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Capítulo 57

EL día del cumpleaños de Candy lo había pasado pésimamente mal, pero sabía que el del primer aniversario de casados lo pasaría peor. Ésa sería una dura prueba que no estaba seguro de poder superar.

Para no enloquecer se entregó de lleno a la tarea de reunir las muestras de sangre de su familia y enviárselas a la doctora Brower a Canadá. Lo que aún no había podido conseguir era la orden judicial para exhumar los restos de su tío y de sus abuelos, pero su padre se estaba encargando de todo; incluso de citar a Pauna para que le extrajeran la muestra en el laboratorio, porque él no quería tener ningún trato con su madre.

Aun con tanto trajín, no podía dejar de pensar en Candy. Al final, decidió montar guardia en la puerta de la academia de baile y en la de la casa de Betzabé, pero sólo logró ver a ésta y a su novio. De Candy ni rastro.

«Está con amigos», le había indicado su cuñado. De sólo pensarlo, se ponía lívido de rabia. Su mujer no tenía amigos. La sentía suya, muy suya a pesar de su rechazo, y jamás iba a aceptar de buen grado que alguien se acercara a ella. «Debía estar loco cuando decidí dejarla libre para que cumpliese su sueño de ser madre sin limitaciones», pensó. Ya no lo veía así en absoluto y no entendía por qué había tenido una reacción tan extrema. Ahora sólo le restaba esperar a que ella regresara de dondequiera que estuviese.

Se propuso esperar hasta el día de su aniversario; si no lograba saber nada de ella, ese mismo día contrataría un detective privado para encontrarla. Y cuando lo hiciera, la iría a buscar y la traería consigo como fuese.

No sabía qué iba a hacer para aguantar hasta el 8 de noviembre. Un año atrás había sido uno de los días más felices de su vida, y ahora... Lo torturaba la idea de que Candy estuviese con otro. Era tan bella y tan sensual... Y tan sexual, también. Nadie más que él sabía lo mucho que a su esposa le gustaba el sexo. En ese sentido, era la esposa perfecta; incansable y creativa en el lecho, y siempre dispuesta. «¡Oh, allí vamos de nuevo», pensó cuando sintió que su excitación crecía al recordarla desnuda y provocativa, tendiéndole los brazos.

Hacía mucho tiempo que no la tenía y se le estaba haciendo muy difícil la abstinencia. De hecho, había tenido que autosatisfacerse en más de una ocasión, apremiado por el deseo. Pero eso le proporcionaba un alivio momentáneo que no se comparaba en absoluto con lo que experimentaba cuando estaban juntos y pasaban la noche entera follando en distintas posiciones hasta caer extenuados.

Habría dado cualquier cosa por volver el tiempo atrás y revivir esos momentos, pero sabía que le estaba vedado. Se preguntó si de veras lograría ver a Candy el día de su aniversario.

En ningún caso, podría haberse imaginado que así sería, y mucho menos haber sospechado las dramáticas circunstancias que propiciarían ese encuentro.

A ella le pasaba algo similar. Al principio la tristeza y la rabia habían aplacado su libido siempre activa. Pero luego, a medida que el tiempo pasaba, el deseo se hacía cada vez más presente, sobre todo por las noches, y no la dejaba en paz. En ocasiones, no podía resistirse, se entregaba a sus fantasías y se dejaba ir mientras en sus labios se formaba sólo una palabra: «Albert».

Todo su erotismo estaba ligado a él.

Lo peor de todo era que se acercaba la fecha de su aniversario y no sabía cómo iba a sobrevivir a ese día sin sus besos. Tenía que ser fuerte; si claudicaba ahora, todo el sufrimiento que había amargado sus días sería en vano.

«Pasaré el ocho de noviembre en esta cabaña, e intentaré no pensar, intentaré no sufrir», se dijo aun sabiendo que eso era imposible. Su primer aniversario de casada sin su esposo sería un largo y tortuoso día. Ni por asomo se imaginaba cuánto.

Esa mañana, se despertó especialmente angustiada, pero al mediodía todo se puso peor, porque recibió una llamada que puso su vida de cabeza.

Era Candida.

—Hola, abuela.

—Candy..., yo..., ¿sabes?, no me encuentro muy bien.

—¿Qué? ¿Qué te pasa? —preguntó, poniéndose de pie de un salto.

—No lo sé.

La voz de Candida sonaba extraña y vacilante, y Candy supo que esa vez no fingía.

—¡Abuela! Dime qué te pasa, por favor.

—No sé. Me siento mal, Candicita —contestó después de una pausa.

¡Mierda! La había llamado «Candicita» y no la llamaba así desde hacía... No podía recordar cuánto tiempo, pero era pequeña la última vez que lo había oído.

—¿Estás sola? —le preguntó, tragando saliva.

—Eso creo...

—¿Eso crees? ¿Has llamado al médico, abuela? ¡Respóndeme!—gritó, luchando para no entrar en pánico, pero lo cierto era que estaba aterrada.

—No lo recuerdo... No sé. Creo que lo he llamado, pero... A alguien he llamado, pero no tengo ni idea de... ¡Oh!, ¿qué me pasa, querida?

—Abuela, voy para allí. Cálmate y escúchame. Voy a tardar una hora, pero te enviaré un médico. ¿Entiendes? Quiero que vayas a la puerta y quites el pasador. Hazlo, por favor.

—Sí..., ya lo hago. ¡Oh, qué horrible...!

—¿Lo has hecho, abuela? ¿Has quitado la traba de la puerta?

—No lo sé...

—Concéntrate, Candida. Si lo has hecho, siéntate en el sofá ahora. ¿Me has oído? —le dijo mientras aferraba el móvil como si le fuese la vida en ello.

Pero sólo oyó estática al otro lado de la línea.

—...

—¿Abuela? —susurró con voz débil.

—...

—¡Oh, Dios mío! —exclamó mientras la desesperación se apoderaba de ella.

De pronto, oyó ruidos. Más y más ruidos. Y voces... Tenía la garganta seca y le latían las sienes.

—¿Diga?

No podía creerlo. Albert. Era la voz de Albert.

—Sí, sí, Albert. Soy yo. ¿Qué está pasando? ¿Qué le pasa a Candida?

—Tranquila, la están atendiendo ahora.

—Pero ¿qué tiene, Albert? ¿Qué le están haciendo?

—Ella está bien. ¿Dónde estás tú?

—En Araminda, pero voy a salir para ahí de inmediato.

—¿En Araminda? ¿Estás en la cabaña que alquilamos el verano pasado?

—No, pero estoy cerca. Ahora mismo recojo mis cosas y...

—Quédate donde estás. Enviaré a Charlie por ti.

—No, ¡no puedo esperarlo, Albert! Candida me necesita.

—¿Y qué harás? ¿Tienes algún vehículo? Estoy seguro de que no. Y estás en un lugar que tiene sólo dos frecuencias diarias de autobús. No discutas; volverás con Charlie.

—Pero tardará una hora en llegar. No, mejor iré hasta la carretera y...

—Escúchame bien. No te atrevas a hacer autoestop, Candy. Sé que lo estás considerando, pero ni lo pienses. Ahora tengo que irme. Llámame en una hora. Quizá entonces ya estaremos en la clínica y...

—¿En la clínica? ¿Se la llevan? Pero entonces es algo serio... Albert, por favor, no me mientas. Dime qué está pasando —le imploró.

—Ella está bien —volvió a decir él—. Ya nos vamos. Y Charlie ya ha salido para ir a buscarte. Llámame en una hora como te he dicho.

Y luego colgó.

Candy estaba desolada. Como una autómata reunió sus cosas y entregó las llaves en la inmobiliaria. Luego, se sentó sobre su bolsa a esperar a Charlie en la avenida principal del pueblo, y desde allí, llamó a Albert.

—Soy yo. ¿Cómo está, Albert?

—Aún no han salido a dar el informe, Candy. ¿Charlie ya está contigo?

—No... Espera... Sí, ¡ahí viene! —exclamó, poniéndose de pie.

—Mejor así. Pronto estarás con Candida. Le irá muy bien verte.

«Y a mí también, mi princesa. Yo sí que me muero por verte», pensó.

—¡Oh, dime la verdad, Albert. ¿Crees que es grave? —preguntó ella, intentando contener el temblor de sus manos mientras subía al coche.

—No lo sé. Ahora que tengo tu nuevo número podré llamarte si tengo novedades. Hasta luego. —Y sin decir más, colgó.

Pero Albert no la llamó, y tampoco respondió a los llamadas de ella. Se había quedado sin batería en el móvil.

Una hora después, Candy entraba corriendo en la clínica.

—Enfermera, por favor. Acaban de ingresar a mi abuela, Candida de Simons. ¿Puede decirme dónde está? —dijo, jadeante.

—Candy.

La voz de Albert a sus espaldas le causó un increíble y demoledor efecto. Se volvió lentamente, pues sentía débiles las piernas.

—Albert...

Él se acercó y besó su mejilla muy cerca del oído, mientras le susurraba:

—Tranquila. Está mejor.

Candy suspiró, aliviada, y alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿De veras? ¿Puedo verla?

—Aún no. Candy, ha tenido un ACV, un accidente cerebrovascular.

—¿Qué? —preguntó al borde del colapso.

Sabía lo que era, y también lo peligroso que podía resultar.

—Leve, pero lo ha tenido. Han logrado compensarla y evitar daños mayores.

Candy movía la cabeza. No podía creerlo. Nunca había visto a Candida realmente enferma. Estaba acostumbrada a su hipocondría, y ya no le prestaba atención a sus achaques, pero jamás se le había cruzado por la mente algo así.

De pronto, se dio cuenta de cuánto la amaba, y la necesitaba, y se echó a llorar como una niña.

Albert apretó los puños. No sabía qué hacer. ¿Abrazarla? ¿Tomarle la mano? Su corazón no resistiría otro rechazo, así que sólo le alcanzó su pañuelo. Le dolía en el alma verla tan triste y se moría por consolarla con su amor, pero se contuvo.

—Me he tomado la libertad de avisar a tu hermano, y estará contigo en unas horas.

Ella lo miró, agradecida. Deseaba preguntarle por qué fue él el que llegó a auxiliar a su abuela en el momento oportuno, pero no lo hizo. Simplemente dijo:

—Gracias.

Se quedaron uno frente al otro, sin decirse nada, hasta que un médico los interrumpió.

—Señor Ardley.

—Doctor... Ella es mi... Es Candy, la nieta de la señora Candida de Simons.

—Mucho gusto. Su abuela está fuera de peligro, pero deberá quedarse por lo menos hasta mañana para que podamos comprobar que evoluciona bien. Y también le haremos muchas pruebas para saber qué medicación preventiva debe tomar.

—Doctor, se lo agradezco mucho. ¿Puedo verla ahora?

—Adelante.

Candy no se lo hizo repetir. En cuanto el médico la autorizó, corrió a la habitación donde tenían a su abuela.

—Hola, abuela.

—Querida..., estás aquí.

—¿Dónde si no? ¡Oh, abuela!, me has dado un susto de muerte. ¿Cómo te sientes ahora?

—Me siento muy bien. En serio, es como si hubiese bebido un rico licor. Tengo una mona horrorosa, querida.

Candy rio.

—¿Recuerdas algo de lo que te ha pasado?

—Todo. Me he sentido mareada y que se me entumecía la lengua. Estaba sola, y Mery Jane no respondía a mi llamada. De pronto, me he dado cuenta de que no veía nada con mi ojo izquierdo y me he asustado de veras. ¿Y qué podía hacer? No recordaba el teléfono de urgencias. El único número que me ha venido a la mente ha sido el de tu marido.

Candy pestañeó y tragó saliva. Esas dos palabras, «tu marido», le habían golpeado en la boca del estómago.

—Has hecho bien, abuela. Y luego me has llamado a mí.

—Eso no lo recuerdo.

—No importa. Mira, ha dicho el médico que tienes que descansar y, si todo va bien, mañana nos vamos. Así que ahora mismo cierras tus ojos y le haces caso, ¿de acuerdo?

Candida asintió.

—Querida, tienes que darle las gracias a Albert por haberme salvado. Me ha tomado de la mano en la ambulancia y no la ha soltado hasta que hemos llegado aquí.

—Lo haré. Lo prometo.

—Y Candy...

—Dime.

—Feliz aniversario, mi amor.

Ella no supo qué decir. Para haber experimentado hacía unas horas un accidente cerebrovascular su abuela se parecía extremadamente lúcida con las fechas. Se limitó a besarle la frente y salir de la habitación.

Cuando salió, se encontró con los rostros preocupados de su tía Mery Jane y de su prima Anny, pero no había ni rastro de Albert.

—Albert se ha marchado, cielo. Nos ha dicho que si necesitabas algo que lo llamaras. ¿Cómo está Candida? —preguntó su tia, ansiosa.

Candy suspiró. Ni siquiera se había quedado para... No sabía para qué. Era su aniversario, pero él no lo había mencionado, y a decir verdad, ella tampoco. No sabía si era por el mal momento que habían pasado con Candida o simplemente porque Albert no se había acordado de que un año atrás se habían jurado amor eterno en una boda de ensueño.

La brecha que se había abierto entre ellos continuaba intacta.

CONTINUARA