En mis sueños, él está conmigo.

A centímetros de distancia, en la cama que reconozco del dormitorio de su casa, en Toronto. Sólo nos miramos. Él tiene un brazo bajo su cabeza, y está de costado sobre su cuerpo. Sus preciosos ojos miel, como fuego líquido, me contemplan bajo las pestañas cobrizas; un bosque consumido en llamas. Su mano está extendida en el espacio que nos separa. Hay sombras, largas y brunas; pertenecen a la chimenea prendida en la esquina, y la luz de luna, que se cuela a través de los intersticios del cortinaje del balcón.

Estiro la mano y la poso en la suya.

Es un sueño concerniente a nuestra noche de Canadá.

Cambia. Con el paso de los días, y la añoranza, la intensidad de estos crece.

Estamos en el patio interior de la hacienda Esquivel. El cantar de un pájaro matutino se mezcla con el roce de las hojas de los árboles. La fuente está encendida, escupe agua y borbotea incontrolada. Sobre la piedra ornamentada, que la rodea como el abrazo de un buen amigo, estoy sentada, y él también. Sus labios se mueven, con el deleite de su melódica voz ―inexorable, propia de él―, y la elegancia de su boca. Me habla, pero no puedo oírlo. Hay un ruido, y crece en volumen. Un fuerte golpe. Un bombeo de sangre. Lup-dup, lup-dup, lup-dup. Latidos de corazón. Generan un doloroso eco entre las inmemoriales paredes del Casco.

Me llevo las manos a los oídos. Lup-dup. El sonido está en mí. Grito.

La desesperación supera la fantasía y despierto.

Otra noche. El lago furtivo de Canadá.

La imagen de pinares balsámicos y altos abedules de ramas desnudas se refleja en la superficie líquida, aguas frías y aterciopeladas de un azul cristalino, y el cielo y sus nubes forman el espacio de una pintura invernal. Azafranes y flor azul decoran la orilla del lago. Las bebidas y la caja de papel de estraza están en la canasta. Shawn está en la manta, y yo estoy entre sus piernas, aplastando los muslos alrededor de sus caderas. Nos besamos. Largo, lento y profundo. La forma en que debió de suceder desde el principio.

El cristal se hace añicos y revela lo que siempre estuvo del otro lado.

Nuestra habitación en la hacienda Esquivel. Música ahogada, más no silenciada. Magnífica luz artificial, proveniente del cielo raso de cien bombillas suspendidas. La guitarra de Shawn está recargada contra la cama. Papeles varios inundan el área de una mesita auxiliar. Me acerco; en el marco de mi visión reconozco la caída en seda negra de mi vestido. Veo mi brazo extenderse y tomar el filo de una partitura trazada en acordes; notas musicales, escalas y compases. Bajo las notas negras de 1 tiempo y las corcheas, una letra está escrita. «Si no puedo tenerte». Aparece una mano ajena, e igualmente familiar, de dedos largos y esbeltos ―las herramientas de un músico―, orlados en anillos de oro y plata, y el tatuaje de un ave que trae esperanza en el dorso. Ésta toma la partitura de mis manos y la pone boca abajo sobre la mesita. Al alzar la mirada, encuentro sus ojos mieles, y el caos que siempre parece rodearme ―pensamientos, susurros, y miedos― se estabiliza. Shawn niega suavemente con la cabeza y toma mis mejillas entre sus manos.

No debiste haberlo visto —dice.

¿Por qué? —pregunto.

No responde, y me besa. De verdad. Nuestros labios encajan juntos, de forma perfecta, y me olvido de la hoja de papel.

Surge el desenlace.

Estoy en casa. Las personas llenan las estancias; sus rostros están difusos.

¿Regresarás a casa para el invierno? —pregunta alguien.

¿De qué estás hablando? —digo, volteando para verlo—. Estoy aquí. Estoy en casa.

No —dice—, hace mucho que no lo estás.

Me aparto de él y abandono la sala de estar, precipitándome por el pasillo hacia las escaleras, tropezando con cuerpos que se desploman al tocarme. Corro sin mirar atrás. Pongo un pie en el primer escalón ―ataviado con botas negras―, y giro. Las personas desaparecen. Ya no están. El largo pasillo que conecta con el comedor, las estancias y la recámara de mamá, está vacío. Después de un segundo, me pregunto qué estoy esperando. Desvío la mirada hacia el reloj análogo en la pared del descansillo. 4:30. La familia tiene que estar por llegar para las celebraciones de invierno. Ansío verlos, pues hace tiempo que no estamos juntos. Con decir que pasé mi decimonoveno cumpleaños en Canadá, puesto que la universidad me impidió viajar para reunirme con ellos. ¿Cuándo fue la última vez que los vi? Meses. Primeros de agosto. Qué difícil comienzo.

En casa acaece un silencio magnífico, una delicada soledad. Las paredes parecen nunca haber sido privilegiados con tal cosa notable. Aunque luce como casa, altas y gruesas paredes pintadas de color borgoña, adornos de barro y fotografías familiares, una tirante sensación me hace acordar que camino por el pasillo de un recuerdo; algo que fue, pero que sin importar cuánto se haya luchado, ya no es más. Más sé, en un lugar velado dentro de mí, que es la ilusión de los más fehacientes sueños.

Cruzo el balcón de las escaleras hacia el pasillo de las habitaciones. El tocador de cerámica, intercalado en la pared, custodia mis cosas; el cepillo para cabello, el de dientes también, y la secadora. El maquillaje está recluido en el neceser. Las caras del espejo triplican mi imagen; descubro que uso un vestido granate, pero, horrorizada, noto el cabello trozado por encima de los hombros, casi una desdicha. ¡No había vuelto a pensar en cortarlo! Con sorpresa, me advierto a punto de romper a llorar. Modero la respiración, con técnicas que desconocía saber, y observo el largo pasillo extendiéndose frente a mí. Cuatro de las cinco puertas están fuertemente cerradas. Una no. La puerta de mi habitación. Camino hacia esta, y entro en la alcoba. Está perfectamente como la recuerdo; cientos, si no miles de libros, están sueltos sobre la alfombra, en el escritorio y, al lado de la cama, encima del buró, también hay varios tomos. Una invasión literata se apropia, día con día, de la habitación. Un cítrico aroma vive entre los libros y los muebles, pero está manchado por algo más picante, como canela.

Cierro delicadamente la puerta detrás de mí y miro al hombre en el centro de la alcoba. Está de espaldas, observando la distinguible acera de la residencia, alumbrada por el atardecer, a través de la ventana abierta. ¡Qué rápido avanza el día!

Shawn —llamo.

Él gira al instante, como si hubiera estado esperándome.

Su cabellera castaña está adulada en rizos, y sus ojos parecen atrapar los últimos rayos de sol, forjándolos en dos irises únicos. Me sonríe, y no puedo creer que ese hombre sea mío.

Estás preciosa —dice él.

Y tú luces verdaderamente guapo —digo, con el corazón acelerado—. Recuerda que eres mío, no lo pierdas de vista mientras mis primas, sobre todo Mérida, no te quiten el ojo de encima.

Siempre he sido tuyo. —Shawn intenta sonreír de nuevo, pero pierde el aliento con rapidez. Las esquinas de su boca decaen con pesar—. Lo olvidaste mientras yo me consumía de anhelo por ti.

Parpadeo fluidamente. «¿Qué ha dicho él?». Luego de un minuto, y un pensamiento que cruza veloz por mi cabeza, he olvidado sus palabras. Sonrío hacia Shawn, y él me devuelve genuinamente la sonrisa. No hay más pesar, aunque... ¿por qué lo habría?

La familia está por llegar —digo.

Shawn saca una mano del bolsillo, donde la tenía oculta, y me indica acercarme con un elegante ademán. Viste un pantalón negro, y las mangas de una camisa blanca, soberbiamente lisa, están dobladas hasta sus codos. Me mira, con el ámbar que consume su vista, y la emoción ahí mostrada me confunde. Amor, nostalgia, y miedo. Un irrefrenable miedo.

Doy un paso hacia él y, lo suficientemente cerca, mis piernas ceden. Mis rodillas golpean el suelo alfombrado, y el vestido granate se arremolina a mi alrededor, como pétalos de una flor muerta.

Shawn aferra mi mentón; me alza la mirada. Pestañeo paulatinamente hacia él. —No tenemos mucho tiempo.

Eso me temo —murmura, lleno de tristeza.

Jala el primer botón de su pantalón, y lo desase. Éste cae, así su bóxer. Shawn hunde sus dedos en mi cabello, y tira suavemente desde la raíz, sustrayéndome un jadeo. No aparto la mirada de la suya mientras abro los labios y lo recibo en el interior de mi boca.

Despierto de súbito, con el corazón entelerido y el sudor mojando mi espalda. Clavo, rotundamente, la vista en el techo de mi habitación. Vagamente me pregunto por la hora. El carácter fantasmagórico del último sueño se desliza por los contornos de mi conciencia. Me estremezco cuando una corriente de aire hace intrusión por la ventana entreabierta; enfría las gotas de sudor en mi piel. El cabello se pega a los costados de mi rostro, un lío enredado, y lo retiro, sintiéndome remotamente aliviada al descubrir su extensión. Empiezo a olvidar, pasados unos segundos, el entumecimiento del sueño me deja vulnerable ante las espuelas de la realidad, y no me molesta del todo, puesto que hay ciertos detalles del sueño que no me importa arrinconar.

Giro el rostro. La maceta con el tulipán está sobre el contramarco de la ventana; el plateado reflejo de la luna menguante baña sus pétalos. Confundida y ruborizada, intento apartar las fechorías que comete mi mente mientras ingenuamente duermo. Las sensaciones tan reales, el movimiento burlón de «él» en mi boca. Quién diría que me resultaría tan fácil de imaginar.

¿Por qué mi propia cabeza juega de tal manera conmigo?

Ha pasado una semana desde que me despedí de Shawn en la hacienda Esquivel. La normalidad a la que estábamos sujetos antes de los sucesos controversiales de enero ―o la que concebimos como una―, torna a nosotros. Enciendo mi teléfono celular, que empezaba por adquirir polvo, y recibo de nueva cuenta sus mensajes. Así él los míos.

Pero es diferente, de algún modo.

En las noches intermedias a febrero, tengo sueños, y al despertar recuerdo muy poco, casi nada, pero una incómoda sensación prevalece.

La mayoría de los sueños de mi vida se caracterizan por tratarse de cosas triviales; una concentración de acciones y palabras que recojo durante el día. No sufro perturbaciones. Por lo menos, eso era antes. Desde que Shawn abandona México, la variedad de sueños que experimento son vívidos, y no puedo decir que sean por completo corrientes. Miedos que no sabía que guardaba, y futuros inciertos, propios de pesadillas. Atrás quedan las noches de inocencia.

Generalmente despierto, con la respiración hecha un desastre, las sábanas revueltas y una ligera vacilación en el pecho; porque no puedo evitar sentirme atraída a rememorar.

Oculto la cara entre las manos y ahogo un gemido, sintiéndome avergonzada.

La intensidad de los sueños aumenta con el salto de los días. Reitero que nunca... nunca soñé de ésta manera con nadie, en ninguna circunstancia. Una introspección deduce que está unido al narcisismo, pero ¿cómo puedo corroborarlo? Hasta ahora, nadie me había atraído de tal forma lasciva, ¡y es denigrante! Siento que he perdido el dominio de los confines de mi mente. Una injuria al decoro, eso es. Una violación a mi intimidad y a la suya, ¡pese a ser yo la culpable!

Es impertinente continuar con estos... descarados sueños, pero el daño a la decencia ya está hecho. Además de las acotaciones, que no tienen pies ni cabeza, la expresión de mi deseo es tan evidente que es incluso bochornoso. Shawn no lo sabe, y definitivamente no pienso decírselo. Un poco de disimulo no nos vendría mal.

La humedad está entre mis piernas, pese a la angustia que experimenté mientras soñaba, y la transpiración rocía los lugares más cálidos de mi cuerpo. Esto no es más que una respuesta a la agitación que Shawn suscita en mí. ¡Con el poder de excitarme en sueños! Debería entregarle una medalla o algo así.

Suspiro en la soledad de mi habitación balsámica, aroma al desgaste de páginas desusadas de libros arrinconados. Por un instante, un pinchazo de nostalgia me invade. Shawn nunca ha pisado mi habitación, pero anhelo que su aroma leñoso viva entre el mío. Froto mi rostro, como si así pudiera lavar la indecencia que me cubre como un segundo manto. ¡Qué Dios me ayude! Parpadeo y noto una tenue luz blanca iluminar las sábanas. El corazón me sube a la garganta.

Shawn.

Prioricé el sueño, pero sí, ahí está él.

Agarro el celular y lo acerco prudencialmente a mi cara. Las mariposas en mi estómago bostezan y se desperezan. Shawn está dormido, de costado, con la almohada acomodada bajo la mejilla, el cabello revuelto y las facciones relajadas. Ahora que duerme, sus rasgos de suavizan y la dureza de algunos contornos se palían, como la tensión alrededor de los ojos y la impaciencia en las esquinas de su dulce boca. Su atractivo se muestra de una forma totalmente diferente; más humana. Siempre lo he pensado adjetivamente novelesco, la fantasía vuelta realidad. Es en estos momentos, mientras escucho el afinado susurro de su respiración cantar hasta mis oídos, cuando lo siento más cercano, como si pudiera estirar la mano y tocar su alma.

«Te quiero.»

Cierro los ojos, recordando ese día.

«Te quiero, Shawn».

La mano en mi mejilla se detuvo, y él me miró. Por un segundo, la emoción desveló sus ojos, como un telón cediendo ante el peso, y reveló lo que su mirada siempre guardaba. Me contemplé, a través de Shawn, tan sincera y vulnerable. Y él, que me conoce tan bien, ya lo sabía. Y sonrió con suavidad. Me sentí mareada, porque estaba dejándome ver su interior tan fácilmente, me sentí colmada. Parecía eufórico, parecía enorgullecerle mi valentía. Los primeros pasos los había dado él. Ahora era mi turno. Shawn se inclinó y besó mi mejilla. No dijo nada. Pero me estrechó entre sus brazos, a tiempo de sostenerme. Creí que me vendría abajo, y él también debió de creerlo, porque no me soltó hasta que nuestros corazones latieron como uno; en completo sosiego.

Saber que le quiero ―si hablo de discreción―, no es sorpresivo. Tal como encontrar un astro; un planeta, o algo tan elemental como una estrella. Hallarlo no significa que no haya estado ahí, sino que permanecía oculto, invisible a la percepción del simple ojo humano, que dista de perfección.

No creo que me detenga nunca.

Acaricio la imagen en vivo de Shawn con el talante de los ojos; está plácidamente acostado en la tibieza de la cama, cómodo y sin torpeza frente a la cámara del teléfono. Profundamente adorable. Bien mantendré esto último para mí. Llevo el pulgar por la pantalla y corto la conexión. Más allá de tres mil kilómetros de distancia, una luz se apaga y él queda por su cuenta.

Me tiro de espaldas sobre la cama y me llevo el celular al pecho. Me había ido a acostar con la chaqueta de Shawn, sin debatirlo en absoluto. Él lo adoró con la vista mientras manteníamos el videochat. No surgió la oportunidad para devolvérsela. Imagino que, al aferrarme al celular, lo hago al único medio que conserva su presencia, que se trata de él tras cerrar los ojos de nuevo y con fuerza, y sumirme a los propósitos de la soñolencia, con esa última mirada que me dedicó al dormir, y la sonrisa que yo le brindé, sabiendo que le quiero y que tal vez el sentimiento no es correspondido.

Se manifiesta un cambio considerable. Por la tarde de la mañana siguiente, espero junto a mamá en la sala de embarque del aeropuerto de la ciudad. Estamos por abordar un vuelo de seis o siete horas, pero mamá parece a punto de cruzar una salón de reuniones y ponerse a discutir frente a una pizarra de gráficas. Viste su característica ropa de trabajo; traje formal femenino, de un oscuro azul, y zapatillas de tacón. Está maquillada, y el cabello negro lo tiene sujeto en una coleta alta, el flequillo suelto sobre la frente, y un aroma a gardenias en sus ropas. Es, de una manera inusual y enraizada, bastante hermosa. Y no lo digo sólo por ser mi mamá. Sé que propuestas de contrato ―comúnmente llamado «matrimonio»― no le han faltado. Sé, además, que ella nunca aceptaría traer a un hombre desconocido a la familia, únicamente por dinero o publicidad. Y yo no sé si la dejaría ir con facilidad. Mentiría si dijera que comprendo porqué no se ha casado ―porque para casarse, hay que enamorarse―, pero mamá parece feliz así, y tranquila. Sobre todo tranquila.

En apariencia, generalmente, tendemos a armonizar. Debido a que la herencia es discreta ―la mayoría de mis rasgos son descendientes desconocidos―, compensamos la falta de semejanza con el carácter. Algunas que otras veces, en la naturalidad de los ademanes.

Esta vez, uso jeans holgados, una fina blusa de algodón y zapatos deportivos. No he de ser yo quien sostendrá una reunión durante el vuelo, sino mamá. Para el vuelo, la correa de la cartera de piel cruza mi hombro, ocupada con libros. Para el aterrizaje, sostengo un pesado abrigo en el brazo. Nuestro destino presume de nevadas clandestinas.

El lunes por la mañana, llega a mi correo electrónico la convocatoria a la firma de libros que la Editorial Desenlace organiza en la capital de Ontario, en Canadá. Un enlace externo me pide confirmar mi asistencia. En su momento, me parece una burla irónica más que una atenta invitación. Nuria no sólo me ha arrastrado a mí al evento literario, sino que Linden de Polignac, aquél escritor de literatura erótica, asimismo será uno de los autores participantes.

He de confesar que no pensé más en él, ni en su nombre o en sus obras. Lo reconocí, sin embargo, y caí en la lógica conclusión de que no puedo presentarme a su lado sin saber acerca de su escritura. Lo intrigante del asunto, radica en que la firma de libros coincide con los días que estaré visitando la Universidad de Grant Allen para la aplicación del examen de selección que me dará la bienvenida a la institución.

Nuria, evidentemente, no da un paso en falso.

Compré el trabajo de Linden de Polignac, puesto que no sé nada sobre la persona que presentará conmigo su firma. Y he decidido que, incluso si no lo conozco, por lo menos conoceré la esencia de su don.

Al contárselo a mamá, el orgullo es reconocible en sus maduros rasgos. El conjunto de sentimientos que muestra ha cambiado en forma y duración. Preocupación, amor, satisfacción. Hoy se expresan con mayor asiduidad.

Todo esto con excepción de que mamá no repara en aquél de apellido Polignac. No como el padre de Linden lo hizo. La ambición manifestada durante el encuentro en la editorial se hizo evidente cuando mi apellido y la tradición de mi nombre afloró.

Una azafata, por otra parte, se acerca en pulcro uniforme.

—Primera clase a abordar —dice, y nos entrega una gentil sonrisa—. Sigan adelante, por favor.

Después de firmar la declaración de aduanas, arriba del avión, concilio comodidad en el comportamiento individual delegado para los viajeros de primera clase. Mamá se encomienda al suyo. Una vez el avión ha despegado, tomo el primer libro de la serie escrita por Linden de Polignac y observo la pasta dura en mis manos. Es reservada, tengo que decirlo; completamente negra, como observar la noche a través de una ventana. El título de la obra es largo, sin llegar a ser pretencioso, y de un resplandeciente tono plateado. Edición de alto relieve... vaya. «Elegante ―recalco―, y discreto». Es esa reservada ecuanimidad suficiente para expresar la lascivia que debe encontrarse entre sus páginas, si me baso en el sumario. Asimilo cuidadosamente el nombre en la parte de abajo. Linden de Polignac. Mis dedos persiguen el suave borde de la impresión. Me pregunto si él se siente vencido por sus letras. Vislumbro al joven atractivo en compañía de su adusto padre, ligeramente aparte y ensombrecido, pero dueño de una cortesía poco frecuente.

Abro la portada, de gruesa pasta, y paso las primeras páginas destinadas al título de la obra, así como su autor y la editorial representativa. En la página consignada a la dedicatoria... no hay nada. Lo habría pasado por alto, claro, de ser habitual, si por lo menos la hoja no existiera en lo absoluto, pero ahí está, vacía y sin tinta. Aunque no debería de decir nada, la sutileza de una sensación me manifiesta que está ahí por un propósito. Rebelión, tal vez.

La dedicatoria de mi libro está dirigida a mi familia, lo que es previsible.

En la siguiente página, comienza el primer capítulo.

No hay prólogo.

Al aterrizar en Mississauga, ya he leído el primer número. Casi 500 páginas de una narración magistralmente incomparable. Me cuesta admitirlo, pero creo que he subestimado a Linden de Polignac. No puede culpárseme, con un apellido como ése cualquiera se cuestionaría un par de cosas.

He leído erótica, ciertamente. No me incomoda aceptarlo ―tampoco voy por ahí, gritándolo a los cuatro vientos. Estoy más allá de sentir desazón por sobre cómo paso mis horas de lectura. No soy una juez objetiva. Al leer las páginas de otros disfruto de una libertad aislada de mi persona, como si no importase quién fuese yo, me convertiría en alguien a quien desconozco. Puedo leer erótica, asimismo escandalizarme por algunos de los descaros de Shawn. Leo escritoras que enaltecen la sexualidad femenina ―no por mero egocentrismo―, liberación que no es tabú. Relatos cortos y composiciones de autoras mexicanas. Por lo demás, es poesía de múltiples poetas italianos y portugueses. Con esto queda declarado que el conocimiento con el que me nutrí está, ante todo, hecho por simbolismos y dudoso realismo. No es la posibilidad aquello que desconozco, sino el acto, el pecado ―no omitiré engaño―, la cotidianidad que muchos disfrutan.

No sé qué esperaba al leer a Linden de Polignac, pero definitivamente no imaginé encontrar una novela de tintes sicalípticos dominada por un lenguaje introspectivo. Un sumario engañoso, así lo describiría. Si piensas juzgar al autor por la portada, con éste darás el traspié más humillante.

Linden de Polignac escribe erótica, pero es observar un cuadro y comprender que el espacio, la forma y los colores son elementos individuales unidos para componer algo más grande. El deseo perverso como resultado de un vacío, una influencia superior, denodado por sumisión, y una revelación expresada en trances que besan el sadomasoquismo.

La noche ya ha caído en Ontario. El aeropuerto, en esta ciudad del oeste, es una grandeza arquitectónica, pulcra y espaciosa, de diseños modernos, cándidos, y cielos curvos de cristal. La bandera de Canadá se exhibe cada tantos metros; donde triunfa el rojo, el blanco perece, y la hoja de arce adquiere virtud.

Las últimas horas del día ya han desaparecido detrás del horizonte de la ciudad cuando mamá toma el auto, que ha alquilado de una agencia, y conduce hasta el distrito de Old Toronto. Las vistas son significativamente diferentes a lo que en cualquier otro día vislumbraría en México. Está el aire, más fresco y limpio, y una oposición en cuanto matices. Hay finura y minimalismo en las construcciones, calles holgadas y sobriedad en las casas, disímil a los colores excéntricos que decoran las fachadas de los hogares en mi país, la erudición de los edificios coloniales y algo del sacrificio pasado en cada mausoleo. Las diferencias no son reprochables, ni mucho menos superiores; las discurro como una divergencia encantadora, dos escenarios cismáticos que, más que identificar dos países, me definen a mí. Existe un paralelismo, sin embargo; ambos son países de América colonizados por la arrogancia de Europa.

El auto nos lleva entre los condominios de King Street y la calle Adelaide al este. Mamá estaciona junto a la acera de un restaurante de comida tailandesa. Pequeños y alígeros copos de nieve caen en el frío exterior. Disfruto la vista antes de mancillarla con las prisas. Desabrocho el cinturón de seguridad y bajo del vehículo, ajustando el grueso abrigo alrededor de mi pecho. Me encuentro con mamá en la banqueta mientras me divierto con la llovizna de nieve. En la ciudad de México no es común que nieva ―por no hablar de insólito, prácticamente imposible―, únicamente en las ciudades del norte, en la frontera con Estados Unidos. Son contadas las veces que he presenciado una nevada en todo su níveo esplendor, considerando las ocasiones que visitamos a nuestra familia en Chihuahua, las navidades con la tía Ereván y los primos Riad, Seúl y Brasilia.

Nadie está exento de la tradición, como se puede apreciar.

Tengo un recuerdo, no obstante, sepultado por los años, que podría marcar la diferencia en esta percepción.

El establecimiento de comida tailandesa se alza en dos pisos de paredes de ladrillo rojo, ventanas de cristal con contramarco negro y puertas de vidrio de dos hojas, con asas de hierro.

—Esta noche descansaremos en el hotel —comenta mamá—. Mañana será un día atareado, con el examen de la universidad y la firma de libros por la tarde. Disfrútalo, e intenta tranquilizarte cuando comiences por agobiarte. Sé que lo harás —añade, al advertir en mi contrita mirada—. Estaré ocupada con el seminario y la cena corporativa, pero puedes llamar a Italy, si te sientes sola en el hotel. O llama a tu novio, si así lo quieres.

«Tu novio». ¡Vaya insinuación! Mamá, claramente, se está refiriendo a Shawn. Nunca me ha dado por proclamarlo mi «novio», pero supongo que es algo a considerar. Me cuestiono si es como Shawn se percibe ―si él lo ha pensado también―, y si no es así, ¿cómo, exactamente?

—Shawn tiene una vida excesivamente ocupada —menciono.

—Y aplaudo que comprendas eso —dice mamá—, pero si te quiere, ten por seguro que hará tiempo para ti, para estar contigo. Quiero pensar que comprendes eso también.

Lo hago, y sé que él lo siente igual... si acaso se lo hubiera dicho, si acaso Shawn supiera que estoy aquí, que estoy en Canadá. Pero no, no lo sabe.

Estoy por responder, quizá confesárselo y pedir por uno de sus consejos. La nieve se ha endurecido, cae con mayor precisión. La puerta se abre desde el interior y un muchacho alto emerge, cargando con contenedores de comida en una bolsa de plástico, las manos dentro de los bolsillos de los pants y la capucha de la sudadera cubriéndolo de la lluvia blanca. El escenario es tan extravagante que me toma dos segundos exactos reconocerlo.

Linden de Polignac es delicado. Forma elegante, no débil. Desinteresado en sí, como si no supiera que existe. Mechones de cabello rubio se asoman por debajo de la capucha, y enmarcan un par de ojos azules ―grandes y esbozados―, compuestos por largas pestañas, más oscuras, y gruesas. No es anguloso, pero la mandíbula y la curva de su barbilla, el hueso de la nariz, y los pómulos, están agraciadamente definidos.

Se detiene al verme, y la puerta a sus espaldas se cierra por cuenta propia. Parece encontrar igualmente extraordinario este tropiezo. Abre la boca, pero no ejerce habla.

—África —murmura al cabo, sin suficiente aliento para ser planeado.

Me emociona verlo, ahora que he leído el primero de sus libros.

—Hola, Linden.

Aunque bien mantuve mis distancias durante el encuentro en la Editorial, ya que no lo conocía y su padre me incomodaba, ahora puedo esforzarme por coincidir. Debido a que lo he hallado grato. Y Linden debe hallarme como su igual, pues está admirado, como si estuviera presenciando una lluvia de estrellas.

Mamá observa la interacción, luciendo curiosa y perceptiva, por lo que me comprometo a esclarecerla.

—Él es Linden —le digo—, escritor y autor. Daremos la firma juntos. Le he hablado de él.

—Así es —dice mamá, con evidente cortesía; siempre ha apreciado el talento en los más jóvenes. Linden se quita la capucha y estira el brazo para estrechar la mano que mamá le ofrece. Los copos de nieve se confunden con su cabello; blanco en leonado.

—Es verdaderamente un gusto —dice él, y suena sincero.

Mamá sonríe, y asiente.

—¿Nuria también te representa? —pregunta, soltando su mano y retrocediendo.

Linden se esfuerza por encajar en el rompecabezas.

—No, no —responde—. En realidad, es Gael, el compañero de Nuria.

Mamá vuele a asentir.

—¿Cuál es tu enfoque al escribir?

Ensancho los ojos, realmente indecisa acerca de si a mamá le corresponde saber esto.

—Juicio y soledad —me apresuro a contestar, antes de que Linden se atreva a pronunciar «erótica»—. Carnalidad y misantropía —añado—. Linden ahonda en los conflictos internos de un hombre, y da razón a sus impulsos.

¿He sido inapropiada?

Al estudiar la expresión de Linden, descubro aprobación y exaltación sorpresiva.

—No podría haberlo dicho mejor —dice él.

Sonrío con contrariedad.

—Excelente. —Mamá adula, claramente acontecida. Contiene, además, una sonrisa y señala el local con elocuencia—. Pediré una mesa. —Se despide de Linden, advirtiéndome que me esperará dentro, y se marcha.

Me adentro un par de pasos más bajo la marquesina, protegiéndome de la nieve. Linden hace lo mismo.

—Esto ha sido sorpresivo —digo, mirándolo.

Linden no ha dejado de verme.

—Sí —dice, oteándome con delicadeza—. Así que estás aquí por la firma de libros.

—Algo así —respondo—. En realidad, vine por la universidad, pero Nuria aprovechó la oportunidad.

Linden asiente, parpadea también, y sus ojos brillan; todo sorprendentemente a la vez.

—No estaba al tanto que asistirías.

—Tampoco yo —digo, y sonrío.

—Me hubiera gustado saberlo.

—Bueno —hablo, y frunzo ligeramente el ceño—, supongo que a nuestros representantes les gusta el misterio.

Él parece un tanto golpeado. —No me refería a eso.

—Te invitaría a cenar con nosotras —digo a Linden—, pero ya has pedido para llevar.

Lo cierto es que no me gustó su tono.

—África...

La melodía de una llamada telefónica lo detiene de continuar. Me disculpo rápidamente y busco en los bolsillos de mi abrigo negro, reconociendo que es mi celular. Palpo con dedos fríos y temblorosos el interior y, al sostener el aparato, sé de antemano el nombre de quién aparecerá en el identificador de llamada.

Shawn...

Con un gesto de pena inevitable, silencio el teléfono.

Linden está observándome.

—No interrumpiré la cena con tu mamá por más tiempo —dice, y comienza por alejarse, pero se detiene, en el último instante, y gira para verme—. Has mencionado la universidad —advierte.

Hay una clara urgencia en su voz.

—Sí —digo—. La Universidad de Grant Allen. Pienso rendir el examen de selección.

Linden asiente, abstraído.

—Supongo... entonces, que nos veremos mañana. Buenas noches, África.

—Buenas noches, Linden.

Tres llamadas perdidas constriñen mi joven corazón. Seguramente, Shawn me cuestionará este distanciamiento, este obvio silencio por mi parte. Me siento en desventaja. Caminábamos de la mano y una meta apareció, sólo que yo crucé la línea y él se quedó del otro lado. Ahora, no sé cómo avanzar sin él.

¿Estás bien? ¿Estás ocupada, por esa razón no respondes? Si me dices que sí, está bien, lo entiendo, perfectamente. Si me dices que no, entonces exijo un motivo lógico por el cual me has privado de tu voz. Sin presiones. Espero tu respuesta.

Estoy bien, Shawn. Sólo estoy cansada... y hambrienta.
Y, sí, también ocupada.
Gracias por entender.

Shawn responde:
¿Hambrienta, dices?
Puedo ofrecerte lo que hizo mi mamá.

Contesto:
En el supuesto caso de que pueda recibirlo, ¿qué hizo tu mamá?

Su mensaje es corto y claro.

A mí.

Bebía un trago de una margarita virgen y, ante la mirada extrañada de mamá, empiezo a toser incontroladamente.

Mamá trocea el salmón canadiense de su platillo con el tenedor y lo empuja hacia la cuchara.

—¿Estás bien? —inquiere—. Esa margarita sí es virgen, ¿verdad?

Miro los rollos primavera bañados en salsa agridulce dispuestos unos sobre otros en mi plato.

—Pues claro —digo a mamá.

Deposito el coctel sobre la mesa.

¡Ingrato!

Pasados unos minutos, leo el nuevo mensaje de texto.

Shawn escribe:
Bien, ya que no puedes verme, quiero que sepas que me reí. Muy fuerte. Creo que asusté a Bea al otro lado del ala. Por otra parte, no creí que caerías en eso. Es un chiste bastante viejo, preciosa.

Aprieto los labios, verdaderamente ofendida, y escribo, sólo para hacerlo molestar: ¿Eso significa que no puedo comerte?

Shawn tarda demasiado en dar respuesta, a pesar de que me ha leído.

Quiero decir... sí. Que eso no te detenga, por favor.

¡Cómo no!

Lástima, ya pedí comida tailandesa.

Shawn replica: Bueno, yo no tengo fecha de caducidad. Sólo un amable recordatorio.

¿Estás seguro de eso?

¡África!

En el local, se reproduce música polifónica de fondo. El ambiente es cálido y acogedor, y un aroma a comida exótica y madera prevalece. Un estrecho pasillo separa las mesas de madera, con sus sillas plásticas, y la barra, de cada lado, y viaja hasta las escalinatas hacia el segundo piso. Banderines multicolor cuelgan de las vigas, y en las paredes, sujetos por ganchos de ropa, se exhiben camisetas con el logo del establecimiento.

Mamá está comentándome acerca de mañana y de la posibilidad de que la acompañe durante la ponencia del seminario. Le prometo que estaré ahí.

Tengo tanto por decir y tanto por callar que me siento ahogar. Recuperar a Shawn regresó cada pieza a su lugar de origen; las raíces se alzaron y los espacios se ajustaron, pero las partes han sido mancilladas. No puedo ignorar que con su vuelta desmanteló temores que mantenía ocultos. Me mostró cómo sería perderlo y, sinceramente, la vista no me agradó en lo absoluto.

—Shawn no sabe que estoy aquí —confieso a mamá, pero no puedo hacer que mi voz no sea más que un susurro.

Ella desvía sus ojos hacia los míos. Debate internamente qué responder mientras revuelve, con un ligero y circular compás de su muñeca, los hielos de su bebida de carajillo.

—Pensé que las cosas se habían resuelto entre ustedes —responde, pensativa.

—Lo hicieron —digo—. O eso pensé. Pero... pero no es lo mismo, por mucho que finja que sí, que todo ha vuelto a ser igual. Shawn me oculta cosas... No de ese talante —añado, al advertir en la angulosa mirada de mamá—. Cosas de su interior, es decir. Y lo comprendo, ¿sí?, y estoy aprendiendo a esperar, pero algo está pasando en este momento, lo sé...

—África —dice mamá, con suavidad—, cariño mío. Actúas como si estuvieras corta de tiempo, como si en cualquier instante ese muchacho fuera a escurrírsete de las manos. No es así. Ambos son jóvenes. Tiempo para conocerse hay suficiente, ¿de acuerdo? Permite que todo se dé en su momento, no apresures el orden de las cosas. Eres paciente, es algo que te reconozco. Si lo quieres, y él te quiere, esperar por su honestidad es lo mínimo que puedes hacer.

Entonces, ¿por qué siento que no es así? El tiempo... pareciera que nos repudia. Todo lo que tenemos son noches cortas, abrazos largos y rápidas despedidas. No es suficiente. El mundo cambia constantemente, sobre todo el suyo. «Si él me quiere» ¿Por qué he de depender del corazón de otro? La libertad nunca fue tan subjetiva. ¿Por qué siento que, en contraste a muchos otros, no tengo alternativa sino que él me quiera de vuelta?

—¿Y si no es así? —pregunto.

Mamá frunce el ceño.

—¿Qué?

—¿Y si Shawn no me quiere?

Ella suelta el aire por la nariz. Si no la conociera, y la educación de su persona, habría pensado que eso ha sido un resoplido. Bebe de su carajillo sin desperdiciar oportunidad de mirarme con cara de incredulidad.

—Nunca he conocido una persona a quien tu quieras, y no te quiera de vuelta —comenta, divertida—. Así que discúlpame si ese pensamiento me parece bastante absurdo.

—Debe haber una alternativa —digo, desesperada por respuestas—. Me quiere, no me quiere. ¿Qué sucede, qué promete en cada uno de los casos?

—Si no te quiere... —dice mamá, y se lo piensa en serio; debatiéndose entre mostrarme maternal compasión o llana sinceridad. Sin importar qué fuese, prefiero lo último—. Si no te quiere, me temo que sufrirás. Tu corazón es como el de pocos; es selectivo, estricto, pero a quien quiere, lo quiere como a nadie. Lo siento, hija.

—¿Por qué? —inquiero—. Es una alternativa, pero confío en Shawn. Su corazón nunca me ha fallado.

—Y es de agradecer.

Suspiro.

—Sé que debo esperar.

Mamá pausa y me ve, compasiva. —Y lo haré —prometo—, pero temo que cuando Shawn finalmente se abra a mí, no esté lista para recibirlo. ¿Cómo sabré cuáles son las palabras correctas?

—Vendrán a ti —responde mamá; dulce.

Niego, indecisa.

Mamá casi gruñe. —No temas de algo que están tan naturalmente en ti como respirar. Y si todo lo que hay es silencio, eso también está bien. No me gusta que te agobies por cosas que escapan de ti, cariño.

Me concentro en la comida.

—Le quiero —susurro a mamá—. Le quiero mucho.

—Cariño —dice, con la calma de su voz—, eso es bueno.

—Es la primera vez que quiero a alguien, alguien que no es de la familia, alguien tan... ajeno a mí.

—Sigue siendo bueno, África. No olvides cómo era antes.

—Lo recuerdo —mascullo—. Recuerdo que sólo lastimaba a las personas que me querían, porque no las quería de vuelta. ¿Así que este es el karma?

—No debes pensar así —contesta mamá—. Te prohíbo que pienses así. Los miedos la mayoría de las veces son irracionales, y tú eres inteligente. El amor, África, es sobre temeridad. Una vez que lo aceptas dejas de tener miedo, y aprendes a controlarlo.

—No sé cómo hacer eso.

—Aprenderás —recrimina mamá, cansada de mi autocompadecimiento—, confiando en él y madurando. Ahora, ponte a comer. Necesitas recuperar peso.

Abandonamos el local una hora después. Entonces, Shawn recibe un mensaje más, nacido desde mi desasosiego.

Llámame.

Estoy en el hotel de la calle Yonge, en la suite presidencial. No fue sorpresa cuando la recepcionista me entregó la llave ―en forma de tarjeta electrónica― de la habitación más lujosa del edificio. Me produjo cierta aprehensión, es cierto, pero no soy tan ingrata como para quejarme. Sucede que, bajo otra situación, habría disfrutado de las diversas salas de entretenimiento, de la cocina equipada y, singularmente, de las altas vistas desde el balcón. Incluso habría logrado divertirme por mi cuenta, claro, de tener otro corazón; uno más desinteresado.

Lo único que deseo, en verdad, es hablar con él, escuchar su voz, verlo... cara a cara, desafiando la tensión, que surge como una vieja amiga. La ocasión está a mi favor, ¿por qué desperdicio la posibilidad? No ayuda que sueñe con él de este modo pecaminoso, y que mirarlo y oírlo me remonte a mis fantasías.

Mamá, nada más pisó el lustroso suelo del vestíbulo, alguien se había acercado a ella. La alenté a ir y dejarme, pues sabía que la requerían como a nadie. Es, pues, la honoraria del seminario. Mientras que mamá subió a la segunda planta, hacia la sala de reuniones, y era acompañada por su asistente personal y el organizador de eventos que el hotel le proporciona, por mi parte, entré en el elevador, jugando con la tarjeta electrónica, y subí a la suite. Es ahí cuando debato mi terquedad, y empiezo a meditar, atendiendo los consejos de mi madre. Estoy en desventaja, eso es algo que entiendo, pero rechazar sus llamadas no ha de equilibrar la balanza.

Shawn no me lee.

Me siento en el sillón del salón y deposito la barbilla en el respaldo, observando con ojos soñolientos, y la soledad que siempre me ha acompañado, vaya a donde vaya, las vistas de una de las calles más históricas de Toronto; Yonge Street. Espero a que responda, siquiera lea el mensaje de texto, pero no ocurre ninguna de ambas cosas.

Son las 8:47 p.m., Shawn Peter Raul Mendes. Sinceramente, no puedes elegir precisamente este momento para comenzar a tener adecuados horarios de sueño. Empieza mañana.

Luego de un minuto, Shawn responde.

Bueno, bueno, bueno, mira lo que arrastró el mar.

¿Oh?

Me refiero a tu descaro, África.
¿Cómo te atreves...?
Olvídalo, haré de la vista gorda.
Pero que no se repita, bonita.

Sonrío como infanta a la pantalla. Molestarlo es... estimulante. Me hace apreciar lo que nadie más puede hacer; jugar de tal manera, coqueta y desprendida, con Shawn.

Oh, pero es que a mí me parece «Peter Raul» un adorable segundo y tercer nombre.
Mis felicitaciones para tus padres, cariño.

Él envía un emoticón sorprendido.

¿Otra vez? ¿A qué viene este asedio?

El corazón golpea en mi pecho, recordándome que, más que nada, necesita oírlo.

Llámame, Shawn.

En seguida. ¿Estás bien?

Sí, sólo necesito oírte.
Mantengamos esa llamada, si sigues queriéndolo.
Yo quiero.

Por supuesto, preciosa.
Dame un segundo.

Tomada con la guardia baja, escribo: «¿Estás ocupado?», pues no lo había considerado.

No, no para ti. Después de que fueras a cenar tailandés y prácticamente me llamaras rancio, los muchachos se autoinvitaron a mi casa.
Han armado una condenada fiesta.

Oh.

Probablemente, considero, debería decirle que está bien. «Disfruta de la improvisada fiesta». Pero realmente no quiero. Quiero, en realidad, que esté conmigo, que hable conmigo, que me prefiera a mí, sin importar cuán egoísta sea eso.

Me encantas, escribe él, y el calor llena mis mejillas. Es como si hubiera oído el eco de mis pensamientos y demostrara que sí, que aprueba mi egoísmo, porque es para él y sólo para él.

¡Qué dulce!

Lo que siempre he necesitado, lo que siempre he querido, es un hombre a quien dedicarme, por quien sacrificarme, y adorarlo sin cesar, porque mi soledad es exigente y sólo un igual puede llenarla. En otros años, no lo encontré. Ninguno estaba a la altura, por nadie valía la pena arriesgarme, y cometí errores en mi terquedad por hallarlo, porque debía estar por algún lado. Mi alma no había nacido sola. Me negaba a eso. No experimenté lo que otras mujeres a mi edad experimentaron, pero lo hice a mi manera, imitándolas lo mejor que pude. Sin embargo, había límites. Siempre los hubo.

Luego, Shawn me enseñó la correspondencia, la humildad de los sentimientos más castos, y a cambio le entregué la fuerza de mis afectos más oscuros. La codicia que él me despierta. Un intercambio justo. El rigor que él necesitaba y la piedad que yo precisaba.

Shawn, escribo.

Él no responde.

¡Shawn!

De nuevo, nada.

Peter Raul.

Aparece, surgido de un instante.

Veo que es audaz, señorita Ruiz.
Estoy ya en el dormitorio.
Ahora, el próximo nombre con el que te refieras a mí, te haré gemirlo.

Oh...

Tramposo.

Así me gusta, contesta Shawn.

Llámame de una insufrible vez.

Qué mandona.
Sólo una última cosa.

Extremadamente escrupulosa, tecleo un par de letras y las envío. Dime.

¿Por qué no sé tu segundo nombre?

Porque no está en Internet. Me gusta desafiar los medios sociales ocultando información relevante. Florida es mi abuela en Facebook. Ella aún no se ha dado cuenta.

¿Así que esta es la razón por la que no me sigues en Instagram?

No, eso es porque eres aburrido.

Vaya, dice Shawn, me haces sentir especial.

Para saber de ti, tengo tu número celular. Y he tocado tus abdominales, así que no sé cuánto más se supone que tenga que conocerte.

Cierto, cierto.

Estamos bromeando, por supuesto.

Mi segundo nombre es Níger.

¿Níger?
África Níger...
Qué precioso, carajo.
¿Así que tu mamá no sólo decidió nombrarte en honor a un continente, sino también como uno de sus ríos?

Sí, ¿puedes creerlo? Fui traída al mundo sin misericordia, y tú sigues sin llamarme.

En eso estoy, Níger.
Ah, qué injusto.
Esperaba algo más vergonzoso, algo como Monrovia, o qué sé yo.
Luanda, tal vez. Ese sería estupendo.

Me gusta Monrovia, respondo, meditabunda.

Pero claro que sí, dice Shawn.

Sin más mensajes de texto de por medio, Shawn envía la llamada celular por la que tanto pedí.

Cuando habla, sé que está sonriendo.

—No puedo evitar pensar que la tradición de tu familia es algo increíble...

Sí, él está hecho para mí.