Paciente: Matthew Bonnefoy

Fallecido tras operación.

Nota: Trasplante de córnea tras su decisión para la donación de órganos.

Donación de órganos... el mismo día en el que había recibido su trasplante de córnea, el día en el que había fallecido. No podía ser... eso debía ser una broma.

—Lo siento mucho, dear— el toque de una mano sobre la suya le hizo salir del enredo que su mente había creado. Sus ojos subieron a ver a los de la mujer frente a él y entonces recordó porque estaba allí. —No se puede revelar información sobre el donante y el beneficiario. La misma regla se aplica al beneficiario, aunque quiera saber. —intentó explicar con una mirada comprensiva y apologética al hombre que se encontraba frente suyo. Arthur asintió con la mirada gacha. ¿Por qué tenían que existir esas malditas reglas?

Sin más, salió de la oficina a paso lento, sin ver verdaderamente a donde sus pies lo estaban llevando. Su mente estaba en otro lado, le era imposible concentrarse, distraerse de los recuerdos que pasaban como un disco roto por su memoria. El día en el que abrió sus ojos por primera vez, el día en que se enteró de la muerte de Matthew...

— ¡Oh, Arthur! ¿Qué te trae por aquí? —subió a ver extrañado al escuchar su nombre ser llamado, encontrando frente suyo a alguien muy conocido. Un hombre de ya unos sesenta y cinco años, cabellos rubios y ojos miel, el mejor amigo de su padre, la persona que al verlo lo trataba como a un nieto, alguien más de su familia.

—Doctor Smith— lo nombró en forma de saludo—Solo quería preguntar sobre unos archivos, un expediente de hace dieciséis— explicó sabiendo que, en ese momento, solo él podía ayudarlo a obtener lo que quería. Y no se equivocó cuando diez minutos después el hombre regresó de lo que pudo reconocer como el centro de informes médicos, llevando en sus manos lo que supuso era lo que le había pedido y una sonrisa triunfante en su rostro.

—Esta es la información que ha recibido el centro de trasplantes. — le entregó un sobre de plástico lleno de varios documentos técnicos, pero lo que tenía valor para Arthur era la primera hoja, tan solo el lugar donde se encontraba la información del donante y el beneficiario. El tan solo tener esos documentos entre sus manos hacían que su garganta se cerrara y su corazón comenzara a palpitar acelerado. —Mucho tiempo ha pasado, y me imagino que quieres saberlo con un buen corazón. Después de todo, eres como tu madre— sonrió el mayor, revolviendo su cabello en un gesto fraternal que siempre solía hacer desde que era un niño.

—Muchas gracias doctor— un pequeño suspiro salió del oji-miel al escuchar la formalidad con la que le trataba, pero no había nada que pudiera hacer, Arthur era así desde niño.

—De nada, querido. Me retiro— se despidió con una sonrisa antes de dejarlo solo. El inglés soltó todo el aire que sin darse cuenta había estado conteniendo y en ese momento comenzó a zafar el hilo que mantenía al sobre cerrado. No podía esperar más, la angustia lo estaba matando, debía saber quién había sido su donante, y rogaba que sus sospechas fueran erróneas, que el nombre de la persona que estaba allí no sea el que temía, porque sabía que, de ser así, no podría soportarlo.

Tomando una última bocanada de aire, saco la primera hoja del sobre, y leyó la información.

"Información de donante: Matthew Bonnefoy. Información de beneficiario: Arthur Kirkland"

•••

"La persona que intenta llamar no se encuentra disponible, por favor deje un mensaje después del tono..."

Agh, como odiaba el sonido de la contestadora automática. Una vez más miro su celular, con frustración. Había perdido la cuenta de las llamadas que había hecho, pero estaba seguro de que el número fácilmente superaba las veinte, todas sin respuesta alguna.

—Arthie…— guardó el celular en su pantalón con un suspiro rendido. Recogió sus cosas y salió de la estación, su turno había terminado media hora atrás, pero no hubo señal alguna de su prometido en toda la mañana —Supongo que es tu día libre, pero ¿Cómo no puedes llamarme ni una vez? Tampoco contestas mis mensajes... ¿Te estas vengando de mí? — En ese momento maldecía las veces en las que le había hecho lo mismo a Arthur. Pero... si no contestaba, algo malo debía haber sucedido.

—Francis...— el alma se le salió del cuerpo cuando escuchó esa voz llamándolo. Enseguida sus ojos subieron a la delgada figura frente a él, la persona que había estado buscando todo el día. En ese momento todas las palabras que quería decirle murieron en su garganta y la preocupación lo invadió. El hombre frente a él se veía... mal. Sus ojos estaban apagados, su rostro pálido y enfermizo. Quiso acercarse, preguntar que le pasaba, pero antes de que pudiera decir algo más esa voz, apenas audible, lo interrumpió

—Acompáñame a un lugar...

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Conocía esas calles. El lugar para el que estaba yendo lo había visitado tantas veces que ya conocía el camino como la palma de su mano. Pero Arthur... ¿porque lo estaba llevando allá?

Una mirada al rostro del británico le hizo guardar silencio y continuar tras el sin preguntar el motivo. Sus ojos se mostraban inquietos y había un remolino de emociones en ellos.

—Francis— esa voz calmada lo sacó de sus pensamientos, deteniéndolo en seco frente a esa lápida que llevaba marcada en ella el nombre de Matthew Bonnefoy. ¿Que estaban haciendo ahí? Regresó a ver a Arthur en una señal de que lo estaba escuchando, sus ojos rápidamente buscando cualquier señal que le indicara el motivo de su prometido de llevarle a ese lugar. Pero lo único que encontró ahí le aterraba. No... no podía ser eso... —Quien me dio sus ojos... fue Matthew ¿verdad?

—Arthur…— ¿Por qué? ¿Cómo? Rápidamente un malestar se implantó en su pecho y quiso acercarse, envolverlo en sus brazos, pero ¿Qué tanto sabía? ¿Cómo se había enterado?

El menor bajo su mirada a la tumba frente a él, sus ojos fijos en los violáceos de ese chico que había dejado una huella tan grande en su vida que dolía... Enterarse de la verdad dolía. El ver esos ojos, tan llenos de brillo y ahora... el sentir su pupila desorbitarse, el piso bajo el volverse borroso, su vista nublarse por milésimas de segundo. No podía con esa culpa.

"—Arthur... puedes llorar... dijo notando como el británico suprimía sus sentimientos. las personas lloran cuando están tristes o enojadas...es por eso que existen los abrazos de madre acarició su mejilla de manera maternal, recordando como sabia consolar a Francis o a Clarie cuando lloraban.

En realidad...todo lo que dije era mentira— susurro Arthur con la voz quebrada —Que estoy bien...que no tenía muchas esperanzas...era todo mentira. De verdad deseaba que esta vez fuera de verdad.

Lo sé...por supuesto que lo querías— en ese momento un par de brazos lo envolvieron y la calidez en ellos hizo que sus ojos se volvieran más acuosos.

Yo quería poder ver a Matthew, a Clarie y a Francis...de verdad quería poder ver— las lágrimas comenzaron a caer de sus mejillas sin darse cuenta y un ligero temblor recorría su cuerpo.

Podrás ver...yo sé que algún día podrás ver. Confía en mi ¿sí? — sonrió intentando consolarlo. —Cuando puedas ver ¿sabes que es lo primero que quiero mostrarte? —Arthur negó con la cabeza— A ti. No sabes lo lindo que eres. ¿Verdad? —rio ligeramente— Aunque no recuperes la vista, eso no cambia el hecho de que eres un chico muy lindo, y que a tu alrededor tienes personas que te aman de verdad— susurró atrayéndolo más a su cuerpo, sus manos paseándose por esos cabellos lisos de manera delicada— por eso no debes estar triste ¿sí? sintió finalmente como Arthur comenzaba a sollozar en su hombro... por fin estaba dejando salir todos esos sentimientos acumulados"

Las palabras, los pensamientos que había tenido ese día comenzaron a taladrar su mente como miles de cuchillos. Ese mensaje que le había dejado a Francis antes de entrar a la sala de operación, ahora se daba cuenta de lo cruel y egoísta que había sido. Era un monstruo... por desear todo eso era un monstruo.

"En realidad, Francis... Estoy un poco nervioso. Hoy, puede que alguien me de sus ojos... y como ves, debo esperar la confirmación. Si voy a conseguir lo que quiero... alguien tiene que perder su vida. Eso significa que debo desear que alguien muera.

En verdad, me odio a mí mismo por anticiparme, pero Francis...al menos tu...incluso aunque yo sea este tipo de persona, no me odies. Eso sería un millón de veces peor que nunca volver a ver"

Él había deseado la muerte de alguien, se había sentido tan feliz cuando la noticia de la muerte de esa persona se confirmó, y.… esa persona era Matthew.

—Fue Matthew. Todo este tiempo fue Matthew— su voz se quebró sin poder evitarlo, y una vez más su vista empezó a nublarse, pero de una manera completamente distinta. Esa sensación la conocía muy bien. Su garganta cerrándose y el ardor en sus ojos. Esa voz en su memoria, esas manos envolviendo su cuerpo con cariño cuando más lo necesitaba. Y ahora el amargo recordatorio de que esa persona ya no estaba, él ya no estaba. —No lo sabía, no sabía nada. No sabía que eras tú Matthew— en ese momento los sollozos comenzaron a salir libres de su garganta. Sus ojos verdes fijos en los violáceos del retrato frente a él, ese chico tan joven, lleno de vida, que ahora era tan solo un recuerdo amargo. —Estaba tan feliz de lo que había pasado. Yo estaba feliz...— había estado tan feliz de la muerte de esa persona, había deseado la muerte de esa persona con todo su corazón. Era un monstruo por pensar así, por haber tomado la vida de alguien más, de Matthew... de una de las personas que más había amado en su vida. Él era el culpable.

—Arthie, no te culpes por eso— se acercó para envolverlo entre sus brazos. No podía soportar seguir viendo como la persona que amaba se desmoronaba frente a él, como la amargura y el arrepentimiento estaba en cada pequeña lágrima que el británico derramaba. —Eso era algo que Matthew quería, fue su último deseo, lo que lo hizo feliz al final— susurró apretándolo contra su pecho, acariciando su cabello con suavidad, en un intento de calmar su llanto. Arthur se aferró a su espalda, incapaz de parar las lágrimas y sollozos que salían de su cuerpo.

— ¿Por qué no me dijiste nada de esto? ¿Por qué? —reclamó casi a gritos, golpeando su pecho con los puños apretados. Francis lo tomó de las muñecas y volvió a envolverlo entre sus brazos como a un infante, suavizando su voz antes de hablar.

—Tenía miedo de que te comportaras de esta manera... Matthew me dijo que no te dijera— explicó soltando un pequeño suspiro antes de tomarlo de los hombros y separarlo tan solo lo necesario para poder unir sus ojos con los del menor, irritados y llenos de lágrimas que no paraban de caer. —Si te dabas cuenta te sentirías mal, incluso si pudieras ver de nuevo. Por eso el me pidió que nunca te lo dijera, quería que seas feliz, Arthur— su voz era suave, sus brazos envolvían a ese pequeño hombre como si su vida dependiera de ello. No soportaba verlo así, el escuchar su llanto, sentir esas lágrimas mojar su abrigo lo estaba rompiendo por dentro. —No llores... ya no llores, cher. Si no te detienes Matthew se enojará, así que, no llores más— Subió su mirada al cielo en busca de su hermano, de esa persona que había dejado una huella gigantesca en la vida de ambos.

"Matthew... ayúdame a protegerlo, por favor. Ayúdame a proteger a Arthur"

•••

— ¿Cómo puedes verme? — esa pregunta lo hizo detenerse en seco. Extrañado volteó a ver a su prometido, sintiendo como este deshacía el agarre de sus manos y agachaba su cabeza al suelo a pocos metros de su casa. — ¿Estuviste bien, incluso cuando lo sabías todo? — Arthur subió a ver esos ojos azules en busca de la verdad. No quería que Francis le mintiera, que le dijera que eso no le afectaba solo por no dañarlo. Quería la verdad, necesitaba saber la verdad.

—La primera vez que me viste cuando regresé, sentí que estaba en un sueño— admitió encogiéndose de hombros. Sus ojos dejaron los del menor por breves segundos para subir a ver al cielo donde tenía la certeza de que su hermano lo estaba escuchando. Su mano buscó la de su prometido, entrelazándola una vez más antes de continuar con una cálida nostalgia en su rostro. —El verte sonreír, que pudieras ver todo a tu alrededor, me hizo feliz. Y el ver a Matthew en ti, sentir que él está cuidándote siempre, me hace amarte aún más, porque sé que eso significa que fuiste la persona más valiosa para mi hermano, y también lo eres para mí. — Arthur subió su mirada cuando sintió esa cálida mano acariciando su mejilla. Esos ojos lo miraban con tanta adoración que era doloroso. Lo que más dolía era que podía sentir la sinceridad en esas palabras. El que Francis no lo culpara de nada, que pudiera seguir amándolo aun cuando cada vez que veía sus ojos el recuerdo de Matthew, el día de su muerte, volvía a repetirse una y otra vez.

—Francis— su voz salió rasposa cuando sintió la frente del otro sobre la suya, el cálido aliento del mayor fusionándose con el suyo.

—No estés triste y no lo lamentes. Puedes ver las flores, las estrellas, ver mi rostro nuevamente y sonreír. —terminó con un tono juguetón en sus palabras que hizo que el inglés soltara una pequeña risa sin poder evitarlo. Arthur rodó los ojos y murmuró un pequeño "nunca cambias" que los hizo reír, aliviando la tensión del ambiente. —Eso era lo que Matthew quería. Así que sonríe. Sonreír es suficiente— apretó un poco el agarre de sus manos, subiendo su mano libre a acariciar ese cabello que tanto amaba. Sabía que esa era una noticia difícil de digerir, pero por eso debía apoyarlo, debía estar a su lado y ayudarlo a superar esa verdad. —Dijiste que pensabas en hacer todo lo mejor de tu vida para agradecerle a esa persona. Se feliz... solo así Matthew podrá descansar en paz en el cielo ¿De acuerdo? — lo separó de los hombros para poder mirarlo en busca de una respuesta. Arthur agachó su mirada al suelo antes de asentir. Sabía que iba a ser difícil. Gosh, ni siquiera podía deshacer el nudo de su garganta, pero... debía hacerlo. Por Francis, por Matthew y por Clarie, debía hacerlo por ellos.

•••

— ¿Arthur? — llamo al entrar a casa. Las luces estaban apagadas y no había rastro de su hermano por ningún lado. Ya era tarde, él ya debería haber llegado. Tenía un mal presentimiento. Su hermano estaba allí, podía sentirlo. Con un extraño palpitar en su corazón comenzó a subir las escaleras al segundo piso, siguiendo su instinto hasta la última puerta al final del pasillo.

Eso... era extraño, estaba cerrada. Arthur jamás cerraba la puerta, a menos que estuviese enojado o triste. Con un poco de cautela entro a la habitación, notándola completamente oscura a excepción de la luz de la luna que se colaba por las puertas abiertas del balcón, dejando ver la tan conocida y delgada figura de su hermanito allí.

—Arthur ¿qué sucede? — se acercó extrañado, su hermano casi nunca salía al balcón, a menos que estuviese fumando, y sus sospechas se confirmaron cuando al acercarse el tan conocido olor de la nicotina invadió sus fosas nasales.

—Scott...—cuando esos ojos verdes, idénticos a los suyos subieron a mirarlo, supo que algo andaba mal. Pese a que el contacto duró por breves segundos pudo notar lo irritados que estaban, y eso solo podía significar una cosa.

— ¿Estabas llorando? —la preocupación era latente en su voz, especialmente cuando notó varias colillas de cigarrillos consumidos en la baldosa. Arthur solo fumaba cuando algo de verdad grave sucedía o lo perturbaba, cuando el dolor y la ansiedad era tanta que ni siquiera el alcohol podía calmarla.

—Quien me dio sus ojos... era Matthew— ¿Cuándo...? No, ¿Cómo...? —E-era Matthew, el hermano de Francis...— en ese momento sintió pánico, terror recorriendo sus venas. Sus ojos verdes miraban atónitos al inglés. No era posible, él no podía haberse enterado, no debía. No debía... Arthur no debía conocer la verdad, pero ahora... —No lo sabias ¿verdad? — escucho como soltaba una risa amarga y su vista regresaba al cielo, apagando el cigarrillo ya desgastado y sacando uno nuevo, como si en ese momento su cuerpo dependiera de la nicotina, de la sensación de entumecimiento de sus sistema nervioso.

— ¿Cómo te enteraste? —quería saberlo... necesitaba saberlo, porque si Arthur se había enterado sobre eso, no sabía sobre que más podía saber, que tanto había descubierto, quien se lo había dicho, y ¿Por qué? ¿Por qué justo ahora que las cosas habían estado yendo tan bien?

—Me enteré de que Matthew donó sus ojos. Me parecía un poco raro, así que investigué — explico lo mejor que pudo sin que su voz se quebrara, pero... no pudo evitarlo. Era como volver a abrir las heridas del pasado, y dolía.

—Arthur... ¿estás bien? — sabía que no lo estaba, maldición. Pero en ese momento no sabía que más hacer.

—No estoy bien... no puedo estar bien— en ese momento se sintió el peor hijo de puta del mundo, cuando escucho como la voz de su hermano se rompía por completo, como su mano que sostenía el cigarrillo comenzaba a temblar y las lágrimas comenzaban a resbalar, porque, todo eso era su culpa. Él había sido el causante de todo, por su culpa la persona que más amaba, que quería proteger con su vida, había salido herida. —Es tan absurdo y extraño. El que haya sido Matthew y no nadie más... no puedo sentir gratitud. Me siento tan triste, arrepentido y culpable, Scott— en ese momento pudo ver como su hermano se destrozaba frente a sus ojos, como ese hombre que siempre intentaba mantenerse fuerte, que odiaba que lo vieran llorar, rompía en sollozos frente a él. Y dolía, era el peor castigo que podía recibir. —Pero Francis dijo que estaba feliz... dijo que agradecía el poder ver a Matthew en mí. El último deseo de su hermano fue el que pudiera a la gente que amo. Pero si sigo triste y lamentándolo Matthew se enojará.

—Hey, está bien llorar...— susurro abrazándolo contra su pecho, acariciando su cabello suavemente como cuando eran niños. Arthur se dejó hacer sin oponer resistencia alguna, al contrario, correspondió el abrazo y hundió su rostro en el hombro de su hermano, dejando salir todo lo que había estado conteniendo, mojando la camisa del escocés, pero en ese momento eso era lo que menos le importaba. —Está bien... todo va a estar bien— intento calmarlo, apretándolo un poco más contra su pecho y sin poder evitarlo, las lágrimas también comenzaron a caer de sus ojos.

•••

Tomó la humeante taza de té recién servida de la máquina expendedora dirigiéndose al lugar donde sabía que su prometido iba a estar. Tenía la esperanza de que un poco de su bebida favorita pudiera subirle los ánimos y fue por eso que toco dos veces en la puerta de su oficina antes de entrar. Tal como se lo esperaba, ahí estaba él. Las ojeras eran notables en su rostro, su piel estaba más pálida de lo normal y se notaba desgastado.

—Lloraste toda la noche ¿non? — suspiro alzando una ceja, acercándose al escritorio donde su prometido apenas alzaba a verlo, hundido entre una pila de papeleo que no terminaría para nada rápido.

—Estoy intentándolo... pero las lágrimas siguen saliendo— murmuró con la cabeza entre sus brazos, no quería que Francis viera su rostro, era un desastre.

El mayor negó con la cabeza y puso la taza de té frente a él. El olor tan conocido lo hizo alzar su mirada a los ojos azules que lo miraban con preocupación escondida en ellos, una de esas cálidas manos posándose sobre la suya con suavidad.

—Voy a decirle a Matthew si sigues así— amenazo con un tono infantil en su voz, ganándose un codazo de parte del menor, pero no le importó en lo mínimo. Ese era su Arthur.

—No te atrevas, frog— regresó a verlo con un falso enojo, tomando la taza de té entre sus manos. Enseguida el calor relajó su cuerpo y su mirada se perdió en el líquido ámbar. El silencio volvió a invadirlos, pero esta vez era más ligero. —Francis...— llamó luego de unos largos minutos, rompiendo el silencio entre ambos.

— ¿Oui?

—Clarie no lo sabe ¿verdad? — esa pregunta lo tomó de imprevisto. Su mirada bajo al menor sin comprender a que venía eso, pero él... no lo miraba.

—No le dije, ella era demasiado pequeña en ese entonces— explicó soltando un suspiro. En ese entonces su hermanita apenas tenía cuatro años... para un niño de esa edad, digerir una noticia como esa era difícil.

—Ya veo...— aún se seguía sintiendo culpable, seguía preocupándose, podía sentirlo. Con cuidado tomó la taza de su prometido y la dejó en el escritorio, enseguida entrelazando sus manos. Podía sentir el temor de Arthur. Temor a que su hermana se enterara de la verdad y llegara a odiarlo.

—Incluso si ella se entera más tarde, ella entenderá a Matthew— explicó intentando reconfortarlo, con seguridad en sus ojos. Sabía que Clarie lo comprendería, después de todo ella amaba a Arthur como si fuera parte de la familia y sabría comprender el último deseo de su hermanito. Intento buscar su mirada una vez más, pero Arthur lo evitaba. Un suspiro salió de su garganta antes de tomar las mejillas del menor entre sus manos para obligarlo a verlo a los ojos. —Arthie, si fueras Matthew ¿Cómo te sentirías? Si sigues evadiendo mis ojos, sigues sintiéndote mal por Clarie ... ¿crees que eso es lo que él hubiese querido? —No... sabía que Matthew nunca hubiese querido eso, que estaba mal la manera en la que estaba reaccionando. Estaba lastimando a las personas que más amaba con su actitud, pero... no podía evitarlo, cada vez que lo pensaba, que miraba sus ojos en el espejo, las lágrimas comenzaban a caer, la culpabilidad lo apuñalaba. Podía ver la preocupación en los ojos de Francis.

—Lo siento... yo... intentaré no hacerlo— susurró con la voz quebrada. Por mucho que la verdad doliera, era peor ver la preocupación en esos ojos. No era justo, no podía continuar preocupando a Francis de esa manera. Intentaría dejar de lamentarlo, intentaría ser feliz por Matthew...

•••

Apenas llego a casa fue directo a desplomarse en el sillón, su rostro hundido entre sus brazos y un dolor punzante en su cabeza. Todo se le estaba saliendo de las manos, cada vez la persona que amaba se estaba acercando a la verdad de la que intentaba protegerlo. Se sentía tan inútil.

Alzó su rostro extrañado cuando escuchó el timbre de su celular. Eso era... extraño. Ya era tarde, y no estaba esperando la llamada de nadie. Sin pensarlo más tomó el celular de la mesa de centro y sus ojos se abrieron sorprendidos por el nombre que mostraba la pantalla.

"Scotty"

Con inseguridad, contestó la llamada, llevándose enseguida el móvil al oído. No quería hablar con él, en ese momento era lo que menos quería, pero... debía hacerlo.

—Francis...—escucho su nombre ser llamado al otro lado de la línea. Esa voz... sonaba apagada, y pese a que no quisiera, le preocupaba. —Arthur se entero acerca de la donación— así que... él también lo sabía.

—Si...— contestó aún sin saber a qué iba todo eso. Quería terminar lo más rápido posible con esa conversación. Escuchar esa voz... no podía soportarlo. Por lo menos no en ese momento.

—Él lo tomo muy duro... pero supo superarlo mejor de lo que esperaba, gracias a ti. Gracias Francis... por hablar con Arthur para que no le afecte tanto. Muchas gracias— su voz denotaba una sincera gratitud, la preocupación por su hermano, podía sentirla. Y el pesar, el duelo en su voz lo hacía sentir enfermo.

—Solo lo hice por Arthur, no tienes por qué agradecerme— contestó de una manera mucho más dura de lo que había planeado. Pero en ese momento la ira de los eventos pasados, de ese secreto que Scott escondía con recelo comenzó a cegarlo. —Me gustaría que lo convenzas para que viaje a Francia pronto...

—Francis... — el escocés abrió los ojos desconcertado. ¿Por qué sonaba tan frío?

—Hay cosas que Arthur no necesita saber... y no me gusta para nada que él las siga descubriendo— en ese momento Scott escuchó el pitido final en la otra línea. Su mente quedo en blanco por varios segundos. No podía asimilar que era lo que estaba sucediendo. Lo que había dicho Francis... no, no era posible. NO podía ser posible.

Él no podía saber la verdad, no debía saberla. ¿Cómo se había enterado? ¿¡CÓMO, maldita sea!?

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El sonido de la puerta abrirse con un gran estruendo hizo que su atención dejara los papeles que tenía entre sus manos. Vaya, vaya... eso sí que era nuevo. Tan solo por el aura que sentía podía saber quién era la personita que lo había interrumpido a esas horas de la mañana. ¿Es que ni siquiera se podía esperar hasta que llegara el descanso?

—Director, un gusto verlo— alzo su mirada a esos ojos esmeralda llenos de cólera, preocupación, angustia. Inconscientemente una sonrisa se formó en sus labios. Tenía un presentimiento del porque su doctor favorito había entrado a su oficina como furia, y vaya que no se equivocaba.

— ¿Te reuniste con Francis Bonnefoy? — Oh, sí. Aquí comenzaba el verdadero juego, aquí era donde al fin conseguía ver a ese hombre que tanto odiaba caer de rodillas a sus pies. —Respóndeme, maldita sea— el fuerte sonido del puño del pelirrojo contra su escritorio le hizo salir de sus pensamientos. Una vez más sus ojos chocaron con los esmeralda y esta vez no contuvo su sonrisa.

—Supongo que el chico finalmente comenzó a creerme. —se encogió de hombros, fingiendo inocencia. El hombre frente a él lo veía en shock. Justo lo que buscaba. — ¿Sabes, Scotty? Él no me creía cuando se lo dije por primera vez— sonrió parándose de su silla, acercándose tanto a la oreja del escocés que su aliento le causo un escalofrío al más alto.

— ¿Qué tontería le dijiste? —gruñó tomándolo del cuello de la camisa, sus manos apretándose con tanta fuerza que sus nudillos comenzaban a tornarse blancos. Los ojos turquesa chocaron con los suyos de manera afilada, porque no se dejaría intimidar. Después de todo, era claro quien tenía la ventaja entre los dos.

—La verdad, Scott... le dije nada más y nada menos que la verdad— escupió soltándose del agarre con violencia, acomodando bien su ropa antes de darse la vuelta para salir de allí. —Pero hay una persona más que debería saber la verdad ¿no crees? —murmuro aun sin darle la cara. No se iría así nomás de ese lugar, antes, lo destruiría un poco más. —Arthur Kirkland— Scott al escucharlo sintió que su mundo se hacía pedazos. El tan solo imaginárselo hacía que la tierra bajo él empezara a temblar y que su corazón se detuviera de manera dolorosa. No podía respirar... no, Arthur no. Podía ser todo menos Arthur.

— ¡NO! ¡No te atrevas a acercarte a mi hermano! ¡Fuera de este hospital, ahora mismo! —gritó golpeando la mesa con tal fuerza que los bolígrafos que allí se encontraban cayeron al suelo. Albert volteo a verlo con una ceja alzada. Una risa amarga salió de sus labios al ver a ese hombre frente a él. Era tan vulnerable que le daba asco.

— ¿Fuera? Incluso Francis Bonnefoy me dijo que mantuviera la boca cerrada por el pequeño Arthurito. No deberías tratarme de esta manera— hablo con suavidad en su voz y un falso tinte de resentimiento en ella. Scott no podía hacer nada en su contra, NADA. Porque al mínimo movimiento, el secreto que tantos años había guardado sería liberado. Una sonrisa surco su rostro sin poder evitarlo, porque había ganado, porque la situación en la que estaban era clara. Eso era un— Jaque mate...

•••

Sus ojos se fijaron con un extraño palpitar en su pecho en esa pequeña mancha blanca que sobresalía en esa imagen. Su primera ecografía. En realidad, era una larga historia de cómo la consiguió, una historia que involucraba a Tino y promesas de silencio absoluto y discreción sobre el asunto, pero al final había conseguido ver a su bebé por primera vez. Era fascinante. Por mucho que lo intentara no podía evitar que una sonrisa se pintara en su rostro y sus ojos se llenaran de adoración. Su pequeño héroe apenas cumpliría tres meses, pero ya lo amaba como si lo conociera por años.

—Doctor Jones— esa voz a pocos metros de allí lo exaltó. Su cuerpo se estremeció y enseguida se apresuró a guardar la ecografía en el sobre que Tino le había entregado.

—Buenos días, doctor Smith— por suerte logró controlar el nerviosismo de su voz y subió a ver al mayor expectante. Si bien ambos eran doctores de alto rango, no hablaban regularmente entre ellos.

—Trabajar en la sala de emergencias debe ser duro ¿no? — puso una mano en su hombro de manera simpatética, Alfred parpadeó al escucharlo.

—Un poco...— se encogió de hombros, sin saber a qué venía todo eso. Pero el doctor Smith parecía ser una buena persona, así que no le dio mucha importancia, además era casi como un tío para su ex-prometido.

—Pero debe estar feliz por ver a Arthur todos los días por ahí— eso le recordaba que casi nadie en el hospital sabia sobre la ruptura de su compromiso con Arthur, o de su nueva "relación" con Ivan. Y decía casi nadie porque era seguro que el personal de la sala de emergencias lo sabía, y algunas otras personas cercanas también. —El sargento Kirkland está bien ¿verdad? — esa pregunta lo hizo salir de sus pensamientos y enseguida subió a ver al mayor extrañado.

— ¿Eh? ¿Por qué lo pregunta? — mentiría si dijera que Arthur había dejado de preocuparle, ni siquiera un poco. Sí, entre ellos ya no había nada de lazos románticos, pero aun lo apreciaba y tenía un lugar en su corazón. Arthur seguía siendo importante, siempre lo sería.

— ¿Él no le dijo nada? —lo miro extrañado el anciano, rascándose la barbilla con una expresión pensativa.

— ¿Decirme qué? — ahora sí que había llamado su atención. ¿Qué era lo que ocultaba Arthur? Bueno, Arthur le ocultaba muchas cosas que ahora ya no tenía el derecho de saber, pero, aun así, si era algo que hacía que el doctor Smith se preocupara por él, entonces debía ser algo serio.

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—Imposible...— no, no lo podía creer. Por mucho que leyera una y otra vez esos papeles su mente no podía procesarlo — ¿El hermano de Francis Bonnefoy es... el donante de ojos de Arthur? — el destino sí que era cruel e irónico. Nunca ni en sus peores pesadillas se había imaginado que el donante de su ex fuera Matthew Bonnefoy. Hundió su rostro entre sus manos incrédulo, su respiración acelerándose sin poder evitarlo.

—Fredka ¿Estas bien? — subió su mirada aún perdida al escuchar esa voz, notando a Ivan en el umbral de la puerta, mirándolo extrañado, un leve tinte de preocupación en sus ojos.

—S-si... solo... Wow— sacudió su cabeza intentando olvidar y dejar a un lado lo que había leído, pero sus ojos no dejaban de viajar a esos papeles. —N-no puedo creerlo— negó con la cabeza, frustración clara en su ceño.

— ¿No puedes creer qué? — se acercó mirándolo sin comprender, intentando ver los papeles que estaban causando esa reacción en su... ¿que se supone que eran? ¿Pareja, novios? Bueno, en ese momento no importaba. Lo importante era que Alfred apenas lo vio acercarse escondió esos archivos bajo sus brazos. Le estaba ocultando algo.

—No es nada, Vanya... solo, algo personal— se justificó con un leve nerviosismo en su voz. El ruso afiló su mirada, pero lo dejó pasar por alto. Había venido por una razón en específico.

— ¿Hablaste con tu madre? — Alfred subió a verlo sorprendido y enseguida sus ojos se abrieron como platos. Con todo lo que había pasado, decirle a su madre sobre su embarazo había sido imposible. De hecho... ni siquiera había intentado abordar el tema.

—No, aun no... damn. — admitió sujetándose la cabeza con frustración. Sabía que tenía que decírselo, pero con todo lo que había pasado...

—Ya estas cerca del tercer mes... deberías hablar con ella— aconsejó mirándolo con seriedad. No podían dejar que más tiempo pasara, a este paso Emily terminaría dándose cuenta sola cuando el vientre de Alfred comenzará a crecer, y las cosas se pondrían mucho peores.

—Lo sé, Ivan, lo sé, solo que últimamente... Agh— un grito frustrado salió de su garganta, y solo cuando vio esos ojos violetas mirándolo de manera afilada se dio cuenta de que había alzado la voz más de lo esperado. Estaba desquitándose con la persona equivocada. Damn... estaba comportándose como idiota. —Las cosas no han estado muy bien entre ella y yo...— explicó con la cabeza gacha, suavizando su voz más de una octava. No quería meterse en el lado malo de Ivan, no cuando empezaba a comprender sus sentimientos hacia él y por primera vez desde que terminó con Arthur quería darle otra oportunidad a su vida amorosa. —Lo siento... juro que te lo explicaré después, babe— prometió levantándose de su escritorio para acercarse al ruso y hacer lo que nunca antes se había atrevido ni soñado hacer. Envolvió sus brazos alrededor de ese enorme cuerpo y dejó que su cabeza se relajara en su pecho. Quería disfrutar ese pequeño momento que tenía a solas con Ivan, sentir a su pequeño héroe moverse cuando tenía a su papá cerca. Ya luego se preocuparía por la nueva verdad que había descubierto.

•••

Apretó más el agarre de sus manos cuando pudo notar que tan solo faltaban pocos metros para llegar a la casa de su prometido. Quería disfrutar los últimos minutos que les quedaba juntos antes de que tuvieran que despedirse. Había logrado mantener la mente de Arthur distraída todo el día, llevarlo a un paseo por la ciudad después del trabajo, a comer helado pese a que el clima en Londres se volvía cada vez más gélido a medida que se acercaban a invierno e incluso luego del helado lo había llevado al cine como en años atrás.

— ¿Te sientes mejor ahora, cher? — Preguntó deteniendo su paso cuando ya estuvieron frente al hogar del inglés, pasando una mano por su mejilla en un gesto cariñoso —Prométeme que ya no vas a llorar por eso— advirtió recordando su conversación esa mañana. Arthur soltó un pequeño suspiro antes de asentir con su cabeza.

—Está bien, wanker— accedió cruzándose de brazos, chasqueando su lengua con molestia. Ya lo había prometido esa mañana, no había necesidad de recordárselo, idiota...

—Ese es mi Arthur— rió de buena gana a ver que regresaba a ser el gruñón de siempre. —Te amo— unió sus labios en un beso casto, siendo correspondido enseguida por su prometido. Unos brazos se enredaron en su cuello y los suyos sujetaron ese menudo cuerpo, profundizando más ese contacto que terminó quitándoles el aliento.

—Yo también... — jadeó al separarse, sus ojos perdidos en los azules del francés.

—Entra a casa— suspiro rompiendo el contacto de sus ojos, sus manos dejando su cintura para subir a sus mejillas.

—Francis...— no quería separarse. Quería sentirlo cerca, solo una vez más... quería sentir esa calidez tan adictiva, la manera en la que su corazón se aceleraba cuando lo besaba, cuando sentía su aliento en su cuello. —Quedémonos así cinco minutos más— pidió enterrando su rostro en el cuello del mayor, envolviendo sus brazos en un abrazo. Francis parpadeó un tanto sorprendido por el gesto, pero sin dudar ni un segundo lo correspondió. Ninguno de los dos notó el par de ojos esmeralda que los observaba desde una de las ventanas de la casa.

"— ¿Qué tontería le dijiste? —gruño tomándolo del cuello de la camisa, sus manos apretándose con tanta fuerza que sus nudillos comenzaban a tornarse blancos.

La verdad, Scott... le dije nada más y nada menos que la simple verdad— escupió soltándose del agarre con violencia, acomodando bien su ropa antes de darse la vuelta para salir de allí. —Pero hay una persona más que debería saber la verdad ¿no crees? —Murmuro aun sin darle la cara. —Arthur Kirkland— "

No... no podía permitirlo. Podía ser todo menos su hermano. No podía permitir que su felicidad, esa felicidad por la que Arthur había luchado tanto se destruyese por su culpa. Todo era su culpa. Por él su hermano estaba sufriendo, la persona que más amaba en su vida... no podía perderlo.

De repente sintió como su corazón se contraía de una manera tan dolorosa que lo hizo soltar un grito y caer a sus rodillas, sujetando su pecho con fuerza sobre la ropa. Su respiración comenzó a agitarse y un agudo sonido comenzó a taladrar su cabeza. Con toda la fuerza que pudo convocar en ese momento salió de su cuarto y cuando estaba por bajar las gradas lo sintió, su conciencia desvanecerse y todo a su alrededor se oscureció.

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—Ya llegué— llamó cerrando la puerta tras él, sacándose su abrigo con un extraño presentimiento en su pecho. Su hermano... ¿porque no respondía? Con curiosidad se dirigió a la sala, esperando encontrarle ahí, pero antes de que llegara una figura en el suelo llamó su atención y enseguida sus ojos se abrieron con horror. Ahí, en el descanso de las gradas estaba el cuerpo inconsciente de su hermano. — ¡Scott! ¿¡Scott, que te pasa!? ¡Despierta, maldición, Scott! — se acercó arrodillándose a lado del cuerpo de su hermano, sacudiéndolo con desesperación y angustia. No... eso no podía estar pasando. ¿Porque no despertaba? Sin poder evitarlo empezó a hiperventilar, no sabía qué hacer. Pero entonces un nombre vino a su mente y sin dudar ni un segundo sacó su teléfono y marcó enseguida. — ¡Francis! ¡Scott... Scott esta...! — su voz se había quebrado por completo y la desesperación era palpable. Al otro lado de la línea el mayor paró enseguida el auto y una sensación amarga recorrió su cuerpo.

—Voy para allá— contesto enseguida, con un mal presentimiento. No quería ver a Scott, pero por la desesperación en la voz de Arthur sabía que se trataba de algo serio, y tenía una idea de que era.

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—Francis... — llamó Arthur al verlo entrar a la habitación de su hermano, sintiendo un alivio enorme con tan solo tenerlo cerca. Minutos atrás había logrado cargar al pesado de su hermano y acomodarlo en la cama antes de ver aliviado como despertaba tan solo 5 minutos después de haber llamado a su prometido. En ese momento pudo sentir el alma regresar a su cuerpo. El maldito wanker le había dado el susto de su vida, bloody hell.

Pero ahora... "¿Que está pasando?" Fue la primera pregunta que vino a su mente cuando de repente pudo sentir que el ambiente cambiaba. Scott parecía haber palidecido aún más y Francis... sus ojos eran duros. Sin embargo, no lo estaban mirando a él, estaban clavados en su hermano y pudo sentir su vello erizándose de manera desagradable.

Sin decir nada el francés dejó la maleta donde llevaba todo su equipo médico sobre la cama, comenzando a sacar los instrumentos para hacer una revisión rápida.

—Estoy bien... No lo necesito, no es nada— lo detuvo Scott con la voz ronca. Arthur iba a protestar pero se quedó en shock al ver que Francis, contrario a lo que esperaba, comenzaba a guardar sus cosas sin siquiera mirar a su hermano. ¿Qué había pasado entre ellos dos? ¿Porque actuaban tan distantes? ¿Que era ese aire tenso que los rodeaba?

—Parece que su dolor se produjo en ráfagas cortas durante un tiempo— explicó carraspeando su garganta algo incómodo, su mirada fija en el francés, intentando descifrar que era lo que le sucedía.

— ¿Tomo un antígeno? — la pregunta salió dura, los ojos azules sin voltearlo a ver si quiera un momento. ¿Por qué se estaba comportando así? Hablaba como si Scott no le preocupara en lo más mínimo, como si fuera tan solo un paciente más y no su maldito hermano.

—Si...— se encogió de hombros incomodo, no entendía que pasaba ahí. Francis tocó su mano en un gesto suave para asegurarle que todo estaba bien antes de regresar sus ojos azules al pelirrojo.

—Deberías ir al hospital, hacerte un análisis y ser tratado— hablo intentando que su voz no sonara tan dura, conteniendo sus sentimientos solo por el bien de Arthur. Scott apretó sus puños bajo las sábanas, la llamada telefónica de la noche anterior aún presente en su memoria.

—Sé sobre mi enfermedad. Todavía no es tiempo. No tenías por qué venir Francis— No lo soportaba... esa mirada tan fría, tan dura...

—Está bien, descansa— suspiro el francés mirándolo una vez más antes de darse vuelta para salir de ahí lo más rápido posible. El estar en el mismo cuarto que esa persona... que el asesino de su hermano, la persona que todos esos años había apreciado como su familia, que le había mentido, usado... le revolvía el estómago. Aún no estaba preparado para enfrentarlo y si se quedaba más tiempo ahí no podría contener más sus sentimientos, las ganas que tenia de pedirle explicaciones a gritos, de desahogar todo lo que estaba conteniendo. No podía quedarse más tiempo ahí.

—Francis Bonnefoy— gritó Arthur saliendo tras él. Comprendía la posibilidad de que hubiesen discutido pero la manera en la que él se estaba comportando... ese no era su Francis. ¿Que estaba ocultando? ¿Qué había pasado en realidad entre ellos? Estaba preparado para gritarlo todo cuando dejó el cuarto de su hermano, pero cuando lo encaró una vez más se quedó en shock. Sus ojos... estaban llenos de tristeza y su semblante se notaba deprimido, agotado. ¿Porque...?

—A menos que él vaya a un hospital, sabes que no hay mucho que podamos hacer, ¿verdad? — esas palabras, la mano sobre su hombro lo hicieron volver en sí. —Convéncelo para que vaya y que pueda obtener las pruebas más temprano que tarde— en su voz se escuchaba una preocupación sincera y no supo que creer en ese momento. Francis... volvía a actuar como siempre lo hacía, ya no había hielo en sus ojos, pero aun así, su corazón comenzó a latir inquieto. Eso no era real— Me voy...— sintió un beso en sus labios, pero estaba en blanco. No podía procesar lo que estaba pasando. No quería que se fuera y en ese momento su cuerpo fue más rápido que su mente cuando enseguida corrió tras él y lo detuvo por la muñeca.

—Hey... I love you— No sabía porque, pero sentía que si no le decía esas palabras en ese momento lo perdería. ¿Por qué estaba tan lejano...? ¿Por qué se estaba comportando así? No sabía porque cuando sintió esas manos acariciando su mejilla y esos labios suaves sobre los suyos enseguida las ganas de llorar lo invadieron. Sentía que lo estaba perdiendo... estaba tan lejano que tenía miedo de perderlo.

Moi aussi... nos vemos mañana— esas manos revolviendo sus cabellos, esos ojos mirándolo como si fuera la única persona en todo el universo... no quería que se fuera. Pero cuando intentó detenerlo una vez más su cuerpo se quedó paralizado. No podía moverse, no podía hablar, pero... no quería perderlo.

•••

Todo se le estaba saliendo de las manos...

Primero el secreto que había estado protegiendo durante más de dieciséis años había salido a la luz. Arthur había resultado devastado y todo lo que había temido se había cumplido. Y ahora sentía que había metido más la pata con su actitud la noche anterior. No había podido contener los sentimientos en sus ojos, la frialdad en su voz o las ganas de no ver a ese hombre nunca más en su vida. Y por eso... por su culpa ahora Arthur podía estar sospechando algo... quería evitar que Arthur se enterará de la verdad, pero el mismo le había dado las herramientas y motivación necesarias para indagar más.

Scott... por mucho que hubiese pasado entre ellos en el pasado, por mucho que quisiera odiarlo y tenerlo lejos, había sido demasiado duro.

Alzó a ver enseguida cuando escuchó la puerta de su oficina abrirse y no pasaron ni milésimas de segundos cuando reconoció al hombre tras ella. Arthur...

Él estaba allí, mirándolo desde el umbral indeciso antes de entrar, sentándose frente a él en uno de los sillones de la pequeña sala. Su mirada verde estaba fija en la suya, analizándolo de una manera que lo hizo encogerse de hombros incómodo. Se sentía como una reprimida silenciosa por lo que había pasado la noche anterior, como si lo estuviera regañando, pero al mismo tiempo buscando el motivo de sus acciones en sus ojos.

— ¿Cómo le está yendo a Scott? — decidió romper el incómodo silencio, carraspeando un poco. Pese a todo lo que había pasado la salud del escocés seguía preocupándolo, por mucho que intentara no podía romper los lazos que los habían unido por más de dieciséis años en menos de un mes. Era imposible... por mucho que quisiera odiarlo, sacarlo de su vida, no podía. Era frustrante.

—No empeoro en toda la noche, pero el idiota tampoco me hizo caso de ingresar al hospital y ser revisado— respondió un tanto sorprendido. No se esperaba esa pregunta, no después del comportamiento de Francis la noche anterior. Pero no era el momento para pensar en eso. No cuando los recuerdos de esa mañana con su hermano pasaban por su mente y un apenas perceptible palpitar en su vena indicaba su grado de irritación y ganas de arrastrar al estúpido de Scott a las malas al maldito hospital. Y no, no parecía ser una mala idea.

—Sabes lo terco que puede ser— rió Francis con un tinte amargo oculto en su voz, uno que Arthur por muy sutil que hubiese sido notó. Los recuerdos y las preguntas sin respuesta de la noche anterior comenzaron a molestar su pecho. Quería saber que era lo que pasaba, pero...

—Francis, yo...— no, sabía que era mejor no sacar ese tema ahora. Temía cómo reaccionaría su prometido si se lo decía, así que era mejor evitarlo. No quería comenzar una pelea sin sentido como la de la última vez. —Es extraño ¿sabes?... tu eres un doctor, y yo un EMT (técnico de emergencias médicas). Nuestro trabajo es tratar y salvar personas, pero... nunca supe que tan mal estuvo mi propio hermano hasta que colapsó. — la frustración comenzaba a hervir en su interior. Todo ese tiempo salvando gente y nunca noto que la salud de Scott se iba haciendo cada vez peor.

—Es más difícil conocer realmente a alguien mientras más cerca estas a ellos— Arthur subió a verlo sin saber si esa frase en realidad ocultaba un significado más profundo del que le estaba dando. Prefirió no pensarlo mucho en ese momento, algo más importante estaba rondando su mente.

—Pese a que ese idiota es médico, no se preocupa de su salud, casi a tal grado que es extraño. Me preocupa que es lo que vaya a pasar con el si no estoy cerca— admitió poniendo una mano sobre las frías del francés. Ese tema... debía abordarlo de la manera más delicada posible. Después de todo había sido la causa de su pelea anterior. —Francis... lo de ir a París, vamos a pensarlo un poco más. No puedo abandonar a Scott, no ahora— sus ojos buscaban comprensión en los contrarios. El francés soltó un suspiro ahogado, desviando su mirada al suelo. Sus puños se apretaron inconscientemente y supo en ese momento que no podía hacer nada. Convencer a Arthur ahora era imposible.

•••

—Estoy en casa— llamó entrando a su hogar seguido de Feliciano. Enseguida pudieron escuchar pasos apurados bajando las gradas y fue cuestión de segundos que se encontró cargando a su hijo en brazos.

—Bienvenido— escuchó que Clarie saludaba a pocos pasos de distancia, pasando por completo en alto al italiano. Ludwig tan solo asintió en respuesta, su mirada estaba fija en la de su pequeño luego de tantas horas de no verlo.

Vati, ¿tuviste un buen día? — preguntó Wolfram entusiasmado, abrazándose del cuello de su papá, sus ojos fijos en unos idénticos a los suyos con un brillo alegre.

Ja, liebling— besó la frente de su hijo, bajándolo de sus brazos para revolver su cabello. Feliciano miraba la escena con adoración hasta que escuchó la voz de esa chica que lograba sacar ese lado suyo que mantenía enterrado en lo más profundo de su ser.

—Hoy Wolfy y yo hicimos Rouladen— claro... ella era la que ahora cocinaba para Luddy. Un día entraba como niñera y al siguiente ya cocinaba y arreglaba la casa, caminaba por ella como si fuese suya. Como si fuese la esposa perfecta.

—Es porque te gusta mucho Vati— alzó a ver el menor, dando pequeños saltos emocionado. Quería que su papá disfrutara de lo que había preparado junto con Clarie.

Dankeshön Liebe— se arrodilló frente a su hijo con una sonrisa en su rostro, le encantaba ver a su pequeño así de feliz y energético. Era la mejor recompensa que podía tener al llegar a casa después de un día agotador.

—Hemos hecho un montón, así que puede comer todo lo que desee— interrumpió la rubia mirando feliz la escena frente a ella. Sin poder evitarlo sus pensamientos empezaron a divagar en lo bueno que era el alemán como padre, en ilusiones de un futuro con él y muchos más niños. De seguro sería hermoso...

Danke Clarie— sonrió mirando a la chica por breves segundos que para Feliciano se sintió como una eternidad. Pudo sentir su sangre comenzar a hervir al notar el brillo con el que Clarie miraba a Ludwig, la manera en la que sus mejillas se sonrojaban tan solo un poco. No le gustaba para nada. Y pese a que por dentro estaba furioso su exterior se mostraba tranquilo, como si nada de eso le afectara. Ludwig era suyo... solo suyo. Nadie podía quitárselo, no lo permitiría. —Feli, vamos, la comida ya debe estar servida— parpadeó desprevenido cuando esos ojos azules bajaron a mirarlo y pudo ver al hombre que amaba frente suyo, mirándolo solo a él. No sabía en qué momento se había levantado o a qué momento Wolfram y Clarie los habían dejado solos para servir la mesa. Su mirada bajo a sus manos cuando sintió dolor en ellas. Sus nudillos estaban blancos y podía ver marcas de uñas en su palma. ¿Cuándo...? No entendía que le estaba pasando... ese no era él. ¿Porque se estaba comportando así?

S-si...— asintió forzando una sonrisa en su rostro, siguiendo al alemán hacia el comedor sin mucho entusiasmo. Se le había quitado por completo el apetito.

•••

¿Alguna vez han estado en esa situación incómoda en la que el ex de tu mejor amigo te llama para "algo importante" a un lugar en medio de la ciudad frecuentado mayormente por parejas que les mandaban miradas raras al sentir la tensión que había entre ellos? Y eso sin mencionar que tenía una maldita panza de ballena que no pasaba para nada desapercibida. Pues si no han estado en una situación como esa, tienen una maldita suerte de mierda que en ese momento deseaba más que nada.

—Me sorprende que esta vez no me hayas invitado a un bar— carraspeó rompiendo el silencio entre ellos, rascando su nuca, incómodo. Había esperado allí con la paciencia que no tenía a que Alfred se dignara a decir por lo que le había llamado, pero ya no podía esperarlo más. A ese paso su café se enfriaría y Antonio regresaría a casa. Y ahí sí que estaría en un lío.

—Pues... por tu bebé y eso, no creo que reunirse en un bar sea una buena idea— rió Alfred de manera nerviosa, jugando con la taza de té que había ordenado. Internamente agradecía que el italiano no le preguntara sobre su decisión de bebida, porque definitivamente no sabría cómo explicarlo y aún no estaba preparado para dar a conocer sobre su embarazo.

— ¿Y ahora de que me vas a interrogar, bastardo? — Lovino lo miro un tanto cauteloso, pasando sus ojos como escáner por el cuerpo del americano, tenía algo extraño, pero quería terminar con esa reunión lo más antes posible.

—No es un interrogatorio, es una pregunta importante— respondió un tanto ofendido, desviando su mirada por breves segundos antes de recordar para que lo había citado en ese lugar, la pregunta que había estado recorriendo su mente desde que se enteró de la verdadera identidad del donante de su ex —Francis y su familia... ¿Qué significan para Arthur? — Lovino parpadeo extrañado, eso sí que no se lo había esperado. Desde la separación de esos dos ya habían pasado meses, pero ¿Por qué estaba Alfred preguntando esas cosas? ¿Acaso él aún...? Bueno, si tomaba en cuenta la manera en la que las cosas entre ellos dos habían terminado, podía comprenderlo un poco. Pero aun así...

—Me preguntaste la última vez... Porque un amor que aparece después de tantos años puede cambiarlo todo... ¿Cómo pudo su amor convertirse en nada de la noche a la mañana? — Alfred dio un pequeño asentimiento inseguro al escucharlo. No sabía en qué dirección terminaría esa conversación, o si de verdad estaba preparado para escuchar la verdad del pasado de Arthur. —Francis no es poderoso solo porque es la memoria del primer amor— entonces... ¿Por qué? ¿Qué es lo que lo hacía tan especial? ¿Por qué pasaran los años que pasaran Arthur nunca parecía olvidarlo? ¿Qué era lo que hacía el lazo entre esos dos tan fuerte? No lo comprendía. —Después de que la familia de Arthur falleció, él cayó en una depresión tan grande que parecía que apenas respiraba, pero todo cambio cuando llego Francis y su familia. Ellos fueron los que lo sacaron de ese agujero negro en el que se había metido, y por primera vez en años, pudo sonreír de verdad— inconscientemente una sonrisa se formó en sus labios cuando esos recuerdos pasaron por su mente. El ver a Arthur sonreír genuinamente por primera vez... agradecía mucho a Francis por eso. La manera en la que lo trajo de nuevo a la vida, el impacto que tuvo en su mejor amigo era colosal. Pero no solo Francis era con quien estaba agradecido. También lo estaba con Matthew, la persona que por primera vez en años había hecho que Arthur sienta el calor de una familia. — Matthew era como la mayor luz en la vida de Arthur, casi como una figura materna. Era cálido, una persona que incluso a mí me parecía increíble— admitió con una sonrisa nostálgica en su rostro. Alfred lo miro sorprendido. El ver esa expresión en Lovino, el cariño que sus ojos mostraban y al mismo tiempo el dolor en ellos le indicaban lo importante que esa persona había sido. Solo oír sobre el hacía que su corazón doliera. —Él era amable, y era muy valioso para sus hermanos... Por eso realmente quería encontrar al criminal para él— Alfred alzó a verlo sorprendido al escucharlo. Lovino... ¿él estaba a cargo de la investigación de la muerte de Matthew? Eso... no lo sabía. —Ya has oído que él falleció en un accidente de auto ¿verdad? —preguntó al notar la manera en la que el americano había subido a verlo.

—Si...— asintió bajando su mirada. El solo imaginárselo era doloroso. La muerte de una persona tan maravillosa como la que Lovino y Arthur habían descrito debía haber sido muy difícil de afrontar, y el hecho de que él había muerto tan joven, apenas a los dieciséis años lo hacía aun peor. No se lo podía ni imaginar.

—Alfred... reconozco tu amor. Mi reconocimiento no será muy importante para ti, pero, solo voy a decir una cosa, como un espectador de mucho tiempo. — los ojos azules subieron a verlo sin comprender. Eso sí que no se lo había esperado, esas palabras de Lovino. Pero tenía curiosidad en que era lo que le iba a decir.

—Adelante— concedió su permiso con un pequeño asentimiento, jugando con sus manos inconscientemente con anticipación. Sin embargo, sus ojos se abrieron como platos asombrados al escuchar las palabras serias del italiano.

—No te tortures con esperanza. — ¿esperanza? ¿Acaso Lovino pensaba que el aún...? ¿El aún amaba a Arthur? No... eso no era esperanza... por lo menos no en el sentido en el que lo veía Lovino. Pero entonces ¿porque estaba haciendo todo eso? ¿Porque inconscientemente su corazón dio un vuelco al escucharlo? —Deja ir a Arthur... dejarlo ir también es amor— Amor... cuando lo dejó ir, cuando dejó de sentir celos al verlo con otra persona pensó que era porque el amor entre ellos se había acabado. Porque él ya no lo amaba, pero... ¿y si no era así?

"No... basta Alfred Jones. Deja de pensar en eso"

Se reprendió mentalmente, frunciendo su ceño con irritación. No debía dudar, no cuando había una vida en su interior que buscaba a otra persona. Pero... ¿sus sentimientos por Ivan eran solo por el bebé?

No... se negaba a creer que todo lo que sentía por Ivan fuera causado por su embarazo, por las hormonas en su interior. El palpitar de su corazón, la sensación intoxicante que recorría su cuerpo cada vez que esos labios tocaban los suyos... todo eso no podía ser falso. ¿O sí? ¡Agh! ¿Porque de repente estaba dudando? Todo se volvía tan confuso. Pero...algo tenía en claro. No quería dejar ir a Arthur, no cuando sabía que eso solo le traería dolor y tragedia en el futuro.

—Cuando no había esperanza, era más bien una tortura para mí— admitió con la voz ligeramente ronca, su mirada clavada en sus puños apretados en su regazo. Lovino subió a verlo como si de repente le hubiese nacido una segunda cabeza. —Si hay si quiera un 1% entonces, ya no es tortura, es la razón para seguir adelante— la determinación se notaba en sus ojos, y en ese momento supo que había metido la pata, y bien al fondo. Porque ese 1% para Alfred era la probabilidad que tenía de salvar a Arthur del cruel destino que lo deparaba si continuaba con Francis. En ese momento supo que solo había una cosa que podía hacer. —Me acorde de algo que debo hacer, así que me voy primero. Gracias por todo Lovi— hablo rápido, ignorando por completo la mirada del italiano, dejando unos cuantos billetes sobre la mesa antes de levantarse y coger su abrigo para salir de allí.

—E-espera, Alfred, maldizione—intentó detenerlo, levantándose para ir tras él, pero ya era muy tarde. Para cuando alcanzo la puerta de la cafetería el americano ya había desaparecido por completo.

•••

Las náuseas lo invadieron apenas puso un pie en ese lugar. El olor del alcohol, el tabaco, el vómito, podía sentirlo todo y eso solo hacía que el malestar en su estómago aumentara. Pero... estaba ahí por una razón, y no retrocedería. No cuando la persona que quería confrontar estaba solo a unos metros de distancia, sentado en una de las sillas del lúgubre bar con un vaso de licor a medio terminar en su mano. Intentando suprimir su malestar, comenzó a caminar dentro del recinto, ignorando las miradas ocasionales que algunas mujeres y hombres le lanzaban. Eso solo lo hacía sentir más enfermo, que lo que estaba haciendo no era para nada una buena idea. Pero pese a que tenía un mal presentimiento en su pecho no podía retroceder.

En silencio tomó asiento frente a esa persona y su nariz se arrugó con desagrado al sentir el olor a alcohol desprender de él. ¿Cuándo había cambiado tanto? ¿Cómo un hombre tan brillante podía hacerse pedazos en tan poco tiempo?

—Oí hablar de tu hermano, Matthew, de parte de Lovino— empezó rompiendo el silencio entre ellos. Los ojos azules subieron a mirarlo de reojo, podía notar la confusión y la duda en ellos. —Lo que significaba para Arthie... me dolió solo oír hablar de él— recordar la manera nostálgica en la que Lovino le había narrado las cosas hacía que el dolor se instalara en su pecho. Sabía que lo que estaba haciendo era una jugada sucia, pero por el bien de Arthur debía hacerlo... debía romper a Francis —Él debe habérselo dado a Arthie para que él sea feliz. — esas palabras, sentía que eran una de las más difíciles que había tenido que decir. Sentir la mirada incrédula del francés, la manera en la que su cuerpo se tensaba y el vaso caía de su mano a la mesa en un golpe seco estaba haciendo que su intestino se revolviera.

—Alfred...— apenas pudo pronunciar. Su corazón se apretó de manera dolorosa y sintió su boca secarse. ¿Que estaba diciendo? ¿A qué se refería? ¿Como...? Miles de preguntas pasaban por su mente en ese momento.

—Comprendo también a Scott... debe haberse sentido tan desesperado para hacer eso. — no... no podía ser posible. —No tuve miedo, no pude odiarlo. Yo solo... sentí lastima, y tristeza— admitió con verdadera pesadez en su voz. Alzó a verlo con dureza, confirmando todo lo que el francés temía.

— ¿Cómo te enteraste? ¿Qué tanto sabes de esto, Alfred? — gruñó mirándolo de manera afilada, como nunca antes lo había visto. La persona frente a él parecía más un animal a punto de atacar que el dulce y relajado hombre del que su ex prometido se había enamorado. Debía admitir que era intimidante, pero no se detendría. Ahora que había confirmado todo lo que necesitaba saber, lo grave que era ese secreto que Francis cargaba, no podía quedarse cruzado de brazos.

—Todo... lo sabía desde el principio. Scott causo la muerte de tu hermano, pero, no fue un simple error médico, fue para darle los ojos a Arthur— Francis sintió que el piso temblaba, que todo a su alrededor daba vueltas. ¿Cómo...? No... ¿Por qué? ¿Por qué si lo había sabido todo, Alfred nunca dijo nada? —Si Arthur se entera, ¿de verdad crees que podrá seguir como si nada hubiera pasado? — no... sabía que, si Arthur llegara a enterarse, nada entre ellos seguiría siendo lo mismo, lo perdería para siempre y eso era lo que menos quería.

—Basta, Alfred— no quería seguir escuchando más.

— ¿Vas a mantenerlo alejado de ello? ¿Vas a protegerlo? ¿De verdad crees que va a ser posible? — una risa amarga salió de su garganta cuando vio que el hombre frente a él agachaba la cabeza ante sus palabras, como sus ojos se opacaban y su mano temblaba imperceptiblemente sobre la mesa. —Incluso si van a Francia, o a una isla desierta, Arthur todavía estará en peligro, él no va a ser feliz— sentenció, como si de una verdad absoluta se tratara. Porque sabía que sería así, que así viera esa situación en millones de ángulos, con infinitas posibilidades, no habia ningún escenario en el que terminara bien, en el que Arthur no saliera herido. Porque esa relación no tenía un buen futuro. — Tú eres el único que nunca debe estar con Arthur...

— ¡Te dije que pares! —golpeo la mesa con tal fuerza que hizo que su bebida se regara, manchando la ropa del americano con el olor del alcohol impregnándose en él. Agacho su cabeza y mordió su labio inferior al darse cuenta de lo que había hecho, pero... era muy tarde para disculparse. Las palabras del hombre frente a él seguían calando hasta lo más profundo de su ser, seguían apretando su garganta, dejándolo sin aire. —Tú no sabes nada, Alfred... no tienes derecho a decir nada de eso. —su voz salía ronca y rasposa, sus ojos brillaban con un aire amenazante, pero muy en su interior... sabía que él tenía razón, que todo lo que le había dicho era verdad. Pero no quería aceptarlo, no podía.

—Lo tengo, porque Arthur es importante para mí. La única cosa que puedes darle, es la triste verdad. Eso es lo único— sentenció antes de levantarse de allí y salir, dejando al francés completamente solo. Se odiaba a sí mismo por tener que hacer eso, por haberse encargado esa tarea tan difícil, pero si no lo hacía... Si no los separaba desde ahora sabía que el destino les iba a deparar un futuro peor. Eso era lo que tenía que hacer... Alzo su rostro al sentir el frio clima de Londres mandar un escalofrió por todo su cuerpo, y para el colmo, su ropa estaba húmeda y oliendo a alcohol. Enseguida su mirada empezó a recorrer sus alrededores en busca de un taxi que lo llevara a la calidez de su casa, pero sus ojos azules pararon en algo más que le corto el aliento. O más bien alguien. —Vanya...— murmuro sorprendido al ver al ruso apoyado en la pared a pocos metros del bar al que habia entrado. ¿Qué hacía él ahí? ¿Acaso él... lo había escuchado todo?

—Así que Arthur ¿no? —sus ojos se abrieron sorprendidos. Inconscientemente tragó saliva cuando vio al más alto despegar su espalda de la pared y caminar hacia él con un aura que podía ser todo menos buena.

—Yo... no es eso...— las palabras salían apenas como balbuceos de su boca. Sabía que si él habia escuchado su conversación con Francis estaba en serios problemas. Intento reprimir un ligero escalofrío cuando pudo sentir a Ivan a tan solo milímetros de sus ojos, su nariz arrugándose al captar el desagradable olor desprendiendo de su ropa, un olor que conocía muy bien y que hizo que la sangre empezara a hervir en su interior.

— ¿Estuviste bebiendo? — Alfred se quedó en shock al escuchar esa pregunta, y pudo entender el porqué del enojo del ruso, pero al mismo tiempo sintió un pequeño dolor instalarse en su pecho. Desde que se enteró de su embarazo no habia tomado ni una gota de alcohol, intentaba cuidar su salud lo mejor posible, que Ivan pensara eso de él dolía. — ¡Dímelo, chert voz'mi (maldición)! — ese grito hizo que su cuerpo se encogiera, retrocediendo de manera inconsciente. La furia en esos ojos... nunca antes lo había visto tan fuera de sí. Enseguida sus puños se cerraron y sintió que su cuerpo comenzaba a temblar ligeramente. No sabía si era por la ira o las ganas de llorar que lo habían invadido en ese momento por las malditas hormonas, pero definitivamente la primera era más probable.

—Esto es asunto mío, Ivan. Cree lo que quieras, pero déjame decirte que no sabes lo equivocado que estás— gruñó por lo bajo, mirando a esos ojos brillantes de manera retadora. No se dejaría intimidar. Con bebé o sin bebé dentro no dejaría que Ivan lo tratara de esa manera. El que le tuviera tan poca confianza dolía. El que pensara que sería capaz de hacerle daño a su pequeño cuando tan solo días atrás le había mostrado entusiasmado su primera ecografía. Quería gritarle lo equivocado que estaba, lo idiota que era al pensar que haría algo como eso, pero se quedó paralizado cuando vio esos ojos amatista bajar al suelo y los puños del mayor apretándose junto a su mandíbula. La expresión en su rostro hizo que su corazón se estrujara.

—Pensé que lo habías superado, que habías comenzado a sentir algo por mí, tan solo un poco como para dejar de correr como un perro faldero tras Arthur— sus ojos se abrieron atónitos y un pequeño "¿Qué?" se formó en sus labios. Podía ver el dolor en los ojos de Ivan, en cada una de sus facciones. —Pero... esto nunca fue asunto mío ¿verdad, Fredka? Nunca signifiqué nada para ti — No... ¿porque Ivan estaba diciendo eso? La culpa lo invadió enseguida. La manera en la que había reaccionado, en la que había respondido, era la responsable de ese malentendido. En vez de asegurarle que todo estaba bien y explicarle lo que había estado haciendo se puso a la defensiva.

—No es lo que piensas, yo...— intentó remediar todo, pero se detuvo en seco cuando recordó la conversación con Lovino esa tarde. La inseguridad que había sentido sobre sus sentimientos. "Te amo" esas eran las palabras que quería decir tan desesperadamente, pero ¿de verdad lo sentía? Inconscientemente una mano bajo a su vientre y su puño se apretó. ¿Por qué? Tan solo horas atrás podía haber asegurado con toda certeza que estaba comenzando a enamorarse del ruso, pero ahora... ¿porque las palabras no salían de sus labios? ¿Porque sus ojos azules se dirigían a su vientre con tanto enojo?

—Si tanto lo odias, puedes abortarlo... —esas palabras llegaron como afiladas navajas a su cabeza. El tono frío lo dejó congelado. Sus ojos se dispararon a los del contrario en busca de que todo eso que estaba diciendo era una broma, una muy cruel broma. El tan solo escuchar la palabra aborto le hacía tener náuseas. — Después de todo, para ti fue solo el producto de una violación, una excusa para forzarte a estar conmigo, ¿da? —su boca se volvió seca. Cuando intentó hablar, explicarle que nunca había dicho esas palabras en serio, su voz no salía. ¿Por qué todo estaba saliendo mal? ¿Porque su garganta se estaba cerrando? ¿Porque el dolor punzante en su vientre no desaparecía? —Aquí termina lo nuestro, Fredka. Puedes hacer lo que te dé la gana con quien te dé la gana. De todos modos, lo único que sentías por mí era odio ¿da? "No, por favor no" nunca antes había sentido un dolor tan grande golpear su pecho, ni siquiera cuando terminó con Arthur se había sentido tan devastado que como se sintió tras escuchar esas palabras. No supo en qué momento las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, pero eso no le importaba en lo más mínimo, no cuando vio que el ruso se giraba para irse de allí y no volverlo a ver nunca más.

—No, Vanya. Espera, no te vayas. — rogó tomándolo de la muñeca en un intento desesperado de detenerlo, de explicar todo de una vez por todas. Porque no podía concebir la idea de Ivan dejándolo. Pero el destino era cruel y lo único que pudo sentir fue al mayor deshacerse de su agarre con brusquedad antes de voltearse y clavar su mirada gélida sobre él.

— Do svidaniya (adiós), doctor Jones— fue lo único que escuchó antes de ver cómo desaparecía entre las calles de Londres. Su corazón no pudo soportarlo más y se sintió caer al suelo, con su espalda apoyada en la pared y sus piernas envueltas entre sus brazos. El nudo en su garganta lo sofocaba cada vez más y fue cuestión de segundos que rompió en llanto, abrazando su vientre, sin importarle que la gente se quedara mirándolo al pasar por la calle. Era un idiota... era un completo idiota. Y por eso ahora había perdido a la persona que amaba. De nuevo...

•••

—Buen trabajo, Feli. Debes estar cansado, ve a casa y duerme mucho para que mañana estés con más energía— Sadik palmeó su espalda con una sonrisa antes de empezar a recoger todas sus cosas para regresar a casa luego de la larga jornada de trabajo.

—S-sí, lo haré— se encogió de hombros, forzando una sonrisa para que el turco no se preocupara. Apoyo su espalda contra los casilleros y dejó salir un suspiro desde lo más profundo de su ser. No podía seguir con eso, era simplemente ridículo. Todo el día había evitado a Ludwig, decir que había pasado distante era poco. Ni siquiera pudo concentrarse en su trabajo, todo por las dudas, los celos y las inseguridades que rondaban por su cabeza cada vez que recordaba lo que había pasado la noche anterior.

Flashback—

"—Dankeshön Feli escuchó la voz del alemán detrás de él provocando que un pequeño escalofrío recorriera de su cuerpo ante ese llamado tan repentino. No sabía en qué momento Ludwig había salido de la ducha, ni cuando había llegado a su lado y envuelto sus brazos a su alrededor con sutileza que muy pocas veces demostraba el de ojos azules. Pero... un momento. ¿Por qué Lud estaba actuando así de repente? ¿Porque le estaba agradeciendo? No recordaba haber hecho nada últimamente como para merecer esas palabras. Entonces...

¿Eh? ¿Por qué? se volteo para verlo de frente, la confusión pintada en su cara. No sabía a qué venía todo eso, pero sentir el cuerpo aún húmedo de Ludwig contra su espalda despertaba un escalofrío electrizante que le cortaba la respiración. No le importaba porque le estaba agradeciendo Lud, lo único que importaba era sentirlo cerca. Sentir su respiración tan cerca. Oh dio... ¿porque se estaba excitando tanto?

Ya se me estaba acabando la loción para afeitar, pero siempre me olvidaba de comprarla, gracias por hacerlo por mí espera... ¿qué? En ese momento todo el placer se drenó de su cuerpo y sus ojos se abrieron sorprendidos, girando a mirar al alemán sin comprender. El nunca... entonces ¿Quién? Escogiste mi favorita sonrió besando su frente antes desaparecer por la puerta del vestidor, pero ese beso no le causo ni un mínimo cosquilleo en el estómago. A su mente solo venía un nombre, la única persona capaz de haber hecho eso. Y pudo jurar en ese momento que su visión se volvió roja. "

Fin del Flashback—

No sabía cuándo había llegado frente a ese edificio, ni cómo es que sus piernas lo habían llevado sin protestar ni un solo segundo hasta que estuvo frente a esa puerta por la que nunca había pasado. Pero de una u otra manera, tenía el leve presentimiento de que ese era el lugar que necesitaba urgentemente en ese momento. Sentía que solo ahí podría encontrar las respuestas a las preguntas que martillaban su mente, que no lo dejaban seguir siendo la misma persona de siempre. Sin pensarlo mucho más tocó el timbre, golpeando el suelo con su pie nervioso.

— ¿Feli? —su mirada se alzó instantáneamente al escuchar esa voz. Justo la persona que necesitaba, el único hombre en todo el mundo en el que sabía que podía confiar plenamente.

—Hola Fratello— saludó volviendo a poner una sonrisa en su rostro. Tenía ganas de abrazarlo como siempre lo habían hecho desde pequeños pero sabía que con la panza que se cargaba su hermanito no iba a ser nada fácil, así que solo se limitó a sonreír.

— ¿Cómo supiste donde está mi casa? —Lovino lo miro de pies a cabeza con los ojos afilados en sospecha, aún sin salir de su shock inicial. No podía creer que Feliciano hubiese aparecido de la nada, sin aviso previo ante su puerta. Aunque tampoco le sorprendía mucho viniéndose de él, pero aun así...

—Instinto de gemelos— No era por completo una mentira. Si bien de antemano Antonio le había dado la dirección nunca le había dicho el número de departamento, así que tuvo que ir por una corazonada, siguiendo ese hilo invisible que siempre terminaba uniéndolo con su gemelo. —Es muy linda— elogió mirando a su alrededor con curiosidad. Desde la sala podía ver la cocina y el comedor, todo estaba limpio y ordenado. Demasiado ordenado como para ser la casa de su hermano.

—Gracias, fratello— contestó rascándose la nuca algo incómodo, notando la sorpresa en los ojos de su gemelo por el estado nítido de su hogar. Por supuesto estaba ordenado, después de todo desde que había dejado de trabajar no salía mucho de casa y lo único que tenía que hacer allí era limpiar. Por lo menos eso lo mantenía activo y aliviaba un poco sus ganas de salir y encontrar al maldito bastardo que dejó a Gilbert en el hospital.

— ¿Puedo sentir al bambino? — esa pregunta lo saco de sus pensamientos, y enseguida su mirada se dirigió a la avellana de su hermano con sorpresa. No sabía qué tipo de pregunta era esa, especialmente viniendo de Feliciano. Normalmente el italiano simplemente lo haría sin pedir permiso alguno, pero hoy su hermano no era el mismo.

—Po-por supuesto, idiota— accedió desviando su mirada con un leve sonrojo en sus mejillas. Aparte de su esposo y ocasionalmente Arthur o Gilbert no permitía que nadie tocara su vientre, lo hacía sentir... extraño. Pero no podía negárselo a su hermano, no cuando hace pocos minutos parecía como si el cielo se le hubiese caído encima. Definitivamente algo le pasaba. Eran gemelos, era casi imposible ocultar sus sentimientos entre ellos.

—Es tan lindo— sonrió Feliciano emocionado cuando sintió una patadita del bebé contra su mano. Era fascinante poder sentir a su sobrino, y pese a que no le gustaban los niños tenía el presentimiento de que definitivamente amaría a ese. Sacudió su cabeza intentando que su hermano no notara su expresión, pero era muy tarde, ya podía sentir la mirada preocupada de Lovino sobre su cuerpo.

— Tú tienes algo... ¿qué es? ¿Porque viniste acá? — sí, ya estaba en modo interrogatorio, y cuando su fratello estaba así, nada se le escapaba. Mucho menos cuando estaba cruzado de brazos mirándolo con los ojos entrecerrados.

— ¿No puedo venir a visitar a mi gemelo? —suspiro desviando su mirada al piso, no tenía ganas de hablar sobre lo que había pasado. No se sentía listo a admitir lo que temía. Lovino chasqueo la lengua, quería respuestas, y las quería ya. Además, tenía un leve presentimiento del porqué del estado deprimido de su hermano, o, mejor dicho, el por quien.

—No me mientas, cuando viniste parecías decaído, ¿qué te hizo ese macho patatas? —gruñó apretando sus puños, si ese bastardo se atrevía a haber levantado un solo dedo en contra de su hermano o herirlo de cualquier forma posible podía declararse hombre muerto. Lo cortaría en pedazos y lo daría de comer a sus perros al muy cabrón.

— ¿Eh? Nada, Luddy no ha hecho nada— negó rápidamente levantándose cuando notó el aura asesina que emanaba de Lovino, sacudiendo sus brazos en un vano intento de hacerle olvidar lo que sea que hubiese estado pensando hacer. Al escucharlo el mayor destensó sus puños y por la expresión de su hermano lo pudo entender todo.

—Y ese es el problema...— Feliciano subió a mirarlo sorprendido. Como siempre, había podido saber lo que le molestaba con tan solo mirarlo. Ya no tenía sentido ocultar nada, después de todo, la única persona que podía comprenderlo y aconsejarlo en ese momento era Lovino. No había nadie más en el que podría confiar tanto como en él.

—Tengo miedo de que ya no sienta lo mismo por mí, que se esté enamorando de alguien más...— hablo casi en un susurro, sentándose a lado de su gemelo con la mirada clavada en el suelo. Era la primera vez que lo decía en voz alta, que dejaba que el miedo se colara a sus entrañas. —Hay alguien, una donna, que está enamorada de él, y... no sé si pueda contra ella— decirlo finalmente lo hacía sentir más real, hacía que su corazón se estrujara con la posibilidad de que lo que temía se volviera realidad, que Ludwig dejara de verlo solamente a él, que alguien más se robe el corazón del primer hombre que podía hacer que su corazón se acelerara a una velocidad que le hacía casi imposible respirar. Lovino lo miraba con confusión, el Feliciano frente a él, era diferente. Nunca antes había visto esa faceta de él, tan... vulnerable, indecisa. Si bien su hermano siempre se mostraba alegre, relajado y muchas veces incluso idiota, en realidad podía ser todo lo contrario cuando algo le molestaba o se entrometía en su camino.

—Sueles ser muy posesivo con tus "cosas", me sorprende que no hayas tomado cartas en el asunto— admitió encogiéndose de hombros aún sin comprender, hasta que algo hizo click en su cabeza. La única fuerza en el universo que era capaz de cambiar a cualquier persona, y se quedó en shock. No... no podía ser que en realidad Feliciano esté...— ¿acaso tu...?

—Yo... creo que de verdad lo amo— Oh dio... en realidad estaba pasando. Y no podía digerirlo. Si bien su hermano siempre había salido con muchas mujeres, jamás se había enamorado de ninguna de ellas y que ahora venga y se enamore de justo la persona que no podía ni ver y encima un hombre... No era que tuviera nada en contra de que su hermano se enamore de un hombre, pero era la primera vez que salía con alguien del mismo sexo... y era extraño. Ahh, la cosa es que, su hermano, de verdad enamorado de alguien, era como para decir que se venía el fin del mundo. Nunca lo había visto así por nadie. Feliciano soltó un suspiro hundiendo su rostro entre sus manos. El dolor en su pecho comenzaba a hacerse insoportable, y una verdad seguía repitiéndose una y otra vez en su cabeza. —Yo no soy lo mejor para él, o para Wolfram— el... no era lo suficientemente bueno. Ludwig se merecía algo mejor... lo sabía, pero dolía. Dolía el aceptarlo, el dejar que el egoísmo deje de nublar su juicio. Pero no quería dejarlo ir... quería hacer todo menos eso. Porque Ludwig era la primera persona que le habia hecho sentir su corazón latir tan desenfrenado, que su mundo se iluminaba por completo. No quería perderlo...

•••

Y ahí estaba. Al día siguiente, ocho en punto de la mañana frente al lugar en el que había citado a la persona que ayer le había llamado en medio de la noche para decir que "tenía información sobre el caso que estaban investigando". Agh, si bien estaba feliz de haber conseguido un testigo del accidente, tuvo que dejar solo al idiota de su hermano en su casa por la llamada de ese hombre. Solo esperaba que valiera la pena, porque si no juraba que era capaz de prender todo el mundo en llamas. Sus pies dolían un montón y su espalda lo estaba matando, el bambino no se quedaba quieto ni un momento. Solo quería regresar a casa y descansar, pero... esta llamada era importante. Debía hacerlo.

Con pereza entro a la cafetería, pasando sus ojos por cada una de las mesas en busca del hombre que lo había llamado. Y no tuvo mucho problema en hallarlo, después de todo a esa hora de la mañana no había mucha clientela, además, era la única persona en ese lugar que estaba sola. Su físico coincidía con la descripción que le habia dado por teléfono. Definitivamente parecía tener cincuenta y seis años, o más. Cabello castaño, ojos azules, piel trigueña, todo coincidía.

— ¿Señor Kleig? — llamo acercándose a la mesa donde el hombre esperaba sentado con una taza de café entre sus manos.

—Sí, soy yo— se levantó enseguida tras escuchar su nombre ser llamado, dirigiendo su mirada a la fuente de esa voz con curiosidad. El hombre de cabello cobrizo frente a él no tenía pinta de ser policía, mucho menos con esa panza para nada pequeña que se cargaba, podría incluso distinguirla a la distancia. Lovino chasqueo la lengua al notar la manera en la que el hombre frente a él lo observaba de pies a cabeza, deteniéndose en su placa policiaca con incredulidad. Ese idiota...

— ¿Usted fue testigo del accidente de auto? — pregunto de mala gana, cruzándose de brazos molesto frente a ese imbécil para que dejara de observarlo como bobo y se concentrara en el motivo por el que lo habia citado allí. Tsk, no quería perder su maldito tiempo.

—Sí, ese fui yo— contesto rascándose la nuca incómodo. El enojo del italiano era palpable, y lo que menos quería era hacer enojar a un oficial de policía, no cuando habia una recompensa por delante. Si por algo habia llamado era por el dinero, nada más le interesaba. —Disculpé, poli, ¿la recompensa es en efectivo? — inquirió intentando sonar desinteresado, mirando distraído a la nada mientras el hombre frente a él tomaba el menú del lugar con curiosidad.

—Una vez que confirme que es una prueba clave para atrapar al criminal, informare a mi jefe, y con su autorización depositaré el dinero en su cuenta. Pero va a tomar un tiempo, le llamaré cuando esté listo el trámite— explicó mirándolo de reojo sobre el menú. Si creía que le iba a entregar el dinero por cualquier tontería que dijera estaba muy equivocado. No era idiota como para confiar en lo que ese hombre le dijera a la primera.

— ¿No va a dármelo hoy? — Reclamó con un tono ofendido en su voz que Lovino pudo notar, afilando su mirada enseguida. — ¿Cuánto voy a recibir?

—Fue escrito como novecientas libras— tsk, sabía que ese imbécil solo iba tras el dinero. Estaba empezando a arrepentirse de siquiera haber salido de casa para encontrarse con ese fraude.

— ¿Eso es todo? Hace tres años me ofrecieron diez mil libras, y en efectivo inmediatamente— encima de eso el gilipollas quería más dinero del que podían ofrecer. Pero... un momento ¿hace tres años? ¿Habia dicho hace tres años? No... no podía estar escuchando bien, eso no era posible. Tch, ese idiota le estaba viendo la cara de imbécil.

—Deje de decir tonterías, eso no puede ser verdad— gruño cruzándose de brazos, su mirada afilada sin ninguna pizca de confianza. No se iba a dejar tomar el pelo, y mucho menos por un charlatán interesado solo en el dinero. Agh, ni siquiera sabía que seguía haciendo allí sentado. Debía regresar a su casa y asegurarse de que el idiota de su hermano no hubiese roto ni incendiado nada. Su espalda y las patadas de su bambino no le daban un descanso. Debería arrestar a ese hombre por hacerle perder el tiempo de esa manera, tsk.

— ¡Es la verdad! — el sonido de los puños golpear la mesa y el tambalear de la tazas llamo la atención de todos a su alrededor. Lovino dio un pequeño respingo sorprendido por la reacción del hombre frente a él, calmando el acelerado palpitar de su corazón antes de clavar su mirada enojada en el castaño. —Era incluso un detective en el cuartel de policía en persona, y fue después de atrapar al criminal, pero aun así me pago sin quejarse— ¿Qué? ¿De qué estaba hablando ese hombre? Eso era simplemente imposible. Hace tres años fue cuando Gilbert comenzó a tener problemas en su trabajo, cuando poco después lo despidieron. Era imposible que hubiese sido él. E incluso si él hubiese sido, Gilbert nunca le ocultaría tal información, no cuando eso representaba un peso enorme al caso. —Dijo que yo era un ciudadano modelo— ese hombre de ciudadano modelo no tenía nada. Y otra cosa más estaba rondando por su cabeza que no cuadraba...

— ¿El culpable fue capturado, pero recibió la recompensa? — eso era simplemente imposible. ¿Por qué demonios la policía haría algo así? Nunca en todos sus años de carrera, de crímenes e investigaciones le habían pagado a un testigo después de atrapar al criminal. Además de que... el caso de Francis Bonnefoy seguía sin cerrarse, el culpable nunca fue capturado. Una sensación amarga se instaló en su garganta. Cuanto más cavaba todo se tornaba peor... Tenía un mal presentimiento acerca de eso. La verdad que ocultaba todo ese caso, debía descubrirla... y no se daría por vencido hasta hacerlo.

•••

Una vez más se encontraba en ese ya tan conocido bar en el centro de Londres, ese lugar que en su juventud solía frecuentar, donde comenzó su amistad con el hombre que ahora ella mismo se habia encargado de destruir, con esa persona que en un dado momento habia amado con todo su corazón. Ese lugar donde sabía que podía encontrarlo. Y no se equivocaba.

—Scott...—llamo ese nombre, pese a que la persona que estaba ahí no parecía ni una pizca del hombre jovial, terco y orgulloso que habia conocido años atrás. Y pese a que pareciera que toda esa media botella del whisky estaba nublando su mente, el aun podía reconocer su voz, podía distinguir su figura, recordar que si... ella era la responsable del estado tan deplorable en el que estaba ahora.

—Albert Kraufftench... nunca debiste haberlo llevado al hospital— hablo con la cabeza gacha, sin levantar sus ojos a ver a la persona frente a él. Su cabeza comenzaba a dar vueltas, y pese a que sentía la bilis en su garganta, otro trago de alcohol no se veía como una mala opción, no cuando la otra era enfrentar de una maldita vez todo el problema en el que se había metido, sus pecados... todo lo que había salido a la luz.

— ¿Por qué? ¿Ha pasado algo? — pregunto con fingida sorpresa en su voz, tomando asiento a lado del escoces. Sí que se veía mal... su cabello estaba hecho un desastre, las bolsas negras bajo sus ojos, su piel estaba más pálida de lo normal. Scott... estaba a punto del colapso, podía sentirlo.

—Francis se enteró de todo... el doctor Kraufftench le dijo—otro trago de whisky paso quemando su garganta. Decir esas palabras dolía mucho más de lo que pudo haberse imaginado. Los recuerdos de como Francis se había comportado, los temores que todos esos años lo habían atormentado, todo volvía a salir a la superficie, lo volvían a sofocar. Emily sintió la urgencia de acercarse a él, de intentar consolarlo, quitarle esa maldita botella del frente para que dejara de hacerse daño. Pero no podía, sabía que no era lo correcto. Esto... todo lo había causado ella. No tenía el derecho...

—Entonces, ¿Que te ha dicho? — porque no estaba ahí para consolar a esa persona de la que en algún punto de su vida se había enamorado, estaba allí por el peor mal que destruyó su vida. Por su egoísmo, su sed de poder, de controlar todo lo que estuviese en su poder.

—Nada... el finge no saber nada. Dijo que iba a ir a Francia con Arthur— y entonces supo que por mucho que doliera, su plan estaba dando resultados. Sabía que si toda esa información salía a la luz, Francis dejaría de perseguir el caso, no buscaría nunca más al culpable del accidente de choque y fuga. Porque ese era su objetivo, detener a Francis, pese a que en el proceso la persona que en todos esos años se habia vuelto tan importante para ella saliera herida. Porque a alguien más importante que proteger, y sabía que Scott sabría comprenderla. —Me he arrepentido de ese momento todos los días. Debí haberla confesado, y ser castigado por el crimen que cometí. Debería haberme puesto de rodillas frente a él y rogarle que me perdone... por lo que le hice. Lo que le hice, no tiene perdón, pero aun así... Francis es una persona valiosa para mí, y tenía miedo. — no pudo evitar escuchar como la voz del escoces se quebraba, ni como sus puños se apretaban sobre la mesa y las lágrimas comenzaban a caer de sus ojos. Nunca antes lo había visto en un estado tan deplorable, y lo único que pudo hacer en ese momento fue servirle otro vaso de whisky y sentir compasión por él. Porque no podía hacer nada más, no podía. Scott no dudo ni un segundo en acabarse todo el licor del vaso en un trago, ya ni siquiera sentía el placentero ardor en su garganta, la sensación de mareo, o de su cuerpo volviéndose más ligero. No podía sentir nada. —Quince años, tuve quince años para pedir disculpas. Pero yo... simplemente hui— porque eso era lo único que sabía hacer. Huir de los problemas, de la gente que amaba, de la realidad que le rodeaba. Porque enfrentar la realidad era demasiado doloroso. El imaginarse a Francis... el recordar la manera tan distante en la que le había empezado a tratar. No podía con todo eso. Era un maldito cobarde...

—Era por tu hermano. No era para tu propia felicidad. Fue por la felicidad de Arthur. — Emily se acercó atrayéndolo a su pecho en un abrazo, en un vano intento de consolarlo, de reducir si quiera un poco el dolor por el que estaba pasando. Scott se dejó hacer sin poner resistencia, sentía su cuerpo tan pesado y entumecido que no podía hacer nada, su cabeza martillaba y las lágrimas no paraban de caer contra su voluntad. —Si revelas la verdad a este punto, ¿crees que Arthur te lo agradecerá? — no, el jamás lo haría. Sabía que si Arthur se enteraba de la verdad lo odiaría. Lo odiaría por todo lo que hizo, por el monstruo que era, el monstruo en el que se convirtió. Él no merecía el perdón... no después de todo lo que había hecho. Pero Arthur... él no tenía la culpa de nada. Arthur era la persona más valiosa para él, y sabía que, si se enteraba de la verdad, lo perdería para siempre. —Basta con pensar en Arthur. Te ha costado mucho protegerlo. Solo piensa en él, solo necesitas pensar en él...

•••

Cuando llego a casa supo que algo andaba mal. Y como no si apenas puso un pie ahí dentro el olor al tabaco y alcohol lo invadió. La preocupación fue su primera reacción, pero no duró ni un minuto cuando lo siguiente que pudo ver fue a su hermano tendido en uno de los sillones de la sala con una botella de whisky a medio acabar en su mano. La furia lo invadió cuando sus ojos bajaron al suelo y notó varias colillas de cigarrillos y botellas vacías por doquier. Ese imbécil... y encima tenía el descaro de quedarse dormido después de dejar la casa toda hecha un asco. No tenía remedio.

—Idiota— pateó el sillón en el que su hermano estaba sentado. El golpe hizo que el mayor se revolviera incómodo por su sueño interrumpido. Arthur lo miro enojado, pero no había nada que pudiera hacer, así de idiota era su hermano. Con pesadez comenzó a recoger las botellas vacías del suelo, y al hacerlo no le sorprendió el estado en el que lo había encontrado. Con toda esa cantidad de licor no era de extrañar que siquiera pudiese levantarse del sillón por sí solo. — ¿Por qué tomaste de nuevo cuando ni siquiera te estas sintiendo bien? — suspiro por lo bajo, deteniéndose para mirar al pelirrojo. Si bien sabía que su hermano bebía constantemente nunca tomaba tanto como esa noche. Eso pese a que no quisiera admitirlo le preocupaba, porque cualquiera que haya sido la razón para hacerlo sabía que era algo malo. Bloody hell, ni siquiera había terminado las 24 horas de reposo que le exigió que se tomara.

—Arthur— lo escuchó llamar en apenas un hilo de voz, y cuando sus ojos chocaron todas las ganas que había tenido de gritarle desaparecieron ¿Porque se veía tan devastado?

— ¿Qué quieres? — hablo intentando sonar lo más duro posible, regresando a su tarea de recoger toda la basura que ese imbécil había regado por la sala. Quería evitar verlo porque si lo hacía sabía que no tendría el corazón de regañarlo, de ser severo con él. Porque le preocupaba, y Scott pudo darse cuenta de ello. Después de todo lo conocía mejor que nadie.

—Mocoso... no tienes que preocuparte por mí— el tono de su voz era suave, sus ojos buscaban los de su hermano y cuando finalmente los encontró pudo ver en ellos todo lo que necesitaba para continuar. Continuar con la decisión que había tomado.

—Scott— esa mirada... sabía que iba a decir algo serio. En ese momento no estaba de ánimos para escucharlo, pero esa mano tomando la suya lo hizo guardar silencio y detener lo que estaba haciendo para poner toda su atención en lo que su hermano iba a decir.

—Ve a París con Francis. Cuanto antes mejor— ¿De nuevo con eso? ¿Por qué insistía tanto en que se fueran? Ya estaba cansado de eso. —No desperdicies sus valiosas habilidades por tu hermano alcohólico— sí, era un alcohólico de mierda, pero no solo por eso lo iba a abandonar. Francis podía aprovechar sus habilidades en Londres, era una buena ciudad también, el bastardo ganaba lo mismo o más que en Nueva York. Solo porque en Francia le fueran a pagar mil euros más no iba a hacer mucha diferencia. No entendía… no sabía porque Scott se negaba tanto a que vivirán allí. No quería irse, no podía abandonarlo, pero justo cuando iba a protestar el escocés lo interrumpió una vez más, apretando el agarre en su mano para que lo viera nuevamente a los ojos. —Ustedes dos se aman. Tú, Arthur, amas a Francis, mucho más de lo que te puedas imaginar...— sus ojos se abrieron sorprendidos para después bajar al suelo. ¿Porque estaba tan de repente diciendo cosas como esas? Francis... por supuesto que lo amaba, más que a nadie en el mundo, por algo estaban comprometidos.

—Si... — respondió después de un largo silencio, soltando un suspiro con la esperanza de ocultar el creciente rubor en sus mejillas. Scott nunca había abordado el tema de su "vida amorosa" ni de sentimientos. Pero... ¿porque lo estaba haciendo ahora? ¿Porque sonaba tan serio?

—Entonces debes pensar en él también. — ¿pensar en Francis también? Por supuesto que lo estaba haciendo, pensaba en que era lo mejor para Francis a todo momento, pero... no podía abandonar a Scott, sabía que siempre su familia estaría primero, y él era la única familia que le quedaba. Simplemente no podía... —Yo ya estoy bien, con medicina y tratamiento, voy a estar más que bien— intentó asegurarlo apenas en un susurro, no quería que su hermano siguiera preocupándose de su salud.

— ¿Cómo puedo irme cuando estas en esta condición? Imbécil—explotó, mirándolo con enojo. Toda esa mentira de que estaba bien no se la iba a tragar. Cómo podía estarlo si el día en el que se supone que debía descansar iba hacerse mierda con toda esa cantidad de alcohol y tabacos que había consumido.

—Yo también iré...— Lo interrumpió antes de que el británico pudiera gritarle todo lo que estaba en su mente. Si en ese momento había una manera de convencer al terco de su hermano era esa. Y estaba desesperado por convencerlo. —Los seguiré pronto, pero primero deben acomodarse allá para que tenga un lugar a donde llegar...

— ¿Lo dices en serio? — Arthur subió a verlo sorprendido sin saber si lo que estaba diciendo era solo una broma. Scott se levantó intentando no tambalear en ese momento, que su compostura no cayera y las lágrimas que tanto estaba conteniendo no se derramaran cuando envolvió sus brazos alrededor de su hermano, cuando toco su cabello tal como lo hacía cuando apenas eran niños. Tal vez esa sería la última vez que pudiese tenerlo entre sus brazos, que podría verlo a los ojos y notar en ellos esa calidez que siempre sentía cuando lo tenía cerca.

—Si, por eso Arthur... no pierdas a Francis y váyanse pronto...— soltó en apenas un susurro, apretando ese menudo cuerpo contra el suyo tan solo una vez más. Una vez más para poder resistir el peso de la decisión que acababa de tomar, del destino que le esperaba. Su mirada se alzó en busca del cielo, de las estrellas, de su familia.

"Mamá... creo que es hora de reunirme con ustedes. Yo... yo También quiero escapar de este infierno. Solo... quiero asegurarme de que Arthur sea feliz primero, que escape de la cruda verdad. "

•••

Alzo su cabeza de la pila de archivos sobre su mesa al escuchar dos golpes en su puerta y como en poco tiempo esta se abría y dejaba pasar a la persona que había estado esperando desde la mañana. El hombre frente a él lo saludo con un asentimiento de cabeza antes de tomar asiento frente a él con un poco de tensión notable en sus hombros. Si bien era el jefe de toda la unidad de bomberos, que uno de sus capitanes lo llamara de manera tan urgente para decir algo "importante" no le daba buena espina.

— ¿Qué es lo que tiene que decirme, doctor Bonnefoy? — pregunto mirando con atención al francés. Desde que entró un mal presentimiento lo había invadido, pero... no, debía mantenerse positivo. Pfff... ¿Qué era lo peor que le podía decir?

—Lamento decir esto... pero parece que voy a tener que viajar a Paris, tal vez por mucho tiempo...

— ¿Que? —sí, eso era lo peor. Agh, no podía creerlo, justo cuando las cosas estaban empezando a ir tan bien.

—Por favor, no le diga a los demás... voy a terminar mis deberes aquí antes de irme— pidió uniendo las palmas de sus manos, no quería que nadie se enterara de su decisión aún, mucho menos Arthur. Sadik parpadeo procesando la información, pasando una mano por su cabello con frustración.

—Cielos... todo el mundo se sentirá decepcionado— suspiro rendido, no había manera en la que la situación pudiera cambiar. Sabía que todos se entristecerían al enterarse de la noticia, después de todo, en el poco tiempo que el francés había pasado con ellos, se había ganado el cariño de todos en la estación. Iba a ser una pena dejarlo ir.

—Lo siento por eso, vraiment (de verdad)— murmuro Francis con la cabeza gacha. En verdad odiaba decepcionar a los demás, y cuando entro a trabajar allí nunca pensó que se iría tan pronto, pero... debía hacerlo, por el bien de Arthur y el de sí mismo. Sadik al verlo soltó un suspiro desde lo más profundo de su ser, agh... ese hombre de verdad se veía que lo lamentaba, pero... no había nada que se pudiera hacer. De una u otra manera ya se había estado preparando a que algún día Francis tuviera que dejarlos, solo que no esperaba que fuera tan pronto.

—Sabía que no serias capaz de quedarte por mucho tiempo, pero si esa es tu situación, no hay mucho que pueda hacer. Lo entiendo, Francis— apoyo una mano en el hombro del francés en forma de apoyo, indicándole que no estaba para nada enojado por esa noticia. Como siempre decía su esposo, las cosas buenas duran poco, así que... no había que más discutir en ese tema.

—Gracias, Sadik— sonrió con sinceridad, dando una palmeada amistosa en el hombro del otro en forma de despedida. El turco solamente asintió antes de levantarse de la silla para caminar a la salida, pero justo cuando lo iba a hacer la puerta de la habitación se abrió, dejando pasar una figura muy conocida para los dos. Una que confundió a Sadik por su presencia, no esperaba encontrárselo allí.

— ¿Qué haces aquí? — pregunto enseguida Sadik con sospecha y confusión. No esperaba encontrar a su sargento favorito allí, en el despacho del hombre con el que pasaba discutiendo 24/7. Arthur Kirkland sí que era un hombre muy sospechoso, y sentía que había algo entre esos dos.

—Vine a reportarme— se excusó encogiéndose de hombros ante la mirada suspicaz de su jefe. Sadik sonrió por lo bajo antes de salir de allí dejando a los dos tortolos solos, sabía que algo se cargaban esos dos, pero él no era nadie para detenerlos o decirles que hacer o no hacer. Arthur soltó un suspiro cuando por fin la puerta del despacho se cerró, dejándolos solos en la habitación. Justo como le gustaba. Pero... en primer lugar ¿porque habia estado ahí Sadik? ¿Y porque cuando llego se sentía un aura tensa entre ellos? — ¿Tuviste una conversación seria con él? — pregunto con curiosidad, tomando el asiento en el que antes habia estado su jefe.

—No, para nada ¿Pourquoi, mon amour (por qué, mi amor)? — negó rascándose la nuca nervioso, no quería que Arthur se enterara de la conversación con Sadik. El inglés lo miro con sospecha, pero no ahondó más en el tema, había ido allí por una razón.

—Vamos a un lugar después del trabajo— Francis parpadeo confundido ante la repentina propuesta. No todos los días su fiancé (prometido) le pedía que vallasen juntos a algún lugar.

— ¿A dónde? — pregunto con verdadera curiosidad. Si Arthur lo invitaba debía ser algo importante ¿no? El británico soltó una pequeña risa, negando con la cabeza. El lugar al que quería llevar a su prometido era un secreto, así que no se lo diría, por mucho que esos ojos azules lo hicieran hesitar.

—Te arrepentirás si no vas, wanker— advirtió con una sonrisa divertida antes de acercarse y unir sus labios con los del francés en un contacto suave. Gosh... ya lo había extrañado tanto, y sabía que Francis también por la manera en la que lo tomo de la nuca para profundizar más el beso.

Ouais, ouais, cher— respondió al separar sus labios por la falta de aire. Si bien su curiosidad no había sido saciada, sabía que fuese lo que fuese no se iba a arrepentir de pasar tiempo con esa personita de la cual cada vez se enamoraba más.

•••

—Entonces... ¿qué es lo que vio? — pregunto con sus ojos carmesí clavados en los del pelirrojo, intentando sentarse sobre la camilla sin despertar al bello durmiente que estaba acurrucado a su lado. Lovino los miro raro durante algunos segundos antes de sacudir su cabeza para volver a concentrarse en la conversación que habían estado teniendo. Aun no se acostumbraba a ver a Gilbert y Roderich juntos. Era... extraño, sí...

—Dijo que vio un auto deportivo extranjero que venía en sentido contrario— habló aun sin poder quitar sus ojos de la figura dormida del austriaco sobre la camilla. ¿Cómo es que los había si quiera dejado compartir cama en un hospital? No... pensándolo bien eso era algo que no quería saber.

— ¿Y? — rodó los ojos mirando al italiano impaciente. Que no tenía monos en la cara, joder. Que si lo seguía mirando así juraba que lo mandaría del cuarto a patadas sin importar que en el proceso levantara a su ex marido.

—Escucho el sonido de los golpes y chillidos. Dijo que como era tan temprano e iba escuchando música en el auto, no le puso mucha atención y no se detuvo. Pero, que, hace 3 años, vio un cartel ofreciendo recompensa para el testigo del choque, a nombre del oficial Gilbert Beilschdmit— explicó concentrándose por fin en el alemán, recordando la conversación que había tenido con el señor Kleig esa mañana. Gilbert lo alzo a ver en shock. Eso... eso era imposible.

— ¿Was? Yo nunca recibí ninguna llamada, ni usé ningún cartel— recordaba que en esa época ni siquiera lo dejaban acceder a los archivos clasificados del caso, mucho menos poner un cartel buscando testigos. Ni siquiera cuando el caso recién se estaba investigando lo dejaron poner carteles, el que no le hayan permitido hacerlo cuando intentó reabrir el caso años atrás estaba por entendido. Además, no recordaba en su vida haber recibido alguna llamada de un testigo. Gott... de haber sido así ya hubiese atrapado al culpable años atrás.

—El señor dijo que quien lo había interrogado le dio las diez mil libras en efectivo y de inmediato

— ¿Diez mil? — increíble... eso era simplemente increíble. Diez mil libras... esa cantidad ni siquiera se la pagaban en medio año, ¿y que alguien lo diera como recompensa a un testigo? Simplemente imposible.

—Ni siquiera le hicieron muchas preguntas y También le dijeron que ya habían atrapado al criminal, que era un ciudadano modelo y todas esas tonteras— suspiro rodando los ojos, a él también le parecía extraño todo eso, le daba un mal presentimiento...

— ¿Se creyó toda esa mierda? — gruño chasqueando la lengua con molestia, cruzándose de brazos, intentando controlar si quiera un poco el volumen de su voz para no levantar a Roderich, aunque en ese momento, eso era lo que menos le preocupaba.

— ¿Qué sabe él? A él solo le dieron dinero gratis— se encogió de hombros el italiano. La mayoría de los civiles eran así, si les daban dinero gratis no les importaría recordar ni siquiera lo que dijeron para conseguirlo.

—Una cosa esta clara aquí...— murmuro con seriedad notable en su voz. Lovino lo regreso a ver con atención. —No sé quién, pero alguien arranco una declaración testimonial de en medio...

—Ajá...—asintió pensativo, mirando al alemán fijamente, con la clara seguridad de que ambos coincidían en la persona responsable de eso. Solo había alguien que era capaz de hacer algo así. Y oh sí que era un hijo de puta.

—Agh, no sabía nada de eso, verdammt — jaló su cabello con frustración. De haberlo sabido antes... nunca hubiese dejado ir ese caso con tanta facilidad, hubiese peleado con uñas y dientes por descubrir la verdad. Porque tenía la certeza de que había algo grande detrás de eso, algo muy, muy grande. —Asegúrate de mantener contacto con él, es un testigo fundamental para este maldito caso manipulado— señalo al italiano, escupiendo sus palabras con ira.

—Me asegurare de que solo hable conmigo— respondió dando un pequeño asentimiento,

— ¿Solo por palabras? Agh, me voy a volver loco en este hospital— gruñó golpeando la cama con sus puños, intentando desahogar toda su frustración, sin darse cuenta de que todo su alboroto había terminado levantando al austriaco. Y oh sí que estaba perdido...

•••

—Oh, este lugar...—abrió sus ojos sorprendido cuando el inglés paró frente a una pequeña pero elegante joyería en medio de Londres. Parpadeo rápidamente sin comprender, bajando a ver al inglés con una pregunta clara en su rostro.

—Sé que no hay nada más poderoso que el anillo de tu madre, pero quiero encontrar algo igual de fuerte que nos una y sea nuestro, único— explico un tanto cohibido, apretando un poco más la mano de su prometido. Quería conseguir un anillo especial para ellos, que representara su relación, que lo hiciera sentir suyo. Francis al escucharlo no pudo evitar sonreír. Por mucho que Arthur intentara parecer frío y rudo, en realidad era tan adorable que cada vez lograba derretir su corazón de la ternura.

—Está bien. Mon amour— revolvió su cabello con cariño, ganándose un codazo de parte del menor. Arthur negó con la cabeza, no podía esperar nada menos de Francis, pero... era por eso que lo amaba tanto.

I love you— declaró antes de unir sus labios con los del mayor en un beso casto, iniciando el contacto por segunda vez en el día.

Je t'aime aussi— respondió al separarse del beso, su corazón latiendo como loco con emoción y cariño. De verdad, amaba tanto a ese hombre. —Vamos, encontremos un anillo, love— sonrió tomándolo de la mano para entrar a la tienda finalmente. Ese lugar estaba lleno de joyas tan hermosas que le daba ganas de comprarlas todas para Arthur. El inglés soltó un pequeño suspiro, parando su caminar para llamar la atención del francés, en realidad... tenía dos motivos por los que quería estar a solas con Francis ese día, tenía algo importante que decirle.

—Convencí a Scott...— comenzó un tanto hesitante. Francis regresó a verlo sin comprender, intentando ocultar el ligero malestar en sus ojos al escuchar el nombre del escoces, aun le traía un mal sabor en la boca. —Él también va a París— ¿Qué? ¿Cómo...? No... no entendía. Si eso era verdad, entonces... —Nos dijo que apresuremos nuestra boda, y que vayamos antes que él a París para poder acomodarnos allá— explico con una ligera sonrisa en su rostro, alzando a ver a su prometido en busca de una reacción. Ahora que sabía que su hermano también los seguiría a París, estaba más seguro de ir, no había impedimento para no hacerlo, así que Francis debía estar feliz ¿no?

—Eso... está bien, cher— murmuro intentando sonreír para no preocupar al inglés. No... ese no era momento para dejar que sus pensamientos lo atormenten. Ahora solo... solo debía concentrarse en Arthur, nada más...

•••

Si alguien le preguntara como era su vida en ese momento, definitivamente respondería "un infierno". Era la tercera vez que tenía que correr al baño lo más disimuladamente posible en el día y vomitar todos los contenidos de su estómago en el inodoro. El dolor en su abdomen y espalda lo estaban matando, y para colmo la persona culpable de todos sus síntomas ni siquiera cruzaba palabra con él.

Ya no podía resistirlo por más tiempo. Odiaba estar embarazado, odiaba que Ivan lo ignorara y más que todo se odiaba a sí mismo, por ser un imbécil, por haber mandado al carajo toda su vida en menos de una hora. Sin darse cuenta sus ojos empezaron a humedecerse. No, no podía llorar, no cuando la noche anterior había agotado cada una de sus lágrimas sobre su almohada. Ya no tenía lágrimas que derramar, o por lo menos eso es lo que quería creer.

Por unos breves segundos bajo su vista a su vientre hinchado bajo la ropa que apenas lo hacían visible. Ahí, en ese pequeño bultito crecía su bebé... un bebé que ya no sabía si querer u odiar. No sabía que hacer con su vida, como seguir adelante ahora que no tenía a nadie a su lado que lo apoyara. Damn... ¿Por qué todo debía ser tan difícil?

Con apenas fuerzas se levantó de la fría baldosa del baño y salió de allí, cabizbajo. En ese estado no podía trabajar... no podía dejar que sus emociones se metieran en el camino, no cuando la vida de personas estaba en juego. Necesitaba concentrarse, volver en sus sentidos. Sin pensarlo mucho más camino hacia el único lugar donde sabía que podría despejar su mente, donde esperaba encontrar las respuestas que buscaba, y al llegar, en una de las bancas vio a alguien que nunca espero encontrar allí nuevamente.

—Arthur...— llamó aun sin poder creer lo que le mostraban sus ojos. Esa persona con la que compartía una historia tan larga que aún tenía lugar en su corazón, esa persona que no había visto en tanto tiempo estaba allí, sentado bajo la sombra de ese árbol en el que algún día habían tallado sus iniciales, donde sabían que podían ir si estaban pasando por momentos difíciles. Esos ojos verdes subieron a verlo igual de sorprendidos, sin embargo, nada salió de sus labios. Pero si él estaba ahí, entonces significaba que... — ¿Te encuentras bien estos días? —preguntó un tanto preocupado, sentándose a su lado cohibido. Aún no llegaba a una resolución con sus verdaderos sentimientos y no sabía cómo actuar ahora alrededor de él, pero... si Arthur estaba en ese lugar solo significaba una cosa. Estaba pasando por un momento difícil o de incertidumbre.

—Sí, creo que si— lo escucho responder con inseguridad. Su voz no estaba quebrada y no había rastros de lágrimas en su rostro, pero, aun así, conocía a su ex prometido. Sabía que algo lo estaba preocupando, se notaba en sus ojos, en la manera inconsciente en la que fruncía su ceño de forma tan imperceptible que muy pocas personas podían notarlo. Pero él lo conocía bien, y a su cabeza venia enseguida el nombre del culpable. Francis...

Y entonces recordó los papeles que había leído, las discusiones que había escuchado. El gran secreto que escondía Francis Bonnefoy, esa cruda realidad de la que Arthur no se podía enterar. Recordó el objetivo que se había planteado después de haber hablado con Lovino, el motivo por el que su relación con Ivan se había ido al carajo, pero... no podía dejar que la vida de Arthur también se volviera miserable, no cuando tenía el poder de evitarlo.

—Quiero que seas feliz, Arthie— comenzó poniendo una de sus manos sobre el hombro del británico. Los ojos verdes subieron a verlo sin comprender, confundido. No sabía a qué venia todo eso. —Sé que no voy a poder ser yo el que lo haga, pero... siempre y cuando estés feliz, yo también lo estaré. Pero Francis... — ahí venia el pero. Y supo entonces por qué Alfred habia comenzado con todo eso de la felicidad y esas mierdas. Tsk... en verdad no podía creer que el estadounidense aun siguiese con ese tema. —Arthie, no importa lo mucho que lo piense, Francis no es el indicado— hablo intentando que el otro tomara en serio sus palabras y que lo mirara a los ojos, que comprendiera que habia un verdadero motivo detrás de sus palabras y no solo un capricho. Conocía a Arthur, era terco y sería muy difícil convencerlo. Pero debía intentarlo si quiera, hacerlo comprender.

—Alfred, creo que eso me corresponde a mí decidir— gruñó cruzándose de brazos, con un claro enojo en su voz. El estadounidense al verlo solo pudo soltar un suspiro, sabía que reaccionaria así.

—Solo piénsalo cuidadosamente, no es necesario apresurarse. — pidió intentando meter algo de razón en la terca cabeza de su ex prometido, hacerlo analizar bien la situación, que se diera cuenta de cada una de las fallas que tenía Francis, las razones por las que no podían estar juntos. Pero, si era sincero consigo mismo, el francés no tenía muchos aspectos negativos, y a menos que soltara el secreto que tanto ocultaban él y Scott pues no tendría una forma segura de separarlos. Y no, no iba a revelar ese secreto, porque sabía que eso destruiría a Arthur y eso era lo que menos quería. Pero entonces... ¿Qué decir para que Arthur reconsidere su compromiso? Agh, ¿Por qué debía ser tan difícil?

—Nos vamos a casar pronto y vamos a ir a París juntos Alfred, eso es lo que ambos queremos— sentenció poniendo un punto final a su discusión. Nada de lo que el estadounidense dijera lo iba a hacer cambiar de opinión. Si Alfred pensaba aún que su amor por Francis era un capricho pues estaba muy equivocado.

Además... ¿no debería el estar preocupado más en su propia situación que en su relación con su prometido? Si bien recordaba Alfred le habia dicho que esperaba un bebé de Ivan ¿no? Ese era un problema grande... muy grande. En especial conociendo a la mamá de su ex prometido, y a Ivan... ninguno de los dos era fáciles de tratar. Y estar embarazado no era algo que se debía tomar con ligereza, no sabía cómo es que Alfred estaba manejando todo eso.

—Ahora deberías estar más preocupado por tu situación que por la mía ¿Ya se lo has dicho a Ivan? ¿Y a tu madre? — pregunto con un tinte de preocupación escondido tras su enojo. El de ojos azules subió a verlo sorprendido por el repentino cambio de tema, y al escuchar un dolor punzante en su espalda le recordó del pequeño ser que vivía en su vientre, de la realidad de su situación y por mucho que quiso evitarlo, recordó a Ivan. Su discusión, las palabras que le había dicho, las horas que había pasado llorando en su cama.

—N-no... a ella no, a Ivan sí. — confeso con la cabeza gacha. Las palabras de Ivan seguían repitiéndose una y otra vez en su memoria, y sentía que tan solo por decir ese nombre en voz alta su garganta empezaba a apretarse y sus ojos a escocer. —pero yo... yo lo arruine. Lo arruine todo con él, y ya no sé qué hacer— confesó con la voz rasposa, intentando no dejar caer su semblante, mantenerse fuerte pese a que los recuerdos le estaban torturando. —después de la pelea que tuvimos me dijo que, si quería, podía abortar, que a él ya no le importaba. — se encogió de hombros, con su mirada clavada en el suelo. No quería que Arthur viera sus ojos, que notara lo rojos que estaban, como las lágrimas comenzaban a caer contra su voluntad.

—Alfred...— toco su hombro preocupado al escuchar un sollozo salir del menor, y ver como sus hombros empezaban a temblar. Estaba llorando, y no sabía qué hacer. Escasas veces había visto a Alfred llorar, pero esta vez, había algo sobre esta vez que parecía más grave. La manera en la que tapaba sus ojos en un intento de que las lágrimas cesasen, que intentaba suprimir sus sollozos y abrazaba su vientre hinchado como si estuviese ardiendo le indicaban que Alfred estaba todo menos bien. Algo grave había sucedido y no podía imaginarse que.

—Yo... creo que lo herí con todo lo que dije— intentó que su voz no se quiebre, pero era imposible. Se sentía tan culpable de todo lo que había pasado, porque el había sido él quien hirió a Ivan, quien mato su relación sin darse cuenta hasta que ya era demasiado tarde. — Pe-pero nunca lo dije en serio, el que esto hubiese sido producto de una violación, no lo decía en serio. Le dije tantas veces que lo odiaba, pero... pero no es así. — Arthur al escucharlo abrió sus ojos en shock, sin saber como reaccionar ante esa confesión. La situación parecía más grave de lo que se había imaginado. En realidad, Alfred podía ser muy impulsivo y descuidado con sus palabras, pero muchas veces si lo decía era porque en algún punto de verdad se sintió así. — ¿Porque siempre termino arruinando las cosas? — estalló finalmente en llanto, dejo de contener todas las emociones acumuladas en su interior y las dejo ir. Arthur en ese momento entro en pánico, mirando rápidamente a su alrededor para asegurarse que no hubiese nadie cerca. Gosh, era la primera vez que veía a Alfred así, parecía un niño que acababa de perder lo más valioso para él.

—He-hey... no llores— intento calmarlo acariciando su espalda como Francis solía hacerlo, pero fue inútil. Damn, no sabía cómo reaccionar cuando veía a alguien llorando, como consolarlo y hacer que se calme. Era pésimo con las personas. A ese paso si no lograba calmarlo algo malo le podía suceder al bebé y eso era lo que menos quería. —Solo... pregúntate a ti mismo que es lo que quieres— Alfred al escuchar esa pregunta intento parar su llanto. Nunca se había preguntado a si mismo que era lo que quería, tampoco nadie desde que había nacido lo había hecho. Siempre había vivido presionado de las expectaciones de los demás, siempre haciendo lo que los demás querían en vez de lo que él quería. Pero ya estaba harto de vivir así. Ivan... no importaba lo que dijese su madre o su padre, lo que pensaran de él todos en el hospital, lo amaba... y al pequeño dentro de su vientre también. Ahora sus sentimientos eran claros.

—Yo... amo a este bebé... amo a Ivan— la determinación era notable en su voz pese a que aún no podía acallar los gimoteos ocasionales o las lágrimas que continuaban cayendo de sus ojos. Porque si, ahora sabía lo que quería, pero tal vez ya era demasiado tarde. Ivan... él lo odiaba, no quería ni verlo y no sabía cómo iba a continuar de ahora en adelante con su embarazo, que era lo que le iba a decir a su madre, a los demás, ¿Cómo iba a poder cuidar a un bebe solo? No quería darle a su hijo o hija la misma infancia que él había tenido. Damn it... no sabía que hacer ¿Por qué era todo tan difícil?

—No llores, Al, todo va a estar bien— hablo con suavidad, envolviendo al menor en un abrazo, intentando calmar el temblor de sus hombros, transmitirle ánimos y decirle en ese pequeño contacto que pase lo que pase siempre podía contar con él, que no estaba solo. —Ve a hablar con él, explícale cómo te sientes realmente. — sugirió al ver el temor en los ojos del americano. Alfred asintió en el abrazo, porque eso era lo que debía hacer, por mucho que temiera como pudieran terminar las cosas era mucho peor vivir con el arrepentimiento de nunca haberle dicho al ruso como se sentía realmente. Y aunque Ivan lo rechazara y ya no quisiera tener nada que ver con él, sabría que hizo todo lo posible para remediar esa situación que él mismo había causado. Tenía que ver a Ivan... lo necesitaba.

•••

"Señor Kirkland, el anillo que ordenó ha llegado"

Guardo el teléfono en su bolsillo con una sonrisa en su rostro y un rápido palpitar en su pecho. No sabía porque estaba tan emocionado, era solo un anillo, pero aun así... era un símbolo que representaba su relación con Francis, el amor tan grande que se tenían, y eso era lo que lo volvía tan especial. Dio un pequeño suspiro para calmar sus nervios antes de salir de su despacho y caminar al lugar donde sabía que iba a encontrar a su prometido.

Francis alzo su vista de la pila de papeles que estaba revisando al escuchar un pequeño golpe en su puerta, y antes de que pudiera decir nada la puerta se abrió dejando pasar una figura muy conocida para él.

—Oh, Arthie— lo nombro con un tanto de extrañeza en su voz. No esperaba verlo tan temprano, pero juzgando por la ropa que llevaba podía saber que ya se iba a casa. El tiempo sí que había pasado volando, ni siquiera se había dado cuenta de la hora, pero ya debía ser tarde si Arthur ya se había cambiado el uniforme y se asomaba en su despacho. —Ya mismo termino, espérame un poco, amour— pidió regresando sus ojos a los archivos sobre la mesa, apresurándose en leerlos y firmarlos lo más rápido posible para terminar su trabajo y acompañar a su prometido, pero al parecer él tenía planes muy diferentes.

—No importa, me iré primero, love— su mano se detuvo en medio de una firma y sus ojos se dispararon a los del inglés, con un "¿eh?" Inconsciente y una pregunta latente en sus ojos. Arthur al verlo solo negó con la cabeza, ya se esperaba una reacción así. —Tengo planes — admitió soltando una pequeña risa cuando pudo ver que el francés parecía desorientado y sorprendido.

— ¿En verdad? ¿Quieres que te lleve? —ofreció con curiosidad de a qué tipo de planes se refería el menor. No es que fuese alguien muy celoso, pero por lo general Arthur sabia avisarle con anticipación si tenía algo más que hacer después del trabajo o si iba a salir con alguien. Eso sí que era una sorpresa.

—No, ya me voy— negó sin poder suprimir una pequeña sonrisa al notar como Francis lo observaba desconcertado, pero antes de que pudiera decir algo más salió de la oficina. Tenía unos anillos que recoger y una sorpresa para esa noche que preparar. Solo esperaba que todo saliera como planeado.

•••

Arthur sí que era difícil... muy difícil. Desde que se había ido no le había llamado ni escrito ningún mensaje. Y ya había pasado una hora. Dio un suspiro resignado antes de empezar a recoger sus cosas de la oficina para regresar a casa, aunque en realidad en ese momento eso era de lo que menos tenía ganas. Clarie estaba durmiendo donde una amiga y ni siquiera sabía dónde estaba Arthur, así que... estaba solo. Sin más que pensar apago las luces de su oficina y salió rumbo a su casa con un caminar lento, sin mucho ánimo, pero al llegar se topó con algo que nunca espero ver allí, o más bien alguien.

—Scott...— llamo sorprendido al reconocer ese tan conocido cabello rojizo, esa silueta que reconocería en cualquier lado. Pero ¿Qué estaba haciendo el allí? ¿Por qué estaba parado frente al edificio donde residía? El escoces al escuchar su nombre ser llamado se volteo enseguida, clavando su mirada en la azul del francés por breves segundos antes de bajarla al suelo. No podía... no soportaba verlo a los ojos.

—Albert Kraufftench... ¿te reuniste con él? —pregunto con la voz rasposa, sin saber cómo actuar en frente de ese hombre ahora. Francis al escucharlo sintió todos los recuerdos regresar a su mente. La ira, el dolor y la pesadez lo invadieron una vez más.

—Si...— su voz había salido en apenas un murmullo, pero Scott avanzo a oírlo claramente. Pese a que ya sabía la respuesta, escucharla de esos labios lo hacia todo más real, le recordaba el verdadero peso de sus acciones, le quitaba la respiración momentáneamente, fuck...

—Debe haber muchas cosas que quieres preguntarme, cosas que deseas comprobar conmigo— sus ojos subieron a los del francés pero él enseguida los desvió. No quería verlo, zut (maldición), ni siquiera sabía que estaba haciendo allí.

—No las tengo. Por favor, vete de aquí— gruño con seriedad en su voz, caminando hacia la entrada del edificio sin importarle nada, no quería verlo, no soportaba tenerlo cerca. Pero el escoces no parecía irse pronto. Una mano sobre su hombro lo hizo sentir que todo su cuerpo se erizaba y la bilis le subía a la garganta. Esa mano... la misma con la que había asesinado a su hermano. Quería gritarle que se fuera, que dejara de tocarlo, que no lo quería ver nunca más, pero todas sus palabras quedaron atoradas en su garganta cuando sintió que esa mano poco a poco iba descendiendo junto al cuerpo del escoces, hasta alcanzar su muñeca y que esas rodillas tocaran el suelo. Era patético. — ¿Qué quieres que te pregunte, Scott? — mascullo volteando a verlo, con un dolor punzante en su cabeza. Para él, ya toda la verdad estaba clara. El que ese hombre siempre orgulloso estuviese arrodillado frente a él lo dejaba todo en claro. Todo lo que Kraufftench le había dicho era verdad... y pese a que en alguna parte de su corazón aun creía en Scott, en que todo eso no fuese más que una cruel mentira, ahora sabía que no era así. — ¿Qué no salvaste a mi hermano? ¿Qué le quitaste la máscara de oxígeno y lo mataste? ¿Qué no eres el hermano que quiso hacerse cargo de alguien como yo, si no que un asesino que estaba tratando de aliviar su propio pecado? ¿Qué todo se debe al impulso egoísta de darle ojos a su hermano? ¿Eso es lo que quieres que te pregunte? —gritó sin poder contener más su ira, explotando finalmente frente a esa persona que por tantos años había visto como familia. Ahora el ya no era nada... ya no. Con brusquedad zafo su mano del agarre del escoces. Todo su cuerpo estaba temblando, su mandíbula y sus puños dolían por toda la tensión que cargaban. —Levántate... levántate y vete de aquí— ¿Por qué su garganta lo estaba sofocando tanto? Putain...

—Lo siento... lo siento tanto Francis

— ¡No! ¡Esa no es la respuesta que quiero! —no quería escuchar más disculpas, más "lo siento" porque eso no cambiaba nada, eso no borraba el pasado. Escucharlo pedir disculpas, el verlo arrodillado a sus pies tan solo causaban que su enojo siguiera creciendo. Que todo lo que había contenido saliese de una vez por todas. —Así que por eso fuiste a buscarme. Es por eso que me mantuviste alejado de Arthur. Es por eso que me dijiste que no, que no me podía casar con tu hermano— Una risa amarga salió de su garganta cuando los recuerdos de hace apenas un año volvieron a su mente, la manera en la que Scott lo había tratado, como intentaba alejarlo de Arthur, de Londres, de la verdad. Ahora todo estaba claro.

—Francis. Eso... —intento hablar, justificar sus acciones, pero sabía que no había ninguna justificación. Que todo lo que había hecho no tenía perdón.

— ¡Ni una palabra! ¡No quiero escuchar ni una palabra más de ti, Scott Kirkland! No hay ni excusa ni disculpa— El escoces contuvo un respingo al escucharlo, nunca antes había visto esa faceta de Francis. El tono grave de su voz, la furia en sus ojos, el resentimiento, el odio. Se lo merecía, todo eso y más. —En mi vida, tú ya no existes...— El decir esas palabras dolieron mucho más de lo que se pudo imaginar. Scott al escucharlo sintió como las lágrimas que había estado conteniendo todo ese tiempo finalmente comenzaban a escapar. No podía respirar, su corazón dolía tan fuerte que no podía respirar. — Me llevaré a Arthur conmigo. Me voy a casar con Arthur voy a irme a París con él. — sentencio con determinación en su voz rasposa. Y, sin embargo, pese a todo lo que Francis había dicho antes, eso fue lo que más estrujo su corazón. Porque sabía que de cualquier manera que amparara el destino iba a perder a la persona que más amaba en su vida, iba a perder a su hermano. Y por mucho que intentara parecer fuerte, eso lo destruía por completo. El francés cerró sus ojos, no podía soportar verlo así, no podía ver a Scott en ese estado. Por mucho que quisiera disfrutar del verlo llorar a sus pies, del verlo humillado frente a él, no podía. Dolía, porque había perdido a una de las personas más importantes de su vida, porque ahora solo le quedaba una persona. Una persona que protegería con su vida de ser necesario, a la que quería salvar de toda esa cruel verdad. —Arthur es... él es lo único que me queda ahora. Si es para protegerlo puedo hacer lo que sea. — habló con la voz quebrada, yéndose de allí sin importar los sollozos del escoces. Ya nada le importaba. Necesitaba estar solo...

Scott al verlo irse sintió que se desmoronaba por completo. Y en ese momento hizo lo que nunca desde que era niño había vuelto a hacer. Dejo surgir el llanto, no intento callar su voz, ni suprimir sus sollozos, solo los dejo salir.

En ese momento resonó el golpe de una espalda contra la pared. Unos ojos verdes empañados bajaron al pavimento con incredulidad, su mano temblorosa cubriendo su boca sin poder asimilar lo que acababa de escuchar. Todo... todo debía ser una broma ¿no?