Capítulo 39


Una vez Sakura salió del cuarto donde la madre de Temari estaba hecha un mar de lágrimas en la cama, al encontrarse con su amiga esperándola, murmuró:

—Tu madre es el dramatismo personificado, y menudo sarpullido tiene por todo el cuerpo.

La joven rubia sonrió. Su madre siempre había sido así.

—¿Acaso crees que no lo sé? Bueno, ¿qué te ha dicho?

Comenzaron a caminar por el pasillo, cuando Sakura, ordenando en su mente todo lo que la mujer le había dicho, indicó:

—Además de repetirme lo mal que lo has hecho, lo decepcionada que está contigo y que espera que me vaya pronto de esta fortaleza, no ha tardado ni un segundo en decirme que he de cuidarme la piel, las manos..., y ya ni te cuento lo que ha dicho sobre mi cabello.

Ambas sonreían por aquello cuando vieron que Shizune se les acercaba.

—Niñas..., tenéis que bajar al salón.

—¿Ha venido Naruto? —preguntó Temari esperanzada.

Shizune, que había visto y hablado con los hombres de Sasuke, afirmó:

—Sí.

Eso la hizo sonreír y, pestañeando, musitó:

—¿Y se lo ve muy enfadado?

La mujer la miró. No había visto a Naruto porque aún no había entrado en la fortaleza, pero sus hombres le habían comentado su estado de ánimo.

—No sé qué decirte, cielo..., no sé.

La joven meneó la cabeza. Estaba claro que no la iba a perdonar. Y, encogiéndose de hombros, declaró:

—De acuerdo. Si él decide anular nuestro matrimonio, he de aceptarlo sin rechistar por no haber sido sincera con él desde el primer momento.

—¿Anular tu matrimonio? —preguntó Sakura.

Temari asintió y, con sentimiento por lo que había hablado con Rasa, afirmó:

—Mi padre le ha ofrecido esa posibilidad. Por mi engaño, a pesar de ser escocés, padre le ha dicho que podría solicitar el divorcio al consejo y...

Temari no continuó. No podía. Pero, a continuación, levantando la barbilla, afirmó tomando fuerzas:

—Da igual lo que yo piense o sienta, ahora ya nada depende de mí.

Según dijo eso, sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos, y, al ver cómo las otras la observaban, preguntó:

—¿Qué ocurre?

Shizune no dijo nada, pero Sakura, que ya la iba conociendo, repuso:

—¿No vas a llorar?

—No.

—¿Ni vas a dramatizar? —insistió.

Temari suspiró. Aquel viaje y su aventura, además de hacerle conocer el amor, le habían hecho entender muchas cosas de la vida.

—No y no —contestó—. Actué mal y, pase lo que pase, he de asumir las consecuencias y respetar las decisiones.

Sakura y Shizune se miraron al oír su respuesta. Cuando se conocieron, aquello habría sido motivo de un gran berrinche.

Pero entonces, Temari, parándose de repente, las miró y balbuceó con los ojos anegados en lágrimas:

—Si... Naruto solicita el divorcio, ¡creo que moriré!

Sakura asintió. Ésa sí..., ésa sí era Temari. Y Shizune, enternecida, abrió los brazos, donde la joven se refugió mientras la mujer musitaba:

—Ay, niña..., ya me extrañaba a mí que tú no llorases.

Con cariño, Sakura le tocó la cabeza mientras su amiga lloraba. Entendía su pena, su dolor, pero también sabía que habría que respetar la decisión de Naruto.

Así permanecieron unos instantes, hasta que Shizune anunció:

—Voy a la cocina. Quiero ayudar a preparar la suculenta cena.

Una vez la mujer se marchó, al quedarse solas, Sakura con cariño susurró:

—No llores más.

—¿Y si ya no me quiere?

—Te quiere.

—Pero... ¿y si su cabezonería le impide escuchar a su corazón?

Aquélla era una posibilidad. Naruto, como escocés, se sentía engañado y ofendido. Pero Sakura insistió:

—Temari, no sabes lo que Naruto querrá.

—Sí lo sé —afirmó ella—. Creo que lo sé y por eso estoy así.

La pelirosa suspiró y, cuando iba a decir algo, Temari, cuyo estado de ánimo cambiaba constantemente, dijo limpiándose las lágrimas con las manos:

—¡Se acabó! No estoy dispuesta a que me vea llorar.

—Ésa es la actitud.

—Si me cree una salvaje pagana, encontrará lo que cree.

—A ver, Temari...

—Sakura —la cortó—, ¿acaso crees que no piensan eso de ti y de mí?

En un primer momento, la aludida no dijo nada. No hacía falta. Y, encogiéndose de hombros, luego afirmó:

—Reconozco que soy vikinga y en cierto modo soy algo salvaje.

—¿Sólo algo salvaje, cuando todo lo solucionas matando? —se mofó Temari.

Sakura suspiró y, mirándola, insistió:

—Eso sólo lo hago cuando es su vida o la mía. Recuérdalo.

—Mataría a Naruto —farfulló aquélla.

Al oírla, la pelirosa sonrió.

—A ver..., de momento vas a mantener la calma y no vas a matar a nadie. Antes de dar nada por sentado, observa la actitud de Naruto hacia ti y en cuanto a lo que desea. Pero mientras tanto... tranquilidad.

Su amiga asintió y, tomando aire, iba a bajar la escalera cuando preguntó:

— ¿Tengo el cabello bien?

Sakura sonrió. Aquella muchacha era un carrusel de emociones. Y, mirándola, afirmó:

—Lo tienes precioso. Tan bonito que cuando te vea Naruto se va a volver a enamorar de ti.

La joven sonrió entonces con seguridad y musitó mientras comenzaban a descender por la escalera:

—Prometo mantener la calma y la tranquilidad.

En silencio, ambas bajaron, pero, cuando llegaron al último escalón Temari murmuró al ver a alguien entrar:

—Oh, no..., ahora no...

Rápidamente, Sakura miró hacia la puerta y divisó a Dotō, el que había sido el prometido de su amiga. Al verlas, él se dirigió hacia ellas sin dudarlo y, parándose frente a la que iba a ser su mujer, musitó:

—Temari, ¿es cierto que...?

—Sí —lo cortó ella. No hacía falta que continuara.

Dotō asintió con gesto huraño. Aquello había sido un auténtico despropósito por parte de ella, y, acercándosele, la asió del brazo y siseó:

—Eres mía. ¿Cómo has podido entregarte a otro?

A Sakura no le gustó oír eso y sentir la rabia de aquél, y, dándole un toque en la mano para que soltara a Temari, siseó:

—Sin tocar. —Y, cuando él la miró sorprendido, añadió—: Y no es tuya.

Dotō cambió entonces su tono por otro más íntimo y se dirigió a la pelirosa:

—¿Tú eres la vikinga que viajaba con ella?

El modo en que pronunció la palabra vikinga le hizo entender a Sakura el terrible futuro que Temari habría tenido a su lado, y, sin apartar sus ojos de él, afirmó:

—Sí.

Dotō sonrió. Recorrió ávidamente con la mirada el tentador cuerpo de Sakura, deteniéndose en sus pechos, e, ignorando a la que había sido su prometida, preguntó:

—¿Deseas un marido que te proteja?

—¡¿Yo?!

—Sí, tú.

—No.

—Yo podría cuidar de ti... —insistió comiéndosela con los ojos.

Al oír eso, Sakura sonrió sin poder contenerse. El asco que aquel tipo y su mirada le provocaban le revolvió las tripas, e, incapaz de callar, balbuceó:

—No necesito protección. Y antes de tener un marido como tú lo mato.

Temari soltó una carcajada. Sakura la imitó, y Dotō, ofendido por la desvergüenza de aquéllas, siseó echando fuego por los ojos:

—Sois unas salvajes. No podéis disimularlo.

—Si eso lo dices como una ofensa, ¡te has equivocado! No hay nada que me guste más que oír que soy una salvaje —se mofó Sakura.

A cada segundo más enfadado con aquéllas, Dotō cogió a Sakura del brazo y la zarandeó, momento en el que ésta dejó de sonreír y, clavando sus impactantes ojos claros en él, siseó:

—Si no quieres morir aquí y ahora, yo que tú me soltaba.

El hombre no se movió. Y, cuando Temari fue a protestar, un empujón que alguien le propinó a Dotō por detrás lo hizo soltar a Sakura y tambalearse.

—Eh, ¿qué está ocurriendo aquí? —preguntó alguien con voz autoritaria.

Al levantar la vista, Sakura se dio cuenta de que quien había empujado a Dotō había sido Neji. Su gesto le transmitía que estaba muy enfadado, y rápidamente le pidió calma con la mirada. Instantes después, Rasa, Sasuke y Naruto se acercaron a ellos.

Dotō miró a Neji de mala manera, pero cuando iba a hablar, Rasa intervino sin darle opción:

—Dotō, te presento al marido de Temari, Naruto Uzumaki. Naruto, Dotō era el prometido de mi hija.

Aquellos dos hombres se miraron con rivalidad, mientras el corazón de la recién casada se desbocaba. Naruto estaba guapísimo. Aseado y afeitado, era un hombre increíblemente atractivo. Y, sin poder evitarlo, sonrió. Sonrió complacida a su marido, que ni la miró.

En ese momento, Naruto sólo tenía ojos para Dotō. A aquel tipo, que, por su gesto, no estaba muy feliz por lo ocurrido, y, para dejarle claras ciertas cosas, se acercó a Temari sin dudarlo, la asió por la cintura y dijo con toda la educación que pudo:

—Un gusto conocerte, Dotō.

El aludido asintió, pero, enfadado por todo, replicó:

—Si la situación hubiera sido diferente, podría decir lo mismo, pero no lo es.

Naruto asintió sin moverse. No pensaba ceder ni un centímetro de su espacio, cuando Rasa, tenso por el momento, prosiguió:

—Dotō, él es Sasuke Uchiha y...

—¿El hermano de Itac...?

—Sí, el mismo —lo cortó Sakura molesta por sus palabras.

Entonces, Sasuke la miró y, con gesto fiero, preguntó:

—¿Qué ocurría aquí cuando hemos llegado?

Entrar y ver cómo aquél zarandeaba a Sakura lo había puesto frenético, aunque el primero en reaccionar hubiera sido Neji.

Sakura, de pronto consciente de lo que allí se podía organizar si no mediaba, se apresuró a responder:

—No ocurría nada. Sólo estábamos charlando.

—¿Seguro? —insistió Sasuke sin creerla.

—Sí —aseguró ella, y luego, mirando a Neji, indicó hablando en noruego—: Y tú, cambia esa cara.

—¿Qué has dicho, mujer? —preguntó Sasuke furioso.

Sakura lo miró. Y, sin achantarse por su gesto severo, indicó:

—Simplemente le he dicho a Neji que cambie la cara.

Rasa, consciente de que el aire podía cortarse con un cuchillo, se llevó rápidamente a Dotō al interior de la sala, momento en el que Naruto soltó a su mujer. Temari estaba preciosa, encantadora. Verla aseada, arreglada y con aquel maravilloso vestido lo había dejado sin aire, y más cuando ella susurró mirándolo:

—Estás muy guapo y...

—Muero de sed —la cortó él alejándose de su lado sin permitirle que terminara la frase.

Cuando ya se marchaba, todos lo miraron, y Sakura, sin poder remediarlo, murmuró en noruego:

—Y luego dicen que los vikingos somos cabezotas.

Neji sonrió. Temari también, y en el mismo idioma contestó:

—Maldito escocés testarudo..., si pudiera, le abría la cabeza.

Aquello hizo reír a Neji y a Sakura, pero no a Sasuke, que protestó con mal gesto:

—¿Se puede saber qué estáis diciendo?

Sin ganas de repetirlo, Temari tomó del brazo a Neji e insistió sin cambiar de idioma:

—Vayamos a tomar algo y a pasarlo bien. Si estos cabezotas escoceses no saben disfrutar de la vida, al menos hagámoslo nosotros.

Neji, tras cruzar una mirada con Sakura, que asintió, entró con Temari en el salón. Una vez solos, Sasuke, sin cambiar su expresión de enfado, a pesar de lo confundido que estaba por ver a la pelirosa tan bonita, tan femenina, tan tentadora, protestó:

—Me engañas, mientes, me desafías, me tomas por tonto, hablas ante mí en otro idioma... ¿Qué será lo siguiente?

Sakura lo miró, y, recordando algo que él le había dicho, replicó con sorna:

—Tu lección de hoy es: nunca subestimes a una mujer vikinga.

Él parpadeó boquiabierto. La osadía de aquélla no tenía límites. Y, bajando la voz, musitó:

—¿Ahora te estás riendo de mí?

Al oírlo, la joven se sintió fatal. Sasuke no se merecía nada de todo lo que estaba ocurriendo, y, suspirando, murmuró:

—Me llamo Sakura Haruno. Soy hija de un vikingo y una escocesa y me crie en Ski con una familia maravillosa —afirmó omitiendo a Urd—. Y si sé hablar tu idioma es porque Shizune, a la que considero mi madre, me lo enseñó de pequeña. Sé que no ha estado bien reservarme esa información, pero no podía hacer otra cosa. Los escoceses odiáis a los vikingos, y decir que yo lo era no era una buena opción...

En silencio, Sasuke la observaba con detenimiento.

Verla con el rostro totalmente limpio, el pelo peinado y vestida con un delicado y femenino vestido era algo que no se esperaba, y, desconcertado, la escuchaba mientras sentía que no podía hacer nada excepto admirarla.

Sakura, al ver su gesto y sentirlo tan callado, finalmente se interrumpió y preguntó sin apartar la mirada de él:

—¿Se puede saber qué te ocurre?

Sasuke reaccionó e, inconscientemente, dando un paso atrás que no le pasó desapercibido a la joven, respondió:

—Escucho lo que dices.

Sakura, que comprendió aquel paso atrás, asintió y a continuación dijo con cierto pesar:

—Siento haberte mentido.

—Permíteme que lo dude.

—De verdad que lo siento —repitió.

Sasuke asintió. Y, necesitado de separarse de ella antes de que no pudiera contener sus impulsos para besarla, contestó:

—Más lo siento yo.

Dicho esto, se alejó de ella todo lo rápido que pudo con el corazón a punto de salírsele por la boca, mientras Sakura lo miraba sin moverse y murmuraba en noruego:

—Tonto escocés.