Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Capitulo 29

La mañana siguiente, Rukia se quedó tumbada en la cama mientras Ichigo se

vestía, observando cómo se ponía una de esas camisas de diseño especial para las

alas. Se sentía magullada, dolorida. Él la había abrazado durante toda la noche,

pensó. Había mantenido a raya las pesadillas. Por él encontraría la fuerza

necesaria para luchar contra una culpa que amenazaba con ahogarla.

Se sentó y tomó un sorbo del café que había junto a la Rosa del Destino.

—¿Cómo se cierra el bajo de tus camisas? —Nunca había visto botones bajo

las ranuras de las alas. Al parecer, los ángeles más poderosos preferían esas

camisas, con cierres diminutos y discretos, casi invisibles. Los ángeles más

jóvenes, en cambio, parecían más inclinados por los diseños complicados, cada

uno tan único como la persona que lo llevaba.

Ichigo enarcó una ceja.

—¿Soy un arcángel y tú me preguntas cómo mantengo las camisas cerradas?

—Siento curiosidad. —Se concentró en esa distracción para mantener su

mente alejada del pasado. Dejó el café en la mesilla y realizó un gesto con el

dedo índice para pedirle que se aproximara.

Según parecía, el arcángel estaba de buen humor, porque la obedeció: dejó la

camisa sin abotonar y se acercó a ella.

Ichigo apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo y agachó la cabeza para

besarla. El beso fue una reclamación absoluta. Largo, intenso y lento, un beso

que le hizo doblar los dedos de los pies, que despertó sus terminaciones nerviosas

y que le arrancó un gemido gutural.

—Provocador... —lo acusó en un susurro cuando él apartó la cabeza.

—Debo asegurarme de que nunca pierdas el interés.

—Ni aunque viviera un millón de años —replicó ella, atrapada por el ámbar

eterno de sus ojos—. Creo que jamás encontraré a un ser tan fascinante como tú.

—Una acuciante vulnerabilidad la abrumó un instante después, así que se apretó

contra el calor de su pecho—. Enséñame la camisa.

Ichigo le alzó la barbilla y le dio un beso que mostraba que esa mañana se

sentía tierno.

—Lo que mi dama desee. —Se volvió para darle la espalda.

Tras apartar las sábanas, Rukia se puso de rodillas.—No hay costura —murmuró

mientras examinaba la parte inferior de las aberturas

— Ni botones, ni cremallera. Casi esperaba ver una especie de velcro.

Ichigo empezó a toser.

—Si no fueras mía, cazadora, tendría que castigarte por ese insulto.

Su arcángel estaba bromeando con ella. Era extraño, y eso hizo que el peso

que sentía en su corazón se aliviara un poco.

—Vale, me rindo. ¿Cómo cierras las aberturas?

Le costó un verdadero esfuerzo apartar la vista de los maravillosos músculos

de su pecho. Si no tenía cuidado, se dijo, ese arcángel la convertiría en su

esclava. Abrió los ojos como platos en el instante en que se fijó en su mano.

—¿Es eso lo que creo que es? —Su mano desprendía un fuego azul, y eso le

provocó un vuelco en el corazón.

—No es fuego de ángel. —Ichigo cerró la mano y acabó con el juego de

luces—. Es solo una manifestación física de mi poder.

Rukia dejó escapar un suspiro.

—¿Utilizas eso para sellar los bordes?

—En realidad, los bordes no están sellados. Fíjate bien.

Rukia los examinó con detenimiento, y esa vez alzó el bajo de la camisa casi

hasta sus ojos. Fue entonces cuando los vio. Unos hilos del azul más claro, tan

delgados que resultaban casi invisibles, se entrelazaban con el lino blanco de la

camisa. Maravillada, se preguntó cuánto poder era necesario para crear algo así

sin pensarlo. Él jamás le diría que ella era demasiado fuerte, demasiado rápida,

demasiado dura.

—Supongo que nosotros, los simples peones, no podemos hacer algo así, ¿verdad?

—Requiere la habilidad de controlar el poder fuera del cuerpo. —Se dio la

vuelta para acariciarle el labio inferior con el pulgar—. Por el momento, tienes

muy poco poder, así que no puedes hacerlo.

Rukia sujetó su muñeca y alzó la vista.

—Ichigo, ¿algún día tendré que Convertir a la gente en vampiro?

—Eres un ángel creado, no de nacimiento. —La acarició con el pulgar una

vez más—. Ni siquiera Keir conoce la respuesta a esa pregunta.

Y Keir, supo Rukia sin necesidad de preguntarlo, era uno de los antiguos.

—Pero ¿y si...?

—En cualquier caso, no será pronto. —Una respuesta sólida como una roca

—. Tu sangre estaba libre de toxinas cuando despertaste del coma. Se te harán

pruebas periódicas varias veces al año, ahora que ya te has recuperado.

—¿Es duro? ¿Es difícil Convertir a alguien?

Ichigo hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—La elección es difícil. La Cátedra tiene el deber de elegir a aquellos que no

son débiles, que no quedarán destrozados, pero a veces comete errores.

Rukia le dio un beso en la palma al oír algo que él jamás le había contado.

—No obstante, el acto en sí —dijo con un tono de voz algo más grave—, es

tan íntimo como tú quieras que seas. Para algunos no es más que un proceso

clínico similar al de donar sangre. Al humano se le induce un sueño

farmacológico durante la transferencia.

Rukia se estremeció de alivio.

—Creí que sería como cuando me besaste. —La intimidad de ese beso le

había llegado al alma. Fuego intenso.

—Nada será nunca como ese beso.

Con el corazón desbocado, Rukia se puso de pie en la cama y apoyó las

manos en sus hombros. Ichigo echó un vistazo a su cuerpo desnudo.

—Rukia...

Ella lo besó. La reacción masculina fue incendiaria, pero la cazadora notó la

tensión que yacía bajo la superficie.

—Tendremos que partir pronto, ¿no es así?

—Sí. —Le acarició el trasero con las manos, muy despacio—. Viajaremos

hasta Pekín utilizando medios de transporte humanos.

—¿No causaría más impresión que llegáramos volando?

—Los vuelos largos requieren una fuerza muscular que tú no posees todavía.

—Una respuesta práctica, pero sus manos descendieron más... y más—. Nos

viene bien que ella nos considere débiles. Eso la volverá descuidada.

Necesitaremos cualquier posible ventaja si es cierto que ha atravesado la

frontera hacia la locura irreversible.

—Ichigo... —Rukia se estremeció y enterró las manos en su cabello—.

Noba tiene razón. Yo te vuelvo vulnerable. Y ella conoce mi debilidad.

Yo también, Rukia. Y aun así eres la dueña de mi corazón.

Dos horas más tarde, Rukia se encontraba de nuevo en la pista de tierra batida

que se había vuelto tan familiar para ella como su propio rostro. Probablemente

porque la había visto muy de cerca más de una vez.

—Vaya... —dijo mientras contemplaba los ojos de pupilas verticales de su

compañero de lucha—, así que de vez en cuando te quitas el traje...

Ichimaru sonrió para mostrar los colmillos que segregaban las toxinas, y su

rostro resultó a un tiempo hermoso y extraño. No solo se había quitado el traje: lo

único que llevaba puesto eran unos pantalones negros holgados que se movían

con cada uno de sus movimientos como si fueran líquidos. El cuerpo del vampiro

era tan sinuoso como la serpiente que la observaba desde sus ojos.

Y ese cuerpo... Sí, estaba claro que merecía la pena mirarlo bien. Sin

embargo, estaba más preocupada por la facilidad con la que manejaba esos cuchillos

curvos de treinta centímetros que tenía en las manos. Le recordaban a

ciertos sables cortos que había visto una vez, aunque eran algo más cortos, algo

más curvos. No curvos como una hoz, sino con un arco más suave, más elegante.

Unas hojas exquisitas y letales.

Por supuesto, identificar esos cuchillos no era lo importante. Lo que

importaba era lo que Ichimaru podía hacer con ellos.

Rukia enfrentó su sonrisa de desdén con una de cosecha propia.

—No pudiste atrapar la daga que te arrojé en Nueva York.

El vampiro se encogió de hombros, haciendo que su piel de color dorado

oscuro se tensara sobre esos músculos grandes y esbeltos.

—Lo atrapé.

—Por la hoja. —Rukia probó las hojas largas y delgadas que Noba le había

dado. Eran más cortas que el estoque con el que había empezado, y estaban

equilibradas para que también pudiera lanzarlas. Si las espadas de Ichimaru habían

sido creadas para la elegancia, las suyas habían sido fabricadas para la fuerza y

el mayor daño posible. Ambas tenían doble filo, así que podría destripar a

cualquiera con una precisión quirúrgica si fuera necesario—. Una negligencia

por tu parte.

—Supongo que hoy tendré que enmendar ese error. —Se inclinó un poco y

empezó a rodearla en círculos con movimientos muy, muy lentos.

Rukia se movió en el sentido opuesto, ya que quería observar su estilo. La

mayor parte de la gente telegrafiaba su siguiente movimiento con algún tipo de

señal. Ella conocía muy bien su propia señal: sus pies. Le había llevado años de

entrenamiento asegurarse de que nunca apuntaran en la dirección en la que

pretendía moverse. Ichimaru no telegrafiaba nada con sus pies.

Rukia se concentró en la zona que por lo general revelaba más cosas: los ojos.

Se quedó sin aliento ante el primer contacto. Su cerebro aún tenía problemas para

aceptar lo que veía cuando miraba a Ichimaru a los ojos. Justo entonces, las pupilas

verticales se contrajeron y ella dio un paso atrás.

Una pequeña risotada.

El cabrón estaba jugando con ella. Rukia apretó los dientes y enfrentó de

nuevo su mirada mientras seguían moviéndose en círculos. Fue durante la

segunda rotación cuando sintió que se le cerraban los ojos, que se tambaleaba un

poco.

¡Joder!

Arrojó una de las espadas sin avisar. El vampiro se movió hacia un lado con

la rapidez de una serpiente, pero aun así acabo de espaldas sobre el suelo, con un

corte muy feo en el brazo.

Noba se acercó a ellos en un instante.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó con tono brusco y la mandíbula apretada

—. Lanzar tu arma antes de que comience la lucha te restará muchas posibilidades

de seguir con vida.

Rukia no apartó los ojos de Ichimaru. El vampiro tenía una mano apretada

contra el corte del brazo, pero su sonrisa... Lánguida. Provocadora. Una sonrisa

que la retaba a pedirle respuestas. Rukia agachó la cabeza, se abalanzó hacia

delante... y clavó la hoja que le quedaba justo entre sus piernas.

—¡Joder! —El vampiro retrocedió a rastras, y se puso en pie de una forma

completamente inhumana. Los cuerpos normales no se movían con esa fluidez

líquida.

Noba miró a Ichimaru.

—¿Has intentado hipnotizarla?

—Debe estar preparada para lo inesperado. —Los ojos de Ichimaru tenían un

color verde brillante cuando miraron a Rukia—. Media vuelta más y lo habría

conseguido.

—Yo también podría haberte cortado las pelotas de cuajo si hubiera apuntado

un poco más arriba —dijo Rukia antes de recoger sus armas—. ¿Quieres seguir

con los jueguitos o podemos volver al trabajo? La fecha se nos echa encima.

—Esto tardará unos minutos en curarse. —Apartó la mano para mostrar que

la herida aún sangraba—. Ahora puedo comparar impresiones con Grimmjow.

Rukia pasó por alto ese comentario ladino y empezó a practicar los

movimientos que Noba le había enseñado cuando no estaba lanzándole cuchillos

a Ashido. El pelirrojo la observó ejecutar la serie de movimientos e inclinó con

sequedad la cabeza cuando acabó. Satisfecha, Rukia apuntó a Ichimaru con el

extremo de una de sus espadas.

—¿Estás listo?

El vampiro hizo girar las armas que tenía en las manos.

—Aún no he probado tu sangre.

« Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.»

Todo se quedó inmóvil, en silencio. Rukia ya no era consciente de la mirada

burlona de Ichimaru, de la ligera capa de nieve que cubría el suelo ni de la

presencia vigilante de Noba. Solo era consciente de la caza.

Ichimaru atacó sin previo aviso, moviéndose con la rapidez de la serpiente que

estaba patente en muchas partes de su cuerpo además de en sus ojos. Sin

embargo, Rukia se movió antes y cruzó las espadas por delante de ella antes de

adelantar una para dibujar una línea de sangre en el pecho del vampiro.

Ichimaru dijo algo cuando recibió la estocada. Ella no lo oyó. Su mente estaba

concentrada en matar.

En esa ocasión, el monstruo no lo conseguiría, no mataría a Kukaku y a Tatsuki, no

le rompería tanto el corazón a su madre como para que no quisiera abandonar

nunca esa cocina llena de la sangre y los gritos de sus hijas.

Percibió el instante en el que los músculos de los muslos de Ichimaru se

tensaron, y atacó antes de que él pudiera hacerlo. Esa vez, el vampiro esquivó las

hojas de acero, pero no el pie que ella había adelantado para hacerlo tropezar. Sin

embargo, Rukia cometió un error. Un reguero de fuego le recorrió el costado.

Estúpida. Había olvidado que ahora tenía alas.

Echó un vistazo rápido al ala para asegurarse de que los daños no eran graves

y luego hizo girar una espada para que cantara en el gélido aire de la montaña. A

continuación, volvió a fijar la vista en esos ojos escalofriantes. Si se los sacaba,

estaría acabado. Una idea de lo más despiadada.

Las pupilas de Ichimaru se contrajeron en ese instante, y sus espadas se alzaron

en una postura defensiva para bloquear los intentos de Rukia de causarle un daño

mortal. Sin embargo, la cazadora estaba más allá de cualquier pensamiento y se

movía con la fuerza veloz de una cazadora nata. Ichimaru le gritó algo, pero lo

único que oyó ella fue un frío siseo.

Apuntó a sus ojos.

Un estallido negro explotó en su cabeza. Luego no hubo nada.

Ichigo aterrizó junto al cuerpo inconsciente de Rukia, enfurecido.

—¿Tú incitaste esto? —preguntó mientras la cogía en brazos con mucho,

mucho cuidado.

Ichimaru se limpió la sangre de la cara.

—No le he dicho nada peor que otras veces. —La mirada del vampiro se

concentró en Rukia—. Creo que hice un comentario sobre probarla o algo así.

—Sabes que yo te mataría si lo intentaras.

—Nuestro deber es protegerte de las amenazas, en especial de aquellas que

puedes pasar por alto. —Ichimaru enfrentó su mirada—. Orihime, Kempachi,

Ikkaku..., todos ellos intentarán matarla en algún momento, porque saben

que eso te desequilibrará. Es mejor librarse del problema ahora.

Ichimaru extendió las alas en preparación para el vuelo.

—Ella es más importante para mí que cualquiera de vosotros. No lo olvidéis

nunca.

—Y tú eres un arcángel. Si caes, millones de personas morirán.

Lo que quedaba implícito era que la muerte de un ángel que antes era mortal

sería preferible a la muerte de un arcángel.

—Elige dónde está tu lealtad, Ichimaru.

—Hice esa elección hace dos siglos. —Las pupilas verticales se fijaron en

Rukia—. Pero si ella juega con la muerte, yo no me contendré.

Muy consciente de lo que el vampiro quería decir, Ichimaru se elevó hacia los

cielos con Rukia apretada contra su pecho. Era inevitable que recordara la última

vez que la había abrazado de esa forma. La inmortalidad no había hecho que

estuviera a salvo, tan solo que tuviera más probabilidades de sobrevivir a las

heridas que a buen seguro recibiría. Sin embargo, no podía hacer nada para

protegerla de los recuerdos que la atormentaban.

La llamada mental de Noba había llegado casi demasiado tarde. Si Rukia

hubiera conseguido rozar los ojos de Ichimaru, la criatura de sangre fía que

moraba dentro del vampiro habría atacado sin vacilar y habría clavado los

colmillos en su vulnerable carne.

Eso la habría dejado paralizada, sumida en la agonía.

Y, atrapado por el trance de la cobra, era muy posible que Ichimaru le hubiera

cortado la cabeza a Rukia antes de que Noba pudiera intervenir, lo que la habría

matado sin remisión.

Tras dejarla sobre la cama, Ichigo buscó su mente.

Rukia.

Ella movió la cabeza de un lado a otro con un gemido, como si librara una

salvaje batalla interna. La promesa que le había hecho (la de no colarse en su

mente) pugnaba con la necesidad de protegerla que había anidado en su alma. El

impulso era incluso más fuerte que el día anterior. Habría sido muy sencillo

introducirse en su cabeza y borrar lo que le hacía daño.

« Preferiría morir como Rukia que vivir como una sombra.»

Ichigo apartó los mechones de cabello que cubrían su rostro y repitió la orden

en voz alta.

—Rukia.

La cazadora separó los párpados por un instante, y Ichigo pudo ver que sus

ojos no tenían el color violeta de costumbre: habían adquirido el tono de la

medianoche y estaban llenos de los ecos de la pesadilla. Sin embargo, volvieron a

la normalidad en cuanto parpadeó un par de veces. Rukia lo miró con expresión

confundida y se frotó la frente.

—Me siento como si me hubiera caído encima una viga. ¿Qué ha ocurrido?

—Tuve que intervenir cuando decidiste convertir el entrenamiento en un

combate mortal.

Ella apartó la mano de su frente.

—Lo recuerdo. —Un susurro—. ¿Ichimaru está bien?

—Sí. —No obstante, a Ichigo quien le preocupaba era ella—. Los recuerdos

empiezan a aflorar mientras estás despierta.

Rukia se sentó en la cama.

—Fue como si me convirtiera en una persona diferente. No, ni siquiera eso...

Fue como si me convirtiera en una máquina concentrada en una única cosa.

—Se parece al estado Silente.

Rukia tembló al recordar en qué se había convertido él durante el período

Silente, al recordar a esa criatura sin alma que acababa con las vidas humanas

con la misma facilidad con la que se sofocan unas pequeñas llamas.

—¿Crees que se debe al cambio, a la inmortalidad?

—Es uno de los factores. —Asintió con la cabeza—. Aunque tal vez sea que

ha llegado el momento.

El momento de que recordara todas las cosas que había decidido olvidar.

—Quiero hablar con mi padre.