CAPÍTULO 33

—¿Has sabido algo de Lexa? —Clarke preguntó, mientras tomaba un café junto a Raven.

—Sí... llamó a mamá ayer. Dijo que está bien y que aún no tiene una fecha establecida para su regreso.

—¿No dejó algún número de teléfono, nada?

—No, Clarke. Ni siquiera sabemos en qué hotel está hospedada. De hecho, ni siquiera se llevó su celular, lo que quiere decir, que mi hermana no quiere que la contactemos.

—Por eso no vio mi llamada...

—Así es.

—Y Aden, ¿cómo está?

—Está bien... mamá lo ha estado llevando a los lugares que a él le gustan...

—Rav... si hablas con Lexa, ¿podrías decirle que... la extraño?

—Clarke, no quiero ser pesimista, pero... creo que será difícil hablar con ella. Nunca sé cuándo va a llamar y, de hecho, cuando ha llamado yo he estado fuera de casa.

—Entonces será mejor esperar a que vuelva...

—Sí. Pero no te preocupes... ella volverá pronto y podrás decirle todo eso personalmente. Mira, Clarke... creo que mi hermana, en este momento, tiene muchas cosas que ordenar en su cabeza y en su corazón, pero ella te ama. Y estoy segura de que cuando vuelva, y te mire y escuche todo lo que tienes que decirle, no podrá resistirse.

...

Día tras día, su concentración y esperanza se desmoronaban. Incluso mientras dormía, su mente estaba atormentada y en sus sueños recordaba que Lexa se había ido. Las lágrimas caían sin previo aviso, cada vez que pensaba en la posibilidad, de que la castaña se alejara por mucho tiempo. Diez días ya le habían destrozado el corazón, más tiempo que ese, podría ocasionar dentro de ella una tragedia.

Algunas semanas pasaron y finalmente diciembre llegó. Lexa permanecía en la hacienda, aunque su familia creía que se encontraba en Londres. Las desavenencias y provocaciones entre ella y la nueva veterinaria fueron en aumento con el paso de los días; pero la disensión entre las dos contribuyó al inicio de lo que podría ser y, de hecho, sería una gran amistad.

—¡Sé perfectamente hacer mi trabajo, señora Woods! —exclamó Costia.

—¡Pues no lo parece! Hace ya una semana que mi yegua está con la pata lastimada.

—La hacienda está llena de caballos. ¿No puede montar otro?

—No, no puedo. ¡Me gusta montar a Heda!

—Aunque esa forma caprichosa e irritante es un encanto extra en usted, le aviso que no funcionará conmigo.

—¿Qué es lo que está queriendo decir con eso?

—¡Nada, patrona! Pero cambiando de tema... tengo una propuesta que hacerle.

—¿Una propuesta?

—Una carrera al final de la tarde. Quien gane, tendrá un deseo concedido.

—¿Un deseo concedido? —indagó Lexa, estrechando los ojos.

—¡Wow, qué imaginación, señora Woods! En mi lista de deseos, el sexo no está incluido —explicó Costia, sin contener la sonrisa.

—En ningún momento pensé en sexo —sorprendida con la forma tan directa y descarada en que la veterinaria le hablaba, intentó contener la risa.

—Entonces, ¿acepta? ¿O no puede montar otro caballo que no sea Heda?

—Muy bien... acepto.

Al final de la tarde, como habían acordado, Lexa y Costia montaron sus respectivos caballos y dieron inicio a la carrera, donde la veterinaria resultó vencedora. El viento frío de principios de diciembre comenzaba a soplar más fuerte, y su corazón roto latía rápidamente, en la medida en que absorbía las imágenes y sonidos a su alrededor.

—¿Está triste por qué perdió la carrera? —Costia preguntó, esbozando media sonrisa.

—Si hubiera montado a mi yegua, usted habría perdido —dijo, mientras caminaba y tiraba del animal por las riendas.

—¿Lista para conceder mi deseo?

—¿Acaso tengo otra opción?

—No. Encontrémonos esta noche en mi casa para cobrar lo que me debe.

—¿Por qué en su casa? —indagó Lexa.

—Mis padres quieren conocer a mi patrona —respondió la rubia—. Nos vemos a las 7:00 p. m. —dicho eso, Costia montó en su caballo y partió, dejando a Lexa con sus demonios.

Pasó un tiempo y cuando la castaña se dio cuenta, faltaban solo treinta minutos para las siete. Después de avisarle a Harper que no cenaría en casa, se dirigió a la hacienda vecina donde residía la veterinaria.

Junto a Costia y sus padres, la morena pasó una agradable noche como hace mucho no ocurría. Desde que llegó a la hacienda, sus comidas fueron tomadas sin ninguna compañía, aunque muchas veces Harper la había invitado a comer en su humilde casa. Acabada la cena, ella se despidió del señor y la señora Kane, y se dirigió a la terraza con Costia.

—Aquí... la noche va a ser larga —dijo la veterinaria, entregándole una copa de vino.

—Gracias... —dijo, bebiendo un poco de la bebida.

—Quiero saber su historia. Ese es mi deseo —Costia habló, manteniendo sus ojos fijos en los de Lexa.

—No tengo ninguna historia que contar.

—Claro que la tiene. Una de las mujeres más ricas del estado de Vermont no puede aislarse en esa hacienda por casualidad y por segunda vez. Pero déjeme adivinar: ¿un corazón roto? —preguntó, y por mucho que intentara, Lexa no podía escapar de Clarke. La necesidad que ella le causaba, tensionaba cada uno de sus músculos, y los recuerdos de ellas juntas torturaban constantemente su memoria.

—Por lo visto usted anda muy bien informada sobre mí, así que, no veo la necesidad de contarle nada. Con permiso —dijo la morena, claramente molesta. Y al intentar levantarse, Costia puso su mano derecha sobre el hombro de ella.

—Cuanto más intentamos deshacernos de lo que nos atormenta, más nos atormentamos. ¿Por qué tiene miedo de abrirse?

—¡Si quisiera abrirme, buscaría a un psicólogo y ya!

—Tal vez, lo mejor sea abrirse con una amiga...

Lexa sintió a la soledad invadirle el pecho, presentándose de forma asfixiante. Aquella sensación era algo que conocía muy bien, pues ya que se había tornado bastante familiar. Reprimiendo el instinto de salir corriendo de allí, la morena volvió a acomodarse al lado de Costia, pero se mantuvo en silencio mientras las lágrimas se formaban en sus ojos. De repente, su fría mano recibió una cálida y acogedora caricia, y nuevamente los ojos se encontraron.

—Un matrimonio de casi diez años terminó después de una traición. Descubrí a mi esposa en la cama con el chofer de la familia, y desde entonces mi vida cambio —dijo, aspirando el aire con una fuerza innecesaria—. Casi pierdo a mi hijo, me alejé de mi familia y me escondí aquí, en estas tierras donde nací y crecí. Fue entonces que ella apareció... Clarke... Clarke Griffin. Ella derribó mis defensas, arrancó mi corazón y nunca más me lo devolvió... ni me lo devolverá y yo ni siquiera lo quiero de vuelta porque ya le pertenece a ella. Es mi corazón, pero le pertenece a ella.

Instintivamente, Costia le sostuvo la mano con firmeza al notar que de aquellos ojos perdidos y tristes, se derramaba un torrente de lágrimas. Lexa permaneció largo tiempo en silencio intentando procesar cada emoción que sentía. La necesidad de tener a Clarke a su lado la golpeó una vez más. Era sofocante, era la peor sensación que había tenido en su vida.

Recuperado el aliento y aplacado el llanto, ella narró todo lo que aconteció después de conocer a Clarke.

—La amas, y aun así estás aquí. Estás dejando el camino libre para que alguien más te la robe —Costia habló.

—Sólo estoy haciendo lo que ella me pidió. Estoy dejándola seguir con su vida.

—A pesar de que eso fue lo que te pidió aquella mañana. Estoy segura de que te extraña.

—Sí, tal vez así sea.

—Lex... lo que hiciste lastimaría a cualquier mujer, pero es comprensible. Sin embargo, no puedes permitir que esa inseguridad domine tu vida. De esa manera, nunca serás feliz, incluso si estás al lado de Clarke.

—Lo sé... pero lamentablemente, sólo piensas en esas cosas cuando pierdes a la persona que amas.

—¿Y quién ha dicho que la perdiste? —preguntó y, por el silencio de la morena, Costia prosiguió—. No tienes que volver a la capital y correr a los brazos de ella. Sigue con tu vida como lo estás haciendo aquí. Ve a trabajar, al centro comercial, sal con tu hijo, pasa tiempo con tu familia... y cuando menos lo esperes, ella estará loca buscándote.

—Parece tan fácil y simple.

—Porque lo es.

—Bueno, ya es hora de que me vaya. Gracias por la cena y... por escuchar mis penas.

—Fue un placer.

—Hasta mañana, Costia.

—Nos vemos mañana, que descanses... ah, ¿Lexa?

—¿Sí?

—Sé que no eres de tener muchas amistades, y que yo sólo soy otra empleada tuya. Pero me gustaría que supieras que tienes en mí a una verdadera amiga.

—Lo sé, y te agradezco por eso.

—Sabía que en el fondo, detrás de esa ruda "comandante", había una...

—Piensa bien en lo que vas a decir, Costia. Recuerda que soy tu patrona y que puedo despedirte ahora mismo —Lexa habló, y sin que pudieran evitarlo, ambas sonrieron.

Después de la despedida, la castaña regresó a casa con una aparente ligereza en su alma. Aunque ya sabía todo lo que su nueva amiga le había dicho y aconsejado, aquella decisión de permanecer en la hacienda por algunos días, había sido de gran ayuda; pero aun así, era difícil de creer que Clarke la perdonaría tan fácilmente.

[...]

A la mañana siguiente, antes de dirigirse a los cultivos como siempre hacia, Lexa decidió llamar a Becca. Hacia una semana que no daba noticias y, a esa altura, su madre estaría muy preocupada. De hecho, como había imaginado, su progenitora no escatimó en sermones, y aprovechó la oportunidad para suplicarle que regresara, alegando que la fiesta de fin de año del colegio tendría lugar pronto, y que como madre de Aden, no podía estar ausente. Terminada la llamada, la castaña trató de ocupar su mente con los asuntos de la hacienda, y finalizando la tarde, como venía sucediendo, ella y Costia recorrían el campo en sus respectivos caballos. Sin embargo, lo que iba a ser una cabalgata amena resultó ser una pesadilla cuando, inexplicablemente, Lexa recibió un golpe en el hombro con algo que no pudo identificar y, como consecuencia, acabó cayendo de su yegua.

—¡Lexa! —Costia gritó, tirando de las riendas para que el animal se detuviera y, rápidamente, corrió hacia el cuerpo que se encontraba en el suelo.

La sangre que fluía y manchaba la camisa blanca dejaba claro que la herida había sido provocada por un disparo.

—¡Dios mío! Lexa... —murmuró, mirando en todas las direcciones intentando encontrar al autor del disparo—. Todo va a estar bien... necesito pedir ayuda, pero no puedo dejarte aquí sola... —dijo la rubia, angustiada por aquella situación. Sin alternativa, le dio un golpe en el muslo a la yegua de la morena y el animal salió a todo galope. Si tenía suerte, cuando Monty o cualquier otro empleado de la hacienda viera a Heda sola, comprendería que algo le había pasado a Lexa. De hecho. Pasaron pocos minutos y mientras Costia intentaba detener la sangre, Monty llegó acompañado de John en uno de los autos de la hacienda, mientras otros peones los seguían a caballo.

—¡Gracias a Dios que han llegado! ¡Ayúdenme a ponerla en el auto! —exclamó Costia.

—¡Señorita Costia! ¿Qué ha pasado? —indagó Monty, agachándose junto al cuerpo de Lexa.

—No lo sé... estábamos cabalgando y de repente oí un ruido, ella cayó y... ¡maldita sea! ¡Está perdiendo mucha sangre!

—¡Necesitamos llevarla a un hospital! —dijo John.

—¡No! ¡Llévenla a la casa grande! El hospital está demasiado lejos y podría ser arriesgado. Mi padre es médico y podrá atenderla en casa.

Con la ayuda de John y los otros peones, Monty acomodó a Lexa en el asiento trasero del vehículo y en poco tiempo llegaron a la casa grande.

—¡Monty! ¿Qué pasó? —indagó Harper, claramente asustada por la escena.

—¡La patrona recibió un disparo y se cayó de la yegua!

—Pero... ¿quién le disparó?

—No lo sabemos... El padre de la señorita Costia es médico y vendrá a cuidarla. Pon un poco de agua a hervir y trae toallas limpias...

—¡Ya me ocupo de eso!

Lexa fue acomodada en su cama. Su rostro estaba pálido y sudoroso, su camisa bañada en sangre. Cualquiera que la viera en ese estado, diría que ya estaba muerta. Pasaron algunos minutos y, finalmente, Costia llegó acompañada de Marcus, su padre.

—Monty, será mejor que reúnas algunos peones y busques a algún sospechoso por los alrededores de la hacienda. Ese disparo no parece accidental —dijo Costia.

—Haremos eso ahora mismo, señorita. Con permiso —dicho eso, él y John que estaban en la habitación, se retiraron.

—¿Cómo está ella, papá?

—Está bien... ciertamente se desmayó por el dolor pero está bien. Sólo necesito retirar esa bala y cuidar la herida para que no se infecte —dijo el hombre, mientras rasgaba la camisa que usaba Lexa.

—Harper, ¿sabes cómo podemos contactar a su familia?

—Sí, señorita. Tengo el número de teléfono de la casa y de la oficina de la señora.

—Entonces, por favor, hágaselo saber a sus familiares.

—Sí, señorita. Con permiso.

[...]

—¿Qué? Pero, ¿qué está diciendo? ¿Quién es usted? —indagó Becca.

—Soy el ama de llaves de la casa grande, señora. Doña Lexa recibió un disparo y cayó de la yegua —respondió Harper, del otro lado de la línea.

—¡Pero... mi hija está en Londres! —Becca exclamó, confundida y al mismo tiempo incrédula.

—Doña Lexa llegó aquí hace más de un mes, señora. Supongo que cambió Londres por la hacienda.

—Dios mío... Lexa... ¿y ella cómo está? Por el amor de Dios, dígame que mi hija está bien...

—Ella está bien. El médico está aquí cuidándola.

—¡Gracias por avisarme! ¡Ahora mismo, iré al encuentro de mi hija! —dicho eso, Becca terminó la llamada.

Al saber lo que había acontecido, Raven se mostró tan perpleja como Becca, ya que en verdad creían que Lexa se encontraba en Londres, y no en la hacienda. Angustiada, la matriarca de la familia optó por alquilar un jet, ya que el viaje en auto o un vuelo convencional la demoraría más de lo ella que podría esperar.

—Tengo que avisarle a Clarke... —dijo Raven, y así lo hizo.

Conmocionada, Clarke recibió la noticia y sin pensarlo dos veces, tiró unas prendas de vestir dentro de una maleta, tomó un taxi y corrió al apartamento de Raven. Al descender del vehículo frente al edificio donde vivía su amiga, la rubia recibió un fuerte abrazo de Aden. Tan afligido como ella, él le enjugó las lágrimas y, en silencio, uno empezó a consolar al otro.

—Vamos... ya nos están esperando en el aeropuerto —dijo Raven, mientras el conductor de Becca guardaba el equipaje en el auto.

—Señora Woods... lo siento mucho — dijo Clarke.

—Gracias. Mi hija es fuerte... pero oremos para que no suceda lo peor —Becca murmuró y, luego, el conductor partió rumbo al aeropuerto.

Espero que les haya gustado el capítulo. ¡Les deseo un feliz fin de año!