¿Acaso es todo lo que quieres decirme?

En algunos aspectos, el tiempo parecía haberse ralentizado. En otros, tenía la sensación que se aceleraba en aquel convulso mundo. Ya hacía un año desde que ella había muerto. No habían llegado a casarse. La Sra. Marlowe estuvo presionando durante bastante tiempo, hasta tal punto que decidieron irse a vivir juntos y alejarse de la intoxicante mujer.

Susanna deseaba ayudarle a alcanzar sus sueños como actor y hacerle tan feliz como le fuera posible, teniendo en cuenta las lamentables circunstancias que ambos compartían. Ella solo se enojaba con él, por las cosas que la Sra. Marlowe intentaba inculcarle. Primero por su desaparición durante varios meses hasta que regresó de Rockstown y recuperó su lugar en la compañía. Y segundo, por haber descubierto los rumores de sus orígenes, respecto al duque y a la renombrada actriz. La Sra. Marlowe pretendía que Susanna lo obligara a recuperar su aristocrático apellido.

Pero ese enojo duraba un instante y acababa disculpándose con él por haberse dejado influenciar. Luego su ira se dirigía a su madre. Susanna comprendía perfectamente el motivo que lo había empujado a su declive inicial. Ella misma lo había experimentado, con el deseo de quitarse la vida para no dañarlo más. La sola idea de perder a la persona amada era insoportable. Ella había intentado matarse desde una azotea, él ahogándose en alcohol. Respecto a su apellido, no había un tema que la preocupara menos. En eso le recordaba a Candy. Aquella tónica de discusiones, por causa de la Sra. Marlowe, había durado un par de semanas tras su regreso. Susana explotó y le dijo a su madre que no quería volver a verla más.

Terry no pudo evitar recordar una escena similar con su propia madre en Escocia. Aquella vez Candy medió entre ambos y gracias a ella logró reconciliarse con Eleanor. Pero su madre nunca había pretendido dirigir su vida sino apoyarle y hacer que comprendiera sus propios motivos. La Sra. Marlowe le recordaba más al tipo de personas que siempre había detestado, como los Leagan.

Buscaron un apartamento mayor para ambos, con más habitaciones que el utilizado por Terry. Alejada del yugo maternal, Susanna lo ayudaba con las réplicas y sus textos. En la silla de ruedas, intentaba ayudar en lo que podía y, aunque el muñón requería curas constantes, intentaba realizarlas ella misma. Solo le pedía ayuda cuando estaba demasiado agotada por el dolor. Entonces él le preparaba algún calmante que solía dejarla adormilada, le limpiaba la cicatriz y le cambiaba las vendas. En ocasiones, interiormente, se preguntaba qué opinaría Candy de su propia destreza en los cuidados.

Lamentaba que Susanna hubiera visto truncado su futuro de aquella forma tan cruel. Era una mujer llena de talentos ocultos. La mayoría de la gente la había infravalorado percibiéndola tan solo como una cara bonita. Él, con el tiempo y su convivencia, había descubierto que aquello distaba mucho de la realidad. Siempre la había considerado una de las mejores actrices jóvenes que había visto actuar. En los ensayos de Julieta, pese a estar enamorado de Candy, debía reconocer que ella deslumbraba y facilitaba mucho meterse en el papel de Romeo.

Pero abandonar la interpretación no había erradicado su pasión por el teatro y había demostrado ser una gran escritora. Juntos consiguieron los apoyos necesarios para poder promocionar sus obras y él, incluso, llegó a interpretar algunas de ellas. Eran pequeños entremeses y sainetes, llenos de un ingenio que secuestraba al público.

Cuando compartían aquellos momentos, Terry llegaba a sentirse menos afligido. Ambos se centraban en el teatro, tal como había soñado desde pequeño, antes de conocer a Candy. Recuperaba aquella ilusión que lo empujó a empezar desde cero en América. Y poco a poco, no llegó a amarla como a Candy, pero si a quererla. De hecho, en más de una ocasión, incluso antes de que sucediera el accidente, se había sorprendido pensando que, si no hubiera conocido a Candy, seguramente se habría enamorado de ella.

Susanna era gentil y amable con todos sus compañeros, fueran actores u otros trabajadores del teatro. Nunca se daba aires de grandeza con sus fans e intentaba complacerlos y atender a sus demandas de autógrafos y preguntas sobre las nuevas representaciones y proyectos. Ella tenía mucha más paciencia y tacto que él. Le ahorraba tener que lidiar con esas cosas, cuando él no estaba de humor. Especialmente con aquellas fans que resultaban enfermizas y que no se fijaban en él por su capacidad de interpretar sino por su mera apariencia. Las consideraba superfluas y sin interés genuino en el mundo del teatro... Muchas serían incapaces de recordar dos líneas que no estuvieran dedicadas a una escena de amor.

La acción más reprobable de Susanna había sido ocultarle algunas de las cartas iniciales de Candy e impedir la entrada de esta a los camerinos en Chicago. Esto último, en realidad, había sido culpa de él. No había avisado a nadie acerca de la posible visita de Candy y cualquier otra persona del reparto hubiera hecho exactamente lo mismo, puesto que él no soportaba aquellas intromisiones a su intimidad. Respecto a las cartas, más tarde y aún celosa, le confesó su amor por él y lo que había hecho.

Él se sintió adulado y aturdido al mismo tiempo. Susanna tenía una belleza natural que capturaba a cualquiera. La mitad de los jóvenes de la compañía estaban prendados de ella y de su personalidad. Pero Terry había estado tan enamorado y preocupado por Candy que no se había percatado de la atención que ella le prestaba fuera del escenario. Sin embargo, ella acabó entregándole el resto de las cartas que había ocultado y, luego, no había vuelto a esconder ninguna más. Quizás por ello le resultaba imposible detestarla como a Eliza, a la que siempre despreciaría por lo que le había hecho a Candy en el internado. En sus ensayos y representaciones, Susanna y él, habían pasado muchas horas juntos y tenían una gran complicidad y compenetración. Precisamente por ello habían sido capaces de transmitir aquella química que tanto entusiasmaba al público y que promovía los rumores sobre su inexistente relación.

En parte, Terry llegaba a entender aquella posesividad. Cuando recibió la carta donde Candy le explicaba que estaba viviendo con Albert, tuvo también el impulso de reprender al hombre y prohibirle a Candy aquella convivencia. En aquel momento había recordado el aprecio que se habían mostrado Candy y Albert en Londres, así como el cariño y preocupación que percibía en su carta desde Chicago. Luego recapacitó y nunca llegó a reclamarle nada a Candy al respecto. De hecho, Albert era, quizás, una de las pocas personas a las que consideraba un verdadero amigo. Perder la memoria debió ser horrible y al final se alegró de que se hubieran encontrado y de que Candy cuidara de él.

Después, cuando regresó junto a Susanna y leyó los titulares sobre su auténtica identidad, quedó patidifuso ¡Albert, ciertamente, era un hombre sorprendente! Esperaba poder volver a coincidir con él algún día. Tenía la certeza que tarde o temprano así sería. Recordando sus charlas en el zoo de Blue River comprendió muchas cosas que, en su momento, lo desconcertaron.

Albert trabajaba en el zoo realizando las tareas más mundanas y era un hombre que huía de los artificios pero, a la vez, demostraba una gran cultura que no acababa de encajar con la imagen que proyectaba. Con él también había hablado de su pasión por el teatro y su devoción por Shakespeare. Había pasajes que Albert conocía tan bien como él, devolviéndole la réplica que procedía, cuando Terry le había hecho alguna referencia bromeando.

La última vez que se vieron, ya había recuperado su memoria pero todavía no se conocía su auténtica identidad. El hombre le había comentado nada acerca de sus propios planes. Como tampoco lo hizo antes de partir al continente africano. Se había limitado a escucharlo y a explicarle las dificultades que Candy había superado, tras despedirse de él en New York. Le mostró donde estaba trabajando ella, desde una escalinata lejana, intentando que reaccionara y regresara a los escenarios para luchar por sus sueños. Terry le prometió que lo haría, pero cuando regresó a Broadway ya lo habían despachado y se enroló en aquella compañía de tres al cuarto. Era más fácil prometer algo que cumplirlo.

No fue hasta aquel día en que le pareció ver un espejismo de Candy, entre las sobras de la carpa, gritando su nombre con rabia, que logró sobreponerse... ¿Qué pasaría si hubiera sido ella en verdad? ¿De veras quería que ella lo llegara a ver en aquel estado? No, ambos habían sufrido la ruptura. Sabía que Candy lo amaba pero para no hacerle sentir peor se había guardado gran parte de sus sentimientos para ella. Y aun así, ella no había cejado en perseguir su objetivo de ser enfermera con la misma alegría y vitalidad que lo había acabado de enamorar años atrás. Los niños que en cualquier consulta estarían atemorizados, esperaban impacientes, haciendo cola, para que ella los atendiera. No, no podía fallarle de aquel modo.

Regresó con Susanna y juntos consiguieron hacer lo mejor de su situación. Sin la presencia de la Sra. Marlowe, la vida con ella llegó incluso a resultarle agradable. Ciertamente habían llegado a planear casarse para asegurar la situación de Susanna, si cualquier cosa le sucediera a él. Si algo había aprendido, era que la vida podía cambiar en cualquier momento.

Entre obras, bastante tiempo después del éxito de Hamlet, Terry había decidido sorprenderla con una escapada a una villa, propiedad de Eleanor Baker. Su madre continuaba afligida por él y hubiera deseado que en vez de Susanna hubiera llevado a Candy. Pero él, al final, logró hacerle entender que él y Candy habían tomado su decisión. Terry preparó un pícnic en una colina no muy alejada de la casa. Sin su pierna, Susanna resultaba aún más liviana y no le era difícil llevarla hasta allí. El día se había presentado magníficamente soleado y ella se veía hermosa y rebosante de felicidad ante su ocurrencia. Charlaron de muchas cosas, presentes y pasadas, planificando sus siguientes proyectos. Fue la única vez que la besó fuera de los escenarios y los ensayos. No por obligación sino porque lo deseaba. Al fin y al cabo había decidido compartir su vida con ella, no había motivo para reprimirse. Ella lo amaba y él la apreciaba.

Una repentina tormenta los interrumpió sin dejarles pasar de las pocas caricias que habían empezado a compartir. Terry se apresuró a volver con ella a resguardo sin lograr esquivar el aguacero. Llegaron empapados y Susanna cayó presa de una pulmonía. Su salud se resintió más, debido a algunas de las heridas que no habían acabado de curar bien.

Terry permaneció a su lado en todo momento, viendo como su vida se iba apagando día a día. Cuando se separó de Candy había creído que no podría experimentar un dolor mayor. Sin embargo, tras pasado el año de la muerte de Susanna, aún se despertaba empapado en frío sudor, culpándose por aquella salida campestre. Los carroñeros periodistas estuvieron atosigándole después, intentando que les relatara temas que tan solo les concernían a ellos dos. Se concentró en su siguiente obra.

—Terry, el teatro corre por tus venas. No dejes que esto te vuelva a hundir como cuando te separaste de ella. No abandones tu sueño. Prométeme que no lo harás —le había rogado poco antes de morir asiendo, ya sin fuerza, su mano. Él solo asintió, luchando por contener sus lágrimas—. Di que lo harás —le ordenó.

—Lo haré, Susanna. Te lo prometo.

—Quiero... —su voz tembló debilitada—, quiero que me prometas otra cosa.

—¿El qué? —preguntó ingenuamente él.

—Que la buscarás... sé que aún la amas...

—Susanna... —Aquellas palabras le rasgaron el corazón porque eran ciertas pero, a la vez, lo hacían sentirse miserable y desleal con ella. Después de tanto tiempo viviendo con Susanna había creído que había logrado sobreponerse y no quería pensar en ello.

—Prométeme que contactarás con Candy y que serás feliz ¡Prométemelo! —sacó fuerzas para gritarle dejándolo atónito—. No dejes que ni mi madre ni nadie te reproche por mi muerte —las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de la muchacha.

—No digas eso Susanna... te pondrás...

—¡No! no me mientas más. Sé que estoy muriendo. Noto como la vida se me escapa —Descansó para tomar fuerzas desviando su mirada—. Aun así quiero agradecerte por hacerme tan feliz todo este tiempo. Sé que no lo merezco y que deberías haber estado con ella. Pero te agradezco que fingieras quererme...

—Susanna, no he fingido —le aseguró mirándola convencido—, yo... yo te he llegado a querer —Terry hablaba honestamente. El dolor que estaba sintiendo en su pecho así se lo demostraba. Tan solo podía pensar que la estaba perdiendo a ella también y no quería.

No podía olvidar aquella mirada que lo observaba, recabando en su alma, intentando discernir si lo que afirmaba era real o la estaba engañando— Puede —sentenció la muchacha finalmente—, pero aun así, sé que la sigues amando y no la has olvidado —Y aquello, también era cierto. Terry apartó su mirada. Tenía la sensación de que si la seguía mirando a los ojos ella confirmaría sus sospechas y no quería dañarla más—. Prométeme que al menos la escribirás —Notó como le apretaba levemente la mano con las pocas fuerzas que le quedaban.

—Lo haré —murmuró casi en un susurro—. La escribiré, te lo prometo.

Hasta ahora había cumplido una de sus promesas, centrarse en el teatro. Deseaba cumplir la otra, pero cada vez que empezaba a escribir a Candy, el recuerdo de Susanna lo apresaba. Pocas personas lo habían llegado a comprender tan bien. Ella lo había aceptado tanto con sus virtudes como con sus defectos. Aquello lo hacía dudar de su propio recuerdo de Candy ¿Y si lo que recordaba no era más que el fruto de la idealización de aquellos días que ya no regresarían? ¿Y si ella ya había rehecho su vida junto a otra persona?

De hecho recordaba el último día que pasaron juntos y tenía la sensación de que, ya entonces, había pasado toda una vida desde los días del internado. Cada día, desde el desplome del foco, él iba a visitar a Susanna. La noche anterior al reencuentro con Candy, estaba tan impaciente y emocionado por volver a verla que temía herir los sentimientos de Susanna. No dudaba que ella lo notaría y ya se sentía bastante responsable por lo sucedido, aunque en realidad nadie tuviera la culpa.

...

Ilusionado y tratando de disfrutar de la ocasión como una última indulgencia, fue a recibir a Candy a la estación. Aunque no quisiera reconocerlo, ya sabía que sería más una despedida que el inicio de la vida en común que él había planificado, al enviarle tan solo el billete de ida, antes de la desgracia. Tarde o temprano debería explicarle toda la verdad y aquello sentenciaría el final de su hermoso sueño de juventud.

La vislumbró entre la gente que se apeaba en el andén, perdida, rastreando con la mirada para encontrarlo. Había crecido un poco más, no mucho, pero sin las coletas ya no parecía una niña. Sus facciones ya no estaban tan redondeadas y sus pecas le conferían un encanto especial.

Desde su columna observó como ella confundía a otro hombre de similar complexión. Tuvo que contener su risa cuando este se volteó sobresaltando a Candy. Avergonzada, se disculpó y él aprovechó aquel momento para sorprenderla por detrás. Había tenido que camuflar su cara tras una bufanda para pasar desapercibido. Cuando se vieron no hicieron falta las palabras para confirmar que ambos seguían enamorados. Hubiera deseado tanto abrazarla pero Susanna acudía a su mente continuamente.

Fueron a almorzar un café cercano. Comentaron varias cosas pero la falta de intimidad los cohibía, así que la invitó a su apartamento. Allí pudieron hablar más tranquilamente pero por más que lo intentara no lograba encontrar el momento oportuno para hablarle de Susanna. Y entonces, ella, empezó a relatarle todas las alocadas desventuras que había pasado para regresar a Estados Unidos. Por un rato logró olvidarse del maldito hospital y acabó riendo con ganas. Candy seguía siendo la misma.

—Pero bueno, aquí estoy y por poco no nos encontramos en el Hogar de Pony. Allí acabé de decidirme a hacerme enfermera y por fin he podido verte —Aquello lo hizo reaccionar.

¿Y si algo le hubiera sucedido? Susanna y él habían estado en una situación teóricamente menos peligrosa y aun así... No pudo contener más el impulso de abrazarla con fuerza, intentando, fútilmente, detener el tiempo e impregnar aquella sensación, por siempre, en su memoria. La sentía tan cerca y tan lejos— Eres demasiado temeraria e impulsiva —"Susanna también actuó por impulso"—. Me alegro de que estés bien, pero si algo te hubiera llegado a pasar...

—Tranquilo, yo siempre llevo conmigo mis amuletos de la suerte que me protegen —Ella se separó un poco de él y del interior de su vestido, colgada de su cuello, sacó una cadena con una cruz, un broche y su antigua corbata del festival de mayo— ¡Ah! Y tu corbata... no te la pude devolver —Candy desanudó el lazo y se la entregó. Él la tomó, acariciando su textura, recordando el beso que le robó y el calor de su pequeño cuerpo, apresado entre sus brazos, mientras cabalgaban a través de la arboleda del Saint-Paul, intentando que olvidara de una buena vez a aquel tal Anthony—. Me prometí que te la devolvería en cuanto te viera —Le sonrió alegre, sin darle importancia a su repentina seriedad, pese a que un mal presentimiento la asaltara en aquel momento—. ¡Oh, Terry! ¡Estoy tan feliz! ¡Muero de ganas de verte actuar esta noche!

Le faltó el valor y, solo cuando la verdad se mostró por si sola, tuvo que afrontar la peor despedida de su vida. Si su madre le había robado la ilusión de su infancia, Candy le robó la ilusión de su corazón. Siempre evitaba recordar aquel momento. Prefería recordar los pocos buenos momentos que pudieron disfrutar.

...

Pasado el año tras la muerte de Susanna se propuso cumplir una promesa que le había hecho tanto a la moribunda muchacha como a sí mismo. Pero tras ese año, sus dudas resurgían. Y pasó un día, una semana, un mes, otro... sin acopiar la valentía que requería para cumplirla. No lograba dejar de sentir que, de cualquier modo, traicionaba a alguna de las muchachas. Y si Candy había rehecho su vida ¿Tendría sentido remover el pasado y quizás reabrir viejas heridas?

Continuará...


Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita:

Pg. 175 - Opinión de Terry sobre Neal

[...] ¡Eres un cobarde! Te escucho y me dan ganas de vomitar [...] Odio a la gente como él. Nada más. [...]

Pg. 269 - Opinión de Terry sobre Eliza

[...] Y una última cosa: deberías verte la cara que se te ha quedado. No eres más que una persona horrible que se dedica a pisotear a los demás. Hasta otra, Eliza -y con esas palabras el caballo comenzó a trotar. [...]

Pg. 276 - Opinión de Terry sobre Eliza y Neal - cuando Candy y él son acusados falsamente

[...]

—Sé quién lo ha hecho -afirmó, alzando la mirada hacia los hermanos Cornwell. Sorprendido, Stair contuvo el aliento por un momento—. Ha sido alguien a quien conocéis muy bien.

—¡Eliza! —exclamó Archie, furioso.

—Y Neal —añadió Terry.

[...] Esas víboras no son fáciles de acorralar. [... dudo que alguien tenga tan pésima opinión sobre otras personas desee tener una foto, en su casa, en un lugar privilegiado, con ellos de protagonistas, donde ni siquiera aparece él ...]

Pg. 285 - Primera nota que deja Terry para Candy, antes de irse del internado, refiriéndose al teatro y a su intención de anteponer la felicidad de Candy.

Pg. 293 - Retrospectiva de Candy - recuerda cuando charla con Terry

[...] Cuando le expliqué todas y cada una de las aventuras que viví durante mi viaje a Estados Unidos, lo primero que hizo él fue echarse a reír. Sin embargo, luego, de golpe, se puso serio y me abrazó con fuerza. Se alegraba de ver que estaba bien, pues yo siempre actuaba de forma un tanto temeraria.

[... repaso general, reacción de una sola vez, porque le explicó todas las aventuras de una sola vez, es decir, de forma general "se puso serio y me abrazó con fuerza"... en vez de ... "cada vez que le explico alguna de mis aventuras, se pone serio y me abrazaba"... como sería de esperar si se lo hubiera podido explicar en detalle... además "se alegraba de ver que estaba bien" implica que la ocasión se trataba de la primera vez que se vieron en América y pudieron hablar de algo cara a cara.

Eso fue antes de visitar a Susanna al hospital, por la mañana, durante el tiempo que pasaron en la cafetería y en su apartamento, tanto en el anime como en el manga ...]

Pg. 362 - 363 - Carta para Terry de Candy que nunca envió, después de New York

[...] No tienes ni idea de a cuántas aventuras tuve que enfrentarme para llegar a Estados Unidos y verte una vez más. Me hubiera gustado contártelo todo con calma, pero no pudo ser [...]

'Susanna ha apoyado la vuelta de Terence a los escenarios con todo su amor' [...]

Pg. 365 - Carta de Susanna para Candy

"[...] Aquella noche no podía dejar de disculparme y de llorar, pero él me detuvo y me susurró algo que recordaré toda la vida. 'Me quedaré contigo para siempre'. Lo dijo mientras observaba la nieve a través de la ventana. Sentí que su alma se marchaba contigo, pero, a pesar de todo, me aferré a sus palabras.[...]"

Pg. 332 Retrospectiva de Candy sobre la forma de sentir de Susanna. Pese a que en su adolescencia creía amar a Terry más que lo que nunca había amado a nadie, no es entonces cuando comprende la intensidad de los sentimientos de Susanna sino en el presente, cuando realmente esa intensidad la siente hacia su pareja final.

[...] Un tiempo después, intenté contactar con él, enviándole una serie de cartas a la compañía de teatro para la que trabajaba, pero casi ninguna llegó a su destino. No se las entregaron.

La culpa la tenía Susanna Marlowe. En aquella época, la rabia que sentía hacia ella siempre me hacía querer llorar, pero ahora entiendo cómo se sentía. Cuando amas a alguien con todo tu corazón, a veces no eres capaz de ver las cosas con claridad.[...]

Pg. 340 Carta de Annie a Candy - descripción de la separación de Candy desde fuera.

[...] Candy, ¿por qué dejaste ir a Terry con tanta facilidad? Seguro que ya te has enterado. Hay rumores de que se han comprometido.[...]

Pg. 341 Retrospectiva de Candy - recordando lo que pensó tras leer la carta de Annie, Candy ya había podido hablar con Terry poniéndolo al día y recuerdo de la separación.

[...] En aquella época, había cosas que Annie no sabía. Cosas en referencia a Susanna Marlowe. Me di cuenta de que aquella muchacha amaba más a Terry que a su propia vida.

Susanna no era mala persona.

El día que fui a visitarla al hospital, nevaba. Terry no me había comentado nada sobre el accidente, así que yo estaba convencida de que tampoco podía ser tan grave. [...] Tiempo atrás, cuando su compañía había pasado por Chicago, intenté dar con él en el hotel en el que se hospedaba, pero Susanna me echó. Me enteré entonces de que era ella la que escondía todas las cartas que le enviaba a Terry, así que decidí que nunca dejaría que se interpusiera entre nosotros.

Quería hablar con ella en persona, pero luego entendí que sus heridas eran más graves de lo que había imaginado en un primer momento, y de que el amor que sentía por Terry también era mucho más profundo de lo que había creído.[...]

En aquel preciso instante, comprendí que todo estaba perdido.

[...]

Su voz. Aquella voz grave que yo tanto adoraba [... pasado...]

[...]

Aún siento sus lágrimas frías sobre mi cuello.

Y el calor de su pecho, que todavía late en mi interior.

[... solo lamentamos aquello que no llega a poder ser y lo conservamos de por vida. Cuando algo deseado se cumple o lo superamos, el dolor se diluye y no nos asalta de igual modo porque ya somos felices ...]

Pg. 361 Carta de respuesta de Candy a Eleanor Baker - Terry protagonista de Hamlet.