CAPÍTULO 32
—¿Señora Woods?
—Buenas noche, señorita Griffin. Me gustaría intercambiar unas palabras con usted... Sé que ya es tarde, así que no pretendo quitarle mucho tiempo.
—Ah... buena noche. Entre, por favor —dijo Clarke, dándole lugar a Becca para que pasara—. Siéntese —añadió, indicando el sofá que tenía delante—. ¿Desea tomar algo?
—No, gracias. Como dije, no le voy a quitar mucho tiempo, seré directa —Becca habló, y después de un largo suspiro, reanudó su discurso—. Mi hija está sufriendo por su indiferencia, y si todavía la ama, por favor, ponga fin a ese sufrimiento.
Clarke miró a la señora Woods por un tiempo prolongado, su corazón parecía haberse alojado en su garganta, bloqueando así su habla. La mirada abatida y el tono suplicante de la voz de la mujer frente a ella no se parecía en nada a todo lo que había presenciado la primera vez que se encontraron en el apartamento de Raven. Por lo que ella pudo percibir en esa ocasión, madre e hija no tenían una buena relación, sin embargo, ahora las cosas parecían diferentes. Impaciente con aquel silencio, y como si adivinara los pensamientos de la rubia, Becca volvió a pronunciarse.
—Empecemos de nuevo —dijo la mayor—. Sé que nuestro primer encuentro no fue muy amistoso y me gustaría disculparme por mi comportamiento.
—Señora Woods...
—Déjeme terminar, señorita Griffin... —la interrumpió—. Sé todo lo que pasó entre usted y mi hija... desde el día en que se conocieron, hasta aquella mañana en el colegio. Quiero que sepa que Lexa no era así... dura, impulsiva, altanera. Todo cambió cuando esa maldita Niylah llegó a su vida. Desde el principio estuve en contra de esa relación porque sabía exactamente qué tipo de mujer era, pero Lexa no me escuchó y no tuve más remedio que aceptarlo. Estuvieron casadas casi diez años y mientras mi pequeña se ocupaba de los negocios, la zorra se divertía viajando, gastaba fortunas en ropa, joyas y, por supuesto, en amantes. Pero mi hija estaba ciega y no podía ver la vagabunda que había elegido como compañera. Ni siquiera cuando adoptaron a Aden las cosas cambiaron, al contrario, además de ocuparse de las empresas, ella cuidaba del niño porque a su querida Niylah no le gustaba levantarse temprano, y tampoco tenía la paciencia para hacerse cargo de él. Hasta que un día... cuando regresó temprano del trabajo, encontró a su esposa en la cama con el chofer. A partir de ese día, Lexa cambió. Se alejó de la familia, perdió la confianza en la gente y se refugió en esa hacienda con la intención de aislarte aún más de todos... fue entonces que usted apareció, la sacó del fondo del océano y ahora la está empujando de vuelta allí.
—No, señora —dijo Clarke—. ¡No puedo permanecer al lado de alguien que no confía en mí, que duda de mis sentimientos y de mi fidelidad!
—¡Ella se equivocó, lo sé! ¡Pero me consta, que usted también lo ha hecho! ¿Quién no comete errores en esta vida? Ella está arrepentida de lo que hizo, está sufriendo más que nunca y usted tiene el poder de acabar con ese sufrimiento, pero no quiere usarlo.
—Lexa necesita madurar y entender que no todo el mundo es igual. El hecho de que su ex esposa la haya traicionado no significa que yo haga lo mismo.
—Sí, usted tiene toda la razón. Yo más que nadie adoraría verla superar esa infidelidad y que vuelve a ser la misma de hace diez años... pero quisiera que eso ocurriera aquí, con la familia cerca.
—¿De qué está hablando? —Clarke pregunto, claramente confusa.
—Mañana ella se va a Londres sin fecha de regreso... justo ahora que nos entendemos y nos perdonamos.
—Lo siento mucho...
—¿Realmente lo siente? —indagó Becca, y antes de que Clarke pudiera responder, se levantó y caminó lentamente hacia la puerta—. Si todavía ama a mi hija, no deje para decírselo cuando sea demasiado tarde —añadió, y luego, abrió la puerta y se fue.
Después de que Becca se marchara, Clarke intentó concentrarse en la clase que daría al día siguiente, pero su mente viajaba hacia la morena. Los pensamientos se fueron consumiendo y la idea de que Lexa se fuera, aunque quizás aquello la ayudara a reflexionar y a madurar, le apretaba el Corazón. La indecisión se filtró en su cabeza, al igual que el miedo a perder para siempre a la mujer que amaba. Con su Corazón acelerado, observaba la hora en su reloj de pulso. Eran más de las 11:00 p. m., la morena debía estar dormida, y aturdida dejó los papeles en el sofá y se fue a la cama. Sabía que esta noche le sería imposible dormir, pero serviría para tomar una gran decisión.
[...]
Sentada en el sillón de su habitación, Lexa observaba las maletas debidamente organizadas junto a la cama. Su reloj marcaba exactamente las 5:00 a. m, mientras que su acelerado corazón se rehusaba a aceptar la idea de que había perdido a Clarke para siempre, y perderla significaba perderse a sí misma. Lexa hizo un gesto de dolor y retuvo las lágrimas que ardían en sus ojos mientras las palabras de la rubia martillaban en su mente: "Déjame seguir con mi vida".
Nunca más tendrás que sentir mi toque, Clarke... nunca más tendrás que oír mi voz, pensó Lexa, decidida a cumplir su promesa aunque aquello le exigiese todo su autocontrol.
Levantándose del sofá, tomó una de las maletas y la llevó hasta su auto. El ama de llaves que ya se había levantado, la ayudó con el resto del equipaje, y después de orientarla sobre lo que debía hacer en su ausencia, Lexa se subió al vehículo y partió.
A pesar de la creciente inquietud ante la casi certeza de que nunca más estaría al lado de Clarke, la idea de acudir a ella por última vez y ser rechazada nuevamente, le hizo darse cuenta de que la decisión que había tomado era la mejor. Independientemente de lo que los demás pensaran, especialmente su familia, ella preferiría irse antes que encarar a Clarke y escuchar sus duras palabras de nuevo. Y con ese pensamiento, se fue. El sol ni siquiera había salido.
...
El reloj de pared sobre la cabecera de su cama marcaba las siete en punto. Su primera clase aquella fría mañana en Polis comenzaría a las nueve y treinta, siendo así, tendría tiempo suficiente para buscar a Lexa, hablar con calma, y quién sabe, si ella aún estaba dispuesta, intentar una reconciliación. Aunque continuaba dolida por la actitud impulsiva de la castaña, ella parecía dispuesta a intentarlo una última vez. Después de bajarse del taxi, caminó rumbo a lo que esperaba fuera un nuevo comienzo con el amor de su vida.
—Me gustaría hablar con su patrona, por favor —dijo Clarke, tan pronto como la empleada apareció en la puerta—. Sé que es temprano, pero...
—Doña Lexa viajó esta mañana.
—Pero... ¿a qué hora?
—Bien temprano... eran las cinco pasadas —informó la empleada, y en ese momento, Clarke sintió que sería imposible atenuar las emociones que invadían su cuerpo. Su vista se nubló y su mente giraba sin control. Aturdida con aquella información, la maestra se giró y se dio cuenta de que el taxista continuaba allí, y sin pensarlo dos veces, entró en el vehículo y le dio instrucciones de correr lo más rápido posible al aeropuerto de Polis.
De repente, buscó en su bolso el celular que había comprado hace poco, y sin dudarlo llamó a Raven.
—¿Clarke? ¿Pasó algo?
—No, todo está bien... Sólo necesito el número de Lexa —dijo la rubia en el otro lado de la línea, arrepintiéndose de no haber guardado su número cuando tuvo la oportunidad.
—¿Y para qué?
—Después te explico, pero por favor, es urgente...
—Claro... ¿tienes donde anotarlo?
—Sí, dímelo.
Aunque sus manos estuviesen temblorosas, consiguió escribir los números en una hoja de papel, y luego mantuvo los ojos fijos en la pantalla mientras escribía la numeración.
"Ha llamado a Lexa Woods. Deje su mensaje".
Clarke sintió que su corazón se estrechaba en su pecho mientras oía la profunda y al mismo tiempo dulce voz de la mujer que amaba en aquella grabación.
—Llegamos... —dijo el taxista, estacionando cerca de la puerta que llevaba a la entrada del recibidor antes de la sala de embarque.
Sin decir una palabra, Clarke descendió del vehículo y ni siquiera cerró la puerta. Sus pasos apresurados y sus ojos nublados por las lágrimas buscaron en las distintas pantallas, algún número de vuelo con destino a Londres. Para su angustia, había varios vuelos de diferentes aerolíneas, algunos ya habían partido, otros estaban a punto de despegar, y por ese motivo, ella buscó el rostro de Lexa en medio de la multitud dispersa en el vestíbulo, pero no encontró nada.
Devastada, caminó hacia el taxista que, ante la duda, creyó que lo mejor era esperarla. Al abrir la puerta del vehículo para que Clarke entrara, él tragó en seco al percibir las lágrimas en sus ojos y, conmovido, le entregó una caja de pañuelos desechables y puso en marcha el auto.
...
Con el ánimo abatido, Clarke se arrojó a su cama después de llamar a la universidad, informando que esa mañana no se presentaría, alegando que un resfriado estaba afectando su salud. Después de algunos minutos de mirar al techo mientras las lágrimas descendían por sus ojos, abrió la puerta del baño y miró su propio reflejo en el espejo. Los ojos azules, antes tan llenos de esperanza, ya no contenían el más mínimo signo de vida. Sus manos se deslizaron sobre el frío mármol del lavamanos, e inclinando la cabeza, lloró, luchando con el dolor que intentaba apoderarse de su alma. Era el arrepentimiento en su forma más brutal que le apretaba su corazón sin piedad.
Segundos, minutos y horas pasaron. Las palabras de Lexa pidiendo perdón, su rostro cansado y herido, y sus confusos y tristes ojos verdes continuaban invadiendo su conciencia. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del celular, corrió en dirección al artefacto con la esperanza de que se tratara de su amada, pero para su desilusión, era Raven.
Un breve diálogo se dio entre ellas, y minutos después, Raven apareció para consolarla.
—La dejé escapar... —Clarke murmuró, mientras enjugaba sus propias lágrimas.
—Lexa va a volver... no te pongas así —dijo Raven.
—¿Y si no quiere volver? ¿Y si me olvida y deja de amarme?
—Clarke... cálmate, por favor. Ella volverá porque su hijo está aquí. Y en cuanto a olvidarte, creo que va a ser difícil. Lex te ama más que a nada en este mundo.
—¡Pero la desprecié, no acepté sus disculpas... me odio por eso!
—Lexa necesitaba madurar y tal vez este viaje ayude. Ahora por favor, deja de martirizarte. Este tiempo separadas, les hará bien a las dos, créeme.
[...]
Lexa estacionó el Jeep cerca de las escaleras que llevan a la puerta principal de la casa grande. Tan pronto como sus pies pisaron aquellas tierras donde su pasión desmedida por Clarke comenzó, Monty se acercó a grandes pasos.
—¡Patrona, buenas tardes! ¡Bienvenida!
—Buena tarde, Monty. Por favor, lleve mis maletas a mi habitación.
—Sí señora.
Después de recorrer la propiedad con su mirada, Lexa caminó sin prisa hacia la casa grande. Tan pronto como la puerta fue abierta, se encontró con Harper bajando las escaleras.
—¡Patrona! ¡Bienvenida! —dijo la ama de llaves. El tono de su voz expresaba sorpresa, ya que en su última visita Lexa había dejado claro que no volvería tan pronto.
—Gracias —se limitó a decir.
—Acabo de limpiar la habitación, en caso de que la señora quiera descansar.
—Sólo voy a tomar un baño. Ah, avísele a su marido que no salga de los alrededores de la casa grande porque necesitaré hablar con él.
—Sí, señora.
Esta vez, Lexa optó por usar la ducha en lugar de la bañera. Cuanto menos se detuviera a pensar, mejor será la estadía en su hacienda. Informar a su familia que su destino sería Londres había sido la manera más fácil de impedir que alguno de ellos viniese a su encuentro, principalmente Becca. A pesar de la reconciliación con su madre, prefería y necesitaba ese tiempo a solas.
Cuando terminó de bañarse, se vistió y en poco tiempo se encontraba bajando las escaleras. Monty ya la estaba esperando, y juntos, salieron de la casa grande mientras él hacía un rápido resumen sobre la producción de la hacienda y algunos cambios que ocurrieron en ese corto período en que ella se mantuvo ausente. Y entre esos cambios, estaba la contratación de un nuevo veterinario, o mejor dicho, veterinaria.
—Señorita Costia, esta es la señora Woods, dueña de la hacienda —dijo Monty, y cuando los ojos de Lexa se fijaron en los verdes de Costia, esta esbozó una agradable sonrisa.
—¿Señora Woods?
—Buenas noche, señorita Griffin. Me gustaría intercambiar unas palabras con usted... Sé que ya es tarde, así que no pretendo quitarle mucho tiempo.
—Ah... buena noche. Entre, por favor —dijo Clarke, dándole lugar a Becca para que pasara—. Siéntese —añadió, indicando el sofá que tenía delante—. ¿Desea tomar algo?
—No, gracias. Como dije, no le voy a quitar mucho tiempo, seré directa —Becca habló, y después de un largo suspiro, reanudó su discurso—. Mi hija está sufriendo por su indiferencia, y si todavía la ama, por favor, ponga fin a ese sufrimiento.
Clarke miró a la señora Woods por un tiempo prolongado, su corazón parecía haberse alojado en su garganta, bloqueando así su habla. La mirada abatida y el tono suplicante de la voz de la mujer frente a ella no se parecía en nada a todo lo que había presenciado la primera vez que se encontraron en el apartamento de Raven. Por lo que ella pudo percibir en esa ocasión, madre e hija no tenían una buena relación, sin embargo, ahora las cosas parecían diferentes. Impaciente con aquel silencio, y como si adivinara los pensamientos de la rubia, Becca volvió a pronunciarse.
—Empecemos de nuevo —dijo la mayor—. Sé que nuestro primer encuentro no fue muy amistoso y me gustaría disculparme por mi comportamiento.
—Señora Woods...
—Déjeme terminar, señorita Griffin... —la interrumpió—. Sé todo lo que pasó entre usted y mi hija... desde el día en que se conocieron, hasta aquella mañana en el colegio. Quiero que sepa que Lexa no era así... dura, impulsiva, altanera. Todo cambió cuando esa maldita Niylah llegó a su vida. Desde el principio estuve en contra de esa relación porque sabía exactamente qué tipo de mujer era, pero Lexa no me escuchó y no tuve más remedio que aceptarlo. Estuvieron casadas casi diez años y mientras mi pequeña se ocupaba de los negocios, la zorra se divertía viajando, gastaba fortunas en ropa, joyas y, por supuesto, en amantes. Pero mi hija estaba ciega y no podía ver la vagabunda que había elegido como compañera. Ni siquiera cuando adoptaron a Aden las cosas cambiaron, al contrario, además de ocuparse de las empresas, ella cuidaba del niño porque a su querida Niylah no le gustaba levantarse temprano, y tampoco tenía la paciencia para hacerse cargo de él. Hasta que un día... cuando regresó temprano del trabajo, encontró a su esposa en la cama con el chofer. A partir de ese día, Lexa cambió. Se alejó de la familia, perdió la confianza en la gente y se refugió en esa hacienda con la intención de aislarte aún más de todos... fue entonces que usted apareció, la sacó del fondo del océano y ahora la está empujando de vuelta allí.
—No, señora —dijo Clarke—. ¡No puedo permanecer al lado de alguien que no confía en mí, que duda de mis sentimientos y de mi fidelidad!
—¡Ella se equivocó, lo sé! ¡Pero me consta, que usted también lo ha hecho! ¿Quién no comete errores en esta vida? Ella está arrepentida de lo que hizo, está sufriendo más que nunca y usted tiene el poder de acabar con ese sufrimiento, pero no quiere usarlo.
—Lexa necesita madurar y entender que no todo el mundo es igual. El hecho de que su ex esposa la haya traicionado no significa que yo haga lo mismo.
—Sí, usted tiene toda la razón. Yo más que nadie adoraría verla superar esa infidelidad y que vuelve a ser la misma de hace diez años... pero quisiera que eso ocurriera aquí, con la familia cerca.
—¿De qué está hablando? —Clarke pregunto, claramente confusa.
—Mañana ella se va a Londres sin fecha de regreso... justo ahora que nos entendemos y nos perdonamos.
—Lo siento mucho...
—¿Realmente lo siente? —indagó Becca, y antes de que Clarke pudiera responder, se levantó y caminó lentamente hacia la puerta—. Si todavía ama a mi hija, no deje para decírselo cuando sea demasiado tarde —añadió, y luego, abrió la puerta y se fue.
Después de que Becca se marchara, Clarke intentó concentrarse en la clase que daría al día siguiente, pero su mente viajaba hacia la morena. Los pensamientos se fueron consumiendo y la idea de que Lexa se fuera, aunque quizás aquello la ayudara a reflexionar y a madurar, le apretaba el Corazón. La indecisión se filtró en su cabeza, al igual que el miedo a perder para siempre a la mujer que amaba. Con su Corazón acelerado, observaba la hora en su reloj de pulso. Eran más de las 11:00 p. m., la morena debía estar dormida, y aturdida dejó los papeles en el sofá y se fue a la cama. Sabía que esta noche le sería imposible dormir, pero serviría para tomar una gran decisión.
[...]
Sentada en el sillón de su habitación, Lexa observaba las maletas debidamente organizadas junto a la cama. Su reloj marcaba exactamente las 5:00 a. m, mientras que su acelerado corazón se rehusaba a aceptar la idea de que había perdido a Clarke para siempre, y perderla significaba perderse a sí misma. Lexa hizo un gesto de dolor y retuvo las lágrimas que ardían en sus ojos mientras las palabras de la rubia martillaban en su mente: "Déjame seguir con mi vida".
Nunca más tendrás que sentir mi toque, Clarke... nunca más tendrás que oír mi voz, pensó Lexa, decidida a cumplir su promesa aunque aquello le exigiese todo su autocontrol.
Levantándose del sofá, tomó una de las maletas y la llevó hasta su auto. El ama de llaves que ya se había levantado, la ayudó con el resto del equipaje, y después de orientarla sobre lo que debía hacer en su ausencia, Lexa se subió al vehículo y partió.
A pesar de la creciente inquietud ante la casi certeza de que nunca más estaría al lado de Clarke, la idea de acudir a ella por última vez y ser rechazada nuevamente, le hizo darse cuenta de que la decisión que había tomado era la mejor. Independientemente de lo que los demás pensaran, especialmente su familia, ella preferiría irse antes que encarar a Clarke y escuchar sus duras palabras de nuevo. Y con ese pensamiento, se fue. El sol ni siquiera había salido.
...
El reloj de pared sobre la cabecera de su cama marcaba las siete en punto. Su primera clase aquella fría mañana en Polis comenzaría a las nueve y treinta, siendo así, tendría tiempo suficiente para buscar a Lexa, hablar con calma, y quién sabe, si ella aún estaba dispuesta, intentar una reconciliación. Aunque continuaba dolida por la actitud impulsiva de la castaña, ella parecía dispuesta a intentarlo una última vez. Después de bajarse del taxi, caminó rumbo a lo que esperaba fuera un nuevo comienzo con el amor de su vida.
—Me gustaría hablar con su patrona, por favor —dijo Clarke, tan pronto como la empleada apareció en la puerta—. Sé que es temprano, pero...
—Doña Lexa viajó esta mañana.
—Pero... ¿a qué hora?
—Bien temprano... eran las cinco pasadas —informó la empleada, y en ese momento, Clarke sintió que sería imposible atenuar las emociones que invadían su cuerpo. Su vista se nubló y su mente giraba sin control. Aturdida con aquella información, la maestra se giró y se dio cuenta de que el taxista continuaba allí, y sin pensarlo dos veces, entró en el vehículo y le dio instrucciones de correr lo más rápido posible al aeropuerto de Polis.
De repente, buscó en su bolso el celular que había comprado hace poco, y sin dudarlo llamó a Raven.
—¿Clarke? ¿Pasó algo?
—No, todo está bien... Sólo necesito el número de Lexa —dijo la rubia en el otro lado de la línea, arrepintiéndose de no haber guardado su número cuando tuvo la oportunidad.
—¿Y para qué?
—Después te explico, pero por favor, es urgente...
—Claro... ¿tienes donde anotarlo?
—Sí, dímelo.
Aunque sus manos estuviesen temblorosas, consiguió escribir los números en una hoja de papel, y luego mantuvo los ojos fijos en la pantalla mientras escribía la numeración.
"Ha llamado a Lexa Woods. Deje su mensaje".
Clarke sintió que su corazón se estrechaba en su pecho mientras oía la profunda y al mismo tiempo dulce voz de la mujer que amaba en aquella grabación.
—Llegamos... —dijo el taxista, estacionando cerca de la puerta que llevaba a la entrada del recibidor antes de la sala de embarque.
Sin decir una palabra, Clarke descendió del vehículo y ni siquiera cerró la puerta. Sus pasos apresurados y sus ojos nublados por las lágrimas buscaron en las distintas pantallas, algún número de vuelo con destino a Londres. Para su angustia, había varios vuelos de diferentes aerolíneas, algunos ya habían partido, otros estaban a punto de despegar, y por ese motivo, ella buscó el rostro de Lexa en medio de la multitud dispersa en el vestíbulo, pero no encontró nada.
Devastada, caminó hacia el taxista que, ante la duda, creyó que lo mejor era esperarla. Al abrir la puerta del vehículo para que Clarke entrara, él tragó en seco al percibir las lágrimas en sus ojos y, conmovido, le entregó una caja de pañuelos desechables y puso en marcha el auto.
...
Con el ánimo abatido, Clarke se arrojó a su cama después de llamar a la universidad, informando que esa mañana no se presentaría, alegando que un resfriado estaba afectando su salud. Después de algunos minutos de mirar al techo mientras las lágrimas descendían por sus ojos, abrió la puerta del baño y miró su propio reflejo en el espejo. Los ojos azules, antes tan llenos de esperanza, ya no contenían el más mínimo signo de vida. Sus manos se deslizaron sobre el frío mármol del lavamanos, e inclinando la cabeza, lloró, luchando con el dolor que intentaba apoderarse de su alma. Era el arrepentimiento en su forma más brutal que le apretaba su corazón sin piedad.
Segundos, minutos y horas pasaron. Las palabras de Lexa pidiendo perdón, su rostro cansado y herido, y sus confusos y tristes ojos verdes continuaban invadiendo su conciencia. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del celular, corrió en dirección al artefacto con la esperanza de que se tratara de su amada, pero para su desilusión, era Raven.
Un breve diálogo se dio entre ellas, y minutos después, Raven apareció para consolarla.
—La dejé escapar... —Clarke murmuró, mientras enjugaba sus propias lágrimas.
—Lexa va a volver... no te pongas así —dijo Raven.
—¿Y si no quiere volver? ¿Y si me olvida y deja de amarme?
—Clarke... cálmate, por favor. Ella volverá porque su hijo está aquí. Y en cuanto a olvidarte, creo que va a ser difícil. Lex te ama más que a nada en este mundo.
—¡Pero la desprecié, no acepté sus disculpas... me odio por eso!
—Lexa necesitaba madurar y tal vez este viaje ayude. Ahora por favor, deja de martirizarte. Este tiempo separadas, les hará bien a las dos, créeme.
[...]
Lexa estacionó el Jeep cerca de las escaleras que llevan a la puerta principal de la casa grande. Tan pronto como sus pies pisaron aquellas tierras donde su pasión desmedida por Clarke comenzó, Monty se acercó a grandes pasos.
—¡Patrona, buenas tardes! ¡Bienvenida!
—Buena tarde, Monty. Por favor, lleve mis maletas a mi habitación.
—Sí señora.
Después de recorrer la propiedad con su mirada, Lexa caminó sin prisa hacia la casa grande. Tan pronto como la puerta fue abierta, se encontró con Harper bajando las escaleras.
—¡Patrona! ¡Bienvenida! —dijo la ama de llaves. El tono de su voz expresaba sorpresa, ya que en su última visita Lexa había dejado claro que no volvería tan pronto.
—Gracias —se limitó a decir.
—Acabo de limpiar la habitación, en caso de que la señora quiera descansar.
—Sólo voy a tomar un baño. Ah, avísele a su marido que no salga de los alrededores de la casa grande porque necesitaré hablar con él.
—Sí, señora.
Esta vez, Lexa optó por usar la ducha en lugar de la bañera. Cuanto menos se detuviera a pensar, mejor será la estadía en su hacienda. Informar a su familia que su destino sería Londres había sido la manera más fácil de impedir que alguno de ellos viniese a su encuentro, principalmente Becca. A pesar de la reconciliación con su madre, prefería y necesitaba ese tiempo a solas.
Cuando terminó de bañarse, se vistió y en poco tiempo se encontraba bajando las escaleras. Monty ya la estaba esperando, y juntos, salieron de la casa grande mientras él hacía un rápido resumen sobre la producción de la hacienda y algunos cambios que ocurrieron en ese corto período en que ella se mantuvo ausente. Y entre esos cambios, estaba la contratación de un nuevo veterinario, o mejor dicho, veterinaria.
—Señorita Costia, esta es la señora Woods, dueña de la hacienda —dijo Monty, y cuando los ojos de Lexa se fijaron en los verdes de Costia, esta esbozó una agradable sonrisa.
