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Capítulo 56
SOLA. SU primer cumpleaños sola. Sin familia, sin amigos, sin ordenador, sin teléfono. Sin comida. ¡Maldición!, debía salir a buscar algo de comer.
Había traído algunas cosas, pero se las había despachado la noche anterior mientras leía la novela que Mariel, la del banco, le había dado. Era una bella historia de amor, con un toque de erotismo que la había dejado anhelante e inquieta. Se parecía tanto a la suya... La diferencia era que la del libro tenía final feliz. En cambio, su relación con Albert, por el momento, sólo tenía final.
Bostezó y se puso en pie de un salto. «Basta de pensamientos oscuros», se dijo. Iría por una pizza y también por unas cervezas, que no todos los días se cumplían veinte años.
Al regresar de la tienda, casi se cae de la bicicleta. En la puerta de la cabaña había un coche reluciente y rojo. ¿Albert? ¿Sería Albert? Su corazón se desbocó.
No era Albert. Detrás de unos matorrales, aparecieron sus amigos gritando y felicitándola por su cumpleaños. Eso sí que no se lo esperaba.
Betzabé y su amigo Ignacio, y también Patty y su novio Leo. Y había alguien más...
Después de saludarla, tirar de sus orejas y de sus trenzas, y colmarla de abrazos, sus amigas parecieron darse cuenta de que no le habían presentado a Diego.
—Canruchi, hemos traído un invitado. Espero que no te moleste.
—¡Yo lo he traído! —intervino Patty.
—Lo hemos traído las dos —la corrigió pacientemente Betzabé.
—¡Se llama Diego!
Patty se moría de ganas de presentárselo. Estaba segura de que congeniaría divinamente con Candy, y no quería que Betzabé se llevara el crédito.
Bet puso los ojos en blanco e invitó al chico a acercarse, haciéndole un gesto con la mano.
—Candy, como Patty te ha anticipado —dijo, y miró a la recién nombrada alzando las cejas, como advirtiéndole algo— él es Diego Vidal.
—Hola —murmuró Candy tímidamente, y poniéndose de puntillas le ofreció su mejilla.
Diego pareció sorprendido por el gesto. Abriendo los enormes ojos azules, solo atinó a besarla diciendo:
—Feliz cumpleaños.
Candy pestañeó y tragó saliva. De pronto, la invadió una sensación de déjà vu... Un flashback se apoderó de su mente durante un par de segundos, en los que se trasladó al primer encuentro con Albert en el café La Escala, aquel 4 de noviembre de dos años atrás.
«¿Qué edad tienes?», le había preguntado él. Cuando ella le dijo que el día anterior había cumplido dieciocho, pareció aliviado, y la hizo reír cuando lo único que se le ocurrió decir fue: «Menos mal. Feliz cumpleaños».
Sonrió al recordar su rostro contrariado cuando reparó en que se estaba comportando como un tonto, a la vez de anticipar intenciones non sanctas, alegrándose por su mayoría de edad.
La fresca risa de Patty la trajo al presente y agradeció el saludo rápidamente.
—¿No te lo dije, Candy? ¡Te dije que era encantador! ¿Verdad, Leo? — exclamó su amiga entusiasmada, codeando a su novio en las costillas.
El aludido asintió con un suspiro.
—Sí, bebé. Mi amigo Diego es encantador. No comprendo cómo no me he liado con él en lugar de contigo —repuso, sonriendo.
—¿Ehh..., qué os parece si entramos? Menuda sorpresa me habéis dado —propuso Candy, intentando cambiar de tema.
Lo cierto era que no estaba muy contenta con la presencia del tal Diego. Ya hablaría con Patty muy seriamente de ello. Creía que le había dejado claro que no le interesaba conocer al dichoso amigo que hacía días intentaba presentarle.
Y allí estaba, y lo que más la molestaba era que Patty no hubiese respetado sus deseos.
Aparte de eso, el chico en sí le cayó bien de entrada. Tenía una mirada dulce y triste, y tampoco parecía morirse de ganas por conocerla. Eso era nuevo para ella y la dejó bastante intrigada.
En cuanto entraron, sus amigas le dieron su obsequio: un móvil nuevo. Era sencillo y compacto, muy diferente al lujoso dispositivo que Albert le había proporcionado y que ella había dejado en el apartamento. Lo adoró de inmediato.
—¿Cómo lo vas a llamar? —preguntó Patty, que tenía la manía de ponerle nombre a todo.
—No sé. Dime tú. Fíjate a ver qué cara tiene...
—Tiene cara de...
El pequeño teléfono comenzó a sonar en ese instante, y Candy se sobresaltó. ¿Cómo era posible? Miró la pantalla y ponía: «Vieja bruja».
—¿Mi abuela? ¿Está llamando Candida? ¿Quién ha sido la hereje que le ha dado el nuevo número, por Dios? —preguntó Candy, mirando a sus amigas con el enfado pintado en el rostro.
—¡Ella! —respondieron Bet y Patty al mismo tiempo, acusándose mutuamente.
—Vosotras dos sois de lo peor. Ya ajustaremos cuentas. ¿Sí? Sí, soy yo. Sí... Gracias, abuela. Sí. No. Gracias otra vez. Lo siento. Estoy muy bien. Las chicas están conmigo. Sí. No lo sé. Supongo que porque el coche es pequeño y no cabía nadie más. ¡Oh, no lo sabía! Gracias por cuidar de Vainilla. Sí, yo también te extraño y siento que no hayan podido traerte. Te quiero, un beso.
Cuando colgó, sus amigas la miraban haciendo pucheritos, como para que las perdonara. Candy no podía enojarse con ellas. Eran tan dulces, tan adorables.
—¿Cómo me habéis encontrado, par de locas? —les preguntó, fingiendo que continuaba enfadada.
—Muy sencillo: buscaste esta cabaña desde el ordenador de la academia y quedó grabado en el historial —respondió Betzabé, muy ufana. Se sentía una hacker profesional por haber logrado el dato.
—Bueno, siempre hacéis lo que os parece y no respetáis mis deseos..., pero os quiero por eso, amigas. Y estoy feliz de teneros conmigo el día de mi cumpleaños —dijo Candy con sinceridad, y ambas la abrazaron.
—Candy, ya sé cómo se va a llamar el móvil nuevo —intervino de pronto Patty, presa de una súbita inspiración.
—A ver...
—Luci. Por Lucifer. ¿Te gusta?
—¿Y por qué se te ha ocurrido un nombre tan... endemoniado, Patty? —inquirió Candy, intrigada.
—Bueno, fíjate bien: es colorado, tiene ya un número guardado, y es el de tu abuela, que es la encarnación del mal...
—¡Patty! —gritó Betzabé, pero Candy se rio, divertida.
—... y lo ha elegido Diego.
Candy miró al aludido, que pareció sorprenderse.
—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó.
—Es que Diego ha escrito una novela. Desde el infierno, se llama, por eso pensé en Luci. Cuéntale, Diego, no seas modesto.
Todos volvieron la vista hacia él, que de pronto pareció abrumado por tanta atención.
—No hay mucho qué decir, en realidad. Aún no ha sido publicada, así que...
—¡Ay, Diego!, tu libro es genial. Candy, es del estilo de El código Da Vinci, y habla de asesinatos, de intrigas dentro de la Iglesia católica... Te encantará. Candy es atea, Diego. Y es enemiga de las religiones.
—Bueno, Patty, yo no diría tanto como enemiga. Simplemente no tengo el don de la fe —explicó, encogiéndose de hombros, y Diego no pudo apartar la mirada de esa boca tan bella.
—Yo tampoco. Y creo que en la vida real deben existir en la Iglesia muchas historias truculentas que desnudar —comentó él, haciendo una mueca.
Estaba disgustado consigo mismo por lo que había dicho. ¿Quién diablos habría puesto la palabra desnudar en sus labios? ¿Acaso se estaba volviendo loco? Dos horas antes tenía el corazón roto porque él y su novia habían terminado, y ahora estaba pensando en desnudar a esa chica, y su traicionero inconsciente lo había delatado.
Pero ella pareció no darse cuenta del acto fallido freudiano.
—¡Qué curioso! Ayer una escritora me regaló su novela... Aquí está. Y hoy conozco a otro escritor. Cuando salga tu novela, Diego, me gustaría leerla —le dijo, sonriendo.
—Por supuesto.
Y cuando sus miradas se encontraron, el sintió que ardía. «Desde el infierno... Más bien estoy en el infierno. Es que Candy me ha puesto en llamas. ¡Qué mujer! Patty no exageraba cuando decía que era la chica más bella del mundo. Lo es; es muy hermosa, pero hay algo más. Y no me detendré hasta descubrirlo», se dijo.
La tarde transcurrió entre risas, juegos y llamadas telefónicas.
Candida le había proporcionado el nuevo número de Candy a toda la familia, y uno a uno fueron llamándola para felicitarla. El primero fue su hermano Tom, y a Betzabé se le detuvo el corazón por un instante cuando se dio cuenta de que era él. Como pudo, intentó disimular su turbación, la cual no escapó a los ojos de sus amigas, que se miraron guiñándose el ojo mutuamente. Llamaron todos, menos... Albert.
Aunque Candy no esperaba que él la llamara, secretamente lo deseaba. Era cierto que no tenía el número nuevo, pero también era cierto que otras veces se las había ingeniado para encontrarla. Se moría de ganas de oír su voz, diciéndole cuánto la amaba y rogándole que volviera. Pero eso no sucedió.
Antes del anochecer, sopló las velitas del pastel que Betzabé y Patty le habían hecho, y cuando le preguntaron qué deseo había pedido, ella sólo dijo «ser feliz», pero su mirada de desolación daba realmente pena.
No obstante, lo pasaron bastante bien. Candy nunca se hubiese imaginado que su cumpleaños le iba a resultar tan llevadero. Había planeado pasar el día entero llorando por su desdicha y todo había resultado mejor de lo que esperaba, con sus amigos, y con... Diego.
¡Cómo la miraba! En más de una ocasión ella sintió que sus mejillas enrojecían por la ardiente mirada del joven. Hubo un momento en que todos se confabularon para dejarlos solos, y para evitar un incómodo silencio, Candy optó por comportarse como una buena anfitriona y le ofreció otro trozo de pastel.
—Gracias, Candy. Sí, me gustaría un poco más...
—¿Así está bien? —preguntó Candy, mientras cortaba una porción.
—Sí, suficiente dulce por hoy.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de empalagarte?
—No, lo que tengo es miedo de acostumbrarme —respondió, mirándola fijamente, y Candy supo que no estaba hablando de comida.
Por un momento, se le cruzó por la mente seguirle el juego, pero él la observaba tan intensamente que decidió abstenerse. Ella no estaba interesada en él de esa forma. De todos modos, le parecía un chico digno de conocer en plan de amigos.
Así que Candy también se sirvió un poco más de pastel y le pidió que le hablara de su libro.
—Pues... te puedo decir que tengo puestas en él todas mis esperanzas. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas lograr este manuscrito, sobre todo lágrimas.
—¿De veras?
—Así es. He perdido hasta mi novia por él.
Candy lo miró intrigada. Sabía que no debía llevar las cosas al terreno de lo personal, pero tenía curiosidad.
—Lo siento. Debes estar sufriendo mucho.
—Lo estaba, hasta hoy.
«¡Uy!, otra vez esa mirada tan... qué se yo. Creo que le gusto, pero no sé si eso me conviene. ¿Coquetear con un extraño me dará la felicidad que sólo Albert podría darme? No, no lo creo. Sin embargo, aquí estoy. Diego quiere que entienda que conocerme marca la diferencia, pero yo no me daré por aludida», se dijo.
—Bueno..., quizá sea algo pasajero. No pierdas las esperanzas —le dijo, como dándole a entender que no estaba interesada.
—No hay esperanzas, Candy. Me dio a elegir: «O el libro, o yo». Elegí el libro, y no me arrepiento. Lo que sí lamento es haber tenido que optar por una cosa u otra.
Ella asintió. Sabía lo que era tener que dejar ir algo que quieres mucho para no soltar algo que quieres más aún. Le había pasado igual. Había renunciado al amor de su vida para preservar su corazón.
—Por lo que sé, a ti te ha pasado lo mismo.
—Imagino que ellas te lo han contado.
—Algo. ¿Quieres hablar de eso?
—A decir verdad, no. En absoluto.
—¿Qué te parece entonces si damos un paseo por la playa, y de paso, bajamos todo el pastel que acabamos de comernos?
Candy dudó. No quería que él se formase una idea equivocada de sus intenciones. ¡Oh, qué más daba! Peor sería quedarse solos allí sin nada que decirse.
Pero resultó que tenían mucho que decirse. Fueron tocando distintos temas, descubriendo puntos de confluencia y discrepancia, sintiéndose realmente cómodos el uno con el otro. Hablaron de todo: política, música, arquitectura, diseño. Y el tiempo pasó volando.
—¡Diego! Mira la hora que es. Los otros deben estar esperándonos.
—¿Y por qué tener prisa? Candy, tú sabes bien que ellos han propiciado esto.
Candy se sonrojó. Era verdad.
—Mira, no quiero que te hagas una idea equivocada...
Diego no la dejo continuar.
—No digas nada —repuso, apoyando el índice en los labios de ella—. No arruines mi momento...
—No lo arruines tú —respondió Candy con firmeza, apartando el dedo.
Él pestañeó, confundido. ¿De dónde habían salido esas uñas afiladas? Si parecía tan dulce. Y lo peor era que así y todo, su admiración no hacía más que crecer.
—¿Sabes qué? No dejas de sorprenderme, Candy; en más de un aspecto.
—¿Por qué lo dices?
—No cualquiera abandona una vida de princesa en un lujoso rascacielos por propia voluntad. Leo me dijo que desprecias el dinero y que aborreces la vida de dama de alta sociedad que debías llevar.
Esa observación fue como si le tocaran el nervio. Se plantó en la arena, con los brazos en jarras.
—Jamás fui una dama de alta sociedad —le espetó, y luego continuó caminando deprisa, dejándolo atrás.
—¡Eh, no te enfades! No quiero que te enfades, Candy —pidió él, forzando el paso para alcanzarla.
—¿No? Entonces no hables de lo que no sabes. Te han informado demasiado, y lo han hecho muy mal.
—¿De verdad? ¿No desprecias el dinero? Yo lo desprecio. Es el objeto más desagradecido que existe. Por él mentimos, robamos, nos esclavizamos. Y él, a cambio, no nos permite siquiera llegar a fin de mes.
—¡Oh, estás inspirado! Para que lo sepas, yo también lo desprecio. Odio el consumismo extremo, la ostentación, los lujos desmedidos. No me interesa ser una princesa.
—Lamento haberte hecho enfadar, Candy.
—Está bien. ¿Nos vamos? Ya anochece.
—Me gustaría invitarte a salir un día de éstos. ¿Puedo?—preguntó él, buscando su mirada.
La respuesta fue terminante:
—No. Y si te han contado lo que creo que te han contado, también sabrás por qué.
Simplemente eso. Y por supuesto, bastó para borrar de un plumazo los castillos que Diego había construido en el aire. Pero no se daría por vencido. Por una chica así... insistiría, seguro que lo haría.
Cuando los otros regresaron a Montevideo, Candy se sintió muy sola. Si un mes atrás le hubiesen dicho que iba a pasar su cumpleaños lejos de Albert se habría reído... Pero allí estaba. Albert no la había buscado. Cumplía veinte, y estaba sola, irremediablemente sola.
Lo que Candy no sabía era que Albert sí la había buscado. Había llamado a la academia y cuando se encontró el mensaje de bienvenida de Betzabé, casi lanza el móvil por la ventana: «Usted ha llamado a la academia de baile Betzabé. Hoy nuestras instalaciones están cerradas, pero mañana retomaremos las actividades habituales. Gracias por elegirnos».
No podía creerlo. Llamó entonces a información, y pidió el teléfono de la casa de la bailarina. Otro mensaje: «¡Hola! No estoy en casa. Después de la señal...». ¡Mierda! No se dio por vencido y fue hasta allí a comprobar si era cierto que no había nadie en casa. Y lo era. ¿Qué haría? Era el cumpleaños de Candy, y no podía dejar de llamarla. Ése era un pretexto ideal para oír su dulce voz e intentar sondear si aún estaba en la misma tesitura de hacía unos días, o podía soñar con reconquistarla.
Se le ocurrió hablar con Candida, pero ésta no soltó prenda del paradero de la joven. Luego, probó con la tía Mery Jane y con Anny, su prima. Tampoco tuvo éxito.
No sabía qué demonios hacer. De pronto, se le ocurrió. Llamaría a Tom. ¡Otro contestador! Estaba claro que ése no era su día. Le envió un mensaje: «Necesito encontrar a tu hermana. ¿Puedes ayudarme?».
No creía que él le respondiera, puesto que imaginaba que su cuñado se habría solidarizado con Candy y estaría furioso con él.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, Tom contestó: «No tengo ni idea de dónde está Candy. Sólo sé que está bien y que está con amigos. Y quiero que permanezca así».
«¿Amigos? ¿Qué amigos?», se preguntó Albert, nervioso. Volvió a leer el mensaje. Sí, decía «amigos» y no «amigas». ¡Carajo!, Candy cumplía veinte años, y en lugar de pasar el día entre sus brazos, estaba con fuera a saber quién. No, no era justo, y no debía ser así.
Ya no había más puertas a las que llamar.
Terminó el día celebrando solo el cumpleaños de su esposa. Antes de caer en la cama pasado de copas, su último pensamiento fue cuánto la echaba de menos.
CONTINUARA
HOLAAAA, ESPERO DE CORAZÓN QUE ESTE NUEVO AÑO ESTE COLMADO DE BENDICIONES Y MIL GRACIAS POR SUS BUENOS DESEOS, AQUI ESTOY DE NUEVO COMO PROMETI, RETOMANDO LA NOVELA.
UN ABRAZO.
AZUL.
