29
Candy se despertó con el suave calor del sol de la mañana que entraba por la ventana y con Albert que la despertaba de una manera totalmente diferente. Notaba su erección presionándole con firmeza el trasero, pero esta vez él no saltó de la cama. Esta vez notó cómo sus dedos la acariciaban hasta que su cuerpo se humedeció de deseo. Cogiéndole las caderas, él se deslizó en su interior desde detrás. Llenándola. Incrustado entre sus muslos, parecía más grande y grueso que antes, pero en lugar de causarle dolor, la sensación la dejaba sin respiración.
Sus manos le acariciaban los pechos, presionándole ligeramente los pezones, cogiéndola y apretándola con más fuerza mientras entraba y salía lentamente, sacando toda su longitud antes de meterse rápidamente dentro de nuevo.
Notó el cosquilleo de su respiración en la oreja.
—¿Te he sorprendido?-le preguntó en voz baja, sujetándole las caderas apretadas contra él un momento. Estaba plantado tan profundamente que parecía tocar su mismo centro.
—No. Sí. Quizá un poquito-reconoció tímidamente—. Pero me gusta.
Confiaba en él totalmente. Había tantas cosas que no sabía que no se molestaba en sentirse violenta o cohibida. Albert había abierto un mundo sensual enteramente nuevo para ella y quería explorar cada pulgada con él. Emitió una pequeña exclamación de placer cuando, todavía sujetándola con fuerza, él balanceó y giró las caderas, llevándola a un frenesí erótico.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que ansiaba hacer esto?-Empujó con fuerza para dar énfasis a sus palabras—. ¿Sabes la tortura que era para mí no meterme dentro de ti cuando te acurrucabas contra mí todo este último mes?
—No lo sabía-suspiró ella, entre empujes lentos y profundos.
—Hay muchas cosas que no sabes, mi amor. Pero tengo intención de enseñártelas todas.-La sensual promesa de sus palabras hizo que un escalofrío la recorriera de arriba abajo.
Él le acarició la nuca con la boca y le besó la curva de los hombros. No contento con unas caricias perezosas, aumentó su ritmo y, cuando vio que ella se acercaba al clímax, pasó la mano delante de ella. Con una hábil caricia del pulgar, Candy sintió que temblaba, se estremecía y se deshacía. Él se puso rígido detrás de ella, pero en lugar de correrse en su interior como había hecho la noche anterior, se retiró en el último minuto y se vació en la cama.
Luchando contra la bruma del delirio, Candy necesitó un momento para darse cuenta de lo que había hecho. Pese a la euforia de su orgasmo, se sintió extrañamente vacía. Como si la hubiera privado de una parte de él. Cuando el subir y bajar de su pecho disminuyó y su respiración volvió a ser normal, se volvió hacia él con una pregunta en los ojos.
Él la miró largamente y suspiró. Estaba claro que preferiría no tener aquella conversación.
—He tomado tu inocencia, Candy, pero no me arriesgaré a dejarte encinta.
Un agudo dolor le retorció el corazón. Saber cuáles eran sus intenciones con una sinceridad tan brutal, después de la intimidad que acababan de compartir, la dejó sin aire. La emoción le quemaba los ojos y se dio media vuelta para ocultar su decepción. ¿Qué había pensado? ¿Que cambiaría de opinión solo por hacerle el amor? ¿Que se enamoraría de ella tan fácilmente como ella de él?
Aquella idea inesperada la dejó helada.
Lo amaba. La verdad dio en la diana de su corazón con una certidumbre que no se podía negar. Después de la noche anterior, no podía fingir, ni siquiera ante ella misma. Se había enamorado profunda y desesperadamente de su esposo por un año. Cada vez que lo miraba, el corazón le daba un vuelco. Cada vez que él sonreía, sentía como si el sol brillara solo para ella. Su mero contacto la encendía.
Adoraba su fuerza, su honor, su destreza, pero sobre todo la fuerza estabilizadora de su presencia. Adoraba la manera en que aquel fiero guerrero podía acariciarla con tanta suavidad. Adoraba la manera en que la hacía sentir cálida y protegida, como si nada pudiera hacerle daño.
En Dunvegan había encontrado lo que llevaba toda la vida anhelando. Albert le había dado una familia y le había proporcionado un lugar donde se sentía necesitada y protegida. Y le había ofrecido una nueva manera de ver a su propia familia, haciéndole comprender que su relación con su padre y sus hermanos quizá fuera más complicada que la simple cuestión de que no la quisieran.
Pero él no le daría un hijo suyo.
Debería admirar su honor y nobleza pero, en cambio, se sentía herida por su capacidad para pensar racionalmente mientras ella estaba sumida en un amor recién descubierto. En el momento más asombroso de su vida, cuando ella le había dado su corazón, él la golpeaba con la dura verdad.
A menos que cambiara de opinión, el hombre que amaba se casaría con otra al cabo de poco más de seis meses.
—¿Te arrepientes?-preguntó él en voz baja.
Ella negó con la cabeza, mientras la emoción le ponía un nudo en la garganta. No podía dejar que viera lo mucho que su sinceridad la había afectado. Sobre todo, no quería darle ninguna razón para pensar que no se conformaría con su acuerdo. Conocía a Albert. Dejaría de estar con ella si comprendía lo mucho que la hería. Hizo aparecer una sonrisa feliz en su cara.
—Claro que no. Es solo que no comprendía cómo eran estas cosas.
Albert pareció aliviado y dejó de lado aquel asunto. Cuando la cogió de nuevo en sus brazos, Candy luchó contra el pánico que sentía en el pecho. Se le estaba acabando el tiempo. ¿Y si su plan no funcionaba? ¿Y si él no se enamoraba de ella?
La besaba con tanta ternura que Candy supo que solo podía hacer una cosa: debía extraer todos los pedacitos de felicidad que pudiera en los próximos meses, porque quizá tuvieran que durarle toda la vida.
Horas después, Albert se obligó a levantarse. No podía entretenerse más. Su mirada cayó en la sirena desnuda que había en su cama. Por grande que fuera la tentación, se vistió rápidamente y sin hacer ruido para no despertarla. La joven se merecía un descanso.
Habían hecho el amor más veces de las que podía contar, pero seguía sin ser suficiente. Su hambre de ella parecía insaciable. Su naturalidad y su pasión sin inhibiciones lo dejaban estupefacto. Por la mañana, cuando se despertó con sus suaves nalgas apoyadas contra su erección, había hecho lo que llevaba un mes deseando hacer. Pensaba que la escandalizaría, pero ella lo había recibido naturalmente, correspondiendo a su avidez con la suya propia.
¿Cómo podía defenderse de un regalo así?
Pero algo le preocupaba. No se le había pasado por alto el destello de dolor de sus ojos cuando él le recordó su deber. No quería herirla, pero tampoco quería alimentar falsas esperanzas. Si lograba encontrar un medio para persuadir al rey de que devolviera Trotternish a los MacAndrew sin ayuda de Argyll, entonces quizá fuera posible. Llevaba días estrujándose la cabeza en busca de ese otro medio, pero hasta entonces no se le había ocurrido nada. Pero le quedaba tiempo para pensar, porque el rey Jacobo todavía tenía que aceptar escuchar sus peticiones... incluso con ayuda de Argyll.
Sin embargo, Albert se preguntaba si había hecho lo correcto al hacerle el amor. Para ambos. La intimidad, la conexión era ya muy fuerte entre ellos. ¿Cómo sería después de seis meses? Se dijo que era solo sexo. Pero sabía que era mentira. Lo que había compartido con Candy era diferente de todo lo que había experimentado antes. Era sexo en carne viva, demoledor, que abarcaba todo su espíritu. Sexo que le hacía perder el control y verter su semilla dentro de ella. Un error que nunca había cometido antes. Jamás.
Salió sigilosamente de la habitación y bajó por la escalera, para dirigirse afuera y recorrer el camino hasta el viejo castillo. Sus hombres lo estarían esperando. Acababa de entrar en el vestíbulo cuando su hermano atrajo su atención.
—¿Has dormido bien?-preguntó Anthony inocentemente.
Albert frunció el ceño.
—No es asunto tuyo. ¿Dónde están Archie y Tom?
—Esperándote en el comedor privado.
Siguió a Albert dentro de la pequeña estancia detrás del gran vestíbulo. Con Anthony recuperado, se habían reunido para hablar sobre el peligro de un ataque de los Mackenzie.
Los hombres de su guardia se levantaron al entrar él. Albert se dijo que era otra de las malditas restricciones del rey. Limitar el número de los hombres de su casa. Tom se adelantó con una carta en la mano.
—Ha llegado esta mañana-explicó—. He creído que no desearías que te molestaran.
Al parecer, todo el castillo estaba enterado de lo que había pasado la noche anterior. Si Tom tenía su opinión sobre el asunto, la mantenía oculta. Al igual que los demás hombres de Albert, nunca cuestionaría a su jefe.
Albert asintió, dio la vuelta al pergamino y reconoció el sello de Argyll. Maldición. Abrió la misiva y leyó. Eran las noticias que esperaba. Noticias que deberían hacerlo feliz. Pero, por el contrario, sintió la soga del deber cerrándose en torno a su cuello. Argyll escribía que, la próxima vez que MacAndrew se presentara en la corte, el rey estaría dispuesto a escucharlo sobre el asunto de Trotternish. Candy se le escapaba de entre sus dedos. Relató el contenido a sus hombres y todos se quedaron en silencio.
Finalmente, Anthony hizo la pregunta que todos pensaban.
—¿Disolverás el matrimonio a prueba?
Albert acalló la reacción, casi visceral, que le empujaba a responder negativamente, y dijo:
—Sí. Es necesario. Argyll ha demostrado la influencia que tiene con el rey al conseguir que acepte escucharme, algo que, hasta ahora, Jacobo se había negado a hacer. Con los Mackenzie apoyando la reclamación de Sleat, necesitamos el apoyo de Argyll.
—Ojalá hubiera otra manera de conseguir que Jacobo se diera cuenta de que Sleat es un tirano ambicioso-dijo Anthony.
Albert sonrió a su hermano, que estaba tan furioso por el.
—Ten la seguridad de que, si hay otro medio, lo encontraré.
Dejó de lado las perturbadoras emociones evocadas por el contenido de la carta de Argyll y volvió al asunto para el que se habían reunido... defenderse del ataque de los Mackenzie. Albert no quería más sorpresas. La audacia de los Mackenzie al atacar tan cerca del castillo lo preocupaba. Anthony volvió a contar lo sucedido en el ataque, como ya había hecho antes, incluyendo la conversación entre Candy y Fergus Mackenzie. Algo que Anthony dijo atrajo la atención de Albert.
—¿Estás seguro?-preguntó.
Anthony asintió.
—Estaba medio inconsciente, pero Fergus sabía que habías prolongado tu estancia en Edimburgo con Argyll.
Albert sintió una ligera inquietud. Que los Mackenzie conocieran sus planes lo preocupaba. Había mantenido en absoluto secreto su visita a Argyll.
Se quedó pensativo unos momentos, con la mirada fija en la carta de Argyll sobre la mesa. De repente, recordó otra carta, la recibida por su esposa justo el día anterior. Comprendió lo mucho que había llegado a confiar en ella cuando la carta de Sleat llegada el día anterior apenas le había provocado una ligera inquietud.
Albert mantuvo una expresión impasible.
—¿Mi esposa envió alguna carta mientras yo estaba fuera?
Los hombres parecían claramente incómodos. Archie contestó:
—Solo una. A su padre, Glengarry.
—Estoy seguro de que ha sido una coincidencia-dijo Anthony, saliendo en defensa de Candy.
Albert no creía en coincidencias, pero, por el bien de Candy, esperaba que aquella lo fuera.
—La muchacha es una MacDonald. ¿Podemos confiar en ella?-Archie hizo la pregunta que Albert no quería pronunciar.
Albert lo pensó un momento. Los recuerdos de la noche anterior lo asaltaron. Pensó en la mujer que se le había entregado libremente y sin condiciones. Pensó en la satisfacción que había sentido al tenerla entre sus brazos, la extraña sensación de paz que lo había inundado. Pensó en su bondad con Pauna, su encanto radiante, su soledad y la felicidad que había encontrado en Dunvegan. Si no en su mente, Albert sabía la respuesta en su corazón.
—Sí, confío en ella.
Pero si llegaba a descubrir que lo había engañado, la pérdida de su inocencia sería el menor de los problemas de Candy.
...
