Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Capitulo 30

—No merece recibir tus disculpas.

Rukia levantó la cabeza de golpe.

—¿Cómo lo has sabido?

—Tienes la culpabilidad incrustada en el alma. —Deslizó los dedos desde su

rostro hasta su garganta y se inclinó hasta que sus labios estuvieron separados por

apenas un centímetro—. No te postrarás ante él.

Rukia dio un respingo.

—Pero soy la razón por la que Ginjo eligió a nuestra familia. —No había

nada que pudiera cambiar eso.

—Y tu padre es la razón por la que lo que queda de tu familia sigue dividido en dos.

Para eso no tenía respuesta, porque Ichigo tenía razón. Byakuya había divido la

familia el día que la echó, el día que arrojó sus cosas sobre el césped verde del

Caserón como si fueran basura. Los vecinos de su elegante barrio habían sido

demasiado educados como para observar abiertamente, pero Rukia había notado

sus ojos vigilantes. Aunque le había dado igual. Lo único que le importaba en

aquellos momentos era que su padre había destruido lo poco que quedaba de su

relación cuando intentó doblegarla.

« Si te arrodillas y suplicas, tal vez lo reconsidere.»

—Es una herida supurante abierta entre nosotros —dijo mientras colocaba

una mano sobre el pecho de Ichigo—. Ahora sé que me odia porque fui yo quien

atrajo a Ginjo. —Al igual que Grimmjow, Ginjo era capaz de hipnotizar a los

cazadores con su esencia, aunque ese no era su único don—. ¿Grimmjow puede

rastrearme? —preguntó al sentir que, de repente, algo encajaba en su interior.

—Sí.

Ningún mortal, pensó Rukia, ningún cazador sabía eso.

—Así fue como lo hizo Ginjo. Percibió mi esencia de algún modo y puso

rumbo hacia nuestro barrio. —Ginjo no debería haber poseído la capacidad de

percibir las esencias, era demasiado joven. Sin embargo, aquel vampiro no era

normal en ningún sentido—. Sentí que se acercaba, saboreé su esencia en el

ambiente. —Había intentado convencer a su padre, le había suplicado, rogado, a

gritos al final.« —Ya basta, Rukia. —Una orden furiosa—. Hisana, creo que debes

acabar con esos cuentos de hadas.

—Pero papá...

—Eres una Kuchiki. —Una mirada de acero—. Nadie en esta familia ha

sido jamás un vulgar cazador. Tú no vas a ser la primera, y contarme esos

cuentos no te ayudará en nada.

Más tarde, su madre la había abrazado y le había dicho que hablaría con Byakuya.

—Dale tiempo, azeeztee. Tu padre fue educado para aferrarse a las

tradiciones, le cuesta mucho aceptar las nuevas ideas.

—Mamá, el monstruo...

—Tal vez los percibas, cariño. Pero ellos no hacen más que vivir su vida. —

Una cariñosa lección maternal—. Los vampiros no tienen por qué ser malvados.

En aquellos momentos, Rukia no había sabido explicarle que conocía la

diferencia, que el que se acercaba era malvado. Para cuando encontró las

palabras necesarias para explicarse, ya era demasiado tarde.»

Los días siguientes pasaron en un abrir y cerrar de ojos, ya que Rukia

consumió la mayor parte del tiempo en los entrenamientos de vuelo con Ichigo.

Durante el poco tiempo libre del que dispuso, paseó por el Refugio, escuchando y

aprendiendo. Según la información de Hisagi, tanto Anoushka como Dahariel

carecían de coartada el día que se robaron las dagas, pero no había forma de

culpar a ninguno de ellos. Lo bueno era que las dagas habían dejado de aparecer,

y que Anoushka, Dahariel y Nazarach se habían marchado a sus territorios.

Aun así, Rukia no bajó la guardia.

La vigilancia constante, sumada a un riguroso entrenamiento de vuelo, resultó

agotadora, pero Rukia recibió el cansancio de buena gana, y a que no quería

pararse a pensar en el papel que había jugado en la muerte de sus hermanas (y

al final también en la de su madre). Así pues, se concentró en la caza, en el baile

y en las visitas a Kon.

Fue mientras avanzaba por el pasillo después de una de esas visitas cuando las

cosas empezaron a ponerse feas.

—Orihime. —Abrió los ojos de par en par al ver los cuerpos esparcidos por

detrás de la arcángel. Uno de ellos era la versión angelical de un enfermero y su

cabello estaba manchado de algo pegajoso. Había una línea roja en la pared

contra la que se había desplomado.

—Cazadora. —La arcángel empezó a avanzar, ataviada con un vestido

vaporoso de color rojo que cubría sus pechos en una exuberante caricia antes de

abrirse en el muslo izquierdo, donde mostraba una esbelta porción de carne.

No se podía negar que Orihime era deslumbrante.

Pero ese día... Rukia tragó saliva. Ese vestido no era rojo. En un principio

había sido blanco. Era la sangre lo que le había dado ese tono, y algunas partes

todavía estaban tan húmedas que se le pegaban a la piel. El rostro de la arcángel

estaba limpio, pero sus uñas también tenían rastros de sangre.

Irradiaba muerte por todos los poros de su piel.

—He venido a ver al niño.

Rukia no cometió el error de pensar que Orihime le estaba dando una

explicación. No, lo que acababa de oír era una orden. Debería haber permitido

que la arcángel siguiera adelante, pero (dejando a un lado la locura que

evidenciaba su vestido) había algo extremadamente perverso en Orihime en

esos instantes, algo que no podía acercarse a un niño indefenso.

—¿Has concertado una visita? —Cerró la mano en torno a la empuñadura de

la pistola que había sacado del bolsillo lateral de sus pantalones.

Orihime le hizo un gesto con la mano, un gesto igual que el que había hecho

en una ocasión anterior. Sin embargo, esa vez Ichigo no estaba allí para

detenerla. Una línea húmeda atravesó la mejilla de Rukia, y su carne se dividió

como si la hubieran cortado con una hoja de afeitar.

—No necesito el permiso de nadie. —Una sonrisa parsimoniosa—. ¿Sabías

que existen formas de dejar cicatrices en un inmortal?

Por un segundo, a Rukia le pareció percibir algo extraño en sus ojos, un

relampagueo rojo. Sin embargo, cuando volvió a mirarla los tenía del mismo

color grises brillante que siempre.

—Es posible —dijo mientras sacaba el arma— que no hayas tenido nada que

ver con las heridas de Kon, pero el chico está bajo la protección de Ichigo. Lo

aterrorizarás si entras a verlo así.

Orihime pasó por alto ese comentario.

—¿Estás esperando a que Ichigo te rescate? —Una risotada musical—. Está

con Utahara, volando sobre el extremo más alejado del Refugio. Corre el rumor de

que se ha descubierto el cadáver de un ángel en esa zona.

—¿De veras? —Tras mandar el orgullo al infierno, Rukia envió una llamada

de socorro mental con la esperanza de que su arcángel no estuviera demasiado lejos.

¡Rafael!

Orihime se encogió de hombros.

—Voy a ver al niño. Ahora.

De pronto, Rukia se encontró aplastada contra la pared. El impacto fue tan

fuerte que se clavó los dientes en el labio inferior y se quedó aturdida. Luchó

contra las ataduras invisibles que la mantenían contra el muro de piedra mientras

intentaba aclararse la vista. La pistola cayó al suelo con un golpe sordo.

—Vaya, estás sangrando. —Orihime la besó con suavidad. Un beso macabro

lleno de malicia... y de algo más.

Almizcle y orquídeas... con un agudo matiz ácido.

El horror extendió sus alas en el interior de la cazadora. Porque esa última

nota, el sabor ácido teñido con rayos de sol, no formaba parte de la esencia de

Orihime. Le pertenecía a un arcángel que había sido ejecutado sobre

Manhattan. Aizen había estado a solas con Orihime el tiempo suficiente para

sacarle el corazón, pero la cuestión era: ¿qué había introducido en ella?

—Podría matarte ahora... —murmuró la arcángel contra su boca—, pero

creo que será mucho más divertido observarte cuando Ichigo se canse de ti. —

Otra línea roja apareció en la mejilla opuesta de Rukia, y el aroma del hierro

llenó el aire cuando las palabras de Orihime se le clavaron en el corazón—.

Entonces no serás más que un desecho, una presa fácil para cualquiera que

quiera saborear a un ángel creado. Tendremos mucho tiempo para jugar.

Un instante después, avanzaba por el pasillo en un remolino de tejido con el

color del óxido. Sus palabras reverberaban dentro del cráneo de Rukia. Sin

embargo, en esos momentos lo único que importaba era Kon. En el estado

mental en el que se encontraba (un estado que parecía carente de cordura y lleno

de un placer sádico), la arcángel podía hacerle daño.

Aterrada por lo que podría ocurrirle al niño, Rukia estaba luchando contra sus

ataduras cuando Noba e Ichimaru pasaron junto a ella a una velocidad sobrenatural.

—¡Uf! —Un grito muy poco elegante que exclamó cuando el poder que la

ataba a la pared se evaporó. Tras ponerse en pie, cogió la pistola y corrió en pos

de los otros dos... y frenó en seco a un metro escaso de la espalda de Orihime.

Noba se encontraba frente a la arcángel, con varias heridas sangrantes en el

cuerpo y en la cara. Ichimaru se estaba levantando en un rincón en el que la piedra

de la pared se había hecho añicos tras el impacto de su cuerpo. Su rostro estaba

cubierto de sangre, pero sus ojos mostraban un brillo hipnótico entre verde y

dorado: la cobra había salido a la superficie.

Orihime miraba a Noba.

—Crees que voy a hacerle daño al niño.

—Ya has utilizado la violencia en un lugar destinado a la sanación.

Rukia se quedó sin aliento al ver el resplandor tenue que emitían las alas de

Orihime.

Dios.

—Si liberas ese poder aquí —dijo, aunque sus labios comenzaban a hincharse

—, es probable que derrumbes el edificio, con lo que matarías no solo a Kon,

sino también a cualquier otro niño que hay a dentro.

Orihime se volvió para fulminar a Rukia con una mirada que era pura luz:

sin pupilas, sin iris, si rastro de cualquier cosa que pareciera humana. Aunque

claro, Orihime jamás lo había sido. Con todo, ese día la diferencia entre un ángel y

un arcángel era un fastidio, así que Rukia luchó por enfrentar su mirada a pesar de

las lágrimas que le llenaban los ojos.

Era tentador, muy tentador, disparar la pistola, pero si la bala atravesaba el

cuerpo de Orihime, podría rebotar en las paredes y romper los cristales de las

salas de los pacientes, que estaban al lado. Apartó el arma de fuego y cogió un

cuchillo sin apartar la vista del cuello de Orihime.

—No le haré daño al niño. —Era la voz de Orihime, pero tan cargada de

poder que rugía de furia, como si hubiera mil voces en una.

Rukia contuvo el impulso de retroceder, porque aunque sabía que no tenía

nada que hacer frente a esa criatura, también sabía que debía intentar distraerla

todo el tiempo posible. Hasta que llegara una ayuda más poderosa.

—Si no te tranquilizas, lo harás.

El arcángel femenino no apartó la mirada de ella, e inclinó la cabeza de una

forma escalofriantemente inhumana. Rukia tuvo la sensación de que unos dedos

toqueteaban su mente en un intento por indagar en su interior. Sintió la bilis en la

garganta, pero se mantuvo firme: el hecho de que Orihime tuviera que

esforzarse para colarse en su cabeza significaba que Ichigo la estaba

protegiendo. Y no era tan estúpida como para rechazar esa protección.

—Tan débil. —Un comentario casi carente de malicia... como si Rukia fuera

demasiado insignificante para tenerla en cuenta. Eso la asustó aún más. Porque, a

pesar de todo, Orihime siempre había sido muy humana en sus emociones.

En esos momentos, podría haber estado en un período Silente.

Orihime se volvió hacia Noba y alzó una mano. Noba se tambaleó como si

hubiera recibido un golpe, pero no retrocedió. La arcángel se echó a reír y

realizó un brusco movimiento tajante. En esa ocasión, el ángel pelirrojo, grande

y musculoso, chocó contra la pared, pero logró salvar sus alas gracias a que giró

el cuerpo para impactar de frente.

La sangre manchó el muro, pero Rukia ya estaba concentrada en Ichimaru. El

vampiro había atacado mientras Orihime estaba distraída con Noba, y había

clavado los colmillos en el cuello de la arcángel un segundo después de que el

pelirrojo chocara contra la pared. Rukia arrojó la daga en ese mismo instante.

Se clavó al otro lado del cuello de Orihime.

Con un grito de rabia, la arcángel se libró de Ichimaru y lo lanzó por los aires

con tanta fuerza que el vampiro terminó inmóvil y retorcido en el otro extremo

del pasillo. Luego alzó la mano para sacarse el cuchillo del cuello, como si no

fuera más que un mondadientes. Rukia pudo apreciar cómo se cerraban las

arterias delante de sus ojos. La daga chocó contra el suelo con un ruido metálico

mientras Orihime alzaba un dedo para señalarla.

—¿Qué miembro te gustaría perder primero?

.

Rukia supo que no tenía ninguna oportunidad de detener a Orihime, y a que

dos inmortales mucho mayores habían fallado en el intento. La arcángel le

aplastaría el corazón antes de que llegara a tocar el arma, así que lo de apretar el

gatillo era pura ilusión.

¿Dónde estás, Ichigo?

El mar inundó su mente en una violenta tormenta.

Estoy de camino. Haz que se calme. Si libera su poder, destruirá todo el Refugio.

Rukia tomó una decisión instantánea y se limpió la boca con el dorso de la

mano, y a que los cortes de los labios no habían dejado de sangrar.

—Te llevaré con Kon.

La arcángel aguardó.

Aunque se le había erizado el vello de la nuca a modo de primitiva

advertencia, Rukia echó a andar. Oyó el susurro del vestido de Orihime, lo que

indicaba que la arcángel la seguía.

Noba e Ichimaru yacen en el suelo.

Los ojos del pelirrojo se habían abierto unos instantes en los últimos segundos,

pero Ichimaru estaba mal, muy mal.

Creo que le ha roto la columna vertebral, tal vez el cuello.

Y un vampiro podía morir de una fractura de cuello si tenía, además, otros

daños importantes.

Todavía no está muerto.

Con el corazón en un puño, Rukia se detuvo frente al cristal que delimitaba la

habitación de Kon. El niño estaba profundamente dormido. Con el rabillo del ojo

vio que Keir se acercaba e intentó advertirle con un gesto frenético de la mano,

pero el sanador sacudió la cabeza.

—Kon está descansando —dijo con un tono calmo, como si no hubiera una

arcángel a punto de sufrir una reacción nuclear a su lado—. La curación

progresa muy bien.

—¿No le quedarán cicatrices?

Rukia encontró la pregunta de Orihime de lo más peculiar, pero solo hasta

que comprendió que la arcángel no se refería a las heridas superficiales del niño.

—No, no habrá ningún daño permanente. —Keir apoyó una mano sobre el

brazo de Orihime, haciendo frente al resplandor que emanaba de su piel—.

Crecerá con normalidad.

Rukia vio que Orihime apoyaba la mano sobre el cristal.

—Es tan frágil... —El brillo de su piel empezó a atenuarse muy despacio—.

Tan vulnerable...

—Los niños siempre lo son —dijo Keir con tono amable. Sus ojos parecían

demasiado ancianos para su joven rostro—. Es un riesgo que todos debemos aceptar.

—Demasiado —susurró Orihime—. Es demasiado riesgo.

La imagen se grabó en la mente de Rukia: una arcángel de belleza imposible,

ataviada con un vestido cubierto de sangre, con la mano apoyada sobre el cristal

y los dedos temblorosos a causa de las desgarradoras emociones que la

embargaban. Rukia sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo habría sido Orihime si

no hubiera perdido a su hijo? ¿Ese egoísmo que teñía todos sus actos se habría

transformado en algo mejor? ¿O habría sido otra Sei Fung y habría convertido a su

hijo en su venenoso reflejo?

—Es mejor romperles el cuello en cuanto nacen.

Rukia sacó la pistola. Si Orihime realizaba el más mínimo movimiento,

vaciaría el cargador sobre sus alas antes de que pudiera girarse y utilizar sus

poderes para desarmarla. Porque si debía elegir entre la posibilidad de un rebote

y la muerte segura de Kon, se arriesgaría a los rebotes.

—¿No lo crees? —le preguntó la arcángel a Keir, que parecía absorto en sus

propios pensamientos.

—Nosotros no matamos a nuestros hijos.

Silencio. Cuando Orihime se apartó del cristal, su rostro era el que Rukia

había visto siempre: un rostro perfecto y carente de clemencia. Tras despedirse

de Keir con una inclinación de cabeza, la arcángel empezó a alejarse por el

pasillo, con sus alas broncíneas y su vestido de seda blanco teñido de rojo oscuro.

Su belleza dejaba un eco difícil de borrar.

Rukia dejó escapar un suspiro trémulo. Se había ido.

Lleva a Keir hasta Ichimaru.

La cazadora ya se dirigía hacia allí, con Keir a su lado. Cuando llegaron,

encontraron a Noba, cuyo rostro era un amasijo de sangre y piel desgarrada,

arrodillado junto al vampiro.

—Está muy malherido. Tiene la columna fracturada, el cráneo roto y los

pulmones colapsados. Y creo que una de las costillas rotas le ha atravesado el

corazón.

—Mordió a Orihime —dijo Rukia, que no estaba segura de si eso era importante.

—En ese caso, es probable que haya descargado todo el veneno de sus

colmillos. —Keir empezó a deslizar sus dedos, suaves como plumas, sobre el

cuerpo de Ichimaru—. Eso hará que sea más fácil de manejar.

—¿Sus toxinas pueden hacer daño a un ángel?

—No a largo plazo —respondió Noba—, pero sí que producen un inmenso dolor.

—Se está muriendo. —Tras sentarse sobre los talones con el rostro pálido y

una expresión tensa, Keir inclinó la cabeza hacia Noba—. ¿Te importaría llevarlo

hasta la sala de tratamientos? Noba metió los brazos bajo el cuerpo destrozado de Ichimaru.

Rukia contuvo un gesto negativo nacido de la sabiduría mortal que decía que una víctima con la

médula dañada no debía moverse. Era evidente que Keir sabía mucho más sobre

el tratamiento de esas heridas de lo que ella sabría jamás. Mientras caminaban

hacia la sala, percibió las esencias del mar y del viento, que llenaron su mente. El

alivio fue como la coz de un caballo.

—Ichigo está aquí.

Pero ¿podría un arcángel salvar a un vampiro tan malherido? ¿Qué ocurriría

si Ichigo perdía a uno de sus Siete?