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Penúltimo capítulo.

Gracias por leer.


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12. JARDIN

A lo largo del tiempo, de los años y de las épocas, Marinette Dupain-Cheng se había preguntado una y otra vez, lo que haría al verlo nuevamente. Probablemente se le lanzaría al cuello, para abrazarlo con sus extremidades y decirle lo mucho que lo había extrañado. O quizá lo golpearía de manera feroz, derramando toda la frustración acumulada por los años. Tal vez se lanzaría a sus pies para suplicarle perdón. O incluso besarlo, directamente, y comprobar su reacción: si le devolviera el beso o la echaría a un lado. Y ahora, a menos de tres metros de él, estaba eligiendo alguna de esas opciones, con las que tanto había soñado.

Sin embargo, no estaban solos. Fue Emma quien eligió la forma y el ritmo del reencuentro.

- ¿Os conocéis? No...no lo sabía... - Emma se quedó en silencio, tratando de encontrar una explicación a ese hecho tan curioso. Pero ni su madre ni Félix dijeron nada, sólo mantuvieron la mirada, sin hablar. Ante la falta de aclaración, ella decidió continuar: - Mamá, te presento a mi novio, se llama...-

Marinette no escuchó nada, ni una palabra. Parpadeó lentamente, mientras suspiraba muy suave. Sabía que lo miraba de manera anhelante y tierna, pero la mirada de él, no le demostraba lo mismo. Ella lo vio cansado, sin emoción, frío y muy serio. Esta vez, Felix no salió corriendo como en New York, ni se escondió tras un periódico como en Amberes. Simplemente se quedó ahí de pie, muy quieto.

- ...y estos son sus hermanos... Y claro, su padre, el señor...- continuaba Emma, un poco nerviosa y descolocada por el hecho que su madre y su suegro ya se conocían.

- Felix Graham... - susurró Marinette, al mismo tiempo que ensanchaba su sonrisa. Durante años, no había podido oír su nombre, su pronunciación. Su lengua no se había movido dentro de su boca para formar los fonemas. Fe-lix, Fe-lix. Y ese día, pronunciarlo otra vez le supo bien, le supo a canción, a dulce de menta y chocolate.

- ...de Vanily, Felix Graham de Vanilly - completó el novio de Emma... ahora era su hijo mayor quien la observaba, curioso, perspicaz. El muchacho le sonrió, miró a su padre, luego volvió a mirarla a ella.

Félix cerró los labios, frunciéndolos levemente, estiró el cuello y dejó de mirar a Marinette para fijarse en la menuda Emma, la novia de su hijo, una mujer joven, bella, muy parecida a Marinette. Iba colgada del brazo de su hijo mayor y por un momento, sólo por uno, Félix pensó que así se hubieron visto ellos dos, Félix y Marinette, si todo hubiera salido bien, si ella le hubiera correspondido, si ella no se hubiera casado. Otra tristeza se acumuló en su alma, en su alma tantas veces doblegada, tantas veces sometida.

Primero rendida al desamor, luego a la obligación y por último, a la muerte. Nadie más que él mismo, podía saber sus sacrificios, sus ofrendas, su afán para vivir una vida de paz y satisfacción. Huyendo de ella, siempre de Marinette.

Justo cuando pensaba que estaba sepultada en su pasado, justo cuando la paz de la viudez y de la muerte le inundaban los días. Él ya sólo esperaba el final, como espera un viajero tirado en la carretera, como espera un niño la Navidad. Y a pesar de todo, el destino lo arrojaba otra vez, nuevamente a ella. ¿Sería un signo? ¿una señal? No lo sabía, no podía saberlo, pero por primera vez desde que la conocía, decidió que no volvería a caer en su embrujo. No, nunca más. En Amberes, hace ya tanto tiempo, sólo fue necesario un vino y una pequeña conversación para recaer fuertemente en su amor. Ahora no, en París, él aguantaría. O eso pensaba, porque si bien era cierto que muchos días se olvidaba de ella, los recuerdos asociados eran como las olas del mar, que vienen, se van y se devuelven a la orilla, en un ciclo perpetuo ya no guiado por la luna, si no por los latidos de su corazón.

El amor era una guerra, y él simplemente, ya había decidido que Brid sería la última batalla que libraría. La muerte le había sorprendido, pero no cambiaría de decisión.

El amor era una guerra y para él, ya había acabado.

Félix trató de sonreír un poco, pero al igual que en los últimos años, la sonrisa no le salió entera sino torcida y a medias. Emma lo observó y concluyó que su suegro era una persona melancólica, tal como se lo habían descrito; una persona incompleta según su hijo, puesto que había enviudado y aún no lo superaba. Quizá fuera por eso, asumió Emma. Sin dudarlo, la joven decidió seguir, así que pidió a todos que la acompañaran al salón principal donde tomarían unos aperitivos para luego pasar al comedor. En ese mismo momento, su hijo mayor suavemente estiró un brazo y cogió a su padre del hombro, dirigiéndolo adentro, detrás de Emma.

Y Marinette se quedó ahí, con las manos cruzadas, la mirada baja y tratando de controlar su respiración. Sin decir una palabra, sin realizar ningún movimiento.

De todas las posibilidades que ella había imaginado, ninguna había sucedido. Despertó del trance, al darse cuenta que ya no había nadie en el recibidor. Echó a andar, detrás de todos esos hombres, tan altos, tan mayores, tan parecidos a él. Una pandilla de muchachos, rubios, de hombros anchos y piernas largas. Se detuvo entonces, y los observó de lejos. Quizá esos hubieran sido sus hijos, pensó sin quererlo. Tal vez si tan sólo... tal vez si ella...o si él...Parpadeaba rápidamente para tragarse las lágrimas, mientras buscaba respirar nuevamente, necesitaba volver a caminar, acercarse, mirarlo a la cara y decirle que...

¿Qué lo quería?

¿Qué lo amaba?

Tanto tiempo después, tantos horrores vividos, tantos dolores sufridos, Marinette tenía claro que lo amaba tal como antes. Con sólo verlo, ella supo que lo amaba todavía, porque el amor que no pudo ser es quizá el que más se resiste a morir. El amor con más espinas, es el que más nos gusta tener entre los dedos. Y desde las cenizas, el fuego empezó a arder nuevamente, lento, minúsculo pero inmortal. Nunca había sido tan feliz como cuando estuvo entre sus brazos, y los besos nunca significaron tanto como los besos que él le dio.

Entonces, la pequeña flama de su corazón la llenó de valor, y le hizo coger aire mientras de su pecho lanzaba aquellas palabras:

- ¡Félix!¡Félix!- habló con voz alta y fuerte, deteniendo al pequeño séquito.

Él se volvió y los demás se hicieron a un lado para que él pudiera contestar lo que ella le quería decir.

- ¡Félix! - volvió a decirle. - ¡Bienvenido a casa!.

Y sin poderse contener, sin volver a dudar, Marinette Dupain-Cheng caminó hacia su destino, a paso firme y amplio, con los brazos abiertos y una sonrisa resplandeciente. Lo alcanzó en un par de segundos, abrazándolo de imprevisto, sorprendiéndolo. Lo sintió temblar, retraerse, sin embargo, no lo dejó escapar. Lo tenía tan bien sujeto que él tendría que luchar para soltarse. Lo acorraló entre sus brazos y sabiendo lo cerca que estaban, levantó su cabeza, lo miró detenidamente y susurró a centímetros de su rostro:

- Te he echado tanto de menos.-

Y a pesar de haber sido un susurro, lo escucharon todos.

Emma parpadeó, atónita. Su novio, el hijo de Félix, la miró buscando una explicación. Él también estaba asombrado. Se quedaron mirándose pero luego, lentamente volvieron la vista al frente, observando a sus respectivos padres en una escena tan íntima.

La tenía tan cerca, su mirada azul cielo aún brillaba como antes, sus brazos aún apretaban como antes, su olor era el mismo de antes. Inmutable, imperecedero, perpetuo, siempre ella, siempre Marinette. Su cansado corazón empezó a latir, no más rápido, pero sí más fuerte. Un latido, dos latidos, tres. Cuatro y cinco. Seis.

- ¡Marinette!- también susurró él. Pero todos los demás escucharon sus palabras.

Y ella sonrió, porque sabía que lo había sorprendido. La ventaja del primer segundo, el poder del único amor.

- Te he extrañado tanto.- continuó ella.

Félix intentó mirar hacia otro lado, pero Marinette le persiguió la mirada.

Valor, esperanza, fé. En una fracción de segundo, en un pequeña sinapsis, Marinette cayó en cuenta que ambos estaban libres, ella divorciada y él viudo. Si alguna vez hubo una oportunidad para ellos, esta sin duda alguna era la mejor. O la última. No había excusas, no había impedimentos. Y ella ya era otra, una mujer distinta, ya no dudaba, ni tenía miedo, y todos los sueños que tuvo ya se habían roto y sólo quedaba uno que aún podía hacerse realidad, él. Félix. Un sueño, un amor y un nombre.

- ¡Félix! Tanto tiempo después, tú.-

Ella se dio cuenta que lloraría de felicidad en cualquier momento, así que bajó la cabeza y se apretó contra su pecho. Suavemente, él se movió. Primero sus brazos se alargaron, alcanzando su espalda por sus hombros y luego bajó su cabeza, apoyando su mentón sobre su cabello. Entonces su voz, cálida, seria, serena salió de su boca para consolar su alegría.

- ¡Marinette! Que bueno es verte otra vez.-

Sus dedos se estiraron y se apoyaron en la piel que no cubría el vestido amarillo, logrando paralizarla de gozo. Los dedos de él contenían la chispa del amor renacido, la cerilla que iniciaba el fuego. Marinette vibró por dentro, intensamente.

Ella creyó que la felicidad por fin le caía encima, que todo tendría por fin un final feliz. ¿Acaso no se lo merecía? ¿Acaso no había entendido sus errores? Y él también, él también era imperfecto, fue imperfecto. ¿Por qué nunca fue sincero en Amberes? ¿Por qué no esperó? Es cierto que eran tiempos revueltos, pero si tan sólo hubiese querido hablar con ella, si tan solo no la hubiese echado del hotel, si le hubiese permitido explicarse... Hubo errores por ambos lados, y seguro que ahora, siendo un padre de familia, seguro que ahora, él sería distinto, por supuesto que sí.

Durante muchos años, tiempo después de saber que se había casado y que él era padre, Marinette se preguntó porqué lo hizo. No pudo amar a su mujer tan pronto, no pudo haberla querido tanto en tan poco tiempo. Podía sonar arrogante, pero era cierto. Félix había amado mucho a Marinette, era imposible que ese amor mutara en otro, en otra mujer, en apenas días. Sin embargo, con esa mujer belga, Félix había tenido una numerosa familia y un larguísimo matrimonio. Claro, pensó Marinette, al inicio pudo no haberla amado, pero después de media vida juntos, ¿la amó? ¿a la madre de sus hijos?. Y aunque no quiso, Marinette dudó.

- Marinette- escuchó que le decía. - Me alegra haberte visto. En serio. Hablaremos más tarde, debemos seguir.

En el siguiente instante, con delicadeza, él la apartó un poco hacia atrás. La mantuvo separada de él unos centímetros. Ante su presión, no le quedó a ella mas opción que retroceder dos pasos, alejándose de él. De pronto, Félix miró a ambos lados, recordando que no estaban solos. Su mirada verde ahora demostraba algo de azoramiento y vergüenza.

- Marinette y yo somos amigos desde hace mucho.- justificó angustiado a su hijo mayor.

El joven rubio y alto le asintió, sonriéndole, luego volvió a mirar a Marinette, y se encogió de hombros.

- Que coincidencia entonces, pero creo que debemos seguir, papá. Nos puedes contar todo eso en la comida. -

Felix asintió y dejando a Marinette en medio del pasillo, apresuró el paso para alcanzar a su hijo. Emma, sin embargo, se quedó al final para hablar con su madre.

Marinette esperó que su hija se acercara. Para cuando se puso a su lado, no había nadie más que ellas dos.

- ¿Quién es él, mamá?- le preguntó muy seca y en voz baja. - Nunca has hecho eso. El abrazo. Y justo lo empiezas a hacer hoy.

- Hablaremos más tarde, Emma, cuando todos se hayan ido. Ve a atenderlos, yo iré en un segundo.-

Emma bajó su mirada azul cobalto, abrió la boca intentando decir algo, pero luego echó el aire fuera, resoplando, se encogió de hombros y se puso a caminar para alcanzar al resto. Marinette volvió a quedarse sola, pero esta vez, se sentía feliz, se notaba caliente, ardiendo, era verano pero el calor le venía de dentro. una inmensa sonrisa se le plantó en el rostro, mientras que sus manos corrían a su boca tratando de callar la carcajada de felicidad que le brotaba. Se sentía exultante, como si hubiera ganado una maratón o una medalla olímpica. Dobló las rodillas y dio un pequeño salto para luego dar dos vueltas sobre sí. Intentó respirar y secar las lágrimas que se le escurrían por los lados, estiró sus dedos, los encogió, se alisó el vestido, pasó una mano por su pelo, suspiró y echó a andar.

..

Debían salir al jardín, donde Emma había planeado un par de juegos de mesa y algún que otro juego al aire libre. Pero mientras los muchachos jugaban, ella se acercó a Félix por un costado, sorprendiéndolo otra vez.

- Félix- le dijo, mientras cruzó sus brazos delicadamente. - No puedo creer que fuera así como nos volveríamos a ver. De hecho, no pensaba verte de nuevo. Había perdido la esperanza. Te imaginé en Amberes, con tu familia, y con la joyería, claro. Y...

Félix no la escuchaba, sino que observaba a sus hijos con curiosidad. Habían empezado a jugar algún juego de cartas y se lo estaban pasando muy bien. Ojala él también lo pasara bien, pero tenía que afrontar su pasado y a un gran amor. Había decidido dejarla enterrada en sus recuerdos, pero ella era capaz de derretirle el pensamiento y la voluntad.

- Marinette, yo también estoy sorprendido.- empezó a decir, interrumpiéndola.- No pensé encontrarte en Paris... mi hijo, cuando hablaba de su novia, no mencionó todo esto. El nombre que me dijo, Emma Couffaine, ni siquiera me pareció algo relativo a ti. Espero que esto, lo que pasó entre nosotros, espero que no afecte a su matrimonio, ni a nuestro próximo parentesco. Mi hijo me ha dicho tu opinión, que piensas que ellos son muy jóvenes, pero yo te digo que si ellos se quieren, si se aman, no habrá nada que digas para poder detenerlos. Yo estoy de acuerdo en que se casen, además... correremos con los gastos. La boda se hará pronto, casi te diría que ya tienen fecha.

Sus palabras la entristecieron, porque mientras ella ardía como un hoguera en la playa, Félix estaba frio y distante, como calculando las palabras para evitar intimidad. Era una reacción natural, pensó, son muchos años lejos, y después de todo, ninguno de los dos se habían portado bien.

- No me he negado a su boda. Sólo he opinado que ella es muy joven, no tiene ni 21 años, Fé. A esa edad, uno no sabe lo que quiere...-

Félix hubiera querido darle la razón, pero sería una mentira. Él sabía que amaba a Marinette Dupain-Cheng desde sus diecisiete años, desde el primer beso. Quizá desde antes. Sí, era probable que la haya amado incluso el primer día en Montmartre. Y ese descubrimiento, amarla desde los catorce años, le pareció triste y cansino. Un amor mal hecho y con mal final. Una mala novela. Félix hubiera querido arrancarse el corazón del pecho y echarlo a la basura. El amor lo había engañado una y otra vez, prometiéndole el paraíso y regalándole un purgatorio.

- Mi mujer siempre creyó en el destino, Marinette. - al escuchar que él hablaba de su mujer, palideció, detuvo su perorata sobre los jóvenes amantes y bajó la cabeza, algo atontada e incómoda. - ...Siempre me decía que uno va por la vida buscando a su media mitad, a la mitad de su alma. Si ella hubiese vivido lo suficiente como para conocerte, Marinette, te hubiese dicho lo mismo...- Marinette sintió que él la reñía y no pudo evitar permanecer mirando el suelo para luego apretar los labios. - Emma lo ama, y él a ella, y están de acuerdo en casarse, y eso es todo lo que te debe importar.- sentenció Félix.

No ha cambiado nada, pensó por dentro, ella no sabe nada del amor y después de tanto tiempo, tampoco ha aprendido a amar.

Marinette, en cambio, estaba segura que su juventud e inexperiencia fueron las razones que la llevaron a encapricharse con Adrien, evitando distinguir la podredumbre en su relación. Había sido muy niña, muy inocente, muy estúpida. No supo ver ni detectar la pesadilla que vivía bajo su yugo. Si hubiese sido mayor, si no hubiese sido tan inmadura, si hubiera vivido más libremente, tal vez todo habría terminado de manera distinta.

Marinette simplemente no quería que su hija sufriera lo que ella vivió, ¿acaso no podían entenderla?

No me entiende, pensó por dentro, Félix no me entiende otra vez.

Pero el amor que sentía por él la consumía por dentro y supo, que no importaba estas tiranteces entre ellos, porque al final, estaba convencida que volverían a estar juntos. Marinette estaba segura de su victoria. De su victoria en el amor.

El amor era una guerra, y estaba cansada de perder una y otra y otra vez. Ahora ganaría, después de todo, había ganado muchísima experiencia.

Y refugiándose en ella, cerró los ojos, y decidió que si bien amaba a Emma, dejaría que ella tome sus propias decisiones, aunque fuesen malas o prematuras. Suspiró, apretó sus ojos, puso sus manos en su regazo y dijo, en voz baja.

- Que así sea Félix. ¿Sabes?, yo creo que hay mucha inexperiencia en ella y que es probable que se equivoque. No quiero eso para Emma, no quiero que sufra como yo...como yo he sufrido.- cogió un poco de aire para después continuar. - Es horrible vivir así, Félix, es horrible vivir comiendo tus errores todos los días y...-

- ¡Pero él la ama! ¡Eso ya es mucho más de lo que tienen la gran mayoría de los matrimonios, Marinette! Irán contentos al altar, saltando en un pie, bailando incluso. No hay mejor garantía que ésa. No hay otra manera de demostrar que todo saldrá bien. - Félix la miró fijamente, con algo de furia contenida, mientras se cruzaba de brazos. - ¡Marinette, no hay nada más hermoso que casarse por amor! Yo sé muy bien de ello.

Marinette no pudo controlar su asombro, su sorpresa. Abrió la boca formando una O perfecta y sus manos descolgaron de su cuerpo hacia los lados. Luego de unos segundos, cerró sus labios y tragó saliva muy suavemente. Parpadeó y sintió como sus mejillas se ruborizaban. Así que la ha amado, debí suponerlo, tantos años juntos, tantos hijos juntos.

- ¿Tú la amabas?...¿Tu?... ¿la amas? - Prácticamente la pregunta salió sin filtro desde el fondo de su corazón, incontrolable. Era una flecha que vibraba en el aire alcanzando el objetivo.

- ¿A quién? - preguntó él, cerrando un ojo y elevando una ceja. Visiblemente confundido.

Vaya, por dios.

- ¡A tu mujer! ¡¿ amaste a tu mujer?!- masticó sus palabras, cerrando sus manos en puños.

Para cualquier otra pareja, la pregunta podía haber sonado tonta y superflua, impertinente. O con una respuesta obvia. Pero para ellos dos, esa pregunta venía cargada de esperanza, de dolor, y de mucho amor. Era obvio que a Marinette, el amor se le había escurrido dos veces, o tres. Era evidente que en el amor, no le había ido bien. Y en el caso de Félix, ¿qué?

Es por eso que él se sintió asombrado, estupefacto, ¿Qué debía contestar? ¿por qué le preguntaba eso?, estiró su espalda, y dejó también caer los brazos a los lados, miró hacia un lado y luego a otro. Observó a sus hijos a lo lejos, a los hijos de Brid. Buscó en su mente, pero también en su corazón, una respuesta a esa pregunta.

Amor, cariño.

Su perplejidad duró otros minutos más, apretó sus manos, dio un paso al costado. Cuando Shoshana Pluczenik-Schnitzer murió, Félix también se preguntó eso, si realmente la había amado, y la respuesta a esa pregunta la guardó en un cajón dentro de su alma, lo cerró y lo aseguró con una llave, para que nadie supiera la contestación.

- No estoy hablando de mí, Marinette. Sólo sé que es mejor casarse enamorado.- resopló profundamente, como si se liberara de un peso. - Simplemente, no todos hemos tenido ese privilegio. Y cuando veo que mi hijo y tu hija se aman, pienso que es lo mejor que tienen. Amor, Marinette, amor. Eso es todo lo que importa. Yo...yo...tu no sabes...yo... yo hubiera dado todo por tener eso...yo hubiera dado todo por...- sus labios se quedaron abiertos, deteniendo la palabra que iba a nacer.

Bajó la mirada, y cerró la boca. Luego volvió a mirar a Marinette y entonces, sus ojos verdes despertaron de su letargo y empezaron a echar chispas, como si alguien atizara un fuego. Como si todos los recuerdos de su amor se le hubieran agolpado de repente en su alma, pugnando por salir.

El viento entonces, sopló ligero y cálido, un viento de mediados de verano, en un jardín en París, en un reencuentro inesperado. Sopló y sopló batiendo levemente el vestido amarillo de ella y el cabello plateado de él, hacia una misma dirección. Como antaño, ambos escucharon en sus corazones lo que siempre les dijo:

El amor es una guerra...El amor es una guerra, es batalla y tregua, es ceder y ganar. Es otorgar y regalar, ofrecer sin conveniencia. Y al final, es probable que te rompa el corazón...

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Félix, recordando esa epifanía. Supo, nuevamente, que estaba a punto de caer a un abismo, a un infierno o a un paraíso. Con su mirada esmeralda, con el ardor de su alma, con el amor que le hacía latir intensamente el corazón, Félix se convenció que era tiempo de abrir el cajón y sacar la respuesta a esa pregunta.

Separó sus labios, inspiró fuertemente mientras sus pupilas se clavaban en las de ella. Parecía que iba a escupir un veneno, sin embargo, las palabras que salieron de su boca, fueron suaves y ligeras, perfectamente entendibles.

Y al final, es probable que te rompa el corazón...Pero también es probable que no lo haga, también es probable que sea reciproco, que sea inmortal.

El amor es una guerra, y Félix cogió su fusil y se dispuso a lanzar el último disparo en el campo de batalla. Movimiento bélico único y certero, las palabras se volvían granadas, puñales al corazón, bombas nucleares dispuestas a destruir un pasado aterrador para construir un futuro anhelado. Abalanzándose a la muerte, o a la vida, la miró fijamente y ejecutó su último proyectil. Abrió el cajón y resucitó su amor de entre los muertos:

- Hubiera dado todo por casarme contigo.-

Y por los siglos de los siglos, Marinette se prometió que guardaría ese momento en su corazón y lo atesoraría como el más bello minuto de su vida. El minuto en el que Félix le clavó otra vez, su amor en el pecho.

Hasta hace unos instantes, habían conversado de Emma y su novio, de su boda, de una boda con prisas pero llena de amor, habían discutido sus puntos de vista, se habían reñido, pero ahora, en el jardín, hablaron por fin de ellos, sobre ellos.

Marinette se olvidó por lo tanto, de la juventud de su hija, de las prisas por casarse, y se olvidó que él había tenido un matrimonio estable y longevo. No, ya no importaba el resto, porque ahora estaban hablando de lo suyo, de lo que hubo, de lo que no fue. Como por arte de magia, su mirada azul cielo se suavizó y sus mejillas ardieron, pero sus labios formaron una sonrisa pequeña y tímida. Lentamente, se arregló un mechón de pelo, pasándoselo por detrás de una oreja. Y luego de eso, amplió aún más su sonrisa.

- Y yo no he amado a nadie más que a tí, Félix.-

Finalmente, después de casi una vida, ella reunió todo el valor que llevaba acumulando a través del tiempo y eligió esta vez, abrazarlo por el cuello. Fue como un reflejo, sus brazos se estiraron, tocando su piel desnuda por encima de la camisa, sintiéndola tersa y caliente. Continuó acercando su cuerpo a su torso, haciendo que de su vestido emanara un suave frufrú. Con sus zapatos ligeros, dio un paso, y otro, hasta casi pisarlo. Se puso de puntillas mientras su cabeza buscaba un lugar cerca de su rostro, sobre sus hombros. Y con un destello de memoria, recordó su presencia, su amor, sus besos intensos robados e ilícitos, sus palabras sabias, su cuerpo joven y ardiente, su risa, su voz...Sus dedos volaron a su cabello, acariciándolo. Y así, luego de unos segundos, tan súbito como sucedió, el abrazo se interrumpió cuando un gato negro negrísimo les maulló desde un árbol cerca suyo, exigiendo atención.

- ¡Minou, niño malo!- gruñó Marinette muy bajito, aún colgando del cuello de Félix.

Pero el animalito volvió a maullar, así que ambos se separaron. El gatito saltó y caminó hacia ellos, ella se agachó para tomar al pequeño entre sus brazos apenas lo tuvo cerca.

- ¿Minou?- cuestionó Félix.

- Es el sexto Minou, Fé. - ella lo meció en su regazo, mientras se lo enseñaba. - es idéntico al primero, y al segundo, y al tercero...y así, sucesivamente.

De un nuevo salto, el gatito se liberó de Marinette y aterrizó en el pecho de Félix, sujetándose de cualquier manera. Él lo retiró cogiéndolo de su lomo, para poder ponerlo patas arriba y así frotar su barriga. El pequeño gatito, ronroneó y clavó sus garritas a la mano que lo acariciaba. Félix sonrió.

Por fin, Marinette pudo observar su sonrisa, sus dientes blancos y las arrugas alrededor de sus mejillas, debajo de sus párpados. Sólo con reír, él había rejuvenecido, recordándole al niño que conoció aquella tarde en el barrio bohemio. Tal vez por eso, siempre tuvo a un Minou, porque le recordaba lo mucho que lo había querido, lo inocentes que fueron, y lo felices que pudieron haber sido. Nuevamente, ella debió parpadear para no llorar, para no doblarse entera. Tantos años resistiendo, tantos años tropezando con las piedras en su camino, tantos recuerdos que sobrevivían en su memoria y en su corazón. De repente, él subió su mirada verde y observando a Marinette, sus ojos le mostraron toda la alegría que llevaba dentro. Quizá fuera por el gato, o por el viento, o tal vez fuera por Marinete, por el amor renacido de su tumba. Pero Félix no podía dejar de verla.

Y él siguió sonriendo como si ella fuera la cosa más bella del mundo. El gatito en su regazo, maulló otra vez y saltó al vacío, para alejarse caminando hacia las profundidades del jardín.

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No hablaron mucho más esa tarde de verano, porque casi de inmediato, sus hijos decidieron que volverían al hotel donde estaban hospedados. Así que Marinette, sabiendo que había mucho más de lo que hablar, le dejó su numero de teléfono y le hizo prometer que la llamaría apenas tuviese algo de tiempo. Él asintió.

-Promételo, promete que me llamarás.- le pidió, visiblemente angustiada.

Él la tranquilizó, porque ahora que iban a ser familia, era imposible escapar uno de otro. Le sonrió una última vez, mientras sus hijos se despedían de ellas. Uno a uno, los muchachos fueron saliendo, y al final, sólo quedó él, Emma y Marinette.

- Bienvenida a la familia, Emma. No hemos hablado mucho hoy, pero confío en que lo haremos más adelante.- Muy suavemente, Félix se acercó y se despidió de ella con dos besos en las mejillas, le apretó un brazo y se giró para darle un último vistazo a Marinette.

- Hablaremos más tarde, Mari.- y se fue con una sonrisa verdadera y amplia.

Apenas cerró la puerta, Emma se volvió como un resorte hacia su madre, que estaba aún agitando la mano y sonriendo enseñando los dientes.

- Mamá, ¿Quién es él? No...no...¿desde cuando lo conoces? ¿fue tu novio? ¡No me has hablado nunca de él! ¿Papá lo conoce? y ...¡por favor, mamá!, deja de sonreír y préstame atención. Os hemos visto, en el jardín, abrazados otra vez. Mamá, ¿sabes?, la madre de mi novio murió hace dos años y fue una muerte inesperada, todos sufrieron mucho, y...-

Marinette comprendió que era tiempo de conversar con su hija, así que la cogió de la mano llevándola a la cocina, frente a la nevera, La soltó brevemente para coger un vino espumante, luego abrió un estante y sacó dos copas. Con un leve cabeceo, le señaló la puerta al jardín. Y Marinette y Emma, se sentaron en la terraza a conversar.

Bajo el naranjo, Marinette le contó a Emma su historia en el amor, sus historias mejor dicho, por supuesto con bastante censura en algunas partes. Le contó sobre Adrien, su primer marido y luego sobre Félix, su primo. Irremediablemente, le confesó que ella decidió mal, probablemente producto de su juventud, y de su nulo conocimiento sobre la vida real. Tenía diecisiete años cuando le dio la espalda a Félix, condenándolos a los dos. Luego narró sus vivencias en Amberes de tal manera que fueran aptos para menores de edad, pero no pudo ocultarle la razón que esgrimió su antiguo suegro para obligarla a casarse con Adrien. Cero amor, le dijo Marinette, no hubo nada de eso. Batió la cabeza de un lado a otro y le confesó a Emma, que sin amor uno no se puede casar. Ni por obligación, ni por costumbre. Uno debe estar enamorado del otro, y debe ser recíproco.

Llenó por tercera vez las copas, mientras añadía ejemplos de lo horrible que fue ese matrimonio. Y de cómo terminó. Entonces, miró a su hija fijamente y le confesó que había ido a buscar a Félix hasta Amberes apenas firmó el divorcio, pero que lo encontró ya casado y con niños.

- Volví a París, entonces, y un buen día conocí a tu padre, con su magnífica forma de ser y decidí que podía darme una oportunidad en el amor. - Bebió entera la tercera copa de un porrazo, tratando de ocultar el suceso del puente Mirabeau. - ...Tu padre fue lo mejor que me pudo pasar en ese tiempo tan oscuro, Emma, y luego, claro, apareciste tú y llenaste mi vida de luz. Pero no estaba él, Emma, no estaba él.- Marinette estiró su mano para apretarle suavemente la muñeca.

- Y ahora lo vuelvo a ver, tantos años después, como si el mar hubiera regresado un barco a la orilla. ¿No te parece espectacular, Emma? ¿No te parece increíble? ¿Quién pudo adivinar que nos volveríamos a encontrar gracias a ti? Oh Emma, no tengas miedo, no arruinaré tu relación, pero por favor, déjame terminar mi historia con él. Me lo merezco, cariño. Nos lo merecemos.

Emma bajó los ojos, observando la suave mano de su madre sobre ella. Tan tierna, tan dulce... había tenido una madre hermosa, valiente, comprensiva, e inteligente, pero no podía entender lo diferente que fue en su juventud. Marinette se pintó indecisa, complaciente, se describió como una persona que Emma nunca había visto. En su joven corazón, una pena muy intensa nació y se prometió que ella haría de todo para ayudarla esta vez, porque antes, nadie lo había hecho. Antes, su madre había luchado sola y había perdido. Así que Emma la abrazó inmediatamente y le prometió que la amaría por siempre.

*.*.*


Habían reservado tres habitaciones de hotel contiguas y comunicadas, pero ahora estaban en la habitación principal, preparándose para el día siguiente. Todavía no oscurecía pero una atmosfera lóbrega y pesada se respiraba alrededor suyo. Fue su hijo mayor quien empezó a hablar.

- Lo que hemos visto, ¿Qué significa papá? - Los seis muchachos estaban cruzados de brazos, cada quien apoyado en un mueble o sentados en el sofá. Félix había sacado uno de sus trajes y lo estaba evaluando porque pensaba salir con Marinette al día siguiente. Se sorprendió un poco de esa pregunta, pero eligió no contestar por ahora. Pasó una mano alisando la tela del traje y comprobó que todavía estaba muy bien planchado.

- ¿Quién es ella, papá?- preguntó el segundo hijo. - La has abrazado dos veces, y la última vez no parecía un abrazo de amigos.

Félix se volteó a verlos. Hasta antes de Brid, había sido un hombre solitario e independiente, capaz de decidir por sí mismo sin echarse para atrás. Como hombre de familia, sin embargo, había tenido que conciliar, negociar, escuchar y ser paciente, su opinión se vio relegada ante la opinión de Brid, ante su manera de criar a los niños y de llevar una casa. Y a él le pareció bien, le pareció correcto. Jamás, ni una sola vez, alguien le había reclamado algo, ni nadie le había criticado su forma de ser. Y mucho menos, lo harían sus hijos. Y mucho menos, sería hoy.

Abrió la boca para explicar tranquilamente el origen de Marinette, pero cuando iba a hablar, el más pequeño de ellos decidió alzar la voz.

- ¿Acaso ya no amas a mamá? ¿Acaso te has olvidado de ella? Sé que la extrañas. Yo te he visto...yo te veo... algunas veces preparas el desayuno y pones la mesa pensando que ella vendrá a sentarse... o también, te escucho llamarla, pedirle cosas, y luego te quedas en silencio porque ella no está...y cuando pasas por su estudio, te quedas mirando su escritorio...papá, papá, ¿Qué está pasando?.-

No era más que un adolescente, pero su hijo menor tenía la voz rota y las manos le temblaban. Félix comprendió, y recordó, que las heridas del alma son imborrables y que se agravan aún más si tienen que ver con los padres. Tendría que explicarles entonces, lo que significaba Brid para él y lo que significaba Marinette. Su Marinette.

Con mucho cuidado, dejó el traje sobre la cama principal y en un par de pasos se colocó al lado del más joven de los seis.

- Tu madre siempre estará en mi corazón, y en mi mente. No la olvido, no puedo hacerlo. Y la extraño, como ustedes, yo la extraño.- Félix no mentía, esta parte de su intervención era pura verdad.

- Nunca podría dejar de hacerlo: al despertar pienso en ella, en el desayuno que ella prepararía, y antes de dormir, giro mi cabeza para ver su lado del colchón, y ella, querido hijo, no está allí, no estará nunca más.- Félix alargó su mano y limpió con su pulgar las lágrimas que caían por el rostro de su niño.

- Y quedamos nosotros, vosotros sus hijos y yo, su marido, y nuestras vidas. Y os aseguro que ella estaría feliz si nosotros también lo somos.- Sus demás hijos, tenían la cabeza baja y seguían con sus brazos cruzados. Así que aprovechó el silencio para continuar su explicación.

- Marinette se casó con mi primo hace ya veintiséis o veintisiete años, no recuerdo exactamente, yo recuerdo que la quería mucho, y ella lo sabía. Pero simplemente, lo nuestro no pudo ser. Luego, cuando viajé a Amberes conocí a vuestra madre, y he sido feliz a su lado, he sido feliz con cada uno de ustedes...os he amado, hijos, y aun sigo haciéndolo. Me parece increíble verla otra vez, a Marinette me refiero, todavía no lo puedo creer.- Quiso evitarlo, pero sonrió pensando en ella.

Suspiró, haciendo una pausa para continuar su explicación.

- Pienso volver a verla mañana, y veré que tenemos ahora Marinette y yo...¿puedo? ¿me dejarás ir? - Sujetó con ambas manos el rostro de su hijo. y le dijo, mirándole a los ojos. - Yo también me merezco ser feliz, ¿no te parece? ...¡tu hermano mayor ha pensado lo mismo y se va a casar!...él también quiere ser feliz...-

Muy pronto, los seis hijos asintieron, algunas efusivamente y otras de manera leve, pero su hijo menor sonrió y abrazó a su padre, comprendiendo.

Una vez más, Félix pudo conservar el cajón de su alma bajo llave, con el amor de Marinette dentro de él. Sus hijos no podían saber, no debían saber, las razones por las que él se casó con Shoshana Pluczenik-Schnitzer. No quería que ellos supiesen que Brid fue un escape, una huida. Al menos al inicio. Luego de los años, lo que sentía por Brid era un fuerte cariño y aprecio, porque ella había sido una amiga después de todo, una cómplice. Y había sido la madre de sus seis hijos.

Abrazó fuertemente a su hijo pequeño correspondiéndole, para después hacerlo con los demás. Suspiró otra vez, ya suave, descansado y tranquilo... él jamás confesaría que se casó con su madre estando enamorado de otra persona. Pero no pudo evitar sentirse un poco mal por no decirles la verdad.

Esa noche, él no pudo dormir.

Mañana se reuniría con Marinette Dupain-Cheng después de media vida de ausencia, y él tenía miedo, miedo a su inconstancia y a su inconsecuencia. En lo más profundo de su corazón, rogó que ella no se arrepintiera. Pero más que nada, rogó para que luego de tanto tiempo, él aún la amase como antes.

¿Qué quedará de nuestro amor, Marinette?, se preguntaba mientras veía el sol aparecer por su ventana.

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Un capítulo más y esto se acaba.

Muchisimas gracias a todos vosotros, y a la paciencia que me habéis tenido. Han sido semanas complicadas, en las que no he podido sentarme al ordenador más que para estudiar de lo mío, pero antes de acabar esta historia quiero agradecer a todos los comentarios, porque me han ayudado a conocerlas/los y a mostrarme mis errores. Esta historia, que tendrá final feliz, me ha gustado muchísimo. Ha sido un deleite para mi, imaginarme cada una de las escenas del felinette. No pensé que saliera tan corta, pero es cierto que he juntado algunos capítulos porque necesitaba un final feliz con urgencia.

"Lo que me dijo el viento" trata entonces, de una pareja que se quiere, pero no encuentra una oportunidad, o en todo caso, no la aprovecha. Y es que es difícil decidir, porque Marinette esta viviendo un sueño con Adrien, pero el amor verdadero está en otro lado. El viento actúa a modo de conciencia, y resume la actitud que ellos tendrán de cara al amor. El amor es una guerra, desde el inicio hasta el final. Puede haber distractores (Luka, Brid, Lila) pero al final, nuestro propio corazón nos llevará de vuelta a casa, adonde pertenecemos. Nuestro propio corazón y el destino, claro.

El epílogo lo publicaré pronto, y pronto también terminaré "Desde Londres, con amor". Calculo que en febrero (a mediados) empezaré a publicar el desenlace. ¿El nombre? "Blanco como la nieve" (llevo escritos dos caps, yeee), será cortito también.

- Propongo una canción aquí: "Durante una mirada" de La Oreja de Van Gogh.-

Un enorme y fuerte abrazo.

Cambio y corto

Lordthunder1000