Un secuestro, una prisión y una aparición

Belle estaba entrando en la decimoséptima semana de gestación. La barriguita era aparente, pero aún sin trazos de la enorme barriga que en breve despuntaría. Era un día normal de trabajo en la biblioteca cuando, de repente, la joven comienza a sentir fuertes dolores y agónicas punzadas en el bajo vientre. Estaba sola trabajando en la organización de algunos libros en las estanterías elevadas, con sus pies en un banquito, cuando el primer pinchazo de lacerante dolor la golpeó como un rayo, haciendo que soltara un grito y casi cayera de donde estaba. Con mucha dificultad para andar, descendió del banco, agarrándose fuertemente la barriga, encorvada. El dolor era tal que no conseguía ponerse derecha, y el miedo y el pánico ya invadían su mente.

–¡Dios…Mi hijo…No! ¡Por favor, Dios, no! ¿Qué está pasando? ¡AHHHHHH!–gritó al sentir otro pinchazo atravesarle la carne, mientras pequeñas gotas de sudor le resbalaban por la cara y el cuello, su respiración totalmente irregular. Consiguió llegar al teléfono con mucha dificultad y marcar un número.

–¿Diga?–Emma atendió al otro lado de la línea, en la comisaría

–Emma…Soy Belle…Por favor…Yo…¡Necesito ayuda urgentemente! Rumple no está en la ciudad, hoy tuvo que ir a hacer algunas compras a otro lado y…¡AHHHHHH!–Belle balbuceaba y gritó en agonía, Emma se asustó con el grito y su nítido desespero, poniéndose en pie inmediatamente.

–¡Belle! ¡Cálmate! ¡Dime que ha pasado! Ya salgo a buscarte….–la rubia comenzó a ponerse la chaqueta roja.

Cuando Belle iba a empezar a resumir lo que estaba sucediendo, se quedó paralizada en el sitio, tomada por el pánico. Sus ojos casi se salen de sus órbitas al constatar que, en esos pocos minutos que habían pasado, su barriga ya estaba enorme, a punto de dar a luz. El bebé comenzó a moverse incontrolablemente dentro del vientre pidiendo paso para venir al mundo, mientras Belle rompía aguas, mojando todo el suelo de la biblioteca.

–¿Belle? ¡BELLE!–Emma gritó del otro lado al percibir solo silencio y la respiración pesada y descontrolada de su amiga.

–Emma…No hay tiempo para explicar, tienes que verlo por ti misma…¡Ven rápido, por favor! Algo muy grave me está sucediendo a mí y a mi hijo…


Mientas Belle gritaba de dolor en la camilla, cuando era llevada a la sala de parto del hospital de la ciudad, Emma apretaba su mano e intentaba pasarle confianza.

–Cálmate, amiga…¡Vas a tener a este bebé! Después descubriremos por qué tu embarazo se ha adelantado de esta manera…

Belle asintió en mitad de fuertes dolores de contracción, apretó una última vez la mano de Emma, y un instante después, desapareció dentro del quirófano solo con el doctor Whale y las enfermeras.


Tras un parto muy difícil, Belle ya se encontraba calmada y tranquila en el cuarto del hospital, acariciando y acunando al bebé que había acabado de nacer. Sonreía bobaliconamente a su hijo. Emma y Regina llamaron a la puerta, entrando enseguida y caminando hacia la morena que sonrió para ellas.

–¡Emma, Regina…Es un niño! Conoced al pequeño Gideon…¡Mi hijo!

–Es hermoso, Belle…–dijo Emma acercándose a la cama y acariciando los escasos cabellos del pequeño Gideon, que dormía tranquilamente en los brazos de su madre.

–Rumple ya ha sido avisado, Belle, y ya está de camino…–completó Regina, también acariciando la cabeza del pequeño.

–Gracias, chicas, gracias de verdad…Querría mucho que mi marido estuviera aquí y que hubiera presenciado el nacimiento de Gideon…Pero infelizmente…–las lágrimas aparecieron en el rostro de Belle, pero fue interrumpido por el doctor Whale que entró en el cuarto, con un carrito.

–Con permiso, joven mamá y visitantes…–dijo sonriendo –Pero tengo que llevarme a este muchachote ahora al nido…Dentro de unas horas se le harán los exámenes normales de recién nacido.

Belle, aunque no quería separarse del bebé, se lo pasó al doctor que lo acomodó en el carrito y lo sacó del cuarto. Ella volvió a mirar a Emma y Regina.

–Estoy muy asustada…No entiendo qué ha sucedido. ¡Solo estaba de 17 semanas! Faltaba mucho para que mi hijo naciera…¡Tengo miedo!–Belle comenzó a llorar –¿Y si quiere decir que algo malo le está pasando a Gideon?

–Claramente tu embarazo fue adelantado con algún tipo de magia, Belle…¿Bebiste algo diferente hoy? ¡Esto es un hechizo, magia, pura y sencillamente!–dijo Regina.

–Solo agua en la biblioteca, pero…

–¡Sois muy listas, chicas! ¡Voilá! ¡Hemos sido descubiertas!–las tres mujeres que estaban en la cama giraron sus rostros hacia la dueña de la voz, fría y conocida. A las tres las atravesó un frío. Era la Reina Regina, sonriendo diabólicamente en su largo vestido negro. A un lado, estaba Fiona agarrando al pequeño Gideon, que había acabado de nacer. Al otro lado, estaba Clarissa agarrando a….¡El pequeño Neal!

El aire se hizo denso, el desespero se instaló en Emma, Belle y Regina.

–¡MI HIJO! ¡Suéltalo, desgraciada!–gritó Belle, llorando desesperada, intentando levantarse de la cama a toda costa, pero un dolor extremo en su vientre se lo impidió. Regina la agarró, mientras Emma corría en pánico hacia las tres, con el corazón a mil.

–¿QUÉ QUERÉIS? ¡Soldad a mi hermano y a Gideon! ¿Cómo, cómo…?

–¡Wow, calma, Salvadora! ¡Voy a explicar, pero no te acerques! Calmaos, o juro…Que mato a alguien de esta ciudad antes de que sea el momento de volver a casa…– dijo la reina de forma austera.

–¿Habéis sido vosotras quienes habéis hecho esto, no? Adelantasteis el embarazo de Belle para coger al bebé, pero ¿por qué?–gritó Regina, mientras Belle caía en llanto, intentando soltarse de Regina para ir a coger a su hijo.

–¡Sí, hemos sido nosotras!–la Reina retomó la palabra, con calma –Llegamos a la ciudad, entramos a escondidas en la biblioteca, esperamos a que Belle fuera al baño y echamos en su agua la magia negra que acelera el embarazo. En cuanto la tomó, fueron unos minutos para que surtiera efecto. En cuanto a tu hermanito, Salvadora…Ha sido muy fácil–sonrió con desdén dirigiéndose a Emma –Tu padre no estaba en casa y Neal dormía tranquilamente en la cuna mientras aquella idiota de Blanca Nieves preparaba el almuerzo, le apliqué un hechizo paralizador que dura dos horas y cogí al niño. ¡El único y exclusivo motivo de coger a los bebés es…Garantía!

–¿Garantía? ¿De qué garantía estás hablando?–Emma habló, irritada.

–¡De que ninguno de vosotros cometerá una tontería antes de la Batalla! ¡Si acaso jugáis sucio u os salís de la línea, nunca más veréis a los bebés! Ahora, si hacéis todo correcto, los tendréis de vuelta antes de que comience la Batalla.

–¡No hay necesidad de eso, Majestad!–Emma gritó con odio –¡No vamos a hacer nada! ¡Si no recuerdo mal, vosotras eráis la que queríais hacer trampa con la espada! ¡Yo no confío en vosotras! ¿Cómo voy a creer que nos los devolveréis?

–Eso ya no es problema mío, si confiáis o no…Estos pequeños serán bien cuidados en el castillo. Pero ese es el acuerdo. Haced todo correctamente, y al final tendréis a los pequeños. No lo hagáis, y nunca más los veréis.

–¡Desgraciadas!–cuando Emma iba a avanzar con furia contra las tres, las mujeres desaparecieron envueltas en el humo rojo de vuelta al Bosque Encantando, carcajeándose victoriosamente y llevándose con ellas a Gideon y a Neal en sus brazos.

–¡NOOOOOOOOO!–el grito estridente de Belle resonó por el cuarto, y hundió el rostro en el pecho de Regina, llorando desesperadamente.

Emma inmediatamente corrió hacia la amiga y la consoló, acariciando sus cabellos.

–Calma, amiga…Te juro…que haremos lo imposible para rescatar a tu hijo y a mi hermano…–Emma habló con voz embargada, con miedo y dudas. Se sentía en un callejón sin salida, desesperada por saber que su hermano y el hijo de su mejor amiga estaban ahora en manos de aquellas tres mujeres rodeadas de maldad. Lloró junto con Belle.

–¡Amor, lo resolveremos! ¡Juntas! Siempre lo resolvemos…–dijo Regina apretando la mano de su prometida.

Rumple llegó algo después y su furia fue demostrada rompiendo varios floreos en el hospital, maldiciéndose por no haber estado con Belle y no haber podido impedir que todo sucediera, mientras Belle intentaba consolarlo diciéndole que él no tenía culpa alguna.

Emma no sabía cómo enfrentarse a su madre y, cuando llegó a su casa, junto con Regina, la encontró llorando compulsivamente en los brazos de David, frente a la cunita vacía de Neal.

–Emma…–sin conseguir decir nada, Mary se lanzó a los brazos de Emma, apretando a su hija contra ella, mojando la camiseta blanca con sus intensas lágrimas. David, con ojos rojos, la abrazó por el otro lado.

–Prometo que Neal volverá a casa sano y salvo, mamá…Papá…¡Lo prometo!–Emma lloró junto a los padres, siendo consolada por Regina que los rodeó en un abrazo colectivo.


Unos días después, la Reina Regina y Fiona empezaron a tramar el plan de reunir a un ejército poderoso para llevarlo a la Batalla Final, cuando esta llegara. Esa tropa estaría compuesta por grandes villanos y brujos del mundo mágico, conocidos por ellas. Pero, cuando fueron de nuevo a la Tierra de la Triple Luz para conversar y pedir consejo a la Gran Iris del Valle Solar, la poderosa flor que todo sabe les dijo que sí podrían hacer eso, pero con la condición de que el otro lado de la Batalla, o sea Emma Swan y todos, lo supieran para que también ellos tuvieran el derecho de reunir su propio ejército. Las dos se indignaron, pero la flor les explicó: para que la sangre de la Salvadora les trajera realmente lo que querían y anhelaban, el poder absoluto, la Batalla tendría que ser justa, sin ningún tipo de trampa o plan que les trajera la victoria de forma equivocada o que disminuyera las posibilidades de sus oponentes.

Obedeciendo las palabras de la Gran Flor, la Reina Regina, Fiona y Clarissa hicieron un viaje a Storybrooke, solo pudiéndose quedar todavía muy poco tiempo. Las dos mitades de Regina, presintiéndose y guiándose, se encontraron de nuevo, la misma rabia en los ojos. Emma seguía al lado de la alcaldesa para interferir si así lo necesitaba.

Tras avisarle de que pretendía traer un ejército a la pequeña ciudad, la Reina le dio una triunfante sonrisa, diciéndoles a Emma y Regina

–Estad preparadas, es todo lo que tenemos que decir…Nuestro ejército no será rival para vosotros…Aprovechad que estamos avisando. Así dará tiempo para que reunáis a esos reyes heroicitos débiles que conocéis para intentar enfrentaros a nosotros…

Y desapareció riéndose, junto con Fiona y Clarisa, rodeada de su humo rojo, de vuelta al Bosque Encantado.

Tras reflexionar sobre todo eso, Emma dijo, temerosa.

–No contaba con eso, Regina…¡No es suficiente que tengan a mi hermano y al bebé de Belle! Y ahora, ¿qué haremos?

Regina se quedó pensando, antes de responder

–No te preocupes…Escúchame bien, tengo un plan. Si ellas tendrán su frente de guerra, también nosotros tendremos uno. ¡No va a ser fácil, pero tenemos que intentarlo! Confía en mí…Ven, vamos a hablar con Zelena, y después con Gold y Gepeto.

Y salieron corriendo hacia la casa de la pelirroja.


Después de hablar con Zelena, Emma y Regina fueron hasta la carpintería de Gepeto. El simpático anciano las atendió con una gran sonrisa en el rostro. Regina quería solventar una duda con él, rezando para estar en lo cierto. Y lo estaba: la morena sospechaba que él aún poseía un poco de la madera del árbol mágico que podía teletransportar de un reino a otro, fueran cuales fueran estos, y Gepeto realmente guardaba un pedazo bien grande de la rara madera para casos de emergencia.

El plan de Regina era construir un portal permanente, que pudiera quedarse abierto y permitiera hacer viajes entre los reinos libremente, sin preocupaciones. Ella confiaba en que uniendo la madera mágica y sus nuevos poderes fortalecidos junto con los de Emma en algún hechizo poderoso consiguieran realizar tal hecho. Zelena decidió, prontamente, ayudar y enseguida fueron a hablar con Rumpel. Como siempre, Gold tenía ingredientes poderosos guardados y recetas de pociones que, unidos a sus fuertes poderes, podrían hacer cosas extraordinarias, como el portal.

¿Para qué el portal? Para un fin muy bien definido: buscar ayudas poderosas de héroes, magos y guerreros del mundo que conocían, y también para esconder en un bosque seguro a los más vulnerables durante la guerra: mujeres, niños y personas que no podrían luchar o ayudar, hasta que el oscuro tiempo haya terminado.

De momento, quien conocía los planes solo eran ellos cuatro, Belle, David y Mary. Y todo salió bien: tras unos días, el hechizo de Rumpel junto a la madera mágica y a los poderes que Emma y Regina dispusieron juntas sobre ella a través del amor verdadero dieron como resultado una hermosísima puerta mágica de color blanco y dorado, brillante a la que la rodeaba una intensa luz roja. La habían conjurado en un sitio apartado del bosque cercano a la ciudad, en una zona donde nadie podría encontrarla. Pero, por precaución, sobre todo pensando en el caso de que aparecieran niños traviesos jugando por ahí, decidieron hacerla invisible. Cuando fueran a utilizarla, la harían aparecer. El portal estaba listo y no había fecha prevista para cerrarlo. Era el más nuevo secreto de la pequeña ciudad.


En una tarde de sábado, Regina acariciaba los cabellos rubios de su prometida, echada en su regazo. Emma tenía su mirada perdida a lo lejos y preocupada.

–Un beso por tus pensamientos…–dijo la morena

–Estoy afligida, Regina…¡Necesito hacer algo!–suspiró

–Tu hermano y Gideon, ¿no?

–Sí…

–Emma…–Regina hizo que la rubia se sentara frente a ella –Sabes que es muy arriesgado…

–Lo sé…Pero no puedo quedarme parada sin hacer nada mientras veo a mi madre y a Belle llorar todos los días…No soy capaz de decirles que esperen, amor…Si no hago algo, ellas se van a arriesgar e intentaran ir para allá, y no quiero que nadie se arriesgue más de lo necesario…¡Tengo que ir para allá! ¡Sin que ellas lo sepan!

–¡Voy contigo!

–¡No!–Emma fue vehemente –¡Yo voy sola! ¡Solo es golpear los tacones y ya estaré en el castillo! Me infiltro y…

–¡Emma Swan!–dijo Regina autoritaria –¡Eso no se discute! Y sabes muy bien que no sirve de nada discutir conmigo, ¿verdad?

Emma desorbitó los ojos y se quedó mirando a su morena un momento. Por fin, suspiró pesadamente, rendida. Regina no tenía solución.

–Está bien…

–¡Conozco aquel castillo como nadie! Puedo ayudar…Vamos a hablar con Zelena. También aceptará venir con nosotras.

–¡Dentro de poco vamos en caravana, avísame para preparar algo para comer!–Emma cruzó los brazos y resopló, enfurruñada. Regina reviró los ojos, pero se aguantó para no reír.

–¡Deja de ser tonta, rubia! ¡Cuanta más ayuda y poder, mejor! Y eso Zelena tiene de sobra…¡Ahora, vamos!

Las dos se levantaron y se dirigieron a casa de la pelirroja.

–¿Qué? ¿He escuchado bien? ¿Queréis infiltraos en el palacio de la Reina Malvada, descubrir dónde están Neal y Gideon y rescatar a los bebés?–dijo Zelena con los ojos desorbitados

Emma y Regina asintieron.

–¡Pues claro que me apunto!–respondió con una gran sonrisa y brillo de excitación en su mirada, aplaudiendo frenéticamente como una niña pequeña.


Todo ocurrió rápidamente, como estaba previsto. Se calzaron los zapatos plateados mágicos, golpearon los tacones tres veces imaginando el castillo de Regina y en un momento las tres mujeres estaban paradas frente a él. Emma se estremeció de los pies a la cabeza. Estaba frente a frente a la morada de sus mayores enemigos.

–Regina…Conoces bien el sitio. Di cuál es el mejor camino para entrar y no ser descubiertas–dijo la rubia, tragando en seco.

Regina sintió un apretón en el pecho al presenciar su antigua morada, hogar de tantos acontecimientos dolorosos de su vida.

–En la parte de atrás…Hay un pasadizo. Vamos– Y guió a Emma y Zelena hasta allí. Las dos se cubrieron con capas marrones que cubrían parte de sus rostros.

Al llegar a donde Regina quería, vieron una pequeña puerta de roble casi escondida entre ramas de árboles rastreros. Realmente era un sitio que pocos encontrarían, solo aquellos ya acostumbrados a la zona.

Regina conjuró una magia que envolvía una contraseña secreta, y la puerta se abrió. Sonrió. Rezó para que la Reina Malvada no hubiera cambiado de contraseña, y realmente no lo había hecho. Si es que se acordaba de aquella parte del castillo.

Las tres entraron en total silencio, intentando no hacer ningún ruido. Se comunicaban con mímica, Regina iba delante. Aquella parte del palacio parecía un laberinto. Oscuro, varias puertas, cuartos y calabozos. Regina fue probando y abriendo una a una y verificando si había alguna señal de los pequeños. Hasta ahora nada.

Cuando estaban a punto de abrir la décima puerta, algo aterrador sucedió. Sus cuerpos se quedaron paralizados en el sitio, ninguna de las tres conseguía moverse, era como si hubieran creado raíces. No conseguían hablar, a pesar de estar en plena capacidad de sus funciones mentales.

–Bueno, bueno…¿Qué tenemos aquí?–la voz gélida cortó el aire cuando la Reina Regina surgió imponente en su vestido color vino, caminando peligrosamente hasta ellas. Detrás, venían Fiona y Clarissa. Su mano estaba alzada, conjurando la poderosa magia paralizadora. El desespero se apoderó de Emma, Regina y Zelena, que solo podían mover los ojos –Qué tontas sois…¿De verdad pensabais que no sentiría vuestra presencia? ¿Sobre todo la tuya, Regina?–agarró fuertemente el mentón de su otra mitad –Imagino lo que habéis venido a hacer, Salvadora…No habéis creído en mi palabra, ¿verdad? ¿De verdad habéis creído que iba a dejar a los pequeños en un lugar tan fácil para que los encontrarais?–se dirigió a Zelena y acarició los cabellos color de fuego –No debería, pero os voy a dar de nuevo mi palabra: los bebés están bien y se les está cuidando muy bien, y los tendréis de vuelta en la hora cierta si sois buenas chicas…–se giró hacia Emma, y besó su mejilla, lo que dejó a Regina, la alcaldesa, resoplando de odio y sin poder hacer nada –Pero ahora habéis hecho algo muy feo…Habéis intentado invadir mi palacio y eso no me ha gustado. Acordaos, chicas…Sois poderosas, pero estáis bajo mi techo y en mis dominios…Y he guardado mucho poder aquí. Creo que merecéis un castigo por este desliz…–E, inesperadamente, la Reina lanzó con fuerza a Regina y Zelena contra la pared, aún bajo el efecto de la magia paralizadora. Caminó hacia Emma y agarró sus cabellos, tirando de ellos hacia atrás y aspirando el olor de su cuello. Se mordió el labio maliciosamente –Voy a mantener a esta rubita bonita aquí como rehén durante un tiempo…Hasta cuando yo quiera. Vosotras, podéis marcharos y arreglárosla…

Todo ocurrió extremadamente rápido. La Reina lanzó a Regina y Zelena a través de la puerta de roble, al mismo tiempo que deshacía el hechizo en ambas, que ya podían moverse, y gritaron de dolor. Cuando las dos corrieron gritando, intentando entrar de nuevo, ya era demasiado tarde…La gran puerta de roble se cerró con fuerza con un simple movimiento de la mano de la Reina, que se carcajeaba, seguida de Clarissa y Fiona. Entonces, las tres mujeres conjuraron una magia poderosísima que comenzó a rodear todo el castillo, una luz negra que relucía. Zelena y Regina, al intentar acercarse a aquella luz, fueron lanzadas hacia atrás sintiendo una corriente eléctrica por todo su cuerpo. El castillo estaba protegido por aquel hechizo oscuro, y era impenetrable. Y Emma se encontraba allí dentro, a merced de la Reina Regina, Fiona y Clarissa.

Al terminar de reírse, las tres, Reina, Fiona y Clarissa se giraron hacia Emma con sonrisas y miradas maliciosas. Regina ya le había retirado la paralización y ahora la rubia se encontraba debatiéndose y gritando, con sus manos atadas por la fuerza de la reina. Su pecho subía y bajaba de miedo, y rabia.

–Calma, rubia bonita…Esto es solo para que aprendas una lección…–rio la reina y la miró de arriba abajo, mientras Emma desorbitaba los ojos de pavor al notar a la mujer muy cerca, pegando sus pechos a los de ella –Solo estarás aquí un tiempo…Y cuando tengamos gana, te liberaremos…¿No es verdad, chicas?

Fiona y Clarissa asintieron con cara de escarnio.

Emma fue llevada a la sala donde las tres preparaban una poción que, por lo que escuchó, era la recta final en la curación de Fiona y la fuerza de Regina. Por la excitación de ambas, debería ser de verdad algo muy importante. Ataron a la rubia con unas esposas a un gancho, por encima de su cabeza.

–¿Sabes, rubia? Incluso eres muy bonita….Yo perdería algunos minutos contigo, tranquilamente…–la reina se acercó y pegó sus cuerpos. Sintió que Emma se estremecía de miedo y el pavor salía por sus poros, y eso hizo que ella se deleitase aún más con una gran sonrisa cargada de malicia, y encaró los verdes orbes y pasó la mano por su rostro –Pero no voy a hacerlo, no…No voy a igualar mis gustos a los de Regina…–se apartó aún sonriendo.

–¡Tú nunca serás Regina!–gritó Emma con rabia

La reina comenzó a reírse.

–No, es verdad. Gracias por el cumplido, querida…

–Si tú no quieres perder unos minutos con ella…Yo sí…–Ahora fue Fiona quien se acercó pegando su cuerpos al de Emma, que sintió un asco tremendo. La morena amenazó con apretar sus pechos por encima de su camiseta blanca, y Emma se removió, gruñendo–Después voy a matarte…No cuesta nada aprovechar este cuerpecito hermoso mientras aún tiene vida…–se humedeció y mordió los labios.

–¡Sosiégate, Fiona! Tenemos cosas más importantes que hacer…–Clarissa dijo revirando los ojos, mientras removía algo en el caldero.

–Si quieres compartir, Clarissa, yo comparto, no soy egoísta…

–¡No, muchas gracias! Para rubias, basta conmigo…No son mi tipo.

Fiona se apartó de Emma, sonriéndole y guiñándole un ojo, y se juntó a las otras. Emma suspiró aliviada, pero aún sudaba y temblaba. Todo lo que podía hacer ahora era rezar para que Regina y Zelena pudieran sacarla de aquel infierno.


En la parte de afuera, en la trasera del castillo, Regina y Zelena caminaban haciendo círculos, extremadamente afligidas. El palacio había sido cubierto por algún tipo de magia poderosa, tan solo con acercarse sentían que sus cuerpos se quemaban y sentían una corriente eléctrica y eran lanzadas hacia atrás con fuerza. Intentaron varias veces unir la magia que salía de sus manos para deshacer aquel hechizo, pero todo fue en vano. Solo consiguieron cansarse y frustrase. Las paredes del castillo eran impenetrables.

–¡Emma me va a volver loca con esa testarudez suya!–Regina estaba alterada, andando sin parar –Le dije que esperara un tiempo y…

–¡Hermanita, no sirve de nada estresarte ahora por eso! Conoces bien a tu prometida cuando se le mete algo en la cabeza, y no le quito la razón, al final dos bebés, uno de ellos su hermano, están presos en este sitio…–respondió Zelena apoyada en un árbol, jadeando debido a los intentos por romper la magia.

–¡Lo sé, Zel, lo sé! ¿Pero y ahora? ¿Cómo vamos a ayudar a Emma?

–Creo que yo puedo ayudarlas, señoritas…

Regina y Zelena dieron un salto hacia atrás debido al susto que se llevaron ante la llegada de aquella voz masculina inesperada. Una voz grave, llena de convicción. Se giraron y se encontraron cara a cara con un hermoso joven, que aparentaba más o menos veinte años. El hombre caminó hacia ellas, un caminar lento, seguro, los brazos cruzados a la espalda. Usaba una capa larga atada al cuello de color gris, pantalones de cuero y gruesas botas por encima de estos. Su mirada era de paz y serenidad, en los labios una sonrisa de canto, sin mostrar los dientes. Pero aún así, las dos mujeres no dejaron de sentir temor. Mientras él se acercaba, las dos se apartaban, con las manos preparadas en la exacta posición para usar su magia en caso de emergencia.

–¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?–Dijo Regina en voz alta.

–No tenéis que temerme…¡He venido en paz!–dijo el hermoso muchacho y se paró con la manos en lo alto, haciendo que ellas también se pararan donde estaban–Disculpad mi indelicadeza, no me he presentado. Soy Chistopher. Hijo de Fiona.