El reencuentro
Ni todas las palabras ni acciones del universo serían capaces de describir las emociones y sentimientos que envolvían a Emma y Regina en aquel momento. Dos corazones, dos almas unidas y destinadas la una para la otra se encontraban ahí en aquel momento, las miradas clavadas, las lágrimas sueltas sin amarras, en medio de latidos desenfrenados y respiraciones descompasadas que delataban el más puro y amor verdadero que dos personas podrían expresarse. Las sonrisas radiantes completaban aquel momento único repleto de felicidad y de una alegría sin límites en expectativa por los sueños que el futuro les reservaba.
–¡Sí! ¡SÍ! ¡SÍ!–Emma respondió tras un silencio acogedor y delicioso que las dos intercambiaron con la intención de grabar para siempre ese momento en su memoria y corazones. Se arrodilló delante de la amada que continuaba arrodillada, para quedar a la misma altura, cogió fuertemente sus dos manos con las suyas, cubriendo el par de alianzas –Si hay una cosa en esta vida de lo que tengo absoluta certeza es que quiero estar para siempre a tu lado, para amarte y cuidarte. ¡No importa cuántas batallas tenga que enfrentar o cuántas veces tenga que ser la Salvadora, te quiero a ti a mi lado en todos mis momentos, para siempre! ¡Claro que acepto casarme contigo, Regina! ¡Es lo que más deseo en esta vida!–las lágrimas cálidas volvían a descender por el rostro de Swan, mientras Regina sollozaba también en medio de las suyas.
Sin conseguir decir nada y dominada por la emoción, con manos trémulas y una hermosa sonrisa, Regina abrió la cajita de terciopelo delante de Emma, y esta pudo observar dos alianzas doradas. Pero no eran alianzas de compromiso comunes: en una de ellas había una piedra brillante en forma de corona, en la otra, la misma piedra en forma de cisne. En el interior de cada una de ellas, las palabras grabadas con una fina caligrafía: Emma Swan y Regina Mills, para siempre.
Emma estaba completamente admirada ante la belleza, delicadeza y diferencia de las dos hermosas piezas. Regina se levantó, alzando a la rubia también con ella, y colocó en su dedo anular derecho la alianza con la corona, y en ella misma se puso la del cisne.
–Ahora estamos unidas por estas alianzas, mi amor…–Regina finalmente habló, aún sintiendo los efectos de las fuertes emociones –El cisne representa tu hermoso apellido, y la corona representa la reina que un día fui…Pero no recuerdes a la reina malvada. Acéptalo como una representación de TU reina. Yo te llevo conmigo, y tú me llevas a mí…–acarició el cisne de su alianza, ahora bien acomodada en su dedo. Emma no dejaba de mirar la suya, pasando el dedo por encima.
–Regina…Amor…¡Son hermosas! ¡Como tu belleza! ¡Qué buen gusto! ¡Me encantan! ¿Dónde las hiciste? ¿Hace tiempo que las tienes?
–No hace mucho que estuvieron terminadas…Las mandé hacer en una famosa joyería de Boston, una de las mejores de la ciudad. Salí del trabajo para ir hasta allá y recogerlas. Y nuestro hijo es nuestro cómplice–guiñó el ojo –Me ayudó a escoger y prepararlo todo, fue conmigo a Boston y todo.
Emma se puso las manos en la cintura en señal de broma y diversión.
–¡Sinvergüenzas! ¡Ni siquiera sospeché nada!
–La intención era que fuera una sorpresa.
–¡Y qué sorpresa maravillosa! ¡Nunca me olvidaré de este día, Regina! ¡Me has hecho la mujer más feliz del mundo!
–¡Tú sí que me haces la mujer más feliz del mundo!
Y por supuesto ese momento tendría que ser sellado con un maravilloso beso apasionado, que las dos se dieron. Aquella noche estuvo llena de la más pura y completa felicidad. Cenaron haciendo mil planes para la boda. Acordaron que se casarían tras la Última Batalla, por supuesto. No tocaron la posibilidad de que Emma fallara en la misión. Ambas no querían pensar en aquello, solo querían disfrutar el momento y toda la genuina felicidad que las rodeaba.
Dos días después, una fiesta sorpresa le fue dada en el Granny's. Todo organizado por Henry. Llevó a las madres hasta allí con la disculpa de que quería comer pizza en compañía de las dos cuando fueron sorprendidas por globos blancos y rojos en todos lados, cosas para picar, un hermoso pastel con dos muñequitas encima representado a la rubia y a la morena (una con chaqueta roja y la otra con un traje sastre azul) y la decoración en las paredes que decía: "Felicidades por el compromiso, Emma y Regina". Se les dio como regalo un cuaderno en que las personas habían escrito sus votos de felicidad para ellas. Todos los que eran importantes para ellas habían escrito: Zelena, Belle, Mary, David, Henry, Archie, Granny, Azul, los enanitos, junto con otros muchos habitantes de Storybrooke. Fue una noche deliciosa, regada de felicidad, música y diversión. Como ambas mujeres se merecían.
Nadie se dio cuenta, pero un cierto pirata borracho, despeinado y mal vestido se encontraba escondido, observando todo desde la ventana del fondo, apoyado en la pared, dejando a la vista su decadencia.
–¿De verdad quieres esto? ¿Quién lo diría, eh, morena? Un tiempo atrás odiabas mi coche y lo llamabas vieja lata amarilla…–decía Emma, sonriendo irónica, jadeante por los besos calientes que se estaba dando con Regina dentro de su escarabajo amarillo. La morena se encontraba en su regazo, con una pierna a cada lado, Emma sentada en el asiento del conductor. Era de noche y estaban aparcadas en un lado de la carretera, cerca de la salida de la ciudad.
–Sí, y sigue siendo una lata vieja amarilla…–dijo Regina ronca, dándole un mordisco en el labio inferior de Emma, haciendo que la rubia soltase un ahogado gemido –Pero esta lata vieja ya ha presenciado muchos momentos nuestros…Y quiero que presencie uno más. Tengo en mi cabeza este deseo desde hace mucho tiempo, Swan…Quiero que me folles aquí mismo, dentro de tu proyecto de abeja…–la morena rió excitada y jadeante, moviéndose sensualmente en el regazo de Emma. Su falda negra ya estaba levantada debido a las fogosas y audaces manos de su prometida, que apretaba sus muslos sin parar e iba subiendo cada vez más, al encuentro de las finas braguitas color vino de la alcaldesa. Regina besó a Emma con voluptuosidad y deseo, agarró sus cabellos, mordió su cuello. La rubia sonrió cerrando los ojos de placer y dio una fuerte nalgada en su trasero. La morena gimió y se restregó aún más en su regazo, y el frote de la vulva encharcada de Regina cubierta por las bragas contra sus vaqueros estaba llevando a la rubia al delirio.
–¡Pues este proyecto de abeja va a presenciar a su dueña follándose a su prometida de una forma bien placentera, picarona!–Emma dio otra fuerte nalgada en el trasero de la morena y apretó con fuerza, Regina dio un gritito, sonrió traviesa y continuó con sus ondulaciones y embestidas más rápidas y fuertes.
Emma reclinó hacia atrás el asiento del escarabajo, haciendo que Regina se acercara más a su cuerpo. Retiró la blusa de la morena hacia arriba y arrancó con violencia su sujetador. No tardó en llevar su boca a los apetitosos pechos de la amada, mamando de ellos con gusto, alternando las chupadas y masajeándolos sensualmente. Regina gemía sin pudor ninguno. La morena también arrancó la camiseta y el sujetador de la rubia, retribuyendo el placentero momento en los bellos pechos rosados de Emma, con su lengua. Emma agarraba su cabeza, haciéndola chupar con gusto, mientras deliraba en gemidos, inclinando la cabeza hacia atrás.
Se besaban con deseo, lujuria y pasión, con urgencia. Emma subió totalmente la falda de Regina y buscó su vulva. Apartó las bragas hacia un lado, encontrando allí la intimidad de la morena en total estado de excitación. Gimió cuando sus dedos se deslizaron por ella.
–Tan mojadita…Tan sabrosa…
–¡Estoy loca, Emma! ¡No aguando más esta tensión! ¡Mete tus dedos, amor, venga! ¡Fóllame como solo tú sabes hacerlo!
Atendiendo el pedido de su prometida, Emma reventó las bragas y las guardó en la guantera del escarabajo. Regina sonrió traviesa, arqueando una ceja.
–Un recuerdo…–dijo Emma mordiéndose el labio.
Emma penetró a Regina con un dedo, haciendo movimientos circulares mientras la morena se movía de forma sensual en su regazo y se desfallecía de placer. Enseguida metió dos con deliciosos movimientos de vaivén, lentos y rápidos, y con el pulgar masajeaba su rígido nervio. Las dos soltaban gemidos sin vergüenza, altos, y dieron las gracias a Dios por estar en un lugar apartado.
–Mastúrbate para mí, mi amor…Quiero llegar junto contigo…–dijo Regina jadeante en medio de los ondulantes movimientos.
Emma rápidamente desabrochó el botón de los pantalones y bajó la cremallera, bajando estos junto con las bragas hasta la mitad de sus muslos. Regina se mojó los labios al encarar con mirada fogosa la vulva completamente depilada, lisita y encharcada de la rubia. Emma sonrió al constatar la mirada de la morena, sin parar los movimientos dentro de ella.
–¿Te gusta lo que ves? ¿Te gusta mi coño?–delicada, lenta y de forma tortuosa Emma llevó su mano libre hacia allí y la pasó por su vulva, acariciándola. Acarició su clítoris delicadamente con el dedo, bajo la mirada atenta y fervorosa de Regina. La morena ahogó un gemido.
–Estoy loca por él…Tan rosadito…Tan sabroso…–respondió la morena y Emma sonrió maliciosa, comenzando a masturbarse. Se tocaba a sí misma de forma bien depravada y deliciosa mientras seguía moviendo sus dedos dentro de Regina.
La escena era muy caliente y lujuriosa. Regina siendo colmada por Emma, ondeando y restregándose en sus dedos, encima de su regazo, y Emma masturbándose al mismo tiempo. Regina colocó sus manos a los dos lados del asiento del coche y se aferró fuertemente allí, quedando su rostro bien cerca del de su prometida, sin apartar los ojos de ella y de lo que sucedía abajo. Gemían fuerte, roncamente, en éxtasis.
Alcanzaron el clímax juntas como Regina así deseaba, entre gritos de placer y tensión. Sonrieron de forma depravada, y Regina cayó sobre el cuerpo de su prometida. Emma acariciaba su espalda sudada, mientras recuperaban el aliento.
–Ahhhh si mi escarabajo hablase…–dijo Emma, riendo con gusto
–Tendría historias bien interesantes para contar…–completó Regina, y ambas se echaron a reír a carcajadas.
Bosque Encantado…
La Reina Regina se encontraba en un estado de ansiedad profunda. Sería hoy la primera vez que viajaría al mundo sin magia, específicamente a Storybrooke. Desde que se había separado de su parte buena llevaba queriendo hacer eso, y su estado de agonía era profundo, porque además había sido privada de cualquier información de allí debido a la gran ruptura con su otra mitad. Como dijera la gran Iris del Valle Solar, ella solo podría volver a viajar a ese mundo con la ayuda de alguien extremadamente poderoso y que siempre había podido hacerlo sin dificultad, en ese caso, su compañera de guerra: Fiona. Así que, tras muchos tratamientos, el Hada Negra finalmente había recuperado sus poderes específicos, aquellos que le permitían viajar entre mundos, pudiendo llevar consigo a la Reina.
La intención del primer viaje era sencilla y bien clara: intentar descubrir dónde estaba escondida la espada Himperius para, posteriormente, volver, robarla y sustituirla por una falsa, idéntica, que había mandado a forjar. Era un truco, sin sombra de dudas, pues sin la espada Himperius, Emma no conseguiría matar a Fiona.
La Reina se estaba consumiendo de deseo por encontrarse con su otra mitad, estar frente a frente y decirle muchas cosas. Mal sabía Su Majestad que Emma conocía todos sus pasos debido a las sesiones con los Espectros, en el otro mundo…
–¡Clarissa! ¡Clarissa! ¡Vamos, muchacha! ¡Ya vamos con retraso!–gritó Regina en el pasillo, cerca del cuarto de la joven, andando en círculos, impaciente.
–¡Ya voy! ¡Acabo de dejar las pequeñas con Dulce, solo tengo que arreglar los últimos botones y ya estoy!–respondió la princesa desde atrás de la puerta cerrada, con otro grito.
Regina resopló y reviró los ojos.
–¡No tardes!
–¡Listo!–Clarissa abrió la puerta y Regina la miró de la cabeza a los pies, con la boca abierta y babeando. La joven estaba cada vez más linda y deslumbrante, sobre todo después de adoptar y amamantar a sus sobrinas. Ser madre le ha hecho mucho bien, le ha dado un brillo demás a la muchacha que ya de por sí era hermosa por naturaleza. Llevaba un bello vestido largo, color rosa, los cabellos rubios muy bien peinados y recogidos en un moño, que había dejado a propósito suelto en lo alto de la cabeza y un maquillaje más oscuro en los ojos y en la boca un labial marrón. El escote siempre generoso, aún más ahora con sus pechos llenos de leche.
Dado que la Reina se había quedado quieta en el sitio, sin decir nada y aún en trance con la boca abierta, Clarissa intentó quebrar el silencio.
–Eh…¿Majestad?
–¿Ah? Ah sí…Vamos…–Regina volvió en sí sacudiendo la cabeza de un lado a otro mientras la más joven reía.
–¡Vamos! Confieso que estoy ansiosa para…¡Ay!–en ese momento, la joven tropezó con el vuelo del vestido que se enrolló en sus tacones y se desequilibró, cayendo. No fue hasta el suelo solo porque los brazos ágiles e impulsivos de la reina la agarraron, y Clarissa se aferró firmemente a ellos.
En ese instante el mundo se detuvo para las dos mujeres. Las miradas se encontraron, castaños en los negros, un brillo diferente, una pasión comprimida, el renacer de grandes sentimientos. Clarissa, aún agarrada a los brazos de su maestra, sin moverse, y la Reina Regina agarrándola como si la muchacha fuera su mundo. Las respiraciones se volvieron descompasadas, los corazones muy acelerados, mientras se miraban alternando sus miradas entre la boca y los ojos, en una mezcla serpenteante de palabras no dichas, pero que en realidad no necesitaban ser dichas en voz alta. El clima entre ellas se alargó unos segundos más, hasta que la reina volvió en sí de nuevo.
–Bueno…Vamos entonces…¡Cuidado con esos tacones, niña! ¡Ten más cuidado al andar! ¡No quiero tener que arreglarte con magia un tobillo roto!–dijo Regina trabándose en las palabras, mientras ponía en pie a su pupila.
–¡Des…Descuida!–sencillamente respondió la muchacha, aún dominada por el enorme poder que su reina ejercía sobre ella. ¡Cómo amaba a aquella mujer! Y sus actitudes llenaban su corazón de nuevas esperanzas, quizás esperanzas peligrosas, pero aún así, era un deleite sentirlas.
Tras carraspear para auto controlarse, Regina hizo una señal con la mano para que Clarissa la siguiera y fueron a buscar a Fiona, que ya las esperaba en una parte oculta fuera del castillo, cubierta con una capa y una capucha negras para no ser reconocida.
–¡Finalmente! ¡Pensé que ya no veníais! –dijo el Hada en cuanto divisó a Regina y a Clarissa corriendo hacia ella.
–¡Jamás, querida! ¡No sabes cuánto he esperado por este momento!–sonrió la reina diabólicamente.
–¡Confieso que estoy ansiosa por conocer cómo es el mundo sin magia!–habló Clarissa eufórica
–No te ilusiones, muchacha…Es un mundo aburrido donde las personas viven de algo llamado tecnología…¡No sé cómo lo consiguen, la magia es mucho mejor! ¡Y al pueblucho que vamos a ir es un peñazo!–dijo la reina revirando los ojos.
–¿Peñazo? ¿Qué es eso?–preguntó la muchacha
–Una forma de hablar de aquel mundo…Es lo mismo que "es un aburrimiento"…Aún tengo muchos recuerdos de allí, mientras viví unida a mi otra mitad.
–¡Entendí!
–Pero no vais a poder aprovechar mucho por hoy ni por los días siguientes si volvemos…–intervino Fiona dirigiéndose a Clarissa –Recuerda que aún no tengo todos mis poderes por completo. Apenas he recuperado una parte pequeña de ellos que me permiten viajar entre los mundos. Aún no podremos quedarnos cuánto deseamos. Tenemos poco tiempo, unos cuarenta minutos más o menos. Cuando el tiempo se acabe, seremos devueltas para acá.
–Ah…–soltó Clarissa, sin esconder su decepción.
–¡Bueno, vamos! ¡Ya es la hora!–dijo la reina animada
–¡Sí! Las dos…Agarren firmemente mi mano, una a cada lado. ¡Con fuerza! ¡No la soltéis por nada! Solo así conseguiré llevaros conmigo, si os soltáis, podréis caer en otro mundo o ciudad del que no tengo ni idea–dijo el Hada ofreciendo las manos a las dos mujeres.
Clarissa tragó en seco con miedo ante la posibilidad de quedar perdida y se agarró a la mano de Fiona hasta dejarla morada. Regina hizo lo mismo al otro lado, sin embargo, sin el miedo de Clarissa, su corazón latía lleno de expectativas.
Fiona cerró fuertemente los ojos. Profirió algunas palabras silenciosas, en un tono muy bajo, casi un susurro, palabras que solo ella entendía y escuchaba. Una gran humareda rojo oscuro comenzó a alzarse del suelo, de los pies de donde se encontraban de manos dadas. Comenzó a dar vueltas y a danzar alrededor de ellas, aumentando poco a poco su intensidad, sacudiendo los cabellos de las tres. El remolino veloz subió y se cerró alrededor de ellas, cubriéndolas por completo. Sus cuerpos fueron succionados, alzados por los aires, dando vueltas dentro del humo rojo. En pocos segundos, fueron soltadas, cayendo con un golpe sordo, una al lado de la otra, en la ciudad de Storybrooke, cerca del puente que unía la ciudad con los embarcaderos de la playa. Se sonrieron la una a la otra. El primer viaje había salido bien.
En Storybrooke…
Emma estaba echada en el diván, preparada para otra sesión con el Especto guía de aquella vez. Una vez realizado todo el procedimiento, hipnosis y poción, Emma despertó en la plaza de siempre, sin embargo, en vez de encontrarse con el guía de ese día, como siempre, calmado y solícito, se encontró con un Espectro rodeado de aflicción, con las manos cruzadas y andando de un lado a otro, parecía ansioso para que Emma llegara cuanto antes.
–¡Finalmente, Emma Swan!–dijo con voz grave y ronca en cuanto Emma apareció, caminando hacia él, que estaba como siempre con su habitual capa y capucha negras –¡Rápido! ¡No tenemos tiempo que perder! ¡Tienes que volver a tu cuerpo ahora mismo!
–Pero, ¿qué…?– antes de que la rubia pudiera continuar, el Espectro hizo un movimiento con su mano cadavérica derecha, una luz traslúcida salió de ella, y a través de esa luz aparecieron imágenes, como en una pantalla de cine. Y en esas imágenes, tres personas paseaban tranquilamente por la orilla de la playa de Storybrooke: la Reina Regina, Clarissa y Fiona.
Emma sabía que ese día llegaría, pero aún no estaba preparada para él. El corazón dio un fuerte salto en su pecho y el aire le faltó. Ver que sus enemigos estaban tan cerca, ver que su principal oponente en la guerra caminaba con una sonrisa confiada y presuntuosa en los labios en su acogedora ciudad hizo que sus piernas temblaran.
–¿Ellas…Están aquí…En Storybrooke? Pero…¿cómo…?–Emma tragó en seco, tartamudeando.
–Ya sabíamos que esto iba a pasar antes o después, Salvadora…Te alerté de que sucedería en pocos días. Recé para que no retrasaras tu sesión, pues fuimos advertidos en nuestro mundo sobre la llegada de las tres hace poco tiempo. ¡Han llegado hace pocos minutos! Fiona ya tiene poderes suficientes para viajar entre los mundos y traer a las otras dos con ella, aunque por pocos minutos. Como ya sabes, ellas no saben que las observamos y no conocen vuestros pasos, debido a la maldición de separación completa de la Reina Malvada con su parte buena, que impide a la reina conocer todo lo que acontece alrededor de su otra mitad. ¡Pero con la ayuda de Fiona, ahora ella podrá comenzar a tener acceso a nuestro mundo! Ellas han venido tras la espada Himperius, planean cogerla, hacer una copia y dejarla en su lugar. Himperius está protegida de los ojos y sentidos de la Reina Regina, pero, aún así, no podéis permitir que descubran lo que hacemos aquí, sobre tus sesiones y no pueden descubrir que tienes acceso a todos sus pasos a través de nosotros. La Reina aún está fuertemente ligada a Regina, y sus sentidos aguzados la harán llegar hasta dónde ella esté, en este caso, hasta la consulta donde estás tú. Así que, ¡ve, Salvadora! Gana tiempo, ve al encuentro de ellas, pues ellas acabarán encontrándoos de todas maneras. ¡Despístalas, distráelas!
–Pero…Acabo de llegar, ¿cómo me va a llevar de vuelta Archie? ¡Tenemos que esperar los quince minutos!
–¡Yo mismo te mandaré de vuelta, es una excepción! ¡Te despertarás antes de tiempo! Rápido, la reina ya comienza a sentir dónde está Regina!–en la imagen, Emma pudo ver a la reina Regina inhalando profundamente y cerrando los ojos, sonriendo como si hubiera ganado un premio. Probablemente sentía cerca a su otra mitad. Comenzó a caminar con las otras dos tras sus talones. Les dijo algo, pero Emma no fue capaz de escucharlo.
–¡Está bien!–respondió la rubia
Y sin esperar un segundo más, el Espectro pasó su otra mano libre por el rostro de Emma, y enseguida esta se desmayó y despertó jadeante en la consulta de Archie. Aquel día, solo Regina, Zelena y Henry estaban allí. Los Charming tuvieron que resolver otras cuestiones con urgencia, y Belle y Gold no pudieron estar presentes.
–Emma…–Archie comenzó a decir –No sé por qué has vuelto antes de la hora, pero no necesitas explicarlo, Regina lo ha presentido…
–Sí, lo he presentido…–Regina dijo agarrando con fuerza las manos de su prometida –¡Ella está aquí, Emma! La Reina Malvada está aquí. Siento que viene tras nosotros. La veo, la siento…–concluyó, nerviosa.
–Tenemos que irnos, mamás…–dijo Henry, preocupado. Regina jadeaba y sudaba.
–¡Vamos! El Espectro me ha orientado, realmente están aquí, Regina, lo he visto: la Reina Malvada, Fiona y Clarissa. Tú y tu otra mitad os sentís la una a la otra…¿Puedes guiarnos hasta donde estén? Creo que las dos os estáis buscando…Tenemos que distraerlas y no dejar que sepan lo que hacemos aquí. Están tras la espada para montar un engaño, pero no pueden quedarse aún mucho tiempo en nuestro mundo…
–Sí, puedo guiarnos…¡Se están acercando! ¡Vamos!
Salieron corriendo Emma, Regina, Henry y Zelena. Archie quería acompañarlos, pero todos le dieron las gracias, dispensándolo. Cuanta menos gente metida en esto, mejor.
–Henry, hijo, quiero que tú te vayas a casa y…–comenzaba a decir Regina al muchacho
–¡De eso nada, mamá! ¡No me pidas que me quede fuera de esta! ¡No voy a dejaros! Y estoy seguro de que tu parte mala no me hará daño…Siempre fui su punto débil…¿Recuerdas?–le sonrió a la morena
Regina suspiró, sonrió y asintió. Eso era verdad, permitió que el hijo las acompañase, mientras corrían por la calles de Storybrooke, guiadas por la intuición de Regina hacia su otra mitad.
Por otro lado, guiadas por la fuerte intuición de la Reina Regina de que estaba bien cerca de su otra mitad, ella, Clarissa y Fiona también corrían por las calles de la pequeña ciudad. Ambas partes por separado, buena y mala, se sentían la una a la otra y se guiaban para encontrarse.
Y allí, en una parte desierta de la ciudad, algo apartada del centro y más cercana al puerto, siete personas caminaban ahora más lentamente, en lados opuestos, mirándose a los ojos, las respiraciones audibles y los corazones descompasados. Todos se analizaban, se miraban profundamente, aún faltando algunos grandes pasos para estar frente a frente, cara a cara. Por un lado, acercándose desde el centro: Emma, Regina, Zelena y Henry. Del otro lado, desde el puerto: Reina Regina, Fiona y Clarissa. Todos fueron disminuyendo la velocidad de sus pasos a medida que se acercaban, analizándose más profundamente.
Al divisar a Henry, el corazón de la Reina Malvada dio un salto, pero lo disimuló y tragó en seco. Mantuvo su foco en las otras tres mujeres, sobre todo en su parte que tanto la había despreciado. Fiona mantenía la mirada fija en Emma, con una sonrisa cínica mezclada con una sed de muerte y deseo, pues no podía negar que la rubia era hermosa, y la miraba de los pies a la cabeza sin pudor alguno. Emma se dio cuenta, y seria y convencida, sustentó la mirada de su oponente en la guerra. Clarissa miraba a todas aquellas personas de aquel mundo, admirada. Le gustó a primera vista ese mundo sin magia. Pero pronto centró su atención en las personas que venían hacia ellas. Henry y Zelena estaban algo rezagados estudiándolas.
Finalmente, tras un tiempo que parecía pasa a cámara lenta, todos se encontraban frente a frente. Pasaron tiempo mirándose a los ojos, la tensión y el nerviosismo flotando en el aire y formando una nube densa e invisible de inseguridades y desconocimiento.
A un lado, la Reina Malvada dio un paso hacia delante, sonriendo de oreja a oreja. Al otro, Regina, su parte buena, hizo lo mismo, devolviéndole la sonrisa. Ambas mujeres se devoraban con la mirada, acercándose cada vez más, hasta sentir la respiración acelerada una en el rostro de la otra. Tras un tiempo así, en un silencio peligroso y mortal, la Reina Malvada lo cortó, con voz fría, helada y cortante.
–¡Regina…Finalmente nos encontramos! ¡No sabes cuánto he esperado por este momento…"alcaldesa"!–la miró de arriba abajo, pronunciando con desdén la última palabra.
–¡Regina…Una pena no poder decir lo mismo, pues para mí es un desagrado verte de nuevo…"Majestad"!–respondió Regina con el mismo tono desdeñoso de su parte malvada.
