El rey Demonio


NO HAGAS NADA IRREVOCABLE


—Caliéntalo, acarícialo, siéntelo y cuídalo. Amásalo, envuelve ámalo y bésalo...

Naruto se despertó de golpe al oír el extraño cántico feérico.

Miró a Hinata, pero ésta seguía dormida, con los ojos temblándole bajo los párpados. No tuvo más remedio que alejarse de ella e ir en busca de ese sonido.

—El oro es vida... es la perfección —decía la voz de mujer, una risa siguió a aquella afirmación.

Cuando Naruto creyó haber llegado al lugar del que provenía la voz, miró a ambos lados.

«Aquí no hay nadie.» ¿Era una trampa? ¿Lo habían engañado para que se alejara de su mujer? Corrió de regreso hacia Hinata.

Estaba dormida en la misma postura en que la había dejado con sus largas pestañas acariciándole las mejillas. Respiró aliviado y se tumbó a su lado. Al bajar la vista para mirarla, se dio cuenta de que la ira y la lujuria se habían diluido lo suficiente como para que fuera capaz de razonar de nuevo. Pero no consiguió llegar a ninguna conclusión en lo que atañía a la hechicera y a los confusos sentimientos que tenía hacia ella.

La noche pasada, su naturaleza demoníaca había exigido venganza, una represalia para aplacar su ira. Pero, al final, él mas había sufrido al causar dolor a su compañera.

Naruto no sabía qué pensar sobre Hinata, ni sobre sí mismo. Y, a decir verdad, estaba planteándose romper el juramento de venganza. El que había prestado estando en aquella mazmorra, y había evitado que sucumbiera irremediablemente a la ira.

Estaba en una situación sin salida. Si la atormentaba durante dos noches más, no sería mejor que ella. Pero si no lo hacía, estada rompiendo la promesa que se había hecho a sí mismo, y entonces tampoco sería mejor que su hechicera.

Tal vez debería aceptar la teoría de Hinata de que ella sólo lo había torturado dos noches... Sí, si hacía eso, sólo le quedaría una.

Fijó la vista en la larga melena oscura de la hechicera. Entre los rizos azulados había un mechón blanco que él no había visto antes. Lo cogió y lo deslizó entre el pulgar y el índice. Ella se lo había ocultado... ¿por qué?

Soltó el mechón cuando le descubrió una cicatriz en el cuello. Se lo rodeaba entero. Entreabrió los labios al comprender qué significaba. La cogió por los hombros y la incorporó para poder inspeccionarla.

—¿Qué? —Hinata parpadeó bajo los primeros rayos del sol. —¿Qué he hecho ahora?

—¿Qué es esta cicatriz? ¿Es de alguna operación? —le preguntó él, rogando que así fuera. — ¡Respóndeme!

Ella cerró los ojos unos segundos, como si se sintiera avergonzada.

Sí—, Naruto, es de una operación.

—¡Otra vez me estás mintiendo!

—No, no te estoy mintiendo —respondió completamente seria. Fue una operación en contra de mi voluntad, una mediante la que pretendían cortarme la cabeza.

—Eras muy joven entonces —prosiguió con la boca seca. —¿Cuántos años tenías?

—¿Qué importancia tiene...?

—¿Cuántos? —gritó, y su voz resonó por las montañas de alrededores.

—Doce, Naruto. —Lo miró a los ojos. —Tenía doce años el día en que un soldado de un ejército «de los buenos» me cortó cuello de cuajo.

—Cuéntamelo.

—El clan de los vrekeners mató a mis padres. Cuando me en frente a ellos, trataron de hacer lo mismo conmigo. Y antes de que digas nada... sí, tenía que enfrentarme a ellos. No tienes idea de lo que les hacen a los niños de nuestra especie.

—Los vrekeners os habrían adoptado —contestó Naruto sacudiendo la cabeza. —Os habrían dado un hogar.

—Nos separan de nuestros hermanos o hermanas para que así les sea más fácil convertirnos. A las niñas de mi especie les lavan el cerebro para que sean como ellos... más dulces, más comedidas, completamente opuestas a nuestra naturaleza. ¡Nos lavan el cerebro para que pensemos como vosotros!

—¿Cómo es posible que sobrevivieras a una herida de ese calibre?

—No tiene importancia. Lo único importante es que lo hice.

—¡Dímelo!

Ella trató de soltarse, pero Naruto la retuvo con fuerza.

—Mi hermana, Hanabi, tenía la capacidad de dar órdenes místicas. Yo estaba muerta, mi corazón había dejado de latir, y la sangre ya no circulaba por mis venas, pero de algún modo ella consiguió ordenarme que volviera a vivir y que me curara.

—¿Por eso te salió el mechón blanco?

Ella apartó la vista.

—No quiero seguir hablando de eso. —Volvió a tratar de soltarse. —No entiendo a qué viene tanto alboroto. —Cuando él se quedó mirándola desconcertado, ella hizo una mueca de desagrado. —Demonio, ¿en serio crees que ésa fue la única vez que alguien me asesinó?

Por mucho que insistiera, ella jamás le contaría la historia de sus muertes. Él no merecía saberlo. No lo entendería, no como era debido, porque estaba condicionado para pensar de manera diferente a la suya.

Hinata levantó la vista para mirarlo y, fuera lo que fuese lo que Naruto vio en sus ojos, hizo que la soltara.

El demonio se pasó la mano por los labios. Volvía a tener un aspecto casi normal, pero a punto de volver a transformarse.

—Tenemos que seguir —murmuró.

«Seguir. Alejarse de Konoha, del morsus, de mi hermana. Empezar otro día interminable.»

Hinata tenía los brazos dormidos, y agujetas desde los hombros hasta las muñecas cada vez que abría y cerraba los puños. Le dolían los pechos, y el deseo insatisfecho de la noche anterior volvió a golpearla con fuerza como una enfermedad desconocida.

Por lo menos había dormido cinco horas. ¡Eso no le había pasado desde que era niña! Lo que significaba que durante todas esas horas había sido vulnerable, que su seguridad había estado por completo en manos de Naruto.

Hinata odiaba esa sensación.

—Esta mañana me ha parecido oír a una mujer cantando —le dijo él mientras apagaba la hoguera. —Pero he ido a investigar y no he encontrado a nadie.

—Yo no he oído nada. —Hinata había estado soñando, pero no recordaba qué. Al menos, el demonio no había visto el sueño en cuestión.

—Hoy tenemos que acelerar el paso.

Ante su mirada horrorizada, Naruto cogió la espada cortó los altos tacones de las botas.

—¿No crees que ha llegado el momento de que me pongas al tanto de nuestra situación?

—Voy a llevarte a mi casa de Sunagakure. —La levantó y la puso en pie. Estaba frente a él completamente desnuda, pero él no la tocó y se limitó a apretar la mandíbula.

Con movimientos torpes, le puso la falda.

—Tenemos que encontrar a los refugiados que van a pasar a la otra dimensión.

—Toneri puede detectar a todo el que entra y sale.

—Esta vez no.

—Vas a llevarme a uno de esos portales ilegales, ¿no es así? ¿Tenemos que caminar mucho?

—Unos días más.

—Él nos encontrará antes de que consigamos llegar —dijo, haciendo que Naruto apretase el músculo de su mandíbula con cicatriz.

Después de ponerle el corsé de metal y las botas sin tacones, Hinata le preguntó:

—¿Y mi ropa interior y las medias?

—No vas a llevar nada de eso mientras estés conmigo.

—Si no vas a soltarme —dijo ella, —más te vale ir por mi collar y mi diadema.

—¿Más me vale?

—No quería decir eso.

—Ni lo sueñes, princesa.

—¡Tienes que buscarlos!

Naruto se acercó a donde estaban los objetos y los cogió con una mano.

—¿Por qué son tan jodidamente importantes? ¡Casi te ahogas por culpa suya! —Se dio la vuelta y los lanzó al agua.

—¡No! —gritó Hinata, pero ya era demasiado tarde. Habían desaparecido.

Se quedo sin aliento.

«El oro es la vida...» La suave superficie del agua había borrado sus joyas de la faz de la Tierra, como si nunca hubieran existido Le tembló el labio inferior y no pudo hacer nada para ocultarlo ni emocional ni místicamente.

—Vamos —dijo él, algo incómodo.

Naruto la cogió por el brazo y ella miró atrás.

—No puedo creer que hayas hecho eso. —Perder oro era una cosa, pero tirarlo... Era incomprensible. —Nada justifica lo que acabas de hacer. Nada.

—Aquí no sirve de nada.

—¡Que no sirve de nada! ¿Serás bruto? ¡Esas joyas me protegían la cabeza y el cuello!

—¡Entonces tendrás que fiarte de mí para que te proteja!

Continuó tirando de ella, y Hinata lo siguió en un silencio sepulcral...

Después de eso, transcurrieron unas horas en las que no sucedió nada. Ella se encontraba constantemente con los azules ojos del demonio observándola. A cada segundo que pasaba, Naruto era más atento y considerado; la ayudaba a atravesar los reinos más rocosos, la cogía de la mano para que no se cayera. Pero seguía sin desatarla.

Y cada vez que trataba de convencerlo de que lo hiciera, él amenazaba con ponerle una mordaza. Hinata se preguntó si lo decía en serio, porque era evidente que se moría de ganas de hablar con ella... pero sólo de un tema en concreto. No dejaba de preguntarle cuántas veces había muerto.

—¿Y a ti qué te importa? —le espetó. —¿Me tratarás mejor si sabes todas las cosas horribles que me sucedieron cuando era pequeña?

—Yo... no lo sé. ¿Quieres que sienta compasión por ti?

—No me merezco tu compasión —contestó, como si no tuviera la más mínima importancia.

Y aunque la frase podía sonar algo cursi, Hinata la dijo como si fuera una de las verdades de la vida. Porque lo era.

—¿Y tu mechón blanco? He oído decir que eso sucede cuando alguien pasa mucho miedo, o recibe una fuerte impresión ¿Qué te pasó, Hinata? ¿Te hizo daño Toneri?

—El nunca me ha hecho daño. —«Físicamente.»

—¿Le sigues siendo leal?

No podía contarle al demonio tantas cosas como quería, ni como necesitaba. No podía decirle lo mucho que odiaba a su medio hermano, ni cuan de acuerdo estaba con él acerca de que debía morir. Cualquier cosa que le dijera sería un arma en manos del brujo cuando los capturaran. Toneri conseguiría leerle la mente al demonio y entonces descubriría que Hinata lo había traicionado.

—Nos ha protegido a Hanabi y a mí durante muchos años —esquivó la pregunta. —Y, además, ¿por qué debería serte leal a ti y no a él? Tú me has hecho prisionera, y me has puesto en peligro al alejarme del reino, trayéndome a este lugar salvaje. Al menos, Toneri sabe apreciarme. Seguro que vendrá a buscarme.

—Estoy impaciente.

—Hablando de lealtades: ¿por qué iba Sasuke a traicionar a Toneri por ti? ¿Han estado juntos durante todo este tiempo?

—El vampiro quiere algo que yo puedo darle, y negocié con él para que me liberara.

—¿Acaso fue él quien nos trasladó aquí? —Al ver que Naruto asentía, continuó: —¿Qué motivo podía tener para haber visitado con anterioridad el reino de Grave?

Naruto se encogió de hombros.

—Me dijo que sabía mucho acerca de este sitio.

—¿Ah, sí? Entonces podría habernos dejado más cerca del portal en vez de obligarnos a ir de excursión por este maldito lugar.

—Los portales se mueven constantemente. Hazte a la idea de que tienes que caminar, hechicera.

Cuando Hinata volvió a tropezar, exclamó:

—¡Vamos, demonio!

—A no ser que me digas que existe otro modo de dejarte sin poderes, seguirás con las manos atadas.

—¿Y si te jurara no utilizar mis poderes?

—¿Tú, jurar algo? —Naruto se rió con crueldad. —Romperías el juramento en menos de dos segundos.

—Me dijiste que habría paridad entre lo que yo te hice y lo que tú me harías, pero, que yo recuerde, jamás te torturé. Nunca te hice daño físico, y ahora tú me estás matando.

—Estando bajo «tu protección» —hizo el signo de comillas con los dedos —me rompieron la espina dorsal y me desgarraron el pecho.

—Eso no fue culpa mía, yo te salvé la vida. —Se le iluminó el rostro al recordar una cosa. —Lo que más furioso te puso fue que te bañaran aquellos hombres, ¿me equivoco? ¡Pensaba que te gustaría!

—No, tú no pensaste tal cosa.

—Está bien —reconoció Hinata al instante, —era mentira. Pero no Sabía que lo odiarías tanto. —Al ver que él entrecerraba los ojos rectificó: —Sí, sí, eso también es mentira.

—¿Cómo te sentirías tú si les ordenara a tres mujeres que te dieran un baño?

La hechicera levantó una ceja.

—Muy afortunada. Y, de hecho, siguiendo con tu norma de paridad, deberías hacerlo. Pero tendrían que ser tres mujeres guapísimas, porque yo te mandé a mis tres mejores inferi, y te aseguro que los tres se ofrecieron voluntarios. Créeme.

—Ese es exactamente el motivo por el que no voy a hacerte tal cosa —soltó él enfadado. —Si para ti no es ningún castigo entonces no es equiparable a lo que me hiciste a mí. —Aceleró el paso.

—¿Y en qué consiste exactamente esa paridad tuya? —preguntó Hinata tratando de seguirlo. —No lo acabo de tener claro.

Naruto se detuvo y ella casi chocó con él. Inclinó la cabeza para mirarla y responderle:

—Tendrás que pasar una noche más resistiéndote a mis caricias. Voy a hacerte estremecer de deseo y no pararé hasta que me supliques que te haga el amor. Después de eso, no volveré a tocarte hasta que me digas: «Te suplico que me hagas taya. Necesito que seas mi amo y señor y te entrego mi voluntad». Y, Hinata, puedo esperar tanto tiempo como sea necesario. Tienes que saber que si entablas una guerra de voluntades contra mí, saldrás siempre perdedora.

—¿Tanto tiempo como sea necesario? ¿Durante cuánto piensas retenerme exactamente? ¿Cuándo vas a soltarme?

Él la miró de un modo extraño, entre posesivo y agresivo, y los ojos le pasaron del azul al rojo más oscuro.

—Nunca.

A lo largo del día, el paisaje se fue transformando gradualmente. Los matorrales se hicieron cada vez más espesos, enredándose en sus pies al avanzar, y el bosque cada vez más tupido de árboles que el viento fustigaba continuamente. Los ríos habían cavado la meseta, formando a lado y lado precipicios que ofrecían vistas espectaculares.

Hinata y Naruto continuaron su ascensión, cruzando riachuelos poco profundos uno tras otro.

Ella miraba cada zarza, el fuerte sol que caía sobre su cabeza, y al demonio cada vez que éste la ayudaba a beber de la cantimplora.

Naruto no podía evitar pensar en lo que había sabido esa mañana. ¿Dónde estaba él hacía quinientos años, cuando Hinata estaba desprotegida y estaba siendo torturada?

Si hubiera dejado su persecución de la corona y, en vez de eso, la hubiese buscado a ella, podría haberle ahorrado todo ese sufrimiento. «Mi mujer, degollada de esa manera cuando era sólo una niña.»

¿Había pasado miedo? ¿Sabía lo que le iba a ocurrir?

Había dicho que ésa no fue la última vez que la habían matado y, sobre eso, Naruto sabía que Hinata le había dicho la verdad. Entonces, ¿cuántas muertes había tenido que sufrir? ¿De qué otras formas había muerto? ¿Qué edad tenía cada vez?

No era de extrañar que tuviera tan poca consideración por la vida.

Esa mañana le había gritado, sacudiéndola para conseguir se lo dijera. Y algo había pasado. Hinata cambió totalmente de porte, sus ojos perdieron intensidad. Su arrogancia desapareció.

Tal como ya había imaginado, antes, cada vez que la hechicera se sentía incómoda, se camuflaba bajo un espejismo que expresaba diversión o condescendencia. Pero ahora no tenía manera de crear ilusiones. Y Hinata estaba tan acostumbrada a esconderse místicamente tras ellas, que ya no se acordaba de cómo era mostrar sus verdaderos sentimientos.

Aquella mañana la furiosa y sarcástica Hinata había empezado también a ruborizarse. Cada vez que pillaba a Naruto mirándole el mechón de pelo blanco o el cuello, sus mejillas adquirían un color rosado. Actuaba como si ahora él conociese una debilidad que ella se había esforzado mucho por mantener oculta.

La hechicera se convirtió para él en un libro abierto. Y lo que podía leer allí lo trastornaba enormemente.

Hinata le había preguntado si conocer su pasado había apaciguado su enfado del que él ya casi se había olvidado, como si hecho de estar tan confundido lo hubiera sobrepasado. A cada momento lo dejaba perplejo. Como si fuera el rompecabezas más complicado con que se hubiese encontrado jamás.

Esta situación le recordaba cuando Shikamaru, su amigo licántropo, había intentado ganarse a la bella bruja Temari. Su relación había empezado mal, cuando él la encerró en una tumba de incubi y tardó semanas en rescatarla.

Naruto todavía se acordaba de lo perplejo que se sintió cuando vio a su amigo comportarse de ese modo tan confuso y agresivo. En aquel entonces había sido un completo engreído, y le aconsejó a Shikamaru que se calmara y tratara de razonar. El licántropo le contestó que se lo pasaría en grande cuando el demonio encontrara a su compañera. «Hará que tus cuernos se pongan erectos cada vez que pase por tu lado.» Shikamaru estaba impaciente porque esa hembra apareciera y alterara al imperturbable Naruto.

«¿De verdad he sido alguna vez imperturbable?» Parecía haber transcurrido mucho tiempo desde entonces. «Ahora entiendo por lo que tuvo que pasar Shikamaru.»

Pero, al final, el licántropo usó la cabeza para averiguar cómo ganarse a la bruja. Una vez casado, Shikamaru le dijo a Naruto:

—He aprendido una lección: con tu pareja, no hagas nada irrevocable. Hay líneas que nunca se deben cruzar con ella, porque una vez traspasadas no hay vuelta atrás. Y para un inmortal, «nunca» es una putada.

«No hagas nada irrevocable.» Pero manteniendo a Hinata atada, Naruto se estaba ganando su odio. Mientras se tomaba la venganza, ¿estaría haciendo algo que ella nunca le perdonaría? Ya no importaba lo que estaba bien o mal, o lo que era justo, sino lo que la hechicera creyera que era...

Mientras la ayudaba a atravesar otro riachuelo, ella dijo: ¿Por qué tienes tantas ganas de recuperar este reino?

Nadie antes le había preguntado eso tan abiertamente. Unas semanas atrás, la valkiria Mito le había planteado:—¿Y qué preferirías tener, tu reino o tu mujer?

Esa noche había pensado en ello muchas veces. Él había contestado que su reino, una decisión fácil en aquel momento.

—Es mi derecho de nacimiento —contestó al fin.

Pero no siempre lo había sido. Naruto no había sido criado como heredero de Villagelina. Y como segundo hijo de un rey inmortal, no había por qué pensar que algún día sería el líder. Sin embargo, el destino tenía otros planes, y el demonio se vio obligado a cambiar los suyos.

—Quiero ver a mi pueblo próspero otra vez.

—¿Por qué?

—Porque soy su rey. Su bienestar es mi responsabilidad.

—Como mínimo eres sincero y no dices memeces como que los quiero como si fueran mis hijos.

Naruto temía que quizá no amaba lo suficiente a su gente. A veces se sentía resentido con ellos por verse atrapado en una batalla sin fin para recuperar un reino que nunca tendría que haber sido suyo.

Su hermano mayor, Nagato, y su padre, el gran rey, habían ido a luchar contra la Horda. No se había respetado la costumbre de mantener separados al rey y a su heredero en tiempos de guerra, y ambos murieron. Dejaron a Naruto como desconcertado joven líder.

Después de eso, éste se había esforzado por mantener a su hermano Menma, su propio sucesor, alejado de cualquier posible mal, encargando su educación a otra familia en cuanto fue lo bastante mayor. Y así había sido durante novecientos años...

—Y también quiero recuperar mi hogar —añadió. —Que vuelva a ser tan glorioso como antes.

—«Y limpiarlo a fondo.»

Nunca se había sentido tan cómodo como lo había estado en Konoha tanto tiempo atrás. Siempre le venían a la cabeza los recuerdos de su familia allí, de sus hermanas jugando al escondite con su hermano, cuando éste apenas era un niño, y sus risas resonando por los enormes salones.

Pero cuando Menma se hizo mayor, ignoró la llamada de su hermano para que volviera al castillo y lo protegiera de sus enemigos. Escogió quedarse con su familia adoptiva. Y Konoha cayó...

Si Naruto recuperaba el reino, quizá pudiese suavizar parte de la tensión que había entre él y sus hermanos.

—¿Crees que mereces este reino? —preguntó Hinata

—Es mío por ley. —Y el fin justifica los medios —contestó. —Sea como sea, ¿crees que eras tan buen rey que lo correcto sería que el reino volviera a ser tuyo?

—Creo que sí lo era. —Claro que sólo había reinado unos pocos años.

—Has dejado Villagelina atascada en el pasado. Ningún avance incluso para el tiempo en que se encuentra. Sin carreteras, sin fronteras, sin portales permanentes que la conecten con otras regiones.

—¡No tuve tiempo! Estuve en guerra con la Horda desde el primer día de mi reinado. —Aquel día en que la corona le había pesado tanto sobre la cabeza. —Y olvidas que la mayoría de mi especie puede teletransportarse. Cada especie modifica su entorno según sus necesidades. No había ninguna necesidad de volar montañas para construir carreteras.

—Si mantienes el reino sin arterias, sólo los que se puedan teletransportar prosperarán. Supongo que ahora que no puedes rastrear, tú mismo lo echas de menos.

—Por culpa de Toneri —espetó.

En el pasado, Naruto se había podido teletransportar sin ningún esfuerzo desde Villagelina a otras dimensiones o civilizaciones. Ahora se encontraba en su propio reino, atravesando Grave... a pie. Un motivo más para acabar con el brujo. Con su muerte, Naruto y Menma recuperarían su capacidad.

—¿Y qué pasa con los que no son demonios y quieren hacer de Villagelina su hogar? Difícilmente será atractivo para ellos venirse a vivir aquí —continuó Hinata.

—¿Como las hechiceras?

—Quizá. —Levantó la barbilla. —Somos muy apañadas.

—Ya. En Villagelina hay escasez de bebedores de vino y traficantes de esclavos.

Ella ignoró el comentario sarcástico.

—No creo que quisieran venir aquí. Somos gente alegre y los demonios de la ira son pesados y chapados a la antigua.

—Entonces, ¿cuál es tu excusa para querer quedarte?

—Aquí no hay vrekeners ni tampoco humanos. Incluso una maligna hechicera como yo necesita un lugar seguro al que poder llamar hogar.

«Si me aceptaras, te daría uno...»

—No es que Konoha sea el mejor de los castillos —continuó Hinata. —¿No será que en realidad quieres volver allí por el poder del Pozo?

Naruto se puso tenso.

—¿Sabes cuál es ese poder? —Se lo preguntó porque la verdad era que él no lo sabía.

—Quizá sí. Pero no te preocupes, que no lo contaré. Me gusta dejar libre la imaginación de cada uno. Algunos piensan que es una prisión mística, una base de poder, que concede deseos. Oh, y que resucita a los muertos. ¿Qué sabes tú?

—Sé que la raza de demonios a la que pertenezco fue creada exclusivamente para proteger ese Pozo. Konoha se construyó para resguardarlo. Es mi deber protegerlos a ambos.

—Y tú siempre cumples con tus deberes. ¿No se vuelve aburrido en algún momento? Creo que por eso te sientes atraído por mí, porque he desmontado tu vida tranquila, racional y ordenada. Me atrevo a decir que has sentido más excitación conmigo en la última semana que en los últimos siglos.

Ahí acertó de lleno.

—Y yo creo que nunca he conocido a nadie tan egocéntrico como tú.

—¿Egocéntrica? Quizá segura de mí misma. ¿Tendría que ser sumisa? ¿Te gustaría más si fuera así?

—No. Nunca he querido una hembra sumisa como compañera. Siempre he querido a una reina...

—Pues ahora tienes una.

Siguieron en silencio mientras el terreno se volvía cada vez as abrupto, permitiendo que Naruto reflexionara sobre lo que ella le había dicho. A pesar de su historia, la realidad era que tenía a Hinata.

La compañera a la que llevaba tanto tiempo deseando encontrar.

Hinata volvía a rezagarse. Afortunadamente, la maleza se abría un poco más adelante, dejándoles ver un maravilloso paisaje. El sol caía sobre un estanque verde y transparente, alimentado por docenas de cascadas.

—¿Tenemos que cruzar toda esa agua? —Se frotó la frente con el hombro para evitar que el sudor le cayera en los ojos. —No puedo nadar. Ni siquiera con las manos desatadas.

El abrió la cantimplora y la ayudó a beber. A continuación, tomó un buen trago.

—Todas las criaturas de la Tradición saben nadar. Es un instinto.

Hinata sonrió amargamente. —No sabes cuan falso es lo que acabas de decir.

—¿Te has ahogado alguna vez?

—No sé nadar. Nunca he aprendido. No soy una mujer de aire libre.

—¿Te... has... ahogado? —repitió la pregunta.

—Más... de... una... vez —contestó ella con los ojos cada vez mas blancos de rabia.

Obviamente, se trataba de un tema sensible para la hechicera.

—Estoy cansado de esto, Hinata. Dime cómo eres, cuéntame tu historia. ¿Se supone que tengo que pasarme todo el día preguntándome si te has ahogado o no? ¿O por qué no te gusta que te toquen la cara...?

—¡Lo siento, pero no me apetece charlar ahora! ¡Estoy sin aliento y necesito descansar!

Naruto negó con la cabeza.

—Debemos continuar...

—¡Tenemos que parar! Me estoy haciendo daño. Mis brazos llevan veinticuatro horas dormidos. ¿Y cuándo fue la última vez que llevaste una pieza de metal sobre la piel desnuda? Hay una razón por la que este pecho es precioso: no hace senderismo por caminos escarpados. Aquí me entra arena y me araña los pechos. ¡Ya los tenía de por sí demasiado sensibles después de que te hayas pasado toda la noche besándolos y lamiéndolos!

A la mente de Naruto acudió el recuerdo de la noche anterior, y se le escapó un gemido. Durante todo el día había rememorando con placer todo lo que le había hecho, y ya estaba planeando lo que le haría esa noche.

«¿Lo más excitante de los últimos siglos?» Sí, tenía razón.

—Naruto, ¿me estás oyendo? Esto no es justo. Yo no dejé que sufrieras dolor o que te hicieras daño.

—Eres inmortal. Estarás curada cuando se ponga el sol...

—¡Mira mis pechos! Están irritados y doloridos. ¡Oh! ¡Y apuesto a que tengo la cara todavía más quemada!

Lo estaba. Le habían aparecido pecas en el puente de la nariz lo que le confería un aspecto menos malicioso. «Maldita sea.» Su cuerpo era tan frágil..., no era como el de otras hembras de la Tradición. Una valkiria o una furia se estarían riendo de una travesía por un terreno como aquél.

—¿Quieres que lo solucione? —Le desabrochó el corsé; quitó y lo dejó caer al suelo.

Si había esperado que ella se quejara, se había equivocado: al contrario, suspiró, flexionando la espalda y haciendo movimientos circulares con el cuello.

En efecto, tenía los pechos irritados. Sus pezones quedaron ante de sus ojos, y a él se le hizo la boca agua pensando en lamérselos y besárselos...

—¡Oh, ni se te ocurra, demonio!

—¿Te atreves a estar enfadada conmigo? —¿Enfadada por su deseo? ¿Por la misma necesidad que encendía su fuego?

Ella lo miró furiosa, desnuda de cintura para arriba, con la melena suelta.

—¡Sí, me atrevo! —Y le dio un puntapié en la espinilla con la punta metálica de la bota.

—Haz eso otra vez, hechicera, y no te gustará el resultado —dijo él apretando los dientes.

—Estoy empezando a pensar que tendría que haber ordenado un par de duchas más con los chicos.

Naruto abrió mucho los ojos, y seguidamente los entrecerró.

—Estás deseando más azotes, ¿verdad? Pues sigue así y los tendrás.

—Te gustaría, ¿verdad? Creo que el motivo por el que no me quieres liberar es porque entonces perderías tu furia, y no me podrías tratar como a tu esclava sexual cada noche. Es bueno para ti; no puedes soportar la idea de dejarlo estar.

—Quizá tengas razón. —Le puso una mano en la nuca.

—¡Por supuesto que la tengo! —Tenía los ojos blancos y la respiración jadeante. Estaba tan jodidamente sexy..., incluso demasiado.

Él la apretó contra su pecho. ¿Se había puesto de puntillas?

Y entonces se volvieron a besar de una forma salvaje y loca. Como la noche en que él la reclamó. Besar su temblorosa boca era una locura, una adicción. Soltaba aquellos pequeños y jadeos ahogados... Podría estar besándola toda la vida.

Ella arqueó la espalda, y Naruto levantó la mano para posarla en sus maltratados pechos...

Entonces el estómago de Hinata se quejó. Con un fuerte sonido.

Él dejó de besarla y apoyó la frente contra la suya, mientras recuperaban el aliento.

—Pararemos aquí para pasar la noche, querida. —Se quitó túnica y se la colocó delante, atando luego las mangas detrás su cuerpo, para así cubrirla. —Me parece que me toca ir de caza para mi mujer.

Ella lo miró.

—No necesito que caces, demonio, me basta con que vayas a recoger fruta.

—Suéltalo, Hinata! —gritó Naruto desde abajo.

Había instalado el campamento en un promontorio, donde había dejado a la hechicera sentada cerca de la hoguera, con los brazos atados a la espalda después de ponerle la túnica que él llevaba antes. Satisfecho de tenerla allí, se había ido a cazar a un pobre animal que ahora llevaba en la mano.

El demonio no le quitaba ojo de encima, pero terminó por alejarse lo suficiente como para que Hinata pudiera poner en marcha su plan.

—¡Suelta... el... vino! —Corrió hacia allí. —¡Suéltalo de una puta vez!

A modo de respuesta, ella cogió el pellejo con la boca, apretó los labios y lo levantó, vaciando todo su contenido en su garganta.

—¡Joder, Hinata! —gritó él mientras seguía corriendo.

Cuando llegó al campamento, la hechicera soltó el pellejo con la respiración entrecortada y fijó la mirada en él.

El torso desnudo del demonio subía y bajaba, y gotas de sudor resbalaban por el cuello. Los ojos de ella siguieron una de las gotas, que se deslizaba por los surcos de los musculosos abdominales. «Es magnífico»

Entonces frunció el cejo al ver que sujetaba un pequeño animal de una especie indeterminada. Dejando a un lado ese detalle, aquella era una de las escenas más sexys que Hinata había visto jamás.

—¿Sabes lo que me ha costado quitar el tapón? —le preguntó, volviéndose para disimular un pequeño eructo. —¿No crees que me merezco una recompensa? Además, no puedo enfrentarme a la siguiente prueba e iniciarme en el ritual de abusar de un pobre animal sin haber tomado vino.

Naruto se sentó en el lado opuesto del fuego y atravesó la pobre criatura con un palo.

Una vez él hubo colocado el pequeño cuerpo sobre las llamas Hinata se paró a analizar la escena. Habían acampado en la parte más alta del saliente de un precipicio. Debajo de ellos, las cascadas se precipitaban en un estanque de un verde muy oscuro. Más acantilados rodeaban el agua por los otros tres lados, y, cuando soplaba viento, flores blancas bailaban en los remolinos que se formaban en el aire.

Unos minutos más tarde, el olor a carne asada era penetrante. Después del arduo día de viaje, Hinata se moría de hambre, y el olor no era tan malo como había imaginado. De hecho, le abrió... el apetito.

—Huele bien, ¿verdad, hechicera?

—No lo comeré —contestó, levantando la nariz.

—Sólo míralo.

Sin poderlo evitar, se fijó en el asado. Al hacerlo, se le hizo la boca agua. Era tan suculento, y al gotear su grasa sobre las llamas el fuego crepitó. «No, soy más refinada que eso. ¡Yo no como animales!»

—Sabes de sobra que mi raza no consume carne.

—Lo harás ahora.

—¿Ahora? ¿Ahora que tú estás al mando?

La mirada de él se posó en el vientre de ella.

—Oooh, entiendo. Ahora que crees que quizá lleve a tu hijo en mi interior. ¿Me vas a obligar a comer?

—No es culpa mía que nos encontremos en esta tesitura. Recuérdalo —El tono de voz de Naruto hizo que Hinata levantara las cejas. —Si te has salido con la tuya y resulta que estás embarazada de un demonio, tienes que comer carne para alimentarlo.

—¿No crees que me puede sentar mal comer algo que nunca he comido, algo que me da náuseas? Quizá, antes de haberme secuestrado deberías haber averiguado cómo tenerme contenta.

Cuando el estómago de Hinata volvió a rugir, Naruto se levantó y cogió la bolsa vacía.

—No te muevas, princesa. Volveré con algo que te dignes a comer.

Al cabo de un rato, volvió con la bolsa llena y vació el contenido sobre la manta. Ella arqueó una ceja al ver la selección de frutos rojos.

—Alguien intentando envenenarme. Qué... novedad.

—No son venenosas. —Naruto cogió algunas y se las metió en la boca.

—No para los demonios, pero son tóxicas para mí. No somos de la misma especie.

—Lo dices como si fuéramos de planetas distintos. Y no somos tan diferentes.

—¿No? —La mirada de Hinata se posó en los cuernos de él. Naruto se pasó una mano por uno de ellos, y se ruborizó. Era extraño: parecía que estuviera provocándolo, pero no haciéndolo enfadar.

Hinata negó con la cabeza al ver una sucia raíz entre las frutas.

—¿Es eso corteza? —Con una risa, añadió: —Por todos los dioses, ¡me has traído corteza para roer!

—¿Y como se supone que debo saber lo que comes? Has rechazado la buena comida...

—Ese animal no es comida. Las hechiceras somos demasiado refinadas para comer otros seres vivos.

—Te preocupas más de los animales que de otras personas.

—¿Lo ves? Esa es la razón: las vacas no intentan robar poderes y las gallinas muy pocas veces intentan asesinarme. ¿Y por qué es así? Pues no lo sé. Es así, punto.

—¿Hay algo de todo esto que puedas comer?

—Esas moras no son venenosas.

—Cuando Hinata las señaló con la cabeza, él fue a lavarlas con agua de la cantimplora, y al volver se sentó a su lado.

Se las fue dando en la boca, y ella se tomó su tiempo. No quedaba más remedio que tener paciencia, ya que no tenía intención de dejar que comiera por sí misma.

Pero al demonio no parecía importarle que cogiera una mora cada vez. De hecho, incluso parecía disfrutar con ello.

—Mi nueva mascota es herbívora —dijo sonriendo con voz ronca.

Desconcertada al verlo sonreír, Hinata miró a su alrededor.

—Aquí arriba hace más frío. ¿Por qué hemos tenido que subir tanto?

—Porque la mayor parte de las criaturas no lo hacen.

—No tendrías que preocuparte de eso si me liberaras. Yo puedo hablar con los animales.

—Ah, ya.

—Demonio, te digo la verdad. Puedo hablarles, y ellos me entienden.

—Sea como sea, no vas a necesitar esa habilidad. Yo te protegeré de cualquier amenaza.

—Amenazas. —A medida que se adentraban en el reino de Grave, le había visto inspeccionar pisadas en el barro, no apartar la mano de la empuñadura de la espada. —¡Qué bien! Estamos en peligro. Me has traído al lugar más peligroso del reino, hogar de las RDTE y cosas similares, y me atas las manos para que no me pueda defender.

—¿Ratas De Tamaño Enorme? No creo que existan.

Se quedó boquiabierta. Naruto había citado un trozo de La princesa prometida.

—No te sorprendas tanto —dijo, algo ofendido. —En el aquelarre de las brujas ponen esa película las veinticuatro horas del día todos los días de la semana. Y las brujas brindan cada vez que oyen «Mi querido Westley» o algo así. Sería imposible que no me hubiera fijado.

—¿Vas a menudo al aquelarre, a visitar a las brujas?

Hinata podía imaginarse a esas pequeñas mercenarias de la magia tirándole los tejos al rey demonio. A la hechicera no le gustaban las brujas, desconfiaba de ellas.

—Suenas condescendiente. ¿No estáis las hechiceras y las brujas emparentadas?

—Muy de lejos. —A pesar de que tenían antepasados comunes, ambas sentían especial predilección por la rebeldía y algunos de sus poderes eran intercambiables (y robables), las hechiceras pertenecían a una cultura única, muy distinta a la de las brujas, que adoraban la Tierra. —Bueno, contesta a mi pregunta.

—Me he pasado por ahí algunas veces —dijo. —Como habrás podido averiguar al hurgar en mi cabeza, mi buen amigo Shikamaru está casado con Temari la Esperada.

Hinata había oído hablar de ella, como la mayoría de la gente de la Tradición. Era la bruja más poderosa, tenía tanto talento con los espejos que la llamaban la Reina de los Reflejos.

Robarle los poderes sería un golpe maestro. Pero atacar a una bruja poderosa o a todo un grupo de brujas era muy peligroso. Una bruja podía robar el poder de una hechicera... si la mataba.

—Ah, sí. Me acuerdo de haber visto a Shikamaru. Es ese del que tienes celos.

—Yo no tengo celos de él; envidiaba que hubiera encontrado a su compañera.

—Pero ahora tú también la has encontrado.

—Sí, por fin.

—Y aun así, ¿no la soltarás?

—Se iría corriendo a la primera oportunidad. Posiblemente llevándose a mi hijo con ella. Ambos son demasiado valiosos para mí como para arriesgarme a perderlos.

«¿Debería decirle que no estoy embarazada?» Todavía se enfadaría más. Y ésa era la primera vez que lo notaba relajado desde que se habían conocido. Incluso aquella primera noche, antes de que supiera siquiera quién era ella, estaba tenso.

Decidió mantener el secreto. Las hechiceras no tenían fama de cautelosas porque sí.

Cuando se inclinó y le besó el puente de la nariz, ella preguntó:

—¿A qué ha venido eso?

—Tus pecas han desaparecido. Te he dicho que estarías completamente recuperada en cuanto se pusiera el sol. —Deslizó una rápida mirada por sus senos.

Estaba ciertamente curada, y el sol se estaba poniendo, dando por finalizado un día más. Hinata se quedó mirando el horizonte. Eso significaba que le quedaba un día menos antes de que sintiera el efecto del morsus.

Aunque todavía le quedaban dos semanas de margen, la preocupación la empezaba a acosar.

Contrariamente a lo que le había dicho al demonio, no creía que Toneri fuera ir a salvarla. La fuga de Naruto habría dejado muy tocado al Reino, poniendo en riesgo las alianzas que se habían establecido. Aparte, claro está, de la traición de Sasuke.

Las distintas facciones del ejército estaban desperdigadas y pocas podrían ir tras ella. Si los demonios del fuego y los vampiros no podían rastrear hasta allí, dado que nunca habían ido a donde estaban, entonces Hanabi era la única que podía sacarla del reino de Grave.

Pero, tal como Hinata había podido apreciar los últimos dos días, era un reino inmenso. Las posibilidades de que su hermana abriera un portal en las cercanías eran realmente mínimas.

¿Y si Naruto se llevaba a Hinata a otra dimensión...?

Estaba demasiado acongojada como para pensar en explicarle al demonio los motivos por los que estaba en peligro. Pero sí podía explicarle lo del morsus.

«Por cierto, voy a tener que dar media vuelta y volver con Toneri, tu más odiado enemigo, porque he sido envenenada. ¿Por quién? Oh, por el propio Toneri. Y cuando encuentre la manera de volver con mi hermano, le pediré que me dé todavía más veneno. ¿Que si tengo pruebas de mi envenenamiento? ¿Signos externos? Mmm, no, ninguno. No hasta que tenga un ataque y empiece a vomitar sangre. Y no tendré ninguna señal externa hasta que certifiquen mi defunción. Entonces podrás ver una X de color rojo en alguna parte de mi cuerpo. Pero llegado ese momento, ya será demasiado tarde.»

El no la creería, y a ella no se le ocurría de qué manera podría convencerlo de que decía la verdad. Quizá el hecho de haber roto sistemáticamente todas las promesas que le hizo al principio no había sido muy acertado.

«Pero ¿cómo diablos podría haber sabido que tenía que cumplirlas?»

Lo único que se le ocurría era firmar un pacto entre los dos sobre una tablilla de arcilla. Pero dudaba mucho que hubiera un horno de secado o de cocina en las inmediaciones del reino de Grave. Exactamente ¿cuán poco confiaba el demonio en ella? Hizo una intentona de comprobarlo...

—Naruto, si te contase una cosa que te pareciera de locos, pero te pidiera que me creyeras, ¿podrías...?

—No.

—No quieres ni pensártelo.

—No.

—¿Qué tendría que hacer para que me creyeras? ¿Un juramento? ¿Algún tipo de promesa?

—Ya llegará el momento en que confíe en ti, Hinata. Pero sólo con el tiempo.

«Tiempo que no tengo.»

Aunque algún día pudiera llegar a convencerlo, ella no disponía de demasiados. Su única esperanza era persuadirlo de que la desatara, escapar e intentar localizar a Hanabi. Si las hermanas se acercaban lo suficiente la una a la otra, podían comunicarse telepáticamente.

Lo que era una suerte, pues Hinata tenía un pésimo sentido de la orientación. Igual que Hanabi, recordó frunciendo el cejo. Intentó borrar ese detalle de su cabeza. Ya se les ocurriría algo.

Así que el primer paso era convencer a Naruto de que la dejara libre. Eso no tenía que ser un problema. Hinata era una hechicera. Podía seducirlo y conseguir lo que quisiera de él.

El escenario estaba preparado: las estrellas brillaban intermitentemente y la luna con intensidad. El agua que había debajo reflejaba la luz de la luna, formando destellos de color esmera

«Sí, puedo ser seductora.» Si se ponía en plan encantador, el demonio sería incapaz de razonar...

Cuando él terminó de comer, y de chuparse los dedos de forma exagerada, lo recogió todo. Hinata esperó un poco y lo distrajo hablando de la noche y del tiempo, y entonces dijo:

—Naruto, me duelen los brazos. —Flexionó los puños para dar más dramatismo a la representación. —Hace mucho rato que los tengo dormidos.

Cuando él levantó la vista, ella intentó leerle la mente, pero el demonio la mantuvo firmemente bloqueada.

—Te propongo un trato —dijo él: —si contestas todas las preguntas que te haga, te soltaré los brazos una hora.

Hinata evitó sonreír. «Bueno, ha sido más fácil de lo que había previsto.» —Trato hecho, demonio.

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Continuará...