Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Kat097, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.
Disclaimer: Twilight characters are property of Stephenie Meyer, this story is from Kat097, I'm just translating with the permission of the author.
Capítulo beteado por Yanina Barboza
Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic (el enlace está en mi perfil)
Capítulo Trece
Edward y Bella se estudiaron el uno al otro por un largo momento antes de que Bella volviera la vista hacia atrás, pero sabía que Edward se había ido.
¿Cuánto había visto él?
Se llevó las manos a la cara y se secó las lágrimas con brusquedad antes de volver a verlo, pero su expresión no había cambiado: la mirada de incredulidad e incertidumbre permaneció mientras la observaba.
—¿Qué diablos fue eso? —Él se las arregló para tartamudear, y Bella envolvió sus brazos alrededor de sí misma, de repente muy fría y cansada. Le dolía la cabeza y tenía ganas de llorar.
—¿Qué crees que fue? —preguntó ella suavemente y él negó con la cabeza, mirando hacia atrás antes de volver a ella. Sam gimió, dando un paso tentativamente hacia Bella, empujando su cabeza contra su cadera. Ella le acarició la cabeza suavemente antes de caminar hacia la entrada del jardín, con los brazos todavía envueltos a su alrededor. Edward se hizo a un lado, escudriñándola, pero ella no lo notó, estaba demasiado cansada para prestar atención.
Él no se movió cuando ella pasó a su lado. Bella siguió caminando, Sam a su lado, mientras crujía la grava. ¿Quién era Aro? ¿Por qué aparecía ahora? ¿De qué se había tratado esa discusión?
Apenas dobló la esquina de la casa cuando escuchó pasos detrás de ella y Edward apareció a su lado, caminando rápidamente para seguirle el ritmo.
—Espera un momento, Isabella…
—Bella —lo corrigió brevemente y él resopló, tirando de su cabello un poco largo.
—Bien. Bella. ¿Puedes quedarte quieta por un momento?
Bella se detuvo, a unos metros del camino de entrada y se volvió hacia él con irritación.
—¿Sí, señor Cullen? —dijo ella bruscamente y se quedó sin aliento mientras él la miraba, tan alarmantemente como Edward.
—Mi nombre es Edward —murmuró, y ella tragó nerviosamente.
—Estoy muy consciente de ello.
—¿Qué fue eso? —Hizo un gesto hacia el jardín y Bella cerró los ojos, sacudiendo la cabeza.
—Creo que ya lo sabes.
—Ese hombre... se parecía... y estaba vestido... —Edward se quedó en silencio contemplando a Bella, y ella suspiró profundamente, sacudiendo la cabeza de nuevo.
—No tengo respuestas.
Se giró pero no se alejó, mirando hacia el laberinto. Ninguno de los dos habló durante unos momentos, la luz dorada se derramó sobre ellos cuando el sol comenzó a descender detrás de los árboles. Bella miró de nuevo a Edward, un poco sorprendida por la forma en que la luz naranja pálida resaltaba y ensombrecía la estructura de su rostro.
—Desde que vine aquí hace un mes, he estado viendo a ese hombre. Aparece en mi habitación por la noche, lo he visto conversando con gente en el laberinto y ahora en el jardín. Me deja flores. Viste ropa que estuvo de moda hace más de un siglo y, según la pintura de él que está colgada en la biblioteca de Cullen Hall, murió hace unos ciento treinta años.
Bella estaba complacida por la calma con la que hablaba, como si fuera tan normal como hablar del clima. Edward la miró boquiabierto y Bella se encogió de hombros, el cansancio se filtró en sus huesos.
—Su nombre también es Edward Cullen. Supongo que son parientes, pero no quiero pensar en eso. Estoy cansada. Así que por favor... solo di algo.
Edward tragó, la nuez de Adán se balanceaba en su garganta. Luego negó con la cabeza.
—Esto es ridículo. —Su voz era ronca, y Bella sintió que sus labios se curvaban con ira por la mirada que él le dio, una de incertidumbre y lo que parecía lástima.
—Está bien —escupió, y él resopló con fuerza.
—¿Qué esperas que diga? ¡Esto es ridículo! ¡No puedes estar diciendo lo que creo que estás diciendo! —exclamó Edward enfadado, y Bella luchó contra el impulso de patalear infantilmente.
—¡Sabes lo que viste!
—Yo no… —Hizo una pausa y luego cerró los ojos, soltando un suspiro enojado por la nariz—. Yo no vi nada. Fue un truco de la luz. O algo.
Bella lo miró fijamente, la furia burbujeaba en su pecho. Pero no mostraría emoción frente a este hombre, tan enojada con él, simplemente por estar relacionado con el espectro, simplemente por atreverse a parecerse a él.
—Bien. ¡Bien! ¡Sam, vamos! —siseó y Sam saltó obedientemente a su lado mientras se giraba y cruzaba el césped.
Edward Cullen la vio irse, tirando de su cabello con agitación.
Una vez que Sam estuvo sentado frente a la chimenea vacía, Bella comenzó a lavar los platos sucios en el fregadero. Su tazón de avena llevaba ahí demasiado tiempo y tuvo que raspar la avena seca, su cabello cayendo en su cara. Sus dedos se arrugaron y maldijo cuando se le quebró una uña, secándose la mano con el paño de cocina y examinando la uña rota. Después de arreglarla, se arrojó en la cómoda silla cerca del fuego, frotándose la frente. Sam la miró adormilado antes de volver a dormirse.
¿Cómo se atrevía?
Edward Cullen no tenía idea por todo lo que ella estaba pasando, no fue él quien se despertó en la noche, encontrando un fantasma tocándola, seduciéndola. No fue su coche el que se estrelló cuando intentó escapar.
Había visto el fantasma de Edward en el jardín y luego mintió, la llamó ridícula.
Bella apretó los dientes, mirando al suelo.
¡Bastardo!
Por un breve momento, pensó que tenía un aliado. Y no uno como Jacob, que parecía tan decidido a encontrar una explicación racional cuando no la había. No, pensó que Edward sería alguien que aceptaría lo que vio y la ayudaría.
Había estado tan ansiosa por escapar de Londres, por encontrar algo de paz, y ahora Bella no deseaba nada más que volver a su estrecho apartamento, a solo unas pocas calles de St. James Park, donde los fantasmas pertenecían a los libros y no había nadie llamado Edward en su vida.
Pero ella no podía irse.
Alguien llamó a la puerta trasera y Bella se giró con una mirada molesta. Nunca había tenido menos ganas de recibir compañía, pero se arrastró fuera del sofá y abrió la puerta, lista para decirles a dónde irse. Pero se detuvo abruptamente, enderezándose.
Edward la observó fijamente, su cabello aún más despeinado y su mandíbula apretada obstinadamente. Sus ojos se encontraron y Bella parpadeó.
—¿Qué haces…?
—Lo siento —la interrumpió, sus ojos verdes fijos en los de ella. Bella se sorprendió y parpadeó confundida. Dio un paso atrás y él entró, jalándose el cabello. Sam se puso de pie, moviendo la cola felizmente al verlo. Edward se hundió en la cómoda silla, Sam empujó la cabeza contra su regazo para llamar su atención mientras Bella cerraba la puerta.
—¿Qué estás haciendo aquí, Edward? —preguntó Bella y él suspiró, frotando distraídamente el pelaje de Sam con la mano.
—Sé lo que vi —explicó con voz ronca—, vi... ¿qué, un fantasma? Lo vi y quiero que sepas que te creo. Y que quiero ayudarte.
Bella se le quedó viendo fijamente, con una mano todavía en la puerta. Él la miró de vuelta.
Dejó que su mano cayera a su costado, su ira se desvaneció como si se hubiera disuelto bajo su clara mirada verde.
—Oh —murmuró inadecuadamente. Él tiró de su cabello de nuevo, bajando su mirada al cuerpo juguetón de Sam.
Cuanto más Bella lo observaba, más se daba cuenta de que Edward Cullen no se parecía en nada a Edward Cullen. Edward era refinado y con un aire algo peligroso, nervioso como con un resorte dentro de él, o un gato salvaje esperando constantemente para abalanzarse, su desesperación grabada en cada parte de él. Era etéreo, hermoso y tan intenso que le dolía el corazón.
Edward Cullen era indudablemente humano. Desde su mandíbula ancha y cuadrada hasta sus ojos verdes como el cristal, era humano. Esa mandíbula estaba cubierta por una ligera barba y ella vio tenues líneas rojas en su barbilla donde se la había rascado. Esos ojos estaban por encima de unas tenues ojeras de color púrpura, típicas de alguien que ha pasado los últimos días viajando. Sus codos descansaban sobre unos vaqueros ligeramente gastados, ahora con una leve capa de pelos negros de perro en las rodillas. Sus manos, todavía rascando el pelaje de Sam, eran grandes, con uñas cortas. Pero la forma en que la escrutó hizo que Bella se sintiera tan insegura de sí misma que se preguntó si los genes no se habían transmitido más directamente de lo que se sentía cómoda.
Estuvieron en silencio durante mucho tiempo.
—¿Qué hace? —preguntó Edward finalmente y Bella levantó la mirada, confundida.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, no tengo ninguna experiencia con fantasmas. ¿Qué hace? —repitió la pregunta con bastante normalidad, pero sus cejas se fruncieron mientras Bella se sonrojaba.
—Eh… bueno, él piensa… —Tragó saliva, mirando al suelo—. Piensa que soy otra persona. Alguien a quien... amaba, supongo.
—Oh. Oh. —De repente, Edward comprendió ese rubor. Su mano se enredó en su cabello, tirando de él—. Entonces, cuando dijiste que aparece en tu habitación…
—Sí —confirmó Bella brevemente, hundiéndose en el sofá.
Otro largo silencio.
Edward se aclaró la garganta y Bella se arriesgó a mirarlo. Se aclaró la garganta de nuevo y se palmeó nerviosamente la rodilla con la mano. Sam se la acarició con la nariz.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—¿Nosotros? —preguntó Bella de nuevo, sintiéndose bastante estúpida.
—Quiero ayudarte —repuso Edward, como si fuera obvio. Bella parpadeó, frunciendo el ceño un poco mientras él se movía hacia adelante en su asiento. Sam abandonó su búsqueda de atención y regresó a su lugar frente a la chimenea, claramente enfurruñado.
—¿Por qué? —inquirió Bella perpleja y las cejas de Edward se alzaron.
—Vi un fantasma. Estás siendo acosada. No puedo exactamente ignorar eso. Nadie puede.
Bella volvió a mirar sus manos.
—No sé qué hacer. Traté de irme anoche.
—¿Pero chocaste bajo la lluvia?
—Me estrellé porque apareció en la carretera, diciéndome que me detuviera. —La voz de Bella era vacía y Edward bajó la vista a las manos de ella, retorcidas y apretadas en su regazo.
—Oh, claro. —Se aclaró la garganta de nuevo, obviamente un hábito nervioso.
Después de otro largo momento, Edward recuperó su voz.
—Bueno, esta noche es demasiado tarde para hacer algo. ¿Por qué no vienes a la casa mañana e intentaremos averiguar algo más sobre Edward Cullen? Probablemente haya registros de él en la biblioteca, mi papá lo sabrá.
—Está bien —convino Bella, poniéndose de pie mientras Edward se levantaba.
—Conozco la salida. Nos vemos en la mañana. —Ella asintió cortésmente, un poco aturdida por toda esa situación y el entusiasmo de Edward por ayudar.
Ella se paró torpemente junto al sofá mientras él se dirigía a la puerta principal, ofreciendo una breve sonrisa por encima del hombro cuando la abrió, pero él se detuvo y se inclinó.
—Oh… ¿esto es tuyo? —preguntó y se dio la vuelta.
En su mano tenía un clavel amarillo, escarlata brillante marcando la punta de cada pétalo.
A pesar de que Bella le acaba de contar que Edward le deja flores, todavía pregunta si es de ella...
¿Quién es su favorito? ¿El intenso y desesperado Edward? ¿O el incrédulo, pero aún dispuesto a ayudar, Edward?
Capítulo extra por llegar a los 300 rr, mil gracias por sus comentarios, alertas y favoritos, es reconfortante saber que les intriga esta historia tanto como a mí.
Me cuentan qué les pareció el capítulo ;) y nos leemos en la siguiente actualización.
Sarai
