Día 28. Narciso

Algunos decían que Draco Malfoy era egocéntrico. Otros que sólo era un idiota.

La verdad es que era un narcisista, y esto tiene una importante diferencia con ambos términos, porque fue Narciso el que cayó en el estanque al admirar su propio reflejo.

Y al igual que él, a Draco le gustaba su reflejo.

Quizás demasiado.

Había practicado el hechizo hasta que lo perfeccionó. Cuando ya podía realizarlo con los ojos cerrados, cuando ya tenía su propia imagen grabada en los párpados, y sabía que el espejo mágico en su habitación reaccionaría a favor, él aparecía.

Draco se encontraba frente a sí mismo. Un Draco Malfoy con su porte, su ropa, su actitud, y sus deseos, que le sonreía, como se le sonríe a una persona que has ansiado ver por demasiado tiempo.

Extendía los brazos en su dirección, conteniendo una risita, y el otro Draco no sólo lo rodeaba, sino que lo jalaba hacia uno de esos besos bruscos, con las mordidas en el labio inferior que tanto le encantaban y algunos sonidos estrangulados de por medio.

Se tambaleaban hasta la cama en un enredo de extremidades. El hechizo hacía más que traerlo. Lo volvía real. El toque, la calidez, los olores. Era él.

El otro Draco sabía exactamente dónde tocar y cuándo hacerlo, de qué manera sostenerlo, cómo le gustaba que lo desnudasen con devoción y lentamente. Lo veía de una forma en que nadie más que él mismo lo haría. Luego lo besaba con cuidado, buscaba su aprobación.

Desde la deliciosa fricción, las caricias, la forma en que se dedicaba a besarle la piel sin dejarle una sola marca que pudiese afectar su imagen, todo era perfecto.

El espejo permanecía allí, frente a la cama, devolviéndoles sus reflejos. Le mostraba a Draco cuando estaba tendido en la cama, con la cadera alzada, los brazos flexionados, una almohada bajo el pecho, y el rostro ladeado sobre el colchón. Le enseñaba el sonrojo en su cara, la manera en que su boca se abría al gemir por cada golpe en su próstata, su espalda arqueada, esas manos aferradas a su cadera que lo mantenían en posición, el constante entrar y salir de las estocadas que lo presionaban más contra las sábanas.

También le permitía ver cuando era al revés. Draco detrás, sentado en la cama, su expresión transformada por el placer, cada vez que el otro Draco saltaba y se dejaba caer sobre su regazo, de espaldas a él, empalándose a sí mismo. Llevaba un ritmo desenfrenado que lo empujaba una y otra vez hacia el límite con la forma en que su interior estrecho y cálido lo recibía y apretaba, hasta que no podía más y alcanzaba el orgasmo sin despegar los ojos ni un segundo del espejo.

El otro Draco no duraba demasiado luego de haber completado su principal cometido. Draco lo consentía un poco, por supuesto; besos, caricias, halagos sobre lo bueno que era y lo mucho que le gustaba, siempre cómo quería que lo tratasen a él.

Después su imagen se desvanecía y Draco se encontraba a solas en la habitación, agotado, satisfecho y desnudo. Le sonreía a la versión de sí en el reflejo y se levantaba de la cama para cubrirlo con una manta; era mejor prevenir que caer en la ruina igual que Narciso.