Yacemos en la manta. La fiesta, detrás de la puerta, concluyó en un momento entre la madrugada y la antesala de la mañana. Las cien bombillas quedaron suspendidas, apagadas cuando la luz que gentilmente irradiaban cumplió con el propósito de la noche. En compensación, las velas persisten en su designio y perfilan el borde de los muebles más prominentes en la habitación, arrojan danzantes sombras, no del todo concisas, sobre las baldosas de talavera.
Redefinimos la agripnia, le hicimos la trampa al sueño. Rehuimos a la somnolencia, a los placeres del sueño, y vanagloriamos la vigilia, por supuesto, bajo propia codicia. Con su ineludible marcha a la vuelta de la esquina, no desperdiciaríamos el tiempo durmiendo.
Shawn cierra sus ojos al sentir la punta de mis dedos tocar su pómulo en el más efímero roce. Su piel es la sensación que produce escuchar música clásica, el suave deleite, la tranquila impresión. Sus pestañas aletean, filamentos parecidos al cobre, y marcan alargados reflejos en el hueco bajo sus ojos.
—¿Qué hora es? —él pregunta, en un susurro inquebrantable; suena como si no quisiera oírmelo decir.
Echo una ojeada al resquicio entre el cortinaje del balcón. Suave claror, igual al reflejo de la luna sobre un zafiro, fulge al interior de la habitación. Es el alba. El cielo está despertando.
—Las seis de la mañana —respondo, y reanudo la caricia, sin escrúpulos a la hora de maravillarme por la libertad de tocarlo, sólo recordando todas esas veces que deseé hacerlo en los meses anteriores.
Si alguien, alguna vez, tiene la osadía de preguntar acerca del momento en el que pequé de egoísmo, y disfruté plenamente de ello, le contaré del ahora; donde él me mira, sin gota de sueño en sus ojos, y yo le toco, con el anhelo en los dedos.
El cuadro está lleno de detalles. Sombría luz azul, y el paulatino y agudo canto de un estornino, el pájaro que ama el alba. El zafiro rápidamente se convierte en cobalto. Una mesa baja y de madera, sin patas, en el centro de la habitación, aseverando la colocación desordenada de cuencos de porcelana, medio vacíos, la tierna maceta de un tulipán, y dos tazas con café enfriado. Aledaño, dos formas echadas en la manta y en los cojines. Un manto descansa en nosotros, cuidándonos de la frialdad de febrero, acobijándonos del cansancio. Debajo, en una concentración de calor, mis rodillas rozan las suyas. Sus brazo rodea mi cintura y marca, de vez en cuando, trazos etéreos en mi piel. El vestido negro, que usé durante la celebración y deshonré asimismo en esta habitación, reposa al filo de la solitaria cama. Es su blanca camisa, en mi cuerpo desnudo, eso que me cubre en su lugar.
Contemplo la naturalidad con la que se rinde a mi toque. Él está recibiendo la caricia, pero yo estoy recibiendo la satisfacción. Bajo por su mejilla y adoro la hendidura imperfecta cerca de la comisura de su boca. Sus labios son preciosos, y ligeramente gruesos, de un tono rosado. Muero por tocarlos, por hacer más, mucho más... No. Llevo los dedos por su mentón; áspero por el naciente vello facial, pero piel igualmente tersa. Desciendo por la rudeza de su garganta, la nuez, venerando la anchura masculina y los lunares que en otro tiempo, y bajo otra dedicación, no habría llegado a apreciar.
Debajo, su torso está desnudo.
Viajo por la línea entre sus pectorales y el fino vello en su pecho es cosquilleante. Me siento como una pequeña niña perdida en una tienda de dulces. Intrépida y denodada, cruzo el paraje táctil de erotismo que representa su pecho, y acaricio el pezón, al borde del pectoral.
No me decepciona. Shawn abre al instante sus ojos. Le miro bajo mis pestañas y muerdo el interior de mi labio inferior. Intento reprimir una sonrisa, no del todo segura sobre cómo saldría; divertida o seducida. La piel de Shawn se eriza como el antesis de una flor.
Presumiblemente complacido, estrecha su afiance alrededor de mi cintura y me pega a su pecho. Ahogo un gesto de sorpresa, pues su experiencia y ademanes continúan tomándome con la guardia baja. Un poco impresionada, me quedo quieta en sus brazos. A veces, la realidad de lo que somos asoma su cara, como un amigo al que encuentras en el lugar más improbable, y me abofetea; un golpe certero, que grita: ¡mira lo que está frente a ti! Soy realista, Shawn es el equivalente a una joya infinitamente apreciada, su presencia en cualquier otro sitio es debidamente honrada, pero dista mucho de ser en todo cuanto pienso. Es una verdad arrinconada, he de admitir, que salta a la delantera en el momento menos oportuno.
Y, sí, me regodeo en el hecho de ser el centro de su atención.
Halagada por tal coyuntura ―si acaso la reciente noche sirve de base―, y su eterna mirada como respaldo, reúno el coraje para proseguir con la generosa exploración de mis dedos.
Un intempestivo pensamiento me obliga a flaquear.
Noto, con brusquedad, que nuestras respiraciones coinciden en fuerza y tiempo; dóciles e igualadas, y una espontánea chispa en mi interior me recuerda que cuando dos corazones se hallan cerca el uno del otro, durante tiempo prolongado, logran sincronizar sus latidos.
Incapaz de contenerme y dar respuesta a la pregunta en los ojos líricos de Shawn, muevo la mano a la izquierda de su pecho. Aguardo hasta sentir el pálpito de su corazón. Está acelerado, violento, como si recién hubiera aumentado la velocidad. El mío también lo está, así que espero un poco más. Se ralentizan. Respiro una vez e intento entenderlos, los suyos, los míos propios.
Al cabo de un par de segundos, sonrío.
—Me complace afirmar, Shawn, que nuestros corazones laten al mismo ritmo.
Ríe con una suavidad venerada.
—¿Tenías que manosearme para descubrirlo?
—Te gusta que te manosee.
—Me encanta —replica—. Excesivamente.
Labro un camino hacia el sur. —Entonces —murmuro, mientras hago caer el toque por su torso—, adorarás esto.
Trazo su abdomen, las parcelas de duro músculo divididas en seis cuadros trabajados a pulso de vigor. No se dirá nunca que Shawn no es sexy. Marco mis dedos en su piel, así no quede hueco en sus recuerdos y olvide este momento, o ningún otro. Perfilo uno a uno sus abdominales, como si estuviera leyendo braille. Leve, casi modestamente, él se estremece. Me atrevo a descender. Gratamente, encuentro el prado de vello que se pierde hacia el interior de su pantalón. Un sitio tentador, como el huerto del Edén.
Las comisuras de la boca de Shawn decaen en sus esquinas.
—Eres verdaderamente malvada.
En esta ocasión, no puedo contenerme y me suelto a reír.
La hacienda comienza a despertar; se oye el ahogo de la labranza, el canto del próximo día. La habitación se llena de un tono cobrizo, como la llamarada de un incendio forestal. Es la luz del sol, cruzando el horizonte más allá de la finca. El amanecer rompe al día y mengua la llama de las velas, otorga a las bombillas una perspectiva mortecina.
Cedemos a la dilación del albur y a lo largo de ocho minutos los rayos del sol nos bañan en luminaria matutina.
Otro amanecer es sumado a nuestras memorias.
—El alba se ha ido —susurro, observándolo sumido a plena y primera luz.
Shawn suspira y reclama el uso del teléfono. Timbra a Connor, con quien sostiene una corta pero concisa llamada al atender. Me incorporo, llevando mi mirada tras él mientras se pasea con el torso desnudo por la habitación. La manta cae en un charco alrededor de mis caderas. El frío intruso eriza mi piel, bajo la fina tela de la camisa de Shawn.
Ligeramente adormilada, sólo puedo diferir partes de la conversación, retazos unilaterales, donde Shawn pregunta por la situación en Canadá y el horario del vuelo. Luce concentrado, pero de alguna forma sus pasos lo llevan de nuevo a la manta, donde me hallo arrodillada. Estira el brazo izquierdo, mientras todavía sostiene el teléfono en el otro, y toma mi barbilla. Parpadeo contra la ensoñación y alzo la mirada hacia la suya. Shawn acaricia mi boca con su pulgar, observándome desde arriba. Una emoción pesada se aloja tras sus ojos. La estructura de sus abdominales es el campo precedente a la montaña.
—¿Qué? —emite, a su interlocutor.
Suelta mi barbilla y se pasa la misma mano por el cabello. —Sí, claro que estoy escuchándote, Connor..., no se te caerá un brazo por repetirlo, hombre.
Empiezo por recoger los cuencos de porcelana ínterin Shawn afina detalles pendientes; ocasionalmente le gruñe al teléfono, murmura un par de sí enfurruñados, posteriormente cuelga la llamada sin despedirse.
Alzo mis cejas.
—Connor —dice Shawn, disgustado— a veces puede llegar a ser un auténtico hijo de...
Un número impar de toques a la puerta interrumpen, afortunadamente, sus cavilaciones. Rumiando por lo bajo, camina a ésta y la abre sin requerir nombres. Tal como me temía, el malhumor que mantiene dormido ha salido a la superficie por la falta de sueño, como la aparición de Hulk ante la ira.
En tanto me pregunto si debería sentirme culpable o no por el estallido de su carácter, también me percato en el insólito silencio. Advierto en Shawn; mirándome por sobre su hombro desde el umbral. Se aclara la voz y voltea el rostro hacia su amigo. Capto bronce y caramelo antes de que Shawn hábilmente le cierre la puerta a Connor en las narices y me impida la oportunidad de ponerle rostro a su nombre.
—Prácticamente —digo a Shawn—, te dejas arrastrar por la irritabilidad.
Niega, más o menos testarudo, y regresa a mi lado. Deja sobre la manta el encargo de Connor; la mochila con mis cosas, y se acerca hasta posar su frente en mi hombro, murmurando desde el fondo de su garganta, con escasa diferencia a un ronroneo.
—Quédate así un poco más —pide, bajito—. El aroma de tu cercanía atenúa el dolor de cabeza.
Apenada, utilizo mi mano para acariciar sus suaves cabellos. Las finas hebras se rozan entre mis dedos, y se enroscan alrededor de los nudillos, como raíces trepando en busca de soporte.
—Lo siento —susurro.
Vuelve a murmurar; parece discrepar.
—Ha sido una de las mejores noches de mi vida —arrulla—. No te atrevas a disculparte.
—Debí dejarte dormir aunque sea un par de horas.
—Me quitas méritos, bonita —dice Shawn, ligeramente disminuido—. Quizá yo no te dejé dormir a ti.
—Claro que sí —sosiego.
Cuando la migraña aletargada de Shawn disminuye hasta equilibrar su carácter, controlando las detonaciones de irritabilidad sucedidas entorno su expresión, entonces denegamos la manta, compartimos una rutina matutina medianamente decente, y abandonamos la habitación.
La noche se lleva consigo la música y el júbilo, deja tras de sí la basura de una fiesta consumada. Las vistas al patio son amplias y límpidas, el cielo un azul pálido, y los pajizos rayos de sol son una perspectiva cuantiosamente diferente. El personal de servicio ya ha quitado las guirnaldas de papel, relevó las mesas y limpió el ornato. Cualquier agravio a la finca queda únicamente en el recuerdo.
Shawn es una presencia abrumante, puedo certificar con total honestidad. Considero que, de encontrarme frente al sol u otras estrellas, lo cierto es que no podría apartar la mirada, y sería él lo que me consumiría.
La hacienda Esquivel tiene un nombre y un propósito para cada estancia. Es como cualquier otro hogar, a excepción de que opera en el capitalismo. Posee las exigencias, las comodidades y los excesos de una vivienda ennoblecida.
Descendemos las escaleras y caminamos bajo los arcos, hacia la mesa residiendo a mitad del corredor, de vista al patio. La fuente aúlla encendida en el centro. Cinco de los ochos asientos dispuestos están ocupados por Italy, quien ríe extravagantemente a algo pretérito, Kyandi, demorándose en disfrutar de una sopa de miso ―sospecho, cocinado expresamente para ella―, Jalil, por otro lado, que nos ve llegar y sonríe, gratamente sorprendido, y Amelia y quien posiblemente es Connor.
—¡Buenos días! —expresa Italy, y sonríe feliz, ignara de las migajas de pan adheridas a las esquinas de su boca—. Le comentaba a Jalil acerca de los beneficios de la bisexualidad, África, pero ¿me creerías si te digo que está empeñado en una homosexualidad clara y definida?
—No veo cómo conocerse a sí mismo pueda ser sano —respondo, irónica.
Italy desconoce el sarcasmo en mi voz, pero Jalil no; ríe ante ello, ganándose una grosería por parte de ella. Kyandi, en medio de los asientos, alza su rasgada mirada sin pensar.
—Buenos dí... ¡ah! —Abre descomunalmente los ojos, tan altos que, por un segundo, deja de ser japonesa, y a continuación murmura crónicamente algo en su idioma nativo, sin perder ripio de Shawn.
—Buenos días, Kyandi —digo, y otorgo un apretón a la mano de Shawn, instándolo a saludar. Precisa mi mirada y me pregunta, con la luz de sus ojos, en qué idioma es preferible hacerlo.
¡Estamos ricos en nacionalidades! —¿Sabes cómo presentarte en japonés? —pregunto, inclinándome hacia su oído—. Si es así, creo que Kyandi lo apreciaría mucho.
—Qué graciosa —dice Shawn, entre dientes—. Adorarías avergonzarme, ¿no es así?
—¿Qué dices? Eso es tremendamente ultrajante.
—Te creería si no conociera ese brillo perverso en tus ojos —responde, y hace una pausa, donde luce más cerca y hábil—. A decir verdad, es el mismo brillo de esta mañana, cuando pasabas tus manos por mi...
—Creo que en inglés funcionará muy bien —interrumpo, premeditada.
Shawn sonríe y se reincorpora, rompiendo al instante la tensión casi estática entre ambos. Los muchachos en la mesa, sobre todo mis mejores amigas, están observándonos con idénticas expresiones de fascinación, y es entonces cuando surge el deseo, casi incontrolable, de visualizarme desde una tercera persona, y descubrir en lo que me he convertido, especialmente a su lado.
Shawn no se despeina un solo cabello al presentarse, como si hubiera nacido con el donaire en la sangre. Probablemente así es.
Amelia enaltece su mirar; el cambio en el brillo de sus ojos es sorpresivo.
—Les recomiendo desayunar cuanto antes —dice—, han quedado rezagados de la fiesta, todavía en las habitaciones superiores, y podrían verlos.
La mesa es de cedro, amplia y circular, por lo que unos a otros se miran a la cara. La atavían bandejas de comida, pan y fruta, y jarras con jugo natural. Está compuesta por sillas equipales, de madera y piel. El mantel es tan colorido como debe ser.
Shawn y yo tomamos asiento.
—Debo confesar —dice Jalil, oteándonos entre el recato y la burla desmedida— que una parte de mí creía que desvariabas.
—Eso es casi imposible —respondo—, este hombre tiene descaros que trascienden a la imaginación.
Para mi fortuna, Shawn está ocupado, escudriñando a Connor del otro lado de la mesa, para diferir mis palabras. Me enfoco en el chico de california, este que socorrió a Shawn en uno de los momentos más determinantes de la afinidad ―que tercamente insistimos en llamar relación― de dos personas que difieren mucho. Ignoro si acaso debo profusamente agradecerle o suponer, de manera arrogante y distraída, que el tiempo habría de regresar cada pieza a su lugar. Aunque quizá, de haber sido así, nada me asegura que Shawn estaría aquí, porque está la potencial alternativa de que no pertenezca a mi lado, y este sólo sea un salto de su mundo al mío.
Connor es rubio y bronceado, es manifiestamente atractivo, y mantiene esta indolencia a su alrededor de modo tan natural que te cuestionas, después de un tiempo, si es real.
Amelia está sentada junto a él, pero ambos parecen resistirse a intercambiar la frecuencia de una moderada conversación, pese a que, de talante poco evidente, desean hacerlo.
No sé qué me lleva a fijarme en lo siguiente: el uno y el otro presentan una afinidad de rasgos, una espléndida combinación de atributos. Mientras que Amelia es cobriza y áurea, Connor es bronce y narciso. Me conformo con suponer que es la incidencia.
—Entonces, África... —dice Connor—, ¿Shawn es tan desagradable contigo como lo es conmigo?
—Él culpa al insomnio —respondo—, pero obviamente encubre la frágil fortaleza de su temperamento.
Connor ríe y Shawn estrecha el contorno de sus ojos.
—Pensé que tu lealtad estaba conmigo, África.
Sonrío y permito desconocerme por un segundo, el suficiente para inclinarme y besar el contorno de su mandíbula, sin que me importe el vistazo admirado de mis amigas. Años de experiencias sustentan nuestra amistad, es inequívoco, sin embargo las actuaciones de afecto y visible devoción por mi parte hacia un hombre fueron indudablemente rechazadas.
Si acaso queda la última de las dudas, aquella vacilación sobre si Shawn lo significa todo para mí, se esfuma esta mañana de febrero.
—Claramente lo está —digo, honesta—. Si esto fuera un conflicto de intereses, yo estaría de tu lado, sin importar cuán equivocado y corrompido estés.
—Gracias —suspira Shawn.
Italy, a un asiento de distancia, reduce juiciosamente el contorno de sus ojos azules.
—Lucen como si no hubieran dormido un ápice —dice.
—Quizá porque así fue —respondo, descomedida.
Shawn se tensa al notar la suspicaz mirada de Italy posarse en él, con una lentitud que raya en lo deliberado.
Toma aire con fuerza.
—Oh..., por... Dios.
Por extraña razón, el sonrojo calienta mis mejillas.
—¿Qué? —pregunta Kyandi, completamente ajena a la alusión.
Amelia alterna entre Italy, Shawn y yo, e intenta comprender la raíz del asombro.
—Italy... —advierto. Prudencia.
Ruego compostura, acuciosa porque el razonamiento, al que pocas personas pueden llegar a partir de una corta respuesta ―y al que Italy advino sin esfuerzo y sin rodeos―, no sea enteramente evidenciado a la mesa. Cualquier acto que haga con Shawn, lo cuido con celo y no voy despotricándolo por ahí. Debido a que son mis mejores amigas, me permito dar insinuaciones.
Con gran esfuerzo, Italy inhala una bocanada de aire y calla el estupor. Se arredra y no remite palabra, con la renuencia de hablar y hacerlo de más. Desvía la mirada, con el reflejo todavía de la sorpresa en el gesto y algo más, algo como el sinuoso orgullo.
Connor apresa una uva del centro de frutas y se la lleva a la boca, oteándonos por el rabillo del ojo.
—Una hora —dice a Shawn, como cuenta regresiva en cierne.
Mis labios sufren una leve contorsión. No quiero dar sentido a la indicación, sólo con saberlo es angustioso. «Una hora». Es todo el tiempo que nos queda juntos, incluso menos. Después de eso, regresaremos al entorno de nuestros mundos, esta vez sin la presencia del otro, y la vida se habrá endurecido.
Shawn volverá por donde vino, afrontará el resultado de su pequeña escapada. Yo me quedaré aquí, a la espera de un mensaje que me tranquilizará y me hará seguir adelante.
Justo por debajo de la mesa, encima de mi pierna, donde nuestras manos están entrelazadas, todavía en un afiance tozudo, Shawn dedica un apretón. La presión de sus dedos entre los míos, el esbozo de los mismos, ciñéndose, tocándome, se instaura sedante.
Los minutos no transcurren superfluamente; sirven para nutrirnos. La realidad está para ser comprendida y no temida. Él se irá, en un momento en el futuro. De la misma forma, yo he de alcanzarlo días después, durante el acatamiento de una agenda. No debo olvidarlo y compadecerme de lo inevitable. No me es propio.
—¿Regresarás a Canadá? —pregunto a Shawn, en tono bajo, lo suficientemente diferible para él.
Niega.
—No, no directamente —responde, casi como si estuviera disculpándose—. Iré a Nueva York a reunirme con el CCO de Calvin Klein, entonces...
—Oh, así que el rumor es cierto.
—¿Rumor?
Cambio mi mirada a él y nos aíslo del resto, ciñéndonos en una invulnerable intimidad.
—Las malas lenguas dicen que pronto estarás en ropa interior en cualquier medio social, como nunca visto. Lo ansían, más que nada, ciertamente no puedo imaginar por qué...
Shawn no me contradice, al contrario, se da el derecho de lucir divertido.
—¿Cómo te has enterado de eso, bonita?
—No te regodees —digo, frunciendo el ceño—. Mi teléfono tiene esta sospecha habilidad de darme lo que quiero ver.
—Claro, claro.
Lamo mi labio inferior, debatiendo esta nueva revelación. Shawn no lo admitió, pero es claro por el simple hecho de que tampoco lo refutó. Me pregunto cómo debo de proceder.
Me reacomodo en la silla equipal hasta verlo mejor. La expedición de su calor corporal se riza a mi alrededor, serenándome de manera extraordinaria.
—Shawn... —pregunto, con temor—, ¿el mundo te verá sin pantalón antes que yo?
No responde. Muerde el interior de su mejilla, y me observa como si estuviera conteniendo la respiración, o quizá una carcajada. Realmente no puedo precisarlo. La situación parece avanzar sin celeridad. Shawn deja caer su frente en mi hombro, y luego su pecho empieza a sacudirse ligeramente, el eco de su risa me golpea hasta los huesos.
Los residentes de la mesa nos observan curiosos, confundidos y maravillados.
Recelosa, sujeto su rostro y lo obligo a verme a los ojos. Shawn parpadea, con el azoramiento de la alegría, la boca con el último fantasma del rictus divertido, y se aquieta.
—Si quieres —murmura, y hace una alígera pausa para contemplarme—, puedo llevarte de regreso a la habitación de arriba y evitar esa desgracia.
—¿Lo harías?
—Cualquier cosa por ti, preciosa.
A punto de excusarme con los muchachos, un estruendo proveniente del vestíbulo rompe la calma establecida. Uno a uno miramos hacia el origen del disturbio, logrando atrapar a mi guardaespaldas, Felipe, incluirse en la estancia, con Florida sobre el hombro.
Shawn arquea una ceja y otros cuantos murmuran enajenados. Amelia intercambia una mirada conmigo, y suelto la mano de Shawn, levantándome del lugar en la mesa y dirigiéndome a mi severo guardaespaldas.
—Felipe —murmuro—, ¿qué haces con Florida al hombro?
Florida jadea indignada y Felipe, al verme, la deja sobre su peso con un gruñido cansado.
La mayor de las hermanas Fierro suaviza sus ropas y arregla su rubio y rojizo cabello, e intenta recobrar la compostura, refunfuñando asediada.
—¡Felipe está siendo desagradable conmigo, África!
—Existen razones más que justas para eso —digo, sin pestañear—, pero me gustaría saber por qué, ahora mismo...
—La atrapé mientras se escapaba de la hacienda —explica Felipe, y la maldice con la mirada, como si no pudiera creer que le haga poner su trabajo en práctica.
—Eso es terriblemente falso, yo no escapaba...
No, ella volvía.
—Hacía guardia —continúa Felipe, ignorando que Florida intentó expiar su culpa—, y la encontré fuera de la propiedad. ¿A quién tengo que rendir cuentas sobre esto?
—No, no, te digo que no. —Florida gesticula nerviosamente con sus manos, en afán por demostrarse inocente, incluso cuando no lo es—. Yo corría, ¿sí?, como cada mañana acostumbro a hacer, ¡pero tu guardaespaldas me abordó, África!
Le mira, e irradia resentimiento. —Interrumpiste mi ejercicio matutino —dice—. Eso fue muy descortés, Felipe, ¿y te reclamas íntegro? Espero que estés avergonzado.
—Otra con el mismo cuento —farfulla Felipe.
Suspiro, y pienso cómo pude cambiar la indecente propuesta de Shawn por esta... ridícula disputa. Miro sobre el hombro, al concierto de miradas a la espalda, y encuentro sus ojos. Shawn me sonríe, divertido. Algo en mi estómago aletea y recobra vida.
Florida advierte en ello, sin flaquear, y de su expresión se adueña cínico ingenio.
—Es comprensible tu confusión, Felipe —dice—. Pero debo recordarte que no estás a mi disposición. Proteges a África, de cualquiera que sea el peligro, no a mí, por lo que encuentro incongruente este incidente.
—No, no, Argelia me encargó la seguridad de ambas, ninguna por encima de la otra.
Un infantil regodeo me insta a exclamar ¡en tu cara! a Florida, pero su desconcierto y la conmoción en su rostro me impide incomodarla. No hoy, por lo menos.
—Está bien —murmura, suavizando su carácter, posteriormente, lo refuerza—. Pasa de página, Felipe, caray. ¿Eso es pan francés?
Felipe se aleja por el pasillo, mascullando algo sobre que no le pagan lo suficiente, y Florida va por la dirección contraria, acertando con las personas que decoran la mesa.
Mando una exasperada mirada al cielo, preguntándole internamente a Dios, en una aspiración por entender a Florida, por qué motivo le parecería gracioso dotarla con excedente cinismo.
Florida saluda casualmente a los ocupantes, y alcanzo a distinguir la voz de Jalil.
—¿Acabas de mentirle al fortachón? —pregunta él, reclinado en la silla.
—No —miente Florida.
Jalil achica sus ojos, ensanchando la sutileza de su oscura y quisquillosa mirada, observándome cuando me acerco, y luego a ella, como si no se decidiera en quién confiar.
—Ustedes dos hacen demasiadas cosas a escondidas, ¿no es cierto?
—Eso —señala Florida—, no es del todo incierto.
Miro a Shawn y me debato si aún estoy a tiempo de llevarlo a la habitación.
Mmm.
Florida, como siempre, no piensa lo mismo.
—Sr. Darcy, veo que ha venido por su Elizabeth Bennet.
Arrugo la nariz.
—Siempre me he considerado más como Jane Eyre —digo.
Ríe, pero pocas veces Florida ha reído por simple humor.
—Eso no augura muy bien para ti, Shawn.
Shawn retorna a mis ojos y me cuestiona, a su vez, por el significado oculto detrás del comentario de Florida. Niego suavemente, casi imperceptible. Está bien, es casualidad.
Me ha mortificado, cabe admitir, si bien no lo expreso. Aunque Florida no cree ciegamente en las palabras que predica, mientras las piensa o mientras las dice, la mayoría de las veces resultan ciertas con el tiempo. Algo entrelazado a la ironía del destino, a la peligrosa premonición, incluso cuando no da reparo de ello.
Florida observa sesudamente a Shawn y este le devuelve el toque intuitivo, sin parpadear. Cabe mencionar que lo que más me temía sucedió hace semanas, durante los primeros días de invierno. Florida estuvo irritablemente presente en un videochat y la conversación que surgió fue más o menos controversial.
—Un pajarito mexicano me ha dicho que conoces a cierto cantante británico —dijo ella, como inaugural oración.
Shawn frunció el ceño desde su lado del continente.
Ella había continuado. —¿Sabes, Shawn Mendes? Quizá desconoces esto, pero mi criterio influye significativamente en las decisiones de África.
Él se encontraba tan confundido que, en ese momento, quise empujar a Florida lejos y rezongarle por qué aturdía a mi hombre, pero mi voz, en ese momento, no tenía voto. Sólo podía observar el intercambio.
—Sí... —prosiguió Florida, como si no lo hubiera amenazado indirectamente—, no tengo una opinión concreta sobre ti, todavía, pero eso puede cambiar si nuestro interés converge.
La desconfianza llenó la mirada de Shawn.
—¿A qué te refieres? —preguntó, entrecerrando precavidamente sus ojos.
Me reí en silencio.
—James Bay —respondió Florida, con todas las de tomar—. Me refiero a James Bay no desconociendo mi existencia. Piénsalo y luego hablamos.
En eso concluyó el efímero contacto entre Shawn y Florida. Hasta ahora, por supuesto.
—Tenemos un asunto pendiente, ¿no es cierto? —pregunta Florida.
Shawn sonríe.
—James Bay no desconoce tu existencia.
Pocas cosas atraen a Florida de la industria mediática, poquísimas, en realidad. James Bay, ese cantante y compositor británico de música soul cautivó como nada lo hizo su reservado corazón. Es una verdad escasamente conocida.
—¿En serio? —suelta. Trata de retomar la unanimidad y se muestra ofendida por perderla.
—James dijo que te mandaría un mensaje de texto pronto, y podrían hablar un poco, si estás dispuesta.
—Mjm —murmura Florida, escéptica desde la médula—. Parece ser algo impresionante, debo concedértelo, pero... —Voltea para verme, y disminuye el tono de voz—. ¿Debería hablar a Silvain sobre esto?
—Sí —respondo—, qué más da.
—Tienes razón; sería adorable presumírselo en su francesa cara.
Shawn luce ansioso por recuperarme y confieso sentir lo mismo, pero Florida continúa deteniéndome de actuar.
—No —dice, reparando en mi amago—, tú y yo necesitamos hablar. Ven acá.
Se despide de los actuales y cruza bajo el arco de los pilares. Me impide negarme como malcriada. El patio interno es lucífero, naturalmente iluminado y abastecido por verde vegetación gramínea, emergiendo entre la piedra de la ornamentación como raíces aferrándose a la luz del sol. La reciente brisa nocturna humedece la superficie de todo.
En contraste a la noche anterior, el patio está sustancialmente vacío y silencioso, con distinción de la labranza, el soniquete de los pájaros; tortolitos y golondrinas, y el escándalo incisivo de la fuente de agua en el centro, borboteando desde la boquilla en la cúspide y estrellándose en el fondo, para volver a renacer.
Nos sentamos en la piedra que rodea el ornato y el goteo nos salpica la ropa.
Florida mira a Shawn por un pequeño instante, más que abstraído, y luego a mí en su lugar, con un extraño sentimiento clavado en su estoica expresión.
—No consideré que vendría a México por ti —confiesa, curiosa—. Honestamente, pese a que aquello no lucía como su final, no imaginé cómo se resolvería, creí que, como todo, con el tiempo simplemente lo haría.
Exhala, inexplicablemente aliviada. —Te quiere, África —expresa, por último—. Shawn te quiere.
Lidio forzudamente para que mi gesto no revele en demasía, y de manera incongruente, el recelo y el miedo que constriñe mi joven corazón.
¿Cómo adivinarlo? ¿Cómo creerlo, cuando no he experimentado plenamente de las circunstancias del amor? Sin punto de referencia, sin tentativas que me hayan acercado a conocerlo. Es distinto... distinto al amor fraternal, o medianamente al afecto superficial por las cosas materiales. Por lógica, sé que Shawn no ha de darme simple simpatía. ¿Así es, sin embargo? ¿Por qué ha de decírmelo ella, cuando él está justo ahí?
No temo a quererlo. De hacerlo, el afecto se cohibiría bajo la angustia y no florecería como debidamente tiene que hacerlo. Por otro lado, es demasiado tarde para pensar en ello, puesto que ya le quiero, y se lo confesé por vez primera a Jalil mientras bailábamos, y más tarde al mismo Shawn, luego de llorar en su hombro y ahogar las lágrimas. Sólo que fue planeado para que él no diera cuenta de ello.
Con todo lo que está pasando, lo que aún no sabemos del otro, lo que él tiene por decirme y lo que yo tengo por vencer, ¿es prudente ponerse a arrancar pétalos y pensar si me quiere o no?
Y lo que es más poderoso, ¿mis sentimientos por él merecen el te quiero? ¿Es justo especularlo, profesarlo, cuando es más probable que le aprecie mucho más que eso? Tanto que engrandece mi corazón y me roba la cordura.
No pido reciprocidad, aunque bien me vendría, le quiero sin nada a cambio.
No sería justo exigir alivio y correspondencia cuando me lo dio todo con conocerlo.
—Lo sé —digo, por fin—, pero me siento esencialmente gobernada por el corazón, y este es ingenuo, entonces realmente no lo sé.
—No compliques lo que sientes.
—Lo que pasa es que temo que no sea lo que él espera.
—¿Qué sería eso?
Pauso y observo al dueño de mi corazón bajo el pilar. Shawn está reclinado en la silla, riendo ante una posible necedad por parte de Italy, sin máscaras o apariencias. Simplemente está siendo él mismo y permitiendo que las personas de mi mundo influyan en su sonrisa.
—Simpleza —respondo.
—¿Crees que él desea un amor simple?
—Quisiera hacérselo más fácil y demostrárselo sin dificultad, pero ambas sabemos que soy malísima en ello. Shawn merece ser abiertamente querido. Es lo que ha estado esperando. Cualquiera espera eso, en realidad...
Florida sonríe, un poco divertida, a sabiendas.
—Pero no tú.
—No —confiero—, yo no. Lo querré en silencio más de lo que lo querré a voces.
—¿No has pensado que Shawn te quiere por esta misma razón?
—Porqué Shawn ha correspondido a mis sentimientos va más allá de mí.
—He dejado de diferenciar entre tu realismo y tu pesimismo.
—Oh, cielos, no.
Florida ríe.
—Pese a que disfruto verte echa un tremendo lío —dice—, tienes que resolver esto. Quien quita y te vuelvas a enfermar.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto.
—Que se lo digas.
Niego al instante.
—No, no hemos involucrado sentimientos reales. Florida, estamos construyéndonos desde los cimientos, me inquieta que no puedan sostenernos todavía.
—Y yo me pregunto si eres consciente de que eso, al final, no importará en absoluto.
—Importa ahora.
—África —espeta Florida, exasperada—, a veces me cuestiono tu IQ, ¿sabes? No existe algo como "demasiado pronto", la espera es una tontería, los mitos engañan. Shawn te quiere, tanto que parece adolorido al mirarte. Todos lo han notado y es ridículo que tú precisamente no.
Esto, justo esto es lo que más odio de mí misma y del mundo en general. Un buen consejo de una mente imparcial, desechado por los propios, más ociosos y obstinados, porque resulta cómodo conformarse y sentir lástima por uno mismo que ceder el orgullo, soberbia que odio con igual fuerza.
Soy egoísta porque mis pensamientos son más fuertes y oscuros, y me es más fácil atenderlos que desestimarlos. Prefiero acatar mi propio interés, que por sobre el de otro. Gano relevancia, y así es como el perjuicio se crea.
Florida, naturalmente, conoce esto. Oí sus palabras, pero es factible que no las contemple. Es probable que mi egoísmo haya escuchado lo que quería escuchar y lo moldee para mi beneficio.
O quizá no.
Sé que Shawn está mirándome, y me agobia no poder devolverle la mirada, incluso si desfallezco por hacerlo.
A buen tiempo, Florida abandona el tema.
—Silvain me ha propuesto un trato —dice, cuando no hay más respuesta por mi parte.
Eso captura mi atención al instante.
—¿Ah, sí?
—Es algo ambiguo —murmura, meditabunda—, pero a su parecer justo. Pidió tiempo, y paciencia. «Experimenta tu edad». Entonces, un día, cuando sea lo suficientemente mayor, él estará de regreso.
—¿Aceptaste?
—Por supuesto —responde, obvia—. Lo que Silvain nunca ha entendido es que le quiero pese al reproche. Silvain espera que el tiempo minimice mis sentimientos, pero ya lo hubiera hecho de haber podido.
—¿Por qué aceptaste, siendo así, Florida?
—Descubrí que la propuesta es su consuelo, mitiga parte de la culpa. No puedo... aunque muera por estar con Silvain, no puedo ignorar la moral. Tampoco él. Y si la esperanza sirve de algo, cuando sea lo bastante mayor, él se arriesgará por mí y lo dará todo por tenerme. Algo como lo que Shawn hizo por ti.
Considero a Florida el remanso de sensatez que necesito en los momentos más sombríos, cuando de tanto en tanto, y por la abundancia de mis pensamientos, dejo de diferenciar entre razón o locura.
Me olvido, a veces, que para Shawn la censura al afecto no existe. Tal vez se deba a su naturaleza benigna, simplemente dulce, o la humildad de su carácter. Sea como fuere, no duda en demostrarme cuánto siente en el momento en que lo siente. Y actúa, y lo expresa, y me quedo sin palabras, sencillamente enmudecida e impresionada.
Debe ser porque es canadiense.
—¿Dormiste al lado de Silvain? —pregunto a Florida.
—Sí —responde.
—¿Te besó?
El rostro matizado de Florida se sonroja con contrariedad.
—Sí.
Incluso Florida, descubro, recibió su cuota de demostración de afecto anoche.
¡Qué desgraciado eres, Shawn Mendes!
—¿Antes o después de hablarte sobre la propuesta?
—Antes —dice Florida—, y después.
—Veo un poco de contradicción ahí.
—No me quejo.
Suspiro. Bajo la mano y, con la punta de los dedos, persigo el delgado sendero entre la grava incrustada en el ornato de la fuente; barroca piedra partida gris, marrón y óxido.
La familia se enterará de Florida y Silvain, y temo eso. Porque lo harán, algún día, o pueda que no. Guardo discrepancias respecto al dicho «con el tiempo todo se sabe». ¿Quién puede asegurarlo, sinceramente? Hay verdades muy bien escondidas. Si de mí dependiera, Shawn sería un secreto en mi memoria, protegido por mi egoísmo y oculto por mi silencio. Pero surgieron... contratiempos. Personas demasiado entrometidas. Con Florida ha de suceder igual. La divergencia está en que cuido celosamente de Shawn, lo guardo en mi corazón entre paredes de cristal, pero es así por codicia, porque le quiero demasiado, y el mundo me importa más bien poco. La situación de Florida es otra, inversa y desproporcional. Es sobre moral y opinión, cosa que atañe cuando a la familia se refiere.
Existen otras circunstancias, sin embargo, y demás personas, unidas a su vida que pueden influir significativamente en sus acciones y en su modo de pensar, pese a que su corazón se imponga. Me preocupa y se clava profundamente en mi cabeza.
Florida también suspira y mira un lugar insustancial por encima de su hombro, perdida en el torrente de sus pensamientos que, imagino, son un sinnúmero de juicios y aprehensiones. Luego voltea y decide sonreírme. Se levanta y entra al corredor.
Me quedo donde estoy. La reciente conversación está todavía presente en mi cabeza, retazos de voces y oraciones flotan en el aire a mi alrededor, en un conjunto de susurros repetitivos, resaltando en las palabras con mayor trascendencia. Me agobia una ajena intensidad ―desconozco de dónde ha venido, o por qué está aquí.
«Te quiere. Shawn te quiere.»
¿Obedezco esa conjetura? ¿Es prudente ponerme a pensar en cuánto le quiero y cuánto él podría quererme?
«Un amor simple.»
Debería ser capaz de ofrecérselo. Decírselo, quizá no en palabras, sino decírselo, con la voz de mi corazón, acepto que te quiero, porque te quiero, y no temo demostrarlo.
«Al final, no importará en absoluto.»
Es el sentimiento más grande que alguna vez he albergado, y es sobre él.
«La espera es una tontería.»
Shawn quizá cree en el momento adecuado ―puede ser lo correcto por creer, dadas las circunstancias―. Desearía ser creyente, perfeccionista, de algún modo, si acaso mis miedos me lo permitieran. Lo cierto es que no tengo fe en nada, salvo en Dios y en nosotros. Lo demás es inexistente hasta que se pruebe lo contrario.
Y así es cómo regreso al punto de partida; de vuelta a mí. Todo depende de mí, y eso es cansado de pensar. Acabar con la espera, o prolongarla. Decisiones, decisiones, decisiones... Quisiera ser una planta, vivir a base de la fotosíntesis, con el único temor de descubrir las manos que me darán muerte al arrancarme sin raíz.
Algunas cosas son simplemente imposibles.
Subo las piernas a la piedra, me abrazo a las rodillas y apoyo la mejilla en los brazos. Contemplo el agua cristalina de la fuente caer. Escucho el hueco sonido de unas pisadas, césped cediendo bajo el peso. La mañana de febrero es fría y luminosa, el aire es húmedo y floral. Inspiro cuando un aroma característico se mezcla con el rocío matutino.
Elegante canela se acerca.
Shawn toma mis piernas y se sienta en la piedra, situándolas holgadamente sobre su regazo.
—Tienes buenas personas —dice. No estoy mirándolo, pero puedo sentir sus ojos recaer en mí, y percibir la confusión por mi retraimiento, manando de él.
«También te tengo a ti». Doy un suave asentimiento con la cabeza, segura de que por lo menos necesita eso. No escucho respuesta, ni siento gesto que valga como una. Hundo los dedos en el agua e irrumpo en la superficie líquida, hasta los nudillos. Está fría.
Shawn aguarda un segundo más, y dice: —Dime tus pensamientos.
Cuando hablo, no reconozco mi propia voz.
—¿Conoces las 4 leyes de la espiritualidad?
—Suena algo que predicaría mi masajista.
Él no bromea.
—Se trata de una filosofía hindú, lecciones que te ayudarán a afrontar la vida. —Golpeo el agua; ésta chasquea y se ondula al toque—. Nada ni nadie es casualidad, el hubiera no existe, aprende a soltar... ese tipo de cosas.
—No es algo que te guste interpretar —observa él.
—No —coincido—, pero son ciertas.
Abandono la evasión y le miro. La luz se desparrama sobre sus castaños y rizados cabellos, se estanca en la miel de sus ojos y tuesta su piel. Es agobiantemente atractivo.
—Existe esta ley, no obstante... la tercera ley, que habla sobre el momento adecuado. Todo es preciso; no existe un antes o un después. El momento correcto siempre es ahora.
—Parece tener sentido, de una manera bastante... opresiva.
—Sí. —Sonrío.
La vacilación llena su expresión, no conforme con encontrarme viéndolo, después de todo, porque no doy calma a sus propias aprensiones.
—¿A qué estás temiendo, África?
—A que esa filosofía hindú esté equivocada.
Shawn toma mi mejilla y su pulgar acaricia el arco de mi pómulo; su mano es cálida y su confianza confortante. Quiero cerrar mis ojos y ceder a su toque, tal como hizo él, sólo pocas horas atrás, tan espontáneo.
Exhalo un respiro, uno de los más demandantes.
—Cualquier momento es el correcto una vez ha iniciado; el mío ha durado lo suficiente y se ha estirado hasta volverse intolerable. Inició en el instante en que atrajiste mi atención en el aeropuerto, y se extendió al admitir que me gustabas, ahora... Necesito acabar con él, sin importar cuán cierta sea esa filosofía hindú, necesito decírtelo, porque acabará conmigo. Te quiero. —Tomo aliento, completamente carente—. Te quiero, Shawn.
