Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 38
Sonriente, despidiéndose de Ireza quien se encaminaba de regreso con Videl, Shapner, soltando un sonoro suspiro, giró sobre sus talones para comenzar a dirigirse a la salida de la escuela. Le alegraba muchísimo haberse reencontrado con Ireza; sin embargo, recordando lo insistente que podía llegar a ser, Shapner respiraba aliviando al pensar que salió bien librado al acordar la entrevista que ella quería.
Riéndose en silencio, pensando en cómo solía comportarse Ireza en su época como estudiante de secundaria, Shapner llegaba a la conclusión que su vieja amiga no se equivocó de profesión. Así pues, cruzando la entrada principal de la preparatoria, el rubio se dio cuenta de cómo el atardecer empezaba a madurar muy deprisa, alertándolo, de inmediato, del arribo inminente del anochecer.
Arriba de su cabeza, acumulándose en las nubes grises que opacaban el cielo, Shapner también se percató que la lluvia no tardaría mucho en hacerse presente en la ciudad; no obstante, dándole un vistazo más al edificio a sus espaldas, el rubio no pudo evitar detenerse por un instante para meditar sobre lo ocurrido escasos minutos atrás. Sinceramente, él creía que resultaría más difícil volver a verla.
Por años, como si fuese un criminal que huía de la policía, Shapner trató de escapar de aquel infructuoso amor al sentirse traicionado por la mujer que más amó en el mundo. En más de una ocasión, viéndose al espejo con un rostro enfadado, Shapner, señalándose a él mismo con un dedo, se culpó de todo tildándose de estúpido y de ingenuo, por haber caído, tan fácilmente, en una mentira tan cruel.
Durante muchísimo tiempo Videl nunca aceptó sus invitaciones; nunca le correspondió en lo más mínimo a ninguno de sus intentos por demostrarle cuánto la amaba. Cualquier otro hombre hubiese tirado la toalla al rendirse, pero no él. Shapner, resistiendo el punzante dolor del rechazo, volviéndose a poner de pie, una vez más volvería a intentarlo por más doloroso que fuese el desafío.
Aquello, convirtiéndose en un dañino círculo vicioso, fue la constante entre los dos hasta que aquel día llegó. Todavía recordaba con claridad sus ruegos; recordaba cuánto le suplicó con tal de tener una sola oportunidad de salir con ella para demostrarle la franqueza de sus sentimientos. Mirándose a sí mismo en retrospectiva, Shapner, con amargura, admitía que su yo más joven le producía lástima.
Dicha palabra le causaba muy malas sensaciones, ya que, siendo ella misma quien se la dijo al romper con él, fue la lástima la única razón por la cual Videl aceptó tener una cita con él. De haberla olvidado cuando ella lo rechazó innumerables veces, su corazón no habría terminado roto en mil pedazos provocándole un vacío que creyó imposible de llenar. Más que culparla a ella, debía culparse a él mismo.
– Está empezando a llover, será mejor que me vaya…
Escuchando y sintiendo como las primeras ráfagas de la tormenta golpeaban en su ropa, Shapner, corriendo hacia su vehículo estacionado no muy lejos de él, se apresuró en abrir la puerta del auto para refugiarse en su interior. Enseguida, buscando la llave correcta, Shapner la introdujo en el sistema de encendido, oyendo, poco después de girarla, como el motor se activaba dándole vida al coche.
Chocando contra el parabrisas, empezando a empañarlo, las gotas de agua pronto hallaron en las escobillas limpiadoras un férreo rival que no se cansaba de retirarlas a pesar de su insistencia en seguir cayendo. Shapner, por su parte, mantuvo su mirada puesta en la batalla que se desarrollaba frente a él, acostumbrándose, sin más, al sonido de los limpiaparabrisas al moverse de un lado al otro sin parar.
– Ella estaba muerta de miedo cuando me vio, nunca creí que yo llegaría a provocarle miedo alguna vez…
Cuando recibió la carta que lo invitaba a la reunión, Shapner, quedándose sin habla por un largo tiempo, se vio envuelto por miles de recuerdos que, ya sean buenos o malos, todos, sin excepción, lo conducían hacia ella. Videl, por supuesto, era igual de culpable que él por su fallida y efímera relación. Uno puso toda su alma en ella mientras que el otro nunca se comprometió, eran la fórmula ideal para el fracaso.
Mirando su reloj, no queriendo demorarse más, Shapner finalmente empezó a conducir abandonando el estacionamiento de su antigua escuela para dirigirse al hotel donde se hospedaba. Sin embargo, antes de retirarse, Shapner le dio una mirada más a la preparatoria por medio de su espejo retrovisor, recordándose, a sí mismo, en la ya lejana ceremonia de graduación quince años atrás.
Ya habiendo roto con Videl, Shapner, teniendo que aceptar que lo suyo fue un total fiasco, le agradecía a la providencia por no haberles contando nada al respecto a sus padres. De habérselos comentado como lo tenía planeado, decirles que él y Videl terminaron a pocos días de haber comenzado una relación, hubiese sido vergonzoso y triste para él. Haberse quedado callado, fue, sin reparo, una bendición.
Una vez allí, presentándose sumamente tarde por un retraso, Shapner se sorprendió al descubrir que Videl aún no había llegado a la gala. Si bien por fuera aparentó que no le preocupaba cuando Ireza se lo hizo notar, Shapner, ensimismado, sí llegó a preguntarse seriamente si Videl se presentaría o no. Pero, socavando sus dudas antes de que tomasen forma, ella arribó al salón uniéndose a los demás.
Luego de eso, sintiendo una gran incomodidad, Shapner prefirió mantenerse distante de ella creyendo que no volverse a hablar tal vez era lo mejor. Tan pronto como todo haya acabado, Shapner, avanzando hacia la salida más cercana, se marcharía de allí para siempre sin girar ni por un segundo para mirar atrás. Aún así, como lo descubriría llegado el momento, era más simple pensarlo que hacerlo.
En tanto su madre le insistía en que se marcharan, Shapner, como si estuviese adherido al suelo, no pudo ni siquiera despegarse de su lugar cuando se encontró a muy poca distancia de Videl. Ella, apareciendo de entre la multitud, se petrificó al hacer contacto visual con él. Ambos, leyendo sus pensamientos, sabían que tanto ella como él deseaban despedirse antes de tomar caminos separados.
– Pero no pude decirle nada, las palabras no me salieron de la boca.
Videl, indecisa, no hizo más que meramente clavar sus ojos azules en él. Shapner, por otro lado, llegó a pensar en un par de frases; empero, sin que pudiese olvidar el terrible recuerdo de ver como sus ilusiones eran pisoteadas por ella, se armó de valor para hacer algo que semanas atrás jamás se habría atrevido a tan siquiera considerarlo: girarse y renunciar a mirarla.
Lo primero que lo enamoró de ella fueron precisamente sus ojos, aquellos zafiros sublimes y celestiales que no parecían ser propios de este mundo. Y desde que la conoció, hasta la trágica noche cuando ella le confesó que no sentía nada por él, aquellas pupilas habían ejercido un efecto mágico en Shapner que le impedían dejar de adorarla y admirarla. Pero ese hechizo, irrevocablemente, se terminó para siempre.
Por ello, mirando al piso mientras se volteaba, Shapner le dio la espalda a Videl en tanto se dirigía hacia donde le esperaba su madre para retornar a casa. Y esa ocasión, hace ya más de una década, fue la última vez que la vio en persona. No queriendo arruinar la felicidad que embargaba a sus padres, Shapner, escondiendo su tragedia, la enterró en lo más profundo de su alma para nunca sacarla de allí.
Como era de esperarse, una vez que obtuvo su diploma de secundaria, Shapner debía tomar la decisión de qué dirección quería para su futuro. Su padre, quien fue su gran pilar y apoyo cuando el rubio incursionó en el boxeo, lo sorprendió pidiéndole que lo dejase para que tuviese una educación universitaria que le asegurara una vida mejor; una donde no recibiría cientos de puñetazos en la cara.
Y Shapner, también sorprendiéndolo a él, le comentó que esa era exactamente su intención; sin embargo, a diferencia de lo que su mamá pudo haber imaginado, el rubio les reveló que le apetecía estudiar actuación. No fue nada fácil convencerlos, sus padres fueron muy reacios al principio, pero prometiéndoles que los haría sentir orgullosos, Shapner, muy decidido, obtuvo su aprobación.
– Han pasado tantos años desde entonces, hice mis maletas y tomé el primer autobús a la Capital del Este–hablándose a él mismo, aprovechando que tuvo que hacer una parada ante un semáforo en rojo, Shapner seguía pensando en el pasado al vivir el presente–haberme ido de Ciudad Satán fue lo correcto, necesitaba olvidarme de este lugar por algún tiempo…
Reanudando su marcha, gracias a la luz verde que brilló ante él, Shapner aprovechó el poco tráfico a esa hora por culpa del torrencial aguacero para sentirse como un turista. Al mirar por las ventanas cerradas y mojadas de su automóvil, Shapner, como si viajase en el tiempo mentalmente, se vio a él mismo caminando por esas avenidas cuando era un habitante más de aquella creciente metrópoli.
No se tardó mucho en observar las evidentes discrepancias, el paso de los años alteró las fachadas de los edificios tanto en diseño como en color. Asimismo, como era normal tomando en consideración la expansión económica que experimentó Ciudad Satán, muchas de las tiendas que solía visitar desaparecieron para darle su espacio a otros establecimientos comerciales.
Una pequeña cafetería que visitó algunas veces al salir de clases ahora era una lavandería; un almacén de moda que frecuentaba sólo para mirar por las vitrinas se convirtió en un mini supermercado. No obstante, obligándolo a detenerse a un costado de la carretera, Shapner, francamente asombrado, bajó la ventanilla junto a él únicamente para mirar el viejo cine sin importarle que la lluvia lo mojase.
– No puedo creer que todavía siga en pie–muy impresionado por aquel descubrimiento, Shapner veía con nostalgia el sitio que fue la cuna de su afición por el séptimo arte–a pesar de estar cerrado y abandonado, sigue siendo una encantadora ruina.
Ese lugar, además de traerle a la mente aquellas películas que sembraron en él la semilla de querer actuar, igualmente fue el sitio que eligió Shapner para tener su primera cita con Videl. Desde que era niño quiso llevarla allí para estar a solas con ella, pero no fue hasta que fueron unos adolescentes, que Shapner, al fin, logró concretar aquel añejo anhelo de pasar una velada cinéfila con ella.
Era una pena que todo aquello no fuese más que un engaño; aún así, regresando la vista al frente, Shapner le daba las gracias al destino por haberlo curado de aquel enfermizo amor. Y así, acelerando otra vez, el rubio dobló en una esquina a la derecha mirando en la distancia el hotel donde se alojaba. Aquello le resultaba curioso, hospedarse allí lo hacía sentir como un extranjero en su propia tierra.
Habiendo ganado considerables sumas de dinero como fruto de su arduo esfuerzo, Shapner, teniendo muy presentes a sus padres, les compró una casa hermosa y espaciosa en la Capital del Este para que ambos disfrutasen con comodidad de su futura vejez. Así pues, marchándose ellos de Ciudad Satán, todo vínculo familiar que Shapner tuviese en aquella urbe terminó esfumándose por completo.
Pero al meditar al respecto, Shapner, al estacionarse en el aparcamiento del lujoso edificio que le ofrecía hospedaje, volvió a experimentar una extraña sensación que venía arrastrando desde hace muchos años. Era como un vacío en sus memorias, como si tuviese el presentimiento que le faltaban varias piezas del rompecabezas cada vez que le echaba un vistazo a su juventud en Ciudad Satán.
Podía recordar, sin problemas, cuando llegó allí y cuando se fue. Sin embargo, por más que estuviese seguro que lo recordaba absolutamente todo, el rubio se atrevía a jurar que presentía que no era así. Ignoró esa impresión muchas veces al subestimarla, no le prestaba atención al meterse de lleno en su trabajo; no obstante, desde que se reencontró con Videl, aquel sentimiento cobró un inesperado vigor.
Fue tal su extrañeza al respecto, que Shapner, sin darse cuenta, no notó cuando entró en el ascensor que lo llevó hasta el piso exacto donde se ubicaba su habitación. Pestañeando, dándose una bofetada mental para que se librase de su letargo, Shapner salió del elevador recorriendo el largo pero tranquilo pasillo que lo llevaría directamente hasta sus aposentos.
Sin retrasarse más, abriendo la cerradura, Shapner dio un paso adentro cerrando la puerta detrás de él diciéndose que al fin podría descansar por lo que quedaba de la noche. Soltando los botones de su chaqueta y quitándose su corbata, el rubio, sin preocuparse demasiado, arrojó aquellas prendas sobre sus dos maletas que yacían acomodadas en una esquina de la recámara.
Ya que no tenía contemplando permanecer mucho tiempo en la ciudad, Shapner, sin tomarse la molestia de desempacar, dejó todas sus pertenencias guardadas en su equipaje. Por ende, también comenzando a quitarse la camisa que traía puesta, a Shapner se le antojaba una relajante ducha caliente para luego disponerse a cenar. Aún así, tomándolo por sorpresa, algo interrumpió sus planes.
– ¿Adónde se fue Kokoa? –Lanzando aquella pregunta al aire, el exnovio de Videl, rápidamente se percató que su futura esposa no se veía por ningún rincón de la habitación– ¿habrá salido a recorrer el hotel?
No obstante, respondiendo a sus cuestionamientos pocos segundos después, unos murmullos y pasos que provenían del cuarto de baño le indicaron a Shapner en qué sitio se encontraba su novia. Y en menos de un santiamén, acompañada de una nube de vapor que apareció junto a ella, Kokoa, su prometida, emergió del recinto adyacente topándose con él al descubrir su presencia.
– ¡Hola! –Saludándolo, vistiendo ropa ligera y trayendo en su cabello una toalla arrollada, Kokoa se le acercó para darle un beso de bienvenida–no te escuché llegar, creí que estaría lista para cuando llegaras.
– No te preocupes, no hay problema…–regresándole el gesto, Shapner besó sus labios al saludarla–tan pronto como me haya dado una ducha, ordenaré algo de cenar para que comamos aquí arriba.
– Me muero de hambre, sólo dame unos minutos para secarme el cabello y para vestirme–atravesando la amplía recámara que compartían, la chica, sentándose ante el tocador, empezó a buscar sus implementos de belleza para arreglarse–regresaste más temprano de lo que imaginé, creí que te quedarías más tiempo en la reunión.
– Pude haberme quedado un poco más, pero preferí volver antes para descansar del viaje y para cenar contigo–colocándose detrás de ella, tanto Shapner como su novia, se sonrieron al mirarse en el espejo frente a ambos–si me hubieras acompañado tal vez me habría quedado unos minutos más, luego podríamos haber ido a cenar a unos de los restaurantes de la ciudad.
– Me hubiera encantado ir contigo, pero me habría sentido como una intrusa–encendiendo la secadora de cabello, Kokoa, soplando sus mechones castaños, le respondió dibujando una sincera cara avergonzada–además me habías dicho que estarían tus amigas de la escuela, no me pareció muy correcto entrometerme en algo tan personal.
– Ya te lo había dicho, no tienes que sentirte así; me hubiera encantado que vinieras conmigo–tomándola de los hombros, Shapner, con firmeza, le replicó–me hubieras sido de gran ayuda; aunque confieso que las cosas no resultaron tan malas como creí que serían.
Apagando la escandalosa secadora de pelo, Kokoa, girándose sobre su asiento, mostró un rostro más serio al ver como su novio se alejaba un poco para sentarse en el suelo.
– ¿La viste, no es así? –Mirándolo directamente a los ojos, Kokoa le formuló un par de preguntas– ¿Videl fue a la reunión?
– Sí, ella fue la reunión–apoyando sus brazos en sus rodillas, Shapner, con franqueza, le comentó–no fue como me lo había imaginado desde que recibí la invitación, pensé que las cosas terminarían siendo peores; pero me alegra que todo haya salido bien.
– Me alegro, es mil veces mejor cerrar las heridas del pasado que quedarse atrapado en el dolor por toda la vida–reclinándose en el respaldo de su silla, la chica de ojos negros le afirmó.
– No ha cambiado mucho físicamente, es básicamente la misma; salvo que ahora usa el cabello en una trenza larga–haciendo memoria, Shapner continuó relatándole lo ocurrido en la preparatoria–pero lo que más me intrigó fue verla asustada cuando me vio, la Videl que conocí y recordaba no se asustaba con nada. Fue muy inesperado que reaccionara como lo hizo, estaba muy pálida cuando nos saludamos.
– Supongo que estaba avergonzada…–dando justo en el blanco, Kokoa adivinó muy bien los sentires de Videl a pesar de no conocerla todavía–considerando todo lo que me contaste sobre ustedes dos, y poniéndome en sus zapatos, creo que yo también me sentiría muy apenada si volviese a verte.
Asintiendo con la cabeza, manteniéndose callado por un instante, Shapner vio a su novia regresar a su tarea de secar sus mechones mientras él se ponía más cómodo al acostarse sobre la alfombra del piso. Usando un antebrazo como almohada, Shapner, viendo con aburrimiento el ventilador que daba vueltas en el techo, le echó un vistazo de reojo a Kokoa que seguía ocupada arreglando y secando su melena.
Observando lo hermosa que era y convencido de lo enamorado que estaba de ella, Shapner, hablando consigo mismo, se dijo mentalmente una verdad ineludible y reparadora: Videl nunca fue para él. Su apasionado amor por ella; aquel amor que llenó su imaginación de toda clase de sueños, fue en realidad como una canción cantada por un cisne moribundo. Era algo lindo y honesto; pero sin ningún futuro.
Fue tal su obsesión con Videl, que Shapner, en su adolescencia, concibió dentro de sus pensamientos a una Videl ilusoria que solía aparecer cuando él se curaba de los rechazos de la Videl real. Esa falsa Videl, convirtiendo sus horribles pesadillas en bellos momentos, compartía con él miles de citas llevándolo a donde sus deseos quisiesen ir: fueron a la playa, a bailar, a tomar unas cervezas y mucho más.
Pero tal cosa, más que hacerle un bien, únicamente lo hería más en su interior. Si Videl lo usó a él como un placebo para escapar de sus propios demonios, Shapner, haciendo lo mismo con aquella fantasía, la usaba como una vía de escape para engañarse con un fútil noviazgo imaginario que, irónicamente, acabó mejor que el legítimo que tuvo con Videl, cuando ésta, al fin, aceptó darle una oportunidad.
Sin embargo, por un tiempo más, aquella Videl ficticia continuó apareciendo ante él cuando cerraba sus ojos para dormir. Si bien el propio Shapner le pedía que se marchase, por hacerlo sentir más miserable, aquella Videl, ahora invirtiéndose los papeles, era la que le imploraba a él que le permitiese demostrarle lo mucho que lo amaba. Y por más que la tentación fue muy fuerte, su voluntad lo fue aún más.
– ¿En qué estás pensando? –interrumpiendo sus reflexiones, Kokoa, ya con su cabello castaño debidamente peinado, se le aproximó tumbándose a su lado en el suelo.
– Pensaba en lo mucho que me alegra haberte conocido…
Ya habiéndose marchado de Ciudad Satán, Shapner, alojándose en una modesta torre de departamentos, se prestó a gastar en su educación los ahorros que sus padres le brindaron para su viaje. No poseía mucho en sus bolsillos, pero llevaba consigo una tonelada de aspiraciones que esperaba materializar tan pronto como se inscribiese en la escuela de artes escénicas que eligió para instruirse.
En tanto Gohan se trasladó a la Capital del Oeste, la cual, gracias a los modernísimos laboratorios con los que contaba, la hacían ser la meca de la ciencia y la tecnología a nivel mundial, Shapner, mudándose a la Capital del Este que era el cuna de toda la industria cinematográfica y teatral del planeta, confiaba en tener buena suerte para mostrar sus dones a cualquier estudio que estuviese buscando nuevos talentos.
Pero para poder pensar en grande, primero debía empezar en pequeño. El teatro, siendo su primer escalón al terminar su preparación académica, le ofreció un escenario donde darse a conocer al interpretar roles cortos que, gradualmente, fueron creciendo tal y como el rubio lo deseaba. Y el cine, su más codiciado objetivo, no se manifestó ante él hasta ocho años después de haber llegado a la capital.
Y fue allí, al participar en una que otra escena recitando apenas algunas líneas de diálogo, que ella, cambiando su vida para siempre, vino a hacerle sentir un sentimiento que no experimentaba desde que conoció a Videl: enamorarse. Tratándose de unos simples extras, Shapner y Kokoa, compartiendo la cámara por efímeros dos minutos, debutaron juntos al ser inmortalizados en el celuloide.
– Y a mí me alegra haberte conocido a ti…
Al reír antes de actuar, al compartir el entusiasmo y el nerviosismo por aparecer en una película; aunque fuese sólo un poco, le demostró a Shapner que esa jovencita parada a su lado era especial. Y no queriendo perder esa felicidad y complicidad que ambos construyeron, Shapner, invitándola a tomar una taza de café al concluir el rodaje, ni se imaginaba que ella acabaría convirtiéndose en su prometida.
Lo que empezó únicamente como una salida casual, terminó madurando, a tal grado, que Shapner aprendió que era un enorme error dedicarle energías y tiempo a alguien que no correspondía sus sentires. De haberse dado cuenta de algo tan elemental en su juventud, tal vez, ahorrándose muchas amarguras, no hubiese tenido que sufrir la traición de ser engañado por quien más amaba.
Asimismo, sin que lo sospechase, la Videl fantasmal que ocasionalmente continuaba buscándolo al descansar, al fin se evaporó de su mente en su totalidad una vez que él y Kokoa comenzaron a salir formalmente. Kokoa, aún sin saber su historia con Videl, fue sanando sus heridas, borrando, con cada beso y caricia, hasta la última huella que existía de Videl en el alma de Shapner.
Y como si se tratase de un paciente que se mantuvo hospitalizado desde que se enamoró de Videl, Shapner, oficialmente, se declaró curado de ella.
– Con volver a encontrarme con Videl, me demostré a mí mismo que las cosas debían pasar cómo pasaron. Sufrí mucho cuando me dijo la verdad, la maldije varias veces y muchas noches golpeé mi cama al no poder dormir–tranquilo, viéndose en el pasado, Shapner le comentó al tomarla de una mano–pero también yo tuve parte de la culpa. Si hubiera entendido desde la primera vez que ella me dijo que no, entonces ninguno de los dos habríamos terminado de la forma en que lo hicimos.
– Desde que me contaste de Videl y de todo lo que pasó entre ustedes, me hubiera gustado mucho haberte conocido antes…–reclinándose sobre el pecho de su novio, Kokoa, enterrando su cara en el cálido cuello del rubio, le dijo con sinceridad–tanto dolor y sufrimiento, simplemente no hubiese sucedido.
– "No hay mal que por bien no venga", dice un viejo refrán–negando con la cabeza, Shapner le aseveró–todo al comienzo fue malo, pero al pasar el tiempo, al irme de Ciudad Satán, llegó el bien: te conocí a ti. Y ahora, mi vida está mejor que nunca…
Sus escasas y breves apariciones en la gran pantalla fueron subiendo exponencialmente, de ser un mero extra pasó a ser un personaje secundario, y al ganarse la confianza de los directores que lo dirigían, tuvo sobre sus hombros el peso de ser el protagonista. No podía considerarse una súper estrella, todavía no, pero de continuar con la buena racha que traía, en un futuro podría sentirse como una de ellas.
Antes de viajar a Ciudad Satán para la reunión, su agente, por medio de una llamada telefónica, le informó de un nuevo proyecto fílmico donde le ofrecían un papel importante. Acordando discutirlo cuando regresase, Shapner, viendo sus anhelos florecer, se sintió sanamente orgulloso de su trabajo sabiendo que cada logro cosechado se ha debido a su dedicación y empeño.
No le debía nada a nadie. Si bien pudo haber heredado una fortuna de haberse casado con Videl, el prestigio y la reputación que disfrutaba hoy en día eran suyos por derecho propio. Y en unos meses, cuando pudiese sellar su amor por Kokoa en el altar, sus hijos recibirán de sus manos la herencia que tanto coraje, sudor y lágrimas le costó edificar. Aún así, Videl siempre será una parte crucial de su vida.
– Le dije a Videl que la perdonaba, cerramos por completo el capítulo que no debimos abrir jamás–abrazando a su pareja, Shapner, mirando de nuevo el ventilador en el techo, se sintió en paz–eso me recuerda que acordé con ellas dos vernos para cenar el próximo fin de semana, les dije que te llevaría conmigo para que las conocieras.
– ¿Una cena? –Sin demoras, reaccionando en el acto, Kokoa le consultó–será muy raro conocer a la exnovia de mi prometido, pero le daré una oportunidad a Videl. Aunque si la hubiera conocido hace quince años cuando rompió contigo, créeme que le hubiese dado un puñetazo en la cara por todo lo que te hizo.
– No sabía que podías ser una chica ruda, me alegra descubrir algo nuevo de ti cada día–con tono bromista y jovial, Shapner, mirándola con buen humor, le afirmó antes de retomar el semblante serio que tenía hasta hace unos segundos–Videl también se disculpó conmigo, yo ya la había perdonado; pero igual le agradecí que tuviese la gentiliza de reconocer sus fallos, tal y como le reconocí los míos.
– Yo también se lo agradezco, al menos fue lo suficientemente decente como para pedirte disculpas–cerrando los ojos por un momento, Kokoa, todavía sin haber visto ni una fotografía de Videl, trataba de imaginarla al guiarse por las descripciones que Shapner le ha dado sobre ella–tendré que buscar entre la ropa que traje algún vestido bonito para ponerme, cuando hice la maleta no se me ocurrió traer alguno de mis vestidos de noche.
– No hace falta tanta elegancia, será una cena tranquila entre un grupo de amigos–apaciguándola, Shapner ya conocía cómo se comportaba Kokoa cuando debía prepararse para una ocasión importante–por otro lado, olvidé contarte que Ireza, quien trabaja en el noticiero local, me invitó a una entrevista para hablar sobre mi carrera. Me gustaría que me acompañaras, así podré dar la noticia de nuestro compromiso.
Kokoa, quien no se esperaba eso, se disponía a decirle algo a su novio, pero éste se le adelantó.
– Sé que me habías dicho que no te gusta la idea; pero le pedí a Ireza que no me llamara por mi nombre de pila, prefiero usar el seudónimo que tengo en mente…
– Si ese horrible nombre te hace feliz; también lo usaré…–dibujándole un puchero infantil, la chica no escondía su desagrado por el nombre falso que Shapner escogió para él mismo–pero cuando nos casemos, quiero casarme con Shapner y no con Barry Kahn.
– Para todos los demás seré Barry Kahn, pero para ti siempre seré Shapner…–regalándole esa tonta sonrisa que, según él, lo hacía ver como un galán, Shapner le hizo una promesa–y ahora que lo pienso, mañana tomémonos el día libre para recorrer la ciudad y mostrártela. Quiero enseñarte la que fue la casa de mis padres antes de que se marcharan de Ciudad Satán, yo crecí ahí; espero que todavía siga en pie. Tengo muchos recuerdos de esa casa, pasé prácticamente toda mi niñez y adolescencia en ella.
– Han pasado muchos años, pero no creo que la hayan demolido…–girándose, alzando la mirada para ver directamente a su novio, Kokoa dejó de hablar por un instante al notar la expresión preocupada que apareció de repente en Shapner– ¿te pasa algo malo, cariño?
– No estoy seguro, es sólo que he estado pensando en algo desde que volví a ver a mis amigas…
– Pensé que ya habías pasado la página sobre lo que ocurrió con Videl…
– No es sobre ella; aunque al mismo tiempo sí lo es–sin saber realmente lo que decía, Shapner, volteándose hacia Kokoa, notó su rostro lleno de dudas–desde hace mucho tiempo, incluso antes de conocerte, cuando me detengo a pensar sobre mi estadía aquí en Ciudad Satán, en ocasiones tengo la sensación de que no puedo recordarlo todo. Lo extraño, es que estoy seguro que lo recuerdo todo.
– Eso no tiene ningún sentido–señalándole lo obvio, Kokoa le alegó– ¿cómo puedes recordar algo y al mismo tiempo no?
– Suena muy estúpido, lo sé; pero no encuentro otra forma para describirlo–habiendo vuelto a pensar en esa extraña sensación de vacío que revivió en él desde que se reencontró con Videl, Shapner, no hallando cómo explicarla con más claridad, ya no podía sacarse de la cabeza esa incómoda molestia–es como si chocara contra un muro blanco, siento que pasaron más cosas de las que puedo recordar claramente. Aunque al mismo tiempo, estoy seguro que no he olvidado nada…
Inclinándose, regresando a una posición sentada, Shapner comenzó a frotarse las sienes presintiendo que muy pronto lo visitaría una jaqueca. Kokoa, por su parte, lo imitó sentándose a su lado observándolo con una genuina preocupación, por más que pensaba en lo que le dijo, la joven actriz no encontraba un remedio o solución para aliviar la peculiar e inusual contrariedad que lo aquejaba.
– Tranquilo, tranquilo…–abrazándolo por la espalda, hablándole con suavidad, para Kokoa era la primera vez que veía a su novio actuar de ese modo en todos los años que tenían de conocerse–no recordar ciertas cosas del pasado es algo normal, yo ni siquiera recuerdo lo que desayuné el domingo pasado. Además, si en verdad pasó algo que no puedes recordar, entonces no debe tener ninguna importancia.
– Tienes razón, perdóname por actuar como un loco–regalándole un beso rápido, Shapner, con ansiedad, quiso dar el tema por terminado–es sólo que volver a esta ciudad me trae demasiados recuerdos, algunos son muy buenos, otros duelen mucho.
– Ve a darte un baño caliente, ordené comida mientras te duchas–levantándose, mirando de reojo el teléfono a una corta distancia de ella, Kokoa pretendía ordenar servicio a la habitación–ya que nos pusimos muy cómodos aquí en el suelo, se me ocurre que hagamos un picnic aquí mismo sobre la alfombra…
– Eso no suena nada mal, me gusta la idea–también poniéndose de pie, el rubio, contemplando la ducha gracias a que la puerta del baño se encontraba abierta, reconocía en sus adentros que la sugerencia de cenar sobre la alfombra de la recámara le parecía reconfortante–ordena lo que más te guste del menú, prometo no tardarme mucho…
– Aquí te espero…
Con prisa, queriendo enterrar en el olvido la última parte de su conversación, Shapner, asegurando la cerradura a sus espaldas, se reclinó contra la puerta del baño mientras veía su cara reflejada en el espejo colgado frente a él. Vio su notoria palidez por unos segundos, buscando, en algún rincón de su reflejo, alguna cura que le hiciese recuperar la paz y la vitalidad que poseía hacía unos minutos.
Al no encontrarla, no queriendo hacer esperar demasiado a Kokoa, Shapner terminó de desvestirse para entrar en la ducha, la cual, ofreciéndole tanto la opción de usar agua fría como caliente, le hizo detenerse para tomar una decisión. A pesar que la posibilidad de elegir la segunda lo tentó enormemente, Shapner, deseando enfriar sus pensamientos, terminó optando por la primera.
Y de inmediato, tan pronto como abrió dicha llave, una helada ráfaga de agua cayó sobre él sacudiéndolo con su baja temperatura. Así pues, mientras se quedaba parado sin moverse, Shapner fue pensando en su reencuentro con Videl e Ireza asombrándose de los grandes cambios que el peso de los años dejó en los tres. Ya no eran los niños que se conocieron en la primaria, ya eran todos unos adultos.
Juntos vivieron toda una variedad de momentos felices y dolorosos; momentos que contribuyeron a darles forma a sus respectivas y diferentes personalidades. Ireza siempre fue muy extrovertida e impulsiva, Videl adoptó una rígida seriedad que hoy en día se mantenía, y él, deseoso de superarse a sí mismo, pasó de ser una celebridad deportiva, a consolidarse, poco a poco, en el mundo del espectáculo.
– Me alegra mucho saber que nuestra amistad nunca se rompió a pesar de las dificultades que tuvimos, ojalá pudiera decirme a mí mismo en el pasado que entienda cuando algo no es posible–recordando, de nuevo, su terca obstinación por salir con Videl, Shapner se susurró sin abandonar la cascada de agua que caía sobre él–al menos todo ha vuelto a la normalidad, ya no queda nada pendiente entre nosotros por resolver…
Ya sintiéndose un poco mejor, cerrando el grifo de la regadera, Shapner se prestaba para salir cuando se dio cuenta de algo que había olvidado todo este tiempo, o mejor dicho, de alguien. Si bien Videl e Ireza fueron su principal compañía desde que tuvieron la fortuna de compartir un mismo salón, el rubio, evocando su último año de secundaria, recordó que su trío de amistades se transformó en un cuarteto.
Aquel chico, cuyo primer encuentro le dio la impresión de ser un debilucho sabelotodo, resultó ser una inesperada adición a su círculo social ya previamente establecido. Gohan, como dijo llamarse al presentarse ante todos, se convirtió en el blanco favorito de sus constantes bromas y chistes, cuando Shapner, atravesando aquella fase de ser el "bromista de la clase", sólo quería llamar la atención.
Aún así, a diferencia de otros nerds, Gohan nunca pareció verse molesto u ofendido por sus mofas; al contrario, en la inmensa mayoría de las veces en las que se burlaba de él, el pelinegro ni siquiera entendía el significado real de sus burlas. Aquello, en un principio, sólo le echó más leña al fuego al resultarle más divertido; empero, con el pasar de los meses, fue volviéndose monótono y aburrido.
– Me parece muy extraño que Gohan no haya ido a la reunión, tal vez llegó tarde cómo solía hacerlo al ir a clases–tomando una toalla, el rubio, secándose sin problemas su corta cabellera, se sentía un poco más relajado gracias al efecto del agua fría–me pregunto dónde estará ahora; con lo tímido que era en la escuela, no me lo imagino casado y con hijos.
Una vez que se secó de pies a cabeza, y viendo que no trajo consigo ropa limpia para cambiarse, Shapner, sin más alternativa, se cubrió con una de las batas que yacían colocadas en un perchero cercano. Y allí, todavía sin sacarse a Gohan de su mente, otro repentino sentimiento de vacío se manifestó en él para inquietarlo; aunque este en especial, vino acompañado de algo más.
En silencio, mirando su propia mano derecha, Shapner, abriéndola y cerrándola con lentitud, se preguntó si alguna vez llegó a lastimársela gravemente. Asimismo, empleando la misma mano, el exnovio de Videl se frotó su mentón cuestionándose lo mismo respecto a su mandíbula. Esas dos preguntas salidas de la nada, sin que entendiese porqué, parecían vincularse con Gohan.
– Ya llegó la cena, ordené para ti un filete tal y como te gustan…
Escuchando desde el exterior la voz de su prometida, Shapner, parpadeando, se liberó de ese extraño adormecimiento que lo poseyó por un santiamén. Pero, aún sin responder a las palabras de Kokoa, el joven actor que se autobautizó como Barry Kahn, hizo un rápido repaso mental de su época como boxeador, enumerando, una tras otra, cada lesión y herida seria que cosechó en sus varias peleas.
Recibir puñetazos en el rostro era algo normal en el boxeo, no por nada su madre le rogó sin cansancio que lo abandonara al notar los moretones que tiñeron su faz; sin embargo, ya sea por suerte o gracias a su destreza, ninguno de sus oponentes llegó a provocarle un daño de suma gravedad. Igualmente, apretando su puño derecho, tampoco recordaba haber padecido una herida crítica en dicha extremidad.
– ¿Quieres una copa de vino tinto o blanco? –nuevamente, hablándole desde las afueras, Kokoa le hizo una pregunta.
– Vino tinto…–contestándole, su paladar reaccionó con prontitud al desear un trago–una copa de vino tinto, por favor.
– De acuerdo…
Girándose, mirándose otra vez en el mismo espejo que colgaba sobre el lavabo, Shapner esbozó una expresión de enojo que iba dirigida únicamente para él. Presuroso, caminando hacia aquel cristal que reflejaba su imagen, Shapner, parándose justo frente a éste, aparentaba estarse preparando para enfrentarse a uno de aquellos contrincantes que lo esperaban en el cuadrilátero.
– ¿Qué demonios está pasando contigo? –Hablándose, Shapner se reclamó a él mismo–sé que volver a Ciudad Satán no es nada fácil, pero comportarse como un completo idiota ya es ridículo. Si continúas actuando así, Kokoa lamentará haberse comprometido con un chiflado y te abandonará. Así que si no quieres que eso ocurra, deja de pensar en tantas estupideces sin sentido.
Sin parpadear, observándose fijamente, Shapner aguardó por un breve instante como si su reflejo fuese a hablarle; enseguida, soltando un largo suspiro, el rubio retomó la compostura antes de disponerse a salir. Ya no quería verse abatido por fantasmas ni rencores otra vez, esa etapa ya la había superado con éxito y no permitiría que volviese a recaer. Las tonterías como esta, sin duda alguna, tenían que acabar.
Se encontraba disfrutando de la mejor época de su vida, sus sueños de antaño se estaban materializando frente a él, logró sanar por completo las heridas dejadas por Videl en su corazón y, por encima de eso, gozaba de una larga y consolidada relación con Kokoa. Y ahora, por culpa de un par de estupideces, no era posible que perdiese de vista el maravilloso futuro que le esperaba junto a ella.
Tan pronto como regresara a la Capital del Este, Shapner, visitando a sus padres en la casa que él mismo les compró, les diría en persona que planeaban casarse. Haberla conocido fue un golpe de suerte, una bendición caída del cielo que se negaba a perder. Así pues, soñando con lo que le esperaba en unos cuantos años más, con una cara segura y tranquila, Shapner se preparó para regresar con Kokoa.
– Perdona la demora, ya estoy…
Cortando sus palabras de raíz, Shapner, una vez que abrió la puerta del baño, se encontró con las luces de la habitación apagadas; aunque, iluminando la penumbra que lo rodeaba, un candelabro con tres velas encendidas yacía en el suelo. Asimismo, tal y como Kokoa lo dijo, varios platos y botellas de vino se veían en el piso rodeando aquella única fuente de luz, formando, en su conjunto, un picnic nocturno.
– Ya que tardabas tanto en salir, se me ocurrió la idea de cenar a la luz de las velas…
Viniendo de otro punto de la recámara, la voz de Kokoa, resonando en sus oídos, se le adelantó a cualquier pregunta que pretendiese hacer ante el escenario que lo recibió. Shapner, girándose a la izquierda, vio como la silueta de su novia se delineaba con más claridad a medida que ella se acercó al brillo de las candelas. El rubio, sin decir nada todavía, sólo pensó en lo hermosa que se veía.
– ¿Te gusta la idea? –sentándose de su lado de la alfombra, la chica, sirviéndose una copa de vino, le cuestionó al verlo aún petrificado en su sitio.
– Me encanta…
Shapner, para cuando tomó asiento en su sitio, ya no recordando ninguna de las convulsas sensaciones que lo aquejaron minutos atrás; únicamente se limitó a comer en paz y a disfrutar de la compañía de su novia. Esta era una diminuta muestra de lo que quería tanto para él como para ella, simplemente deseaba una vida serena, donde ninguna tormenta, además de la lluvia exterior, nublara su felicidad.
Dentro de aquellas paredes solamente existieron ellos dos. Ni su prometedora carrera actoral; ni su reencuentro con Videl, ni tampoco la difusa silueta de Gohan, consiguieron tan siquiera alcanzarlo. El foco de su atención siempre se mantuvo en la persona que le acompañaba, la mujer que lo cambió todo para él haciendo algo que antes tachaba de imposible: volver a enamorarlo e ilusionarlo de nuevo.
Más allá de frustrarse por no poder recordar cosas que no tenía la seguridad de ser reales, Shapner, al mejor estilo de una película romántica, prefería grabar en su memoria cada minúsculo suceso de aquella cena.
No podía negar que las ansias lo mataban, hubiese deseado correr a toda velocidad por los pasillos de la escuela hasta dar con ella; no obstante, sabiendo que aquello no era posible, Gohan no tuvo más alternativa que seguir guardando las apariencias. Así pues, abriendo las puertas del gimnasio donde también se realizó la graduación quince años atrás, el saiyajin, impaciente, procedió a buscarla.
Empleando sus sentidos, rastreándola entre las varias personas allí reunidas, Gohan no tardó en ubicarla localizándola al otro extremo de la habitación. Por ende, no queriendo lucir demasiado desesperado por volver a verla, Gohan caminó tranquilamente preparándose para atravesar la masa humana que llenaba aquel recinto. Sin embargo, al irse aproximado al gentío, varios de los allí presentes se giraron a mirarlo.
Muchos, por no decir que la inmensa mayoría, arquearon una ceja al preguntarse quién era ese sujeto desconocido de gruesas gafas que apareció de repente. Habiendo compartido con él sólo el último año de preparatoria, sumado al hecho de que Gohan se fue de Ciudad Satán al recibir su diploma, era comprensible que lo mirasen con extrañeza al no reconocer su rostro.
Y el hermano de Goten, siendo sincero con él mismo, tampoco conseguía recordar los nombres de aquellos hombres y mujeres que le veían. Aún así, no estando allí por ninguno de ellos, Gohan se limitó a darles una pequeña sonrisa en tanto continuaba con su caminata. En respuesta, murmurando y viéndose entre sí, una minoría comenzó sospechar de su identidad con el paso de los segundos.
– ¿Gohan, eres tú? –diciendo en voz alta lo que otros susurraban, una pelirroja, de frondosa cabellera, se ganó su atención al hablarle justo cuando él pasaba a su lado.
– Hola…–no recordando su nombre, pero sí sabiendo quién era, Gohan tuvo que detenerse cuando ella se plantó ante él.
– ¡Santo cielo, casi no te reconocí! –Estudiándolo de pies a cabeza, aquella chica que entraba en sus treintas, le sonrió con sincera sorpresa–estás muy cambiado, no recordaba que fueras tan alto. Y esos anteojos, cuando te vi no sabía quién eras.
– Es un gusto volver a verte, han pasado muchos años…–a pesar de tener su nombre en la punta de la lengua, Gohan, muy apenado, no fue capaz de pronunciarlo–a mí también me sorprende ver a todos los de la clase, honestamente no reconozco a muchos…
– ¿Recuerdas mi nombre, verdad? –Con un tono bromista, adivinando que no la reconocía, ella le hizo aquella pregunta deliberadamente– ¿sí sabes quién soy, o no?
Por más que rebuscó en su cabeza, la cual, sólo pensaba en Videl, Gohan prefirió rendirse y admitir la realidad. Entretanto, la pelirroja, viéndolo frotarse la nuca con evidente vergüenza, aprovechó para darle una mirada más minuciosa a la apariencia de su antiguo compañero de clase. Si cuando eran jóvenes le parecía un chico lindo, ahora, luciendo muy bien, le resultaba sumamente atractivo.
– Ángela, soy Ángela…–presentándose, aún sin quitarle los ojos de encima, ella le reveló su identidad.
– ¡Ángela! –Exclamando, al fin rememorando su nombre, Gohan se carcajeó un poco–discúlpame por no haberte reconocido de inmediato, han pasado muchos años desde la última vez que estuve aquí en Ciudad Satán. Espero no te molestes…
– No te preocupes, no pasa nada–notando que nadie más mostraba interés en ellos, Ángela, avistando una de las varias mesas con bocadillos completamente despejada, se aventuró a sujetar de un brazo a Gohan para llevarlo hasta allí–acompáñame por un café, hay tantas cosas que platicar. Después de que nos graduamos, no volví a escuchar nada de ti…
– Me mudé a la Capital del Oeste, ahora estoy viviendo allí–sintiendo el ki de Videl aún en el mismo lugar, Gohan, sin que pudiese evitarlo, se vio arrastrado por Ángela arruinando su plan de reencontrarse con la pelinegra–volví a Ciudad Satán para la reunión de exalumnos, así que no me quedaré mucho tiempo por aquí.
– ¡Qué lástima! –Tomando una las tazas de café en la mesa, Ángela, haciendo lo mismo con una gran cantidad de sobrecitos de azúcar, comenzó a verterlos uno por uno en su bebida caliente–me hubiera encantado que te quedaras más tiempo, hubiese sido divertido salir a cenar alguna vez a un restaurante o a tomar una copa.
– Quizás en otra ocasión sea posible…–incómodo, pasmado por el exorbitante volumen de azúcar que Ángela le añadía a su café, Gohan deseaba alejarse de allí con rapidez–podríamos reunirnos algunos excompañeros para platicar y pasarla bien todos juntos en otro momento…
– No me interesa pasar ni un minuto con este montón de aburridos…–dándole un sorbo a su café, saboreando la alta concentración de azúcar en él, Ángela sonrió complacida echándole otro vistazo a Gohan–la única razón por la que vine a esta tontería es porque no tenía nada mejor qué hacer, pensaba irme pronto; pero cuando te vi llegar, creí que valía la pena quedarme un poco más…
Como si fuese un adolescente otra vez, Gohan, riéndose con evidente nerviosismo, ya no era aquel chico ingenuo que no sabía nada del mundo más allá de las montañas Paoz. Durante los últimos años, al vivir solo en la Capital del Oeste, y habiendo trabajado con varias mujeres en los laboratorios de la Corporación Cápsula, el saiyajin ya entendía las obvias indirectas cuando una chica quería salir con él.
Distintas colegas suyas, embelesadas como Ángela por su marcada musculatura, siendo incluso más atrevidas que la pelirroja, habían intentado sacarlo de la soltería empleando toda clase de tácticas de seducción. No obstante, para su mala fortuna, ninguna de ellas pudo quitar a Videl del pedestal donde Gohan la recordaba. Por ello, volviéndose un solterón cotizado, Gohan las rechazaba una por una.
– ¿Estás casado, divorciado o tienes novia? –lanzando el primer anzuelo, Ángela, acabándose su café, le cuestionó dirigiendo la charla por donde más le interesa.
– Estoy soltero, el trabajo consume mucho de mí y no me deja casi nada de espacio para algo más–intencionalmente, esperando que aquello desestimara cualquier idea que ella tuviese en mente, el primogénito de Goku le replicó.
– Yo me divorcié hace unos cuatro años, me casé demasiado joven creyendo que viviría en un cuento de hadas–ignorando lo dicho por Gohan, Ángela, sirviéndose un par de bocadillos, le contó una pizca de su vida luego de la graduación de secundaria–después de deshacerme del fracasado que tenía por marido, he logrado recuperar la libertad que perdí.
– Lamento que tu matrimonio no haya funcionado…–inquieto por irse, sintiendo como el ki de Videl se movía lentamente por la habitación, Gohan no sabía cómo zafarse de ese predicamento–yo no sé mucho de relaciones de pareja, así que supongo que soy el menos indicado para darte algún consejo…
– Me encantaría poder retroceder en el tiempo, hablarme a mí misma hace quince años y decirme que deje de ilusionarme con cualquier hombre que me diga palabras bonitas–con desdén, volviendo a eludir las evasivas de Gohan, Ángela no pudo dejar de pensar en el pasado–no sé si sea el mejor momento para decirlo, pero cuando estábamos en la escuela pensaba que eras un chico muy lindo. Me arrepiento tanto de no haberte pedido una cita, no dudo que eres todo un caballero.
Gohan, rebobinando las cintas de su memoria, evocó con claridad la personalidad tan enamoradiza y volátil que solía mostrar Ángela en la escuela. Era muy normal, cada dos por tres, ver a Ángela con un nuevo novio paseando por los pasillos de la preparatoria. No siendo de su interés, teniendo otras cosas en que pensar, el Gohan de antaño no le dio mucha importancia al no inmiscuirse en tales asuntos.
Pero ahora, con más experiencia y madurez en su haber, el hermano de Goten no se demoró en comprender que Ángela volvía a tropezar con la misma piedra, al enamorarse, precipitadamente, otra vez. Por ende, no queriendo ser la piedra en esta ocasión, el saiyajin no tuvo más remedio que aplicar una de las viejas técnicas que empleaba cuando necesitaba convertirse en el Gran Saiyaman: escaparse.
– ¿Qué te parece si nos vamos a otra parte? –Al grano, sin la necesidad de tantos rodeos, Ángela dijo abiertamente lo que quería–de verdad se me antoja un trago, conozco un bar que no está muy lejos de aquí…
Ya siendo suficiente, Gohan no pudo continuar más. Tenía que irse.
– Agradezco tu oferta, Ángela; pero me temo que debo irme…–terminándose su café de golpe, sacando su teléfono celular de uno de sus bolsillos, Gohan no tuvo más remedio que mentir fingiendo una llamada telefónica–como te lo comenté hace poco, mi trabajo no me deja en paz ni por cinco minutos.
Dando un par de pasos lentos; pero firmes hacia atrás, Gohan, despidiéndose de Ángela, se preparaba para huir de allí.
– ¡Espera, al menos dame tu número telefónico! –con desesperación, no queriendo que Gohan se marchara tan pronto, Ángela intentó detenerlo en vano– ¡o déjame darte el mío!
En cierta forma, sabiendo que su comportamiento era muy grosero e injusto con la pelirroja, Gohan, tratando de ser lo más cortés posible, fingió que no la escuchó al mezclarse en la multitud sin apartar su móvil de su oreja. Así pues, pidiéndole mentalmente disculpas a la chica, Gohan, cruzando los dedos para que Ángela no lo siguiera, se prestó a dirigirse hacia donde detectaba el inconfundible ki de Videl.
Pasó tan deprisa como pudo entre los allí presentes; aunque la cancha de baloncesto del gimnasio era amplia y espaciosa, la inmensa mayoría de los invitados a la fiesta se mantenía aglomerada en el centro formando un muro humano. Por ello, pidiendo que le dejasen pasar, Gohan fue eludiendo a sus antiguos compañeros de escuela sin que muchos de ellos lo reconociesen.
Una parte de él lo incentivó a detenerse y a saludarlos, después de todo, compartió un año entero con ellos y terminaron graduándose juntos. Asimismo, viendo a varias personas que ya entraban en la vejez, Gohan no se demoró en deducir que estas fueron sus profesoras y maestros. No obstante, al atravesar aquel corto pero grueso mar de individuos, Gohan, olvidándose de aquello, frenó en seco al verla.
Videl se encontraba de pie, dándole la espalda, parada frente a una mesa repleta de fotografías viejas de su generación mirándolas una a una con calma. Si no fuese porque su ki le indicaba con seguridad que se trataba de Videl, Gohan, al únicamente observarla, la hubiese confundido con cualquier otra mujer en el mundo. Si bien no era un cambio drástico, sí era sumamente sorpresivo e inesperado.
Mantenía el cabello tejido en una trenza larga que colgaba detrás de ella; aunado a eso, su ropa le daba la apariencia de ser alguien que trabajaba en un edificio de oficinas. Y al verla, sabiendo que se hallaba en un lugar lleno de mirones, el saiyajin, resistiéndose a la tentación de sorprenderla abrazándola sin aviso, se detuvo a un metro de ella sintiendo como su corazón bombeaba con fuerza al mirarla.
Los nervios lo mataban. Gohan, por más que trató de apaciguarlos, no se había sentido tan nervioso desde que tuvo que contarle a Goten la verdad de la muerte de su padre en el Torneo de Cell. Y en aquella tensa ocasión, confesándole su terrible crimen a su hermano, Gohan, con gran dolor, escuchó tanto las preguntas como los reclamos de Goten, aceptando, con la cabeza gacha, sus duras palabras.
Empero, dejándolo atónito, Goten, apresándolo con un enorme abrazo, le confesó que su madre se lo contó todo mientras él vivía en la Capital del Oeste. Esa tarde, en medio de los bosques de las montañas Paoz, los hijos de Goku dieron por cerrada una profunda y gigantesca herida familiar que Gohan traía en su conciencia desde niño. Y ahora, disponiéndose a hablarle a Videl, quería hacer lo mismo con ella.
– Hola Videl…
Muchas veces, durante los últimos quince años, imaginó este momento de miles de maneras diferentes. En todas aquellas fantasías, buscando sonar más elocuente y locuaz, Gohan usó varias frases elegantes para cuando volviese a estar cara a cara con ella. Sin embargo, al fin sucediendo ese reencuentro en la vida real, sus labios prefirieron ser menos rebuscados y más directos.
Ella, deteniendo lo que hacía, pareció congelarse por un santiamén antes de empezar a girarse. Gohan, respirando hondo, dibujó la sonrisa más amistosa y grande que sus músculos faciales pudieron crear. Dándose la vuelta, mirándolo a los ojos, Videl, callada y asombrada por verlo a tan poca distancia, lució como una estatua de granito sin saber cómo reaccionar o responder ante el saludo de Gohan.
Pese a que su vista se enfocaba en el presente, su mente, al intercambiar miradas con ella, lo llevó de regreso a aquel convulso día cuando el destino de ambos y el de Shapner quedó marcado para siempre. Habiéndose terminado la estúpida pelea que casi les cuesta la vida, Gohan, como si fuese un cohete o un misil, voló a toda velocidad hacia la Corporación Cápsula en busca del radar del dragón.
Una vez que llegó allí, sin darle demasiados detalles a una insistente Bulma que le preguntaba qué pasó, el primogénito de Goku, rogándole que se apresurase, le dijo que era una emergencia y que era urgente solicitarle ayuda a Shenlong. Bulma, imaginándose una tragedia del nivel de Cell o Freezer, confiando en Gohan, le entregó el aparato en cuestión asustándose por su evidente prisa.
Y sin más, marchándose de allí igual de rápido, Gohan sospechó que Bulma le informaría de esto a Vegeta y a los demás; por ende, sabiendo que no podía darse el lujo de retrasarse, el joven saiyajin fue recolectando las esferas tan veloz como pudo. Unas cinco horas después, ya con la noche adornando el cielo, Gohan llevó consigo las siete bolas mágicas hasta la abandonada estación de ferrocarriles.
– ¡He regresado! –empapado por la lluvia, además de agotado, Gohan gritó a los cuatro vientos cuando sus pies tocaron el suelo– ¡no tenemos mucho tiempo, debemos apresurarlos!
Rastreándolos por medio de sus presencias, Gohan, llegando hasta donde se refugiaban Videl y su padre, se detuvo de lleno cuando los vio dormir junto a una improvisada fogata. El chico, tomándose un segundo para recuperar el aliento, le echó un vistazo al inconsciente Shapner, quien, en silencio, no mostraba signos de despertarse por el momento.
Colocando las esferas en el piso, viendo como la luz del fuego las hacía resplandecer aún más, Gohan secó su rostro y cabello antes se encaminarse hacia Videl. Lamentaba muchísimo tener que despertarlos, comprendía que todo lo ocurrido los había dejado al borde de desfallecer; no obstante, temiendo que Vegeta o Picorro apareciesen de repente, no tuvo más remedio que sacudirlos un poco.
– Despierta, Videl…–moviéndola con cuidado, no queriendo ser muy brusco, Gohan la sujetó de un hombro–necesito que despiertes…
– ¿Qué…qué pasa? –para fortuna de Gohan, la otrora justiciera, reaccionando casi de inmediato, se agitó al despertar.
– Soy yo, ya volví–hablándole con calma, pero sin olvidarse que posiblemente Vegeta y sus restantes amigos aparecerían muy pronto, Gohan le respondió–lamento sonar muy apresurado, pero no tenemos mucho tiempo. Debemos pedir los deseos cuánto antes…
– De acuerdo…–limitándose a sólo seguir las indicaciones de Gohan, Videl, ladeándose a su derecha, vio a su padre quien seguía roncando al dormir–despertaré a mi padre, los dos nos quedamos dormidos esperándote.
– No hay problema, los estaré esperando afuera. No se tarden mucho.
Levantándose los dos, Gohan y Videl, por un breve instante, se miraron el uno al otro preparándose para lo que estaba a punto de suceder. Gohan; aunque haya visto el dios dragón miles de veces, nunca lo había convocado para algo personal como planeaba hacerlo en pocos minutos. Videl, aún sin saber lo que le esperaba, sólo podía confiar en Gohan deseando que el día de mañana fuese más amigable.
Más allá de eso, sin decirlo abiertamente, tanto Gohan como Videl sabían que esto también marcaría un antes y un después en su extraña y convulsionada relación. Para él, quien no pretendía eludir su responsabilidad por sus acciones criminales, este desenlace era un golpe lapidario que le reafirmaba que cualquier esperanza de consolidar su amor por ella no era más que un sueño truncado.
Verla en la oscuridad, iluminada tenuemente por las débiles llamas de una hoguera que agonizaba, le tentó enormemente a tomarla del rostro y besarla allí mismo. Aprovechando que Mr. Satán y Shapner seguían durmiendo, aquel efímero santiamén le ofrecía una ocasión inmejorable para intentar robarle un beso. No obstante, entendiendo que Videl no pensaba en algo así, Gohan ni siquiera lo intentó.
Aún así, observándola de soslayo despertando a su padre, Gohan, prometiéndoselo a él mismo, juró que intentaría demostrarle cuanto la amaba la próxima vez que, igual o mejor que esta, se le presentase alguna oportunidad de oro. Por ello, escuchando como Mr. Satán regresaba al mundo consciente, el hermano de Goten les pidió que lo siguieran mientras traía en sus brazos las siete bolas mágicas.
– ¿Con esas cosas piensas llamar a ese dragón?–todavía algo adormecido, Mr. Satán, sin quitarle los ojos de encima a esas esferas de cristal que parpadeaban, le preguntó a Gohan quien las había colocado en el piso a unos metros de ellos.
– Así es…–volteándose hacia atrás, Gohan, mirándolo fijamente, le respondió al padre de Videl–les pido que por favor mantengan la calma, no se asusten ni griten. Voy a invocar a Shenlong ahora mismo, por más intimidante que les parezca, no tienen nada que temer.
A pesar que su corto discurso era con la intención de apaciguarlos, el chico, sin desearlo, únicamente logró que tanto padre como hija se pusieran nerviosos. No obstante, no demorándose más, Gohan regresó su vista al frente extendiendo sus manos sobre las esferas, cuyo brillo, incrementándose súbitamente, era un presagio de que su poder sería solicitado de manera inmediata.
– ¡Sal de ahí; Shenlong, y concédenos nuestros deseos!
Si bien la negrura nocturna truncó aquel efecto visual de eclipsar el sol, un estallido súbito y magnífico, emergiendo desde los siete orbes, salió disparado hacia el firmamento dejando sin aliento a los dos únicos miembros de la familia Satán. Elevándose entre relámpagos, llenando el aire de electricidad, una inmensa forma serpenteante se encumbró hacia las nubes iluminando la oscuridad de la noche.
Videl, cegada por la intensidad de aquella luz, al igual que su padre, se vio en la necesidad de cerrar los ojos y cubrirlos protegiendo sus retinas azules. Para cuando el impacto cegador se acabó, pestañeando varias veces para adaptarse las condiciones lumínicas, Videl, alzando la vista, casi se cae de espaldas al ver la colosal y monumental criatura que los vigilaba desde las alturas.
– ¡Es un monstruo; un monstruo!
Mr. Satán, aterrorizado y temblando de miedo, buscó instintivamente algún sitio donde ocultarse temiendo que fuese devorado de un bocado. Gohan, sin decirle nada, conociendo a Shenlong desde muy niño, no le tuvo ningún temor y caminó hacia él para poder pedirle sus deseos. Videl, llena de curiosidad y grabando todo lo que podía en su memoria, no dejó de poner atención ni por un segundo.
– ¡Díganme, cuáles son sus deseos! –Potente, provocando que su imponente voz resonase a varios kilómetros a la redonda, Shenlong les cuestionó– ¡sólo puedo concederles tres deseos, díganme qué desean!
– Esta es su última oportunidad, después de esto ya no hay marcha atrás–hablándoles a sus acompañantes, Gohan, antes de proceder, les dio una advertencia final– ¿todavía quieren conservar sus recuerdos de todo esto?
– ¡Sí! –al unísono, olvidándose de la aterradora presencia de Shenlong, Videl y Mr. Satán respondieron afirmativamente.
– Muy bien–dándoles una sonrisa amable, Gohan, apretando los puños, no se anduvo con más rodeos– ¡Shenlong, deseo que Shapner olvide por completo lo que pasó el día de hoy y todo lo relacionado a nuestra pelea!
– ¡Eso es algo muy fácil de cumplir! –Haciendo que sus ojos carmesí titilasen, el dragón les afirmó al emplear su poder–ya he cumplido su primer deseo, sólo les quedan dos más.
– ¡Esto tiene que ser algún sueño! –Sin creerlo, Mr. Satán rompió el silencio– ¿de verdad Shapner lo olvidó todo?
– ¿Cuál es su segundo deseo?
– Deseo que todas las personas del mundo, menos mi familia, mis amigos y nosotros tres–señalando a Videl, Mr. Satán y él mismo, Gohan, sin detenerse, prosiguió con sus peticiones–olviden para siempre que sucedió el Torneo de Cell y cualquier cosa relacionada al respecto.
– De acuerdo–por segunda vez, realizando su milenaria tarea, Shenlong les concedió su deseo–ya he cumplido tu segundo deseo, ahora sólo les queda uno.
Aunque no dijo nada en ese momento, Mr. Satán, mirando a su hija cerca de él, no pudo describir la sensación de alivio y perdón que lo inundó por dentro, al entender, con total seguridad, que su mentira más grande había sido borrada por toda la eternidad. No le importaba haber sacrificado aquella fama que lo llevó hasta la cima, ni siquiera le dolía, haberse librado de ella fue como nacer de nuevo.
Videl, por su parte; aunque jamás le interesó ser vista como la hija de una celebridad mundial, ahora, sabiendo que nadie nunca más vería a su padre como un salvador, respiraba con un gran consuelo que, solamente, era superado por la paz de saber que Shapner no recordaría nada lo que pasó. Pero, sin renunciar a su culpabilidad por mentirle, el rubio sí conservaría los recuerdos de su relación y ruptura.
Entretanto, Gohan, tomándose una pausa para pensar su siguiente deseo, se miró así mismo observando las manchas de sangre que todavía se veían en el traje que traía puesto. Cuando Bulma se lo entregó, se suponía que el Gran Saiyaman fungiría como un símbolo de esperanza y de justicia, fueron precisamente esos ideales los que lo motivaron a convertirse en un superhéroe.
Pero el día de hoy, habiéndose transformado en todo lo contrario, Gohan, mirando a Shenlong que continuaba esperando, tomó una decisión final. Una decisión que no eliminaría sus culpas ni sus pecados; sin embargo, al menos le daría la oportunidad de volver a comenzar asegurándose de no cometer el mismo error dos veces. Era hora de despedirse del Gran Saiyaman; era hora de dejarlo ir.
– Shenlong, deseo que todos en el mundo, menos nosotros tres aquí presentes–apuntándoles otra vez a Videl y a su padre, Gohan, con voz fuerte y clara, le habló al dragón–olviden para siempre que el Gran Saiyaman alguna vez existió.
– Está bien…–haciendo brillar sus ojos otra vez, Shenlong materializó la última solicitud del hijo de Goku– ¡he cumplido con sus tres deseos, me marcho!
Volviendo a enceguecer a los tres, Shenlong, evaporándose del cielo, desapareció no sin antes lanzar en diferentes direcciones las siete esferas del dragón. Una vez que eso sucedió, regresando la calma y la penumbra a la devastada estación de trenes, ninguno de ellos, absolutamente ninguno, se atrevió a pronunciar ni una sola palabra sintiendo como las gotas de lluvia caían sobre ellos sin dejar de mojarlos.
– Creo que deberíamos cubrirnos de la lluvia, parece que la tormenta no se irá muy pronto…–al cabo de un par de minutos parados en la misma posición, Mr. Satán, alguna vez venerado por supuestamente salvar el mundo, les habló a los dos adolescentes cuando daba unos pasos hacia atrás–también hay que revisar a Shapner, tal vez ya haya despertado.
– Tiene razón, Mr. Satán. Regresemos con Shapner…
Videl, quien se mantenía callada, corrió junto a ambos cuando la cantidad de agua que se precipitaba sobre ellos empezó a congelarle los huesos. Por suerte, no teniendo que recorrer mucho camino, no tardaron más de dos minutos en llegar al sitio donde Shapner reposaba. Gohan, sin que fuese necesario pedírselo, reavivó la fogata disparándole un rayo de energía que le regresó la vitalidad de golpe.
Ignorando el asombro por aquel suceso, parándose junto al fuego, Videl y su padre se reconfortaron con su calor a su vez que Gohan revisaba al rubio. No fue hasta que los temblores aminoraron y que el frío claudicó, que Videl, acercándose a Gohan, no pudo resistirse a plantearle una pregunta obvia. Gohan, quien se alegraba porque ni Vegeta ni nadie más apareció, se giró con lentitud para verla cara a cara.
– Shapner sigue sin despertar, pero su ki se mantiene estable así que su vida no corre peligro–adelantándose a la chica, Gohan, poniéndose de pie, le habló–lo mejor será llevarlo a su casa, cuando despierte estará dolorido pero sin recordar nada.
– ¿Por qué pediste ese último deseo? –al grano, Videl le cuestionó– ¿por qué deseaste que sólo nosotros dos recordemos al Gran Saiyaman?
– Ustedes dos querían recordarlo todo, así que les permití que recordaran al Gran Saiyaman–replicándole, Gohan no se anduvo con rodeos–en lo que respecta al resto del mundo, nadie más podrá hacerlo; será como si el Gran Saiyaman nunca hubiese existido. Luego de lo que hice hoy, honestamente, no puedo ser él otra vez.
– Entiendo, eso tiene sentido–ya no queriendo estar más allí, muriéndose de hambre y cansancio, Videl miró a Shapner– ¿qué pasará ahora?
– Aunque nadie más en el planeta recuerde lo que pasó hoy en este lugar, nosotros sí lo haremos; así que supongo que tendremos que empezar a reparar los daños que causamos–hablando tanto por él como por Videl, Gohan también deseaba regresar a casa–si no estoy equivocado la graduación de la escuela será la próxima semana, creo que siete días son más que suficientes para que nos adaptemos a esta nueva normalidad.
– Entonces nos veremos en la escuela la próxima semana…
– Así será…
Era obvio que existía una incomodidad palpable entre ellos, para Gohan no era nada fácil estar frente a la mujer que amaba sin olvidarse que él lo arruinó todo. Videl, también recordando los sentimientos que Gohan tenía para ella, le resultaba difícil tener una conversación con él por más amistosa que fuese. Los dos necesitaban estar lejos por unos días, era urgente que se diesen un respiro.
Así pues, oyendo como el aguacero terminaba, Gohan, cargando en sus brazos a Shapner, acompañó a Videl y a su padre hasta el helicóptero de la pelinegra. La otrora justiciera, conociendo la ubicación de la casa de Shapner, se ofreció a llevarlo hasta su hogar confiando en que el rubio se recuperase allí. Gohan, aceptando su oferta, se iría volando a toda máquina hacia las montañas Paoz.
Intercambiando una escueta despedida, ascendiendo en el aire, el grupo se dividió tomando caminos opuestos cruzando los dedos para que nunca más volvieran a tener un día como ese. Pensando en su madre, Gohan, comenzando a buscar cualquier mentira para justificar su prolongado retraso, meramente apetecía darse una larga ducha y caer sobre su cama para dormir por unos mil años.
– Gohan…
Y aunque no pasaron mil años, para Gohan, quince fueron más que suficientes para que sus viejas heridas sanaran. Ahora, mucho después de haberse dicho adiós en la ceremonia de graduación, Videl, pronunciando su nombre, se llevaba otra sorpresa al reencontrarse con él. Por más que el saiyajin fantaseó con este momento en incontables sueños, al hacerse realidad, no pudo moverse de su sitio.
– Ha pasado mucho tiempo, Videl–muy nervioso y emocionado, empleando la madurez que no tuvo en su juventud, Gohan extendió su mano para saludarla–te ves muy bien, estás casi idéntica a cómo te recordaba…
– Sí, han pasado muchos años–más dinámica, no tan rígida como cuando Shapner se presentó ante ella, Videl le respondió al saludo apretando su mano por unos segundos–eres muy amable, tú tampoco has cambiado mucho; aunque esos lentes me confundieron al principio.
– Trabajar tantas horas con computadoras y ordenadores termina pasándole factura a la vista–soltando una corta risa, tratando de mantener ese buen comienzo, el antiguo Gran Saiyaman le sonrió al romperse su apretón de manos–he pensado en hacerme una cirugía láser para rectificar mi vista; pero he estado tan ocupado en el trabajo últimamente que no lo he hecho. Tengo la oportunidad de dirigir un par de proyectos de investigación, algunas veces salgo de un salón de conferencias para entrar en otro.
– Entiendo, yo también sé lo que es trabajar hasta muy tarde todos los días–atreviéndose a mirarlo directamente a los ojos, Videl, murmurando en sus adentros, no podía negar que Gohan era mucho más alto de lo que recordaba–cuando comencé estaba llena de entusiasmo por limpiar las calles; pero no puedo ocultar que luego de ocho años, sí me siento muy agotada en ocasiones.
– Deberías tomarte unas vacaciones, viajar un poco y conocer el mundo…–sorprendiéndose porque ambos no eran tan diferentes, Gohan, haciéndole misma la sugerencia que a él le han hecho miles de veces, sospechaba, sin temor a equivocarse, que Videl la rechazaría al usar cualquier excusa.
– Me han dicho eso tantas veces que ya perdí la cuenta; pero simplemente no me es posible, el próximo mes comenzarán los juicios de varios líderes del crimen organizado que están en prisión…–evocando el enorme papeleo e investigación que se necesitaba para encerrar a un capo de la mafia, Videl, suspirando, sabía que el más mínimo error implicaría que un gánster terminase en libertad–hemos trabajado muy duro en las últimas semanas para preparar cada uno de los casos, si uno sólo falla todos los demás podrían acabar fallando.
En menos de un minuto, con simplemente saludarse y charlar un poco, tanto Gohan como Videl se dieron cuenta que ambos eran prisioneros de sus propias rutinas. Ninguno lo dijo, pero lo intuían: la vergüenza y el dolor de sus fallos pasados los encerraron en sí mismos, preferían dedicarse a sus respectivos trabajos que salir al mundo y a convivir con otros. Le temían a relacionarse y a ser libres.
Para fortuna de ambos, nadie en los alrededores les prestó atención aislándolos y dejándolos solos en su pequeño rincón de la fiesta. Y deseando sacarle provecho a esa soledad que los acompañaba, Gohan, ansioso por irse a otra parte sólo para hablar más con ella, pensaba en la manera de marcharse de allí sin que sonase demasiado impulsivo. Quería ir despacio, con la delicadeza que no tuvo siendo joven.
Videl, por otro lado, seguía sin saber qué hacer no teniendo claro ni lo que ella misma deseaba. Las palabras de Ireza, dichas horas antes al tomar un café en aquella cafetería, volvían a retumbar en su cabeza una y otra vez invitándola a vivir su vida. Videl, sin perder la mesura, no pretendía caer ante el libertinaje que Ireza promulgaba; no obstante, si ansiaba probar una cucharada de su libertad.
Al cabo de un tiempo, preguntándose qué habían hecho en los últimos años, Gohan y Videl, sin ser conscientes de ello, fueron moviéndose con tranquilidad por aquel recinto escuchándose el uno al otro. La impresión de volverse a ver fue disminuyendo con rapidez, ingresando, con suavidad, en una zona de más confianza y seguridad para los dos. Aún así, por nada del mundo bajaban la guardia por completo.
Así pues, llevados por el ritmo de sus pasos, atravesaron el mar de personas que los rodeaban totalmente sumergidos en su mutuo intercambio de preguntas. Tanto así, que Gohan, sin dejar de mirarla, ni siquiera se preocupó que Ángela llegase a verlo otra vez y se lanzase sobre él como la divorciada desesperada que era. Para el saiyajin, la otrora justiciera, era lo único que le importaba.
Y a medida que fueron alejándose de la multitud, impulsados por su conversación, fueron dejando de tocar temas laborales para pasar a los personales. Pero fue allí, justamente, cuando los primeros obstáculos comenzaron a sacar a flote todo aquello que habían mantenido escondido por tres quinquenios consecutivos. Para su fortuna, deteniéndose en un pasillo, la privacidad los arropó.
– Discúlpame, Videl. No debí preguntarte si salías con alguien, lamento tanto echar a perder la charla–temiendo que esto eliminase sus efímeras esperanzas, Gohan, honestamente avergonzado, se disculpó con Videl quien no supo cómo responderle.
– No te preocupes, es una pregunta inesperada pero inofensiva…–reanudando la marcha, habiéndose internado en los corredores de la preparatoria, Videl respiraba el aire escolar con una gran nostalgia– ¿no te parece extraño estar de vuelta aquí otra vez?
– Ni que lo digas, juraría que en cualquier momento sonará la campana para ir a clases.
– Muchas veces he caminado frente a la escuela, pero no había vuelto a entrar desde que nos graduamos–mirando en la distancia un letrero muy especial, Videl, dirigiéndose hacia él, se sentía atraída por aquel punto en concreto–y por más que sé que nadie recuerda lo que pasó, en ocasiones, al despertarme por las mañanas, me pregunto si alguien me mirará a los ojos y me dirá que sabe lo que ocurrió aquel día.
– Nadie lo puede recordar, Videl. Los poderes de Shenlong nunca han fallado, te lo puedo garantizar–sabiendo hacia donde los conducía, Gohan, sin problemas, reconoció el número de aula que indicaba el rótulo que Videl veía–a excepción de tu padre y nosotros dos, el resto del mundo ignora lo que pasó.
Sujetando el pomo de la puerta frente a ella, Videl, deteniéndose antes de abrirla, meditó la respuesta de Gohan quedándose callada por un segundo. Luego de haber presenciado algo tan increíble y extraordinario como la aparición de Shenlong, la pelinegra, regresando a Ciudad Satán, no se tardó nada en notar que el ambiente en la metrópoli era completamente distinto al que conocía con anterioridad.
Las personas seguían saludando con gran respeto a su padre, le sonreían y le pedían alguna fotografía casualmente; sin embargo, a diferencia de ocasiones anteriores, aquella veneración y adoración casi religiosa que ostentaban para él desapareció sin dejar huella de su existencia. Mr. Satán seguía siendo una figura conocida a nivel local, pero ya no era ningún salvador ni un mesías mundial como solían verlo.
La riqueza desmedida, la fama enfermiza y la soberbia maldita que tanto caracterizaban a Mr. Satán murieron. Al cabo de un tiempo, ya sintiéndose envejecido y agotado, además de ser vencido por un joven retador, Mr. Satán perdió su cinturón de campeón de las artes marciales después de defender su título en el siguiente torneo. Y sin más, le entregó la antorcha a una nueva generación.
La propia Videl tampoco no se quedó atrás. Aquel estigma de ser señalada como la hija del gran Mr. Satán que, constantemente, opacaba sus logros personales, se evaporó en un abrir y cerrar de ojos. Continuaba poseyendo una respetable y moderada reputación, por supuesto; empero, más allá de los límites de Ciudad Satán, nadie sabía quién era ni tenían conocimiento de sus audaces hazañas heroicas.
Gracias a ello, habiendo hecho sus maletas, Videl se trasladó a la Capital del Sur donde era prácticamente una desconocida. Allí, sin renunciar a su vocación justiciera, estudió abogacía preparándose lo mejor que pudo para retornar a casa y reanudar su misión de limpiar las calles. Aunque, más madura y educada, no lo haría con puñetazos y patadas; lo haría aplicando las leyes en los juzgados.
– Te creo, pero es un sentimiento que me invade de vez en cuando–retomando la palabra, respondiendo a la afirmación de Gohan, la otrora justiciera accionó el cerrojo de aquella puerta abriéndola por completo para entrar en aquel sitio–creo que es una impresión que nunca se marchará…
Gohan, por su parte, la vio entrar sin atreverse a detenerla. Técnicamente estaban ingresando sin permiso a uno de los salones de la escuela; aún así, llevado por la añoranza, el saiyajin miró a ambos costados del pasillo comprobando que nadie más merodeaba por allí. Así pues, dando un paso en el que fue su salón de clases hacía más de una década, Gohan, sin dudar, cerró la cerradura a sus espaldas.
Oprimiendo el interruptor en la pared, Gohan, encendiendo las luces de la habitación, de inmediato se transportó por unos instantes al pasado. Se vio a él mismo parado frente a toda la clase, su maestro de historia, presentándolo ante los demás, alardeó sus impresionantes calificaciones con la intención de hacer mejorar al resto de sus alumnos. Tal cosa, sólo provocando burlas y silbidos, fue totalmente inútil.
En aquel entonces, aquello lo hizo sentirse avergonzado, hoy, divirtiéndolo, le obsequió una sonrisa. Y si proseguía haciendo memoria, observando los ahora asientos vacíos, su yo más joven, buscando donde sentarse, encontró uno disponible debido a la inesperada y generosa introversión de Ireza. Si no hubiese sido por la rubia, tal vez, en un giro opuesto de los acontecimientos, no hubiera conocido a Videl.
– ¿Cómo se encuentra tu padre? –Recordando al antiguo campeón, Gohan, aún buscando la manera de llegar al punto que quería, caminó hacia ella quien se volteó al escucharlo–desde que me fui de Ciudad Satán les perdí la pista a ustedes dos, lo único que sé es que ya está retirado de las artes marciales.
– Se encuentra bien, gracias–contestándole, Videl se sentía más tranquila consigo misma al estar alejados del resto en aquel recinto–si bien ya no es un peleador activo, mi padre no ha renunciado totalmente a las artes marciales. Después de un merecido descanso al perder su cinturón de campeón hace unos años, papá abrió su propia academia y allí entrena a sus discípulos.
– Me alegro por él–todavía sin creer que estuviese hablando con Videl con tanta naturalidad, Gohan, queriendo avanzar más, no se desvió de su rumbo actual– ¿y cómo están las cosas entre ustedes dos?
– ¿Entre nosotros?
– Sí–le respondió con rapidez–sé que es algo que no me corresponde, pero recuerdo que él deseaba tener una mejor relación contigo.
– Hubo muchos cambios, tantos que no creo poder enumerarlos todos–echándole un vistazo rápido a los escritorios desocupados, Videl, mirando el que fue el suyo, le comentó–él cambió; yo cambié, todos cambiados. Fue extraño al principio, no lo niego, no estaba habituada a pasar tanto tiempo con él, pero fue muy agradable.
Habiéndose acostumbrado a ser olvidada por él, Videl, viéndose muy sorprendida, sin darse cuenta se halló en compañía de su padre en cualquier cosa que hiciese. Mr. Satán, empeñado en recuperar el muchísimo tiempo perdido, quiso compartir con su única hija sus últimas vivencias como adolescente antes que Videl se volviese una adulta en todo sentido.
Poco después de la graduación y un mes antes de que Videl partiese a la Capital del Sur, Mr. Satán, como si fuese su último día de vida, planificó toda una lista de actividades que deseaba hacer con ella. En primer lugar, para pedirle perdón a su amada esposa por sus inmensos errores, ambos visitaron la tumba de Miguel dejando de lado los lujos y los materialismos, fue una visita sincera y restauradora.
Enseguida, yéndose de vacaciones, Mr. Satán y Videl pasaron varias semanas en la playa disfrutando de una normalidad casi milagrosa. De no haber sido por la ayuda de Shenlong, aquellas soleadas mañanas en la arena, simplemente no hubiesen sucedido por culpa de las oleadas de fanáticos que, aglomerándose junto a ellos, rogarían por un autógrafo del campeón Mr. Satán.
– Sin nadie que recordase a Cell, papá dejó de ganar aquellas toneladas de dinero que antes recibía, pero pronto se dio cuenta que podíamos ser felices sin ellas.
– Me alegra escuchar eso, tu padre es un buen hombre…
Con el tema de Mr. Satán agotado, tanto Gohan como Videl, chocando con un muro invisible, sabían muy bien sobre qué otras cosas querían hablar; no obstante, sin lograrlo, su espinoso pasado era un hueso duro de roer. Aún así, armándose de valor, de la misma forma en que lo hace cuando expone sus alegatos ante un juez, Videl, mirando otra vez la fila de asientos que usaron antaño, retomó la palabra.
– Antes que nos encontráramos, hablé con Shapner…
Como si fuese un ciervo enceguecido por los faros de un camión, Gohan, abriendo los ojos, se quedó callado escuchándola.
– Desde que recibí la carta para la reunión, supe que era inevitable reencontrarme con ustedes dos–reclinándose en el escritorio donde se sentaba el maestro, Videl, cruzándose de brazos, no podía creer que pudiese hablar con Gohan sobre Shapner con tanta facilidad–tuve mucho miedo, pensé en toda clase de excusas para no presentarme a la reunión. Estaba convencida de no venir, pero fue por la insistencia de Ireza que me vi en la obligación de asistir.
– Me gustaría mucho saludarla, desde la graduación perdí todo contacto con ella.
– Es reportera. Trabaja en el noticiero local dando las noticias, la veo casi a diario en la televisión–pensando en cómo los papeles se invirtieron para ellas, donde una le dio la espalda a la fama y la otra la abrazó, Videl le afirmó brevemente–ella me acompañó a la reunión, nos separamos porque se fue con Shapner para acordar una entrevista que quiere hacerle. Tan pronto como ellos se fueron, apareciste tú.
– Ireza siempre fue algo extrovertida, demasiado entusiasta diría yo; pero la recuerdo con mucho cariño.
Si bien era cierto que Gohan tropezó con Videl luego de arruinar un asalto bancario, fue Ireza, al presentarlos debidamente cuando Gohan se sentó junto a ellas en su primer día de escuela, la encargada de hacer que se conocieran llegando al extremo de compartir varias miradas. La rubia, sin tener la intención de hacerlo, fue la hada madrina que agitó su barrita mágica sobre los dos.
Pero, en ese mismo momento, alguien más se sumó a la conversación que Gohan sostenía con las dos chicas. Shapner, haciendo su entrada triunfal, soltó las que fueron sus primeras bromas y chistes hacia el saiyajin al tacharlo de "debilucho" y "sabelotodo". El Gohan del pasado le restó valor a dichas burlas, meses más tarde, poseído por los celos, Gohan le demostró a Shapner quién era el debilucho.
– No sé si lo sepas, pero Shapner se dedicó a la actuación…
Interrumpiendo sus pensamientos, Videl, ahora refiriéndose a su exnovio, le habló de repente.
– Yo no acostumbro ver muchas películas. Todo mi tiempo lo dedico al trabajo leyendo expedientes y preparando el material para los juicios donde participo, así que no he visto casi ninguna de sus películas–honesta, reconociendo que es una trabajólica compulsiva, Videl prosiguió comentándole–fue tan raro verlo de nuevo, está muy cambiado. No es el mismo que conocimos hace años, es completamente otra persona.
– ¿Es feliz? –Sin olvidarse que casi lo asesinó quince años atrás, Gohan, todavía con remordimientos al respecto, le cuestionó– ¿cómo lo describirías?
– Hablamos pocos minutos; pero sí, se ve muy feliz–sonriendo por Shapner, alegrándose sinceramente por su felicidad, Videl le replicó–sé que haberle borrado la memoria puede considerarse como hacer trampa: él no recuerda nada, nosotros lo recordamos todo; pero gracias a eso, Shapner continuó con su vida. Incluso me dijo que piensa casarse muy pronto, nos invitó a Ireza y a mí a cenar en unos días para presentarnos a su prometida.
– Es muy reconfortante saber que las cosas han sido buenas para él–aún recordando el rostro desfigurado del rubio por culpa de sus ataques, Gohan, avergonzando, agachó la cabeza–de los tres, Shapner era el menos culpable de todos. No sé si alguna vez volvamos a vernos, creí que me encontraría con él aquí; aunque no fue así. Pero si nos encontramos algún día, lo felicitaré por todo lo que ha logrado.
Mencionar a Shapner siempre será una cuestión delicada para los dos, por más que las heridas hayan sanado, una diminuta pizca de culpabilidad les recordará por el resto de sus vidas las malas dediciones y acciones que perpetraron. Pudieron haber tomado el camino fácil de borrar sus propias memorias; pero no lo hicieron, sin ignorar sus fallas, tuvieron la honradez de llevar en sus espaldas ese peso.
Videl, regresando su vista hacia Gohan, el cual, se mantenía clavado en el suelo, recordó cómo eran las cosas antes de que la tragedia tocara a sus puertas. Su primer encuentro se dio al ser llamada para intervenir en un robo a un banco, ella, saliendo de inmediato, se dirigió hacia allá tan deprisa como el motor de su aeronave se lo permitiese. Aunque, al llegar, la situación ya había sido controlada.
Al regresar a clases, aún pensando en aquel "guerrero dorado" que le describieron los testigos, vio como un chico nuevo se unía a su grupo de compañeros. Ireza, tan impredecible como ha sido desde niña, propició que Gohan se sentase a unos pocos metros de ella, y Videl, con su penetrante mirada puesta en él, notó como su aspecto coincidía con el de aquel individuo misterioso que frenó el atraco.
Desde ese instante, sin que Videl fuese consciente de ello, Son Gohan se metió en su cabeza para nunca más salir. Al inicio le miraba con sospecha, intuía que algo extraño ocurría con ese muchacho que se comportaba como un pez fuera del agua. Y agrandando su desconfianza hacia él, otro sujeto peculiar, salvándola de morir en un autobús, se cruzó en su camino para perturbar su normalidad aún más.
Aún así, más allá de confirmar o no si Gohan era el Gran Saiyaman, más que como una detective, sino como una mujer, la intuición de Videl empezó a indicarle que algo más estaba sucediendo en ella relacionado con él. Varias veces se sorprendió a sí misma pensando en que le parecía atractivo, aquella cara aniñada y tonta que lucía él a diario, por más que lo negase, comenzaba a gustarle cada día más.
Por desgracia, cuando creía que la rutina de vincular al Gran Saiyaman con Gohan se volvía cotidiana, Videl, recibiendo aquel llamado nocturno de presentarse en una discoteca, vio como el suelo bajo sus pies volvía a ser sacudido hasta sus cimientos tirándola sin remedio. No importaba que hubiesen pasado quince años desde entonces, el ruido del disparo y el grito de Shapner aún retumbaban en sus oídos.
Y al entrar en el infierno, cualquier sentimiento que Gohan estuviese despertando en ella, al ser eclipsado por la crisis, fue sepultado en lo más profundo de su alma, esperando, que tal vez algún día, pudiese resucitar.
– Videl…
Ahora siendo Gohan quien la sacó de sus meditaciones, el saiyajin, ya no queriendo eludir más la realidad, fue directo al grano.
– No voy a mentirte, haré lo que debí haber hecho hace muchos años: ser sincero contigo–nervioso, como si regresase a ser el Gohan timorato que llegó a la preparatoria de joven, el hermano de Goten le habló–no vine a esta reunión precisamente para ver los demás del salón, vine a verte a ti…
El Gohan de antes, el Gohan que casi asesinó a un amigo y se convirtió en un villano, hubiese caminado hacia ella con impaciencia ansioso por sujetarla entre sus brazos; sin embargo, este nuevo Gohan, uno con más de treinta años encima, prefirió quedarse inmóvil y no precipitarse. Videl, por su parte, lo imitó quedándose en su sitio; aunque, sintiendo el impulso de moverse, no se quedaría allí por mucho tiempo.
– Seamos honestos, ambos sabemos que yo lo arruiné todo. Fui un estúpido por entrometerme en algo que no me correspondía, me sentí tan celoso por verte con Shapner; sentí tanta rabia que perdí la cabeza por completo–tragando grueso, sintiendo como el nudo de su corbata lo sofocaba, Gohan fue autocrítico al no ocultar nada–yo malinterpreté tantas cosas, cometí errores que en otras circunstancias no hubieran sido tan fáciles de solucionar.
Videl, con un millón de recuerdos bombardeándola, no sabía ni qué decir.
– Intenté olvidarme de ti; intenté ver a otras mujeres con los mismos ojos que te veo a ti, pero no pude–recordando todas aquellas veces en las que Bulma le presentó a varias chicas al ser su jefa en la Corporación Cápsula, Gohan, frotándose el cabello, le expresó con franqueza–traté de investigar un poco de tu vida en los últimos años, me vi muy tentado a hacerlo; pero siempre me arrepentía porque temía que descubriese que estabas casada. En todos estos años, no ha pasado ni un sólo día en que no lamente haberme comportado como lo hice.
– No fuiste el único que se equivocó, yo también he tenido que pagar un alto precio por mis errores–replicándole, Videl, colocándose en el banquillo de los acusados, dejó de ser una fiscal por unos minutos–ya ni recuerdo cuántas veces he pensado en cómo hubiera sido todo si hubiese actuado diferente; pero siempre llego a la misma conclusión: no se puede cambiar el pasado, lo que se hace queda escrito en piedra. Y ahora, al regresar aquí, me doy cuenta de algo más.
– ¿De qué?
– Estoy harta de no ser feliz, quiero vivir mi vida…
No se arrepentía de su vocación, ni de su dedicación en hacer de Ciudad Satán un lugar más seguro para aquellos que viviesen allí; no obstante, luego de tanto remordimiento acumulado, Videl, como si se estuviese ahogando en un frío océano de soledad, ya no quería seguir allí. Quizás fue por eso que se aventuró a acercarse a él; a colocarse justo frente a Gohan, a mirarlo cara a cara con deseos de más.
Gohan, sorprendido tanto por sus palabras como sus actos, no puso obstáculo alguno cuando ella lo abrazó. Al contrario, devolviéndole el gesto, Gohan la rodeó por completo apretándola contra su pecho. Podían estar más viejos; más cansados y más maduros, pero por dentro, por debajo de sus apariencias adultas, eran aquellos dos adolescentes que se besaron bajo la lluvia a escondidas.
– Yo quiero hacerte feliz, Videl; déjame hacerte feliz…
– ¿Por qué te importo tanto? –Aferrándose más a su chaqueta, Videl, mascullándole, le cuestionó– ¿por qué no te olvidaste de mí cuando tuviste la oportunidad de ir con otra mujer?
– La razón por la que nunca me pude olvidar de ti, es porque sigo amándote…–sintiéndola temblar, respirando agitadamente, Gohan no aguantaba las ganas de besarla–te dije hace mucho tiempo que te esperaría; aunque pasaran mil años, nunca dejé de esperarte…
La Videl sensata que pasaba horas en su oficina leyendo expedientes hasta el anochecer, la misma Videl obstinada que rechazaba las sugerencias de Ireza cuando ella le decía que necesitaba salir de su burbuja, justo en este momento, cayéndose a pedazos, le dio su espacio a una Videl hambrienta de vivir que, sin hablar, alzó la vista hacia Gohan diciéndole con la mirada lo que más deseaba ahora mismo.
Si la escena que protagonizaron hubiese sucedido allí mismo, quince años atrás, ante sus compañeros de salón, era más que obvio que los habrían acabado expulsando de la escuela. Y con esa imagen mental en sus cabezas, imaginándose con cierto morbo que eran observados, los dos, besándose por tercera vez, continuaron aquel beso que iniciaron después de haberse terminado la ceremonia de graduación.
No fue desenfrenado ni lujurioso como aquellas caricias que Ireza tanto presumía, fue más a su propio estilo: se tomaron su tiempo para disfrutar de cada sensación y sabor, sentir cada roce de sus labios que fueron abriéndose al querer explorarse más. Con el primer contacto de sus lenguas, Videl, gimoteando, notó como su espalda era presionada al ser arrinconada contra el pizarrón colgado en la pared.
Más allá de la efervescencia que estaban experimentando, a Videl, con la poca cordura que le quedaba, le alegraba saber que Gohan nunca la olvidó. Por más caótico y convulso que haya sido el amor que él le profesó hacía mucho atrás, a ella, besándolo con la misma intensidad que iba ofreciéndole Gohan, la llenaba de una paz muy grande sentirse querida y valorada por alguien que sí le despertada el libido.
Ni ella ni él sabían cuánto pasó desde que empezaron a besarse, tampoco era que les molestara saberlo; pero lo que sí tenían muy claro, era que la preparatoria no era el lugar adecuado para continuar. La temperatura, habiéndose incrementado de golpe, hizo que las prendas de vestir les resultasen estorbosas e incómodas. La piel femenina, anhelando el toque masculino, también apetecía poder tocar.
– ¿Quieres ir a otro lado? –Jadeante, renunciando a sus besos por un santiamén, Gohan le indagó al no creer posible que sus ánimos se enfriaran si no se detenían–iremos adónde quieras, a cualquier lugar…
Igualmente agitada, con un ardor nunca antes sentido por ella recorriéndole el cuerpo, Videl, con su mente dando vueltas todavía, pensó en el único sitio donde podría sentirse segura de dejarse ir sin avergonzarse de nada.
– Vamos a mi apartamiento.
La sonrisa en el rostro de Gohan, contagiándosela a Videl, fue como la de dos ladronzuelos que se preparaban para llevar a cabo su más audaz fechoría. Y en efecto, divertidos por la travesura que perpetrarían, abandonaron la que fue su aula en el pasado regresando a los silenciosos pasillos de la secundaria, los cuales, sólo iluminados por las lámparas en el techo, denotaban lo vacíos que estaban.
Una vez allí, girando a la derecha, Videl pensaba tomar el mismo sendero que los llevó hasta ahí para enrumbarse a la salida principal; empero, tomándola de una mano, Gohan, deteniéndola, le señaló el extremo opuesto del corredor que lucía igual de desolado.
– Sígueme, te enseñaré el atajo que solía usar cuando venía a la escuela…
Sin darle ni un segundo para responder, sin soltarla, Gohan la haló al iniciar una carrera frenética por salir de la preparatoria. Videl, escuchando el eco de sus pisadas rebotando en las paredes de concreto, no le puso freno alguno corriendo con él tratando de seguirle el ritmo. Así pues, al pasar justo ante la entrada de la biblioteca, Gohan, conduciéndola, le hizo subir las escaleras dirigiéndose a la azotea.
En muchísimas ocasiones, actuando como un aeropuerto improvisado para Gohan, dicha ubicación era donde aterrizaba cada mañana y despegaba por las tardes. Y ahora, abriendo la puerta de la terraza, sintiendo la helada brisa nocturna tocándole la faz, el saiyajin, volteándose, no se demoró nada en cargarla en sus brazos para partir. Y allí, dándose otro rápido beso, Gohan le pidió que lo guiara.
– Es por allá…
Instantáneamente, apuntando la mirada en la dirección que le indicó Videl, el antiguo Gran Saiyaman emprendió el vuelo marchándose de la escuela. La hija de Mr. Satán, refugiando su cara de la lluvia, ni siquiera se molestó en disfrutar del paseo ni en admirar el paisaje citadino iluminado por las luces de los edificios. Su única ambición, por más mundana y terrenal que fuese, era llegar a su casa de inmediato.
Al reflexionar más al respecto, Videl, recordando todas aquellas veces donde tachó de "inmoral" y "desvergonzada" la conducta de Ireza por llevar a sus novios a su departamento, ahora ella misma, con ironía, aceptaba sin pudor que estaba haciendo exactamente lo mismo, y con gran orgullo, que lo empezaba a disfrutar. Por una vez en su recta vida, Videl quería olvidarse de su rígida monotonía.
Fue tal su agitación al respecto, que no le prestó atención a nada más que ocurriese a sus alrededores. No le importó que Gohan aterrizara en un callejón para que no los vieran volando, ni que los demás inquilinos de la torre de apartamentos donde vivía la vieran llegar con un hombre desconocido, ni tampoco el desorden que provocaron los dos una vez que Videl cerró el cerrojo al llegar a su hogar.
Hacía menos de veinte minutos se encontraban hablando en la reunión de exalumnos, y en este momento, dejando un extenso rastro de piezas de vestir detrás de ellos, yacían terminando de desnudarse al no resistir el sofocante incendio que los quemaba. Por más precipitado, apresurado e inesperado que aquello resultase, para ambos, con honestidad, les parecía más que necesario.
– Lo siento, lo rompí por accidente.
– No te preocupes, tengo muchos más…
Por más edad que tuviesen, ambos, jugando a ser jóvenes otra vez, no tuvieron ningún cuidado con sus acciones llegando tener pequeños accidentes cómicos como el de Gohan, el cual, queriendo quitarle aquel maldito sostén que cubría sus senos, no midió sus fuerzas y acabó rompiéndolo al no desengancharlo correctamente. Y riéndose de su cara enrojecida, Videl, sin más, se reclinó en su cama.
Su intimidad no comenzó como en ninguna de las películas románticas que, casualmente, Shapner llegó a protagonizar, ni mucho menos como en los exagerados relatos eróticos que Ireza le contaba ocasionalmente. En el caso de ellos dos, sin ocultar su inexperiencia y desconocimiento, se dedicaron a curiosear el uno con el otro observando lo que ocurría cuando se tocaban o besaban en algún rincón.
Y haciéndole honor a su profesión científica, Gohan, empleando las yemas de sus dedos, examinó cada curva y cada centímetro del cuerpo de Videl, llegando, sin recurrir a eufemismos, a las cumbres que aquella tela molesta le privó de mirar. Cerrando los ojos, sintiendo como sus pechos eran acariciados y besados, Videl, suspirando, se dejó tocar como nunca permitió que nadie lo hiciese.
Pronto, no queriendo quedarse atrás, también sacando a relucir aquella tenacidad que la caracterizó antaño, hizo lo propio dejando a Gohan tal y como vino al mundo. Haber dormido juntos fue muchísimo más que tener solamente sexo por placer, y más que sólo apagar las llamas que ardían en sus labios, fue el deseo genuino de recibir y dar afecto. Simple y llanamente, querían hacer el amor.
Era una verdadera bendición que Videl aún conservase una parte de la condición física que ostentó en su juventud, de no haber sido así, las embestidas de Gohan al llenarla le hubiesen dejado más moretones de los que tendría al día siguiente. Sin embargo, feliz y complacida, aquellos hematomas en sus piernas no le traerían malos recuerdos. No durmió nada esa noche; aún así, ninguna queja la visitó.
– Ireza debe odiarme…
Horas más tarde, ya con la luz del sol entrando por las ventanas, Videl, dándole las gracias al cielo por no tener que trabajar hasta más tarde, escuchaba el corazón del saiyajin al estar reclinada sobre él.
– ¿Por qué lo dices?
Deslizando una mano por debajo de las sábanas, Gohan, bajando y subiendo por la espalda desnuda de Videl, aún percibía el delicioso efecto relajante de haber sido uno con Videl en más de una oportunidad desde que lo hicieron por primera vez anoche.
– Se suponía que nos iríamos juntas al terminar la reunión, debió haberme buscado por todas partes cuando no me encontró en la fiesta–sintiéndose culpable; aunque no arrepentida, Videl le explicó con brevedad–no quiero ni revisar mi teléfono, estoy segura que debe estar repleto de mensajes y llamadas de Ireza. Creo que tendré que pensar en qué excusa le diré cuando la vea.
– No hace falta que le mientas. No hiciste nada malo; dile la verdad–sin molestarse en ver el reloj, no importándole nada que no fuese alargar ese momento con ella, Gohan, con facilidad y rapidez, se giró junto con Videl colocándose arriba de ella–me hubiese gustado poder saludarla, espero hacerlo la próxima vez que la vea.
– Cuando te vea ella se alegrará mucho, Ireza sospechaba que también irías a la reunión.
Apoyándose en sus rodillas, Gohan, mirándola acostada sobre las almohadas, no se tardó en contemplar el estómago plano y oscilante de Videl que se movía al respirar. Ella, viéndose y sintiéndose feliz, se complació al notar como Gohan veía su desnudez completa. Asimismo, jugueteando con la punta de su larga trenza, Videl también le echaba un vistazo al torso desnudo de su amante.
Tal cosa le hizo preguntarse qué eran: ¿eran amantes, eran amigos con favores o eran una pareja real? Se sentía muy bien darle morada en sus entrañas y que él le diese placer a cambio; empero, no queriendo la que burbuja se rompiese al subir demasiado, Videl, dibujando un semblante más serio, ladeó su cabeza a un costado viendo las cortinas blancas de su habitación resplandeciendo gracias al sol.
– ¿Qué pasa? –masajeándole el abdomen, aventurándose a acariciarle el valle entre sus senos, Gohan, con preocupación, notó el cambio en su expresión.
– No quiero que esto se termine convirtiendo en sólo una anécdota más; no quiero que acabe como otro mal recuerdo–por más que tuviese dudas, Videl no escondía que le gustaba que la tocase y por eso le permitió que continuase–me encantó estar contigo anoche; de verdad, pero espero que cualquier cosa que exista entre nosotros sea más que sólo sexo.
– ¿De verdad crees que estuve esperando quince años sólo para dormir contigo una noche? –Ecuánime, entendiendo sus miedos, Gohan renunció a sus pechos para reclinarse sobre ella–a mí también me gustó estar contigo anoche, pero también quiero tener una vida a tu lado. Tener citas, ir a fiestas, salir de vacaciones, cenar con familiares y amigos. Deseo que vivíamos lo que todo el mundo vive en pareja.
– Será interesante saber cómo reaccionarán mi padre e Ireza cuando me vean contigo, tarde o temprano tendrán que saberlo.
– Y yo quiero saber qué dirá mi madre cuando te conozca, desde hace mucho tiempo está intentando hacer que siente cabeza.
– ¿Entonces, esto significa que eres mi novio ahora? –Con una repentina coquetería, Videl, relajándose otra vez, no pudo sacarse de la mente los recuerdos de la noche que tuvieron juntos–si es así, tendrás que mudarte a Ciudad Satán.
– Eso se puede arreglar, sólo dame unos días para reacomodarme. Aunque siga trabajando en la Capital del Oeste, no tardaría mucho tiempo en ir y venir volando…
– Ya que lo mencionas, recuerdo que hace quince años cierto superhéroe me prometió que me enseñaría a volar…
– La oferta sigue en pie, las clases de vuelo empezarán cuando gustes…
Si bien Gohan esperaba una contestación verbal, Videl, tomándolo de las mejillas y halándolo para besarlo, fue suficiente respuesta para él. Con la chispa encendiendo la pólvora otra vez, las charlas se acabaron por el momento. Sacándole provecho a su posición, el saiyajin, besándole la mandíbula y descendiendo hasta su cuello, no encontró resistencia alguna en su avance hacia sus senos.
Gohan los acarició, los besó y los lamió con religiosa devoción, les dedicó el mismo tiempo a cada uno sorprendiéndola con una pequeña mordida ocasional en sus sonrosados pezones. Videl, sujetándolo, rodeando sus anchos hombros, se sostuvo de él como si fuese una cuerda de salvamiento al sentirse fuera de sí. Si aquella curiosa lengua no le brindaba un respiro, su nula resistencia acabaría por ceder.
– ¿Puedo? –susurrándole al oído, sintiendo su palpable dureza reclamándole atención, Gohan le preguntó.
– Sí…
Irguiéndose, poniéndose cómodo en el espacio que Videl le brindaba entre sus piernas, Gohan vio las marcas que sus dedos dejaron en los muslos de Videl al hacerla suya anoche. Y con cuidado, sosteniéndola otra vez de allí, Gohan no se apresuró disfrutando la tibia humedad que lo recibió al fundirse con ella. Jadeante, tocando su pelvis con la propia, Gohan se tomó un segundo antes de seguir.
Apretando las mantas debajo de ella, estrujándolas hasta casi romperlas, Videl arqueó la espalda al soltar un potente gemido al sentirlo entrar en ella. Sus músculos, en reacción a tan placentera invasión, se tensaron y contrajeron aprisionando el miembro masculino que buscó refugio en su carne. Y si bien Gohan quiso tratarla con cariño y delicadeza, fue Videl, al exigirle más, la que pidió más violencia.
Tanto el ruido del colchón como el de la cama golpeando la pared, compitieron con los sonidos de ambos al inundar la recámara con sus gritos y quejidos. Pronto, separándole más las pantorrillas, aferrándose a ella por sus rodillas, Gohan se movió adelante y atrás con mayor velocidad provocando que Videl clavara la mirada en el techo casi como si estuviese poseída.
Sin dejar de penetrarla, inclinándose hasta posar su frente en la de ella, Gohan percibió el aire caliente que Videl exhalaba chocando contra su nariz. La otrora justiciera, abrazándolo para no permitir que se marchase a alguna parte, movió sus caderas para imitar y compensar el vaivén que Gohan usaba para torturarla, incrementando, para su disfrute, su propio placer.
Videl peleó en la cama, por más increíblemente poderoso que fuese Gohan, ella le demostró de lo que era capaz. Él gimió su nombre muchas veces, lo pronunció con diferentes matices que evidenciaban el nivel de excitación que lo estremecía al seguir martillando. Ella, también llamándolo, soltó varias groserías que acentuaban el roce imparable que nacía en su sexo y que la recorría por completo.
Quince años atrás, ni en sus fantasías más descabelladas, ninguno de los dos imaginó que algún día se entregarían el uno al otro como lo que han estado haciendo desde que renunciaron a sus ropas. Hacer el amor era más que pasarla bien; más que apaciguar sus deseos carnales, fue una forma de decirse que estarán allí cuando uno necesitase el apoyo y el respaldo del otro.
No volverán a dudar de sí mismos, se darán la oportunidad de tener una vida feliz pese a que su edad dijera que ya era muy tarde para ambos. Ya no perseguirán ninguna sombra ni ningún indicio; ya no habrán misterios por resolver ni preguntas por contestar, solamente serán ellos dos: los Gohan y Videl que pudieron haber sido felices de jóvenes, y que ahora, más de una década después, al fin lo eran.
Era irónico, para poder encontrarse, primero tuvieron que extraviarse.
Fin
Hola, muchas gracias por leer, espero que les haya gustado el final. Primeramente les doy las gracias por haber leído toda la historia, en especial este último capítulo. Me disculpo con ustedes por lo gigantesco que me quedó el final, créame que intenté ir directo al grano para ir atando cada uno de los cabos sueltos que quedaban, por eso lo dividí en tres partes. Lamento si se les hizo pesado leer tanto.
Como ya lo había comentado antes, este será el último fanfic largo que haré porque ya no poseo el tiempo libre que tenía hace unos años atrás; además, como ya se dieron cuenta, no puedo evitar alargarme de más cuando escribo un fanfic. Sé que otras personas escriben capítulos cortos en sus historias; yo no puedo, cuando cuento una historia me gusta contarla lo más detallada posible.
Sospecho que ya debieron haberlo pensado, pero creo que no está de más comentarlo. Para los eventos que ocurren quince años después del inicio de la historia, me incliné por utilizar los diseños de Gohan y Videl en DBGT. Aunque esa serie es muy criticada por la mayoría de los fans, a los Gohan y Videl de DBGT les tengo mucho cariño; quise referenciarlos un poco y por eso los utilicé en el final.
Ya para finalizar totalmente con esta historia, quiero mencionar la última canción que incluí en la banda sonora del fic. Por la letra de esta canción, me imaginé a un Shapner adulto y más maduro recordando su amor juvenil por Videl y aceptando que ella nunca fue para él. Si desean escucharla, búsquenla en You Tube con este nombre: M83 - Oblivion (feat. Susanne Sundfor).
Les deseo un muy feliz año nuevo lleno de muchísimas bendiciones, mil gracias por haberme acompañado durante esta historia. Me voy por ahora, gracias por leer y hasta la próxima.
