Capítulo 28
—Gracias a que no como, puedo irme de una cena silenciosa.
El sureño fue el único que rió con la queja de Olaf antes de abandonar el comedor. Elsa lo miró con una de sus cejas enarcadas, enseñándole la ironía de que él reaccionara con diversión a un comentario de su pequeño amigo, generalmente objeto de réplicas plagadas de cinismo.
Más que nada le señalaba que parecía una risa nerviosa, burlándose de que pudiera afectarle la tensión en esa cena familiar.
Era lo más gracioso dicho hasta el momento por el muñeco, parecieron responderle los ojos verdes de él mientras daba un sorbo a su vino tinto con expresión maliciosa.
Ella llevó un pedazo de cordero a su boca, tratando de comunicarle que no tenía arreglo. Si el guiño de él mostró su comprensión u otra cosa, no hacía la diferencia, pues provocó que la rubia escudara su sonrisa detrás de su propia copa, sin consternarse por el problema que hubiera entre su hermana y su cuñado, el cual les tenía con los hombros rígidos y los ojos hinchados —los de Anna más enrojecidos que los de él.
Eso de meterse en la relación conyugal de otra pareja no era su estilo, y si fuese demasiado grave, como para merecer más atención de su parte, habría oído gritos de pelea o Anna no se habría contenido en compartir el asunto a toda la casa, de la forma que hizo con su imposibilidad de tener hijos (adrede o no).
Su curiosidad ante el hecho de que a Kristoff le afectara visiblemente, tampoco era mucha. No era del todo indiferente, empero, porque en el malestar de otro sería maldad, de modo que comía ahí en vez de dejarles a solas; solo no se inmiscuiría en un asunto de dos.
Asimismo, por su decisión tras la carta de Daphne, trataba de mantenerse al margen en la vida de su hermana, lo cual estaba siendo más grato que lo contrario. Dicho sentimiento demostraba cuánta energía gastaba pensando en sus tribulaciones, resolviendo varias de ellas.
En cuanto a ese tema, le asombraba que Anna no hubiese tratado de buscar más tiempo con ella, porque debió notar que se comportara más educada y sucinta de lo usual en su compañía. No; seguramente le robaba la oportunidad de hacerlo al centrarse en sus actividades o refugiarse en la oficina de él; es decir, inaccesible cuando había pasado el evidente desconcierto que suscitaba su actitud.
Claro está, no podía descartar que a su hermana no le importara su falta de interés en ser cercanas (aunque originase dudas, Elsa ponía un esfuerzo a su manera), que ella también se diera cuenta de la realidad o que fuera una etapa de tanteo antes de lanzarse con todo.
Se tratase de cualquiera de esas opciones, ella estaba disfrutando de meses pacíficos, sin la inquietud que le daba la presencia de Anna en su inmediatez; era feliz sin los difíciles sentimientos y pensamientos aparejados a sus intercambios.
Masticó el puré de papa, moviendo un poco la cabeza por el agrado que le ocasionaba el sabor. A causa de su asentimiento, se cruzó con la mirada de Hans, cuyo brillo invitador en ella la atrapó a él, casi haciéndola ahogarse al tragar.
Ah, si él supiera, pensó evitando un suspiro.
Hizo lo mejor por ignorar aquellos ojos verdes que prometían pecado, tal como al verlos antes de retirarse de su oficina luego de horas en apacible compañía.
Un chirrido de metal contra porcelana le causó un escalofrío.
Por su parte, Hans exhibió desdén por el molesto ruido.
—Lo siento —susurró Kristoff demostrando no haber aprendido ese modal de mesa de pretender que nada había ocurrido, provechoso para obviar una culpabilidad.
Entretenido, el pelirrojo vio el temblor en la boca de Anna y esperó su explosión.
Pero se ganó un reconocimiento al no utilizar esa excusa para sacar su enojo contenido.
Era una primera vez actuando comedida.
Mayor fue su incredulidad al darse cuenta que Elsa apenas se preocupaba por la más joven en la mesa, como había estado haciendo a lo largo de la cena.
¿Qué, en nombre de toda la Creación, había ocurrido en los meses de su ausencia? ¿Cuál milagro sucedió para —por fin— curar a su esposa de esa enfermedad que era vivir a expensas de la princesa?
El encontrar a Elsa en su despacho adquiría más sentido; ¿qué no habría dicho su cuñada al buscarlo en el patio?
Con el recuerdo de ese encuentro, se preguntó si él había contribuido en esa brecha de la pareja nauseabundamente amorosa de Arendelle. No era su intención, pero tampoco se sentía muy arrepentido; sería la consecuencia de unas verdades que esa tonta necesitaba escuchar.
Aunque fue hasta ese momento cuando se percató que dicha defensa y su actuación con Elsa en su oficina no eran las conductas que debería mostrar. Daban una impresión diferente a él.
Insinuaban cosas en las que no se dignaría a pensar para darles más valor y credibilidad.
En su lugar, siguió recordándole a su esposa el último plato de su noche, pese a los repetidos intentos de ella de ignorar sus miradas coquetas. Era un suceso que le generaba mejores emociones; no las suficientes para ponerlo en un arrebato que envalentonara a su pene y alargara su tiempo al abandonar la mesa, pero sí para calentar su sangre y hacerle desear ese reencuentro con Elsa.
Agradeció que no hubiese postre en esa cena informal y se levantó al mismo tiempo que su mujer, ignorando por completo las reacciones de la otra pareja por verse a solas.
—Buenas noches —deseó Elsa sin recibir respuesta.
Él se limitó a irse del comedor.
Hicieron el camino a sus aposentos calladamente, ella frente a él, quien se fijó en la manera en que su largo cabello rubio se agitada a su espalda, rozando sus codos, brazos y cintura, causando más tentación que el balanceo de sus caderas y trasero al andar. El modo en que las finas hebras se deslizaban de un lado a otro era una imitación de los sitios que él podía tocar con la punta de sus dedos si estiraba su mano; su gusto en sensualidad difería de la forma vulgar en que un hombre miraría una retaguardia.
Iba tan concentrado que estuvo por chocar con ella si no se hubiera parado en seco a prácticamente nada de distancia, una vez el cabello dejó de bailar. Cuando menos, su distracción le favoreció al tan cerca que le respiró al oído, haciéndola estremecer.
El olor a rosas invadió sus fosas nasales; era un aroma aparentemente común, si bien al pasar cerca de un jarrón de esa flora no era idéntico.
—Elsa…
Su mano no se contuvo y cogió la punta de un mechón entre sus dedos, usándolo para acariciar la parte trasera de su brazo derecho, centímetros arriba de las arruguitas en la unión de sus huesos.
—Si no me informaste nada… —susurró Hans, bajando el cabello hasta el codo.
Ella colocó su mano izquierda en los dedos de él, deteniéndolo.
—No lo estoy —Elsa mantuvo sus ojos en la puerta—; sin embargo —los dedos de ella temblaron y su vista zarca se enfocó en sus manos unidas—, esta misma tarde…
Hans vio el pequeño sonroso en sus mejillas, que le bastó para comprender.
Rió en voz baja para combatir la frustración y el ápice de vergüenza que aún le daba esa indisposición femenina. —Estoy muy sorprendido con las bienvenidas que me dieron hoy.
Elsa se sintió anonadada por esa aseveración, ignorando su propio lamento de no poder responder a las atenciones de él. Se había desilusionado en el momento que tuvo una molestia en el abdomen bajo y reconoció su causa.
—¿Han hecho algo indebido el día de hoy?
Se giró, más recompuesta tras aludir a su sangrado. Sus manos se separaron entonces.
Él respondió cuando ella recordaba el recibimiento de Skygge: —Nada importante. Así que, la próxima semana…
—Sí, dis…
Abrió los ojos al sentir que su dedo se posaba en sus labios para impedirle continuar. ¿Alguna vez los había tocado sin su propia boca?, se cuestionó sorprendida, conteniendo la respiración.
—No vayas a disculparte por algo de lo que no eres responsable y que es natural. Sería un verdadero bruto si te reclamara.
Sintió una sacudida en el pecho.
El borde de los ojos de él se expandió casi imperceptiblemente, y ella no lo habría notado de no estar mirando la expresión afable en sus orbes esmeraldas.
La sensación caliente en sus labios desapareció y ella se limitó a asentir. El aura de él también se esfumó y de reojo lo vio ir hacia la puerta de su habitación.
Tuvo el consuelo que no era la única extrañada de un gesto tierno e íntimo, que se sintió más que sus momentos de cama.
Sus pulmones volvieron a trabajar con normalidad.
—Hans, hay algo… —Le salió sin pensar, girándose a su flanco derecho.
—¿Sí? —Él dio media vuelta y no mostró expresión en el rostro.
Pese a su seriedad, ella se cuestionó por qué le diría eso fuera del dormitorio, no espoleada por el placer.
—Mejor te lo comentó en una semana —completó de forma tonta, ya que le daba una pista.
—Espera… —Él sonrió lobunamente, con una insinuación de ansia en la voz. —Pensaste en lo que te dije en París. —Debió ver algo en ella que lo invitó a respaldar su comentario. —Lo hiciste, ¿verdad, Skaði? Y lo quieres.
—La ignorancia, a veces, puede ser perjudicial —se justificó, aun si él no se estaba burlando.
—Eso diría yo. —Hans abrió la boca, incrédulo. —Pero tendremos que posponerlo hasta que te sientas expedita. Es… grandiosa bienvenida, has puesto la miel en mi boca y la apartas al segundo.
La reina puso los ojos en blanco.
—Tú seguiste el tema.
Él soltó un suspiro. —Bueno, ahora desaprovecharé el agua caliente. Dulces sueños.
—Buenas noches, Hans.
Tras despedirse, los reyes de Arendelle cogieron los picaportes de sus puertas y no hicieron intento de abrir. En sincronía, ladearon sus cabezas hacia donde estaba el otro, notando que habían hecho lo mismo.
Ninguno supo explicarlo.
Inclinaron la cabeza y se apresuraron a ingresar a sus respectivos dormitorios.
(De pronto demasiado grandes para una sola persona.)
{…}
Elsa abrazó su cuaderno de bocetos y salió de su despacho con rumbo a la oficina de su marido. Como de costumbre se aseguró que nadie estuviese atento a sus acciones, si bien ya no parecía necesario, porque concordaba con Hans en que nadie osaría interrumpirla del tiempo con él; por tanto, una vez supiesen de su destino o paradero, solo una catástrofe les haría entrometerse entre ambos.
Las ilusiones románticas de su personal estaban sirviendo para algo positivo.
Siguiendo la instrucción del día anterior de no llamar a la puerta, ella abrió tranquilamente para entrar.
La escena que le recibió le hizo cubrirse la boca con tal de no reírse.
En el escritorio, recostado cómodamente mientras el pelirrojo leía, estaba Skygge.
Le pareció gracioso y adorable.
Hans alzó la mirada de su libro y la dirigió a ella, nada disimulado de su fastidio. Elsa cerró la puerta con su espalda, mordiéndose los labios para no soltar una carcajada; la diversión borboritaba en su interior y le estaba haciendo complicado contener una actitud que no mostraba en público.
Skygge irguió la cabeza ojiabierto. Viéndola, maulló y se distendió de nuevo.
—Entró por la ventana —farfulló Hans observando con inquina al felino. —Y me siguió mientras me ejercitaba.
—¿Alguna vez alguien ha tenido el placer de expresarte a la cara un "Te lo dije"? —inquirió yendo hacia la mesa para acariciar a Skygge, felicitándolo por su conducta.
—Debería sentirme inquieto de que lo diga mi esposa, pero eso demuestra que elegí a una dama inteligente.
—¿Y eso habla bien de ti? —acotó irónica.
—¿Lo ves? Un te lo dije no me importa —repuso él arrogante. —¿Te gustaría una galleta? Son de mantequilla y de chocolate.
Él le acercó el plato de cerámica antes descansando en el lado opuesto al gato. Este movió su cola, pero no trató de hacerse con el alimento.
Ella acomodó su cuaderno bajo el brazo y con su mano libre cogió una de chocolate; no rechazaría su sabor favorito, ni un placer en sus días de calambres.
—¿Cómo has hecho que no las robe? —preguntó curiosa, a punto de dar una mordida.
—Ve mi mano.
¿Cuándo había cogido un abrecartas?
—Lo has amenazado —señaló con tono de acero.
Él rió. —Muerde tu galleta, querida, solo bromeo. Sin embargo, no está lejos de la verdad; fui claro, comes y te mueres. Escuché de una persona que permitió que su gato comiera chocolate y este falleció.
Fue imposible contener las lágrimas que se acumularon en sus ojos; a veces, en los días que gritaban su condición de mujer, ella podía conmoverse más por un suceso triste. Y la muerte de ese minino en tales circunstancias le apenaba mucho.
Evitó el rostro de él y acarició a su amigo, agradecida de tenerlo con ella.
—Es listo, lo admito.
La rubia podía jurar que sonaba orgulloso. El americano estaba en lo cierto, y ella no había fallado en sus observaciones. Skygge le importaba.
Pero no le mencionaría ese conocimiento, pensó masticando su galleta.
—Recuerda que no seré benevolente si le haces daño.
Hans viró los ojos y cogió una galleta. Ella tomó una más y fue a sentarse en la alfombra.
—Hay sillas disponibles, puedes usarlas —dijo él, ignorando la advertencia de su cabeza de que en tres días le había hecho tres ofrecimientos para sentirse más cómoda allí.
Le estaba dando mucha sensación de hogar en lo que se suponía era su espacio privado.
Bueno, era menos relevante que su íntimo toque de la primera noche.
Suspiró; no tenía ni una semana en Arendelle y surgían esos indeseables pensamientos y actitudes suyos. Nada propios de un matrimonio de conveniencia.
Agitó su cabeza suavemente, recordando, después de meses, la extensión de su propia idiotez. Una relación "cercana" con una persona rara vez era sencilla. Aunque debió haber madurado desde entonces, porque no anidó en su pecho el temor, recelo y desesperación de involucrarse en lo que no debía.
Quizá porque no estaba exagerando las conclusiones posibles y porque habían acordado hacer lo mejor por sus futuros hijos.
Eso incluía llevarse bien y convivir como gente educada.
Sonrió; esa perspectiva era la que debía prevalecer, después de todo era lo normal e iba de la mano con sus capacidades. Era un experto en no perder el tiempo con nimiedades, en aprovechar lo que tenía a la mano, en sacar lo útil de cada ocasión, en escoger lo indicado para todo caso, en modificar sus actos para alcanzar un objetivo, en tomar las cosas como vinieran si le convenían…
Y con lo que a Elsa respectaba no sería la excepción, pondría su forma de ser y sus habilidades para conseguir lo que quería.
La satisfacción lo alcanzó. De ahora en adelante se dedicaría a tener una relación adecuada con quien sería madre de sus hijos, sin cuestionar a fondo sus actitudes o motivaciones, solo limitándose al hecho de que quería lo mejor para sus descendientes.
No obstante, no sería muy abierto con ella sobre sus reflexiones e intenciones; la mujer con quien se había casado podía coincidir con el propósito, pero, si no era sutil, por su rigidez y su tendencia a retraerse e huir, su tarea se dificultaría. Y no le apetecía esa clase de reto con ella.
(Habría suficiente emoción por el ingenio de la joven.)
—Elsa.
Su esposa alzó la vista de su hoja y lo miró con unos ojos más relajados que un año atrás, apoyando su decisión.
—¿Otra galleta?
—¿Estás aburrido? —preguntó ella con su habitual agudeza, no muy recelosa.
Él se cruzó de brazos y se apoyó en el escritorio.
—Nueva York duerme.
—¿Es mi deber entretenerte?
—En lo absoluto, pero sé consciente de eso los días que vengas de mañana.
Los hombros de ella bajaron un poco.
—Me decía que había más en tu aceptación de mi presencia —musitó con una sonrisa irónica. —Supongo que puedo concederte un momento, será el pago por mi estancia. Así mismo, me servirá como una actividad más en mi repertorio.
—Siempre y cuando ninguno de los dos tenga sus propios asuntos. Y no es una condición, gozo de privacidad en mi mente y si necesito más, la busco. Eres libre de escoger quedarte o no.
La tensión terminó de irse de los hombros de ella. Además, hubo un cambio interesante en sus orbes cerúleos.
—De acuerdo. Tu momento se ha acabado, dibujo.
—No hay problema.
Había conseguido su propósito.
{…}
Luego de hacer unos ejercicios al otro lado del jardín, Hans trotó hasta el sitio donde colgaba su saco de boxeo, sin inmutarse por la presencia de la mascota de Elsa, brincando para seguirle el paso.
Le daba igual su deseo de ser atlético como un perro y no perezoso como los de su misma especie.
Llegando a su rincón se detuvo al descubrir a una persona intrusa, que hacía uso de su propiedad como si le perteneciera, de una manera descuidada en la que él no trataba sus cosas.
—Puedo saber, con afán de reclamo, ¿quién te ha concedido permiso para tocar lo que es mío? —cuestionó apoyándose en uno de los árboles, presintiendo que la proximidad le jugaría en su contra.
Kristoff no hizo caso y continuó golpeando el saco con todo lo que tenía de sí, también ignorando su piel desprotegida. El marido de Anna tenía modales muy agrestes.
—Eres muy bárbaro si crees que tu comportamiento salvaje resuelve algo con tu esposa. —Tenían un total de cinco días reñidos; no es que llevara la cuenta de ellos, carecían de importancia para él, pero coincidía con el periodo que le separaba de yacer con Elsa.
Ese era el último de su espera, pensó sonriendo de lado.
Hans se incorporó al ver las manchas rojas apareciendo en la tela marrón.
—¡Tú, basta! ¡Me dará asco tu sangre!
Finalmente el montañés concluyó su arrebato tosco. Sujetando con ambas manos su anterior víctima, exhalaba con dificultad y tomaba largas bocanadas de aire.
El contenido del saco de arena se salió por un orificio en la parte baja de la bolsa, aterrizando en las botas de Kristoff.
—Cuán violento —masculló Hans. —Una mujer no lo vale. Menos Anna.
—¡Cállate!
Kristoff no se dio la vuelta con su exclamación, pero sí soltó el saco y empuñó sus manos.
—¡No sabes de lo que hablas! —ladró el rubio sin encararlo.
—Sí, bueno, ni me interesa.
—Porque eres un bastardo egoísta —siseó el otro.
Rió entre dientes; vaya naturaleza estaba mostrando el chico reno, aunque era aburrido con su réplica verbal. —Eso no me ofende.
—Elsa hará bien en alejarse de ti tan pronto tenga el hijo que necesita.
Ahora bien, aquel comentario sí le tocaba un nervio.
—Alejarlo de ti será lo mejor para impedir que tenga más que tu sang… ¿Qué! —Kristoff dio un salto.
Hans no había notado que el gato había caminado hacia Kristoff y se acomodaba para defecar en la arena acumulada en los pies de él.
Estalló en carcajadas.
—Has sido más grosero e insensible que Hans —interrumpió una voz helada.
Kristoff se volvió y Hans miró a su derecha. Elsa otorgaba una expresión de hielo a su cuñado.
—¿Qué haces aquí, Elsa?
Hans admiró su rostro intimidante; su cara era como granito y sus ojos congelaban con la temperatura del pico en la montaña. —Iba a discutir con él un asunto de mi reunión con el Parlamento en una hora, pero no cambies el tema —dijo ella impertérrita.
—Lo sé. Perdón, Hans. —Él apartó la mirada de Elsa y vio las facciones tensas de Kristoff. —No debí desahogar mi frustración contigo… O con tu saco.
—Exactamente. Voy a usarlo, así que cuentas con media hora para recoger tu regalo de Skygge, encontrar otra bolsa y arena, y colgarlo. Tengo un horario.
Kristoff suspiró. —Sí.
—No es un completo tonto, sabe a quién defender —comentó Hans cuando el rubio se había ido, señalando al gato con una de sus cejas.
Elsa suavizó su rostro y desvió la mirada hacia unas flores.
—Sí. —Ella regresó sus ojos a él—. Entonces, el tiempo me apremia, quiero saber de este tema mercantil desde tu experiencia, los libros no me han ayudado mucho.
Cruzó sus brazos sobre su pecho, pagado de sí mismo.
—Me encanta que reconozcas mi valor.
—Por eso no haría lo que mencionó Kristoff.
Él pestañeó, tomado de sorpresa. Por otra parte, como si no hubiese dicho algo impactante tras ignorar su presunción, Elsa fue hacia un tronco cortado y se sentó sobre él, colocando un cuaderno en su regazo.
Hans tragó saliva, sintiendo que su pulso estaba un poco más rápido que minutos atrás; pero como era bueno para recuperar la compostura, caminó a donde estaba Elsa y se sentó en el pasto junto a ella, lo único disponible para él.
Resopló cuando Skygge se acomodó en sus muslos extendidos, sin perderse el disfrute en los ojos de Elsa.
Se inclinó hacia atrás apoyando las palmas en el pasto.
—¿Qué quieres saber?
{…}
Cuando su suave llamado a la puerta no fue respondido, Hans decidió entrar a la habitación de Elsa para comprobar si estaba durmiendo; podía estar cansada. En caso de ser así, simplemente se retiraría en silencio y se resignaría a otra noche más privado de un momento que esperaba en su regreso a Arendelle. Un día más a su semana y cuatro meses era nada.
Su ingreso coincidió con la salida de ella del cuarto de baño, envuelta en una bata húmeda que se adhería a su cuerpo como una segunda piel.
Humedeció sus labios.
—¿Llamaste? —inquirió ella caminando hacia el tocador, dándole la espalda, mas mirándolo a través del espejo.
Con lentitud, tal vez ignorante de la imagen que le regalaba, Elsa se quitó uno a uno los pasadores de su pelo, haciendo que un par de mechones se liberaran.
Él terminó yendo a ella, guardándose su contestación.
—Permíteme. —Reemplazó las manos de ella, soltando el cabello que restaba por su cuenta.
Una larga cortina plateada se escurrió sobre la espalda de ella, con solo él de ávido testigo.
—Lo hice; unos minutos menos y me habría hallado en mejores circunstancias. Tu cabellera seca me sugiere una tina.
La idea de imitar un momento de París excitó su cuerpo.
Ella lo sujetó de la muñeca, asombrándolo al guiarle hacia la cama.
—Tendré que seguir tu instrucción —manifestó Elsa junto al colchón, dubitativa.
Recordó las palabras de ella noches atrás; para ser sincero, creía que se arrepentiría.
—Si no te parece.
—Quiero, pero tengo que ser instruida —replicó ella sencillamente.
Una ráfaga de aire cálido corrió en su interior.
Él se quitó su bata y sentó en el colchón, moviéndose hasta toparse con las almohadas. —No digas una frase así, preciosa, o crearás malentendidos al inspirarme fantasías. Tú no querrías estar a merced mío. —Sonrió. —Deshazte de tu ropa y acomódate frente a mí —ordenó sin darle tiempo a analizar lo anterior.
Ella dejó caer la prenda en la cama y siguió su pauta con ojos brillantes, arrodillándose entre sus piernas abiertas, donde su miembro adquiría más potencia con el paso de los segundos. Había una persuasión resplandeciente en las esferas celestes que avivó su flama interna.
Hans le cogió de las muñecas y las depositó sobre su cabello algo mojado. Sin apuro, le invitó a introducir las manos para humedecerse las palmas.
Ella fue más allá de tocarlo, pues le acarició las hebras consiguiendo una experiencia nueva para él; la de sentir mucho placer en un acto de naturaleza inocente.
Eso no quitaba lo insinuante en él. Tenía nota sexual porque el pensamiento de lo que venía le estimulaba, pero era un deleite por sí solo. ¿Quién creería que le fascinaría un mimo como aquel? Hasta ese día, ella solo lo había asido o halado, pero no acariciado.
Hans cerró los ojos, disfrutando los disparos de calor iniciados en su cabeza.
Elsa se sintió sonreír al observar la satisfacción de él con una acción que a ella le estaba agradando mucho, olvidándose la duda del por qué habría de hacer eso antes de una exploración más a la infinita atracción que existía entre los dos. El cabello de su esposo superaba a la suavidad del suyo cuando estaba humedecido y tenía un tamaño y textura que lo hacía muy manejable al tacto; le provocaba sensaciones gratas a la altura de su corazón.
Él gimió y ella se acercó a su boca, aprovechándose de su interjección para atrapar su labio inferior. Igual que siempre, el contacto le trajo un deslumbramiento, pero también tuvo un sabor al alivio que probó su primer día en París.
Lo besó ansiosa y él devolvió sus ganas bastante dispuesto, trasladando las manos hacia sus nalgas, que amasó antes de ascender por sus costados y dedicarse a sus senos.
Le cosquilleó la piel y su corazón se puso pesado. Jadeó, abriendo más su boca para curiosear el espacio conocido de su cavidad bucal, dominando la lengua de él.
Unos dedos tantearon su zona femenina y se arqueó abriendo sus piernas, recompensada con un tirón tormentosamente rico en su vientre.
Recordando su interés inicial, se apartó un poco de Hans. Tenía un deseo de sentirse poderosa a su costa y saber si conseguiría lo mismo que con ella.
—Tu instrucción —murmuró.
Él cogió su mano izquierda y la llevó hasta su boca, donde lamió las puntas de sus dedos, seduciéndola con los brincos de la sangre en sus brazos.
De repente, el instinto le dictó el camino y se alejó más de él, rompiendo la unión restante con su cabello. Su atención se volcó en el sexo masculino en posición recta, con una gota de fluido en su punta colorada.
El pulgar de su mano derecha robó la perla viscosa y la frotó en el doblez del falo, mientras su otra mano se colocaba en palpitante carne, ciñéndolo como podía. Contrastó con su piel mojada.
El latido de él inspiró un bote de su propia intimidad.
Hans soltó aire.
Sus dedos se deslizaron delicadamente en el apéndice, combatiendo la ligera aspereza entre las texturas, hasta comprender la lamida de él.
Se llevó dos dedos a su boca, los cuales tenían una mezcla salada y avinagrada que dejaba mejor sensación que comer hígado o sesos.
Tomándose su tiempo, esparció minúsculas cantidades de saliva en él, moviendo su mano restante en el proceso. Espiándolo, descubrió sus ojos oscurecidos y la contención en sus rasgos.
Animada por la visión de él entre sus piernas, Elsa rebasó cualquier modestia y descendió al miembro viril.
Un gruñido bajo le confirmó su acierto.
El pelirrojo recibió la lisonja casi desprovisto de pensamiento racional, sintiendo rayos desde sus partes nobles, fuera su hombría o los globos que lo escoltaban, rozados por la inexperta pero bien aguda participación de Elsa. La novata caricia estaba consiguiendo solo opiniones positivas de su parte.
O la certeza de que era ella alcanzaba tal apreciación.
Alzó las caderas una vez más, presionando los párpados al contenerse de no explotar. El cuerpo le sudaba de lo placentero y tortuoso que vivía, empujándolo al borde del que no quería caer.
Un chasquido le dio una pequeña tregua y con rapidez colocó las manos en las axilas de Elsa, que emitió un jadeo al verse desplazada de su posición.
La besó fieramente al tiempo que se perdía en sus pliegues para descubrir su preparación.
Celebró el río en el paraíso femenino y con prontitud se bañó en sus aguas.
Los siguientes minutos fueron demasiado rápidos y frenéticos, pero vieron una cumbre de éxtasis que compensó el apresuramiento.
El cobrizo no sabría qué hubo en el intermedio de la culminación y su descanso sobre su espalda, aunque en este último su mente se puso a elucubrar.
Ella era diferente a otras mujeres con las que se había acostado. Era el primero para ella, y le daba una satisfacción posesiva que le enfermaba porque no quería sentirse responsable de ella, pero más le enfermaba que no quería cambiar ese hecho y que hubiera llegado a él después de conocer íntimamente a otro hombre.
(Eso la hacía peligrosa.)
Frunció el ceño. Él no pensaba así sobre el sexo o su compañera de cama. ¿Por qué ahora?
Tenía que ser el punto al que habían llegado y el hallar una pareja con fuerte compatibilidad sexual, no había duda. Le hacía querer ensalzarlo más.
Se relajó, únicamente eran unos estúpidos pensamientos posteriores a la cópula, inducidos por la emoción que surgía a partir de ese acto placentero, después de conseguir una cooperación que nadie creería de la reina de hielo.
Apretó la mandíbula. Imbéciles ignorantes. Al menos sus creencias estúpidas habían sido su ganancia.
De soslayo, vio con satisfacción que ella tenía los ojos abiertos.
Nada de arrepentimiento, notó.
Sonriendo, se colocó sobre ella.
—Ya que has probado un poco de mi esencia, no tendrás queja por la combinación de las nuestras —expresó granuja.
A continuación, burló su ombligo con la lengua y descendió hasta sus rizos ocultos.
Una voz interna le felicitó por dejar América.
NA: ¡Hola!
Esta vez sin dato histórico para que disfruten sin más de lo que pasó en el capítulo (aunque llegué a investigar desde cuándo existía el término felación).
Un pajarillo ha ido más directo a las garras del amor, y la otra pajarilla no se le escapa tanto. Ya quería tocar esta etapa de mi fic ja,ja. Cuanta diferencia en la relación de las dos parejas, el Helsa uniéndose mientras que el Kristanna pasa por problemas. Les aseguro que no saben lo que causó esto. Si quieren adivinar, me pueden decir, será interesante leer si alguien se acerca, leyendo entre líneas con una lente de mucho aumento. Solo hay una pista sutil en esta historia. Tampoco es que interese mucho ese matrimonio ja,ja.
En fin, Hans le hizo una jugada a Elsa como ninguna; ella es buena, pero a veces, por mucho que haga, él tiene la delantera. Además, él le dio la libertad a escoger, una cosa valiosa para nuestra niña. Y, hablando de la reina, ya me quité de encima lo más atrevido que pudo haber hecho entre los dos, es culpa de la química, su búsqueda de poder, su curiosidad y una respuesta a su compañía y algo de confianza en Hans. Como cuando él le hizo sexo oral a ella, es muestra de dónde está su intimidad.
Espero que les gustara el capítulo.
¡Feliz año! Ojalá que sea el último deseándolo en esta historia.
Cuídense.
Besos, Karo.
Dianne Knight: ¡Eres un sol! Tus palabras me llegan, linda, estoy feliz de que te guste mi historia y disfrutes mi escritura, es un placer que te invite a seguir leyendo. / Con el asunto del reencuentro, te prometo que con él se vienen muy buenos momentos románticos para los dos, es el tiempo para su amor (gritemos). Ojalá te encante ese Helsa. / Gracias por leer y comentar.
