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Capítulo 55

—Y eso es todo lo que sé hasta ahora. Espero haber sido lo suficientemente claro, doctora Brower.

—Arquitecto Ardley, su caso es fascinante...

Esa simple frase logró que el rostro de Albert se iluminara en una sonrisa tan cálida que la doctora tuvo que aferrar su copa con fuerza para no dejarla caer.

—¿De veras? Pues... qué bien. Pero, por favor, llámeme Albert.

—En ese caso, yo soy Daniela.

—Daniela —repitió él, levantando su copa.

—Bien, le diré qué haré. Acepto su solicitud. Pero mañana debo regresar a Canadá. Le dictaré lo que voy a necesitar para comenzar la investigación. Tome nota, por favor.

—Yo lo haré, Albert —intervino el doctor Andrade. Y fue anotando todo lo que la doctora Brower requería.

—... que su bisabuela haya sido hija adoptiva es una contrariedad, realmente. Pero saldremos del paso —dijo al terminar.

Alberg estaba radiante, y ella tragó saliva. Jamás en su vida se había sentido tan afectada por un hombre que apenas conocía. Y ése, para colmo de males, estaba casado. No pudo evitar observar el anillo en sus hermosas y cuidadas manos.

—Me acabo de enterar de esa circunstancia. En cuanto a la exhumación de los restos de mi tío, pierda cuidado; lograré el permiso y le enviaré las muestras.

—Pero antes de eso, Albert, envíeme su sangre. —Aun sin proponérselo, había sonado lasciva y deseó golpearse por ello—. Y las muestras de su hermana y su madre, también, claro.

—Lo haré. ¿En cuánto tiempo estima que...?

—Verá. Hoy es veintinueve de octubre. Bien, mi intención es pasar el verano en Punta del Este, o por lo menos parte de él. Mi madre era uruguaya, y solía veranear allí de niña. En fin, si todo va bien, cuando regrese a finales de enero, habremos avanzado un tanto. Eso siempre y cuando usted logre enviarme las muestras a más tardar a finales de noviembre, Albert —respondió ella sin dejar de mirarlo.

«Eres una tonta, Daniela. Estás improvisando un veraneo que para nada tenías planificado sólo por el hecho de volver a ver a este hombre. Y esa investigación... ¡Ay, Dios!, deberé dedicarle largas horas sin descuidar lo que tenía planeado. He perdido la compostura por una cara bonita, ¡qué horror!», pensó mientras acercaba la copa a sus labios.

—Excelente, Daniela. Estoy asombrado de mi buena suerte. Y pensar que esta mañana, al despertarme, me he lamentado de lo mala que era...

—¿Por qué ha pensado eso? —preguntó ella.

—¡Oh!, es una larga historia. Lo de Rosmary es parte de ella. Pero bueno, agradezco a Dios haber entrado en contacto con usted.

—Albert, prométame una cosa... Cuando regrese en enero, ¿me contará esa historia? No importa lo larga que sea, a mí me gusta escuchar.

—Sí, se lo prometo. Si usted lo desea se la contaré, pero me temo que amargaré sus vacaciones con mis problemas.

El doctor Andrade observaba a uno y a otra como si fuese un partido de tenis. Allí había algo... No parecía una conversación formal. Creyó oportuno retirarse, pues sentía que estaba de más.

—Con permiso —dijo simplemente, y se marchó.

La doctora Brower no pareció notarlo.

—Para nada, Albert. No serán sólo vacaciones; también trabajaré en su caso.

—¿Cómo lo hará? ¿Vendrá con su laboratorio a cuestas?

Ella rio.

—No, exactamente; aunque podría decirse así, ya que parte de mi laboratorio está en mi ordenador, que me acompaña a todas partes.

—Daniela, sé que es algo apresurado, pero ¿cree que hay alguna posibilidad de avanzar en esto?

—Si se refiere a mejorar la calidad de vida de su hermana, lamento decirle que no lo creo. Aquí hay un gen dañado que, por alguna razón, se activa en algunos miembros de su familia y en otros no. Cuando se activa, ya no hay remedio. ¡Oh, lo siento!

—No se preocupe —susurró Albert, contrariado.

Se quedó sin saber qué decir.

—Pero sobre lo otro, sobre la posibilidad de transmitirlo a su descendencia... Albert, si logramos aislar el gen, será un gran avance. Se podría detectar en los embriones el problema, y eso abriría un abanico de posibilidades, como implantar solamente los sanos en el útero de su esposa.

«En el útero de su esposa.» La frase retumbó en la cabeza de Albert, y sus ojos brillaron.

«En el útero de mi esposa... Sería maravilloso. La cuestión es: ¿aún tengo esposa?», se dijo mientras su sonrisa moría.

—¿Le pasa algo? —preguntó Daniela, asombrada por el cambio de talante.

—No. Está todo bien —respondió él, intentando volver a sonreír.

—¿Su esposa no ha venido con usted, Albert?

—No, no ha venido —repuso, tenso.

Daniela se dio cuenta de que no debía continuar por ahí. Era un camino un tanto escabroso, a juzgar por la actitud de... ese magnífico ejemplar. La verdad era que hacía mucho que no veía uno igual... Era tan perfecto.

Su cabello, sus ojos, la línea de su mandíbula. El torso musculoso que se adivinaba bajo la camisa... Y esa boca... Parecía increíble que su sangre pudiese ser portadora de tanto daño. Quizá por eso «la esposa» no estaba con él. ¿Estarían juntos, o la dramática noticia los habría separado? Se moría de ganas de saber más, pero antes de que pudiese preguntar, la secretaria del embajador la tomó del brazo y le pidió que la acompañara, que iban a realizar un brindis en su honor.

«¡Qué inoportuna!», pensó Daniela, fastidiada.

—Albert, si me disculpa... Quizá podamos continuar hablando más tarde.

—No quisiera acapararla. Le dejo mis datos. Estaremos en contacto, doctora. Y gracias; me ha devuelto la esperanza—contestó él, tendiéndole una tarjeta.

Cuando la tomó, un escalofrío la recorrió entera. La mirada de la doctora se tornó lánguida, y Albert creyó ver... No, no podía ser. Parecía que Daniela se sentía atraída... No, definitivamente estaba viendo visiones. Si se acababan de conocer...

No volvió a tener más oportunidades de hablar con ella, ni falta que hacía. Tenía mucho trabajo por delante. Debía reunir todas las muestras que le había solicitado. Si la investigación terminaba siendo exitosa, él recuperaría la seguridad en sí mismo, y eso sería suficiente para atreverse a reconquistar a Candy.

Se retiró con una sonrisa. Por primera vez en veinticuatro horas, sentía que no estaba todo perdido.

Candy miró su billetera e hizo una mueca de disgusto. Allí, detrás de su documento de identidad, asomaban dos tarjetas de crédito negras.

¡Carajo!, había olvidado que las tenía. A pesar de que ponían «Candice White» no eran propias, sino adicionales a las black de Albert.

Tarjetas de crédito ilimitadas. No, definitivamente no las quería.

¿Se las enviaría? No, era preferible que no. Le daba un poco de temor que se extraviaran y que alguien pudiera utilizarlas de forma fraudulenta.

De llevárselas personalmente mejor ni hablar. No quería que el pensara que eran un pretexto para... hacer lo que se moría por hacer: pegarse a su cuerpo y quedarse allí un par de siglos.

Lo que haría sería entregarlas en el banco para que quedara constancia de que ella no tenía nada que ver con las cuentas de Albert. Entregaría también los talonarios de cheques y depositaría el anillo en la caja de seguridad, y luego devolvería la llave.

El anillo... Se lo había quitado con furia el día en que había llegado a casa de Betzabé, y lo había lanzado al otro lado de la habitación, antes de lanzarse ella misma a llorar a moco tendido en los brazos de su amiga.

Bet lo había recogido pacientemente y lo había guardado en una pequeña cajita, donde aún permanecía.

Esa sortija representaba mucho para ella, y devolvérsela era una forma de decirse a sí misma que por el momento esa puerta estaba cerrada. Si algún día volvía a lucirla en su anular, sería en circunstancias completamente diferentes.

Recordar el día de su boda justo cuando faltaba una semana para su primer aniversario hizo que una lágrima se deslizara por su mejilla. Se la quitó con disimulo y pestañeó varias veces para alejar el llanto.

Faltaba una semana para el aniversario, y un día para su cumpleaños. Esas dos fechas serían durísimas pruebas, pero no estaría en Montevideo para afrontarlas. Había alquilado por Internet una cabaña en Araminda, un pueblecito a sesenta kilómetros de la ciudad, y estaba comprando víveres para partir ese mismo día.

De nada habían servido las protestas de sus amigas y las recriminaciones de su abuela. Estaba decidida a pasar sola su cumpleaños ese año. Sólo tenía veinte años, y ya estaba casada y separada. Y con el corazón roto...

Y de paso, también pasaría el bendito aniversario. ¡Maldito 8 de noviembre! ¿Qué haría para sobrevivir a él? Somníferos; no debía olvidárselos. Y también compraría algo para beber. ¿Acaso los ebrios no decían siempre «bebo para olvidar»? Ella quería olvidar.

Cuando llegó a casa de Betzabé, preparó una pequeña maleta con algo de ropa y los alimentos que había comprado.

Antes de salir se miró en el espejo. ¡Qué demacrada estaba! Sus pómulos destacaban en su pálida piel, y una sombra azulada enmarcaba sus ojos.

«Me veo horrible. ¿Esto es lo que soy lejos de él? No me gusta, no me gusta nada», pensó. Pero una extraña fuerza hacía que se mantuviera en sus trece. No quería dar el brazo a torcer, y no lo haría.

Tomó la maleta y su bolso, llamó un taxi y se fue directamente al banco.

Nada más entrar, se encontró cara a cara con la mujer que le había entregado las tarjetas de crédito y los talonarios de cheques hacía poco más de un año. La recordaba bien porque por un momento hasta había tenido celos de ella.

Incluso había llegado a pensar que había tenido algo con Albert, ya que se trataban con una extraña familiaridad. Pero luego descartó tal posibilidad: la mujer estaba siendo simplemente amable. ¿Cómo se llamaba? No podía recordar su nombre, pero sí se acordó de que era escritora.

Albert le había preguntado por su libro, y ella le había respondido que estaba a punto de editarlo. En ese momento, le había parecido extraño que una escritora trabajara con números la mayor parte del día, y aún más extraño que Albert le preguntara por el tema. Ese exceso de confianza entre ellos la había puesto nerviosa.

Ahora, al verla de nuevo, se había despertado en Candy una señal de alerta. De pronto, se había dado cuenta de que Albert estaba expuesto a ser cazado por muchas mujeres. «¿Quién no se sentiría tentada con un hombre así?», se preguntó bastante inquieta.

—¿Señora Ardley?

Mientras ella imaginaba fantasmas por todos lados, la mujer la había reconocido y se había acercado.

—¿Ehh...? Sí, soy la señora Ardley —dijo con firmeza—, pero llámeme Candy. Disculpe, no recuerdo su nombre.

—No se preocupe. Me llamo Mariel. ¿En qué la puedo ayudar? ¿Algún problema con sus tarjetas? ¿Necesita un nuevo talonario, quizá?

—No, Mariel. Más bien todo lo contrario. Quiero entregar las tarjetas y los talonarios, por favor.

La mujer la miró, alzando las cejas.

—¿Está segura, Candy? Es decir, ¿ha tenido algún inconveniente, algo que...?

—No, no es nada de eso. Simplemente ya no los necesito.

Y Mariel, de pronto, comprendió: algo andaba mal entre la joven y el arquitecto de portada de revista. ¿Tan pronto? Observó los plásticos que Candy le había entregado mientras tomaba la tijera para cortarlos.

Tenían sólo un año y un par de meses. Muy extraño...

Era frecuente que el titular pidiese la baja, pero que el beneficiario lo hiciera, eso sí era raro. No obstante, se dio cuenta de que no debía preguntar nada más.

—Listo, Candy. Firme aquí y aquí. Muy bien.

—Y ahora quisiera pasar a la caja de seguridad, y después, devolver la llave.

Mariel casi se cae de la silla al oírlo. Eso sí que no tenía sentido. En fin, no era su trabajo cuestionar a los clientes.

—Por aquí.

Candy no tardó más de cinco segundos en dejar su sortija en el cofre y luego salir.

Con una mirada triste, puso la llave en la mano de Mariel.

—Ya está. ¿Tengo que firmar algo más?

—Sí, y le daré un comprobante para que lo guarde. ¿Se encuentra bien?

Candy intentó sonreír.

—Está todo... bien.

—¿Segura?

—Sí. ¿Y... cómo va su libro? —dijo, de pronto, para cambiar de tema.

Mariel la miró extrañada. ¿Su libro? ¿Cómo sabía lo de...? ¡Ah, sí! El arquitecto se lo había contado. Le pareció rarísimo que los clientes hablasen de ella...

—Ha sido un éxito. Gracias. Déjeme regalarle un ejemplar en agradecimiento al arquitecto Ardley, que me ha puesto en contacto con la editorial para publicarlo. Hace tiempo que quiero hacérselo llegar.

Candy lo tomó. Era una novela romántica.

«No debería llevármelo», pensó, pero... le vendría muy bien para matar las horas de soledad y aislamiento que la esperaban los días venideros.

La miró a los ojos, tomó el comprobante que la mujer le tendía y lo puso dentro del libro.

—Gracias, Mariel.

—De nada. Candy...

—¿Sí?

—Estaba pensando que ha debido ser dura la decisión de... entregar las tarjetas —le dijo con una mirada significativa.

Candy se aclaró la voz, y sólo respondió:

—Así es...

—Lo he imaginado. Pero, ¿sabe qué?, aunque las vea destruidas, siempre se pueden reimprimir otras. Aún falta mucho tiempo para que caduquen.

Ambas sabían que no estaban hablando de los plásticos.

—Entiendo. Ha sido muy amable, Mariel.

—Hasta pronto, Candy.

Ella le dirigió una mirada triste y se marchó.

Llegó justo cuando el autobús partía y tuvo que correr con la maleta a cuestas para alcanzarlo. Comenzaba a llover a cántaros.

La semana más dura de su vida había empezado. Y la pasaría sola, sola, sola. Más sola que la una. Y se lo merecía.

CONTINUARA