¿Quién besará tu pelo? ¿Quién llorará por ti?
¿Quién velará tus sueños? ¿Quién resará por ti?
Quien, Pedro Fernández.
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XXXVII
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Aioria estaba soportando su peso sobre un brazo cuando sintió, para su alegría, la presencia del guardián de Escorpio dentro del Santuario. Pero eso le sumó a su usual amargura una nueva: De seguro a esas alturas Milo ya se habría reunido con Camus, y él desaparecería del universo de ambos hasta que alguno volviera a salir de misión.
Pese a lo que había sentido en días anteriores, la imagen del cuadro en el estudio de Camus le había recordado cuál era su lugar en todo ese asunto. Y tal vez fuera lo mejor.
Cambió de ejercicio y no dio más de tres golpes a su saco de boxeo cuando este se desplomó dejando un pequeño orificio en el techo. De nuevo. Fastidiado, vio los demás parches y se dio cuenta de que tendría que cambiar de cuarto todo su equipo después de reparar el daño.
Mandó a pedir un permiso para salir a Rodorio, y cuando regresó con todo lo que necesitaba se sorprendió de sentir a Milo y a Camus, cada uno en su recinto.
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Hester se espantó cuando vio regresar a Milo con los pedazos de un cuadro en las manos. No se atrevió a moverse mientras su Señor iba y venía por los rincones de su templo.
Primero voló el paquete de galletas, deshecho sobre los trozos; luego el caballete; unos lápices y pinceles; lienzos, pinturas, cuadernos; hasta que Milo vació todo el baúl repleto de diarios con una furia contenida que, de haber podido, habría prendido fuego a todo ahí mismo.
—Deshazte de todo esto.
—Sí Señor.
—¿Dónde está Calandra?
—Ya... se fue a descansar, Señor.
—Bien, asegúrate de que no guarde nada y todo se vaya a la basura.
—Pero Señor...
—No voy a repetir mis palabras —clavó a Hester al piso con una mirada y se fue a su cuarto, colocando el seguro interno de la puerta.
La doncella tardó varios segundos hasta que recobró la movilidad. Nunca había visto a Milo de ese modo pero sabía que tirar todo eso no era correcto. Con cuidado separó los deshechos de lo que aún servía, (en especial los diarios) y llevó lo que ya no podía rescatarse al depósito de basura. Le dolió mucho tener que tirar la pintura que tenía a dos niños jugando en un paisaje helado.
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A la mañana siguiente, Camus fue hasta Sagitario para colocar de nuevo las flores renovadas en uno de sus floreros y siguió bajando. Nadie lo recibió en casa de Escorpio ni lo detuvo en Virgo.
Encontró a Aioria a punto de irse y el león dio una media sonrisa que intentó ocultar sin mucho éxito, bajo una actitud que iba de la serenidad a la preocupación a la alegría. Acuario, supo que esa sensación nerviosa y pacífica no la producía nadie más. No que recordara.
—Cubo —lo saludó Aioria una vez que estuvo a su lado—. ¿Ya hablaste con Milo?
—Sí —comenzaron su camino hacia las zonas de entrenamiento.
—Tengo que ir a saludarlo, aunque debe estar cansado.
—No creo que quiera ver a nadie por un tiempo.
Aioria lo miró confundido pero tenía que saber.
—¿Te sigue rechazando? ¿Mínimo te dijo a qué se debe?
—Él no me estaba rechazando —Aioria estaba cada vez más confundido. No quería preguntar entonces la razón de por qué Camus lo seguía acompañando. Sabía que su prioridad era Milo. Siempre. Que sus sentimientos eran mutuos, que él era solo… No, conociendo al cubo jamás usaría a alguien como un refugio temporal. Que él se sintiera así no significaba que fuera real—. ¿Te molesta que te acompañe?
—No, ¿qué? ¡No! —farfulló el león—. En absoluto. Pero estoy preocupado por Milo. Creí que el viaje lo ayudaría y regresaría como nuevo.
—Milo es el mismo de siempre. Al parecer fui yo el que cambió.
Camus vio un ligero sonrojo en la piel bronceada de Aioria y sonrió para sus adentros. Aún era demasiado pronto por respeto a Milo, o tal vez es que tenía miedo a ser rechazado; como él lo había hecho con su querido amigo. O tal vez eran ambas las razones que sellaban sus labios, a pesar de que su corazón lo seguía impulsando hasta el quinto templo.
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