¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

Por tercera vez George informaba a Candy de una nueva prórroga de la estancia de Albert en el extranjero. Empezaba a lamentar haber sido tan escueta en su última carta. En una de sus prácticas con el auto le preguntó, con cierta vergüenza, si sería posible agregar "recuerdos Candy" en el siguiente telegrama que le enviara. Sabía que su coste era bastante más elevado que con un mensaje epistolar pero ¿Cómo arriesgarse?

El secretario, que ya llevaba tiempo observándolos, esperando alguna reacción por parte del Sr. Andrew, simplemente asintió. No era su lugar interferir y menos en cuestiones tan privadas. William jamás le había pedido consejo en respecto a temas del corazón. Tampoco cuando decidió adoptar a Candy ni cuando la envió a estudiar a Inglaterra. George, tenía sus sospechas acerca de anteriores afectos por un par de muchachas, por leves cambios de actitud en el patriarca. Si bien había expresado ocasionalmente su aprobación respecto a alguna iniciativa, como la adopción o el tutelaje, nunca había trasgredido los límites de lo personal. No era su lugar. Lo más parecido a excederse que se había permitido era facilitarle a Candy la ubicación del Sr. Andrew, bajo la sospecha de que la decisión del compromiso no era verdadera. Él habría sido informado. Luego, mantuvo sus acostumbradas funciones dentro de la familia.

El agradecimiento posterior de William le demostraba que confiaba en su criterio pero, en aquel momento, George se sintió perdido por primera vez. No acerca de enviar aquellas dos simples palabras. Debía hacerlo, sin duda. Se sentía perdido respecto a cómo resultar de mayor utilidad a ambos miembros de la familia. Los meses antes del viaje a Brasil, se percató de una agitación inusual en William. Parecía querer cumplir el máximo de objetivos en el menor tiempo posible. En más de una ocasión hizo referencia a labrar una vida más tranquila tras conseguirlo. Llegó a temer que sufriera el mismo fin que su padre por el estrés e, incluso, llegó a comentárselo a la Srta. Candy sin querer.

A través de los años, había sido imposible no tomarle aprecio a la muchacha de un modo similar al que le profería a William. Ella era generosa, amable y atenta... George la imaginó brevemente como matriarca, como anfitriona, instruyendo con tacto al servicio, conociendo el nombre, el estado y las familias de casi todo el personal a su cargo... Quizás no fuera apreciada por los miembros más ambiciosos de la familia pero no dudaba que se ganaría el respeto y afecto del resto de integrantes. Una de las razones de su propia lealtad a William era precisamente esa. Era alguien que se preocupaba sinceramente y valoraba a las personas, independientemente de su origen o posición.

Tras la inauguración del hotel en Florida, se había acatarrado. Temió por su propia vida por la posibilidad de haber contraído la gripe española que tantas víctimas se estaba saldando. Por suerte no fue así pero Candy se preocupó por él y le escribió desde Chicago, mientras él permanecía en Miami, por su condición hasta recuperarse. Era la primera vez que le escribía exclusivamente a él. El gesto lo llenó de ternura y la sintió casi como la hija que nunca tuvo.

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"Querido Georges Villers,

Me alegra saber que te estás recuperando de la gripe

¡Alguien como tú no puede enfermarse!

No me gustaría enterarme de que has contraído un virus extraño en la fiesta de los Lagan.

Además, el tío abuelo William, que sabe que rara vez enfermas, se ha preocupado por ti.

[...]"

Aunque había partes que también lo hicieron sonrojarse y reír.

"[...]

Eres mi héroe de brillante armadura, mi caballero blanco (perfecto para alguien que se apellida White, ¿no crees?), el hombre fuerte con el que siempre puedo contar.

¡Tienes que velar más por tu salud!

Cada vez que me meto en problemas, tú vienes a rescatarme.

Sin embargo, creo que nunca te lo he agradecido como es debido hasta ahora.

[...]

Ahora entiendo por qué todo el mundo dice que los Ardlay no serían nadie sin Georges.

[...]

¿Cómo lo haces para conmover los corazones de todos los que te rodean si apenas hablar?

Yo hablo el doble que tú y los niños del orfanato siguen sin prestarme atención.

[...]

Deberías tomarte la temperatura otra vez. ¿Qué tal? Si ha bajado, puedes seguir leyéndome.

[...]

Mi apreciado Georges, aunque tú nunca me desvelaste nada sobre el tío abuelo, él, que es un gran conversador, me ha contado muchas cosas de ti.

Gracias a él, me enteré de que tú también eres huérfano (ahora te siento mucho más cerca).

[...]

...me explicó que fuiste un niño algo problemático...

[...]

¿Cómo dices? ¿Qué no te he dejado descansar con esta carta tan extensa?

[...]"

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Georges no había podido evitar ver a Candy como una muchacha pero ahora, mientras conducía, se percató de que ya no lo era. Hacía tiempo que se había transformado en una mujer capaz, independiente y hermosa, especialmente, por su forma de ser. En la carta que ella le escribió meses atrás, también pudo comprobar que ella comprendía y apreciaba a William por su propia naturaleza. Su carácter alegre podría llegar a ser un buen contrapunto en la ajetreada vida de William.

Él había sido el primero en recordarle al Sr. Andrew que se había tomado demasiados descansos por toda una vida, pero nada más lejos de su intención que provocar aquel frenesí en el patriarca. Simplemente había temido que volviera a intentar fugarse o tomarse las cosas demasiado a la ligera. No había tenido en cuenta sus posibles sentimientos de culpabilidad que, más tarde, le confesara en una carta para él desde São Paulo. El Sr. William se había disculpado por haberle causado tantos problemas y haber descargado tanta responsabilidad sobre él en su ausencia.

Por otra parte, George había olvidado voluntariamente recordarle la otra acuciante presión por parte del consejo. Si bien Candy era su heredera legal, el hecho de haberse destapado que en realidad el patriarca del clan fuese un hombre joven y no un viejo decrépito, había vuelto a encender los recelos hacia su protegida. Aunque el Sr. William se había encargado personalmente el año anterior de que los Leagan desmintieran sus calumnias, ningún miembro de sangre de la familia aceptaría aquel simple arreglo para despreocuparse por la sucesión. Si el hombre había esperado poder relajarse a su regreso, se iba a llevar una gran sorpresa. Los miembros con más peso tenían seleccionadas a unas cuantas candidatas entre algunas de las familias más influyentes, dentro y fuera del clan.

Aquella petición de Candy y la inusual agitación de William llevaron a George a replantearse su propia imparcialidad. Si sus suposiciones eran correctas, Candy no tenía motivos ocultos ni ambición alguna por manipular al Sr. Andrew, al contrario que algunos de los nombres de herederas que había podido escuchar dentro del consejo. George estaba convencido de que la situación que se encontraría a su regreso, no iba a ser, en absoluto, del agrado del patriarca. Georges sabía que el afecto que profesaba Candy hacia William era genuino y parecía aumentar con su tiempo de separación. Por su parte, William se mostraba visiblemente más feliz y relajado cuando ella había permanecido en Chicago el anterior año y se tomaba más molestias de las necesarias para complacerla en todo lo que estaba en su mano... Cuando le pidió que investigara el posible paradero de aquellos dos caballos... En fin, tampoco lo cuestionó pero tardó un tiempo en comprender el ulterior motivo a tal requerimiento... Bueno, la fama de excéntrico ya la tenía ganada... En su interior, todas aquellas cosas, hasta cierto punto lo divertían, aunque se guardaba bien de mostrarlo. Pero también era consciente que todo aquello podría acarrear consecuencias más severas y determinantes para todo el clan.

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 328 - 330 Carta de Candy a Georges - brevemente reproducida en este capítulo. Agrego, abajo, un apunte sobre el carácter del padre de Albert y su muerte que también me han inspirado.

[...]

Quizás el señor Ardlay vio algo en tus ojos y, en lugar de enfadarse, decidió llevarte con él y traerte a Estados Unidos. Fue un digno antecesor. No solo tenía olfato para los negocios, sino que también sabía juzgar bien a las personas.

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Tiempo más tarde, poco antes de morir súbitamente mientras trabajaba, te confió a su pequeño William A. Ardlay.

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Pg. 343 Retrospectiva de Candy en su presente, sobre el sentido del humor de Georges respecto al dibujo que hizo Candy de Albert para encontrarle.

Sin embargo, tiempo después, el tío abuelo William se encariñó bastante de aquel retrato y ahora cuelga de una de las paredes de su despacho. Parece ser que, hasta Georges, a pesar de su carácter, lo definió como 'una obra maestra sin precedentes'.

Pg. 346 Retrospectiva de Candy en su presente, sobre la percepción de su adopción y la desobediencia de Georges frente al compromiso con Neal

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Él, al igual que su hermana, despreciaba desde lo más profundo de su corazón mis orígenes y procedencia. Aquello no era algo que se pudiera cambiar solo por el simple hecho de que los Ardlay me adoptaran. Prueba de ello era la actitud incesante que la tía abuela Elroy tenía conmigo.

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Si no hubiera sido por su capricho, Georges nunca hubiera desobedecido las órdenes directas del tío abuelo. Para intentar socorrerme, Georges me informó de dónde podría encontrarle.

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Pg. 351 Carta a la portera de la Casa de la Magnolia de Candy - Escrita al poco de volver al hogar de Pony y trabajar de enfermera.

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Yo también habría sospechado si lo hubiera visto salir por la puerta trasera de un de los bancos de Chicago (y, además, acompañado de un hombre sospechoso que llevaba un traje más bien caro) o si lo hubiera sorprendido viajando en un coche de lujo.

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El señor Albert está siempre muy ocupado, pero me ha dicho que, cuando tenga ocasión, le gustaría ir a darle las gracias en persona.

Seguro que le hace ilusión saber que yo he vuelto a mi pueblo natal y esto trabajando como enfermera.

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Pg. 354 Carta de Candy a Archie - Durante la convivencia en Chicago tras saber su verdadera identidad.

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De hecho, a veces me da por pensar que, si el señor William A. Ardlay realmente es el joven señor Albert (que, a su vez, aparenta menos edad de la que tiene), por muy hombre de negocios que sea, su aspecto no me encaja mucho con la responsabilidad y rol que desempeña.

Como buen cabeza de familia de los Ardlay, el señor Albert está muy ocupado y casi no hemos podido hablar tranquilamente.

Pg. 373 Carta de Albert a Candy - hablándole de sus responsabilidades y consideraciones sobre la familia. Notar que Albert no incluye a Candy realmente como miembro de la familia Ardlay aunque la adoptara, sino escribiría "nuestra familia".

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Discúlpame si creo que tu magia no surtirá efecto. A mí antes que a nadie, créeme, me gustaría tomarme unas vacaciones, pero Georges no deja de recordarme que ya me he tomado descansos suficientes para toda la vida, y tiene razón.

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Como ya sabes, yo era solo un crío cuando tuve que enfrentarme a las responsabilidades que conlleva ser el cabeza de familia de los Ardlay. Detrás de todo esto hay razones ocultas: para mi familia, los vínculos de sangre son lo más importante. Mi padre, William C. Ardlay, era un hombre de negocios excelente y tuvo que sostener él solo a toda la familia y no había nadie más que yo en ese momento, un niño de tan solo ocho años, que pudiera sustituirlo. El papel de cabeza de familia se traspasa de William a William. Es una línea de descendencia directa. La tía abuela Elroy, hermana mayor de mi padre, y el resto de ancianos de la familia pasaron mucho tiempo pensando en qué se debía hacer, porque sabían que había personas entre los Ardlay interesadas en arrebatarme el puesto.

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Pg. 380 Carta de Candy a Albert - regañándolo por trabajar demasiado

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Albert, siempre estás demasiado ocupado... Temo por tu salud.

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Pg. 382 Carta de Albert a Candy - respondiendo a su preocupación

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Me encuentro muy bien, así que no te preocupes. Estoy disfrutando mucho de mi trabajo. No es por nada, pero nadie puede negar que llevo en mis venas la sangre de mi padre.

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Si he podido llevar la vida que siempre quise llevar ha sido gracias a los Ardlay y a la dedicación de Georges.

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