CAPÍTULO 31
UN SANGRIENTO JUEGO DE CROQUET
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Aunque Deckard me prometió que me contaría después su conversación privada con Raynor, ya han pasado unos días desde entonces.
Fui absuelta de todo cargo, algo que no agradó para nada a los nobles que aún me consideraban culpable si bien Raynor mostró ante la pequeña corte pruebas que culpaban a Eciar —pruebas basadas en su pasado en las calles. El problema es que Eciar está desaparecido. Ha escapado y es probable que esté fuera de Menevras. Deckard ha enviado a Nates en su búsqueda, dado que conoce su olor lo cual le permitiría seguir un rastro. Por ahora, las chicas están ayudándome a reunir todos los vestidos de Evelyn para deshacernos de ellos y quedarme con los que más suelo usar.
Este será mi último día en el palacio. Mañana mismo empezaré a vivir en la Torre Mágica y empezar mi entrenamiento mágico oficial.
Aunque no revelaré mi identidad ante toda Menevras aún, le comenté a Deckard que sí lo haré ante los otros magos. Si voy a empezar a vivir entre ellos, no quiero que rueden rumores infundados. Y sí, eso incluirá mi relación con él. Deck parecía bastante satisfecho con que yo aceptara anunciarlo a los demás magos, añadió alguna tontería posesiva de que yo le pertenecía y quería dejárselos en claro a todos. Ay, vamos a tener que trabajar un poco en eso.
Aparte, realmente quiero salir ya de este palacio.
Finalmente.
No solo porque es como una mansión enorme, sigue en siendo parte del palacio real y además, Bertrand puede venir cuando le dé la gana, no termina de ser seguro por completo. Aun cuando el emperador estuvo dispuesto a permitirme quedarme aquí por quién soy, no voy a aceptarlo. Solo traería más habladurías, por no decir que este es un palacio que se le da a la prometida del príncipe.
Bertrand y yo no estamos comprometidos. Gracias al cielo.
—¿Qué tal usar esto para el juego de croquet, señorita? —Jennyfer levanta un hermoso vestido de día. La base es rosada, con un ligero abrigo de encaje a juego.
—Me gusta el cuello... —Señalo, pues es corto y en V. Es bastante sobrio, sin mencionar que amo los vestidos con encaje—. Lo llevaré.
Recibí el día de ayer una invitación de parte de Myriam. Su familia organizará una partida de croquet, y han invitado a algunos nobles. Lamentablemente, entre esos estará Nicolette. No la he visto desde lo ocurrido en el baile. Escuché que el emperador ha apresurado la remodelación de su casa familiar, parece querer sacarlos de palacio pronto.
Qué agradable sujeto.
Hablando en serio, siempre quise creer que la heroína debía ser una chica buena y amable, Nicolette lo era para mí cuando leía la novela aunque siempre pensaba que era un poco ingenua. Pero ya van tres veces —el robo de mi receta, la fiesta de té y que no haya dicho nada en mi defensa durante la sentencia del emperador a pesar de las pruebas contra Eciar— que mi gracia inicial por ella ha ido en picada. Es más, me desconcierta. Al inicio actuaba amable, pero poco a poco ha tomado una actitud condescendiente y hasta..., no sé, como si continuamente quisiera dejarme en ridículo y buscarme la lengua. Ella es otra razón por la cual quiero alejarme de la corte.
Como sea, mañana mismo dejaré este lugar y no me tendré que preocupar por ellos.
Vi entonces a las chicas hacer una reverencia hacia mí. Eso me confundió, hasta que unas manos en mi cintura y un beso en mi cuello me terminó por explicar todo.
—Sabes que simplemente puedes dejar todo esto e irte así conmigo. No vas a necesitar tanta ropa.
Eso me hizo reír un poco.
—Myriam me invitó a un juego de croquet. Habrá ocasiones como esta donde necesitaré al menos uno de esos vestidos. —Las chicas dejaron de recoger los vestidos para dejarnos a Deckard y a mí a solas.
—¿Un juego de croquet? ¿Realmente quieres ir? Seguro habrá invitado a algunos nobles...
—Es lo más lógico. Es hija de un marqués —digo mientras giro en sus brazos—. Voy a estar bien. El emperador me declaró inocente, todos buscan a Eciar. Decirme algo es ir en contra del emperador, ¿no? Puedo lidiar con sus ¿cómo los llamaste? ¿Cacareos?
Deckard gruñó.
—Preferiría que no estuvieras expuesta a esas plagas.
—En algún momento tengo que enfrentarlos, no puedo ni voy a esconderme toda la vida en la torre. —Hago presión en la base de su nuca, instándolo a bajar más su cabeza y permitirme obtener un beso de él—. No seas tan gruñón. ¿Alguna pista de Eciar?
—Ninguna. —Deckard me besa una vez más, luego mi mejilla, no deja de sostenerme con fuerza mientras comienza a dejar un camino de besos hasta mi cuello y yo me convierto en mantequilla derretida.
Dios mío, me estremece cuando hacen eso.
—O-oye, debo prepararme para el juego...
—Yo soy mejor jugador. Juega conmigo. —Sin que lo espere, me carga en vilo y lleva a la cama.
—No te pongas cachondo ahora. Hablo en serio. —Maldición, voy a llegar muy tarde si le dejo ganar esta vez.
Sé que con los entrenamientos no voy a poder pasar un tiempo con Myriam. No va a ser la mejor ocasión para disfrutar su compañía pero quiero aprovechar todo el que pueda. En cambio con él, ¡estaremos viviendo bajo el mismo techo!
—¿No puedes aguantar a la noche?
—¿No puedo tenerte ahora? —Está encima de mí, cubriéndome entera. Dado que acababa de darme un baño, tan solo estoy llevando una larga bata, lo cual él saca ventaja cuando sus manos deslizan la tela hasta mi medio muslo—. Estaré fuera un par de horas, no voy a poder estar tranquilo.
Lo detengo al tomar su rostro y evitar que continúe a mis pechos.
—¿Estarás fuera? ¿Por qué?
—Acompañaré al emperador y al príncipe heredero a Bromstung para renegociar el acuerdo de paz a través de una alianza matrimonial. —Visiblemente frustrado de que esté cortando su constante toqueteo, Deckard se incorpora un poco.
—¿Alianza matrimonial?
—Bertrand y una de las princesas de Bromstung.
Parpadeo.
—Pero..., Bertrand no apoyó la idea. Yo la di hace un tiempo, la rechazó. Dijo que la familia real de Menevras no debería mezclar su sangre con extranjeros.
—No es algo común, sí, ellos poseen la sangre de Soterios. —Se encogió de hombros—. Sin embargo, no hay una ley sagrada que lo prohíba. La familia real ha protegido la pureza de sangre...
—¿Y el emperador está de acuerdo en cambiar algo que han mantenido por siglos? Estoy segura de que se trata de Raynor. ¿Vas a decirme que cambió solo porque él dijo que es la nueva vida de Soterios? —Me incorporo, rasco un lado de mi cabeza, y le miro sintiendo desconcierto y recelo—. Deck, ¿cuándo vas a contarme lo que hablaste con Raynor ayer? Lo digo en serio, todo es muy... extraño.
—Una vez que regrese de Bromstung, y estés instalada en la torre. —Toma mis dos manos y las besa.
—¿Desde cuándo tienes que ir con ellos? Decías que no era tu interés involucrarte en los asuntos reales.
—No estaré presente debido a la alianza matrimonial, mi interés radica en lo que se decida sobre el acuerdo de paz. —Su expresión era un poco firme esta vez—. Si aún con la alianza matrimonial, ellos deciden decretar la guerra, entonces no pelearan contra Menevras sino conmigo.
—¿No podrías intentar ser un poco más diplomático? —Enarco una ceja—. Digo, para ti la paz no es una opción, ¿cierto?
—Si ellos no dan de su parte, no voy a perder mi tiempo con una guerra innecesaria.
—Y por esto no eres emperador —suspiro con un poco de drama, recostándome en la cama.
—Créelo, a veces en necesario tomar medidas extremas para situaciones difíciles. —Él se inclina, apartando un mechón de mi cabello, su frente descansa sobre la mía—. Además, tengo que mantener este imperio a salvo. Es el lugar en donde te encuentras.
Siento un breve momento de déja vú: algo parecido se dijo en aquel libro cuando Deckard detenía la guerra para proteger a Nicolette. Ug, debo dejar de pensar en ese maldito libro, en todo lo que ocurre ahí. No importa ahora lo que signifique o significó, la razón de su existencia o cómo llegó a mis manos, ahora esta es mi realidad. Esta es mi historia.
—¿Qué sucede si en algún momento, no sé, quisiera irme de Menevras? —Dado que él sigue inclinado sobre mí, un mechón de su pálido cabello se deslizó, así que juego con él al enrollarlo en mi índice—. Yo... no creo que en algún momento pueda considerarlo un hogar permanente. Quizá, de alguna forma, nací aquí, pero no siento ninguna conexión con ella... No puedo.
Deckard se queda en silencio, tan solo observándome. Estoy cada vez más nerviosa conforme su silencio dura de segundos a minutos.
—Sigue siendo un deber, puede más para mí que para ti, proteger Menevras. Mi maná, mi energía mágica está conectada a la Fuente, También, contrario a ti, mi conexión se mantiene. Estoy unido aquí y no es algo que pueda cambiar. Jamás. —Él atrapa mi mano, mi corazón late con fuerza en mi pecho—. Pero nunca podría retenerte aquí si no es lo que deseas. No podría permanecer todo el tiempo contigo en un caso así, tendría que volver constantemente aquí... —Se deja caer a mi lado llevándome con él, me abraza con brazos, piernas, cada parte de mí está en pleno contacto con él—. Si un día decides explorar y forjar esta misma conexión con otra tierra, hazlo. Siempre y cuando sea un lugar a donde pueda llegar a ti.
—Deck... —Escondo mi rostro en su cuello, mis ojos pican por unas lágrimas que desde la mitad de lo que dijo ansiaban salir, mis brazos apretándolo lo más que podía.
Dios mío, él está dispuesto a dejarme seguir mi camino a otro imperio de ser necesario, con tal de poder sentir que pertenezco a este mundo, no importa si lo hago en Menevras, en Rasluan, Chadwick o cualquier otro, quiere que tenga esa misma conexión que él lo tiene con este imperio, así resulte que tengamos que mantenernos en imperios separados. Está dispuesto a transportarse desde largas distancias, solo para que yo esté feliz.
—Eres el hombre más maravilloso que he conocido en la vida... —Busco sus labios, enredando mis dedos en el cabello de su nuca, el beso profundo y nuestras lenguas enredándose en un baile interminable. Caigo más y más, a cada momento, a cada roce, pero en especial, con cada palabra y acto que tiene conmigo. Con cada apoyo, y cada deseo que tiene hacia mi bienestar y felicidad.
—¿Soy tan maravilloso? —susurra contra mis labios cuando nos separamos.
—Sí, muchísimo.
—¿Incluso más que los cupcakes?
—Okey, no te pases.
Una suave carcajada sale de su boca.
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El juego de croquet se efectúa en el Lago Vitta, el más grande depósito de agua que hay en Menevras, ubicada al suroeste del imperio. También pertenece a la familia Ashbourne, que actúa como una familia guardiana y protectora. Cuenta una leyenda que el lago se formó con las lágrimas de la diosa Naturae cuando el alma de Soterios dejó Menevras y volvió a los brazos de Padre Vita. El lago únicamente se permite navegar en bote; no se puede nadar, ni pescar, ni mucho menos tocar, para así no contaminar de ninguna forma el agua pura que la conforma. El nombre del lago fue otorgado por el mago Lynd gracias a una visión dada por los dioses. La peculiar forma del lago imita a un capullo de lirio a punto de florecer en primavera, temporada donde el agua adopta un suave color lila que siempre conmueve a sus visitantes.
Dado que el lago se encuentra casi bordeando el límite de Menevras, se puede ver desde nuestra posición la barrera que protege el imperio. Se ve como una delicada capa de hilo de seda que parpadea en miles de colores dependiendo de la luz del sol. Junto con la vista del lago, es un espectáculo agradable y mágico.
Distrae mucho de lo que me rodea.
Pude llegar a tiempo al juego de croquet, y como esperé, automáticamente recibí cientos de miradas que me gritaban "¡Qué osadía el venir aquí!".
Tenía unas inmensas ganas de decirles:
—Señores, fui invitada por la anfitriona. Supérenlo o váyanse al diablo. —Justo como aquella imagen que veía en redes sociales con un payaso.
Ah, me pregunto si aquel mago de Rasluan no pensó en personalizar más esos comunicadores mágicos. ¿Imaginan que me convierta en la versión femenina mágica de Mark Zuckerberg al inventar algo similar a Facebook? ¡Weon, me autodenominaría Reina de Memes! Esas weas te solucionan la vida.
—Lady Evelyn. —La dulce voz de Myriam se me acercó, sonriendo, junto con Charlotte y otra joven noble cuya identidad desconozco.
Hasta ahora, había permanecido sola caminando por la gran extensión de terreno junto al lago. Es como un amplio parque, hay mesas bajo los árboles, y el patio para los juegos está a varios metros del lago, bordeado para evitar que la pelota llegue a rodar de más y caiga al agua.
Como dije: NADA puede tocar el agua sagrada salvo los botes permitidos.
—Lady Myriam, Charlotte, me alegra verlas. —Luego de nuestro saludo, me dirijo a Myriam—. Le agradezco mucho la invitación. Esto es hermoso.
—En lo absoluto. ¿Puedo presentarle a una familiar lejana? —Myriam señala con la mano a la noble a su lado. Su abundante cabello rojo es magnífico, tan sedoso a la vista que me pica las manos por acariciarlo—. Yerenne Chadburn, su madre es prima de mi madre. Viene a pasar la temporada con nosotros, desde Dovelush.
—Un placer conocerla, lady Yerenne. Espero que esté disfrutando su estadía en Menevras.
—Gracias, lady Evelyn. Myriam me ha hablado mucho de usted. —Yerenne toma mis manos con un dulce gesto amistoso—. Tenía mucha curiosidad de conocerla.
—Todas, pasemos a tomar asiento en una de las mesas.
Myriam nos hace un gesto para que nos dirijamos bajo uno de los árboles. No hay muchos nobles invitados, lo cual agradezco, pero entre los pocos pude distinguir la oscura cabellera de Nicolette. No me he acercado a nadie desde que llegué, mucho menos a Nicolette. Lo que menos quiero es levantar más chismorreos y acusaciones contra mí. Solo tengo que aguantar un par de horas y podré irme. Deckard me pidió que fuera directamente a la Torre Mágica al acabar esto.
—Estoy muy agradecida de que haya aceptado venir, Evelyn... —Charlotte asiente a las palabras de su prima—. Por un momento dudaba en que lo haría...
—No permitiría que lo que digan me cohíba de disfrutar pasar el tiempo con buenas amigas.
—Entonces esos rumores, ¿son ciertos? —cuestionó Yerenne.
—De que realicé brujería contra Nicolette, no. Soy inocente de todo lo que se me acusó y el emperador dictó sentencia a mi favor. —Doy un vistazo a los otros nobles, los que se encuentran en las mesas que están más cerca lanzan miradas poco amables en mi dirección—. Aunque parece que no todos aceptan eso.
—Le comentaba a Myriam que es increíble que la acusen de algo tan serio. Usted no puede hacer magia —dijo Charlotte.
Myriam y yo compartimos una mirada. Sé que ella puede ver el aura mágica rodearme, yo puedo ver el suyo, así que el hecho de que no haya comentado nadie, ni siquiera a Charlotte que es de su más entera confianza, significa mucho para mí. Ante Myriam he actuado —incluso antes de saber lo que soy— como alguien que no posee maná. Ni Deckard o yo le hemos confesado la verdad, pero yo quiero hacerlo. Fue la primera persona a la que he podido llamar "amiga" desde que llegué aquí.
Solo que tendré que esperar. Confío en Myriam, ella podrá entenderme, sé que Charlotte es de confianza pero todavía necesitaría un tiempo. Yerenne está fuera de discusión, apenas la estoy conociendo.
—Dios mío, hacía mucho que no veía tanto buitre junto. —Esa voz...—. Lamento colearme con una invitación falsa, pero me lo ordenaron.
Me giro en redondo para toparme con la impresionante imagen que era Enola parada junto a mí. No solo eso, es tan anormal verla usar un hermoso vestido de día en un color azul cielo con estampado de florecillas silvestres, su cabello atado en un moño dejando caer uno que otro mechón enmarcando su cara... ¡y que además está maquillada! La Enola que conozco siempre usa túnicas, su cabello sujetado en una cola alta y el rostro al natural.
—¿Me permiten sentarme con ustedes? ¿Sí? —Enola removió una silla vacía junto a mí—. Ah, que amables, muchas gracias. —Con una gracia sorprendente, ocupó asiento—. ¿Y, de qué hablaban?
Estoy boquiabierta con su presencia aquí.
—¿Qué haces acá? Pensé que odiabas a la nobleza.
—¿Quién es usted? —preguntó Myriam, Charlotte y Yerenne tenían la misma cuestión en su rostro.
—Soy Enola Highmore. Mi padre es el conde Abrahms Highmore.
Myriam parpadeó.
—¿El dueño de las fábricas de algodón? ¡Oh, espera! ¡Tú eres la hija que se unió a la Torre Mágica! —Los ojos de Myriam brillaron de emoción—. Fue todo un escándalo el año en que dejaste la nobleza.
—¿En serio? —pregunté. Había muy pocas cosas, por no decir nada, que sé sobre Enola.
Fue ella quien suspiró.
—Iba a casarme con un imbécil vizconde que iba por mi dote, un matrimonio arreglado por mi madre. —Enola sonrió—. El día de la boda me presenté vestida con mi túnica, lancé el maldito anillo a su hueca cabeza y me fui. Desde entonces, solo mi padre me visita en la Torre Mágica.
Me encuentro sorprendida de saber aquello, y al mismo tiempo no. Porque, es como si fuera una historia común para cualquier dama de esta época el asunto de los matrimonios arreglados. Solo pocas como Enola han tenido la valentía de defender sus decisiones, de elegir lo que ellas quieren para su vida. Otras, como Charlotte, tuvieron la suerte de estar de acuerdo —y felices, además, de un arreglo como ese.
—¿Por qué no se quiso casar? —curioseó Charlotte, confundida.
—No amaba al sujeto, sin mencionar que tendría que rechazar mi magia para vivir la perfecta e ideal vida de una dama de sociedad. —Enola levantó el mentón con orgullo—. Ese sujeto no aceptaba una esposa que anduviera haciendo magia...
Noto a Myriam removerse. Por un momento, me siento mal por ella. Su compromiso falló por otras razones, sin embargo su padre insiste en que lleve una vida de noble lejos de la magia natural en ella.
—¿Qué te trajo aquí, Enola? —pregunto esta vez, tratando de desviar un poco el tema a favor de Myriam.
—Ya lo dije. El maestro Deckard me ordenó que viniera como tu dama. —Me da un vistazo—. Dado que aquel dragón está fuera de servicio siguiendo el rastro de ese hombre desaparecido... Dijo que te acompañara de regreso a la Torre cuando esto acabara.
Las demás mujeres en la mesa me observaron. Ug, voy a echarme de cabeza al lago.
—Mi compromiso con el príncipe Bertrand ha sido cancelado. El emperador lo anunciará pronto... y, bueno, desde hoy mismo empezaré a vivir en la Torre Mágica.
Un sepulcral silencio se impuso en la mesa, solo roto por los sonidos de nuestro alrededor.
—¿Lady Evelyn vivirá en la Torre Mágica? —Yerenne parpadeó.
—Pensé que aquellos rumores que decían que el Mago de la Torre la favorecía demasiado eran falsos... —opinó Charlotte—. Y... ¿su compromiso cancelado?
—Vean. —Tengo que pensar bien mis siguientes palabras—. Deckard y yo estamos en una relación. Se los estoy confiando a ustedes porque sé que no lo desperdigarán a nadie...
—Pero aquella vez usted me dijo que no tenía sentimientos por el maestro Deckard...
—Myriam, ¿tú ya sabías algo de esto? —cuestionó Charlotte.
—Algo. Un poco, sí...
—Creo que no necesitas darles tantas explicaciones —intervino Enola. Mierda, expuse mi estado civil actual frente a ella. Pretendía comentárselo con más delicadeza, sé que ella tiene sentimientos por Deckard aún—. Basta ver la forma en como el maestro siempre te ha tratado, era solo cuestión de tiempo y más bien ambos estaban demorando mucho. —Su expresión es seria, mirando hacia los sirvientes. Movió unos dedos hacia ellos, unas volutas de magia volando—. Ven acá, sírvenos. ¿Quieren té? Es una lástima que no sirvan bebidas alcohólicas a esta hora del día. Por cierto, ¿qué hacemos aquí, es una fiesta?
Desvía la atención. Myriam está respondiendo sus preguntas, algo escandalizada por la petición de licor.
Yo, por otro lado, sé que quiere evitar que toquemos el tema de Deckard y yo. Ella me aconsejó que aclarara las cosas con él, supongo que a costa de perder siquiera alguna oportunidad para ella, Y puedo ver que se siente dolida por el hecho de que haya resultado satisfactorio para mí. Que Deckard y yo seamos una pareja ahora. Si fuera otra persona, dejaría que el dolor la consumiera y me seguiría rechazando, en cambio está aquí, casi sirviéndome de apoyo, manteniendo su lealtad a Deckard al cumplir su orden de cuidarme.
Unos sirvientes nos traen té como bebida, aperitivos de salmón ahumado y queso crema, también un platillo similar al cannolli de espinaca y ricotta, huevos de crema y otras cosas más. Ni siquiera me detenía a saber qué era, todo iba al buche. No era mi culpa que todo estuviera rico y a mí me guste tragar.
Una vez que todos los invitados comieron y descansaron, los juegos de croquet empezaron. Yo no sé jugar, aunque Enola me fue explicando conforme avanzaba la primera partida. Myriam y ella parecieron encajar, supongo que tienen historias similares. Y, ¿la forma en que Enola entró? Simplemente falsificó la invitación con magia. Sin mencionar que los nobles también la observan, señalan y hablan de ella. Tal parece que nadie la ha reconocido. No fue sino hasta Myriam tuvo que seguir cumpliendo su papel como anfitriona cuando nos dejó que poco a poco todos comenzaron a reconocer a Enola. Ella y yo supusimos que Myriam tuvo que revelar su identidad.
—No me importa —dijo cuando le pregunté si eso no le preocupaba—. Voy a cumplir más de un año en la Torre. Mi reputación se rompió el día que golpee la cabeza de aquel tipo con el anillo de compromiso en plena iglesia usando la túnica de los magos. —Se encogió de hombros, bebiendo un sorbo de champán. Sí, usó magia para conseguir champán—. Lo que digan me sabe a poco.
—A mierda.
—¿Qué? —Enola casi se ahoga con su copa.
—Lo que digan te sabe a mierda. Esa es una mejor expresión.
Enola me observa con asombro antes de soltar una pequeña risa.
—Creo que ya empiezo a creer que vienes de otro mundo. Una dama no diría algo como eso.
—¿Qué puedo decir? Soy un antisistema, yo rompo las reglas —digo, compartiendo la sonrisa.
Eso parece agradarle un poco, regresa la atención a la partida. Pasamos un minuto observando, y es ella quien rompe el silencio esta vez.
—El maestro se ve feliz. Como nunca lo ha estado antes. —Se remueve, cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro—. Lo que quiero decir es... pienso que tomaste la decisión correcta.
—A veces todavía sigo incrédula. Quiero decir..., estos días he despertado y siento que nada ha cambiado. Entonces llega él, y... bueno...
—Su relación no tiene por qué cambiar. Puede ser igual que siempre, con la única diferencia en que están conscientes de los sentimientos del otro y que pueden expresarlos con libertad. —La expresión de Enola es tan en blanco como un papel; no sé si está feliz, o enojada, o triste. Su voz es un poco uniforme, tampoco me dice nada.
Me armo un poco de valor.
—Enola..., ¿estás bien con esto? Es que, tú...
—Si me afecta o no, no debe de serte de interés. No es algo que deba afectar su relación. —Ella me ve, debido a sus zapatillas, es unos pocos centímetros más alta. Si sus rasgos fueran un poco más suaves, hasta podríamos ser mellizas—. Yo sabré cómo lidiar con esto. —Se encogió de hombros, regresando la atención al juego—. Es más, yo misma me metí en este problema. Desde un principio el maestro no ha mostrado interés en nadie. Incluso si no hubieras aparecido, dudo tener alguna oportunidad.
—...Enola...
—Pero no creas que esto significa que algo ha cambiado entre nosotras. Sigues sin agradarme. —Me fulminó con la mirada—. Ni los entrenamientos cambiarán. Seguiré pateando tu trasero aun cuando lloriquees como nena.
Las comisuras de mis labios se alzan e intento hacer un sutil gesto militar.
—Como diga, entrenadora.
Un grito ahogado atrae nuestra atención. Uno de los nobles había dado con más fuerza de la requerida a la pelota que ésta se saltó la valla de protección y estaba corriendo en dirección al lago. Hago una mueca, viendo a varios tratar de atajarla. Un sirviente que vigilaba los botes logró detenerla a tiempo, por lo que Myriam, y el caballero cuyo turno estaba activo fueron a por ella.
Enola bufó.
—Idiota. ¿Por qué le imprime tanta fuerza?
—¿No vas a jugar?
—¿Yo, croquet, es en serio? ¡No! Es un juego aburrido. —Enola le dio un sorbo a la bebida—. Por cierto, esa noble es maga... No entiendo por qué el maestro no le ha dado una invitación a la Torre.
—Porque ella es como tú. Su familia, en este caso su padre, no desea que sea una maga. Quiere que viva una vida de dama de sociedad...
Enola hace una mueca, sus labios se crispan, el ceño se frunce, y su mano que sostiene la copa está tensa.
—Para los hombres es más fácil que para las mujeres. Ellos pueden aspirar a ser parte de la Guardia Imperial mucho más rápido y sencillo que nosotras. La gran mayoría de las magas se quedan enseñando, mejorando los brebajes regeneradores y aprendiendo más de la magia, y somos la minoría en comparación a los magos...
—Es lo que noté estando aquel día del aniversario. —Casi más de la mitad de los magos que estaban ahí eran hombres, de todas las edades. No sé cuántos magos en total viven en la Torre pero, sin duda alguna, el grupo de mujeres es muy reducido—. ¿Deckard no ha intentado...?
Una fuerte explosión me interrumpe. Proviene de la barrera, cuya fisura podemos ver con claridad desde aquí. Tanto Enola como yo empalidecemos, al igual que el resto de los nobles.
—¿Una fisura? ¿Cómo es posible?
—No es imposible pero sí improbable —responde Enola con rapidez—. Se necesita una gran cantidad de magia para siquiera abrir una fisura como esa, un mago corriente no es capaz de poder hacerle un rasguño. Y tampoco ayuda que cada vez más la barrera se debilita desde que el mago Lynd realizó la Bendición. ¡Ah! —Sus ojos se abren con espanto, y cuando volteó a ver la razón, el terror me inunda.
Quimeras oscuras.
Y son varias, unas cuatro al menos, tan grandes como la que me atacó aquel día en la mansión Morgenstern.
—¡Todos, vayan a resguardarse, de prisa! —Enola dibuja un arco de luz con magia, y lanza una flecha al cielo que explota muy fuertemente en millones de chispas—. Eso alertará a los guardias imperiales.
La distancia entre la fisura y nosotros es demasiado corta, en nada las quimeras estarán ante nosotros. Los gritos de los nobles y los sirvientes me confunden, tardó unos segundos en reaccionar cuando Enola toma mi mano.
—Tengo que ponerte a salvo primero.
—¡No dejaré a Myriam y Charlotte aquí! —Suelto mi mano, tomando las faldas para poder correr con más libertad. En medio del desastre he perdido a las chicas, y me toma unos segundos captar sus vestidos amarillo en Charlotte y verde en Myriam antes de ir tras ella.
—¡Verónica! —Siento a Enola ir tras de mí.
Algunas nobles han tropezado con sus faldas, estamos en un campo abierto con la mansión Ashbourne a varios metros de distancia. Todos corren hacía ahí y no sé si incluso es un lugar seguro. Estas quimeras son casi de la mitad de la altura de la mansión, con un zarpazo podrían destrozar media pared. Y si es cierto aquello que tienen poderes, la casa ni siquiera podría mantenerse.
Puedo escuchar los rugidos cada vez más cerca. Las quimeras rodean el borde del lago y están frente a nosotros, interponiéndose entre la mansión. El horror y el pánico congelan mis movimientos al ver a una de esas bestias coger entre sus fauces el cuerpo de un noble, quebrando los huesos de su torso, hombros y cadera, la cabeza se desprende como títere cayendo pesado a la hierba junto con una pierna que se desliza del pantalón, la escena frente a mí deja un río de sangre y gritos a su paso, mientras más quimeras se presentan.
—¡Charles, no! —grita una joven cerca de mí, llorando histérica, mientras es sujetada por otra.
—¡Soreia, tenemos que irnos! —La apresura para escapar.
Giro tras de mí, y veo a Enola —debió usar magia alquímica para modificar su vestido en unos pantalones y túnica— lanzando lanzas de luz a otras dos quimeras, intenta dar en su cabeza sin éxito. Yo bajo la mirada al brazalete con el maná de Deckard, y lo jalo hasta romper la cadena. Tengo menos de una hora antes de que el fuego abrasador me recorra por completo, y también tengo pocas probabilidades de tener éxito al usar la magia, pero esta es una emergencia.
Trato de ubicar de nuevo a Charlotte y Myriam, las quimeras corren hacia cada humano que trata de huir, en medio de garras y gruñidos. Ubico por fin a Charlotte únicamente, pero la aparición de una quimera me corta. Cada quimera era como aquella primera: cuerpo de lobo, cabeza de león y la piel reseca, sarnosa, oscura y de ojos amarillos inyectados de sangre.
Levanto las manos, trato de concentrarme en picos, miles de picos de tierra perforando su cuerpo, su cabeza, todo, sin que nada suceda. Su rugido me saca de la concentración y me lanzo a un lado, huyendo del ataque de su garra, comenzando a correr.
Mi pie se dobla debido al tacón, casi al punto de causarme un esguince, y tengo que rodar para evitar que su pata me aplaste.
—¡Verónica! —Un fuerte viento de Enola empuja a la quimera lejos, se presenta ante mí—. ¿Estás bien? ¡De pie, rápido!
—¡No puedo traer la magia! ¡Es inútil! —Me quito las zapatillas, quedándome descalza.
—¿Estás demente? ¡Apenas estás aprendiendo a usarla, no eres el maestro Deckard!
Ambas nos volteamos al mismo tiempo para ver llegar a los magos imperiales; tres, cinco, al menos nueve llegan para encargarse de cada quimera, y más siguen apareciendo. Sin embargo, la fisura abierta continúa, trayendo consigo la entrada de nuevas quimeras.
—Seguirán viniendo mientras eso siga abierto. ¡Mierda!
—¿Hay algún modo de cerrarlo?
—Nos tomará mucho maná hacerlo por nosotros mismos, el maestro Deckard podría hacerlo más rápido.
Cojo la muñeca de Enola.
—¿Pueden tomar el mío? ¡Úsenlo para cerrar la fisura! Estoy generando demasiado para un cuerpo que no está hecho para eso y destruí el brazalete que Deckard me dio para controlarlo.
—¡¿Por qué mierda lo hiciste?! ¿Sabes lo peligroso que es eso?
—¡No podía hacer magia con el brazalete!
Las voces de unos magos nos interrumpen.
—¡Hay que cerrar la grieta ahora! —ordenó uno.
—¡El comandante Raynor y otros magos van hacia allí!
Raynor.
—¡Enola, llévame con ellos! —apresuro, sé que Raynor me permitirá hacer esto, no tengo tiempo. Aun con la brisa de la tarde, ya no puedo sentir el frío.
—¡Si el maestro se encabrona conmigo, será tu culpa! —Agarrando mi mano, ambas nos transportamos hasta aquel lugar.
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El olor del salitre golpea mi rostro una vez que estamos ahí. Contrario a los acantilados que bordea la Torre Negra, en esta área hay playas, pero la barrera ni siquiera alcanza esa zona, ir a la playa es poco segura.
—Supongo que por eso todo el mundo es tan pálido como Casper aquí.
—¿Dijiste algo? —preguntó Enola.
—Eh, no. —Sujeto mis faldas en el instante en que visualizo a Raynor en medio de los otros magos—. ¡Raynor!
El hombre parece sorprenderse de verme ahí.
—¿Verónica? ¡Qué haces aquí, no es seguro!
—Sé que van a tener que usar maná para cerrar la fisura, mucho más del que poseen. —Estiro una mano—. Usen el mío, tomen del mío. —Respiro—. Raynor, estoy generando demasiado maná del que puedo soportar con este cuerpo. ¡No hay tiempo, por favor!
—En primer lugar, ni siquiera deberías estar aquí. —Él sujeta mi mano—. Y en segundo, tienes razón, no hay tiempo ni para discutir. ¡Atención! Todos tomen su posición.
Un grupo de magos se arrodilla a un metro de nosotros, sentándose sobre sus talones. Otro deja una rodilla en el suelo, justo detrás y a medio metro. Al final estamos Raynor, Enola, otros tres magos y yo, en pie, juntos formamos una especie de triángulo invertido.
—Usaremos la magia pura. Sin el maestro Deckard para usar la magia sagrada, es nuestra única opción. —Raynor aprieta la mano que me sostiene—. Verónica, ¿lista? Quizá sea un poco rudo, no podré concentrarme lo suficiente en ser suave.
—No importa, solo ciérrala —pido, con los nervios en punta.
A una señal de Raynor, la primera fila levanta sus manos al tiempo que un brillante rayo de luz dorada choca hacia los bordes de la parte inferior de la fisura. Es como si fueran cosiendo con magia la grieta, tan lento que es insoportable. Entiendo por qué, la magia de la barrera es tan poderosa que requiere toda la concentración y la paciencia posible, a pesar que mientras estamos en eso, diversos puntos oscuros entran desde fuera como centellas. Pasan sobre nuestras cabezas, Raynor logra decirme que son las quimeras entrando cada vez más.
Cuando la primera fila acaba, cayendo exhaustos, continúa la segunda, yendo hacia la mitad. Nuestra fila va a encargarse de cerrarla en la parte superior, y en el momento en que llega nuestro turno, desde el punto donde Raynor me sujeta, siento como si alguien estuviera enviando intensas corrientes de hielo por mis venas, se siente igual a que absorbieran todo el calor en mi cuerpo de un golpe, empujándome en una tina de agua traída directamente del Polo Norte. No puedo respirar, ni pensar, ni sentir, ni continuar en pie si bien Raynor nunca deja de sujetar mi mano.
Solo cuando la grieta está completa, él me suelta y caigo de rodillas, jadeante, temblorosa y con tanto frío que empiezo a extrañar ese calor que el exceso de maná me da.
Siento un abrigo ser colocado sobre mis hombros.
—Verónica, ¿estás bien? —Las manos de Raynor también tiemblan, sujetando mis hombros para levantarme—. Lo siento, traté de ser lo más rápido posible.
—E-estoy bi-bien. —Me mareo al estar en pie, agradezco que él todavía me sujeta.
—Rápido. No tengo suficiente maná para llevarte a la torre pero...
Los rugidos que vienen desde el lago cortan sus palabras. Yo niego.
—Llévame al lago. Me esconderé.
Enola se coloca a mi lado, sus mejillas sin color y su aura mágica, así como el de todos, débil. El frío en mis venas empieza a aplacarse, mi aura es un poco más intensa al resto.
—Bien, terminemos con esto —sentencia Raynor antes de volver.
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Nicolette estaba aterrada, sin entender por qué quimeras oscuras de pronto aparecieron y atacaron en el lago Vitta. Los pocos nobles que sobrevivieron estaban arremolinados bajo un árbol y protegidos por una barrera que dos magos levantaron para mantener a raya a las quimeras. Las cuatro bestias habían bajado a tres, luego a dos, pero pronto subieron a cinco, siete, hasta que fueron nueve contra doce magos imperiales. Un grupo había marchado a cerrar la fisura por la que estaban entrando, y más magos estaban llegando al mismo tiempo.
No era una tonta para notar que el poder mágico de los magos no estaba en su real potencial. Grupos de cuatro magos luchaban con cada quimera, que eran más grandes y poderosas a los que se vieron en la última redada. Sin mencionar que el hecho de que esa falsa Evelyn estuviera sin la protección del maestro Deckard indicaba que él no estaba en el imperio. ¿A dónde fue? ¿Se trataba de una casualidad, o un plan?
No. No podía ser un plan.
Rawdon necesitaba a la chica viva. Ella sabía que esto no era, en lo absoluto, un plan suyo.
Y por eso estaba aterrada, nerviosa de que algo ocurriera. Si esa chica, si la falsa Evelyn moría antes de que pudieran ejecutar el plan, todo sería una pérdida de tiempo.
Constantemente miraba alrededor, buscándola. ¿La habían puesto en un lugar seguro? ¿O había muerto?
—¿Alguien vio a lady Evelyn? —preguntó a los demás nobles, la mayoría mujeres. Entre su grupo notó a las dos chicas que estaban con la Evelyn falsa. Faltaba la anfitriona, pero igual se acercó. Quizá haya muerto—. Oigan, ¿vieron a lady Evelyn? Estoy preocupada por ella.
Una chica, de cabello castaño, negó con lágrimas en los ojos mientras era abrazada por una pelirroja.
—No sé. No sé dónde está ni dónde está Myriam...
Eso no era lo que quería saber Nicolette. Regresó junto a su sirvienta Anlise, quien la acompañó ese día, mordiéndose nerviosa una uña. No iba a poder estar tranquila sin saber dónde estaba la falsa Evelyn. Rogó porque continuara con vida, ni siquiera le importaba atender la lucha de los magos contra las bestias infernales.
Para su alivio, los ruegos que brindó fueron escuchados ante la aparición de la falsa Evelyn con el príncipe Raynor y otros magos más. Varios se dirigieron a la batalla, una mujer entre ellos, mientras Evelyn entraba en la barrera e iba con aquellas chicas de antes.
—¡Charlotte, Yerenne! —Se dejó caer en medio de ambas, abrazándolas juntas—. ¿Y Myriam?
La chica, Charlotte, volvió a lloriquear.
—No sé. No sabemos en dónde se metió. Estaba huyendo con nosotros y de pronto...
Evelyn se vio más pálida, el pánico atenazando sus ojos marrones. Se levantó, observó a cada noble, y luego el exterior. Nicolette se acercó al notar su intención de salir fuera de la seguridad de la barrera.
—¡Lady Evelyn, me alegro tanto que esté bien! —La abrazó, pero para su mayor sorpresa, fue empujada.
—¡No me toques! —gritó Evelyn, sus ojos expresaban enojo, miedo y desespero.
—¡Lady Evelyn! ¡Estaba preocupada por usted! Lo mucho que Bertrand—
—Cierra tu maldita boca —ordenó Evelyn—. ¿Estabas preocupada por mí? ¡No dijiste una mierda en mi ayuda cuando tus amigas me insultaban en tu aburridísima fiesta de té o cuando el emperador me decretó inocente! Ni un apoyo o disculpa. —Evelyn se acercó, bajando la voz—. La próxima vez, métete tu hipocresía por el... ¡Myriam! —La atención de Evelyn se desvió a un punto tras ella.
Girando, vio a la tal Myriam venir huyendo de una quimera que la perseguía al correr entre los tantos árboles del parque. Los magos estaban ocupados, agotados en maná, y otros más tenían que lidiar aún con la lucha con las quimeras. Cada vez más fuertes, que estaban costándole a los magos acabar con ellos sin la presencia catalizadora de Deckard.
Nicolette vio entonces con confusión a Evelyn despojarse de su vestido, pero el horror pronto cambió sus rasgos apenas entendió la razón; iba en dirección a la anfitriona, aquella joven noble que siempre se la pasó con Evelyn, para salvarla de aquella bestia.
—¡Evelyn, Evelyn, espera, no lo hagas! —chilló a punto de ir a detenerla.
—¡Señorita Nicolette! —Anlise la detuvo, ella junto a otra sirvienta la arrastraron lejos, evitando que saliera de la protección de la barrera pero dejando a Evelyn salir.
¡NO! Tenían que detener a Evelyn, Los magos que mantenían la barrera entorno a ellos también la llamaban sin que Evelyn se detuviera.
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Deckard fue al balcón una vez que el acuerdo fue aceptado por ambas partes. Bertrand se uniría en matrimonio real con la princesa Yohleen, la hija menor del rey de Bromstung. Justo ahora estaban delimitando los beneficios para cada imperio, un asunto que no le importaba tanto siempre y cuando no empezaran a querer lanzarse mierda unos a otros.
Podía ver la Torre que había en Bromstung desde su posición. Kastor era el mago de la torre encargado ahí en Bromstung. Recordaba a su viejo maestro, mínimo una vez al mes, visitar cada torre mágica de cada imperio para asegurarse de que todo estaba bien.
—A veces no es solo para asegurarse de que las cosas marchen bien... —decía Lynd, cuando él aún era un niño—, sino para hacerles saber que tienen a quién pedir ayuda cuando no lo estén.
—Pero somos magos —respondió él en ese entonces, ceñudo debido al fastidio. Él había querido quedarse en la torre leyendo—. ¿Por qué estaríamos metiendo nuestras narices en los malditos asuntos de otros?
—Lenguaje. —Lynd hizo una floritura, y el cabello de Deckard, hasta los hombros, fue sujetado en una cola baja—. Porque, antes que nada, estamos unidos y conectados por un mismo bien común; la magia. Somos uno solo gracias a ella, y merecemos toda la ayuda posible de aquellos que son como nosotros. —Palmeó su cabeza con cariño—. Recuérdalo, Deck.
Lynd siempre había sido solidario, amable y cuidadoso con otros. Si él tenía comida, y otro no, regalaba todo lo que tenía si aquella persona lo necesitaba más. A él siempre le costó entenderlo. Para Deckard era más fácil darle trabajo a esa persona y que se ganara por sí misma su alimento. Lynd gustaba darle las cosas fáciles a las personas porque, según él, vivió buena parte de su vida en una situación difícil. Deckard era más práctico: si querías algo, debías ganártelo.
Esa era una de las razones por la cual odiaba la realeza: ellos no se esforzaban por sus ganancias, la obtenían mediante los impuestos que cobraban a aquellos que sí se esforzaban. Robaban las tierras de aquellos que sí la merecían y se burlaban en las caras de las personas una vez que recibían lo que deseaban.
Ni siquiera Bromstung, uno de los reinos más "humildes" en comparación, se libraba de su desprecio. No existía un imperio equitativo, todos se valían de quitar al más pobre para dar al rico. Era asqueroso...
Un frío helado recorrió la espalda de Deckard, tan inesperado, que su mente tardó en procesarlo.
¿Qué demonios fue eso?
Su mirada se dirigió en la dirección donde estaba Menevras, por instinto frotando su mano derecha. Esa cuya mano usó para sellar su juramento a Verónica. Un mal presentimiento picó en su nuca, atenazando su pecho y sembrando incertidumbre en su mente. Ni pasó por su cabeza el informar previamente al emperador, se concentró en rastrear el maná de Verónica una vez entró en los límites del imperio. Ella estaba en el lago Vitta.
Deckard apareció justo en el momento en que las garras de una quimera rasgaron el pecho de la mujer que empezaba a amar, su corazón se detuvo junto a su vida.
—¡VERÓNICA!
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Estoy flotando en un limbo de penetrante oscuridad. Abro mis ojos con lentitud, como si no quisiera abrirlos. Poco a poco empiezo a ser consciente de lo que pasó, los recuerdos vuelven a mí.
»Raynor me regresa al parque, usa lo último que le queda de maná para llevarme hasta un muro de protección que dos magos levantaron. Dejo que tome un poco de mi maná, lo iba a necesitar para luchar contra las quimeras, pero él no se va hasta que yo estoy dentro de la pequeña barrera. Enola se marcha igual. Veo momentáneamente a cada mago, algunos con sus auras mágicas bajas, antes de girarme y enfrentar el grupo de nobles que sobrevivieron, buscando un par de caras familiares. Me alegro cuando veo dos.
—¡Charlotte, Yerenne! —Corro hacia ellas, y me dejó caer en medio de ambas, abrazándolas juntas. Estoy tan aliviada de que estén a salvo, pero no puedo ver a Myriam cerca—. ¿Y Myriam?
Charlotte comienza a llorar en pequeños gimoteos.
—No sé. No sabemos en dónde se metió. Estaba huyendo con nosotros y de pronto...
El pánico se envuelve mi corazón, incluso pienso que el frío de antes vuelve a recorrer mi sangre ante la perspectiva de que Myriam...
No...
Me levanto, negada a creer que a Myriam pudo pasarle algo, y observo a cada noble en su búsqueda, y luego el exterior. Comienzo a caminar con la intención de salir de la barrera, con la intención de buscar a mi amiga, cuando la inesperada figura de Nicolette se interpone.
—¡Lady Evelyn, me alegro tanto que esté bien! —Su abrazo tan inesperado me eriza, todo mi ser repele su toque y no lo pienso dos veces antes de empujarla lejos.
—¡No me toques! —grité, presa del enojo, miedo y desespero. Miedo de perder a Myriam; desespero de que Nicolette esté interfiriéndose en mi camino; enojo de cuán doble cara puede ser.
Simplemente ella...
—¡Lady Evelyn! ¡Estaba preocupada por usted! Lo mucho que Bertrand—
—Cierra tu maldita boca —ordené. ¿Estaba preocupada por mí? ¿Iba a decir que Bertrand también lo estaría? ¿Es una jodida broma?—. ¿Estabas preocupada por mí? ¡No dijiste una mierda en mi ayuda cuando tus amigas me insultaban en tu aburridísima fiesta de té o cuando el emperador me decretó inocente! Ni un apoyo o disculpa. —Me acerqué tanto, bajé la voz para que solo ella pudiera oírme—. La próxima vez, métete tu hipocresía por el... ¡Myriam! —Nicolette daba la espalda a un grupo de árboles en el parque, y desde ahí pude ver la figura de mi amiga correr con el vestido rasgado, alzado para no entorpecer sus pasos, siendo perseguida por una quimera.
Con los magos ocupados, sus manás agotándose, no lo pensé dos veces antes romper la hilera de botones de mi abrigo, uso el filo de una piedra cercana para rasgar la fina tela de la falda por debajo, antes de hacer a un lado a Nicolette sin mucho cuidado y salir de la seguridad de la barrera.
—¡Evelyn, Evelyn, espera, no lo hagas! —Escucho a Nicolette chillar.
—¡Vete al diablo! —Si me escuchó o no, me importa un huevo.
Mientras corro hacia Myriam y la bestia detrás de ella, reúno toda mi concentración. Necesito el poder de la tierra, necesito invocar el poder que la diosa me otorgó desde mi nacimiento; necesito que la tierra se levante y forme picos filosos que puedan atravesar el cuerpo de la quimera, que destroce su cabeza.
Myriam y yo nos encontramos por un breve segundo, sé que me grita algo, que corra con ella hacia la seguridad de la pequeña fortaleza que montaron los magos, pero no lo hago. El calor en mi cuerpo está subiendo rápidamente de nivel, así que solo puedo derrapar un poco frente a la quimera, inclinarme para rozar la hierba bajo mis pies con las manos y subirlas de golpe por un mero instinto. Tardo en darme cuenta por unos segundos del fuerte brillo esmeralda en mis dedos antes de ver la tierra levantarse en picos que me doblan la altura.
Al mismo tiempo que eso ocurre, escupo sangre por mi boca. Los picos son gruesos, delgados, pequeños, altos, rodean y atraviesan a la quimera, pero ninguno atinó su cabeza. Sin embargo, no puedo hacer nada más, congelada por el fuego que ni con ese despliegue de magia disminuyó. Ni siquiera pude moverme para evitar el rabioso zarpazo que la quimera lanzó hacia mí producto del dolor de los picos atravesando su cuerpo.
Escuché una voz gruesa gritar mi nombre, no pude reconocerla. Mi mente únicamente estaba concentrada en el dolor, sobre todo al caer pesadamente de costado en la hierba. Lo último que recuerdo, más allá de las ardorosas heridas y la sangre escurriendo con rapidez fuera de mi cuerpo, fue mis dedos temblorosos tocar el fragmento.
