Palabra: triunfo.
XXX. Izuku Midoriya
There will come a poet
Whose weapon is His word
He will slay you with His tongue, oh lei-oh lai-oh Lord
Oh lei, oh lai, oh lei, oh Lord
He will slay you with His tongue, oh lei-oh lai-oh Lord
Soldier, Poet, King, The Oh Hellos
Eijiro deshace la fortaleza de hierba. Katsuki se apoya en él y Shouto no puede evitar mirarlo preocupado. No puede caminar bien, pero al menos no tiene heridas las piernas. Un brazo —el del hombro herido— tiene que mantenerlo sin moverlo mucho. Con el otro se recarga en Eijiro. «Bien», se dice.
Al deshacer la fortaleza, se enfrentan de nuevo al panorama de la niebla negra y el horror.
La historia de la gran oscuridad es antigua.
Al principio, ninguna clase de magia estaba prohibida. La magia misma tenía límites, por supuesto, y los magos no sabían hablar del todo con ella. Por eso se cultivaron por años y experimentaron por más. Los primeros magos empezaron a viajar por la tierra en los albores del mundo. Ayudando, investigando, descubriendo, pensando, algunas veces escribiendo. Los magos habían florecido y, poco a poco, se habían expandido por todo el mundo. Se enseñaba magia en los patios y en las plazas. Después habían florecido las torres, destinadas a albergar a todos los aprendices, Yuuei entre ellas. Y también habían surgido magos que deseaban romper con los límites de la magia para adentrarse en terreno desconocido. Magos que habían jugado con los conceptos de la vida y la muerte a su antojo y los habían moldeado como habían querido. Así habían surgido áreas de la magia que después, tras el surgimiento de la Gran Oscuridad serían prohibidas y perseguidas.
Desde entonces, la historia de los magos se había llenado de enfrentamientos. No había habido un siglo sin una gran pelea o sin un gran duelo. Shouto lo ha leído todo en la biblioteca de Yuuei, que siempre le ha proporcionado el material para saciar su curiosidad. Los Archimagos se alzaron como magos por encima del resto, hasta desaparecer —aunque eso era reciente, pues algunos, como Nedzu, aunque maldito y obligado a habitar el cuerpo de un ratón por el resto de sus días, todavía estaban vivos—. Sobre ellos, se alzaron los Grandes Archimagos —siendo la última Nana Shimura, con la que Izuku habla constantemente en busca de consejo—, todos ellos destinados a pelear contra la Gran Oscuridad. Shouto conoce las historias y sabe que la mayoría de los Grandes Archimagos no fueron más que creados por las circunstancias o por accidentes. Era una desgracia considerar que ni siquiera Nana Shimura logró enfrentarse a ella con demasiado éxito, pues ha acabado volviendo.
Sin embargo, los magos no están hechos para la guerra. Nemuri solía decirlo todo el tiempo. «Los magia cuidan y ayudan, defienden lo que hay que defender lo justo, pero nunca sirven a ejércitos ni hacen la guerra por voluntad propia». Tras eso siempre hacía una pausa. «Es más doloroso cuidar el destino del mundo que guerrear por él. Sé que muchos desean usar la magia como una forma de combate. Pero ese no es el fin único de la magia, que nos fue conferida a nosotros. El fin es escuchar la tierra y cuidarla, porque no hay un trabajo más arduo y satisfactorio que ese».
Shouto comprende que no hay nada más difícil que cuidar a otro en medio de varios magos que pretenden destruir la torre y con la torre en peligro.
No sabe a dónde mirar o en quien concentrarse.
—¡Shouto! —grita Eijiro, unos pasos por detrás—. ¡Izuku está cerca de su límite!
Lo ven caer de nuevo y, esa vez, tardar en estabilizarse en el aire.
—No puede hacerlo solo —espeta Katsuki—. Por eso… fui…
Su frustración es evidente. Desearía estar de nuevo en el aire, puede ver Shouto. Pero no puede.
—Tú escuchas al fuego también —espeta Katsuki—. Igual que al agua. Lo sé. Te he visto, todos lo hemos hecho pero nadie nunca… Usa mi magia. El ritual la conectó. Usa parte de mi magia. Es quizá lo único que puede ofrecer ahora mismo.
Shouto asiente.
—Yo me encargaré aquí —dice Eijiro—; todos estarán a salvo. Puedes usar mi magia también lo sabes.
Así es como Shouto va en pos de Izuku. Lo ve con un brazo destrozado, pero aún tiene fuerzas para moverse. Es demasiado.
—¡Izuku! —grita, intentando mantenerse en el aire con el fuego.
—¡Atácalo! —grita el mago de aire, en cuanto lo ve.
Izuku siempre ha sido un buen estratega. Sabe analizar todas las situaciones según su gravedad y planear los mejores ataques.
—¡Yo terminaré, pero tú tienes que atacarlo!
Sí, tiene razón. Está a la espalda de Shigaraki que, concentrado en Izuku como está, no está cubriéndose del todo la espalda, aunque no por falta de intentos. Shouto hace uso de todo su poder y, por momentos, le parece sentir la magia de Eijiro y de Katsuki en su interior. Ataca a Shigaraki usando la magia del agua y de fuego, alcanza a ponerle las manos en los hombros y Shigaraki pierde un poco el control.
—¡Todo tuyo, Izuku! —grita Shouto.
Y ve a Izuku Midoriya hacer el mayor esfuerzo que lo ha visto hace nunca jamás.
No apunta hacia Shigaraki. Apunta a La Gran Oscuridad que lo controla.
—¡Nana Shimura dijo que teníamos que hacerlo juntos! —grita Izuku—. ¡Que esa era la única manera de derrotar a la Gran Oscuridad!
Shouto no entiende qué es lo que pretende en realidad. A un mago indudablemente puede ser derrotado con un puñetazo —aunque esa no sea una técnica muy mágica realmente— pero a la Gran Oscuridad uno no puede golpearla. No tiene un cuerpo. Es sólo la consecuencia de un montón de magos creyendo que podían desafiar la vida y controlar la muerte.
Sigue en el aire cuando Izuku llega hasta ella y ni siquiera Shigaraki puede detenerlo.
Lo entiende entonces, cuando siente la magia correr por todo su ser. Siente correr por sus venas lo que define a los magos: escuchar la tierra y cuidar de ella, protegerla. Ser un escudo, un bastión. Avocarse al cuidado y a la cosecha. Eso es lo que corre dentro de él: lo que Izuku hace explotar —metafóricamente— dentro de la Gran Oscuridad. No está intentando suprimirla o controlarla, simplemente la ahoga con el cuidado que los magos han tenido siempre.
Y poco a poco empieza a debilitarse. Shigaraki cae. Shouto no voltea a ver si alguien lo detiene. La nube negra empieza a desaparecer y ya nadie la controla.
Cuando ya no hay nada. Izuku cae. Está destrozado. Shouto se precipita hasta él para agarrarlo entre sus brazos —aunque más bien choca con él— y se precipita al suelo.
—Lo siento, Shouto —murmura Izuku—. Usé tu magia. Y la de Kacchan. Y la de Eijiro. Usé demasiada. No podía hacerlo solo.
Cierra los ojos y sonríe.
La torre de Yuuei sigue en pie.
Notas de este capítulo:
1) Quedan dos capítulos para cerrar la historia y me aseguré de quedarme con el espacio suficiente para hacerlo. El siguiente es el último capítulo y el 32 es más bien un epílogo, pero bueno, ya se acabó octubre. Wow.
2) Últimamente agarro la oportunidad para recordar que la humanidad existe gracias a los cuidados. Y sí, esto es parte de ello.
Andrea Poulain
