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Capítulo 54
«Dicen que cuando despertamos tenemos diez segundos para recordar lo soñado la noche anterior. Si es así, otra vez debo haber soñado con ella, porque en esos diez segundos sólo atino a balbucear su nombre una y otra vez, como un idiota», se dijo Albert al levantarse esa mañana de martes lluviosa.
Después de la tormenta siempre llega la calma, pero evidentemente, ése tampoco sería el día. La tarde anterior había sido catastrófica. Ni siquiera había tenido fuerzas suficientes para regresar a la oficina.
Cuando Candy lo rechazó, creyó morir de pena. Se marchó a su apartamento, herido, y se metió en la cama, pues se sentía realmente enfermo. Pasó el resto de la jornada envuelto en el edredón, presa de un frío intenso que lo hacía temblar y le helaba desde los huesos hasta el alma.
Lo había hecho todo mal, y ahora ambos estaban sufriendo por su culpa. Y lo peor de todo era que sintiendo lástima de sí mismo, y llorando su pena, no iba a conseguir ni que Candy regresara, ni que Rosmary mejorara, ni que se lograra aislar el maldito gen causante de tanta desdicha.
Debía hacer el esfuerzo de continuar con lo que tenía planificado, con o sin Candy, pues su hermana presentaba cada vez con más frecuencia crisis respiratorias que la debilitaban demasiado. Era parte del síndrome. Al parecer, era tal la pasividad del cerebro de Rosmary que, en ocasiones, se olvidaba hasta de que debía respirar. Era una enfermedad solapadamente cruel.
Esa misma tarde tenía programado asistir a un congreso donde una destacada genetista daría una conferencia. Había echado mano de todos sus contactos, con el fin de lograr una entrevista con ella por el tema de su hermana, y su posible descendencia.
Lo de Candy lo tenía muy mal, pero debía seguir adelante, pues también su trabajo requería de toda su atención. Cientos de personas dependían de que los negocios marcharan sobre ruedas, y no podía darse el lujo de dejar el barco sin capitán.
Así que sin más dilaciones se puso en marcha. Una ducha rápida, una taza de café, y a la oficina a poner un poco de orden en el trabajo atrasado, intentando no pensar en Candy. De todas formas, lo iba a tener bastante difícil porque por más que quisiera no podía evitar recordar el dolor de su mirada, la crispación de sus manos, el temblor de su boca.
La amaba muchísimo y era consciente de que le había hecho un daño tremendo, pero haría cualquier cosa para enmendarlo. Quería volver el tiempo atrás, cuando aún el mundo era hermoso y era todo de ellos, cuando el placer no acababa nunca, cuando estar juntos era el premio mayor. Sabía que no podía hacerlo, y ahora veía a su amor de telenovela como un cristal muy frágil, al que él había pisoteado con su orgullo, y luego ella se había encargado de recoger los trozos y arrojarlos. Ahora parecía imposible reparar el daño, y su corazón destilaba dolor.
Debía sacudirse la tristeza y continuar. Sólo estando muy ocupado, podría dejar de pensar en ella.
La oficina era un caos, y se pasó toda la mañana atendiendo asuntos urgentes. Cuando se disponía a tomar un descanso, llegó su amigo y colaborador, George.
—Albert, realmente estás muy mal —fue lo primero que le dijo al verlo.
—Gracias, yo también te quiero —respondió él, irónico.
—Deberías considerar visitar un médico, amigo. No puedes continuar así.
Albert suspiró e hizo un gesto como de «qué más da».
—Tengo motivos para estar así, George. De verdad los tengo.
—Ya lo sé, Albert. Pero, créeme, no vale la pena.
Él lo miró, asombrado. ¿Qué era lo que no valía la pena? Candy era el amor de su vida, y él lo había echado todo a perder.
—Claro que lo vale. Me lo merezco. Me he comportado como un verdadero idiota, y ahora ambos estamos sufriendo por eso.
George vaciló. No sabía si decírselo o no. Sin duda, no le sentaría nada bien saber que se había encontrado con su esposa en una discoteca, pero quizá era lo que hacía falta para que reaccionara. Sí, definitivamente se lo diría, y que fuera lo que Dios quisiera.
—No es así. Yo sé por qué lo digo.
Albert pestañeó. Estaba confundido, no entendía qué quería decir su amigo.
Se lo preguntó.
—¿A qué te refieres?
—Albert, no sabía si comentártelo, pero... el sábado de madrugada me encontré con tu esposa en Ibiza.
—¿En dónde?
—En la disco, Albert.
«¿Candy en una discoteca? No; tiene que ser un error», pensó.
—¿Estás seguro de que era ella?
—Tan seguro como que estuve hablando con ella a un palmo de distancia.
—¿Y qué te dijo? Dímelo de una vez.
—Cálmate, amigo. Te veo así y pienso que habría sido mejor que me hubiese callado la boca.
—Mira, George, más vale que me lo cuentes todo. ¿Qué hacía Candy allí? ¿Y de qué demonios hablasteis? —dijo Albert con un extraño brillo en la mirada.
—¿De qué hablamos? De ti. ¿De qué otra cosa podíamos hablar? Y con respecto a qué hacía...
—Dime. Vamos, dilo.
—Pues... bailaba. Estaba bailando con sus amigas, la de la academia y la otra... Lo siento, no recuerdo sus nombres. Las conocí en la boda, pero no puedo recordarlos.
—No importa. Además de Betzabé y Patty, ¿había alguien más con ella?
—¿Te refieres a un hombre?
Albert no respondió. Al menos no dijo nada, pero su mirada era más que expresiva. Lo cierto era que sólo pensarlo hervía de rabia, y sus ojos se tornaban oscuros y parecía fulminar con ellos.
—Había. Varios —dijo al fin George con un suspiro—. No temas, no estaba haciendo nada...
—¡Diablos, George!, dime ya, y con todo lujo de detalles, qué fue lo que te dijo.
—Es que..., Albert, ella estaba con las chicas y había bebido un poco. Se estaba divirtiendo, así que no debes tomar en serio sus palabras porque pueden sonar mal...
—¿Dices que había bebido?
—Bueno, tenía una lata de cerveza en la mano. Lo normal. Entiendo que quizá la molesté un poco al decirle que debía volver contigo. Tal vez por eso se mostró tan desafiante y poco le faltó para enviarme a la mismísima mierda.
—Entonces, ¿te dijo que no volvería?
—Algo así. Me dijo que no estaba sufriendo y que tú te lo perdías por tonto... Lo siento. Es que está furiosa, Albert. No entiende que quisiste hacerte a un lado por su propio bien.
—Me hice a un lado por idiota. En parte, tiene razón. Y continúo siéndolo, porque creía que ella también me echaba de menos.
—Mira, creo que era el despecho el que hablaba. Y si a eso le sumas el alcohol y a las chicas que la animaban...
—No es necesario que intentes adornarlo.
—¿Estás decepcionado?
—Sí. Me duele, y mucho, pero debo entender que ella no siente lo mismo. Debo resignarme y continuar con mi miserable vida.
—Por eso te lo he dicho, Albert. Es necesario que reacciones. La empresa te necesita, y tú no te mereces andar como alma en pena por culpa de una mujer. Ya sé que te apresuraste al tomar una decisión, pero ella ha abandonado la lucha muy fácilmente también.
—Ahora pienso que quizá no iba tan errado con mis dudas. No sólo me he apresurado ahora, también lo hice cuando le trunqué la adolescencia apremiándola para que se casara conmigo. Lo he hecho todo mal.
—No te tortures más. Continúa adelante. Tu hermana también te necesita. Y vamos, hombre, que Candy no es la única mujer en el mundo.
—Para mí lo es. Difícilmente podré volver a enamorarme alguna vez.
—¡Oh, Albert!
—Pero bueno, si ella no me ama, nada puedo hacer —le dijo con amargura.
—Creo que te quiere, pero está enfadada. Dale tiempo, pero entretanto no te cierres a nuevas experiencias.
Albert se llevó la mano a la frente, y luego sacudió la cabeza. Como para nuevas experiencias estaba él en ese momento.
—¡Dios, qué mal me siento! Será mejor que salga a tomar el aire. Y luego iré a una conferencia, así que no me esperes porque no creo que regrese hoy.
—¿Es por lo de Rosmary?
—Sí. Quiero hablar con alguien. Es una científica, la doctora Daniela Brower, que se dedica a estudiar trastornos como el de mi hermana.
—¿Quieres que te acompañe?
—Gracias, pero voy con el doctor Andrade.
—Buena suerte, entonces.
—La necesitaré.
Y así, con ese halo de tristeza que lo rodeaba, se retiró con la cabeza baja.
George se lo quedó mirando. Nunca lo había visto tan abatido. Sabía que amaba a Candy profundamente, pero esperaba que pronto pudiese salir de ese pozo depresivo y ver la luz. Ocuparse del tema de su hermana era algo muy bueno para su amigo, y un motivo para seguir adelante.
Un sentimiento de culpa se apoderó entonces de él, ya que se dio cuenta de que, en el fondo, esperaba que Albert olvidara a Candy y que de ese modo pudiera recuperar a su compañero de aventuras. Se preguntó si no había sido especialmente insidioso al contarle lo del encuentro con ella en la disco. Desechó esos pensamientos de plano, pues le hacían mucho daño. Jamás había sido envidioso; no era por eso. Pero de veras extrañaba sus salidas, las noches de juerga..., en fin, todo lo que había dejado de suceder el bendito día en que Albert había conocido a Candy.
Quizá ahora podrían retomar todo aquello. ¡Caramba!, lo que debía hacer era enamorarse de una mujer como ella y formar un hogar, no pensar en continuar divirtiéndose como un adolescente cuando iba a cumplir cuarenta años. Pero lo haría más tarde, porque ése era el momento de apoyar a su amigo, y eso significaba ir de tragos todas las noches y aturdirse de trabajo hasta bien entrada la madrugada, como lo habían hecho antes.
Se sentía mezquino, pues no podía evitar encontrarse entusiasmado ante la idea de recuperarlo, pero de modo alguno deseaba que Albert fuese infeliz. ¡Menuda contradicción! Lo que haría sería ocuparse de la empresa, porque sospechaba que Albert no estaría por la labor los próximos meses.
Ésa sería su forma de ayudarlo.
Ignorando que Albert ya sabía de su escapada nocturna del sábado, Candy intentaba concentrarse en el trabajo. Si lo hubiese sabido, quizá no habría estado tan calmada.
Ciertamente, pese a haber roto con él, en el fondo continuaba considerándose su esposa, y le importaba mucho lo que Albert pudiese pensar de su conducta.
Ante sus amigas se mostraba despreocupada e independiente, pero la procesión iba por dentro.
El día transcurría bastante deprisa porque entre las clases de tango y salsa para niñas, y la preparación de los exámenes de la universidad, no tenía tiempo ni para respirar.
Con frecuencia debía reunirse con sus compañeros para preparar trabajos que luego debería presentar de forma oral para aprobar el curso.
Esa misma tarde, debía ir con su compañera Mariana a casa de Sebastián. Al recordar eso, le vino a la mente aquella ardiente escena que había protagonizado junto a Albert en el cuarto de lavado del apartamento.
Allí habían tenido sexo durante casi una hora, mientras sus compañeros esperaban en el estudio, preguntándose quizá qué carajo estaría haciendo ella todo ese tiempo.
Sonrió amargamente.
Ya no habría de eso en su vida, pero cuánto lo extrañaba. Echaba de menos su compañía, su ternura..., esa forma de tratarla tan única. Cuando le decía «princesa» con su voz profunda hacía que se sintiera así. Y cuando no se lo decía, también. No quería recordar eso; le hacía mucho mal.
Y también le dolía recordar el sexo. Sentía que jamás podría hacer esas cosas con otro hombre que no fuese Albert. Es más, no sentía ni las más mínimas ganas de hacerlo.
Sus deseos estaban asociados a sus recuerdos con él, y las noches le resultaban bastante complicadas. Betzabé le había dado somníferos porque solía pasar horas dando vueltas y vueltas en la cama, hasta convertirla en un revoltijo de sábanas arrugadas y húmedas por la transpiración que exudaba su cuerpo cuando recordaba.
En sus sueños eróticos, Albert siempre era el protagonista. No hubo nadie antes de él y estaba segura de que tampoco lo habría luego, a pesar de que sus amigas opinaran lo contrario.
Betzabé insistía en que debía conocer a otros chicos para distraerse, y Patty tenía uno listo que se moría por conocerla, pero Candy nada quería saber de eso. Por un lado, no deseaba conocer a nadie, y por otro, aún se sentía de Albert.
Además, si Candida se llegara a enterar, arderían Troya y las ciudades vecinas, sin duda. Una nieta separada y que se citaba con otros hombres... Le daría un infarto o dos.
Así que la posibilidad de un encuentro era nula. Y también lo era otra salida como la del sábado. Después del entusiasmo inicial por haber puesto a George en su sitio, se había sentido muy mal.
Se había encontrado fuera de lugar allí. Había intentado sonreír, pero había sido inútil. Sus amigas, cuando notaron que su ánimo había cambiado, hicieron lo posible por animarla, pero había terminado devolviendo en el baño de la disco toda la cerveza que había consumido. Había salido de allí llorosa y tambaleante, jurándose que no regresaría jamás.
Había pasado el domingo angustiada, y el lunes, cuando él había aparecido en la academia, realmente había creído morir al tener que rechazarlo.
No podía negar que estaba algo arrepentida. Mejor dicho, su cuerpo era el que lo estaba. Los deseos de besarlo, tocarlo y sentirlo dentro de ella eran muy fuertes, pero su orgullo herido y sus ganas de castigarlo y de que sufriera lo que ella sufría lo eran más.
Además, había tenido miedo. Albert la había herido demasiado. No era la primera vez que lo hacía, y en la anterior ocasión, también había regresado como si nada hubiese sucedido implorando perdón.
No quería que ésa fuese la tónica de su relación. Sentía que debía salvaguardar su corazón de todo eso.
No, definitivamente no era el momento de perdonarlo y continuar con él, aunque no descartaba hacerlo más adelante. No se imaginaba la vida sin él, pero quería ver hasta cuándo podía soportar sin ir a buscarlo.
Tenía la esperanza de poder olvidarlo y no tener que hacerlo nunca, pero era una esperanza muy vaga, muy débil.
A veces pensaba que había elegido muy mal. Debería haberse quedado con un chico más sencillo y con menos carácter. Albert era fascinante, pero tenía un pasado extraño y un temperamento pasional y dominante.
«En realidad, no tuve opción. Yo no elegí nada; fue él quien lo hizo. Entre el abanico de chicas que tenía a sus pies, él me eligió. Y no sé si hizo bien», pensó.
En más de una ocasión se había preguntado si era la mujer adecuada para él. No era para nada sumisa, y tampoco era sofisticada y mundana. Odiaba los lujos y las ostentaciones. No era buena anfitriona, pues la aburrían muchísimo las conversaciones banales que solían darse en las cenas de la alta sociedad, y las evitaba sistemáticamente. Aunque Albert nada le había dicho, sin duda le habría gustado contar con ella para eso también.
No se consideraba una buena esposa. Apenas si había cocinado un par de veces en todo el tiempo que habían estado juntos. Tampoco era de gran ayuda en la empresa; él insistía en que no la quería allí, pues los distraía a todos, incluido él, con su sola presencia, que era de una belleza impactante.
«No le he dado demasiado. No entiendo por qué me quiere aún. Puede tener a cualquier mujer, comiendo de su mano, y de su maravilloso pene, así que no creo que sea por el sexo», se dijo.
Pero debía reconocer que eso era lo que mejor se les daba.
Y ahora ya no lo tendrían más.
Mientras le corregía la postura a una pequeña que tomaba su primera clase de tango, se preguntó qué estaría haciendo Albert y con quién.
Y Albert se preguntaba lo mismo mientras seguía la conferencia de la doctora Daniela Brower, genetista de renombre mundial, especializada en investigaciones de enfermedades hereditarias. Pero ése no era el momento de pensar en Candy. Estaba allí para otra cosa.
Poco tiempo atrás no hubiese comprendido ni una sola de las palabras de la científica, pero desde que había sabido de la existencia de Rosmary, se había convertido en un experto, a puro googleo y mediante consultas con distintos especialistas que le habían recomendado.
Estaba decidido a encontrar una mejoría en la calidad de vida de su hermana, y sobre todo, quería que alguien descubriera dónde estaba el error, y qué era lo que hacía que ese error se produjera, ya que no todos lo habían heredado. En su familia, por lo que había podido averiguar, la prevalencia era de un cincuenta por ciento.
Al parecer, su abuela materna había tenido una hermana con el mismo síndrome, aunque no tan grave. Y no tenía información sobre sus otros ascendentes porque se había enterado de que su bisabuela era hija adoptiva, así que allí se perdía el rastro.
No eran demasiados los datos que podría aportarle a la doctora, en el caso de que ella decidiera hacerse cargo de la investigación.
¡Ojalá así fuera! Se la habían recomendado especialmente y el hecho de que justo esa semana estuviese en Montevideo dictando conferencias parecía una señal inequívoca de que ella era la persona indicada.
A simple vista su apariencia no se correspondía con la imagen que Albert tenía de una científica.
Llevaba gafas, sí, pero no iba despeinada ni tenía un aspecto desaliñado. Y definitivamente no parecía una chiflada de laboratorio.
La doctora Daniela Brower era muy atractiva y bastante joven. Albert pensó que debería encontrarse entre los treinta y los cuarenta, pero no estaba seguro. Era pelirroja, y su pequeña nariz se veía salpicada de tenues pecas vomo las de Candy.
Y tenía los ojos verdes idénticos a los de ella. En un momento dado, ambos pares se encontraron, y ella pareció alterada. Pestañeó dos veces y apartó la mirada. Se aclaró la garganta y continuó hablando como si nada.
«Tiene una buena figura —observó Albert—. Buena genética, y quizá gimnasio.» No, realmente no guardaba relación con la idea que él se había hecho, lo que no quitaba que podía ser excelente en su especialidad. No solía prejuzgar, así que esperó pacientemente a que terminara la conferencia para poder hablar con ella.
Y lo logró.
Había conseguido introducirse en la recepción que le había preparado la embajada de Canadá, pues su padre, ex diplomático, se había hecho con una invitación gracias a sus contactos.
El doctor Andrade, su médico de cabecera, fue quien los presentó. Albert la notó algo nerviosa. ¡Qué extraño! Le había parecido muy segura cuando había hablado ante más de quinientas personas. ¿Qué le pasaría?
No tenía ni tiempo ni interés en averiguarlo. Él estaba allí por un motivo: su herencia maldita. Y ella tenía que ayudarlo.
CONTINUARA
ESE GEORGE ES UN ENVIDIOSO Y DESLEAL AMIGO, PARECE MUJER LLEVANDO CUENTOS, AHORA APARECE OTRA CULEBRA RRASTRERA, COMO QUE A ALBERT LE GUSTA LAS VETERANAS, VEREMOS QUE SUCEDE MAS ADELANTE, PERO COMO QUE PINTAN CUERNOS A LA POBRE CANDY.
EL ES MUY INMADURO E INSEGURO, QUE TIENE DE MALO QUE ELLA SE ESTE DIVIRTIENDO CON SUS AMIGAS? ES QUE NO SE ACUERDA QUE EL SOLITO LA SACO DE TAQUITO DE SU VIDA ?
¡HAY HOMBRES, POBRES MUJERES!
