El Fictober ha terminado, pero no podía terminar este fantástico mes sin regalaros algo de nuestra pareja favorita. No soy muy de Halloween, pero cualquier excusa es buena para un drarry. Nos vemos chiques, ¡atentas al tablero!
No había peor día en todo el año para Harry que el 31 de octubre. Ni tan siquiera el 2 de mayo, cuyas celebraciones evitaba todos los años. El 31 de octubre tenía que aguantar además las invitaciones a fiestas de Halloween a las que nunca iba. Así que odiaba en conjunto todo lo relacionado con Halloween.
Estaba sentado en su sofá, con una manta y un botellín de cerveza. La chimenea bloqueada para evitar las visitas. La tele puesta, aunque no estaba viéndola. En su mente, un torbellino que mezclaba a todas las personas a las que había perdido. Podía revolcarse en su pena tranquilamente, pero entonces sonó el timbre de la puerta.
Se levantó gruñendo, arrastrando los pies embutidos en calcetines gruesos por el suelo de madera. Ni siquiera usó la mirilla, abrió la puerta dispuesto a ladrar al que estuviera al otro lado, sin caer en lo que podía ocurrir a esa hora de ese día.
— ¿Truco o trato? —Le gritaron varias voces infantiles a la vez.
Su primera reacción fue cerrar la puerta, un muy poco elegante portazo en la cara de esos niños y su acompañante, su rubio acompañante. Espera, ¿qué?
— ¿Malfoy?
— Bonito disfraz, Potter, ¿un zombie?
No pudo evitar mirarse a sí mismo en el reflejo del cristal de la puerta. La sudadera era de Dudley, los pantalones de pijama a cuadros habían conocido tiempos mejores. Y no se había afeitado ni peinado. Frente a él, Malfoy iba, como siempre que se lo había cruzado, perfectamente arreglado con un traje muggle y un abrigo gris. El pelo rubio correctamente peinado y un brillo muy burlón en sus bonitos ojos. Espera otra vez, ¿qué?
— El señor Potter no os ha oído bien, chicos, quizá debáis volver a….
— No, no, no es necesario. Dadme un momento, muchachos, me habéis pillado desprevenido.
Entró corriendo en la cocina y sacó la lata donde guardaba los dulces que compraba para los hijos de Ron y Hermione. Al volver con la lata, los niños, todos con disfraces típicamente muggles, alborotaron un poco mientras alargaban sus cestas en forma de calabaza.
Sintió los ojos de Malfoy clavados en él. Al enderezarse después de repartir los caramelos, no pudo evitar mirarle retadoramente.
— ¿Ahora eres acompañante de niños?
Draco rió brevemente.
— Bueno, nos turnamos. Este año me ha tocado. Greg, el hijo de Vince y Millie. Lia es la hija de Blaise y Pans—señaló a cada niño—. Thía es mi sobrina, la hija de Daph y Theo. Y mi hijo, Scorpius —finalizó, colocando su mano sobre un niño con una careta de goma terrorífica.
Harry no pudo evitar sonreír al ver a los cuatro pequeños futuros Slytherin.
— Ha sido un placer, damas y caballeros —hizo una pequeña reverencia—. Os dejo que sigáis con la recogida de caramelos. Mi sofá me espera.
Agitó la mano, cerrando la puerta. Lo último que vio fue a Malfoy agachado hablando de algo con el pequeño cara de monstruo.
Desconectó el timbre antes de volver a su cerveza, ya caliente. Se acurrucó bajo la manta, con los ojos en la pantalla. Su torbellino mental volvió puntualmente, solo que esta vez, de tanto en tanto, se repetía la imagen de Malfoy agachado hablando con su pequeño hijo.
Se adormiló levemente durante un par de horas. Le despertó sobresaltado el ruido de alguien aporreando la puerta.
—Joder —masculló, levantándose estirando la espalda.
Esta vez sí usó la mirilla. Al otro lado, Malfoy esperaba con cara de molestia.
— ¿Qué quieres, Malfoy? No me quedan caramelos.
— Vaya, tienes aún peor pinta que hace dos horas —respondió, entrando sin ser invitado.
La bolsa que llevaba en la mano olía tan increíble que el estómago de Harry gruñó en respuesta. Cerró la puerta y lo siguió. Se lo encontró en la cocina, vaciando la bolsa sobre la mesa.
— Comida thailandesa. Pansy dice que es lo mejor para un día depresivo. Y he metido helado de chocolate en el congelador.
Harry se sintió como una chica de serie americana.
— ¿Estoy despierto? He debido de dormirme viendo alguna serie… ¡Auuuu!
Draco había pasado por su lado de camino al cajón de los cubiertos y le había pellizcado en el brazo.
— Estás despierto, y con suerte no eres un zombie. Siéntate, necesitas comer algo. Apuesto que llevas todo el día en el sofá.
Draco se sentó a la mesa y sirvió vino.
— ¿Qué demonios Malfoy? ¿Te has vuelto loco?
Draco se giró por primera vez a mirarle.
— ¿Sabes por qué he salido con los niños este año, Potter? No era mi turno realmente —dio un sorbo a su vino—. Hoy hace seis meses que falleció la madre de mi hijo.
Harry no atinó a decir nada, solo a sentarse frente al otro plato.
— Cuando nos íbamos de tu casa esta tarde, mi hijo, mi precioso e inteligente hijo de cinco años, me dijo que tenías cara de haber perdido también a tu mamá. Y entonces caí.
Harry asintió, estirando la mano hacia su copa sin querer mirar a Malfoy, al que se le había roto un poco la voz.
Cenaron casi en silencio, comentando de vez en cuando la comida o el vino. Al terminar, Harry movió una mano simplemente y la vajilla se amontonó sola en el fregadero.
— Si me dejas adecentar el salón primero, podemos tomar ahí el helado y ver una película.
No le dio tiempo a contestar, salió pitando de la cocina. Tenía el corazón acelerado y no era del vino. Entró en el salón y tomó su varita de encima de la mesa para eliminar las cervezas y la manta vieja.
— Yo más que helado, me tomaría un whisky.
— Claro, claro. Discúlpame, estoy siendo un anfitrión terrible.
Draco sonrió brevemente y negó con la cabeza.
— Me acompañarás o prefieres helado.
— Helado. Mejor chocolate que beber más. Mañana he de ir temprano a un sitio.
A Malfoy no le cupo duda de que el plan del día siguiente de Potter era parecido al suyo y estaba relacionado con lápidas y flores.
Se acomodaron los dos en el sofá, Draco con un vaso ancho y Harry con un tazón y una cuchara. Jugó con el mando a distancia buscando algo que ver. Acabó dejando Beetlejuice. La había visto tantas veces que podía seguirla sin hacerle caso.
La proximidad del rubio le estaba alterando. Le sudaban las manos y a ratos tenía taquicardias. Cuando, en un momento de música más estruendosa, Draco se estiró para quitarle el mando de las manos y bajar el volumen, pensó que el corazón se le iba a salir por la boca.
Merlín, qué bien olía. Se olió a sí mismo asustado, temiendo parecer una mofeta, porque tampoco se había duchado. Se echó disimuladamente un hechizo de limpieza y trató de relajarse contra el respaldo del sofá.
La película acabó y Draco hizo ademán de levantarse.
— ¿Te marchas? —preguntó Harry, más ansioso de lo que le gustaría mostrar.
— Iba a hacerme un té. ¿Quieres que me marche?
Malfoy había hecho un puchero al decir esto. Un puchero. Malfoy. En ese momento, a Harry se le fue la cabeza. Quizá fue el exceso de chocolate. O la tranquila compañía. O la idea de saber que estaban compartiendo un día difícil para los dos. Qué demonios, Draco olía tan bien.
Dejó el tazón sobre la mesa y se estiró sobre el sofá. Malfoy abrió los ojos ligeramente por la sorpresa, pero no tuvo tiempo a protestar, porque los labios de Harry estaban sobre los suyos en menos de lo que se tarda en decir Quidditch.
— Quédate, por favor. —Le dijo, apoyando juntando sus frentes, con los ojos cerrados.
Malfoy no dijo nada más, se limitó a asentir y abrazarle.
Al día siguiente, la edición vespertina de El Profeta del 1 de noviembre mostró, evidenciando de nuevo su tendencia al amarillismo, una foto de Draco Malfoy acompañando a Harry Potter a visitar la tumba de sus padres en Godric's Hollow.
