De aquellos extraños sueños
Alfa despertó y miró al techo. De nuevo tuvo ese sueño. No sabía por qué los tenía ni qué debería pensar al respecto. Todo mundo sueña con personas que no conoce, eso no es nada raro. Es más, muchas personas han soñado con el mismo desconocido en más de una ocasión, ya sea en la misma noche o en un lapso de tiempo, eso no era extraordinario, pero sus sueños comenzaban a ser cada día más raros. Tenía la sensación de que no eran sueños, si no algo más. Sentía algo por esa persona a la que no conocía. Raro. Pero de todas formas intentó mandarlo al fondo de su mente, cosa que le funcionó nada más a medias.
Ese día no saldrían a entrenar, Saga pensaba mejor darle algunas clases de historia, filosofía y sobre el uso del cosmo. Pero el hombre notó que su alumna parecía estar pensando en otras cosas, así que intentó hacer que se interesara un poco contándole anécdotas del Santuario. La táctica le funcionó a medias. En realidad a Alfa le gustaban esas historias, pero al mismo tiempo la regresaban a los sueños que tenía.
Por la tarde decidieron sentarse a la salida del Templo, a seguir las lecciones bajo la sombra, pero en parte, al aire libre. Ahí se encontraban cuando notaron la presencia de Shion. Ambos se levantaron, dejando los libros a un lado y se arrodillaron a esperar al Patriarca, quien no tardó en aparecer. Maestro y alumna saludaron y Shion empezó una amena plática, y les preguntó sobre su día. Al final Shion fijó la mirada en Alfa. Los tres ya estaban sentados.
—Me pareció que hace algunos días querías hablarme —le dijo con tranquilidad.
Saga miró a su alumna con una ceja enarcada. Alfa abrió la boca, asombrada ante las palabras del Patriarca.
—No me veas con esa cara, hija, yo también tengo poderes. —Sonrió Shion instándola a hablar.
Alfa miró al piso unos segundos, luego a Saga, después a Shion.
—No pensé que fuera nada importante, por eso no lo dije. Fue nada más un sueño raro. Okay, para este momento ya son varios los sueños raros, pero son sólo eso.
—Algunas veces los sueños pueden encerrar significados que desconocemos. ¿Por qué no me los cuentas?
Alfa se encogió de hombros, la verdad no le había dicho a nadie sobre ellos, ni siquiera a sus amigas, así que se decidió a hablar.
—En el sueño estoy en algún lugar dentro del Santuario, aunque en realidad no sé dónde, ni estoy segura de que ese lugar en particular exista. Era una niña, probablemente de unos seis o siete años a lo mucho. Iba caminando cuando, de pronto, a lo lejos veía una serpiente y me asustaba y comenzaba a gritar. Lo cual en realidad es raro, porque no le temo a las serpientes, pero bueno, comenzaba a gritar y correr y me caía. Entonces, no sé de dónde, llegaba un niño corriendo, quien era mayor que yo quizá por uno o dos años. Yo seguía gritando y llorando y el chico me veía y luego a la serpiente, así que no tardó en tomarla por la cabeza y se la llevó. Yo no me moví de mi lugar, y cuando el niño regresó me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien, y yo volteaba a mirarlo a los ojos, pero no podía verle la cara, sólo recuerdo su mirada, pero ni siquiera estoy segura de qué color era. Sé que tenía el cabello corto y azul, y pensé que quizá era un aprendiz, dado que vestía como uno. En ese momento lo llamaban por su nombre y yo lo repetía en mi mente varias veces, pero ya no lo recuerdo. Y es todo, luego de eso desperté.
Shion asintió, mientras veía a la joven a los ojos. Alfa le sostuvo la mirada.
—Todo cuenta, Alfa, todo cuenta.
—¿Tiene algún significado?
—¿Crees que lo tenga?
—No lo sé. Sólo sé que me siento extraña cuando lo recuerdo. Y ese mismo sueño se ha repetido ya varias veces. No igual, algunas veces somos un poco menores, algunas un poco mayores. Siento que debería conocer a ese niño, se me hace tan familiar, aunque nunca en la vida lo he visto. De hecho me recuerda un tanto a los gemelos, en especial esa mirada. Es como la de Kanon. No sé por qué.
—¿Cambia alguna otra cosa en tus sueños además de la edad?
—No. Bueno, sí. Pero no es en sí del sueño, si no de lo que siento. Por ejemplo, hace dos días, cuando terminó, me sentí muy mal. Sentí como que debía haber hecho algo por detenerlo, por hablar más con él, porque en cuanto él se alejaba, me dejaba un vacío, como si él hubiera muerto. Y hay otro, en el que somos algo mayores, quizá empezando la adolescencia, pero de eso no recuerdo casi nada, sólo que estábamos sentados en una playa, sobre unas columnas, y yo le leía algo mientras él me escuchaba.
—¿Qué hay del sueño del acantilado? —preguntó Saga, hablando por primera vez.
Alfa lo miró y luego a Shion quien tenía una expresión interrogante.
—Tengo un sueño recurrente desde toda la vida en el cual me tiro por un acantilado, y sospechamos que de ahí viene mi miedo a las alturas. Es... es un lugar parecido al barranco de la última playa del Santuario, tengo como 17 años y estoy increíblemente triste por alguna razón que no recuerdo. Luego alguien me llama, pero no por mi nombre, si no por otro que nunca he logrado recordar. Pero yo no volteo a ver quién me llama, sino que salto por el acantilado.
Shion estaba un tanto impresionado. Al parecer las sospechas eran ciertas y esa confirmación lo preocupaba. Sin embargo se las arregló para no dejar translucir ninguna emoción.
—Todas las cosas tienen un significado, Alfa, aunque no sepas cuál es aún. Y estoy seguro de que lo entenderás a su debido tiempo.
—Sí, bueno, pero mientras, me siento como si debería hacer una cita con un psiquiatra. Es que no me puedo sacar esos sueños de la mente.
—No te preocupes por eso, Alfa. Puedo prometerte que lo sabrás a su debido tiempo. Ahora debo retirarme, pero no dudes en hablar conmigo si tienes algún otro sueño "raro".
Alfa asintió y tanto ella como Saga se levantaron para despedir al Patriarca. Cuando Shion se fue volvieron a sentarse. Saga la miraba.
—¿Por qué no me dijiste de tus otros sueños?
—Por la misma razón que no se los dije a Shion. No creí que fueran nada importante. Y tampoco quería pensar mucho en ellos, aunque a veces las voces en mi cabeza no me hacen caso y de todas maneras regresan a lo mismo. —Saga sonrió irónicamente y le lanzó una mirada, Alfa entonces se dio cuenta de sus palabras y sonrió para luego negar con la cabeza. —Tú debes saber de eso.
—Está bien, pero si tienes algún otro, cuéntamelo. Quizá no les encontremos un significado o solución, pero sabré qué es lo que pasa. Sí he notado que esos sueños te afectan, aunque intentes ocultarlo.
—Trato hecho, pero si las cosas se ponen muy mal, promete al menos encerrarme en un BUEN hospital psiquiátrico.
Saga rió, la miró a los ojos y luego la abrazó.
—Mientras pueda pagarlo con mi presupuesto, tendrás una linda habitación acolchada y una camisa de "me quiero mucho" de la mejor calidad.
Alfa rió también mientras le devolvía el abrazo.
Cuando Shion llegó a Libra decidió hacer una visita a Dohko para hablar de lo que le acababa de decir Alfa. El Antiguo Maestro Últimamente Rejuvenecido lo invitó a tomar un té y Shion aceptó.
—Tengo un par de detalles más sobre Alfa. Quizá tú sepas algo al respecto.
Dohko enarcó una ceja pero no dijo nada.
—Me contó que ha tenido unos extraños sueños en los que se ve como una aprendiz de Saintia y conoce a Déuteros.
—¿Te lo dijo así?
—No, por supuesto que no, me dijo que se veía como una niña, o adolescente, en el Santuario, y conocía a un niño aprendiz al cuál no le podía ver la cara, pero sus ojos eran como los de Kanon.
Dohko suspiró y se llevó una mano al cabello.
—Por Atenea...
—¿Ya sabes de quién se trata?
—Alfa... ¿qué no le teme a las alturas?
—Sí. También me dijo que tiene un sueño recurrente en el cual...
—Salta de un acantilado —lo interrumpió Dohko.
—Sí. Sabes quién es.
—Fue una Saintia, pero eso ya lo sospechabas. El problema es que, efectivamente, conoció a Déuteros, y se fugó con él del Santuario. Y luego, después de la Guerra, saltó por un acantilado. Su nombre era Antheia. No dejó su armadura en el Santuario, pero nunca fue a la Guerra contra Hades —y le contó la historia que conocía sobre la chica.
Ambos amigos se quedaron preocupados luego de aquello. Los sueños de la joven sólo significaban que estaba empezando a recordar su pasado, pero no podían hacer nada al respecto, más que estar ahí en el momento en el que recordara.
