Episodio 27: Missions

La cegadora luz se disipó a los pocos segundos, revelando a un Simon apoyado sobre sus rodillas, jadeando de cansancio, Erik tuvo el impulso de salir corriendo hacia él, pero Rose lo detuvo.

Luis, por su parte, no terminaba de creerse lo que había visto.

- ¿Qué podéis decirme vosotros de esto?

- Simplemente no sé qué decir – respondió el pelirrojo.

- Si no lo veo… no lo creo – dijo por su parte Luis, aún sin salir de su asombro.

Rose echó a andar hacia el agotado joven, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

- Le habéis entrenado, adiestrado, educado… ¿Y no teníais ni idea de esto? – les preguntó a los dos compañeros, que la seguían a poca distancia.

- Nunca nos lo dijo – se excusó Luis – nosotros lo único que sabíamos es que apenas atendía en los entrenamientos…

- Cierto… - continuó Erik – por la tarde llegaba del instituto, entrenaba un par de horas y después se metía en la biblioteca a estudiar.

La líder se detuvo.

- ¿Y creéis de verdad que estudiaba?

- Hombre… saca unas notas normalillas…

- Siempre lo hemos achacado a un problema de déficit de atención. Entre eso y que no hay huevos de que entrene en condiciones…

Rose rio abiertamente.

- ¡Pobres! – volteó para mirarlos – si tuviera déficit de atención ni siquiera habría aprendido a moldear correctamente su energía.

Dicho esto, continuó andando, y cuando estuvieron cerca de Simon la mujer arrancó a aplaudir.

- ¡Bravo! – Exclamó - ¡Bravo! ¡Nunca lo hubiera creído!

El muchacho giró ligeramente la cabeza, sonriendo, y alzó un pulgar en señal de victoria.

- Ha sido magnífico – lo felicitó Erik.

- Acojonante – reconoció Luis.

- No… no está tan bien – les respondió él – no he calculado bien… sigo cansándome.

- Bah, eso es normal – dijo Rose – sencillamente tu cuerpo no soporta tal descarga de poder.

Simon la interrogó con la mirada.

- ¡Apenas estás desarrollado! – continuó ella – Tu musculatura es la de cualquier chaval de tu edad, no la ejercitas, así que careces de la resistencia necesaria.

El muchacho suspiró.

- ¡Y por dios, descansa un poco! – le sugirió ella – si te obligas a seguir de pie lo único que conseguirás será terminar de agotar tus fuerzas…

- ¡Estás dentro de la misión, demonios! – exclamó, viendo que la miraba, dubitativo – ahora déjate caer y descansa.

Sonrió y relajó sus músculos, cayendo primero de rodillas y después boca abajo sobre el empedrado, riendo satisfecho.

Luis se arrodilló y lo asió, pasando uno de sus brazos por detrás de su cuello y alzándolo para colocarlo de pie, pero Erik decidió mejor llevarlo él y lo sujetó de la misma forma.

- Vamos dentro – les indicó Rose – hay que formalizar sus papeles para la misión.

Entraron en la hermandad en silencio, Luis seguía a la líder de cerca mientras Erik y Simon se mantenían un poco más alejados, avanzando con lentitud.

- Parece que te he subestimado – comentó el pelirrojo a su hermano.

- Bueno - contestó él – no es algo que me importe demasiado…

- ¿Cuándo empezaste a entrenar para esto?

- Hará unos… ocho años.

Erik miró a su hermano, atónito.

- ¿¡Tanto!?

Simon sonrió.

- ¿Recuerdas cuando, al comunicarnos la muerte de nuestros padres, juraste que te convertirías en un gran luchador para honrar su memoria?

- Sí…

- Pues yo hice lo mismo, a mi manera. Quise ser un experto en el látigo, como papá, y no se me dan mal las artes marciales tampoco, y además de eso, también…

- Llegar a donde pocos llegan.

- Exacto.

Luis había aminorado la marcha, Erik se dio cuenta de que los estaba escuchando, y sonrió.

- Día a día, durante ocho años, un par de horas de biblioteca preparándote para esto – dijo el Fernández sin voltear la cabeza – increíble constancia.

No se le veía, pero era evidente que estaba sonriendo, de hecho, Erik sabía que no se daba la vuelta por eso mismo.

Guardaron silencio hasta su llegada al despacho de Rose; sentado, Simon recuperó sus fuerzas con rapidez mientras que la mujer corregía la hoja de misión e incluía a Simon con el sufijo "circunstancias especiales"

- ¿Y esto? – preguntó Erik al verlo.

- Así los de arriba no preguntarán, al menos no más de la cuenta.

Luis frunció el ceño

- ¿Los de arriba?

Rose parecía incómoda, en ese momento, Simon, en parte por sacarla del atolladero y en parte simplemente por satisfacer su curiosidad, le preguntó por el pajarito que le había contado lo del Holy Cross.

- Juan José Fernández – respondió la mujer, escueta.

- ¿Mi padre? – preguntó Luis, extrañado.

Ella asintió.

- Pero ¿Cómo podía saber que yo estaba entrenando justo para eso?

- Por los libros que usabas – contestó - según el que hubiera sobre la mesa deducía por qué parte del entrenamiento ibas y me informaba si había algún cambio o avance… cuando rastreó los residuos energéticos del lugar de la batalla y sintió los tuyos, concluyó que tu esfuerzo había dados sus frutos… y me avisó, junto a – suspiró – la desaparición de su hija.

- Ya veo – concluyó Erik – interesante.

- Bueeeeeeno – Luis se levantó, con la nueva hoja en la mano – aquí ya hemos terminado.

Los otros dos se levantaron también.

- ¿Por donde vais a empezar? – preguntó Rose con curiosidad.

- Ha habido aumentos en la actividad vampírica ¿No? Iremos a los puntos calientes de Europa a investigar – informó Erik – el ataque airoso a una familia de cazadores siempre es una gran noticia para ellos, alguien sabrá algo.

La mujer sonrió y los tres jóvenes se despidieron, cuando estaban a punto de cruzar la puerta ella se levantó de nuevo.

- Erik ¿puedo hablar contigo en privado?

Simon y Luis miraron a Rose y después al pelirrojo, que había quedado intrigado.

- Claro.

- Te esperaremos en el pasillo – le indicó el menor dándole una palmada en el hombro.

- Ya nos contarás.

Simon y Luis salieron del despacho, cerrando la puerta tras de sí y dejando sólo al Belmont con la líder la hermandad.

- ¿De qué se trata? – preguntó éste con curiosidad.

- Primero toma asiento, por favor.

Erik no le hizo caso, permaneciendo allí de pie.

- Tengo… - Rose suspiró – tengo una misión para ti.

Aquello le llamó la atención lo suficiente como para obedecer y sentarse frente a ella.

- Creía que no podíamos tomar misiones simultáneas.

- Este caso es especial.

La líder abrió un cajón de su mesa y sacó una foto de tamaño normal que entregó al muchacho.

- ¿Qué puedes decirme de esto? – le preguntó, apoyando las manos cruzadas encima de la mesa.

Erik observó la foto, era un simple retrato de archivo que mostraba a una chica joven, de tez pálida, labios ligeramente gruesos, grandes ojos azules y nariz pequeña, su cabello, de un rubio casi aplatinado, era largo y voluminoso, cayendo por sus hombros y por detrás de su espalda, con raya a la derecha, el flequillo estaba peinado en un gracioso arco que acababa cayendo hacia su lado izquierdo, tapando parcialmente ese lado de su cara.

- Hombre – contestó él – llamarla "esto" es un poco… No sé, a mí me parece guapa.

Rose bufó.

- ¡Hablo de la chica, hombre! ¿La conoces?

- Me suena… es británica ¿no? Una Simons…

- Exacto, un miembro del clan Simons.

- ¿Qué tengo que hacer con esto? – preguntó en referencia a la foto.

- Quédatela – respondió ella – la necesitarás para tu misión… dime ¿Has oído hablar de Claire Simons?

Erik miró al techo, pensativo.

- ¿Claire Simons? – Preguntó – sí, si que me suena… aprobó el examen de ascenso a con trece años ¿No?

- Así es, hace cuatro años ya – corroboró Rose – se la considera un genio.

- ¿Y de qué se trata? – Preguntó - ¡No me irás a decir que ésta también ha desaparecido!

La mujer asintió.

- Sí, si que ha desaparecido – admitió mientras rebuscaba en el mismo cajón de antes – pero ésta lo ha hecho por voluntad propia… Mira esto.

Sacó una carpeta de color azul claro y la dejó encima de la mesa, el pelirrojo la cogió y la abrió para ver su contenido.

Más fotos, de autopsias.

- ¿Qué demonios es esto? – preguntó el muchacho, confuso, mientras las miraba.

- Son fotografías de autopsias – respondió ella con sequedad.

- ¡No! – Replicó Erik en tono sarcástico – ¡Yo pensaba que era tu alijo de porno!

La líder volvió a suspirar.

- Son fotos de las autopsias… de las víctimas de esa chica.

El Belmont alzó la vista, mirando con suspicacia a su interlocutora.

- ¡Te quedas conmigo!

- Últimamente oigo eso mucho por aquí.

El joven pelirrojo sujetó la foto de Claire, mirándola a fondo, después las imágenes de las autopsias, así alternativamente hasta que las dejó todas en la mesa y devolvió su atención a Rose.

- ¿Y mi misión es…?

- …Encontrar, derrotar y capturar a esa chica, para traerla aquí y poder juzgarla.

Ahora fue él quien bufó.

- ¿Una caza humana? ¿Por qué yo, precisamente?

- Porque tus doce antecesores han fracasado estrepitosamente.

- ¿Los mató? – preguntó él, sintiendo una morbosa curiosidad.

- No

- ¿Los dejó malheridos?

- No

- Entonces ¿Cómo los encontraron?

- Con principio de hipotermia y congelados hasta la cintura.

Erik contuvo una carcajada.

- ¡Venga ya! ¿Han contado lo sucedido?

Rose torció el gesto.

- Sí, bueno… la encontraban, luchaban contra ella, eran humillantemente derrotados y ella les congelaba las piernas y huía antes de darles tiempo a reaccionar.

El Belmont frunció el ceño, pensativo, y volvió a mirar la foto de la muchacha.

- ¿Una asesina que deja vivos a sus perseguidores? – se preguntó en voz alta.

La líder imprimió un formulario, que era la orden para una misión no voluntaria.

- ¿Aceptarás? – preguntó ella.

- ¿Para quién cumplo la misión? – respondió él – no he reconocido ni un solo rostro en esas fotos.

Rose dudó si contestar o no a esa pregunta, sabía que la respuesta no gustaría nada a su subordinado.

- Los hombres de las fotos son… altos cargos de la iglesia católica.

La expresión de Erik, hasta ahora relajada, cambió por completo a un duro gesto de odio.

- ¿Quieres que cumpla una misión para esos comemierdas? – preguntó con voz severa.

- Sólo en parte

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Esto también nos afecta a nosotros – reconoció – nuestra hermandad podría estar amenazada también… y ella es miembro de uno de los clanes más peligrosos, el que antes fue un brazo armado en la sombra para la iglesia.

El muchacho se relajó, aunque seguía enfadado.

- ¿Y por qué me lo pides a mí?

- Por que tú – respondió con voz segura – eres uno de los pocos que están a su altura, conozco tu forma de ser y de combatir, y tu dominio del fuego te da ventaja sobre su elemento hielo… Eres otro de los genios de esta institución, Erik, uno de los mejores.

- Yo no soy un genio – negó mientras se sacaba una pluma del bolsillo de la camisa – sencillamente trabajo duro – firmó, le entregó la hoja a la mujer y se levantó de la silla, pensativo.

- ¿Qué es lo que tienes pensado hacer? – preguntó al joven, que ya se había dado la vuelta.

- Ya conoces mi modus operandi – respondió él, tajante – la cumpliré a menos que encuentre algo que me haga dudar… yo actúo siempre a mi manera.

Dicho esto, con la hoja de misión en la mano y la foto de Claire Simons en el bolsillo, se encaminó a la puerta.

- Sólo una cosa más – lo detuvo Rose.

- ¿Sí?

- Debéis entrenar a Simon… aprovechad la misión para que coja experiencia… convertidlo en un guerrero de pro como vosotros.

Erik se dio la vuelta, sonriente.

- Eso está hecho.