Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 28.


—Y tiene toda la razón.

—¿No asistir a un evento tan importante solo por celos? —Metió el auto al estacionamiento del edificio.

—Cómo se nota que no conoces a las mujeres.

Todo el camino, habían omitido alguna palabra sobre Yura y empezaron a hablar de Kagome. Miroku debía admitir que hablar de su amiga, hacia a su mente descansar sobre el tema de su ex. Antes, desde la primera vez que la vio fuera de la editorial, quería decirle a Sango lo que pasaba, pero después del beso, ya era demasiado tarde para que su novia lo entendiera. Además, ya InuYasha le había dicho que no era su culpa y él creía en InuYasha más que en nadie en la vida.

Se bajaron del auto, Miroku activó los seguros y ayudó a su novia con la cartera y el abrigo.

—Yura siempre fue mala conmigo. —Soltó sin más, casi asustando a Takeda.

—¿Eh?

—A mí siempre me gustaste, desde la primaria. —Comentó seria, muy seria—. Supongo que ella lo notó, por eso me humillaba y trataba tan mal.

Llegaron al ascensor y Sango tocó los botones de su piso.

—Y Yura jamás me quiso, siempre fui un pasatiempo y una máquina de sexo… nada más. —También lo dijo con seriedad, no se trataba de justificaciones, ni de rencores, solo de la verdad—. Por eso cuando me dejó, empecé a ser tan mujeriego. Cuando fui a Inglaterra y me reencontré contigo allá, por casualidades de la vida… Me costaba mucho volver a ser el inocente Miroku que alguna vez fui, el que solo tenía ojos para una.

Sango asintió, mientras veía las puertas abrirse. Caminaron en silencio por el pasillo hasta su departamento.

—Entiendo, incluso contigo fue mala. Dañó tus sentimientos.

—Pero siempre llega alguien que revuelve todo tu mundo. —La tomó por la barbilla, antes de que abriera la puerta, notó que estaba a punto de llorar—. Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Y la besó, con pasión contenida.

Sango sintió que tocaba las nubes con la punta de los dedos. Ese beso la elevó a lo más alto del universo y la trajo de vuelta, dejándola reposar en una cama de algodón. Sonrió entre el beso, olvidando por completo el mal momento que había pasado en la casa de InuYasha.

Después del beso, entraron riendo a su hogar.


Pero por supuesto que su madre no le daría el postre de su hermana. Sus padres estaban conscientes de que ellos no podían pasar tiempo juntos.

Cuando dejó a Kikyō en la entrada de su edificio, notó que se quedó triste… No podía mentirle más. Si se quedaba con ella era seguro que no pararía de pensar en Kagome y eso lo ponía mal. Muy mal. No quería tocar a Kikyō, no aún. Kikyō era más bien, como una flor delicada que no podía ser profanada.

Era eso o solo excusas.

Frenó su auto más delante de la entrada: no se quedaría mucho tiempo. Iría, le reclamaría y saldría de allí.

—Buenas noches, señor Taishō.

—Hola, Hitomi. —Le sonrió a la amable recepcionista—. Paso al departamento de Kagome, pero no me anuncies.

—Sí, señor. —Contestó, con una sonrisa.

No era la primera vez que el hermano de la señorita Taishō subía a su departamento sin ser anunciado, siempre le dejaba cosas en la recepción y estaba muy pendiente de ella. Eran muy buenos hermanos. Una linda relación.

InuYasha caminó tranquilo hasta el ascensor y pulsó el botón para que este se abriera.

Esa tonta iba a explicarle por qué había faltado a su cena de compromiso.


Dejó las cosas sobre el mesón y las sacó de las bolsas. Colocó los recipientes con golosina en el refrigerador y sacó un poco una botella de champagne a medio comenzar que tenía en la puerta.

Suspiró, mientras iba por una copa idónea y se servía un par de tragos. Ella no acostumbraba a beber nada, pero en ese momento, sentía que lo necesitaba.

Regresó a ver su celular y no sonaba. Lo desbloqueó y no había notificaciones, ¡no había mensajes de su prometido! Le dieron tantas ganas de estrellar la copa contra la pared. Volvió a suspirar, bebiendo más champagne.

Caminó despacio hasta su habitación, aún con su copa en la mano. Entró y prendió las luces. Observó todo con decepción y nuevamente, suspiró. Suspiraba queriendo retener algo que parecía querer salir. Sus ojos picaban, pero no quería dejarlos ser. Algo quería salir de dentro de ellos, pero no lo permitiría.

La cama y el piso estaban llenos de pétalos rojos y blancos que ella misma había preparado. Las velas por encender, el chocolate fundido en el bowl de cristal, la champaña con el hielo derretido en el tacho de metal. El vino tinto a lado, fresas y dos copas listas para ser usadas.

Todo su esfuerzo y dedicación se habían ido a la mierda.

Dejó la copa sobre el velador, junto a las demás cosas, encendió la lámpara y apagó el resto de luces. Se sentó sobre la cama y quitó sus tacones con delicadeza. Como pudo, bajó el cierre de su vestido y se deshizo de él. Lo puso sobre la cama y se levantó, caminó hasta su gran espejo, cerca de la puerta del baño y se miró.

Observó su cuerpo, su pecho desnudo, su abdomen plano y pálido, su ropa interior pequeña y negra; las piernas largas, muy largas, de piel lisa, de porcelana. Se soltó el cabello y este cayó como un gran velo sobre su espalda. Algunos mechones se colaron por su cuello y cubrieron sus pezones. Era larguísimo en verdad, lacio y suave como la seda.

Estiró su mano para tomar un pañuelo del cajón de su veladora y se limpio el rostro, quitando la base de maquillaje y los polvos. También se quitó el labial y la cadena.

La acarició un poco antes de quitársela y cuando lo hizo, puso todo sobre el mueble.

Miró otra vez su cuerpo frente al espejo y sin pensarlo demasiado, apretó ambos senos con sus manos delgadas. Eran más grandes que sus manos, eran firmes y recubiertos por piel extremadamente suave y delicada.

¿Acaso no era lo suficientemente hermosa para InuYasha?

Los apretó suavemente y sintió la necesidad de hacerlo con más fuerza. InuYasha lo hacía siempre con más fuerza.

Lo hizo y automáticamente soltó un gemido. Sin dejar de mirarse fijamente en el espejo, bajó las manos por su abdomen y llegó hasta el borde de sus bragas. Las tomó con la punta de los dedos y las bajó, con ayuda de los pies, terminó por sacársela.

Admiró su desnudez y sonrió, por primera vez desde que había llegado.

Si InuYasha no la iba a coger esa noche, ella misma lo haría.


Se había quedado dormida, profundamente. Siempre que lloraba le daba sueño.

Un sonido lejano la despertó. Alzó la cabeza y sintió que le pesaba un mundo. Buscó el control de su estéreo en la cama y no lo encontró. El timbre de su puerta volvió a sonar y pensó en que quizás era algún vecino, molesto por la música alta. Aunque no debería escucharse demasiado.

Caminó hasta la sala, casi inconsciente y encontró el control entre los muebles. Le bajó hasta un volumen medio a la música y volvieron a tocar el timbre. Ya enojada, caminó hasta la puerta y la abrió.

Sintió una corriente que hizo chispas cuando su mirada café se cruzó con la dorada de su hermano. Se quedaron en silencio unos segundos e InuYasha la miraba con una adrenalina que se acrecentaba más con cada segundo. La respiración se les hizo difícil.

No, InuYasha, no Kagome.

No, por favor, esta vez no.

Lo habían prometido, ellos ya tenían que hacer su vida. Ya no volverían a estar juntos, ya no volverían a mirarse con deseo. Basta, eran hermanos.

InuYasha dio un paso y Kagome retrocedido otro.

Por favor basta, esa noche él se había comprometido formalmente, no podía fallar a su palabra. Cerró la puerta tras de sí.

Kagome sentía miedo, pero era una sensación que excitaba y a la vez la hacía sentir de lo más culpable. Quería parar, debía parar. Por favor no, no, no…

—No…

—¿Por qué no fuiste a la cena?

InuYasha parecía un león, un león que estaba acorralando a su presa. Ya la tenía, ya era de él. Dieron otro paso y no podían dejar de mirarse directamente a los ojos. Kagome tragó duro.

—Por celos. —Soltó, casi susurrando, sintiendo que la valentía regresaba a ella.

Su hermano le apretó un seno con la mano derecha, de repente, salvajemente. No lo hizo con demasiada fuerza. El gesto la tomó tan de sorpresa, que gimió al instante, cerrando los ojos.

Se mordió el labio.

No lo pudo evitar.

—Te mordiste el labio. —Advirtió, y ya sabía por qué tenía que anunciar lo obvio.

Ella abrió los ojos de inmediato, casi espantada.

—No, InuYasha, prometimos…

—A la mierda lo que prometimos.

Continuará…


Una actualización doble de gracia porque FF nos hizo esperar mucho. Mi parte favorita de este capítulo fue la escena de Kikyō y también la que le sigue en el capítulo 29.