Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 27»


Naruto hubiera dado algo por estar a millas de distancia, pero no le quedaba más remedio que enfrentarse a la mordacidad de su esposa. A pesar de todo, Hinata no iba a dar su brazo a torcer porque Yahiko le había puesto en el disparadero: se había casado con Amaru y ella había muerto, había mantenido un idilio con Fûka y también estaba muerta. Por tanto, era de ingenuos no pensar que alguien próximo estaba tras los dos sucesos y, en consecuencia, Hinata podía estar en su punto de mira. Estas eran las razones del comisario y así se las expuso.

— ¡Qué tontería! — rebatía ella— . La policía siempre sospecha de algo. Es su trabajo. Pero yo nada tengo que ver con tu anterior esposa. Ni con la señorita Fûka. Además, sé cuidarme sola.

— Hinata, esto no es un juego.

— ¿Quién ha dicho que lo sea? Pero me niego a que anules la privacidad de mis movimientos siendo perseguida a todas horas por tus hombres.

— No van a perseguirte, van a protegerte.

Hinata se lo quedó mirando fijamente. Después de todo, no se le podía pedir a un hombre que pensara más que a corto plazo, porque les faltaba intuición. Se alisó la falda como si impusiera una pausa. No podía negar que había conseguido asustarla hablándole de la posibilidad de que se hubiera cometido no un crimen, sino dos, pero era una hipótesis que la condenaba a vivir en libertad vigilada. Estaba incluso decidida a portar un arma como medida adicional. Sabía usarla, Neji se había encargado también de enseñarle, aunque quizá debiera practicar un poco. Se creía muy capaz de disparar contra quien intentase atacarla.

— ¿Yahiko sospecha de un hombre? — preguntó— . ¿De una mujer? ¿Hasta dónde deben llegar tus esbirros en su protección? ¿Deberán entrar conmigo incluso en el excusado?

— Hinata… escucha…

— No. Escúchame tú, excelencia. Si no sabemos de quién se trata, en el supuesto de que sean fundadas las razones a que Parrish hace referencia, será inútil tenerlos pegados a las suelas de mis zapatos. Podrían intentar atacarme lejos de aquí, en la calle, en una librería, en el club…

Se acercó a la ventana dejándole que asumiera lo que acababa de decirle. Fuera, la calle aparecía desierta, apenas iluminada por las llamas titilantes de las farolas. Renqueante, un sujeto de edad indefinida con signos de ebriedad atravesaba de una acera a otra. A lo lejos, el ladrido quejumbroso de un perro y el eco difuso de un vendedor ambulante ofreciendo buñuelos ponían el contrapunto a lo tardío de la hora. Pero dentro, no se oía ni la respiración de Naruto.

El duque quería entender los argumentos de Hinata. Evitaría discutir con ella en lo posible, pero su protección era innegociable.

— Prisionera en mi propia casa… — la oyó decir— . Porque no sería otra cosa que una reclusa, señor mío, ¿o no es así?

— Míralo como quieras.

— No vas a cambiar de idea.

— No. Y vuelvo a repetirlo una vez más: ni se te ocurra intentar escabullirte o tomaré medidas drásticas.

La decisión estaba pintada en sus ojos. Naruto era testarudo, pero ella lo era aún más y no iba a dejarse amedrentar. Ni siquiera por él. Que fuera su esposo no le daba derecho a ordenar su vida.

— Está bien, como quieras. Si debo vivir como una presidiaría, lo haré. Pero exijo una celda en solitario. — Y para que no hubiera malos entendidos, se lo aclaró— . Quiero decir que no te molestes en entrar en mi mazmorra. Me voy a la cama. Usa tu propio cuarto, aunque… si lo prefieres, ese sofá parece muy cómodo. Buenas noches.

Naruto tardó un poco en reaccionar y asumir la situación. Era la segunda vez que su esposa lo alejaba como a un apestado. Consiguió serenarse y evitó ir tras ella para poner los puntos sobres las íes. Tenía algo más urgente que hacer esa misma noche. Gamakichi le había conseguido la dirección de un individuo al que se había visto con Fûka en varias ocasiones, un tipo con el apodo de el Carnicero.

Llamó a Evans y pidió su abrigo y un carruaje. Le haría una visita.

Llovía y hacía frío. No pudo remediar mirar hacia las ventanas de su cuarto. La figura de Hinata se silueteó tras los visillos y a sus labios acudió una sarta de imprecaciones. El presunto y esporádico amante de Fûka podía ser muy bien la víctima propiciatoria en quien cobrarse el malhumor de esa noche.

A esa misma hora y amparadas por la oscuridad, dos personas se entrevistaban junto a la orilla del río que atravesaba las propiedades de Uzumaki House.

Zabuza Momochi sopesó la bolsa que acababan de entregarle y torció el gesto.

— Esto es bisutería. Ni siquiera vale el viaje.

— Dos candelabros de plata, un par de alfileres de corbata con diamantes y una gargantilla de oro. ¿Bisutería, dice?

— Me prometió las joyas de Naruto.

— Lo sé, pero no están en el castillo, el duque las envió a Londres. Tendrá que conformarse con esto de momento.

— No es suficiente — insistió Zabuza, aunque no se desprendió del saco— . Y no estoy dispuesto a esperar más.

— Serán solamente unos días.

— Parece que no me entiende bien, señora mía. O tengo pronto esas joyas en mi poder o daré marcha atrás.

— ¿Lo tiene todo preparado?

— Contrariamente a vos, yo cumplo — asintió, dando la espalda a su interlocutora para asegurar el talego en la silla de montar— . Pero todo tiene su precio y yo sigo sin cobrar lo mío. Espabile o abortaré el plan y quitaré a mi hombre del medio.

— ¿Confía en ese tipejo?

— No más que en cualquier andrajoso capaz de vender el culo de su abuela por unas monedas; pero aparte de entregar una nota a lady Hinata cuando se encuentre a solas (por lo que sé esta misma noche), no sabe nada y en nada puede comprometernos.

— Sólo le pido un poco más de tiempo. Piense en lo que va a ganar cuando todo acabe.

El instinto le decía a Zabuza que estaba corriendo demasiados riesgos, sobre todo ahora que la policía estaba en medio. Si conseguían llegar al hilo, bien podían tirar de él hasta averiguar lo sucedido con Anko Mitarashi, la antigua ama de llaves. Pero su codicia era demasiado fuerte y no tenía intenciones de privarse de una fortuna en joyas. Además, todos los negocios tienen su riesgo. Miró de reojo a la mujer. Ocultas sus facciones bajo la capa que la cubría por entero, nadie podía decir si era joven o vieja, bonita o fea como el escroto de Satanás. Sí, ella protegía desde un principio su identidad de posibles curiosos cuando se encontraban. Desde su primera cita, cuando le encargó un asesinato. Pero él no había llegado a crearse una reputación por actuar como un incauto. La había hecho seguir y sabía quién era. ¿Con quién suponía esa puta que estaba tratando? Tampoco estaba seguro de que, una vez con las joyas del ducado en su poder, no intentara darle esquinazo. Era probable que ya tuviera el modo de desaparecer con las alhajas. No le quedaba otra vía que arriesgarse a esperar un poco más, aunque vigilaría cada uno de sus movimientos. Y cuando tuviera las joyas… un cadáver más ya le importaba poco. Ella era astuta, pero una mujer nunca podría superar la inteligencia de un hombre como él.

— De acuerdo — accedió, afianzando el nudo del saco— . Esperaré un poco más.

La mujer respiró con alivio. Una ráfaga helada hizo que aún se calara más la capucha. Presentía el peligro en los ojos avariciosos de su cómplice. Lejos de acobardarse, su mente trabajaba a toda velocidad. El despojo vil que tenía delante había resultado un arma eficaz en su venganza. El señuelo para la duquesa estaba preparado. Estaba a punto de lograr su objetivo de ver al duque de Konohagakure preso y, tal vez, ajusticiado. A un paso de arruinar su vida como él había destruido la suya y la de la persona que más había amado en el mundo. Sí, se confesó pagada de engreimiento: estaba en puertas de cumplir el juramento que hizo mucho tiempo atrás ante el cadáver de su hermana. Las endemoniadas joyas no le importaban, no eran sino un reclamo para conseguir la colaboración de Zabuza. Todo había salido como planeó al entrar al servicio del castillo. Absolutamente todo, aunque no había contado con algunas de las muertes. Pero se trataba de simples peones en una partida de ajedrez donde el final sería un jaque mate al maldito Naruto Uzumaki.

Definitivamente, Zabuza ya no le sería necesario.

Inmerso en la deriva de sus pensamientos, Zabuza Momochi se dispuso a montar.

— Olvidaba darle una cosa — oyó que decía la voz femenina.

Ladeó el cuerpo. Sólo le dio tiempo a percibir el brillo de un objeto que cortó el aire en un apagado siseo. Un objeto helado que rasgó su capa clavándose en su costado. Boqueó, intentó defenderse, pero otra cuchillada le alcanzó en sus riñones y el dolor lo dejó paralizado. La tercera puñalada se cebó de nuevo en su cuerpo. No pudo ni proferir un grito porque ya caía, acunado por los brazos de la muerte. Sus ojos, velados ya, se quedaron fijos en unos labios que sonreían, en unos dientes parejos, en la mueca de placer siniestro de un rostro de mujer. Un vómito de sangre, una última convulsión y Zabuza cayó de bruces con un epíteto de despedida:

— ¡Perra…!

La mujer esperó al postrer estertor. Luego, como si tuviera todo el tiempo del mundo, revisó el cadáver para evitar cualquier identificación — reloj y anillo incluidos— y lo lanzó todo al río. Agarró el cadáver por los tobillos y lo arrastró hasta el borde de la corriente. Con un sarcasmo ritual, trazó la señal de la cruz en el aire y dijo:

— Descansa en paz, cerdo. — Y lo empujó.

Los restos de Zabuza provocaron un leve chapoteo, se mantuvieron unos metros a flote mientras el caudal lo llevaba río abajo y acabó por desaparecer. Antes incluso de perderlo de vista, la ejecutora ya estaba desatando el saco de su pago a plazos, que disimuló bajo su amplia capa.

Dio una palmada en el lomo del animal que relinchó y se alejó trotando.

La asesina aceleró su regreso a los muros de Uzumaki House. La fina llovizna cubría los campos y ella tarareaba una antigua nana.

.

.

.

El reloj acababa de dar la una.

Hinata había oído las campadas que avisaban de cada cuarto, de cada media, de cada hora completa. Y Naruto seguía sin volver a casa. Por consiguiente, ella no había podido pegar ojo, debatiéndose entre su amor propio y la culpa por un comportamiento que, ahora, le parecía infantil.

Si su esposo no regresaba en el término de una hora, despertaría a sus dos protectores y saldría a buscarlo ella misma.

¿Qué estaba haciendo él? ¿Qué era tan urgente para sacarlo de casa de noche? ¿Qué decía la nota de Gamakichi? ¿Por qué no le había contado nada? Era su esposa. ¡Por todos los cielos!

Unos ligeros golpes en su puerta le hicieron dar un bote. Tal y como estaba, en camisón, se tiró de la cama y se apresuró a abrir, segura de que era su marido aunque no había oído llegar a ningún carruaje.

Pero no era Naruto.

Evans, envuelto en una gruesa bata, algo despeinado y con ojos enrojecidos, le entregó un sobre cerrado. A Hinata se le cortó la respiración. Si Naruto le enviaba una nota es que no pensaba volver.

— ¿Es del duque?

— No, milady.

A ella se le pasó por la cabeza la idea abominable de que su marido podía estar en algún garito tomándose la revancha por haberle excluido de su cuarto. Apenas podía controlar los nervios ante esa posibilidad. Rasgó el sobre mientras preguntaba:

— ¿Quién ha traído una carta a estas horas?

— Un rapaz, milady. Aporreó la puerta de la cocina hasta que le abrimos.

— Está bien. Váyase a la cama, señor Evans. No tiene usted buen aspecto.

— Gracias, milady.

Hinata cerró, leyó la nota y volvió a abrir víctima de su impaciencia.

— ¡Evans! — El mayordomo apenas había dado unos pasos— . Mande que dispongan el carruaje.

— Pero, excelencia… — Se le abrieron unos ojos como platos, completamente despejado ya— . ¿A estas horas?

— ¡Ahora mismo, señor Evans! Por favor.

El pobre hombre asintió y se dispuso a cumplir lo ordenado, aunque maldito fuera si entendía lo que pasaba.

— Una cosa más, Evans. Me gustaría que esto quedase entre usted y yo, ya me entiende.

— Claro, milady.

— Bien. Avíseme cuando esté preparado el coche. Se encerró en el cuarto y se apoyó de espaldas en la puerta. Entonces y sólo entonces dejó que la adrenalina fluyera libremente. Releyó la misiva de nuevo, controlando el pánico que ponía su piel de gallina.

Si desea evitar el arresto del duque y, tal vez, su muerte, acuda a Uzumaki House. Es importante que nadie lo sepa porque mi vida corre peligro. Tengo pruebas de quién es el asesino de Fûka Bryton y de todos los extraños sucesos en el castillo. La estaré esperando junto a la capilla. Por favor, venga lo antes posible.

Sin firma. Sólo un garabato que podía ser una F.

Tuvo que esforzarse para no caer de rodillas porque las piernas apenas la sujetaban. «Si desea evitar la muerte del duque…» Se fijó en la letra, pero no le resultaba conocida. Y tampoco parecía la misma de la anterior nota, los trazos eran distintos aunque semejantes. La hizo una bola entre sus dedos. Un sexto sentido le decía que podía tratarse de una trampa, que si acudía a aquella cita podía estar en peligro. Pero ¿y si era cierto? ¿Y si alguien tenía las respuestas? ¿Y si la vida de Naruto dependía de ese encuentro? Su seguridad personal ocupó de inmediato un segundo plano.

Debía, eso sí, burlar a los esbirros de Bow Street, porque estaba convencida de que el señor Evans ya les habría avisado de que ella había pedido un coche.

Garabateó unas letras para Naruto, que dejó sobre la almohada y quemó la nota que acababa de recibir. Llegar a Uzumaki House no le llevaría más de una hora si ponían los caballos al galope y podía estar de vuelta antes del amanecer con las pruebas de inocencia de su esposo. Pero no quería preocuparle demasiado si no la encontraba en casa.

Se vistió a toda prisa y luego revolvió entre la ropa de Naruto. Eligió un pantalón, una chaqueta, un sombrero y una capa oscura. Metió todo en un pequeño maletín, hizo jirones una de las sábanas y guardó una tira junto con la ropa.

Bajó al piso inferior, abrió la puerta y esperó, presa de los nervios, la llegada del carruaje. Al verlo aparecer, tomó la capa que Evans le tendía y se la echó sobre los hombros.

— Excelencia, por favor… — rogaba él, pálido como un muerto.

— Métase en la cama, Evans.

Hinata indicó al cochero que tomara dirección al Parlamento y subió. Ahuecó un poco la cortina de la ventanilla y vio que los policías de Bow Street corrían ya hacia la parte trasera de la casa, a las caballerizas. Inmediatamente se deshizo de la capa y empezó a quitarse el vestido. Cualquiera que la hubiera visto habría pensado que estaba loca, pero Hinata tenía muy claros sus pasos, y el siguiente era despistarlos. Al inclinarse para ponerse los pantalones, la atacó una sensación de miedo y hubo de recostarse un momento y cerrar los ojos. Cuando se repuso, acabó de vestirse con la ropa de Naruto. Tal y como había previsto, el pantalón le bailaba en su estrecha cintura. Sacó la tira de la sábana y se lo ató. Luego se puso la chaqueta, recogió su melena sobre la coronilla y se encasquetó el sombrero. La oscura capa cubrió su ridícula indumentaria, pero de eso se trataba, de ofrecer el aspecto de un muchachuelo desaliñado.

Se dejó caer en el respaldo del asiento presa de una emoción convulsa. Estaba a punto de acometer una arriesgada aventura que dejaba en pañales la persecución del espíritu de su antepasado en los túneles de Byakugan Tower. Y ésta era mucho más peligrosa.

El carruaje se acercaba al Parlamento, la suprema institución legislativa de Inglaterra, donde los whigs y los tories debatían, se oponían o acordaban y donde su esposo, como par de reino, ocupaba muchas de sus horas.

Hinata se asomó y gritó al cochero que la llevara a la zona del puerto. Le pareció que rezongaba y no era para menos, no era de los lugares más recomendables de la ciudad. Iba a ser complicado encontrar otro carruaje a aquellas horas, pero sabía que algunos cocheros dormitaban en los pescantes con la esperanza de hacer algún servicio de última hora a los caballeros que frecuentaban las casas de citas. Y las casas de citas estaban allí donde se dirigían.

Con el corazón palpitando dolorosamente, oteó tras la cortina: borrachos, prostitutas y timbas de juego en plena calle, junto a improvisadas fogatas que la llovizna amenazaba apagar. Una mezcla de orines y restos de comida putrefacta la obligó a echarse hacia atrás y taparse la boca.

El coche frenó casi en seco lanzándola contra el respaldo, oyó una sonora blasfemia y volvió a ponerse en marcha. Poco después volvía a parar y Hinata descubrió un carruaje libre. Saltó a la calzada, acortó distancias, se llevó dos dedos a la boca — como le había enseñado su hermano Sai— despertando al somnoliento cochero con un estridente silbido, le dio instrucciones y desapareció en el interior. Restalló un latiguillo y los caballos se pusieron en marcha.

Hinata se recostó y soltó aire. Se le dibujó una sonrisa al pensar que acababa de dejar plantados a sus perseguidores.

.

.

.

Naruto entró en la casa a eso de las dos de la madrugada, helado, calado hasta los huesos y con un humor de perros. Había sido imposible encontrar al Carnicero. Y nadie pudo darle razones.

Un señor Evans desencajado y envuelto en bata se le vino encima apenas cerró la puerta y a él se le dispararon todas las alarmas.

— Su excelencia… Milady… — El mayordomo apenas podía hablar.

— ¿Qué pasa? ¿Dónde está mi mujer?

— Lady Hinata — la voz de uno de los policías entrando en tromba sonó estrangulada— nos ha burlado como a unos colegiales, milord.

Naruto soltó un juramento. Como un poseso, paseó de un lado al otro del hall. Los guardianes, con gesto contrito, no abrían la boca.

Naruto quería desquitarse en alguien, le daba igual quién fuera. Pero se obligó a serenarse porque si Hinata había desaparecido en medio de la noche de poco iba a servirle perder los nervios.

— Quiero un informe detallado — exigió con cara de pocos amigos.

— Milady recibió una nota… — se explicaba el mayordomo.

— Pidió el coche — continuó uno de los policías— . Fuimos tras ella en dirección al Parlamento. Luego giraron hacia el puerto. — A Naruto se le empezaba a espesar la sangre imaginando a Hinata por allí— . Dieron varias vueltas y cuando conseguimos alcanzar su carruaje, sólo encontramos esto. Y su capa.

El otro policía le tendió un maletín de mano. Dentro había un vestido de mujer que Naruto identificó de inmediato. No hizo falta que le explicaran nada, adivinó en un segundo la estratagema de Hinata. ¡Disfrazada!

Subió las escaleras de tres en tres y sus temores se confirmaron ante el armario abierto y sus ropas revueltas. Con un frío doloroso alojado en la boca del estómago se preguntó dónde diablos habría ido. ¿Le estaba desafiando? ¿Por una simple disputa? Se pasó las manos por la cara, se mesó el cabello, barruntó como un toro enfurecido y acabó dejándose caer en el borde de la cama. Las sábanas olían a Hinata y aún estaban templadas. ¿Qué era lo que no encajaba?

Entonces vio la nota.

Casi rasgó el papel en su ansia por conocer lo que decía. Pero decía muy poco. Demasiado poco, ¡maldita fuese Hinata! Lo leyó en voz alta, como si al hacerlo la mujer que amaba con toda su alma le transmitiera las sensaciones con que había sido escrita.

Volveré antes del amanecer con las pruebas de tu inocencia y la niebla desparecerá. No me esperes levantado.

Te quiero,

Hinata

A Naruto le latían las sienes. Cada terminación nerviosa de su cuerpo le mandaba punzadas al cerebro. El dolor se intensificaba a medida que pasaban los segundos y una duda espantosa comenzaba a tomar forma. Se hizo con papel y pluma y garabateó un par de frases. Bajó a la planta inferior, donde se había concentrado el servicio al completo.

— ¿Alguno de ustedes sabe dónde vive el comisario Yahiko Parrish?

— Sí, excelencia. En… — Naruto le detuvo con una indicación de su mano y entregó la nota a uno de los policías— . Hágale llegar esta carta. Dígale que es urgente. Y usted — se dirigió al otro— , quédese aquí por si mi esposa regresa. Haga lo que sea necesario, lo que sea, pero que no salga.

— Y usted, milord, ¿Qué va a hacer? — preguntó el mayordomo, cada vez más nervioso.

— Seguir una intuición, señor Evans. Seguir una intuición.

La tormenta no estalló, y para cuando Hinata llegó a Uzumaki House la llovizna había cesado, pero el viento racheado arrastraba hojas y ramaje, dificultando la visión del contorno.

Indicó al cochero que se dirigiera hacia el ala sur y le ordenó detenerse a corta distancia de la pequeña nave que albergaba la capilla. Pagó y aguardó a que se diera la vuelta de regreso a Londres. Después, corrió hacia los muros de la pequeña iglesia. Salvo los ya cada vez más lejanos truenos y el viento, no se percibía sonido ni presencia alguna. Con la respiración acelerada, se pegó al muro y trató de atisbar en la oscuridad circundante hasta recomponer su estado de ánimo. Caminó con cuidado, tanteando, casi a ciegas, hasta dar con la puerta.

Estaba entreabierta.

Un estremecimiento la retuvo frente a la madera corroída. Estaba asumiendo un riesgo, pero el futuro y el buen nombre de su marido no tenía precio. De ella dependía esclarecer las incógnitas que habían encizañado Uzumaki House desde su llegada. Nunca le faltó decisión pero reconocía que allí, en plena noche, sola, acudiendo a la citación de un desconocido, recelaba cada vez con más motivo. ¿Estaba en sus cabales? ¿No estaría cometiendo la mayor de las imprudencias? Porque ¿quién podía asegurar que la persona que le había enviado la nota no era el asesino de Fûka Bryton?

Inspiró hasta que le dolió el pecho y cuadró los hombros. Fuera quien fuese el autor del anónimo, estaba dispuesta a enfrentarse a él. Incluso lo habría hecho con el mismísimo señor de los infiernos si ello significaba eliminar los obstáculos que se conjuraban en entorpecer su vida con Naruto.

Empujó la puerta, que se fue abriendo con un chirrido que disparó sus temores.

La más absoluta oscuridad reinaba en el interior del minúsculo templo. Al fondo, una luz amarillenta titilaba en honor a la presencia perenne del Altísimo, y su parpadeo representaba para ella un ancla a la que aferrarse. Rezó sin ser consciente de que lo hacía y avanzó despacio, escudriñando entre la negrura, tanteando la posición de unos pocos reclinatorios. Los tacones de sus botas levantaban ecos sobre un suelo de piedra. Aguzó el oído, pero el silencio sería espectral si no fuera por los rugidos sibilantes del viento en el exterior y el latido desenfrenado de su propio corazón.

— Milady…

Se le congeló la sangre y se volvió a uno y otro lado intentando localizar la fuente de la llamada. A la derecha del altar, junto a la puerta que daba a la sacristía, se encendió la vacilante llama de una vela. Y pudo distinguir a quien la había citado allí.

El peso que se quitó de encima hizo que respirara aliviada. Oyó su propia voz como un graznido.

— Por favor… Estaba aterrorizada…

La portadora de la llama se acercó rauda. Tenía el rostro desencajado y temblaba. Tanto, que apenas podía sostener la vela con la que se alumbraban.

— Gracias por venir, milady. He estado a punto de marcharme, pensé que no haría caso a mi carta.

— ¿Qué es lo que…?

— Aquí no — interrumpió la otra— . Creo que me vigilan. Y si es así, las dos estamos en peligro.

— ¿Quién nos vigila?

— El asesino.

Su voz era un susurro que atizaba el miedo de Hinata en un recinto casi sepulcral. Aquellas cuatro paredes absorbieron la entereza con que llegó. Los claros y sombras que provocaba la llama en su rostro así lo confirmaban, pero había ido a saber y las preguntas quemaban.

— ¿El asesino de Fûka?

— No, milady. El asesino de lady Amaru, de la anterior ama de llaves y de Fûka Bryton — aseguró con la convicción que no seguían sus manos temblorosas haciendo bailar la llama— . Nos enfrentamos a un sádico que quiere la ruina de milord y la vuestra. Pero no hablemos aquí…

— Sólo me sirven las pruebas — insistía Hinata— . ¿De quién se trata?

— No estoy segura, excelencia, por eso le mandé recado. Encontré unas cartas… objetos… ¡Dios mío, ha sido horrible! — Se le escapó algo parecido a un sollozo— . ¡Hasta hay un mechón de cabello!

Parecía a punto de derrumbarse. Siempre la había visto conducirse con entereza, pero ahora flaqueaba. A Hinata le sobrevino un acceso de pánico, a pesar de lo cual sacó ánimo de donde no había para tranquilizar a su interlocutora poniendo una mano en su hombro. Aquello no podía estar pasando, se dijo. Sólo un perturbado procedía así, ya no cabía duda. ¿Un asesino que coleccionaba recuerdos de sus crímenes a modo de trofeos? Había leído algo similar en una de las novelas de M. Jutsu… No, en una de las novelas escritas por su marido, rectificó. ¿Alguien trataba de emular, tal vez, los crímenes de Lágrimas negras? ¡Qué locura!

— ¿Dónde están esas pruebas? — preguntó.

— En la habitación de la torre sur, milady.

Si la hubiesen golpeado en la cabeza, no la habrían aturdido tanto. Se medio tambaleó víctima de la evocación de la maldita torre. La torre sur. El misterio de Uzumaki House, sus visiones, sus pesadillas nocturnas, las muertes… Todo parecía estar ligado a ese punto concreto.

— ¿Por qué allí?

— ¡No lo sé! Le juro que no lo sé, milady. Había que hacer limpieza y… No me gustó nunca ese lugar que permanece cerrado desde la muerte de la antigua duquesa. Pero había que ir y…. — Enmudeció al oír una rama quebrarse en el exterior e inmediatamente después golpear la puerta de la capilla. Ambas se volvieron gritando a dúo— . ¡Salgamos de aquí, señora! ¡Por Dios, vámonos!

Hinata accedió, pero antes de hacerlo dio dos pasos hasta el altar de donde tomó uno de los candelabros. Fugazmente guió sus ojos al Sagrario como si buscara perdón por el hurto. Luego se encaminaron a la salida dejando atrás la capilla, pegadas al muro. A la carrera, como si todas las almas del infierno fueran tras ellas, atravesaron el claro que les separaba del muro sur del castillo, desde donde accedieron a las cocinas. Entraron y cerraron. Estaban a un paso de sufrir un ataque de histeria. Sólo oían sus agitadas respiraciones y el tragar convulso de sus gargantas.

Se estaban enfrentando a alguien capaz de matar a sangre fría, ¿no deberían ir en busca de ayuda?, pensaba Hinata. Pero ¿quién a esas horas? Despertar a la servidumbre parecía cosa de locos cuando no sabían si entre ellos estaba el criminal y podían ponerle sobre aviso.

Una vez recuperado el resuello, se internaron en la galería que les dirigía hacia el hall principal. La tormenta se oía cada vez más lejana, y a través de los altos ventanales apenas llegaba ya el restallar de los relámpagos.

Con el máximo sigilo, fueron subiendo las escaleras. A Hinata se le frenaba el latido del corazón con cada ruido, con el siseo mismo de sus pies arrastrándose sobre la alfombra que cubría los escalones de piedra. Si aquello no acababa pronto, iba a desplomarse. ¡Y ella se creía una heroína por haber fisgado en las galerías subterráneas de Byakugan Tower! No temía a los espíritus, pero ahora se enfrentaban con un ser real, de carne y hueso. Los muertos no matan, pero los vivos sí.

Tomaron después la escalera de la torre sur tropezando a veces, sin dejar de echar rápidas e instintivas miradas a sus espaldas. La vela se apagó y Hinata se quedó bloqueada de puro miedo, pero su acompañante volvió a encenderla con mano poco firme, procurándole un poco de calma.

Los escalones crujían bajo sus pies.

Arriba, la puerta se negaba a abrirse. Aplicaron sus hombros al unísono, una y otra vez, y la madera cedió con un lamento.

Hinata fue la primera en salir, candelabro en ristre, como si esperara encontrarse allí, cara a cara, con el asesino. Un difuminado relámpago apenas iluminó el cielo, una estrecha torrecilla que se alzaba a su derecha y una portilla. Esa debía de ser la habitación clausurada. Dio unos pasos inseguros hacia ella y empujó. Estaba cerrada. En su cabeza se agolpaban mil y un interrogantes rugiendo por obtener respuesta. ¿Estaba allí la solución? ¿Las pruebas, las cartas y los restos de cabello que decía…?

Una contracción nerviosa se alojó en su cerebro tensando sus neuronas al límite, acelerando un mensaje certero que desvelaba el velo tupido de la insidia con la precisión de un escalpelo.

Su corazón dejó de latir y un frío húmedo se alojó en su columna vertebral. Se quedó con la mano aferrada al picaporte. Se volvió despacio. Muy despacio. Sus dilatadas pupilas se estrellaron en el rostro de la mujer que ahora exhibía la mueca de la maldad en una sonrisa sinuosa.

— Dijiste que no sabías leer… Sâra.

.

.

Continuará...