28
La corta charla intrascendente había agotado cada onza de las reservas de Albert. Se le estaba acabando la paciencia. Seguro que ella veía cómo le latía el pulso enloquecido, cómo le costaba respirar el aire espeso entre los dos, cómo luchaba contra el impulso de cogerla entre sus brazos desde el momento mismo en que ella entró en la habitación.
La belleza que llenó sus ojos cuando ella abrió la puerta casi lo derribó al suelo, como si alguien le hubiera dado un puñetazo inesperado en el estómago. Y luego había captado el perfume. El embrujador perfume a lavanda lo atrapó, pero fue la sensual promesa de aquellos malditos ojos verdes mientras admiraba su cuerpo lo que le hizo comprender que nunca había tenido ninguna posibilidad. Había una inevitabilidad en el momento; quizá la había habido desde el principio. El destino.
Albert, con todos los músculos de su cuerpo en tensión, esperó su respuesta. Debía acudir a él sabiendo lo que hacía y sin pretextos; ninguna otra cosa podría mitigar su culpa. No la despojaría de su virginidad a menos que ella lo comprendiera. Todavía quedaba el asunto de un hijo, pero eso Albert podía impedirlo. Las preguntas que la carta de su tío había despertado quedarían para otro día.
Las semanas pasadas abrazándola como un maldito eunuco habían llegado a su fin. Ya no lucharía más contra aquella atracción irresistible que le impedía pensar.
La mano de Candy le tocó el brazo y él se encogió asombrado. La simple presión de sus dedos en la piel encendía una hoguera que se extendía como un fuego incontrolado por todo su cuerpo.
—Lo entiendo-dijo ella simplemente—. Nada de promesas.
Era suficiente.
La cogió entre sus brazos, estrujándola en un abrazo salvaje. Era tan grande la tensión que se había acumulado entre ellos, que ella suspiró audiblemente, aliviada. Albert supo que ella lo deseaba tanto como él a ella.
Sus dedos se entrelazaron con el glorioso cabello de ella, las gruesas trenzas se deshacían como cintas de satén entre sus manos. Cogió un puñado de rizos suaves y brillantes y le inclinó la cabeza, suavemente, hacia atrás, acercando sus labios entreabiertos a los de ella. Tras bajar la cabeza, bebió de ellos. Su sed era insaciable. El dulce sabor a miel de su boca era como el néctar de los dioses. Al primer contacto con su lengua, un profundo gemido de triunfo ante su entrega le recorrió todo el cuerpo.
No podía contener su necesidad. Nunca había sentido un deseo tan poderoso, tan incontrolable. Tan primitivo. Toda la pasión, todo el deseo que había contenido durante tanto tiempo, estallaron, libres, como una violenta tormenta. Quería poseerla, en cuerpo y alma.
Se sentía como una bestia salvaje enjaulada, desesperada por escapar. El hambre empujó su boca, áspera y dura, contra la de ella. Más y más profundamente, devorándola, consumiéndola y reclamándola como suya. Con osadía, ella respondió al empuje de su lengua con la suya. Su reacción inmediata solo incrementaba la agonía que se acumulaba en sus entrañas, solo ponía a prueba el débil control que apenas mantenía en deferencia a su inocencia.
Sabía que había perdido el control, que era brusco y se movía demasiado rápido, pero ella respondía en todos los niveles. Lo que más deseaba era arrancarle la ropa, tirarla encima de la cama y enterrarse profundamente en ella. Quería tomarla brusca y rápidamente, golpeando y empujando hasta que ella se cerrara a su alrededor, penetrándola hasta la empuñadura y vaciándose en una explosión torrencial y liberadora. ¿Qué le había hecho aquella mujer? Saber lo cerca que estaba del abismo en cuyo borde se tambaleaba le dio la fuerza para encontrar el control.
Se aseguraría de que su primera vez fuera perfecta aunque eso lo matara.
Abandonó su boca y bajó la cabeza para lamerle la garganta, saboreando la increíble dulzura de su piel enfebrecida. Impaciente por gustar más de ella, no se demoró mucho tiempo, sino que siguió bajando más allá de la base del cuello.
La cabeza de Candy se inclinó hacia atrás, con un completo abandono. Sintió cómo se estremecía al contacto con su boca. Acarició la profunda hendidura entre sus pechos, inhalando profundamente su perfume de lavanda. La excitaba sin piedad, deslizando la lengua a lo largo del borde del corpiño, acercándose dolorosamente al borde rugoso del pezón. Ella gimió de frustración.
Deslizó el pulgar por debajo del encaje y levantó la tensa perla rosada hasta su boca. Tragó aire al saber que ella estaba tan excitada como él. Dejó escapar la respiración y, provocador, le lamió la tensa punta y luego se la cogió entre los dientes, mordisqueándola suavemente. Ella arqueó la espalda, suplicando más. Y él la complació. Absorbió el pezón y chupó y chupó hasta que oyó su brusca inhalación y supo que estaba cerca. Todavía no.
—Quiero verte desnuda-dijo.
Con las mejillas encendidas de pasión y turbación, ella asintió tímidamente, consistiendo.
Con la práctica de muchos años de experiencia, le quitó rápidamente el vestido, el corpiño y el guardainfante, le desató el corsé, dejó caer los calzones y con un movimiento rápido le quitó la camisa por la cabeza.
Se le abrieron los ojos de asombro ante el rico tesoro que tenía ante él. La sangre afluyó a su ya congestionada verga. Estaba tan dura que le dolía. Completamente desnuda era todavía más hermosa de lo que había imaginado: esbelta y con suaves curvas, su piel marfileña, sin mácula, era lisa y cremosa. Sus pechos eran generosamente redondeados, altos y firmes, su vientre plano, sus caderas estrechas y sus piernas delgadas y suavemente musculadas. Parecía una estatua de mármol de Afrodita. Pero aquella diosa estaba muy viva. Sonriendo con picardía, vio cómo el rosado rubor se extendía por todo su cuerpo, en cualquier sitio donde se detuvieran sus ojos. Más tarde habría tiempo suficiente para memorizar cada una de sus partes. Para acariciar aquella piel aterciopelada con sus manos y sus labios.
Apiadándose de su evidente incomodidad, la cogió en brazos y la dejó despacio en la cama. Consciente de su inocencia, se inclinó sobre ella, besándola suavemente, tocándola, avivando de nuevo su pasión.
Verla desnuda había socavado lo poco que quedaba de su paciencia.
—Te deseo tanto...-dijo con voz entrecortada y desigual—. No creo que pueda esperar.
—Entonces no lo hagas-suspiró ella. Era la única invitación que necesitaba.
La toalla desapareció. Candy miró hacia abajo y abrió unos ojos como platos.
Al comprender su súbita vacilación, Albert se dejó caer junto a ella y susurró.
—No te preocupes, todo irá bien.
—Pero cómo...
Muy apretado, pensó en respuesta a las palabras no dichas por ella. Albert apenas fue capaz de resistir un estremecimiento lleno de deseo al imaginar su suave calor cerrado en torno a él.
—Todo irá bien, Candy. La primera vez te dolerá, pero luego disminuirá. Confía en mí.
En respuesta, ella levantó la cara hacia él, invitándolo con candidez. La anterior seductora había desaparecido, sustituida por la mujer inocente que ansiaba una satisfacción que solo él podía darle.
No fue necesario ningún incentivo. Él la besó de nuevo, con su boca en la de ella, posesiva. La acercó, y el choque de tener su piel desnuda contra él le produjo una sensación diferente a todo lo que había sentido nunca. Calientes y sensibles, sus cuerpos se fundían como lava líquida, piel contra piel. Las manos de él le recorrían el cuerpo, alimentando el fuego. Los pechos, las caderas, el vientre, las largas piernas, la delicada curva del arco de sus pequeños pies... quería tocarla en cada pulgada.
Ella se retorcía en dulce agonía, elevando las caderas hacia él. Él sabía lo que ella deseaba. Con una suave risa de puro orgullo masculino, su boca se cerró sobre un pecho, mientras su mano empezó a arrastrarse, torturadoramente lenta, por su plano vientre hacia abajo. Demasiado excitado para seguir acariciándola, deslizó una mano entre sus piernas, encontrándola ya húmeda de deseo.
Aumentó la presión sobre el pecho con la boca, mientras su dedo se deslizaba dentro de ella y empezaba las despiadadas caricias. Oyó su exclamación de asombro cuando introdujo otro dedo, ensanchándola ligeramente. Ella apretó los muslos alrededor de su mano y empezó a mover las caderas con un ritmo sensual.
Él vio cómo dejaba caer la cabeza hacia atrás contra la almohada, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos y el quedo y ronco jadeo de su respiración instándolo a seguir. Encontró el centro de su cadencia y sus dedos expertos la llevaron al borde de un frenesí tempestuoso.
El sudor le cubría la frente. Con cada minuto de retraso, el dolor de su deseo se hacía más insoportable. Lo único que quería era deslizarse dentro de su sedoso calor, pero algo lo retenía. Era importante que ella gozara tanto como él estaba a punto de gozar.
Empezó a dibujar un camino de besos por su vientre de terciopelo. Cogiéndole las caderas entre las manos, antes de que ella se diera cuenta, puso la boca entre sus muslos y la lamió suavemente. Asombrada, ella se encogió y murmuró una protesta incómoda, pero él se mantuvo firme. Estaba deliciosamente húmeda y no podía esperar más para probar su pasión.
Avergonzada, Candy no podía creerse aquel beso íntimo. Pero su resistencia era inútil; como si el sol le negara a la luna su entrada en el cielo. No podía empujarlo hacia atrás, su propio cuerpo no se lo permitía. La presión se acumulaba dentro de ella con cada malvada caricia de su lengua. Se sentía poseída de placer, loca de necesidad. Ansiaba mover las caderas, apretar los muslos alrededor de su cuello y liberar aquella exquisita tortura. Él siguió excitándola hasta que se estremeció, hasta que, inconscientemente, se apretó contra su boca, queriendo más.
—Dime lo que quieres, Candy.
Ella se contorsionó cuando su lengua se movió una vez más para enardecerla de nuevo.
—Dímelo-le ordenó, con una voz pecaminosamente oscura y perversa.
—Quiero...-Se le quebró la voz—. Como la última vez.
—¿Quieres que te haga tener un orgasmo?
Su voz tendía un velo erótico a su alrededor, liberándola de sus inhibiciones. Nunca hubiera podido imaginar aquella intimidad. Toda modestia desapareció frente al desesperado anhelo de su cuerpo.
—Por favor-suplicó.
Él rió y enterró su cara en ella. La besó con más fuerza, como si no pudiera tener bastante de ella.
—Adoro tu sabor, como miel tibia.-Sus palabras la volvían loca, pero su lengua le hacía tocar el cielo. Las sensaciones la tenían presa y sentía la desbocada subida mientras el cosquilleo se convertía en un latir frenético. Justo cuando pensaba que no podía soportarlo más, su boca se aferró a su punto más sensible y lo chupó. Estalló, y su orgasmo envió una onda tras otra contra su perversa boca.
Candy se sentía desmadejada, absolutamente exhausta. Satisfecha como un gato bien alimentado. El vio su expresión y se echó a reír.
—Todavía no he acabado contigo, mi vida. Esto ha sido solo el principio.
Se puso encima de ella, con el pecho levantado y los brazos extendidos, apoyando una mano a cada lado de sus hombros.
Ella abrió los ojos, esforzándose por atravesar la niebla de pasión que la había engullido. Con su cuerpo por encima del de ella, tenía una visión perfecta de su poderoso pecho. Movió lentamente las manos por sus brazos, acariciando los duros músculos que encontraban sus dedos. Solo tocarlo despertaba su pasión. Se tomó su tiempo examinando las diversas cicatrices que había en su torso, resiguiéndolas lentamente con las yemas de los dedos. Él encarnaba el poder y la virilidad. Bajo el escudo de su ancho y vigoroso pecho, paradójicamente cálido y duro como el frío acero a la vez, se sentía increíblemente vulnerable, pero también absolutamente a salvo. Comprendió que el poder era embriagador, pero no el poder que su tío deseaba. La fuerza pura que sentía al explorar su cuerpo era mucho más tentadora, mucho más abrumadora. El suyo era un poder de protección. Sentía que cuando él la tenía entre sus brazos, nada podía hacerle daño.
Sabía que sus caricias lo estaban volviendo loco. Pero quería más. Ansiosa por sentirlo, tendió la mano entre los dos y dibujó, ligeramente, un camino por los cordones de músculo que cubrían su estómago. El cuerpo de Albert se tensó. Parecía incapaz de moverse o respirar mientras la mano de ella se deslizaba por su vientre. Candy sonrió, disfrutando de aquel momento de control.
Lentamente, lo encontró.
Esta vez ningún plaid separaba el tacto de su mano al rodearlo. Notó cómo su cuerpo se ponía rígido cuando su mano envolvió la piel aterciopelada de su erección. Candy se asombró ante la sensación de acero rígido rodeado de la piel más suave imaginable. Exploró su longitud con los dedos. Lo miró tímidamente desde debajo de sus largas pestañas y se asombró al ver su cara contorsionada de dolor. Tenía los ojos semicerrados, los dientes apretados y los huecos debajo de los altos pómulos incluso más pronunciados.
—Enséñame.
No sabía si la había oído. Luego, lentamente, él abrió los ojos.
—No creo que pueda-susurró entre dientes.
—Por favor.
Aquel pequeño ruego pareció romperlo. Le enseñó a encontrar su ritmo. Fascinada, ella le miraba la cara mientras lo llevaba al borde de la rendición... estupefacta ante su capacidad para excitarlo. Sentía que el vigor en él estaba a punto de estallar. Un cálido sentimiento de ternura le envolvió el corazón mientras veía cómo el placer de sus caricias transformaban sus rasgos en una pasión desbocada. Era la dueña de aquel poderoso guerrero. Lo tenía en su mano. Era suyo.
—Basta-dijo él, y le separó los dedos de su miembro—. Ya no puedo esperar más.
Su mano se movió entre sus piernas. Metió un dedo entre sus pliegues y gimió.
—¿Te das cuenta de cómo tu cuerpo me desea?-Se inclinó para besarla—. Ya vuelves a estar húmeda para mí.
La cogió por las caderas y la levantó hacia él, poniéndole la verga entre las piernas. La excitó con la cabeza, gruesa y redonda, deslizándose a lo largo de la húmeda abertura hasta que el deseo fluyó entre sus piernas. Ella se abrió más y él empezó a entrar, suavemente, pulgada a pulgada. El cuerpo de Candy se tensó, resistiéndose instintivamente a la invasión. Era demasiado grande. Demasiado grueso. Demasiado. Al notar su temor, con la mandíbula tensa de contención, acercó los labios a su oreja y susurró:
—Candy, confía en mí. Solo te dolerá un momento.
Y antes de que ella pudiera pensarlo, se sumergió profundamente en su interior, rasgando la tela de su inocencia.
Cubrió su grito con la boca. Candy se puso rígida de dolor. Sentía como si la hubieran desgarrado en dos. Presionó contra su pecho, tratando de sacarlo de ella. Pero él no se movió.
—Dios, qué sensación-gimió—. Confía en mí, Candy. Relájate. Siénteme dentro de ti. Concéntrate en mi boca.-La besó de nuevo, mimándola. Excitándola, haciéndola olvidar y, finalmente, aliviando el dolor.
Lentamente, ella sintió que su cuerpo volvía a la vida. La sensación de él dentro de ella era diferente a todo lo que hubiera imaginado nunca. La llenaba, reclamaba una parte de ella que no sabía que existiera.
Él empezó a moverse, entrando y saliendo. Ella notó cómo volvía la fiebre cuando los movimientos se hicieron más rápidos. Levantó los brazos para cogerse a sus hombros, afirmándose contra su fuerte empuje. Instintivamente, levantó las caderas para responder a sus ataques maestros.
Candy era plenamente consciente de la presión que se acumulaba en su interior, una presión mucho más intensa que nunca antes. Él martilleaba más fuerte, más rápido, más hondo. Desesperada, bajó las manos, arañándole la espalda, hasta aferrarle las nalgas cuando sintió que cada vez estaba más cerca. Y más cerca. Su pulso se contrajo. Con el corazón latiendo desbocado, rodeó con las piernas el cuerpo de él y se dejó ir, explotando en un violento clímax. Estalló en miles de pedazos, como añicos de cristal lanzados por un precipicio.
Mientras se estremecía con las contracciones de su estallido de pasión, él le cogió las nalgas y le levantó las caderas, penetrando en ella una última vez, llenándola por completo. Echando la cabeza atrás con un rugido, se puso rígido al eyacular, vertiendo su semilla en lo más profundo de su seno. Se aferraron el uno al otro, dejándose llevar por la marea de su clímax compartido. Donde antes había dos, ahora solo había uno. Unidos en una rendición perfecta, flotando en el rompiente del océano más magnífico del cielo.
Albert se dejó caer encima de ella. Ninguno de los dos quería deshacer la conexión que los unía en el sensual nido de la cama con cortinajes de seda. El aire cálido estaba espeso y húmedo, pujante con el perfume a almizcle de la pasión consumada. Todavía vibrante, Candy sintió cómo las olas de la pasión disminuían lentamente alrededor de él. El ritmo febril de su corazón empezó a disminuir. Su respiración se calmó. Finalmente, claramente a regañadientes, Albert salió de ella, atrayendo su cuerpo desnudo hacia él. Candy saboreó la manera en que sus cuerpos húmedos se deslizaban hasta juntarse, amoldándose perfectamente en una deliciosa confusión de miembros.
Una felicidad cálida e intensa, diferente de todo lo que ella había experimentado nunca, invadió sus cansados huesos. Suspiró satisfecha, se acurrucó más cerca de la cálida fuerza que había junto a ella y cerró los ojos. Nunca hubiera sospechado que pudiera existir tanta belleza ni intimidad. Quería aferrarse a aquel hombre para siempre.
Pero ¿podía durar? Negándose a permitir que cualquier atroz insinuación empañara aquel momento gozoso, se concentró en el firme latir del corazón de Albert, dejándose arrullar por él hasta caer en un sueño maravillosamente exhausto y plenamente saciado.
...
Uff que capitulo! No, definitivamente no puedo juzgar a Candy.
