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XL

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Afrodite sonrió. Camus respiró profundo. Milo no sabía contra quién arremeter. Y Aioria se puso lo más firme que pudo pues, aunque lo había pedido, no quería escuchar nada de lo que ese par se tuvieran que decir.

—No es justo que te tomes esta libertad. Afrodite de Piscis —la voz de Shaka sorprendió a todos.

El mencionado sacó una rosa e inhaló su fragancia en lo que el Santo de Virgo aparecía en la estancia.

—Shaka, no recuerdo que nadie te invitara a esta fiesta.

—El Patriarca me confió cuidar de la paz del Santuario. ¿Qué hiciste con las órdenes que recibiste? Esto sólo hará que se lastimen más entre ellos.

Afrodite se mostró hastiado y a paso lento se fue acercando al impertinente Santo.

—¿Entonces cómo sugieres que arreglen sus diferencias si no es hablando? ¿Duelos? Suerte con eso.

—Sabes tan bien que están prohibidos para nosotros a menos que se haya caído en pecado. Y esto no es hablar, es forzarlos a que se vomiten entre ellos. No te creí con un gusto digno de los arrabales.

—Bien —reclamó fastidiado—, tus órdenes superan en rango a las mías. Son todos tuyos —rió y desapareció.

—Camus. Milo. Vuelvan a sus templos.

—Pero…

—Es una orden directa, Milo.

El escorpión no quería regresar a solas con Camus hasta su casa. Estaba al límite y odió a Shaka por ponerlo en la situación más vulnerable.

Camus miró a Aioria, sabía que le debía una respuesta; pero primero debía terminar lo que había empezado. Luego miró a Shaka y le agradeció por telepatía.

› "No me lo agradezcas todavía", le respondió Virgo.

"No lo hice por ti", pensó Shaka para sí mismo y fijó su atención en Aioria. Quiso retirarse junto al otro par, pero no lo haría hasta que el guardián del templo se lo pidiera.

A pesar de estar en su casa semivacía, Aioria no podía mover ni un músculo. No podía ver a su vecino y agradecer la intervención. Sabía que, por más órdenes que recibiera, el Santo de Virgo nunca dejaba su templo. Y ahí estaba. En persona.

—Perdóname —soltó el león intentando no sonar afectado.

—No tengo nada que perdonarte.

—Claro que sí. Todo este año yo…

—Recibí las consecuencias de mis propias decisiones.

—Aún así. Fui un tonto.

Shaka sonrió.

—Sí, lo fuiste. Pero tenías tus razones. Creo que… es hora de irme.

—Gracias.

—Gracias a ti —Aioria lo miró confundido.

—Nunca voy a ganar contigo —rió.

Shaka, habiendo obtenido su recompensa, juntó sus manos haciendo una reverencia y se dirigió a la salida.

Podría haber intervenido más. Tenía la capacidad de regresar algunos de los recuerdos más importantes de los días que les faltaban a sus compañeros, pero tenían que decidir en base a las personas que eran ahora. "A veces, olvidar se convierte en una realidad involuntaria, pero el ser recuerda". Shaka entró a su templo y volvió a colocarse en su posición de loto. Estaba tranquilo y con una pequeña luz puesta en el futuro.

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Aioria terminó de limpiarse y levantó todo el desorden que había creado Milo. "Debía estar muy alterado para hacer algo así", pensó. No quería enojarse con el bicho pero tampoco podía seguirlo justificando. Por más que lo quisiera, sabía que no merecía el trato que le daba. Miró la mesa y recordó a Camus, el desayuno que tuvieron juntos. Aún en esos momentos cotidianos y en sus labores que para muchos eran denigrantes para alguien de su rango, el cubo lo había esperado y acompañado. Por primera vez sintió que ya no estaba solo y persiguiendo la felicidad… sólo, que esa felicidad no le pertenecía.

—¿Se encuentra bien, joven Aioria? Deje eso, yo termino de limpiar.

—Gracias Delphine. Descansa. Tómate el día. Yo termino aquí.

—Tonterías. Estaré vieja pero aún puedo ayudar. Estaré con usted hasta el último de mis días.

Aioria no pudo más. Intentó aguantarse, pero se puso a llorar aún en contra de toda su voluntad. La doncella lo abrazó y lo calmó como cuando era un niño. Delphine era lo único que le quedaba de su hermano. Lo único.

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