Capítulo 29
«El mío es el corazón más conspirador del mundo».
SAMUEL RICHARDSON, Clarissa
—Konan ha desaparecido, Uchiha. La retienen en alguna parte de la ciudad y solo Dios sabe lo que están haciéndole.
—Tranquilo, amigo, vamos a rescatarla, y podrás encargarte de Orochimaru en cuanto tu mujer esté a salvo.
Aquel desesperado intento de tranquilizar al frenético Yahico apenas tuvo éxito; el hombre estaba poseído desde que supo que Konan había sido secuestrada. Según había descubierto, el afecto y la preocupación que mostraba por ella iban mucho más allá de lo esperable en un mero compañero de trabajo. La pareja estaba planeando marcharse de Inglaterra cuando Orochimaru la secuestró.
Dos días antes, cuando Itachi había llamado a Yahico para que se personara en la casa de su abuelo, el hombre se había sorprendido de la rapidez con la que había llegado a Londres. Al parecer, él no era la única persona que estaba siendo extorsionada por Orochimaru. Tanto la reputación de Sakura como la pronta reaparición de Konan tenían un precio: madame Terumi había recibido una misiva pidiendo un rescate por su chica.
Sin embargo, Orochimaru tenía graves problemas. Su inclinación a tratar brutalmente a las mujeres había podido más que cualquier ápice de humanidad que poseyera —si es que alguna vez había tenido algo de ello— hacía ya mucho tiempo. Había cometido otras violaciones y no resultó difícil dar con otros padres y hermanos deseosos vengar a sus seres queridos. Eso, y el hecho de que Orochimaru estuviera preparando la salida de Inglaterra, les proporcionaba la oportunidad perfecta para solucionar las cosas.
—Lo único que tenemos que hacer es esperar a que caiga en la trampa. ¡Piénsalo, Yahico! Si saltamos ahora sobre él, no subirá a ese barco. Y tú quieres que lo haga, que Konan quede a salvo, contigo —le recordó al ansioso Yahico—. Madame Mei llegará de un momento a otro. En cuanto ella entregue el dinero, él se irá a los muelles y nosotros rescataremos a tu mujer. ¡Pero nada saldrá bien si Orochimaru no sube al barco! —Con la victoria tan cerca, no quería perder la ventaja que había adquirido.
—Lo sé, pero no puedo soportar pensar que está haciéndole daño... —Yahico se frotó la cara y dejó caer la cabeza—. La amo. Quiero estar con ella.
Itachi le dio una palmada en el hombro.
—Estarás con ella pronto, yo me encargaré de que así sea.
Recordó la negociación con Orochimaru la noche anterior; entonces había sido Yahico el que tuvo que contenerlo a él...
... En el 44 de Peake Street un muchacho de la calle esperaba bajo la luz de la luna, apoyado en la fachada, presto a sacar provecho de cualquier oportunidad que se le presentara.
—Estoy esperando a Uchiha. ¿Es usted, señor? —preguntó el pilluelo a Yahico, que señaló a Itachi con el pulgar sin decir palabra.
Uchiha tomó la nota que le tendía el mocoso y le dio una moneda. La leyó antes de volver a mirar al chico.
—¿Conoces al hombre que escribió esto?
Unos inteligentes ojos marrones se clavaron en él con atención.
—Sí, señor.
Itachi sostuvo en alto una libra.
—Si me dices en qué lugar retiene a una chica francesa con ojos color ámbar, cabello azul llamada Konan, esto será tuyo. Encuéntrala antes de mañana y te daré el doble.
—Cuente con ello, señor. Me ocuparé del asunto enseguida. Si alguien puede conseguir averiguarlo, ese soy yo, Haku. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con usted?
Itachi le facilitó los datos y luego se quedó mirando cómo el niño se perdía en las calles serpenteantes y silenciosas, cubiertas de niebla nocturna.
Las instrucciones de Orochimaru les llevaron a un pub de mala muerte en las afueras de Londres. Los agrios olores a cerveza fermentada y a mugre de cuerpos sin lavar inundaron sus sentidos, pero aquello parecía muy apropiado, considerando quién era el que los había citado allí.
Buscaron un rincón oscuro y esperaron. Itachi miró con aprensión el líquido que le sirvieron o, más concretamente, el vaso en el que lo sirvieron. Le vinieron a la mente las fiebres tifoideas y sintió un repentino y acuciante deseo de buscar jabón y agua para lavarse.
Un tipo mal encarado se acercó y se sentó frente a ellos. El pelo oscuro caía en grasientos mechones alrededor de una cara vulgar. No era feo, pero su porte no poseía ni rastro de elegancia ni casi definición alguna. Sus ojos, sin embargo, eran diabólicos. A pesar de ser amarillos, parecían faltos de color. Repelía a primera vista, y a distancia. Orochimaru era un animal, una bestia viciosa y cruel; no era necesario conocerlo para darse cuenta de ello. Su monstruosidad resultaba tan evidente como la porquería que cubría su camisa blanca. Le dio a Itachi más pruebas de ello cuando abrió la boca.
—Así que usted es el bastardo que me robó mi juguetito —dijo, lanzándole una mirada airada. Lo recorrió de arriba abajo, tomando nota de sus finos ropajes, imaginando sin duda lo que le habría costado adquirirlos.
Uchiha sintió que la sangre se agolpaba en sus sienes. Hubo de hacer un supremo esfuerzo de contención. En ese momento era capaz de cualquier cosa y no podía echar a perder sus planes.
Aquel pedazo de carne asquerosa se había atrevido a poner las zarpas encima de Saku, robarle su inocencia, golpearla y tratarla de manera salvaje. Conoció en ese instante lo que era el deseo de matar. Deseó acabar con aquel monstruo, asesinarlo sin más. Conseguir que aquel pedazo de mierda que estaba sentado frente a él desapareciera de este mundo le parecía lo más natural, lo más necesario, lo más urgente. Sería un servicio público, un favor a sus compatriotas.
—¿Robártela? Escoria, me casé con ella. ¡Es mi mujer!
Orochimaru le sacó la lengua y luego se relamió los labios, y al hacerlo le recordó a un asqueroso reptil. Miró a Yahico antes de volver a hablar.
—Mi nueva muñequita no es ni parecida, sus tetas son más grandes. —Volvió a clavar los ojos en él—. Sin embargo, su esposa..., hum..., tiene unas tetas realmente magní...
Itachi se abalanzó sobre él con tanta rapidez que Orochimaru se echó hacia atrás y se golpeó la cabeza con la pared que estaba a su espalda. Yahico lo detuvo y luego amenazó al violador con una enorme rabia contenida.
—Va a cerrar su jodida boca antes de que perdamos los nervios. No vuelva a hablar o podría dejarme llevar por mis impulsos y matarlo aquí mismo, ante testigos, y a la mierda con las consecuencias.
—¡Qué impulsivo es usted, Uchiha! —dijo Orochimaru sin hacer caso a Yahico—. Voy a darle instrucciones, quiero que la puta de madame Mei venga al mismo lugar de antes. —Movió un dedo ante ellos—. Vendrá sola, mañana por la noche, con el dinero y un pasaje. Mañana por la noche zarpa un barco y yo voy a estar a bordo.
—Muy bien —convino Itachi—. ¿Y Konan?
Orochimaru puso los ojos en blanco.
—¡Por Dios! ¿Por qué le importa tanto? Ella solo es tres agujeros para mi verga y para eso sirve cualquier hembra...
Se abalanzó otra vez sobre él, acercándose tanto que pudo oler su fétido aliento.
—¿Dónde está esa chica, bestia degenerada?
—Tranquilo. No queremos provocar una escena —se burló Orochimaru, arrastrando las palabras—. Por alguna razón que no entiendo, esa puta es importante..., y eso es bueno para mí. Si quiere recuperarla le costará un poco más. Otras mil libras serán suficientes... Creo. Y, como gesto de buena voluntad para cerrar el trato, le diré dónde está cuando me entregue el dinero. Después de eso, caballeros, desapareceré de aquí y no volverán a verme nunca más. —Orochimaru sonrió con aire jactancioso.
«Esa parte es definitivamente cierta, infame cabrón. Nadie volverá a verte nunca más».
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Y ahora, Yahico y Itachi esperaban en el edificio de enfrente, escondidos entre las sombras. El crepúsculo estaba a punto de llegar, y entonces Mei Terumi entregaría el dinero. Orochimaru lo cogería y se marcharía al barco. Recuperarían a Konan... Y luego... todo se desarrollaría según lo previsto.
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Hacía más de dos años que Sakura no pisaba Londres, y jamás había acudido sola. Bueno, no estaba sola. Además del conductor, Hayate, la acompañaba Yūgao, su doncella, y en el último momento había decidido llevar también a Fisgón. Los cuatro formaban un grupo original. A cualquiera que no los conociera le resultaría difícil deducir quién estaba al mando.
Salir de Hallborough había resultado todo un reto, pero lo había conseguido. El personal no había visto muestras de su terquedad hasta ese día. El señor Akame y la señora Uzuki habían intentado disuadirla, pero los había ignorado. Envió una nota con una breve explicación a los Hatake, ordenó que prepararan el carruaje, hizo el equipaje y pidió a Hayate que se dirigiera a Londres. Y, para su sorpresa, los impedimentos cesaron.
El viaje a la ciudad resultó más fácil de lo esperado y, cuando se detuvieron ante la primera parada en su itinerario —el 26 de Oxley Street en Covent Garden—, el crepúsculo comenzaba a teñir el paisaje de melancólicos matices.
Hayate parecía nervioso cuando desplegó la escalerilla para ayudarla a bajar. Miró la casa con la puerta roja y luego dio un paso atrás.
—Señora, ¿está segura de que es aquí donde quiere venir? Creo que el señor Uchiha no aprobaría que...
—Gracias, Hayate. Tu lealtad es conmovedora —lo interrumpió con voz imperiosa—, pero te aseguro que es aquí donde tengo que entrar.
Hayate bajó la cabeza.
—¿Quiere que la escolte al interior? —preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—Por favor, espérame aquí con Yūgao. No tardaré mucho.
Alzó la aldaba con forma de cisne y la dejó caer con fuerza, al tiempo que pensaba que el rojo era un color inusual para pintar una puerta. Abrió un hombre delgado, al que tomó por el mayordomo.
—El negocio está cerrado esta noche —la informó.
¿El negocio estaba cerrado? ¿Qué clase de negocio había allí?, se preguntó. Parecía una residencia privada. Miró al hombre sin retroceder.
El supuesto mayordomo alzó las cejas.
—¿Qué desea?
—He venido a hablar con madame Terumi —dijo con voz firme, alzando la barbilla.
La cara del hombre se volvió de hielo.
—Madame no recibe esta noche. Tiene un compromiso previo y debe salir dentro de un rato.
Ella se sintió frustrada.
—Por favor, solo necesito intercambiar unas palabras con ella...
—Lo siento. No será posible, señorita...
—Uchiha. Mi nombre es Uchiha. Dígale a madame Terumi que la señora Uchiha ha venido a hablar con ella. —A pesar de que percibió que el sujeto vacilaba al escuchar sus palabras, su deber pesó más. Ella seguía dispuesta a salirse con la suya, quería resolver ese misterio. ¡Quería saber quién era madame Terumi y por qué deseaba reunirse con su marido! La expresión del mayordomo había cambiado cuando mencionó su nombre, pero finalmente le hizo una reverencia y cerró la puerta.
Estaba furiosa cuando regresó al carruaje. Hayate se apresuró a abrir y la ayudó a entrar, aparentemente feliz de que su ama no hubiera entrado en aquella casa.
—¿Vamos ahora a la residencia de sir Homura? —le preguntó el cochero esperanzado.
—¡Todavía no! —ordenó—. Vamos a esperar aquí durante un rato.
Hayate regresó al pescante y ella miró furiosa por la ventanilla, manteniendo los ojos clavados en la brillante puerta roja. Yūgao sonrió sin ganas y Fisgón se subió al asiento, a su lado, para ponerle una pata en el regazo. Puso la mano en el cuello del animal, sumida en sus enfurecidos pensamientos, y acarició el pelaje una y otra vez mientras esperaban.
Un carruaje de alquiler se detuvo frente al edificio y esperó. Al cabo de unos diez minutos se abrió la puerta roja y de ella salió una mujer envuelta en una capa negra. Mientras la oscura figura bajaba las escaleras, Sakura observó que llevaba consigo una bolsa de terciopelo negro y un paquete.
Salió disparada del coche y se acercó a ella.
—¿Es usted Mei Terumi?
La mujer giró la cabeza y alzó la mirada hacia ella, que era por lo menos quince centímetros más alta.
—Mon Dieu!
—¿Quién es Konan? —Su tono era exaltado, exigente—. ¿Por qué le envía cartas a mi marido pidiéndole que se reúna con usted?
Aunque poseía belleza y buena figura, Mei Terumi era mucho más vieja de lo que ella esperaba. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Su cutis parecía algo cetrino, sus ojos eran inexpresivos y sus gestos, tensos y preocupados. La única parte de ella con cierto color era el profundo tono castaño rojizo de su pelo.
—¿La señora Uchiha? —preguntó con suavidad.
—Sí. —Sakura se preparó, temiendo lo que aquella mujer podría decirle.
—Soy una conocida de su marido, nada más. Sé que es un hombre de bien, honesto y leal. La felicito por su matrimonio, señora Uchiha. Les deseo lo mejor en la vida. Espero que sean muy felices juntos.
La aparente sinceridad con la que hablaba la desarmó. Mei Terumi no parecía una mujer dispuesta a seducir a su marido.
—Entonces, ¿por qué le ha enviado esta carta pidiéndole que se reúna con usted? —Agitó la misiva en la mano.
Madame Terumi la miró fijamente con la voz empañada por la emoción.
—Estoy tratando de hacer bien las cosas... Antes de que sea demasiado tarde. —Alzó la mirada al cielo, como si estuviera calculando la posición de la luna, y luego la dirigió al carruaje de alquiler—. Señora Uchiha, tengo que marcharme. Es necesario que me vaya ya. Quizá pueda regresar mañana... —Se interrumpió y giró sobre sus talones.
Sakura la observó recorrer la calle y refunfuñó para sus adentros. ¡Quería las respuestas ahora! Al día siguiente sería demasiado tarde. Cuando gritó a Hayate, sabía que no estaba comportándose como la dama de buena cuna que era, pero en ese momento le importaba un bledo.
—¡Hayate! Sigue a ese carruaje y no lo pierdas. ¡Ve por las mismas calles que él!
