La máscara que cae

El silencio se volvió denso y aplastante mientras las dos mitades de Regina, la Reina Malvada y la Alcaldesa, se encaraban echando chispas por los ojos. Zelena, Henry, Emma, Clarissa y Fiona decidieron no interferir, pero todos estaban, de cierta forma, tensos. A pesar de saber que las dos mitades aún estaban unidas la una a la otra, sobre todo la Reina, que sería la parte más dependiente, y que solo desprendiéndose totalmente de la otra cuando la sangre de la Salvadora muerta estuviera en sus manos o en la de Fiona, aun así era aterrador presenciar cómo las dos mujeres totalmente idénticas se mataban solo con ese intercambio de miradas.

Clarissa estaba impresionada y boquiabierta con la versión de su Regina de cabellos cortos y con aquellas ropas de otro mundo que nunca había visto, en este caso, un traje gris. La belleza era impresionantemente la misma, era como ver a su Reina en otro cuerpo, una enorme confusión. Fiona no apartaba sus ojos maliciosos de Emma y la rubia comenzaba a sentirse incómoda con eso y resoplaba. Henry y Zelena se apretaban las manos el uno al otro.

Fue la Reina quien rompió el silencio.

˗Veo que te has adaptado bien a este mundo sin gracia, mi querida mitad…˗ dijo con desdén, mirando hacia los lados ˗Fue abandonarme, y has decaído lamentablemente…˗dijo con rencor

Regina soltó una carcajada aguda y se acercó más a la Reina, casi pegando sus cuerpos. Habló con una peligrosa sonrisa.

˗Separarme de ti ha sido lo mejor que he hecho en la vida…

No dio tiempo para nada más porque Regina sintió cómo su cuerpo era lanzado a lo lejos hasta chocar contra un árbol cercano. Costó que el aire volviera a sus pulmones, la fuerza de su otra mitad y sus nuevos poderes eran realmente impresionantes.

˗¡Regina!˗gritó Emma

˗¡Mamá!˗ corrió Henry

˗¡Hermana!˗ Zelena vino detrás

Todos fueron hasta Regina que luchaba para ponerse en pie, rechazó la ayuda, se puso derecha tambaleándose y le devolvió el hechizo, lanzando a su oponente más lejos aún con el poder que fluía de sus manos.

Fiona y Clarissa también corrieron hacia ella, pero al igual que su oponente, rechazó la ayuda y se levantó con dificultad.

˗Puede que te hayas hecho más fuerte, Majestad…¡Pero yo también!˗Regina caminó de nuevo hacia ella con furia, y la reina hacía lo mismo.

˗¡No me subestimes, Regina!

˗¡No me subestimes tú! ¿Qué buscas en Storybrooke? ¿Tú y tu pandilla?˗ dijo Regina mirando con desdén a Fiona y Clarissa, que torcieron la nariz.

˗Habéis cogido algo que le pertenece a Fiona…˗susurró con rabia la Reina ˗¡Hemos venido a coger lo que le pertenece por derecho! ¿DÓNDE ESTÁ?˗ gritó en el rostro de Regina y miró a Emma y a Zelena ˗¿Dónde tú, mi querida hermanita envidiosa y esa rubia sin gracia habéis escondido la Espada? ¿Por qué no consigo sentir con mis poderes dónde está?˗gritó en el rostro de Regina.

Regina puso su mejor cara de no haber roto un plato. Sabía, por medio de los Espectros, que de momento la Reina nada podría descubrir sobre ellas, ahí en Storybrooke, mientras estaban en el Bosque Encantado.

˗¿Qué poción te has tomado? ¿Estás loca? No hemos cogido nada tuyo…

˗¡DEJA DE HACERTE LA IDIOTA! ¡No intentes engañarme! No puedo saber lo que estáis haciendo aquí, no tengo acceso a esa información, pero sé muy bien que cogisteis la Espada y también sé que conocéis la profecía de la Gran Batalla en la que Fiona y la Salvadora tendrán que enfrentarse! ¡He investigado todo, Regina, he leído todo, sabes muy bien que Fiona y yo nos vamos a unir y acabar con todos vosotros!˗ gritaba.

Y fue entonces que Regina, la alcaldesa, hizo algo que nadie esperaba. Para desespero de todos, se extrajo su propio corazón del pecho y comenzó a apretarlo. El lacerante dolor que sentía se traspasó a la Reina, que lo sentía de igual manera. Un dolor insoportable y cortante. La Reina colocó la mano en su pecho, se retorció y gimió, gritando de dolor. Cayó de rodillas en el suelo, mientras Regina apretaba su corazón aún más, también gimiendo de dolor y cayendo a tierra.

Clarissa corrió desesperada, seguida de Fiona y se agachó ante la Reina; Emma, Zelena y Henry corrieron hacia Regina, todos en pánico.

˗¡Regina, amor! ¿Qué diablos estás haciendo?˗Emma apretaba el brazo de su prometida desesperada, y la Reina vio las alianzas de compromiso que brillaban en los dedos de ambas. Incluso en medio del dolor, habló, riendo desdeñosa.

˗¿Amor? ¿Estáis comprometidas? Por lo dioses, eres una decepción, Regina…La hija de Blanca Nieves….¡AHHHHHHHHHH! ¡PARA!˗Otro grito de dolor y agonía salió de la garganta cuando Regina apretó más su propio corazón en su mano.

˗Yo la amo…Tú nunca vas a saber lo que es el amor…˗la alcaldesa hablaba jadeante con el corazón en la mano.

˗Mamá, por favor, para…Vais a mataros…˗Henry dijo desesperado y la Reina se llenó de alegría en ese momento.

˗Hijo…¿También te preocupas por mí?˗preguntó ella con voz dulce en medio de la agonía

˗Eres parte de mi madre, por tanto, también eres mi madre…Pero mientras seas esta criatura malvada, no te consideraré como tal. ¡Por favor, Majestad! Aún estás a tiempo de volver atrás…˗dijo Henry

Los ojos de la Reina Malvada se llenaron de lágrimas. Su pequeño era su punto flaco.

˗Eso está fuera de cuestión, Henry…¡No voy a volver a atrás! ¡Tengo sed de venganza! ¡Sed de conquistas! ¡Ya verás! Cuando venzamos, verás que será mejor estar a mi lado, mi príncipe…Yo…¡AHHHHHH!˗ Regina apretó más el corazón, sintiendo el mismo dolor que la Reina y gritando al mismo nivel.

˗¡Deja de intentar persuadir a mi hijo! ¡Aún no, Su Majestad, aún no has ganado ni ganarás! ¡Emma, yo y todos los demás estaremos preparados para vosotras! ¡Aún no estás en condiciones de nada! Mira cómo aún estás totalmente unida a mí y yo a ti…˗Regina apretó fuertemente su corazón arrancando gritos de dolor a ambas partes.

˗¡PARA, Regina, por amor de Dios! Vais a acabar matándoos…˗gritó Emma desesperada y apretó el brazo de Regina con más fuerza.

˗¡No te preocupes, Emma, no voy a matarnos! Solo quiero que ella se dé cuenta de lo dependiente que es…˗Regina dejó de hablar. De repente, del agarre de la mano de Emma en su brazo salieron luces blancas brillantes que sutilmente las rodearon a las dos. Miraron alrededor sin entender nada, hasta que de la nada Regina dejó de sentir dolor. Apretó fuertemente su propio corazón de nuevo, pero ahora nada sentía. Solo la Reina gritó de agonía. Las dos sonrieron, y Zelena y Henry también, entendiendo todo. Mientras, Fiona y Clarissa miraban sin entender nada, temiendo por la vida de la Reina.

Regina apretó de forma más leve ahora solo para hacer la prueba. Una vez más nada sintió, mientras Emma apretaba su brazo. Pero la Reina se retorció en el suelo entre profundos dolores. Se levantó del suelo y caminó hacia su oponente, que la miró con los ojos desorbitados y llenos de dudas. Vio miedo en ellos, sus propios ojos castaños.

˗Solo para que veas la fuerza que existe en el amor verdadero…Emma me neutraliza de los efectos y estragos en mi corazón mientras ella me toca…Podría apretar más hasta que murieras únicamente del dolor…˗se agachó y quedó cara a cara con su mitad, apretando un poco más y haciendo que esta soltara un grito ˗Pero no lo voy a hacer…¿Sabes por qué? Porque una cosa que he aprendido con mi nueva familia es que, en cualquier situación, incluso aunque parezca completamente imposible, jamás podemos perder las esperanzas. Y no sé por qué, Regina, pero yo aún tengo una gota de fe en ti…En tu salvación˗ la alcaldesa dejó de apretar el corazón y lo devolvió a su propio pecho, haciendo que ambas, alcaldesa y reina, soltaran un gemido y llevaran sus manos al tórax.

˗Majestad…Mire…˗Clarissa llamó la atención de todos al señalar para lo que sucedía con sus cuerpos. Su cuerpo, el de la Reina Malvada y el de Fiona comenzaban a desaparecer lentamente, comenzando por las manos y los pies.

˗Tenemos que volver urgentemente, Regina…˗habló alterada Fiona ˗¡Sabes que aún no tengo todos los poderes para viajar durante mucho tiempo! ¡Vamos, rápido!˗ extendió una mano a la Reina que continuaba jadeando en el suelo, sin apartar los ojos de su otra mitad. Ella la agarró y se puso en pie, y Clarissa agarró la otra mano del Hada.

˗No pienses que esto se acaba aquí, Regina…˗la Reina sonrió hablando entre dientes con voz fría ˗Espera mucho más de mí…

Su oponente sonrió de la misma forma

˗Eso no tienes que decírmelo…Sé que de ti puedo esperar las peores cosas…˗ se acercó a ella hasta casi pegar sus narices, mientras todos alrededor asistían aquella tensa escena ˗Sobre todo trampas, ¿verdad? Saca la espada de tu mente, Majestad…No seas cobarde, al menos una vez en tu vida. ¡Juega limpio, lucha limpio! ¡Si alguna batalla tiene que suceder, si las profecías así lo dicen, que sea completamente justa!

La ira se hizo presente en los ojos de la Reina ante las palabras de su otra mitad, llevándose con ella su sonrisa triunfante. Sabía que Regina, Emma y su hermana eran conocedoras de muchas cosas y que tenían la espada, y maldijo mil veces el hecho de no tener acceso a nada de lo que hacían en este mundo desde el Bosque Encantado.

˗¡Majestad! ¡Ya basta! ¡Pronto terminaremos con esto!˗ Fiona sonrió orgullosa mirando de Emma a Regina, y con las mismas palabras silenciosas proferidas y el humo rojo que las había traído a Storybrooke, volvieron rápidamente al Bosque Encantado. Frente a Emma, Regina, Zelena y Henry solo quedó una mancha oscura en el suelo y el leve crujido de las hojas que bailaban con el viento dejado por las tres mujeres que pocos segundos antes habían desaparecido.

Regina cayó al suelo, profiriendo un largo gemido, con la mano en el pecho.

˗¡Regina!˗ fue Emma quien la agarró por los brazos hasta conseguir apoyarla contra un gran árbol.

Henry y Zelena, asustados, se agarraban las manos.

˗¡Mamá! ¿Por qué hiciste eso?˗ dijo Henry refiriéndose al hecho de haberse arrancado su propio corazón y haberse causado tanto dolor.

˗¡Qué idea de locos, hermanita, por OZ!˗ completó Zelena

˗Amor, podrías…Podrías…˗ Emma tenía la voz embargada, y Regina apretó su mano, pasándole confianza, no solo a ella, sino también a su hijo y a su hermana.

˗No, gente…No iba a llegar tan lejos…Solo quería asustarla y mostrarle lo unida que está a mí y lo vulnerable que es ante lo que a mí me suceda…Sabía que sentiría dolores después…Pero ya pasarán…˗dijo tranquilizando a todos, masajeándose el pecho.

˗El hecho es…Que esto no se ha acabado aquí. Tenemos que ser lo más cautelosos que podamos. Las tres volverán otra vez, incluso más de una vez, antes de la Batalla Final…˗ dijo Zelena y todos concordaron. Podían esperar todo de las tres mujeres que ahora ya podían viajar entre los mundos, aunque fuera por poco tiempo.

Bosque Encantado, Palacio de la Reina, tres días después…

Clarissa había acabado de amamantar a sus dos sobrinas que ahora dormían calmadamente, mientras Regina y Fiona preparaban pociones en el fondo del castillo. Terminaba de cubrir a las bebés con una sábana rosa en la cuna cuando escuchó pasos ligeros entrando en el cuarto, y creyendo que era la Reina, sonrió de oreja a oreja y se giró diciendo

˗Majestad, hoy la traviesa de Scarlet casi me muerde…˗su sonrisa se deshizo por completo y su corazón se paró, su cuerpo se congeló por entero al ver quién había entrado en realidad en el cuarto sin pedir permiso. No era su amada Reina.

La figura masculina sonrió abiertamente, una sonrisa irónica y obscena.

˗¿Qué pasa, cuñadita? No esperabas verme aquí, ¿no? ¿Pensaste que era tu proyecto de Reina que tanto veneras?˗dijo acercándose peligrosamente

˗Esteban…¿Qué diablos…Qué estás haciendo aquí? ¿Quién te dio permiso para entrar en ese cuarto?

Esteban estaba parado frente a Clarissa con un brillo fogoso y diferente en sus ojos, que hizo que el cuerpo de la joven temblara y sudara. Él nunca había actuado de esa forma, parecía otro hombre. Se veía de lejos que estaba borracho y apestaba a alcohol, luchando por mantenerse de pie. Los cabellos estaban despeinados y su ropa arrugada, una imagen totalmente distorsionada del valiente guerrero que era. Ya hacía un tiempo que Clarissa no lo veía, desde la muerte de su hermana, prácticamente estaba ausente y poco iba a ver a sus hijas.

˗No necesito permiso, cuñadita…Este es el cuarto de mis hijas, y tengo todo el derecho a entrar cuanto quiera…˗dijo, con la voz trabada, caminando hacia la cuna.

Clarissa soltó una carcajada irónica, poniéndose sería enseguida y bloqueando el paso del cuñado hacia la cuna de las bebés. Miró profundamente sus ojos color miel, con los brazos cruzados frente a su cuerpo.

˗¿Quieres decir que ahora te has acordado de que tienes hijas? Es novedad para ti, ¿no? Ya que aparentemente ahora solo vives en tabernas y nunca vienes a ver a las pequeñas…˗ dijo con desprecio, mirando a su cuñado de arriba abajo.

˗Quién te crees que eres, maldita… ˗se alteró

˗¡Soy la hermana gemela de tu fallecida esposa, y ahora madre de vuestras dos hijas! ¡Ya que ellas no tienen un padre digno de ese nombre, Su Majestad y yo somos sus tutoras, por propia petición de mi hermana en su lecho de muerte! ¡Ella ya sabía que tú no estarías a la altura!

˗¡No me hagas reír! Tú y aquella no vais a criar a mis pequeñas…˗furioso, apuntó un dedo hacia el rostro de Clarissa

˗Pues ya las estamos criando, querido cuñado…¡Lo sabrías si vinieras a verlas más veces! Ahora…¡Sal de este cuarto! ¡Ve a tomar un baño para ver si te quitas esa peste a alcohol y esa decadencia que se ha apoderado de ti!˗ dijo la princesa en el mismo tono de rabia.

Clarissa no se esperaba el próximo movimiento del hombre que tenía delante. Con una fuerza fuera de lo común, incluso estando borracho, Esteban agarró las dos muñecas de la joven y la empujó contra la pared lateral del cuarto, manteniéndolas prendidas y pegó su cuerpo al de ella, atrapándola allí, entre sus piernas.

La joven gritó desesperada y en pánico, de la manera en la que la había inmovilizado no podía conjurar ningún hechizo para soltarse o detenerlo. Amenazó con gritar una vez más y Esteban, manteniendo con una mano sus dos muñecas, con la otra tapó su boca. Clarissa lo miraba con ojos desorbitados, su corazón parecía que iba a saltar en cualquier momento. El miedo la dominó, una sensación de completa impotencia en manos de aquel hombre completamente fuera de sí.

˗Shhhhh…˗dijo él susurrando, cerca de su oreja ˗Vamos a hacer un trato…Tú no gritas y no te haré nada…¿Está bien?˗ Clarissa asintió y él retiró la mano de su boca. Una lágrima ya corría por el bello rostro de la princesa rubia.

˗Me estás haciendo daño, Esteban…˗sollozó

Él se presionó aún más contra ella, y ella gimió de miedo.

˗Solo quiero decir algunas cosas…¿Sabes, cuñadita? Eres una de las mayores responsables de la muerte de mi querida esposa…Si no te hubieras convertido en todo lo que te has convertido, si no te hubieses unido a tu amante…Ella aún podría estar viva…

Esteban tocó en la herida abierta de Clarissa: ella aún se sentía en parte culpable de la muerte de Charlize. Esteban vio lo que quería en sus ojos: dolor y angustia. Sonrió. Golpearía donde quería golpear. Y continuó

˗…Ella aún podría estar viva…Y podríamos todos vivir como una gran familia feliz…Teniéndola a ella siempre que quisiera…Y cuando me aburriera, seguiría con mis otras chicas…

Clarissa pensó que no había escuchado bien…¿Esteban estaba admitiendo…Que traicionaba a su hermana? ¿Que le era infiel?

˗Tú…¿Qué quieres decir con eso?˗arqueó una ceja y su sangre comenzó a burbujear de rabia.

Esteban soltó una carcajada fría, inclinando la cabeza hacia atrás, sin soltarse de Clarissa. Volvió a mirarla profundamente. Pasó su mirada de sus ojos a su boca, se pasó la lengua por los labios y agarró su mentón con el pulgar, susurrando cerca de su boca

˗Lo que has escuchado, "gordita"…˗dijo desdeñando el mote cariñoso con el que su hermana la llamaba y sintió asco y repulsión hacia su cuñado ˗¿Sabes, Clarissa? Tu hermana era muy atractiva y daba para salir del paso…Pero, ¿ya sabes cómo es? Soy un hombre, y a los hombres les gusta la variedad, nuevos juegos…Y Charlize a veces me cansaba…Era siempre lo mismo, me dejaba aburrido y asqueado…E iba a dar cuenta de las muchachas de nuestra aldea y del reino, hummm…Son calientes…¡Todo lo que un hombre necesita! ˗la bebida le estaba haciendo hablar todo lo que había hecho durante años. Inhaló profundamente el perfume de Clarissa en su cuello.

˗¡CANALLA! ¡SIN VERGÜENZA! ¡ASQUEROSO! ¿Desde cuándo eres este ser despreciable? ¿Desde cuándo traicionas a mi hermana con cada zorra que aparece? ¡No me lo puedo creer! ¡Eres una BASURA! ¡SUÉLTAME!˗ la princesa se debatía y las lágrimas rodaban de sus ojos mientras Esteban continuaba riendo.

˗Desde siempre…Desde nuestro noviazgo de adolescente…Ya me enrollaba con vuestra prima Lorraine, ¿recuerdas? ˗Clarissa sollozó y apretó los ojos, con asco y rabia ˗No me malinterpretes, cuñadita…Creo que sí amaba a tu hermana, no sé decir…˗ se encogió de hombros, como si aquello fuera algo totalmente irrelevante e insignificante ˗Sí, me gustaba. Pero nunca fui hombre de atarme, de prenderme a alguien…Siempre supe esconderlo muy bien, aunque creo que Charlize sospechaba, pero nunca dijo nada, pues me amaba. Y vi en nuestro matrimonio una excelente oportunidad de negocios, de convertirme en rey y tener mucho poder…Así que, acepté de buen grado cuando nuestros padres nos lo propusieron y Charlize se entusiasmó.

Clarissa ya no escondía más su llanto. No quería llorar frente a aquel hombre asqueroso…Pero no podía evitarlo. Pensó en su hermana y en todo lo que este le hizo a sus espaldas. ¿Cómo era posible que un día fuera capaz de amarlo y de odiar a su hermana por su culpa? ¿Por este hombre impresentable?

˗Siento asco hacia ti…Asco…˗habló en medio del llanto, prendida a su cuerpo, sin poder moverse.

Esteban rio maliciosamente, apretó más a la joven contra él y le habló muy cerca de la boca

˗No era lo que sentías antes, ¿verdad, cuñadita? Me amabas…Estabas loca por mí…Odiabas a tu hermana por mi causa. Lo notaba y yo adoraba esa situación…

˗No sé cómo pude…Me arrepentiré hasta el final de mis días de haber amado alguna vez a un monstruo como tú…

˗¿Será verdad que ya no sientes nada por mí?

Clarissa entró en pánico y jadeó de miedo al sentir el miembro erecto de Esteban apretar su pelvis por encima del vestido. Su pene erecto le rozaba por debajo de los pantalones, y él intentó abrir las piernas de la joven con su rodilla.

˗¡Para…!˗la princesa lloriqueó, en un susurro desesperado y en pánico.

˗Vamos…¿acaso no es lo que quisiste siempre?˗apretó aún más su miembro contra su pelvis ˗Estoy aquí ahora…Enterito para ti…

˗Solo pensar en ti tocándome siento ganas de vomitar…

˗Apuesto a que eres caliente en la cama…Muy diferente a tu hermana…˗ el hombre, completamente excitado, comenzó a mordisquear su cuello ˗Vamos, cuñadita…Te va a gustar…Te puedo hacer delirar, mucho más que aquella reinecita…Puedo hacerte gritar de placer mucho más de lo que gritas con ella y se escucha a través de las paredes de este palacio…

Con una mezcla de extremo asco, náuseas y odio, Clarissa, con toda la fuerza que consiguió reunir, aprovechó un momento en que Esteban aflojó la pierna para usar su rodilla. Con mucha fuerza, la joven le dio un rodillazo en el miembro del joven, que enseguida cayó al suelo gritando y gruñendo de dolor.

Llorando de rabia por las verdades reveladas y decepciones sacadas a la luz, la princesa rápidamente conjuró un hechizo con las manos y lo ató de pies y manos, manteniéndolo inmóvil, preso en el suelo. Con toda la templanza que reunió, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, se agachó y agarró el mentón del muchacho con fuerza, mirándolo a los ojos. Ahora era Esteban quien temblaba de miedo y jadeaba con los ojos fuera de las órbitas, mirando a Clarissa.

˗Puedo garantizarte, querido cuñadito…Mi Reina me vuelve mucho más loca en la cama de lo que ese proyectito de espada que tienes en medio de las piernas pueda soñar…˗se levantó y le dio una fuerte patada al miembro de Esteban con el fino tacón que llevaba. El grito del hombre fue ensordecedor.

˗¿Qué…Qué vas a hacer conmigo?˗ preguntó él después de un tiempo, aún luchando contra el dolor. Las gotas de sudor aparecían en su frente.

˗Nada que no te merezcas…No voy a matarte. Mereces un castigo peor que la muerte. Tu máscara ha caído. ¡Basura!˗ Clarissa escupió en el suelo, cerca de donde él estaba.

La Reina Regina llegó poco tiempo después al cuarto, cuando Clarissa pidió a uno de los empleados que fuera a buscarla. Llegó rápidamente y Clarissa le contó todo lo ocurrido, frente al hombre desaliñado que continuaba con manos y pies atados, antes soberbio, ahora decadente.

˗¿Estás segura de que no quieres que aplaste su corazón? Lo haría con el mayor placer del mundo…˗ la Reina se agachó mirándolo con un odio palpable, principalmente después de que Clarissa le contara que casi la viola.

˗No, Majestad…La muerte es poco para él. Esteban necesita sufrir…

Y así, el gran ex rey Esteban, antes adorado por muchos, fue desterrado. Su historia y sus actitudes con Charlize y Clarissa fueron expuestas en la plaza pública, con el hombre avergonzado y humillado encima de una tarima. El pueblo lo insultó, lo maldijo. Le tiraban piedras y huevos. Los padres del muchacho lloraban mucho con la sentencia, y no iban a recuperarse tan pronto del triste destino de su hijo, pero la decepción también los asoló. No habían criado a su hijo para que tuviera esas conductas inaceptables. A Esteban se le prohibió volver al reino unificado de Daltro, bajo pena de muerte. Clarissa no dudaba de que pudiera haber violado a algunas muchachas, así como casi hace con ella. Quería cortar el mal por la raíz y no arriesgarse. El muchacho fue trasladado al puerto más cercano, con apenas algún dinero y un saco con sus ropas. Se le entregó el pasaje solo de ida hacia un reino muy distante de Daltro, al otro lado del Bosque Negro. Allí, fue dejado, en un lugar completamente extraño y donde tendría que luchar arduamente para recomenzar su vida.


Clarissa y la Reina Regina caminaban serenamente por el bosque cerca del castillo, bajo el bello sol del atardecer.

˗¿Estrás bien, pequeña?˗ preguntó dulcemente la Reina

˗Lo estoy…˗suspiró la más joven ˗Pero no puedo negar que aún siento esa horrible sensación del cuerpo de aquel sinvergüenza prensando el mío…Su erección en mí…¡Sentí tanto asco, tantas náuseas, tanto miedo!˗ se estremeció ˗¡Por los Dioses! ¿Cómo pude amar a ese crápula?

˗Solo de pensar en lo que estaba a punto de hacerte…Yo…Yo…˗Regina apretó con fuerza los puños y se puso roja de ira y odio.

Clarissa sonrió de forma boba y cogió las manos de la Reina entre las suyas, mirándola a los ojos.

˗Ya pasó, Regina…˗acarició su rostro y la Reina cerró los ojos para disfrutar de aquel suave toque de sus pequeñas manos ˗Olvida eso…No consiguió lo que quería. Lo importante es que ahora Esteban está donde debe estar…Bien lejos de aquí, y de nosotras.

˗Sí…Pero tengo que estar más atenta para protegerte. ¡Has sufrido dos asedios en un pequeño espacio de tiempo, y si sucede de nuevo, no lo pensaré dos veces en matar a quien haya cometido tal acto!˗ Regina cogió las pequeñas manos entre las suyas y las besó.

˗No va a suceder…Y sé que de una forma u otra, siempre me vas a proteger…˗Clarissa sonrió apasionada.

Las dos mujeres comenzaron a mirarse intensamente. Un brillo surgió en ambas miradas, un sentimiento nuevo que traspasaba de una a la otra, uniéndolas en aquel momento.

El apasionado beso sucedió de forma natural, como si las dos dependieran de aquello y fuera lo correcto. Regina atrajo a la más joven hacia ella, las lenguas exploraron las bocas, una sintiendo el dulce sabor de la otra, un beso lento y cargado de una extrema emoción para ambas, que gemían bajito y respiraban con dificultad, tal era la necesidad de sentirse en aquel momento. Por primera vez no había lujuria, y sí…Emoción, y amor.

Cuando pararon para respirar, con las frentes pagadas y las manos en el rostro de la otra, Clarissa balbuceó, con lágrimas en los ojos

˗Te amo…

Regina suspiró pesadamente

˗No, muchacha…No digas eso…Crees que me amas, pero no me amas…Yo…Clarissa…¡Tú no puedes amarme! ¡No soy digna de amor! ¡Amor es debilidad! Mira lo que soy, en lo que me convertí…Tú no puedes…No lo mereces…

Y Clarissa la calló con otro apasionado beso para, al final, decir

˗Sé lo que siento, Majestad…Te amo…Creo que te amo desde la primera vez que te vi entrar por aquella puerta de madera del castillo…¡Déjame amarte! Puede que no te sientas digna, pero lo eres, todos merecemos ser amados…Déjame amarte…Aunque tú no me ames…O aún no lo hagas…˗acarició su rostro, y la reina la miró con los ojos húmedos, la respiración jadeante.

˗Muchacha, yo…

˗No es necesario que digas nada, ni que te sientas presionada, yo solo me abro a ti…No pido nada a cambio…Solo que me dejes estar cera de ti…

˗No puedo flaquear, pequeña…Pero lo que siento por ti es muy fuerte…Aún no sé definirlo, pero sé que es fuerte…

Clarissa sonrió de oreja a oreja, emocionada.

˗Y eso para mí ya es suficiente…Un gran comienzo y una gran felicidad.

Se sonrieron y se besaron una vez más bajo el sol anaranjado que coloreaba el cielo en otro hermoso día que se despedía.