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Lexa y Clarke.
Clarke los condujo a una arboleda de álamos que había en el centro de la ciudad. A pesar de estar rodeados de edificios y calles, parecía como si estuviesen en el corazón de un bosque, sólo el murmullo de un riachuelo cercano alteraba la quietud. Clarke les señaló unos árboles frutales que había entre los álamos, y les dijo a los compañeros que tomasen sus frutos. Unas doncellas elfas les llevaron cestas con pan fresco. Los compañeros se lavaron en el arroyo y luego se tendieron sobre los mullidos lechos de musgo a descansar y disfrutar de la silenciosa tranquilidad que reinaba a su alrededor. Todos, excepto Lexa. Negándose a comer, la semielfa paseaba por la arboleda absorta en sus propios pensamientos. Raven la observaba de cerca, carcomida por la curiosidad.
Clarke era una anfitriona perfecta. Se aseguró de que todos estuviesen cómodos, deteniéndose a intercambiar unas palabras con cada uno de ellos.
—Tú eres John Murphy, ¿no es así? —le dijo. El enano enrojeció de placer.— Aún conservo algunos de aquellos maravillosos juguetes que me hiciste. Te hemos echado de menos durante todos estos años.
Sintiéndose tan aturdido que no podía pronunciar palabra, John se dejó caer sobre la hierba y se bebió una inmensa jarra de agua.
—¿Tú eres Echo? —preguntó Clarke deteniéndose junto a la camarera.
—Echo Azgeda —respondió la muchacha con brusquedad.
—Echo, que nombre tan bonito... y que cabello tan precioso tienes —dijo Clarke acariciando los vigorosos rizos castaños con admiración.
—¿De verdad lo crees así? —dijo Echo enrojeciendo al ver que Bellamy la estaba mirando.
—¡Desde luego! Es del color del fuego oscurecido y por lo que he oído tu espíritu es del mismo tono. Me contaron cómo salvaste la vida de mi hermano en la posada. Estoy en deuda contigo.
—Gracias —respondió Echo en voz baja. —Tu cabello también es bellísimo.
Clarke sonrió y siguió su camino. No obstante, Raven se dio cuenta de que su mirada se desviaba continuamente hacia Lexa. Cuando la semielfa, de pronto, arrojó el resto de la manzana que se estaba comiendo y desapareció entre los árboles, Clarke se excusó rápidamente y la siguió.
—¡Ah! ¡Ahora averiguaré lo que está sucediendo! —exclamó Raven para sí. Mirando a su alrededor, se deslizó tras Lexa.
Raven se escurrió por el sendero que serpenteaba entre los árboles y de repente se encontró a la semielfa, sola, de pie al lado del cristalino riachuelo, tirando hojas secas al agua. Notando que algo se movía a su izquierda, Raven se agachó con rapidez, escondiéndose entre un grupo de arbustos en el preciso momento en que Clarke aparecía por otro sendero.
—¡Alexandria, Quisifnan-Pah! —exclamó.
Lexa, al oír su nombre de elfa se volvió y Clarke le rodeó con sus brazos, besándola.
—Ugh —dijo ella apartándose:
Lexa la sujetó por la cintura, apartándola con suavidad. —Clarke —comenzó a decir.
—Bésame. ¿No quieres? Entonces te besaré yo. —Volvió a besarla de nuevo hasta que Lexa consiguió separarse de ella.
—Ya basta, Clarke —le dijo secamente, volviéndose de espaldas.
—¿Por qué? ¿Qué te pasa? Has estado fuera tantos años, y ahora has regresado. No te muestres fría y apesadumbrada. Eres mi prometida, ¿recuerdas? Es lógico que una muchacha bese a su prometida.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Lexa — Entonces éramos niños, jugábamos, nada más. Era romántico, un secreto que compartíamos. Ya sabes lo que hubiese sucedido si tu padre se hubiese enterado. Finn se enteró, ¿no es así?
—¡Claro! ¡Yo se lo dije! Yo le cuento todo a Finn, ya lo sabes. ¡No imaginé que reaccionase como lo hizo! Sé lo que te dijo, me lo contó después. Se sentía muy mal por haberte hablado de esa forma.
—Estoy segura de que así fue —Lexa la sujetó por las muñecas, manteniendo sus manos inmóviles.— ¡Lo que dijo era verdad, Clarke! Soy una bastarda. ¡Tu padre hubiese tenido todo el derecho de matarme! ¿Cómo podía yo darle un disgusto después de lo que había hecho por mi madre y por mí? Esa fue una de las razones por las que me fui... por esto y para averiguar quién soy y a qué lugar pertenezco.
—Tú eres Alexandria, amada mía, ¡y tu lugar está aquí! —gritó Clarke. Liberando sus muñecas, tomó las manos de Lexa entre las suyas.— ¡Mira! Aún llevas mi anillo. Sé por qué te fuiste. Tenías miedo de amarme, pero no debes tenerlo ahora, todo ha cambiado. Mi padre tiene tantas cosas en la cabeza, que no le importará. Por favor... ¡casémonos! ¿Acaso no es éste el motivo de tu regreso?
—Clarke —Lexa habló con suavidad pero con firmeza—, mi vuelta ha sido una casualidad...
—¡No! —gritó ella apartándola—. No te creo.
—Ya has oído la historia de Finn. Si Porthios no nos hubiese rescatado, ahora estaríamos en Pax Tharkas.
—¡Se lo inventó! No quería contarme la verdad. Volviste porque me amas. No aceptaré ninguna otra explicación.
—No quería decírtelo, pero veo que debo hacerlo —dijo Lexa exasperada.— Clarke, estoy enamorado de otra persona... una humana. Su nombre es Costia. Esto no quiere decir que no te quiera también. Te quiero... —A Lexa le falló el habla. Clarke se le quedó mirando fijamente, sus mejillas palidecieron.— Te quiero, Clarke. Pero no puedo casarme contigo porque también la quiero a ella. Mi corazón está dividido, al igual que mi sangre. —Sacándose el anillo de hojas de enredadera talladas, se lo tendió.— Te libero de las promesas que me hiciste, Clarke. Y te pido que tú me liberes a mí de las mías.
Clarke, incapaz de hablar, tomó el anillo. Miró a Lexa implorante, y al ver que en su rostro sólo había tristeza, dio un chillido y lanzó el anillo lejos de ella. Este cayó a los pies de Raven, quien lo recogió y se lo metió en un bolsillo.
—Clarke —dijo Lexa abatida, tomándola en sus brazos, pues la muchacha lloraba desconsoladamente.— Lo siento. Nunca quise...
Llegado este punto, Raven salió fuera de la maleza y regresó por el sendero.
—¡Bien! —se dijo la kender suspirando satisfecha.— Al menos ya sé qué es lo que está ocurriendo.
Después de la tensa y dolorosa conversación con Clarke, Lexa cayó en un profundo sopor, abatida por sus contradictorios sentimientos y por el cansancio. Sin saber cuánto tiempo había transcurrido. Lexa se despertó bruscamente y encontró a Finn a su lado.
—¿Y Clarke? —le preguntó poniéndose en pie.
—Está bien —dijo Finn en voz baja.
—Sus doncellas la trajeron a casa. Me contó lo que le dijiste. Sólo quiero que sepas que lo comprendo. Es lo que siempre había temido. Tu parte humana se siente atraída por los humanos. Intenté explicárselo, confiando en no herirla. Al final me ha escuchado. Gracias, Alexandria. Sé que no debe haber sido fácil.
—No, no lo fue —dijo Lexa tragando saliva.— Voy a ser honesta, Finn... la amo, de verdad la amo. Es sólo que...
—Por favor, no me digas nada más. Dejémoslo como está y quizás, aunque no podamos ser amigos, tal vez podamos respetarnos el uno a la otra. —El rostro de Finn estaba pálido a la luz del crepúsculo.— Tú y tus amigos debéis prepararos. Cuando Solinari aparezca, habrá un banquete y luego la reunión del Gran Consejo. Ha llegado la hora de tomar decisiones.
Tras decir esto, se marchó. Lexa lo observó unos segundos y luego, suspirando, se dispuso a despertar al resto de los compañeros.
