó nerviosa. Extendió el brazo despacio, pero entonces, unos pequeños rizos le golpearon en la nariz y sintió cómo le arrancaban la esfera de las manos. Se revolvió pero unos dedos calientes y suaves le cogieron de la muñeca y la punta de una varita le pinchó en la tripa. Echó la cabeza hacia atrás y vio la cara de Rose.
—Sé que te están utilizando, Lily —dijo con voz tranquila y seca —, pero si tengo que atacarte para defenderte de ti misma, lo haré.
Rose guardó la bola en sus pantalones y se subió de nuevo a la escoba.
—No es lo que crees, escucha —le pidió Lily.
—¿Que no? ¿Crees que soy tonta? Un día te amenaza con echarte del colegio y al siguiente ¿está detrás de ti para que seas su amiga? ¿Os cuentan una profecía y ya con eso confiáis en ellos? Si tanto miedo tuvieran al pasado —se paró de repente, como si fuera consciente por primera vez de la presencia de Richard —, si tuvierais tanto miedo del pasado, nunca le hubierais pedido esto a mi madre. Esta varita… —desvió la mirada y se clavó las uñas en la raíz de su flequillo antes de volverse de nuevo —. Esta varita es peligrosa, Lily. Te lo dije hace tiempo, cuando aún me escuchabas. Te la pidió Scorpius, ¿verdad? ¿Para hacer pruebas con ella? ¿Para examinar lo que hizo? Yo también estoy en tercero, yo también sé qué preguntas han hecho en clase.
Dio una patada al suelo y se elevó en el aire, pero en lugar de volver al campo voló hacia el castillo. Lily miró con estupefacción a James que solo pudo musitar un no antes de que Albus le hiciera desmontar y siguiera los pasos de su prima.
—¿Qué está pasando? —les exigió Richard.
James y Lily se giraron hacia él e intercambiaron una mirada. James asintió y echó a correr hacia la puerta de salida.
—Lily, por favor.
Esta apretó los labios.
—Esa varita… Conozco esa varita…
—Luego —dijo ella y siguió a su hermano con el corazón en un puño.
¿Qué os ha parecido?
Tenía muchas ganas de llegar a este capítulo, a esta parte de la historia. Últimamente no he parado de leer sobre el folklore de la península hispánica y hay tantas criaturas y tantas cosas, que me parecía necesario aprovechar el momento y mostrar otra forma de vida entre muggles y magos que la que ya conocemos. También es porque tenía guardada la espinita de que nunca se dijera cuál era el colegio de España o de Hispanoamérica, con todos los que somos, y esta era la ocasión.
Por otro lado, el Creaothecean no es un invento mío, pues está en el libro de Quidditch a través de los tiempos, solo lo he modificado un poco porque en teoría está prohibido desde la época medieval.
Y en cuanto al final, siento (pero lo justo) dejaros con la intriga.
El siguiente capítulo será largo largo. Aún lo estoy escribiendo pero está siendo muy divertido y emocionante.
En fin, muchas gracias por leer.
