De entrenamientos y heridas

Era temprano por la mañana en el Santuario. Las aves cantaban, la luz empezaba a hacerse más brillante y, por desgracia para algunas chicas, era hora de empezar el entrenamiento. Alfa iba algunos pasos detrás de Saga quien aprovechaba la caminata para estirarse. Ella intentaba con todas sus fuerzas ahogar los bostezos que querían escapar de sus labios.

No tardaron en llegar al Coliseo. Varios Dorados ya se encontraban ahí, algunos con sus respectivos aprendices. Alfa levantó la mirada del piso. El entrenamiento de esa mañana comenzó como siempre, con ejercicios de calentamiento, estiramiento, mil millones de vueltas alrededor del Coliseo. Al menos sirvió para que terminara de despertar. La noche anterior se la había pasado leyendo, o al menos, intentando leer un grueso libro de filosofía, y como no era lo que se llama fan de ese tipo de lecturas, le tomó toda su fuerza de voluntad el terminar el dichoso volumen. Sin embargo, cuando al fin lo logró, eran casi las cuatro de la mañana, así que a lo mucho obtuvo dos horas de sueño antes de que Saga la levantara.

Y ahí estaban ambos, corriendo en círculos. Cuando el Santo de Géminis decidió que ya era suficiente, comenzaron con el entrenamiento de batalla. Había varios grupos haciendo lo mismo. Mientras los Dorados tenían peleas amistosas entre sí, vigilaban a sus aprendices. Gabriella se encontraba entre ellos, en combate con Dicro, mientras Shaka y Deathmask las observaban, sentados en las gradas. El sol ya se encontraba alto y el calor iba en aumento.

Saga y Alfa, si bien estaban en el Coliseo, se encontraban en la esquina más alejada de los demás. A Saga nunca le había hecho mucha gracia que lo observaran mientras entrenaba, aun cuando le molestaba menos que fueran sus compañeros Dorados, prefería estar un tanto lejos de los demás, en especial luego de sus vacaciones, se sentía doblemente observado. Alfa no tenía inconvenientes, dado que pocas veces ponía mucha atención a la gente que la miraba, pero había notado que Alde los observaba, y eso como que tendía a tranquilizarla.

Ese día se dieron el permiso de utilizar un poco de cosmo en sus golpes. Saga se divertía, Alfa se estaba volviendo bastante buena en ponerlo en aprietos. Si bien en una pelea en serio, no habría dudas de que él le ganaría, también reconocía que ella no se lo pondría fácil. Ambos ya comenzaban a cubrirse de tierra gracias a las múltiples caídas y las veces en que se veían obligados a arrastrarse por los suelos con tal de dar algún golpe. El sudor corría por sus frentes.

Alfa miró a Saga, quien sonreía, ambos se acababan de trenzar en una seguidilla de patadas y ahora se estudiaban a unos pasos de distancia. La chica apretó los puños mientras daba un salto impulsado con cosmo. Saga se preparó para el ataque, la chica descargó otra patada sobre el Santo, quien pudo detenerlo con los brazos, para luego contestar con los puños. Alfa se defendió sin problemas, dio unas cuantas patadas que llegaron al blanco y terminó con un puñetazo directo al estómago de Géminis. Saga recibió el golpe, resbaló algunos metros por el piso sin llegar a caer, para reponerse enseguida y cargar contra la joven. Ella esquivó el primer ataque y detuvo el segundo, pero no tuvo tanta suerte con el tercero. Saga le dio un golpe que levantó a la chica del suelo y la arrojó varios metros hacia las bardas de la arena.

La joven fue a caer de lleno sobre su costado izquierdo, pero siguió arrastrándose por el suelo unos metros más antes de detenerse muy cerca de la barrera. La chica había sentido un dolor agudo en su pierna izquierda al momento en que impactó contra el piso, pero fue hasta que se sentó que de verdad se dio cuenta de cuánto le dolía y del líquido que resbalaba. Miró su pierna: a medio camino entre la cadera y la rodilla tenía una herida larga y sangrante, con lo que parecía un vidrio enterrado dentro.

Saga había visto toda la trayectoria de la chica y esperaba a que se incorporara y volviera a cargar contra él, como siempre hacía, pero enarcó una ceja y quitó su postura de defensa cuando vio que la mujer se quedaba sentada en el lugar y examinaba su pierna. ¿Le habría pasado algo? Ella levantó la mirada hacia él y lo llamó por su nombre. Sin perder medio segundo, Saga salió corriendo al lugar en el que Alfa estaba sentada.

—¿Estás bien? —preguntó al llegar.

Alfa levantó la mirada.

—Dime por favor que me equivoco, pero creo que tengo un ENORME vidrio enterrado.

Saga se arrodilló junto a ella. Aldebarán, que no se encontraba lejos, detuvo su entrenamiento para mirarlos, él también vio la larga caída de la joven. Saga examinó la pierna de la chica. La herida medía al menos 10 centímetros y parecía profunda. Sangraba mucho y, tal como ella dijo, tenía un enorme fragmento de vidrio enterrado. El hombre levantó la mirada a la joven, luego vio a Aldebarán que los seguía observando.

—Alde, ¿podrías llamar a Mu o a Aioria?

El Santo de Tauro asintió mientras buscaba con la mirada a alguno de los dos. Mientras tanto, Saga levantó a Alfa del suelo y la llevó en brazos a las gradas.

—Asumo que se ve tan fea de cerca como se ve de lejos —dijo Alfa mientras se sujetaba del cuello de Saga.

—Se ve más fea de cerca, te lo aseguro —contestó el de Géminis.

Saga la dejó sentada de lado en una de las gradas para luego volver a mirar la herida. Alfa mejor se concentraba en cualquier otra cosa. No tardó en ver que Aldebarán y Mu se acercaban corriendo.

—¿Estás bien, Alfa? —preguntó Mu mientras se arrodillaba junto a ella.

Saga se hizo a un lado: se sentó junto a Alfa, sirviéndole de apoyo. La joven se recargó contra él.

—La verdad no muy bien. Pero por favor dime que es un vidrio y no un metal, por favor, por favor.

Mu sonrió. Kiki se había acercado con su maestro e hizo una mueca de dolor y pesar cuando vio la cantidad de sangre.

—Sí, diría que es un vidrio. Kiki, por favor, ve al Templo por las medicinas.

El adolescente no dijo ni pío y se teletransportó.

—¿Es muy grave? —preguntó Aldebarán—. Y a todo esto, ¿qué demonios hacía un vidrio en el Coliseo?

—A mi me huele a que algunos soldados van a hacerle una corta y educativa visita a los calabozos, si es que ese vidrio es, como sospecho, de una botella —contestó Saga.

—No creo que sea muy grave, pero ya veremos —comentó Mu mientras le quitaba el tenis a la chica, seguido del calcetín para luego pedirle que moviera los dedos y el pie.

Alfa hizo más de un gesto de dolor y apretó con fuerza la mano de Saga, que ni cuenta se dio del momento en que había empezado a sujetar. En ese momento Kiki regresó con las cosas de Mu, quien procedió a limpiar un poco la sangre, luego miró a Alfa.

—A la cuenta de tres respiras profundo y exhalas con calma. Voy a sacar el vidrio.

Alfa asintió con la cabeza, agarró la otra mano de Saga y fijó su vista en Aldebarán, que estaba frente a ella. Cabe mencionar que, para ese momento, varios de los Dorados y Gabriella, Dicro, Lexa y Vivien se habían acercado a ver qué pasaba.

—Uno… dos… tres —contó Mu.

Kiki cerró los ojos, Saga puso cara de pesar, Gabriella se mordió la uña del pulgar, Dicro se mordió el labio inferior, Vivien no hizo ni una mueca, Lexa miraba todo con demasiada atención y Aldebarán también fijó su mirada en Alfa. Alfa exhaló con calma mientras contaba hasta mil millones y apretaba las manos de Saga. De verdad fue un ENORME trozo de vidrio el que sacó Mu de la pierna de la mujer, y en efecto, era la base de una botella. El joven de Aries procedió a limpiar la herida y cerrarla por medio de cosmo. Luego la vendó con alguna medicina que sacó de entre sus cosas. Cuando terminó volvió a pedir a la chica que moviera los dedos y el pie, luego la hizo levantarse y apoyar la pierna.

—Creo que vas a estar bien, aunque te va a doler más o menos por una semana. La verdad yo evitaría hacer muchos esfuerzos con esa pierna al menos dos días. Saga: baja sus entrenamientos.

Saga asintió con la cabeza para luego mirar alrededor.

—¿En qué momento se reunieron todos? —preguntó.

Dicro, Vivien y Gabriella sonrieron con ironía, luego le hicieron un gesto de despedida a Alfa y se alejaron, Lexa estaba fascinada examinando el vidrio e intentando imaginar cómo se había enterrado en la pierna de su amiga. Levantó la mirada hacia Saga cuando lo escuchó hacer el comentario y también sonrió. Milo y Aioria negaron con la cabeza. Shaka se alejó con su alumna.

—Nos preocupamos, nada más —dijo Milo.

—Chismosos —contestó Aldebarán sonriendo.

—De pronto me sentí como en exhibición —comentó Alfa mientras se sentaba de nuevo para ponerse el tenis.

—Pues supongo que esto termina con el entrenamiento de hoy —dijo Saga.

—No creo que eso represente un problema para Al, ¿eh? Vayan a descansar, y a limpiarse la sangre, y ya casi es hora de la comida de todas formas. —Aldebarán comenzó a alejarse también.

—Muchas gracias por todo, Mu —dijo Alfa.

—No es nada. Si te duele mucho o tienes algún problema ven a verme.

—Gracias Mu —agregó Saga.

El Santo de Aries se despidió con un gesto de la cabeza y los dejó solos. Saga miró a la chica.

—Si te digo la verdad, casi se me sale el corazón.

Alfa sonrió.

—Imagínate lo que sentí yo. Debiste mandarme a volar en otra dirección.

Saga hizo una mueca irónica.

—Ya, no me hagas sentir más culpable.

—Técnicamente fue tu culpa.

—¿Cómo te lo compenso?

—Para empezar, me llevas a comer a algún lado hoy —contestó ella con una sonrisa.

—Hecho.

—Y… me llevas cargando a Géminis. Ya oíste a Mu, no puedo hacer mucho esfuerzo por dos días.

—Eso, es aprovecharse de las circunstancias.

—Un poco. ¿Nos vamos? ¡Tengo hambre!

Saga sonrió, bajó una grada y dejó que la chica lo usara de "caballo". Se alejaron a paso tranquilo del Coliseo mientras los demás continuaban con sus entrenamientos del día.

¡Feliz Navidad!

Y como es navidad, voy a dejarles unos... cinco capítulos, les parece?

Alfa Lázcares