Día 29. Pelearse con Blaise Zabini

Blaise y Draco tenían sus propias formas de pelearse.

Entraron al cuarto forcejeando, alguno pateó la puerta para cerrarla, no prestaron más atención que esa ni colocaron más precauciones. Avanzaron por la habitación sin quitarle las manos de encima al otro. Blaise le succionaba el labio inferior, Draco le levantaba la camiseta. Trastabillaron sobre la alfombra, se equilibraron por pura suerte, y cayeron sobre la cama en un enredo de extremidades.

Mascullaban, maldecían, gruñían, jadeaban. Draco quedó abajo y las manos rápidas de Blaise prácticamente le arrancaron la ropa. Rodaron, intercambiaron lugares, Blaise se retorció sobre el colchón para ayudarle cuando lo desnudaba. Las prendas cayeron una a una y fueron olvidadas en el suelo.

Volvían a besarse, demasiado cerca, sin una barrera de tela. Draco empujó la cadera para crear fricción entre ambos, Blaise lo envolvió con los brazos y cambiaron de posiciones de nuevo.

Mordidas en el cuello, lamidas sobre las clavículas, besos duros interrumpidos por sonidos estrangulados. Las caricias de Blaise en su pecho alternaban entre roces y pellizcos a sus pezones. En el espacio entre ellos, Draco cerraba ambas manos alrededor de las erecciones con que los dos cargaban desde antes de entrar al cuarto; las acariciaba arriba, abajo, leves apretones, círculos con los pulgares, algunas presiones, siguiendo las señales que podía interpretar a partir de la manera en que Blaise se movía contra él por más.

Eran un desastre de jadeos, gemidos, más maldiciones, caderas empujando, roces. Draco lo masturbaba más deprisa cada vez, Blaise subía sus manos por la piel pálida disponible para él, con los ojos más oscuros de lo usual por la forma en que se agrandaban las pupilas, fijos en la garganta de su compañero.

Cerca del clímax, Draco se arqueó un poco, se restregó contra él, y regresó a su tarea de tocarlos a ambos. Blaise puso las manos en su cuello. Aguardó un instante, para verlo asentir, y apretó.

Era sencillamente fascinante la manera en que lo afectaba. Cómo Draco se estremecía, su piel comenzaba a teñirse, los dedos de Blaise se le marcaban en la garganta. Los jadeos se convertían en un ruido cada vez más débil, errático, irregular, hasta que casi era imposible oírlos, porque no tenía el aliento suficiente para soltarlos.

En el instante en que sus ojos empezaban a desenfocarse, Draco cerró los párpados con fuerza y frotó los pulgares llenos de preseminal sobre las puntas de ambos. La sacudida bajo Blaise y la forma en que abrió su boca, en un grito silencioso, le advirtió que había alcanzado su orgasmo.

Blaise lo soltó. Draco inhaló profundo y tosió, con la piel ruborizada, sudado, el cabello revuelto, una expresión afectada. Se concentró en masturbarlo a él y tiró de Blaise para besarlo.

Se vino después de eso, derramándose sobre su mano. Por un momento, permanecieron así, quietos en una de las camas del cuarto de Slytherin, recuperando el aliento.

Draco buscó a tientas su varita y murmuró un hechizo de limpieza. Blaise se dejó caer sobre su pecho, sin ganas de abandonar la cama para averiguar en dónde arrojaron su ropa.

—Sigo molesto contigo —advirtió, en voz baja. Draco, bajo él, se tocaba con cuidado las marcas de los dedos de Blaise en su cuello, que se tornarían en moretones dentro de poco.

—Seguro puedo resolver eso —alegó Draco, en tono desinteresado.

Blaise simuló morderlo, a manera de protesta, y volvió a tenderse sobre su pecho.

Sí, seguro lo resolvería. Luego.