TERCERA PARTE.
Candice se quedó mirándolo, incrédula ante una admisión como aquella en un hombre que solía ser sumamente arrogante. Terrence estaba diciéndole que se había equivocado. Le ocultó información sobre sus amigos, sí, y debería ser cínica y no creer en sus palabras sobre otras mujeres. Sin embargo, su cerebro y su corazón al parecer estaban de acuerdo en que Terrence decía la verdad.
―No te quiero a mi alrededor ―replicó ella, dolida por todo lo ocurrido, apartando la mirada. Terrence le tomó con calma, el rostro entre las manos. Le frotó las mejillas―¿Lo entiendes? No me haces falta ―murmuró de nuevo con la voz temblorosa esta vez.
―Tu sí me haces falta a mí ―le dijo con vehemencia―. Yo te necesito, Candice. Quiero encontrar la posibilidad de arreglar este desastre. ―Ella estaba furiosa por haber dejado que las emociones la sobrepasaran, quería salir de allí y estar sola en otra parte del palacio―. ¿Me dejarías intentarlo? Ella hizo una mueca.
―No tiene sentido lo que me dices, y tampoco sé si acaso planeabas poner tu empeño romántico en la relación con la princesa Susana, y yo arruiné esa posibilidad al presentarme en el templo.
―Él frunció el ceño sin comprender. Ella agregó―: Lo primero que hice al volver fue ir al Ministerio de Consejo Legal. Quería divorciarme de ti, y echarte del palacio. Me dijeron que no era posible…
―Candice…―susurró acariciándole las mejillas con dulzura, maravillado por el tacto tan similar al terciopelo más fino―. No sabía nada de la princesa Susana, nada. Yo solo tenía interés en la estabilidad de nuestro país, y un divorcio que pudiera ser solicitado por cualquiera de las partes solo arruinaría esa posibilidad en el futuro. Por eso decidí cambiar la ley, y arriesgarme a permanecer casado con una mujer a la que nunca llegaría a querer, para que solo el rey ―yo en este caso―, fuese capaz de solicitar y hacer efectivo el divorcio.
―Cambiaste la ley en la víspera de tu matrimonio con ella ―murmuró―, y ahora estamos atados legalmente por el resto de nuestras vidas. Sesenta años, hasta que se pueda hacer una modificación.
―Sabía que querías divorciarte de mí cuando hablaste de que nuestra relación tenía una fecha de caducidad.
―Y nunca se te ocurrió mencionar la existencia de un cambio en la ley, ¿eh? Él sonrió a su pesar, pero la decisión sobre esa ley era una de las no se arrepentía. Al final, podría continuar casado con la mujer de quien estaba enamorado.
―La idea de que te fueras de mi lado no era nada agradable, y preferí que lo descubrieses por ti misma. Después de todo tienes una daga escondida en alguna parte ―dijo tratando de sacarle una sonrisa. No tuvo éxito.
―No creo soportar más tiempo esta constante pelea contigo, me desgasta ―lo miró fijamente ―, y me duele. No soy de piedra, Terrence.
―Jamás creí que lo fueras ―dijo Terrence limpiándole las lágrimas. Candice apoyó las manos, en un puño, contra la camisa blanca que llevaba Terrence; estaba vestido muy juvenil―. Quiero hacer las cosas bien contigo, quiero que sonrías al pensar en mí, en lugar de considerar todas las razones por las que deberías odiarme.
―¿Por qué quieres hacer eso…? ―preguntó en un susurro.
―Porque te amo. Candice lo miró con incredulidad. Sus ojos mostraban sorpresa y regocijo.
―Terrence…
―Es la verdad, y fui un idiota por haber tratado de aleccionarte como lo hice esa noche. Me porté como un cretino, cuando debí decirte que estoy enamorado de ti, que quería más, en lugar de huir. No te merezco, eso lo sé, pero soy un bastardo egoísta y quiero que estés a mi lado; no quiero que ningún otro hombre te vea despertar en las mañanas o se crea con el derecho de tocarte.
―Yo… ―murmuró, consternada… Demasiadas emociones para enumerarlas, en especial el aleteo de optimismo que la embargó―. No sé qué decirte. Él le dedicó una de aquellas sonrisas que poseían un hechizo que conseguían que sus piernas perdieran fuerza. Sabía que Terrence no otorgaba esas sonrisas a nadie. Solo a ella, y se atrevió a creer que era especial para él.
―No quiero que digas nada, solo que aceptes que estoy siendo sincero ―dijo con convicción. Ella asintió con lentitud, asimilando todo lo que estaba ocurriendo en ese día tan intenso―. Tal vez, en algún momento, seas capaz de considerar que podrías corresponderme. Y si no es así, seguiré intentando hacer lo mejor posible.
Un hombre como Terrence no estaba habituado a abrir su corazón, menos a declararle amor a una mujer arriesgándose a ser lastimado, sin embargo, Candice tenía dudas. Los golpes de la vida la volvían más valiente, sí, pero también más cautelosa.
―Me confundes…―confesó con sinceridad. Quería decirle que era correspondido, pero ya había sido lastimada sin que él supiera lo que sentía; no estaba preparada para darle el poder de destrozarle el corazón―. Estar contigo es un torbellino, y si vuelves a herirme como lo hiciste en Suiza, entonces… Necesito tiempo para tratar de asimilar todo lo que acabas de decirme.
El simple hecho de saber que él la había afectado implicaba que existía esperanza de ganarse la voluntad de esa preciosa mujer. Su esposa. Su amante. Su vida. El destino poseía formas interesantes de jugar con las posibilidades; él iba a aprovecharlas todas.
―Solo dame la oportunidad de ganarme el derecho de amarte, ¿crees que puedas concederme eso? ―preguntó rodeando las manos de Candice con las suyas, mientras le acariciaba distraídamente los nudillos con sus dedos. Ella tomó una profunda respiración.
―Lo pensaré ―replicó―, y si considero que lo mereces, te avisaré.
―Prométeme que no vas a abandonarme por más complicadas que sean las cosas.
La tomó en brazos y la mantuvo abrazada contra su cuerpo. Sentirla tan cerca, escucharla y ver el brillo en su mirada, era suficiente combustible para calmar su atormentado corazón. Los primeros pasos de la batalla estaban dados, y ganados, pensó con optimismo. Ahora quedaba la parte más compleja: el seguimiento, las pruebas de obstáculos, y, si tenía suerte, su recompensa.
―No lo haré
--Será mejor que me ponga a trabajar ― Ella sonrió.
―¿Puedes instruir a un equipo de seguridad que me lleven a ver a Albert? Él apretó los labios. Sabía que Candice no dejaría el tema de lado. No era la forma en que estaba diseñada para funcionar. Era persistente y determinada.
―Cuando esté seguro de que no corres peligro, sí. Candice ladeó la cabeza.
―No es contra mí que tienen un complot de vida o muerte. Creo que estoy segura yendo a un hospital ―dijo―. Ponerse paranoicos no serviría de nada.
―Puedes llamar al médico que está de guardia y asegurarte del estado de tu amigo, pero una visita, no todavía. Voy a hablar con Bernard para saber cómo organizamos el trabajo de inteligencia y comprobar lo que tu amiguito nos acabó de decir hace un rato. Candice sonrió de medio lado.
―¿Vas a ponerte celoso de nuevo? ―preguntó riéndose cuando lo escuchó soltar un gruñido de frustración.
―No vuelvas a acercarte a Anthony ―dijo con un tono muy, muy, serio. Ella apagó su sonrisa.
―Terrence… Él la tomó de los hombros, sacudiéndola con suavidad como si quisiera que ella entendiese lo que trataba de decirle.
―Eres lo más importante para mí. Si algo te llegase a ocurrir me volvería loco. Así que, por favor, no contactes con nadie fuera del palacio; no intentes hacer nada que te ponga en peligro hasta que se haya aclarado este escenario.
―La gentle que me ayudo no son un peligro.
—Candice ... No estoy refiriéndome a ellos, si es verdad que intentan matarme, también me harán daño atravez de ti. Candice suspiro.
— De acuerdo…―susurró. No iba a discutir cuando, en este caso, él tenía razón―. Gracias por haber tenido el coraje de decirme lo que sientes por mí. Él le tomó la mejilla y se inclinó para robarle un beso rápido.
―Ya me compensarás después, hermosura ―replicó haciéndole un guiño y abandonando la habitación.
El primer día Terrence y su equipo de inteligencia armaron una estrategia para comprobar si el Rey, Terrence estaba en peligros de muerte. La operación se desarrolló con bastante agilidad, hasta que en horas de la tarde, del segundo día de búsqueda, encontraron el sitio en el que algunas personas habían visto por última vez a tres hombres que concordaban con la descripción que hizo Anthony cuando lo interrogaron.
Al octavo día, la situación fue muy delicada, porque el próximo era un diálogo con el rey de Jacob. Sin pruebas contundentes o testimonios no se podían formular cargos contra un país, menos si se pretendía evitar una guerra que ninguno necesitaba.
―Majestad ―dijo Bernard extendiendo una copia del informe de Navarro. Estaban en la oficina del ala este del palacio, el equipo de trabajo del rey, al completo; Navarro incluído―, enviamos a investigar al joven Gael. ―Le extendió el reporte que había conseguido el jefe de inteligencia y tecnología―. Durante los últimos veinte días Gael recibió varios pagos en las cuentas que tiene en Inglaterra por casi diez millones de Euros, movimientos inusuales considerando que no tiene inversiones rentables que generen esa suma, ni tampoco tal cantidad en sus cuentas de otros países como Suiza y Francia. El departamento de inteligencia cibernética siguió el rastro.
―Tuvimos que utilizar la web oscura, Majestad ―dijo Navarro haciendo referencia al mercado negro del internet donde se llevaban a cabo transacciones que no estaban en el apartado considerado legal. Terrence hizo una mueca.
―Lo que menos me interesa es la forma en que consigan lo que les pido, siempre que no existan personas que sufran consecuencias innecesarias.
―Majestad ―dijo Bernard―, el dinero de las cuentas de su hermanastro pertenece a Jacob; no sabemos qué miembro de la Casa Real exactamente. Los pagos se realizaron desde un servidor con datos encriptados, y que decodificamos. Terrence no estaba sorprendido, aunque sí contrariado, de que un hombre como Jacob se hubiera prestado para semejante imbecilidad solo porque creía que su hija fue humillada. Esto último, lo leyó cuando llegaron los informes de los infiltrados en el círculo personal de la casa Marlow.
―Envía una nota, y diles que nuestro Embajador se reunirá con ellos. Asegúrate de que mi hermanastro no solo confiese que ha vendido información clasificada y sensible, sino que su imbecilidad le va a costar un proceso legal ―dijo Terrence de mal humor―. Quiero resultados y acciones contundentes. Todos asintieron. El segundo asistente del rey escuchó atónito todo lo que estaba ocurriendo. No podía permitir que la situación se fuera de las manos. Él, que tanto había trabajado, no iba a dejar que su gestión se echase a perder cuando le quedaba tan poco para recibir una compensación monumental por su dedicación.
―Majestad ―dijo el segundo asistente―, ¿qué haremos con la seguridad de la reina Candice? Terrence lo miró como si acabase de notar su presencia. Frunció el ceño.
―No sé a qué te refieres, ella no está en peligro y sus actividades han sido canceladas salvo aquellas que Sophie tenga coordinadas en el interior del palacio. Ese riesgo de que mi esposa sufra un inconveniente de seguridad está contenido.
―Bien ―murmuró el segundo asistente, y regresó a sus notas.
―Han recibido una hoja de ruta para mis próximas actividades ―dijo Terrence incorporándose―. Úsenla, porque no voy a cancelar más compromisos.
―¿Qué hacemos con el detenido que nos dio la información? ―preguntó el oficial de la guardia real. Se alegraba de haber conservado su empleo después del incidente en la oficina.
―Lo decidiré cuando crea conveniente ―replicó Terrence. Apenas había dormido en las últimos dias, y estaba agotado. El tema en la casa Marlow no podía resolverlo otra persona, sino él mismo. Se trataba de un asunto muy sensible, y tenía que ir hacia allá. Por otra parte, necesitaba ver a Candice. Sabía que ella esperaba ver a Albert, y lograr la libertad del resto de quienes la ayudaron a llegar al templo, pero Terrence no consideraba que fuese el momento idóneo ―dadas las circunstancias. En estos momentos Terrence no podía confíar en nadie y no pensaba exponer a Candice de ninguna manera.
Todas las mañanas, desde el día en que se sinceró con ella, Terrence le enviaba a Candice flores con una tarjeta en la que él escribía un motivo diferente por el cual la quería a su lado. Nunca recibía una respuesta, y odiaba no haberla visto en todos esos jodidos días. A veces el cargo que llevaba, le parecía un peso muy grande si ella no estaba para aliviarlo con su voz o su sonrisa o sus besos. Jamás imaginó hallarse en la desesperada situación de querer que una mujer, en lugar de aceptar un arreglo conveniente como amantes, lo amase. Sin embargo y a regañadientes, permitió que una fuerte custodia de seguridad acompañase a Candice al Hospital Central para visitar a Albert; el jefe Andrew estaba fuera de peligro y tan solo estaba recibiendo los últimos cuidados para darle el alta dentro de las próximas veinticuatro horas. La presencia de Candice en ese hospital no tenía que ver con asuntos de trabajo, así que no fue anunciada su visita y se mantenía bajo estricto secreto como un asunto de índole secreta. En el caso de Anthony, Terrence no consideraba moderar su tono en las próximas semanas, ni tampoco en lo relacionado con los hombres que ya habían sido sentenciados. Continuaba contrariado por saber que ese tipi fue el primer amante de Candice, y también porque fue capaz de burlarse de los agentes de seguridad. No era doble discurso el de Terrence en lo que se refería a la justicia equitativa para todos, porque si bien su esposa había participado de los hechos, ella no podía ser procesada por ese crimen. Ella era la legítima heredera al trono, y volver a su sitio ―sin contemplar las circunstancias―, era su derecho. Se había considerado la acción como una situación extraordinaria.
―¿Cómo estás, princesa Candice? ―le preguntó Albert con la voz serena de siempre en cuanto ella entró a la habitación donde estaba recuperándose Albert. Estaba sentado frente a la ventana, Albert no se molestaba en llamarla por su nuevo título, porque para él siempre sería su princesa.
Apostados en el exterior se encontraban los guardaespaldas del palacio, así como otro número de agentes estaban desplazados en el exterior del hospital custodiando a Candice. Ella sonrió inclinándose para agarrar la mano de él con la suya.
―Muy bien, y ahora que sé que estás bien, mejor todavía ―le dijo con dulzura,agarrando esas manos que tantas veces prepararon comida, apósitos, la guiaron para que aprendiese a defenderse en la adversidad, y le cambiaron los paños fríos para bajarle la fiebre cuando se enfermaba. Él asintió. Su rostro solemne, sereno, la observó. Durante un rato, Candice aprovechó para contarle todos los incidentes que había experimentado desde que logró entrar al templo. Albert la escuchó con calma.
―Pasé un gran susto cuando me enteré de que recibiste un disparo. Y también me enfadé muchísimo porque Terrence me mintió. Ya sabes que detesto que vayan tras mis espaldas haciendo cosas, Anthony está vivo, pero lo han detenido. Yo me encargaré de ese asunto. No es justo. Albert sonrió de medio lado.
―Eres feliz ―afirmó.
―Lo soy… ―murmuró―. Era tiempo, ¿verdad?
―Terrence, el rey, me vino a ver hace dos días. ―Candice abrió la boca para decir algo, pues ignoraba que Terrence hubiera ido al hospital a ver a un detenido. Albert agregó―: Me pidió disculpas por el error del muchacho que me disparó.
―Terrence pidiendo disculpas… ―murmuró ella. ―También me dijo que no me preocupara, que se levantaría la orden de captura en mi contra y que podía regresar a mi hogar.
― Candice sonrió aún con lágrimas sin derramar ―. No he visto jamás que un líder, un guerrero como ese hombre y su reputación, pida disculpas; menos pedir mi aprobación para estar contigo. Candice frunció el ceño, mirando a Albert sin entender.
―No comprendo… Estamos casados. Albert se rio de nuevo, porque los Rebeldes y su falta de suspicacia en asuntos sentimentales lo continuaba sorprendiendo.
―Me comentó que entendía que yo era quien te había criado, lo más cercano a un padre para ti…
―Lo eres, claro que lo eres, ―afirmó, interrumpiendo.
―Gracias, princesa, me siento honrado ―comentó dándole una palmadita en la mano con afecto―. Me explicó que, como no tuvo oportunidad con el Rey, William para pedirle tu mano, y dado que ustedes ya están casados, quería mi aprobación para continuar a tu lado.
―No puedo creer esto ―susurró limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano―. Ese hombre…
―Me arriesgué a decirle que, si estaba en este hospital hablando conmigo, implicaba que su humildad lo hacía grande, y que la única persona que podía decidir era y serías siempre tú.
Continuará...
