.
.
Capítulo 58
Thomas llegó ese mismo día y fue una verdadera bendición, pues Candida ya estaba insufrible. Y a Candy le vino muy bien contar con su hermano para aligerar la carga.
Caprichosa como una niña, la tenía corriendo de un sitio a otro y no le daba ni un minuto de paz. Ni a ella, ni al resto del personal de la clínica.
Quizá por eso le dieron el alta antes de lo previsto, y todos se fueron a la casona del Prado con la abuela protestona y evidentemente recuperada.
Con tanto por atender, Candy no había tenido tiempo para pensar en nada más que no fuese que su abuela estuviese cómoda.
Por lo menos no lo tuvo hasta la noche, porque a las nueve en punto llamó Albert para saber cómo iba todo.
Lo atendió Tom, pero Candy no se perdió detalle. Mientras recogía los platos, escuchaba atentamente.
—Está igual que siempre, Albert: insoportable. Eso quiere decir que está bien. Quería agradecerte lo que has hecho por nosotros. Tu rapidez en traer ayuda ha sido decisiva.
—No tienes nada que agradecerme. Sois mi familia; para mí nada ha cambiado en ese sentido.
—Lo sé... —Y bajando un poco la voz, pero no lo suficiente, pues Candy oyó cada palabra, añadió—: Escucha, ¿no hay forma de solucionar esto? Mi hermana está triste, y tú tampoco pareces feliz.
—Mira, lo cierto es que lo he intentado y Candy me ha rechazado. Yo estoy sufriendo, y ella se va de vacaciones con amigos. He experimentado un terrible trauma que me ha tenido en estado de shock por un tiempo, y ella se ha ido de casa. Dime tú: ¿hay forma de solucionar esto? —repuso Albert de un tirón, con los dientes apretados.
Evaluar de esa forma todo lo que había sucedido lo hacía darse cuenta de que Candy no había sido ni comprensiva ni solidaria, sino que había actuado igual que él en un principio. Ambos habían sido duros el uno con el otro con el fin de preservar sus emociones y no sufrir un daño mayor.
—Sí... En parte tienes razón, pero sólo en parte. Creo que ella también sufre, Albert. Sintió que la apartabas de su vida, y eso le causó mucho dolor.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con ella al respecto?
En realidad, no había hablado aún con su hermana, pero sí lo había hecho con Betzabé que lo había puesto al tanto de todo. No quería admitirlo, pues hacerlo sería también admitir que continuaba en contacto con la bailarina, y se habían prometido mutuamente que nadie lo sabría.
—No, pero lo supongo.
—Pues entérate mejor, porque no sólo se ha ido de vacaciones, sino que ha salido a bailar a discotecas. Y no he podido dejar de notar que ya no lleva la sortija de casados.
—Albert, sé que te duele, pero ¿no podrías hacer el esfuerzo de comprenderla y perdonarla? ¿No podríais sentaros a hablar como dos personas civilizadas?
—Tom: le pedí perdón, le rogué que volviese, y ella me rechazó. No me expondré a otro golpe de ésos, te lo aseguro. Y menos sabiendo que no lo está pasando del todo mal.
—Eres tan cabeza dura. Y mi hermana igual. Estáis dejando pasar algo maravilloso por un tonto orgullo sin sentido.
Candy estaba escuchando y no podía creer que su hermano no la defendiese. Estaba de parte de Albert, y eso seguramente tendría que ver con las cosas que Candida le había contado.
Todos estaban en contra de ella. Su propia familia. No podía creerlo. Albert ahora era un santo porque había salvado la vida de su abuela, y ella se había convertido en la mala de la película.
¿Es que nadie podía ver que ella se hubiese resignado a lo que fuera por él? Le había jurado que no le importaba el hecho de no ser madre, que lo elegía a él por encima de todas las cosas, y ¿qué había obtenido cómo respuesta? Frialdad absoluta. Y la decisión de Albert de alejarse de ella «por su bien».
Pues ese bien le había hecho daño.
¿Tan errada estaba en su posición de querer protegerse de los vaivenes emocionales de Albert? ¿Tan equivocada estaba en querer darle un escarmiento para que él la valorara más? Había pensado que eso podía ser la piedra en que se basara su nueva relación: una certeza absoluta de que estaban juntos en todo, pero nada estaba resultando como ella habría querido.
Oyó que Tom colgaba y se acercó a él sin decir nada.
—¡Ah, Candy! Era Albert. Dice que está a nuestra disposición para cualquier cosa que necesitemos.
—¿Sólo ha dicho eso? —preguntó mientras simulaba estar muy ocupada arreglando el centro de mesa.
Tom observó a su hermana. Estaba distinta, sin duda. La veía mayor y más madura. No era la Candy de un año atrás. Ahora era toda una mujer.
—Mira, hermanita, te diré lo mismo que le he dicho a él. Sois un par de cabezotas. Estáis perdiendo un tiempo precioso por capricho. Os habéis equivocado y mucho, y ninguno quiere dar el brazo a torcer.
Candy lo miró como echando fuego por los ojos.
—Viniendo de ti es toda una revelación lo que me dices, hermanito.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—Sé de lo tuyo con Bet. Sé cómo empezó y también cómo terminó. Te has portado como un perfecto patán. Vosotros los hombres sois todos iguales..., inconstantes, volubles. ¡Ah!, no quiero continuar hablando contigo de esto —soltó antes de salir de la habitación.
Prefería soportar a su abuela antes que escuchar una palabra más del asunto.
Tom se quedó de una pieza.
De modo que Candy lo sabía. ¿En qué había quedado el acuerdo tácito de confidencialidad que había hecho con Betzabé? Y eso que ella insistía en que la confianza era la base de cualquier relación. Pues la había roto hablándole a su hermana de lo que había sucedido entre ellos.
Sonrió para sus adentros, ya que había descubierto una fisura en la perfección de Bet. Y ya la utilizaría en su provecho algún día.
De momento, debía tener mucho cuidado en no molestar a su hermana, puesto que era algo tan arriesgado como contrariar a Candida: de una forma u otra, él saldría perdiendo.
Allá ellos y sus problemas amorosos, ya tenían edad suficiente como para solucionarlos por su cuenta, y esa vez él no haría de celestino. Lo que sí haría sería regresar a su trabajo en cuanto se asegurara de que todo estaba en orden en casa.
En ese sentido, decidieron que Marta, la mujer que ayudaba a Candida en las tareas de la casa, se mudara a vivir con ella. Ignorando las protestas de la abuela, Tom le ofreció a la sirvienta una jugosa remuneración, y con eso quedó solucionado el tema de que Candida no estuviese sola. El día libre de Marta, sería Candy quien se encargaría de hacerle compañía.
Así que con sus asuntos arreglados, y la promesa de su abuela de tomar todos los medicamentos, se marchó sin volver a intentar hablar con su hermana.
La convalecencia de Candida duró más de lo esperado, pero no por encontrarse mal, sino porque lo que hacía era tratar por todos los medios de conseguir que Candy no se fuese de la casa.
Le permitía que fuese a la academia a trabajar y festejó con ella el hecho de que hubiese aprobado todas las pruebas de la universidad, pero cada vez que hablaba de regresar a vivir con Betzabé, a su abuela le bajaba súbitamente el nivel de azúcar, o le daba una punzada en la úlcera que siempre estaba a punto de abrirse en su estómago. No amenazaba con ningún síntoma de ACV porque era consciente de que con eso no podía jugar. Candy se había asustado mucho cuando había ocurrido y no quería preocuparla.
Así que todo continuó igual por un tiempo.
Un día, mientras plantaba azaleas en el jardín, Candy se preguntó si el resto de su vida transcurriría de esa forma.
Sacudió la cabeza y alejó esas cuestiones de su mente. Ésa era una buena manera de vivir. La otra, la intensa y pasional vida que había llevado con Albert, había sido un sueño, una fantasía. Pero ¡cómo la echaba de menos!
La vida de Albert, en cambio, de tranquila no tenía nada. El mes de noviembre se lo pasó yendo y viniendo de Buenos Aires.
Finalmente, y luego de mucho bregar, logró que la justicia autorizara la exhumación de los restos de sus familiares, y pudo enviar las muestras a la doctora Brower.
Esa vez el envío no fue a Canadá, ya que Daniela se encontraba en Japón, trabajando en la investigación que Albert le había encomendado. De hecho, él no era el único interesado en encontrar una solución, sino que una universidad de Tokio también lo estaba. Al parecer, uno de los hijos del rector tenía el mismo problema.
Fue un inesperado golpe de suerte que llenó de esperanzas a Albert. Cuantos más interesados, mejor, pues la causa de que no se hubiese investigado lo suficiente hasta el momento era que afectaba a un número ínfimo de familias.
Con esa universidad japonesa involucrada en el tema, el asunto tomaba otro color.
En unas de sus visitas a la vecina orilla, se tomó un tiempo para volar hasta Córdoba y visitar a su hermana.
Rosmery dormía plácidamente, pero la notó muy desmejorada. Estaba delgada y pálida, y sus crisis respiratorias la tenían a mal traer.
Albert estaba desesperado por proporcionarle una mejor calidad de vida, pero no se podía hacer nada.
Estuvo un día entero allí, y ella ni se enteró.
Se marchó con los ojos llenos de lágrimas. No se resignaba a verla así y no poder actuar. Se sentía impotente.
Últimamente se sentía así en todas las áreas de su vida. La manía de control que tanto lo había obsesionado había desaparecido por completo. La empresa marchaba sobre ruedas, aun sin su presencia. Por su hermana, no había podido hacer nada. Y Candy continuaba con su vida, y sus caminos no se habían cruzado ni una sola vez desde lo de Candida.
Su amor por ella no había mermado ni un poquito. Y tampoco su enojo por cómo Candy había continuado con su vida como si nunca hubiese estado casada con él.
Cuando Mariel, su ejecutiva de cuentas en el banco, lo había llamado, él se había quedado atónito. Candy no sólo había devuelto los talonarios de cheques y las tarjetas de crédito, sino que, como más tarde había descubierto, le había dejado la sortija de bodas dentro de la caja de seguridad.
Eso le había dolido en lo más profundo de su alma.
Por un momento, se sintió tentado de quitarse la suya, pero no pudo hacerlo. Sentía que si lo hacía, estaría renunciando para siempre a lo que más amaba.
Debía resignarse: Candy ya no era suya; ella ya no lo quería. Pero no podía hacerlo. Por dentro, continuaba teniendo esperanzas de que algún día lograría recuperarla. Los avances de la ciencia podían ayudar en eso.
Y en ese momento, la ciencia tenía el rostro de la doctora Brower.
Un día, ella lo llamó.
—Albert, quería comentarle que hemos avanzado mucho. En las historias de las familias portadoras, hay algo que se repite: las madres que han dado a luz bebés con el síndrome eran mayores de treinta. Y todas fumadoras.
—¿De veras? Ese descubrimiento es sumamente valioso, Daniela.
—Sí, pero aún nos falta bastante para estar seguros de algo. Albert, posiblemente estaré en Uruguay la semana entrante, para Navidad. Iré en plan de vacaciones, por el momento. ¿Estará en Montevideo, o...?
Albert vaciló. Tenía reservas para un crucero hasta el primero de enero, pues no estaba de ánimos para reuniones familiares por compromiso. Y además, no creía poder soportar los escenarios de siempre sin Candy
Sin embargo, le parecía una descortesía no atender a la doctora durante su estancia.
—Tengo reservas para un crucero por el Atlántico brasileño hasta el uno de enero, pero no se preocupe, las cancelaré.
—Tengo una idea mejor, Albert. ¿Qué le parece si voy con usted? En el crucero podría ponerle al tanto de los avances de la investigación. Es tan lúcido que estoy segura de que podrá proporcionarme opiniones muy valiosas. ¿Cree que podría conseguir una reserva para mí?
—¿Ehh...?, sí, creo que sí. De hecho, he reservado una plaza para un amigo, pero estoy seguro de que ha aceptado venir por compromiso, para no dejarme solo. No tendrá inconvenientes en cederle el lugar, Daniela.
Ella sonrió. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Albert continuaba solo, y ahora ella tendría su oportunidad.
Definitivamente, había llegado el momento de experimentar con Albert Ardley.
Alejada del lujo del crucero, y también de la compañía del sexo opuesto, Candy pasaría las fiestas con su abuela en el apartamento de su tía.
De nada habían servido los ruegos de sus amigas de que al menos la noche de Fin de Año fuesen a alguna fiesta privada. Candy se había negado terminantemente a participar de cualquier evento que no fuese familiar.
Las chicas estaban decepcionadas, pero no se dieron por vencidas. Una tarde, le pidieron a Diego que insistiese. Él no se hizo de rogar demasiado. Tenía unas ganas locas de llamarla desde hacía tiempo, pero sus amigas le habían contado lo atareada que estaba Candy con lo de su abuela y no había querido molestarla. Sólo la había llamado una vez para interesarse por la salud de la dama y la había notado distraída y distante.
Lo intentaría de nuevo. Con probar no perdería nada.
—Hola, Candy. Soy Diego.
—¿Cómo estás?
Parecía más amigable que en la ocasión anterior, y eso lo animó a continuar.
—Ahora que oigo que estás contenta, más aliviado. La última vez que hablamos parecías diferente.
—Es que lo de mi abuela me tenía muy preocupada, Diego. Pero cuéntame, ¿ha salido el libro ya?
—Por eso te llamaba. Bueno, por eso y otras cosas. El once de enero se hará la presentación en Letras, y quería invitarte. ¿Irás?
—Por supuesto, será un placer. Luego envíame un mensaje con los detalles.
—Claro. También quería invitarte a una fiesta privada el treinta y uno, después del brindis familiar.
—Diego..., gracias pero no. Ya les he dicho a las chicas que no saldré ese día, así que no insistas, por favor.
—¿Ese día no saldrás? Eso quiere decir que otros días sí lo harás.
Candy frunció el ceño. La había atrapado y no podía negarse.
—Es posible. No te aseguro nada.
—Bien, hagamos algo. Después de las fiestas me iré unos días a Aguas Dulces. ¿Te gustaría venir conmigo?
—Definitivamente no, Diego.
—Vamos, Candy, ¿hasta cuándo mantendrás tu duelo? —preguntó él, inesperadamente osado.
—No lo sé, pero en cualquier caso no me iré de vacaciones contigo—fue la rápida respuesta.
—Bien, de todos modos, esperaba algo así. Haré un segundo intento. A ver, a mi regreso, ¿aceptarás al menos ir al cine conmigo?
Ella vaciló. No podía continuar con sus negativas. Ir al cine no tenía nada de malo, después de todo. Siempre y cuando no fueran solos, podría considerarlo.
—Si vamos con los chicos, no veo por qué no —dijo simplemente.
Diego estaba exultante. Eso era lo más parecido a un «sí» que podría obtener de ella ese día.
No quería abusar de su suerte, así que le deseó felices fiestas y colgó.
«Felices fiestas. Jamás podrán ser felices lejos del amor de mi vida. ¡Ay, Albert Ardley!, si supieras cuánto te echo de menos. Me muero por estar contigo, por besar tu maravillosa boca, por recorrer tu cuerpo con la mía. Imagino tu sonrisa de lado, tu mirada cargada de deseo, los músculos de tu abdomen tensos ante el roce de mis dedos», pensó, mordiéndose el labio inferior.
Se preguntaba si Albert la deseaba de esa forma, si pensaba en ella, si recordaba cada detalle de su vida juntos como ella lo hacía.
Pero lo cierto era que no tenía muchas esperanzas de que así fuera, pues Albert no había vuelto a llamarla ni a contactar con ella de forma alguna.
Si supiese las veces que él había fisgoneado en su Facebook, las veces en que la había llamado desde un teléfono público sólo para oír un «diga» de sus labios, y las veces en que se había masturbado pensando en ella, su corazón danzaría y sus pies la llevarían al único lugar donde quería estar, al único lugar del que jamás debió haber salido: la cama de Albert.
CONTINUARA
Definitivamente estos dos parecen adolecentes, en especial el...ahora con la culebra de la doctorcita en un crucero...es que me dan ganas de ponerlo de rodillas , quitarle los pantalones y darle unos bueno correazos.
