¡Holi!
Un mes exacto de mi actualización vuelvo a vosotres con un nuevo capítulo. Ha sido muy duro escribir este capítulo —el 40, madre mía, 40 capitulazos tiene este fic ya—, sobre todo porque he tenido un bloqueo bastante importante y porque me he sentido bastante desanimada.
Para les que me sigáis por Twitter y por Instagram, sabréis que no hace mucho estuve hablando sobre lo triste y frustrada que me encontraba por la falta de feedback que estoy recibiendo con este fic. Escribir un fanfic como Wicked Game, con tantísimos personajes, tramas, subtramas y desarrollo, supone un esfuerzo titánico. Son muchas horas pensando, escribiendo, borrando, releyendo y editando este fic. Muchas, muchísimas horas, no exagero. Y ya mejor no os hablo de las inseguridades que me surgen, sobre todo sobre si mi calidad narrativa es lo bastante buena o si la historia me he pasado de lista y de compleja. Por esa misma razón veo que pasan los días (que yo entiendo que tenéis una vida y cosas que hacer además de leer mi fic, porque sé que a más de una os lleva varios días leer uno de mis capítulos) para luego no encontrar ninguna clase de feedback. Ni reviews, ni nada. Y me diréis: "Itsasne, pero escribes para ti también y lo que importa es que estés contenta con tu fic". Y esa es la cuestión. Amores, yo ya no escribo solo para mí, escribo para vosotres también. No escribo por las reviews, no os confundais, y la historia la terminaré, eso os lo prometo, pero me gustaría invitaros a reflexionar sobre la importancia que supone para autoras como yo el recibir feeback de mis lectores y lectoras, porque yo al final no sé si el capítulo gusta, no gusta, es malo o es bueno.
Yo no cobro por escribir este fic. Jamás he pedido ni un Ko-Fi ni he abierto un y no tengo planes para hacerlo. No me parece justo pedir dinero por esto porque no es 100% original, al final y al cabo Cómo entrenar a tu dragón pertenece a una señora llamada Cressida Cowell y este fanfic está basado en una saga cinematográfica de la productora Dreamworks. Yo solo quería escribir un fanfic para volver a escribir y sé que esto ha ido mucho más allá que eso, por ese motivo siempre he reclamado el único salario que podéis darme si estáis dispuestes a dármelo: una review, un mensaje o una simple señal de que hay alguien ahí leyendo este fic. Que no soy solo yo y les precioses cuatro gates que estáis ahí siempre.
Seguiré actualizando Wicked Game, poco a poco, pero puedo anunciar que ya tengo esquematizado todo lo que va a pasar de aquí hacia el final. Aún soy incapaz de calcular cuántos capítulos son y cuánto tiempo tardaré, pero terminaré, así que por favor ahorraos vuestros miedos en lo de si abandonar la historia porque no es el caso. Desde el primer momento que empecé me prometí a mí misma que si lo empezaba tenía que acabarlo y soy fiel a esa promesa.
Y tras este rollo tan largo que os he soltado, pediros una vez más que si os apetece me dejéis una review para decir si os ha gustado o habéis odiado este capítulo. Espero de corazón que disfrutéis de este capítulo, el cual iba a ser al principio transitorio, pero al final ha resultado no serlo tanto.
Os mando un abrazo muy grande. Poneos mascarilla. Votad si sois de Estados Unidos. Y feliz Halloween porque dudo mucho que vaya a actualizar antes.
¡Disfrutad del capítulo!
Su boca sabía a tierra.
Daba igual lo que comiera, bebiera o cuántas veces se lavara los dientes, Thuggory era incapaz de eliminar el asqueroso sabor a tierra y bellotas de sus papilas gustativas. Estaba agradecido de que al menos ya no se pasaba el día vomitando a bellotas, pero no había forma de quitar aquel regusto repugnante de su boca.
Las brujas de Le Fey habían necesitado varios días para encontrar la manera de romper la maldición que Gothi les había echado encima. Sin embargo, aún habiéndose liberado por fin del hechizo, Le Fey estaba hecha un basilisco. Todavía no se habían movido de la Isla de los Marginados y, aunque Thuggory le había insistido en marcharse para evitar que Drago hiciera demasiadas preguntas sobre las numerosas placas de hielo que aún sobresalían por toda la isla, Le Fey se había negado en rotundo a moverse hasta tener una mísera pista de dónde podían haberse marchado Astrid, Hipo y el resto de habitantes de la isla.
Honestamente, Thuggory no estaba seguro todavía de cómo tantísimas personas y dragones podían haber desaparecido ante sus ojos. Le Fey no era especialmente explicativa en lo que respectaba a la magia, por lo que supuso que la respuesta de «es cosa de esa grandísima hija de perra» debía significar que había sido todo obra de Astrid. Thuggory tenía sentimientos encontrados por esa bruja. Para alguien como él, reconocido por ser más grande y fuerte que la media vikinga, encontrar a una combatiente a su altura no era algo que se viera todos los días. La bruja había demostrado ser no solo muy rápida, sino sorprendentemente fuerte y lista como para predecir sus ataques y contraatacar. Sin lugar a dudas, Le Fey no la había nombrado en su día General por su cara bonita. No obstante, aún estaba desconcertado cuando la bruja, creyéndose su media mentira para que lo matara rápido, hubiera sentido compasión por él. Sus ojos, increíblemente azules, le habían observado con sorpresa, confusión y sobretodo con lástima, casi como si hubiera comprendido su situación con sólo cruzar sus miradas.
Durante mucho tiempo, Thuggory pensó que Astrid sería como Le Fey: déspota, arrogante y manipuladora. Hasta hacía unos días había estado convencido de que la bruja había hechizado a Hipo para someterlo a su voluntad, pero tras ver cómo él había acudido a su rescate cuando Le Fey la estaba siguiendo y Astrid se había interpuesto entre la reina e Hipo cuando ésta iba a matarlo, decía que su relación difería mucho a lo que él se había estado imaginando: ambos estaban enamorados y, pese al vínculo, habían tenido el impulso de anteponer su vida por delante de la del otro.
Después de que casi todos los Marginados y refugiados hubieran desaparecido, Le Fey entró en tal estado furia que parecía que iba a romperse allí mismo. Ella misma mató a los pobres desgraciados que no lograron escapar con los demás y cuando descubrió que Lars Gormdsen había desaparecido descuartizó con su magia al desafortunado que le había transmitido el mensaje. Todo esto sin que ambos dejaran de vomitar bellotas, lo cual resultaba terriblemente humillante y desagradable.
Por desgracia, el problema de las bellotas tardó en solventarse más de lo esperado. Al principio, Thuggory se preguntó si Gothi era una bruja, pero la reina le había replicado al instante sumamente ofendida:
—No califiques a una Völva al nivel de mi especie.
Thuggory frunció el ceño.
—¿Gothi es una Völva?
—Llevaba tiempo sospechándolo —le aseguró Le Fey malhumorada antes de que una nueva bellota saliera de su garganta y la escupiera de malos modos—. Su magia es arcaica y diferente a la nuestra, por eso no se puede contrarrestar el hechizo así como así.
Tres días después de aquella conversación, sin saber muy bien cómo, dejó de vomitar bellotas. No obstante, cuando pensó que las cosas irían a mejor, apareció Drago Bludvist en la isla. No cabía duda de que había acudido allí sin esperar la invitación de la reina y, según pisó tierra, ladró órdenes a su gente para que exploraran el terreno de arriba abajo. Le Fey no quiso atender a Bludvist, excusando que sufría una fuerte migraña cuando, en realidad, solo quería dormir y que la dejaran en paz, por lo que Thuggory fue el tonto que tuvo que recibirle.
Bludvist era la persona más desagradable y violenta que había tenido la mala suerte de conocer, más que la propia Le Fey, ¡que ya era decir!. Estaba seguro de que no le caía nada bien a Bludvist, pero también creía que al cazador no le caía bien nadie. Según le vio acercarse, dibujó una mueca de desagrado y le dijo de muy malas maneras que se largara. Sin embargo, cuando Thuggory le explicó que la reina le había mandado en su lugar, Bludvist no tuvo otro remedio que soportar su compañía.
—Ha estado aquí, ¿verdad? —preguntó Bludvist antes de soltar un escupitajo al suelo.
—¿A quién te refieres? —cuestionó Thuggory sin comprender.
—La bruja —escupió el terrorista furioso—. La nacida de la tormenta.
—¿Astrid? —preguntó el Cabeza Cuadrada alzando las cejas—. ¿Cómo lo sabes?
—El aire está cargado de electricidad —bramó Drago sin mirarle—. Su rastro es inconfundible, ¿dónde está?
—Huyó —respondió Thuggory con sequedad.
—¿Por qué no me sorprende? —Bludvist le observó por unos segundos y sonrió, enseñando sus dientes torcidos—. Te vapuleó, ¿verdad?
Thuggory no respondió, pero Bludvist comprendió que tenía razón y se carcajeó.
—¡Insensato! Esa bruja es una bestia —le aseguró él y señaló la cicatriz de su ojo—. Ella me hizo esto, ¿lo sabías? Puede que su belleza engañe, pero he visto a esa bruja quebrar huesos con un simple movimiento de muñeca. Es jodidamente escurridiza, muy rápida y letal si te pilla con la guardia baja. ¡Qué ganas tengo de atrapar a esa perra! ¿Pero por qué ha vuelto?
—Porque Hipo Haddock ha vuelto también. Supongo que quieren derrocar a la reina y se han unido a los rebeldes.
—Son imbéciles si piensan que tienen alguna posibilidad —se mofó Bludvist—. La bruja es poderosa, pero no tiene posibilidad contra mi ejército y el de la reina y, si es cierto que la han echado de su aquelarre, dudo mucho que consiga un ejército de brujas que luche a su lado.
Bludvist se acercó a una de las placas de hielo de Le Fey y lo palpó con ciertos escrúpulos.
—¿Hubo brujas durante la batalla además de la otra? —cuestionó el hombre.
Thuggory tragó saliva, pero asintió. Había aprendido que la mejor mentira era aquella que más se acercaba a la realidad, así que no titubeó en su discurso.
—Creemos que iban tras Astrid —explicó el Cabeza Cuadrada—. Está claro que tiene enemigos allá por donde vaya.
Drago no discutió con él, pero Thuggory sintió un nudo en su estómago porque estaba seguro de que sospechaba algo. No se quedó mucho tiempo más con él, sobre todo porque Bludvist no le hizo la más mínima gracia que la reina no fuera a recibirle ese día. Sin embargo, si pensaba que su día no podía ir a peor, Ingrid Gormdsen tuvo el detalle de irrumpir durante la hora de la cena. Tras la batalla y hacer el recuento de muertos y desaparecidos, Thuggory se había visto obligado a escribirle para explicarle que su hermano Lars había desaparecido con los rebeldes —eso si ya no estaba muerto, dudaba que Estoico Haddock o el propio Hipo fueran a ser piadosos con él— durante el combate y no había manera de saber dónde se encontraba ahora mismo.
Los Gormdsen, por lo general, no eran plato del gusto de nadie. Su padre había sido reconocido como un hombre avaro y mentiroso, solo fiel a sí mismo y a sus propios intereses, y había terminado en un estado vegetativo poco tiempo después de morir su primogénita. Poco sabía de la esposa salvo que había muerto en extrañas circunstancias no mucho antes de la boda de Hipo y Kateriina y que Gormdsen había acusado a Astrid de asesinarla. En cuanto a los tres hermanos, Lars era el mayor de ellos y probablemente el más estúpido; Sven había muerto calcinado en la boda a causa de un fuego que aún no se había explicado como había surgido e Ingrid… era una hija de perra, pero era indudablemente la más lista de todos ellos.
Al igual que sus hermanos, Ingrid Gormdsen no se había casado y no había sido por falta de pretendientes. Aunque no era una belleza, Ingrid era una mujer robusta y segura de sí misma que le gustaba vestir caro y recogerse el pelo con esplendorosas trenzas dignas de la mujer de un Jefe. Curiosamente, Le Fey se llevaba bien con ella, aunque no era de extrañar: eran tal para cual. Cuando Ingrid se presentó en la Isla de los Marginados vestida con una capa de piel de oso con bordados en hilo de oro y con los ojos brillantes en su expresión agria, Thuggory tenía muy claro cuál era la razón real por la que se había presentado allí tan rápido.
Al día siguiente, cuando Le Fey se sintió menos perezosa para recibir a sus visitantes, pidió que Ingrid les acompañara durante el desayuno. Le Fey dormía en el camarote del barco de Thuggory, dado que la casa de Alvin había sido completamente destruída por sus placas de hielo y no consideraba que las chozas de los Marginados fueran lo suficientemente dignas para ella. Recibió a Ingrid vestida con un ajustado vestido negro —supuestamente por el luto que aún llevaba por Bardo Noldor— cuyo escote parecía que iba a reventar si tomaba demasiado aire. Se había recogido el pelo en un complejo moño repleto de trenzas que ni él mismo comprendió su composición, pero despejaba el pelo de su cara y mostraba el delicado y pálido rostro de su amada. Thuggory arrugó el gesto al observar sus ojeras, pues si una cosa le gustaba a Le Fey era dormir un mínimo de doce horas diarias, por lo que le resultaba extrañas aquellas manchas levemente purpúreas bajo sus ojos.
Ingrid hizo una pronunciada reverencia cuando entró en el camarote y Le Fey cogió hipócritamente sus manos con una falsa expresión de dolor para ofrecer sus más sinceras condolencias por la desaparición de su hermano. Thuggory caló enseguida las lágrimas de cocodrilo de Ingrid, sobre todo porque al poco de terminar aquel estúpido teatro y ponerse a comer, dijo:
—Majestad, me preocupa mucho Isla Mema.
—Lo sé, Ingrid —concordó Le Fey con fingido abatimiento—. ¿Cómo ha reaccionado el pueblo a la pérdida de su Jefe?
—¡Oh! Bueno, ya sabe, mi hermano no era precisamente popular entre los míos —le aseguró ella—, pero temo que el pueblo aproveche para levantar las armas contra su ejército, señora.
La boca de Le Fey se tensó en una mueca de desagrado.
—¿Tan insensatos crees que son?
—Los rumores corren, señora —dijo Ingrid muy seria—. Se sabe que Hipo Haddock ha vuelto al Archipiélago y corren rumores de que Estoico está vivo.
—Estoico está muerto, Ingrid —le recordó Le Fey con acritud.
—Señora, agradecería que no me tomara por estúpida como lo ha hecho con mi hermano —le advirtió la vikinga con las mejillas encendidas—. No sé cómo sobrevivió, pero los que estuvieron aquí durante la batalla juran lo que vieron y sé que mi gente jamás me mentiría.
Le Fey estrechó los ojos.
—¿Pretendes insinuar algo, Ingrid?
—No —contestó la mujer sin verse en absoluto intimidada—. No hay que ser muy lista para darse cuenta de que no sois Kateriina Noldor pese a veros exactamente como ella. Conocí a esa chiquilla antes de toda la parafernalia de la boda y reconozco a una farsante cuando la veo. Sois una bruja, ¿me equivoco?
Thuggory tragó saliva mientras se esforzaba en no entrar en pánico, pero Le Fey mantuvo su expresión imperturbable.
—Sabes que podría matarte si te vas de la lengua, ¿verdad?
—¿Por qué matarme cuando no me importa lo más mínimo quién seáis? —replicó Ingrid apoyándose contra el respaldo de su silla—. Nunca he sentido el más mínimo afecto por esa niñata y, si me dais lo que quiero, seré una tumba.
El Cabeza Cuadrada apretó los puños para no dejarse llevar por el impulso de golpear a esa mujer por importarle Kateriina tan poco. Le Fey, en cambio, sonrió divertida.
—Eres un poco insensata, Ingrid.
—Y, sin embargo, ambas saldremos ganando si colaboramos juntas —insistió la vikinga.
Para Le Fey quitarse a Ingrid Gormdsen de en medio era pan comido. Un ligero movimiento de sus dedos podría causar que su cuello se quebrara en un periquete, pero curiosamente Le Fey parecía disfrutar de la situación en que aquella endemoniada mujer la hubiera pillado y se hubiera presentado ante ella tan tranquila para chantajearla. Thuggory no se equivocaba con lo de que eran tal para cual, ambas eran igual de retorcidas.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó la reina.
—La jefatura de Isla Mema —respondió Ingrid sin muchos rodeos.
—Tu hermano es el Jefe de Isla Mema —le recordó Le Fey con tono jovial.
—Un desaparecido no puede ser jefe de nada —contradijo Ingrid de mala gana—, y en el milagroso caso de que apareciera, quiero que se me garantice que yo seguiría siendo la Jefa.
—¿Y cómo sé que serás una buena Jefa, Ingrid? —insistió en saber la reina—. Tu hermano ha sido un conjunto de decepciones, ¿cómo sé que tú vas a ser mejor que él?
—Yo no soy mi hermano —sentenció la vikinga molesta—. Lars siempre anheló poder, ¿y de qué le sirvió? Jamás impuso respeto, ni siquiera entre la gente que le era realmente fiel. Era débil de carácter y un cobarde; un perro ladrador, pero muy poco mordedor. Ni era bueno liderando ni mucho menos con la demagogia.
—¿Y tú sí eres mejor que él? —cuestionó la reina con recelo.
—Por supuesto, yo tengo los cojones que él jamás tuvo. Dame la Jefatura y someteré a los rebeldes que todavía están en Mema a mi voluntad.
Le Fey reflexionó por un momento, probablemente valorando los pros y los contras de tener a alguien como Ingrid campando a sus anchas liderando un lugar tan estratégico como Mema. El hecho de que Ingrid hubiera adivinado que era una bruja era muy peligroso, más teniendo a Drago Bludvist campando a sus anchas por el Archipiélago, aunque parecía que llevaba tiempo sabiendo que Le Fey estaba usurpando la identidad de Kateriina y a Thuggory le fastidiaba que no hubiera hecho o dicho nada al respecto.
—Está bien —concluyó la reina complacida—. Mema es tuya, Gormdsen. Haré que redacten un documento que lo verifique, pero si te vas de la lengua…
—No diré nada —le cortó Ingrid.
—Tus padres murieron a causa de la brujería, ¿no deberías sentir rencor contra las mías? —cuestionó Le Fey con recelo.
—Mis padres y mi hermano murieron a manos de una única bruja y esa hija de puta de Astrid pagará por lo que hizo junto con el inútil de Haddock —sentenció Ingrid con voz envenenada.
La sonrisa de Le Fey se anchó.
—Tendrás que ponerte a la cola entonces —insinuó la reina con maldad—. Thuggory, acompaña a Ingrid fuera y busca a Drago, tengo que hablar con él.
Thuggory obedeció a la reina sin decir una palabra. La ahora Jefa de Isla Mema contuvo su euforia sin muchas ganas, sobre todo porque no se molestó en ocultar una sonrisita de satisfacción cuando salieron a cubierta.
—¿No te importa que tu hermano esté desaparecido? —preguntó el Cabeza Cuadrada resentido.
Ingrid alzó la cabeza hacia él sin dejar de sonreír.
—¿Por qué tendría que importarme? —cuestionó la vikinga.
—Es tu hermano —insistió él desconcertado.
—Nunca me ha gustado Lars. Es débil, arrogante y un machista de mierda —señaló Ingrid con desprecio—. Él siempre quiso que me casara con Estoico, pero éste nunca superó a Valka y pretendía que mi función fuera cuidar al inútil de Hipo. Por esa razón mi hermano me redujo a cuidar de mis padres mientras él se dedicaba a la gestión de las propiedades y a participar en el Consejo. Siempre he vivido a la sombra de Lars, pero eso se ha acabado por fin. Ahora yo soy la Jefa de Isla Mema y cobraré mi venganza en un delicioso plato frío.
Thuggory arrugó el gesto por la indiferencia y frialdad que aquella mujer sentía por su propio hermano y ella se mofó de él.
—¿Qué pasa, Thuggory? ¿Acaso te he ofendido?
—No —contestó él con frialdad—. Lo que no entiendo es cómo una mujer que supuestamente clamaba venganza por su hermano pequeño muestra tal desprecio por su hermano mayor.
Los ojos de la mujer se ensombrecieron significativamente y su sonrisa se transformó en una mueca.
—Yo crié a Sven como si fuera mío —clamó la vikinga furiosa—. Mi padre ya estaba en estado vegetativo cuando nació y mi madre estaba deprimida por la desaparición de mi hermana, por lo que se desatendió de mi hermano. Sven no era muy listo, pero era un gran guerrero y me era fiel. Su asesinato fue como si hubieran matado a mi propio hijo, por eso voy a destrozar a esa zorra de Astrid y a Hipo Haddock cuando los encuentre.
Thuggory no acompañó a aquella mujer hasta fuera del barco, sobre todo porque Drago Bludvist le estaba esperando con cara de muy pocos amigos junto al mástil. El Cabeza Cuadrada le hizo un gesto para que le siguiera. La expresión divertida de Le Fey se transformó en una de clara irritación cuando el cazador entró de malas maneras y sin mostrar ningún signo de respeto o decoro hacia ella. Se sentó en el sitio de Thuggory y preguntó:
—¿Dónde están?
—Si te refieres a los rebeldes, entre los que destacan Hipo y Astrid, no lo sé —contestó la reina de mala gana.
—¡Estás rodeada de una panda de inútiles! Si yo hubiera estado…
Le Fey dio un golpe tan fuerte sobre la mesa que volcó un vaso de vino, aunque Bludvist no parecía intimidado en absoluto.
—Te recuerdo que trabajas para mí, Drago —masculló la reina cabreada—. ¡No eres nadie para decirme si hago las cosas bien o mal! ¿Vienes tú a darme lecciones? ¿Por qué no hablamos de que uno de tus inútiles dejó escapar a Astrid? Porque un día después apareció en esta puta isla, Bludvist, y eso solo es culpa tuya.
Drago apretó los puños rabioso.
—El inútil de Eret hijo de Eret pagará por su cagada, no lo dudes. Sin embargo, deberías dejarme a mí buscar a la bruja y no…
—¿Has encontrado los aquelarres del Sugaar y el Mairu, Drago? —le interrumpió la reina furiosa—. ¿Dónde están las cabezas de sus reinas?
El cazador no respondió. Sostuvo la mirada de la reina en silencio, como si estuviera reflexionando bien su respuesta antes de hablar.
—Encontré otros —respondió Drago—. Acabé con todo el aquelarre del Vindr hace al menos un mes y tengo hombres buscando a las del Nakk, cuyo escondite lo encontré no hace ni dos semanas.
—Y, sin embargo, sigue sin encontrar las que yo te dije que buscaras —replicó Le Fey furiosa.
—Las brujas son criaturas inteligentes y difíciles de rastrear —escupió Drago molesto—. Lo que yo no entiendo es cómo una chiquilla sabe tanto de estos aquelarres.
Thuggory supo que Le Fey se estaba conteniendo para no matar a Drago allí mismo.
—No tengo que justificarme ante nadie y mucho menos ante ti, cazador —le advirtió la reina con rabia contenida—. Te di toda la información que disponía y la has desaprovechado con tus puñeteras inspecciones. Si no los has encontrado es porque no has sido lo suficientemente discreto.
—No se puede ser discreto con la brujería —replicó Drago—. Gracias a mis inspecciones he interceptado espías de esos aquelarres a las que he podido interrogar y experimentar a fondo y, ya que sabes tanto, quizás puedas orientarme en localizar un quinto aquelarre.
Le Fey estrechó los ojos.
—¿Cual?
—Nadie sabe absolutamente nada del aquelarre del Sabbat —señaló Bludvist con voz grave—. La bruja de la tormenta pertenecía a ese aquelarre hasta que la expulsaron, la pregunta es por qué. ¿Quién demonios gobierna en ese aquelarre para ser tan estúpida como para echarla? Ella fue la única bruja que pudo conmigo.
Thuggory contuvo la respiración mientras Le Fey y Drago se observaban tensos y furiosos. ¿Acaso Drago estaba sospechando de la reina? No les convenía tenerle como enemigo, al menos no por el momento, pero todo dependía de Le Fey y sólo había que mirarle a la cara para comprender que estaba empezando a estar muy harta de él.
—No sé mucho de brujas, Drago, pero sé lo que es gobernar. A nadie le gusta una perra rebelde entre los suyos —indicó la reina con voz sosegada—. Apenas conocí a Astrid antes de que asesinara a mi padre e Hipo me abandonara en el altar, pero sé que es problemática, poco dispuesta a seguir las normas establecidas y una mentirosa. ¿Quién no nos dice que no se comportara como tal en su aquelarre? Tal vez la echaron precisamente por eso.
Drago no parecía del todo convencido del discurso de Le Fey, pero al menos no replicó. La conversación continuó en torno a analizar nuevos lugares que explorar para encontrar a los aquelarres y el avance en las inspecciones realizadas por el Archipiélago. Thuggory escuchó horrorizado el informe de Drago, quien detalló sin pelos en la lengua las diferentes torturas que había empleado en mujeres para que confesaran que eran brujas. Según Drago, el perfil de todas aquellas mujeres compartían un patrón, pues por lo general solían ser curanderas, estudiosas, viudas, solteras, herreras… Thuggory frunció el ceño ante la indiferencia de Le Fey, quien no parecía importarle lo más mínimo el destino de todas aquellas mujeres que seguramente ni siquiera eran brujas.
Alguien tocó a la puerta y Thuggory se levantó para abrirla, encantado de tener una excusa para desconectar de la conversación. Un joven Cabeza Cuadrada, cuyo nombre no recordaba, lucía nervioso y se puso de puntillas para susurrarle en su oído:
—Hay un tal Bain Eldarion que pregunta por usted, señor.
Thuggory inspiró profundamente antes de indicarle al chico que iría ahora mismo. Le Fey tenía sus ojos puestos en él, inquiriendo saber qué le habían dicho.
—He de retirarme, señora —dijo Thuggory sin más.
—No hemos terminado —le indicó ella con tono firme.
—Es un asunto de máxima prioridad —insistió el Cabeza Cuadrada sin dar su brazo a torcer.
Le Fey no parecía querer montar ninguna escena delante del cazador, por lo que le hizo un gesto con su mano para que se marchara. Drago Bludvist le observó con frialdad, aunque parecía serle indiferente que se quedara o no. Thuggory salió a la cubierta y tomó una fuerte bocanada de aire para relajar la tensión en sus hombros. Aunque Bain Eldarion no era la compañía que anhelaba, cualquiera podría ser mejor que el combo Le Fey y Bludvist. Esperó encontrarse al mercenario en la cubierta, pero el chico que le había dado el recado le indicó que le estaba esperando en los establos.
Thuggory caminó sin darse especial prisa, poco ansioso de verse con Eldarion y alargando el tiempo para que la reunión con Drago terminase antes de que pudiera regresar. Encontró a Bain Eldarion arrodillado entre los escombros, rebuscando y olisqueando trozos de madera quemada. Thuggory le observó desconcertado hasta que Eldarion, sin levantar la mirada, preguntó:
—¿Qué tal lleva la reinecita su estrepitosa derrota? Debe ser humillante haber perdido en una sola noche ante vuestras narices las cabezas más codiciadas del Archipiélago.
Su tono era claramente de mofa. La verdad era que, aunque habían contado con todas las ventajas para ganar aquella batalla, el hecho de que toda la población de la isla hubiera escapado de la nada resultaba más bien una derrota catastrófica. Hipo había inhabilitado todos los tanques de su flota —lo cual suponía un desembolso importante de sus arcas para tener que reconstruirlos de nuevo— y habían tenido un número considerable de bajas en comparación a las del bando de la Resistencia. Si hubieran capturado a Alvin, a Camicazi y a los Jinetes huidos de Mema habría supuesto una victoria, pero tras descubrir que allí también se escondían Estoico y Gothi, además de la repentina aparición de Hipo y Astrid, suponía una auténtica humillación.
—Por tu razonamiento he de suponer que ya sabías que Hipo y Astrid estaban en el Archipiélago —dijo Thuggory conteniendo su ira.
—Por supuesto —señaló Eldarion aún concentrado en los escombros—. Admito que les perdí la pista cuando escaparon del barco de Eret hijo de Eret, pero es evidente que han estado por aquí. Este lugar huele a magia allá por donde se vaya.
Thuggory alzó una ceja.
—¿Cómo sabes tú eso? ¿No decías que los hombres no podemos ejercer la magia?
—Y no podemos —concordó el hombre incorporándose—. Hay que fijarse en los pequeños detalles, chico.
El Cabeza Cuadrada no comprendió a qué se estaba refiriendo, pero Eldarion tampoco quiso darle una explicación exhaustiva al respecto. El mercenario se sentó sobre una columna de madera que se encontraba tirada en el suelo y se limpió la ceniza en sus raídos pantalones.
—Espero que no vengas aquí a reclamar ningún pago, porque claramente no voy darte ningún duro —le achacó Thuggory cruzando los brazos sobre su pecho.
Bain Eldarion hizo una mueca.
—No vengo por dinero, sino por información.
El Cabeza Cuadrada alzó una ceja.
—¿Información de quién?
—La bruja. La tal Astrid, ¿de dónde ha salido?
A Thuggory le extrañó aquella pregunta. No comprendía el repentino interés de Bain Eldarion por Astrid, aunque tampoco es que pudiera darle una respuesta real. Más allá de que hubiera pertenecido al aquelarre de Le Fey, que hubiera sido su general y que era la amante de Hipo, la muchacha era una desconocida para él.
—Ya te dije que apareció de la noche a la mañana en Mema. No sé nada de ella, ¿por qué lo preguntas?
Hofferson cogió el hacha que cargaba en la espada. Se veía algo pequeña en su mano, aunque estaba sorprendentemente cuidada y limpia. La posó sobre sus piernas y acarició el acero con sus dedos.
—Quiero a la chica.
Thuggory no pudo contener una carcajada, cosa que a Eldarion no le hizo la más mínima gracia.
—¿Qué es tan gracioso?
—Me temo que tendrás que apuntarte a la lista de interesados. Pensaba que los Haddock se convertirían en los criminales más buscados del Archipiélago y ahora resulta que lo que obsesiona a todo el mundo es capturar a la bruja —Thuggory dio una ligera patada a un escombro—. ¿Por qué te interesa la chica, Eldarion?
—Eso es solo asunto mío —escupió el mercenario furioso—. Estoy dispuesto a renegociar nuestro trato.
—¡Ni hablar! Te dije que necesitaba a los dos.
—Haddock vale más que una bruja sin nombre —insistió Eldarion con cabezonería—. Te lo atrapo gratis siempre y cuando pueda quedarme con la bruja.
Thuggory tuvo que esforzarse en no dibujar una mueca de asco ante la extraña y casi obsesiva necesidad de Eldarion por atrapar a Astrid sólo para él. De igual manera, el Cabeza Cuadrada sabía que era inviable la posibilidad de llegar a ese acuerdo por el vínculo que unía a Hipo y a Astrid, aunque Eldarion no tenía por qué conocer aquel nimio detalle.
—¿Por qué piensas que este trato me interesa, Bain? —cuestionó Thuggory con sospecha.
—Te quitaría a la bruja de en medio y tú podrás hacer con Haddock lo que quieras. Ambos saldríamos ganando.
—Pensaba que no te dedicabas a la caza de brujas —inquirió el Cabeza Cuadrada con recelo.
—¡Y no me dedico a ello! —concordó Eldarion ofendido.
Thuggory estaba seguro que por mucho que insistiera en conocer la razón del interés de Eldarion hacia Astrid, éste no soltaría prenda. No dejaba de ser extraño, pero supuso que tampoco era asunto suyo.
—Dudo mucho que puedas separarlos así como así —le advirtió el joven con recelo.
—Tengo mis métodos —sentenció el mercenario clavando su ojo en el suyo.
Thuggory sonrió. ¡Pobre ignorante! Nada podía separar a dos personas con un vínculo mágico y mucho menos uno como el que compartían Hipo y Astrid.
—La reina no confía en ti —le advirtió Thuggory, pero antes de que el mercenario pudiera decir una barbaridad alzó la mano para callarlo—, pero estoy dispuesto a darte una última oportunidad. Dejaré que te quedes con la chica siempre y cuando te presentes con los dos ante la reina.
—No quiero que…
—Astrid es demasiado peligrosa para dejarla suelta —le advirtió Thuggory y sonrió para sí—. Si la quieres viva, podré abogar por ella ante la reina, pero tendrás que esperar hasta que ejecuten a Hipo.
De aquella manera, todo el mundo quedaría contento. Si Hipo moría, Astrid lo haría también. Los problemas que Eldarion pudieran causarle por su mentira sería una preocupación cara al futuro, pero ahora necesitaba encontrar a Hipo y Astrid como fuera, por lo que pensaba aprovechar la situación al máximo.
—Está bien —aceptó Eldarion de mala gana—, pero una vez que muera Haddock, me llevaré a la chica.
—Buena suerte con eso —se mofó Thuggory—. Ahora lárgate antes de que la reina sepa que estás aquí, no le gustas ni un pelo.
Eldarion escupió en el suelo.
—¡Cómo si eso me importara una mierda!
El mercenario se marchó del establo sin dirigirle una sola palabra o mirada. Thuggory respiró hondo, aunque tosió cuando la ceniza se colaron hasta su garganta. Se acercó hasta donde Eldarion había estado rebuscando, curioso por saber que había estado indagando entre aquellos escombros, pero no encontró nada más que eso: escombros. Resignado, decidió volver al barco, aunque se tomó su tiempo y optó por coger el camino más largo por si Drago y Le Fey seguían reunidos. Se topó con un par de sus consejeros que le actualizaron los datos de bajas y los suministros que habían encontrado allí. Al parecer, los Marginados se habían encontrado al límite de recursos por la cantidad de refugiados que habían acogido y Thuggory se dio cuenta que si hubieran esperado un poco más tal vez los Marginados se hubieran rendido sin la necesidad de haber presentado batalla a causa del hambre y la miseria.
Se habían precipitado, no cabía duda; aunque ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Cuando se decidió que ya estaba retrasando demasiado su vuelta al barco, pisó algo a medio camino que hizo que se detuviera de nuevo. Entre el barro y la poca nieve que quedaba se encontró con algo negro que captó su atención. Parecían escamas y cayó en cuenta que debían ser las del Furia Nocturna de Hipo. Las observó con detenimiento, recordando los tiempos en los que el heredero de Isla Mema y él eran amigos. Hipo le había enseñado a leer y a escribir, había creído en él cuando nadie lo había hecho y, pese al distanciamiento de los últimos años, lo había considerado un buen amigo.
¡Cuánto habían cambiado las cosas desde entonces!
Se metió las escamas en el bolsillo del pantalón con una extraña sensación de nostalgia revolviendo su estómago. Aunque era inevitable tener a Kateriina constantemente en su mente, Thuggory se había prometido a sí mismo no pensar demasiado en su vida antes de Le Fey. Echaba de menos vivir en su aldea, tratar mano a mano con su gente, los largos paseos por la playa de su isla, las comidas y las cenas en el Gran Salón de los Cabezas Cuadradas… Hacía meses que no paraba por su isla y, aunque aún tenía miembros de su tribu con él, la marcha de Acke había supuesto que otros muchos de sus hombres y mujeres decidieran volver a su isla con él. Sabía que se había ganado su impopularidad a pulso y no reprochaba su rechazo en absoluto. Estaba seguro de que si su padre levantara cabeza habría expresado lo decepcionado que estaba con él por haber antepuesto el amor antes que su pueblo. Y era verdad, Thuggory amaba a su pueblo, pero amaba mucho más a Kateriina. Si mantener a su amada viva y recuperarla conllevaba a servir al mismísimo Loki que así fuera, le daba igual lo que los demás pensaran. Además, su pueblo podría quejarse todo lo que quisiera, pero si no le habían arrancado de la Jefatura no había sido solo por miedo a la reina, sino también por la protección que él les proporcionaba por ser la mano derecha de la Reina del Salvaje Oeste. La Isla de los Cabezas Cuadradas era el lugar que menos repercusiones había sufrido por el reinado de Le Fey y las inspecciones de Drago y era indudablemente el lugar más seguro y próspero de todo el Archipiélago.
Nada sería como antes, estaba seguro de ello.
Pero al menos lo tenía asumido mejor que nadie.
Mientras pudiera recuperar a Kateriina, todo iría bien, estaba dispuesto a soportar cualquier cosa que se le viniera encima.
¡Lo que fuera!
Drago ya se había marchado cuando Thuggory regresó al camarote de su barco. Le Fey estaba sentada frente al tocador, cepillándose su largo cabello azabache con aire distraído. Thuggory se sentó en la cama y esperó a que la reina terminase para tragar la reprimenda que seguramente le echaría por irse de la reunión con Drago. Sin embargo, Le Fey le sorprendió dejando el cepillo sobre la mesa y se acercó a él para sentarse en su regazo y abrazarse a él. Thuggory no supo bien cómo reaccionar, su primer impulso fue empujarla para quitársela de encima, pero la bruja se apretó con tal desesperación contra él que al final no tuvo otro remedio más que rodearla con sus brazos.
—Estoy muy cansada, Thuggory —dijo ella en voz tan baja que casi no la oyó.
—Le Fey…
La bruja alzó la mirada para clavar sus grises ojos en los suyos.
—¿Es tanto pedir que la gente haga su puto trabajo? —paseó sus dedos por la piel de su cuello—. Ni siquiera tú lo has hecho bien.
La reina presionó ligeramente su mano contra su cuello, pero terminó apartando la mano molesta. Se levantó de su regazo con una mueca de desagrado en su cara.
—¡No puedes culparme por no poder vencer a Astrid! —se defendió Thuggory indignado—. Y que conste que de no haber sido por Brusca Thorston la habría matado.
—¡Me da igual! —chilló ella colérica—. ¡Hay que matar a Astrid cueste lo que nos cueste!
De repente, Le Fey soltó un quejido y se cayó sobre sus rodillas, llevándose las manos a su vientre.
—¿Qué te pasa? —preguntó Thuggory alarmado—. ¡No estoy sintiendo nada! ¿qué te ocurre?
Se arrodilló al suelo para socorrerla, pero Le Fey le dio un empujón.
—¡Estoy bien! —gritó la reina llena de furia mientras se apoyaba contra la mesa para levantarse de nuevo.
—¿Qué coño te pasa? —cuestionó Thuggory muy alterado.
—¡He dicho que estoy bien! —siseó la bruja—. ¡No cambies de tema! ¡Hay que matar a Astrid y recuperar el grimorio!
Thuggory sostuvo su mirada un momento antes de abalanzarse sobre ella para ver por sí mismo qué le estaba pasando, pero Le Fey usó su magia para empujarlo y pegarlo contra la pared con una mano invisible.
—¡Céntrate, Thuggory! —rugió la reina—. Quieres acabar con esto, ¿verdad? Pues hay que espabilarse. Astrid sabe que el grimorio era de Asta y es cuestión de tiempo hasta que descubra toda la verdad. ¡No sé cómo coño supo sobre Masha! ¡Es sencillamente imposible!
—¿Quién…? ¿Quién es Masha? —preguntó Thuggory confundido.
Le Fey resopló con impaciencia y soltó el agarre mágico que le empujaba contra la pared.
—Alguien que lleva muchos años muerta —respondió la bruja molesta—. Astrid sabía mi nombre, ¿cómo es posible? Sólo Ikerne conoce mi verdadero nombre en el aquelarre.
Thuggory nunca la había llamado Moryen. Más bien, no se había atrevido. Llamarla por un nombre que al parecer pocos la conocían suponía un acercamiento hacia la bruja que no deseaba ni de lejos.
—¿Por qué anhelas matar a Astrid? ¿Por qué la odias tanto? —preguntó Thuggory muy serio.
—No es de tu…
—Le Fey —le interrumpió el Cabeza Cuadrada con voz firme—. Te mueves por impulsos y sin lógica ninguna. Has puesto no solo mi vida patas arribas, sino la de la gente del Archipiélago también. ¿Y para qué? Para recuperar un libro mágico del que no sé nada y ahora para quitarte de en medio a una bruja a la que detestas a unos niveles que supera lo obsesivo.
Le Fey entreabrió su boca, pero terminó dejándose caer sobre la cama de nuevo y escondió su rostro entre sus manos. Thuggory observó que su cuerpo temblaba, casi como si estuviera a punto de romper a llorar, pero sabía que no le montaría alguna escena. Ambos se conocían lo suficiente como para no fingir con el otro y, al igual que Le Fey sabía que él la odiaba con todo su ser, la reina era consciente que si había algo que Thuggory no toleraba era que le tomaran por tonto.
—Astrid fue parte de un trueque con una bruja llamada Asta Lund con la que yo tenía asuntos pendientes que resolver desde hacía muchos años —explicó la reina de mala gana—. Asta y yo estuvimos juntas en el mismo aquelarre desde pequeñas, pero cuando me convertí en reina, la muy hija de perra cogió el grimorio de Masha y se largó con él. Muchos años después, cuando por fin la encontré, me dijo que hacía años que había perdido el libro, así que me ofreció a una niña con gran potencial mágico a cambio de que la dejara en paz.
—¿Y aceptaste? —cuestionó Thuggory desconcertado.
—Al principio no, sólo quería el grimorio, pero Ikerne me advirtió tiempo después que si no me quedaba a la niña supondría una amenaza a largo plazo —explicó Le Fey con amargura—. Decidí que lo mejor sería matarla, pero tras todas las molestias que me supuso alcanzar a esa niña, justo cuando iba a clavar el puñal en su pecho, descubrí que no podía matarla, así que no tuve otro remedio que quedármela.
—¿Y por qué no la mataron tus otras brujas? Es más, si tan amenazante era, ¿por qué la convertiste? —cuestionó Thuggory sin entender todavía.
—Porque la niña podía serme útil —aclaró Le Fey con impaciencia—. Mi especie está al borde de la extinción, Thuggory. Hace siglos el mundo estaba plagado de brujas y ahora quedamos muy pocas…
—¿Por eso dejas que Drago mate a las demás brujas? —le recriminó el vikingo—. Un poco hipócrita por tu parte, ¿no crees?
La reina estrechó los ojos y chasqueó la lengua con fastidio.
—Los humanos lleváis destruyéndoos entre vosotros, ¿desde cuándo? —Thuggory abrió la boca para defenderse, pero Le Fey sacudió la cabeza—. El continente lleva años azotado por guerras entre cristianos, judíos y musulmanes. La Iglesia tiene implantada una guerra contra todo aquel que no esté hincado de rodillas rezando a su falso Dios, ¿y qué piensas? ¿Qué no llegarán hasta aquí? Roma lleva años esperando a invadir estas tierras y derrocar nuestra religión —pasó las manos por su falda y el rastro de sus dedos quedó marcado en el terciopelo—. Cada aquelarre es una sociedad en sí misma, Thuggory, y yo no estoy dispuesta a convivir con brujas que osen pensar diferente.
—Eres una tirana —le achacó Thuggory impotente.
—Soy una superviviente —le corrigió ella con fastidio—. Mi aquelarre estuvo mucho tiempo en la cuerda floja porque no había brujas con potencial suficiente. Astrid, en cambio, sobrevivió a todas las trabas que le puse. Le hice la vida imposible desde que apenas era una niña, ha vivido apartada, ha sido humillada y maltratada por las que debía considerar sus hermanas y se convirtió en la General que mi aquelarre necesitaba gracias a eso. Hice que viviera para complacerme, necesitada de mi aprobación para vivir y por mucho tiempo pensé que era sincera al respecto, dado que Astrid es quien es y tiene el poder que tiene gracias a mí.
Thuggory cruzó los brazos sobre su pecho.
—Me fascina que te sorprenda el hecho de que Astrid te traicionara —dijo Thuggory sin poder ocultar la burla en su tono de voz.
—¡Me traicionó porque es débil! —escupió la reina—. Ha vivido toda su vida obsesionada por encontrar a una familia que nunca la quiso y ahora va y se enamora de un humano. ¡Es una estúpida!
—¿Y qué es lo que te fastidia realmente, Le Fey? ¿Que te traicione o que realmente ella haya decidido tomar un camino que no implique besar el suelo de allá por donde pisas?
Le Fey se levantó con tal rapidez que Thuggory no tuvo apenas tiempo para evadir su bofetada. La reina soltó un quejido cuando el dolor azotó también contra su mejilla, pero Thuggory apenas sintió nada. La reina le intentó agredir de nuevo, pero esta vez el vikingo consiguió agarrar con fuerza su muñeca.
—No me importa una mierda Astrid, no me importan tus ambiciones ni que tienes un problema serio en la cabeza —dijo el Cabeza Cuadrada entre dientes—. Pero sabes que te ayudaré siempre y cuando me dés lo que quiero.
Pese a su insulto, Le Fey sonrió y con su mano libre agarró su túnica para acercar su cuerpo contra el suyo. Thuggory jadeó cuando sintió las firmes curvas de Le Fey restregarse contra su cuerpo.
—Yo siempre te doy lo que quieres, Thuggory —susurró la reina poniéndose de puntillas para alcanzar sus labios.
¡Cómo odiaba cuando hacía eso! ¡De veras que lo hacía! Sin embargo, aquel desprecio por ella no era nada comparado con el odio que sentía hacia sí mismo por dejarse seducir siempre por la bruja. La empujó contra la cama mientras atrapaba sus labios con su boca y Le Fey soltó su cinturón para bajar a toda prisa sus pantalones. A la vez que subía y bajaba su mano en su erección, Thuggory cogió del escote de su vestido para bajarlo hasta su cintura. La tela se rasgó, pero ninguno de los dos le dio la más mínima importancia. Thuggory enterró su cara entre sus senos, besando y lamiendo cada palmo de su piel con tanto esmero que la piel de la bruja se enrojeció. Metió uno de sus pezones en la boca a la vez que levantaba la falda de su vestido y apartaba su mano para penetrarla de una sola estocada. Le Fey gritó y apretó su cara contra su pecho mientras Thuggory entraba y salía de ella con rapidez y con demasiada facilidad de lo húmeda que estaba. La reina gemía sin vergüenza alguna y a todo volumen, aún consciente de que todo el barco les estaría escuchando. Cuando Le Fey se corrió por primera vez, Thuggory cogió de su cadera y la obligó a ponerse sobre sus rodillas. La bruja se rió por su entusiasmo, pero el vikingo estaba más preocupado en saciar su deseo en ella. Clavó sus dedos en su piel y la penetró con más fuerza todavía, entrando y saliendo de ella ajeno a sus gemidos y a la propia Le Fey.
Sólo quería apagar aquel fuego que sentía por dentro. Ese insaciable deseo.
Como fuera.
Se corrió dentro de ella, conteniendo su explosión de placer para sí mismo. La soltó agotado y se tiró en la cama a su lado, tapando su rostro con uno de sus brazos para tragar su propia vergüenza. Sintió el frío cuerpo de Le Fey pegarse al suyo y Thuggory tuvo que contenerse para no quitársela de encima.
—A estas alturas no deberías avergonzarte tanto de tu propio deseo, Thuggory —le reprochó ella casi con ternura—. Te has vuelto muy bueno en esto. Me encanta cuando te pones rudo conmigo.
Los dedos helados de Le Fey jugaron con los vellos de su pecho. Thuggory entreabrió los ojos y observó a la bruja en silencio. Parecía cansada, pero complacida y contenta. Siempre solía estar de buen humor cuando follaban, pese a que su euforia solía durar poco tiempo. Le Fey era una mujer bastante cambiante de humor, así que a Thuggory no le sorprendería que a la bruja la diera por enfadarse por cualquier nimiedad en cuestión de minutos. La reina terminó apartándose de él para levantarse y ponerse algo encima cuando Thuggory observó desconcertado los moretones con la forma de sus dedos en su cadera. Aquello no podía ser posible, pensó él, había sido brusco otras veces con ella, pero nunca había llegado a hacerle marcas tan severas que, además, aparecieran tan rápido sobre su piel.
—Le Fey, ¿qué te pasa…?
—Calla —espetó la bruja observando algo en el suelo.
La bruja se agachó a coger algo que se encontraba junto a su pantalón y cuando la bruja se giró hacia él cayó que eran las escamas de Desdentao que había encontrado antes.
—¿Esto es del Furia Nocturna? —preguntó ella con una expresión que Thuggory no supo interpretar.
—Sí, las he cogido del suelo. No sé por qué.
Le Fey observó las escamas sobre su mano en un silencio profundo. A los pocos segundos, una macabra sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Crees que habrá más por la isla?
Thuggory ladeó la cabeza confundido.
—Supongo, pero tampoco soy un experto sobre la frecuencia en la que los dragones se les caen las escamas, ¿por qué lo preguntas?
Le Fey se sentó sobre su estómago y restregó su trasero contra su pene flácido para despertar su erección de nuevo. Thuggory contuvo un gemido y Le Fey llevó una mano a sus rizos para acariciarlos mientras que cerró el puño de la otra que todavía sostenían las escamas.
—Quiero que mandes a tu gente a peinar toda la isla. Necesito todas las escamas posibles.
—¿Para qué? —cuestionó él procurando controlar su propia respiración al sentir su erección despertarse demasiado rápido.
Le Fey cogió de su pene y lo metió en una única estocada dentro de ella. Empezó a cabalgarle a una velocidad vertiginosa mientras seguía sin borrar aquella espeluznante sonrisa de su cara.
—Ya sé cómo voy a matar a Astrid, Thuggory —dijo la reina inclinándose sobre su rostro—. Voy a crear la criatura más bella y terrorífica que el Midgar haya visto jamás.
—¿Cual? —preguntó esforzándose en seguir el hilo de la conversación.
—Lo verás muy pronto, mi amor. Muy pronto.
Xx.
Astrid se despertó por la sensación de tener los pies helados. Su primer impulso fue pegarse al cuerpo de Hipo, quien gruñó molesto por lo fría que su piel se sentía contra la suya; pero, aún dormido, no la apartó, sino más bien la apretó contra él.
La bruja intentó dormirse de nuevo, pero se vio incapaz de hacerlo. Aún acomodada contra el cuerpo caliente de Hipo, las primeras luces de la mañana se colaban a través de los huecos de la cortina improvisada que habían colocado sobre la grieta de la pared. Escuchó el fuerte oleaje chocar contra la roca del pie de la montaña y estaba casi segura que se había puesto a llover. Aspiró el aroma a jabón y humo de la piel de Hipo y apoyó su mejilla contra su hombro mientras intentaba dormir un poco más.
—¿Qué hora es? —murmuró Hipo sin abrir los ojos y con la voz ronca.
Astrid rodeó su cintura con su brazo.
—Pronto —le aseguró ella—. Vuélvete a dormir.
Hipo bostezó sonoramente y Astrid no pudo contener la tentativa de acariciar su mandíbula. Le gustaba sentir el cosquilleo de su barba mañanera rozar contra la punta de sus dedos.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la bruja preocupada.
—Estoy bien —respondió él aún somnoliento—. No me gusta tomar la poción del sueño, pero al menos es un alivio no tener premoniciones mientras duermo.
La imagen de Hipo cayendo al suelo y sacudiéndose como si algún ser del Helheim hubiera poseído su cuerpo era una imagen que perseguiría a Astrid para siempre. Hasta hacía poco, los sueños premonitorios de Hipo no habían sido causa de preocupación excesiva para ambos, al menos ni una cuarta parte de lo que había supuesto su magia del fuego. Sin embargo, el hecho de que Hipo ahora pudiera tener visiones estando fuera de la fase del sueño era preocupante, más si le causaban esos ataques. El vínculo había causado un intenso dolor en su cabeza que su magia había intentado aplacar por todos los medios, pero tanto ella como Hipo habían terminado sangrando por la nariz por la actividad frenética del cerebro de su novio.
Eso por no mencionar la premonición.
Que Le Fey fuera a querer poseer su cuerpo la había pillado totalmente desprevenida; pero, en parte, suponía una ventaja. Significaba que, según el cuerpo que poseyera, la reina podía ser más o menos vulnerable y Kateriina Noldor, aún brindándole la oportunidad de ser la Reina del Salvaje Oeste, también la había expuesto a una posición mucho más vulnerable de lo que la propia Le Fey hubiera previsto. La reina aún no sabía que se le agotaba el tiempo y ellos debían aprovechar aquella ventaja como fuera. Sin embargo, aún quedaba el enigma de la supuesta criatura que Hipo había visto y de la que no había explicación alguna.
—¿Estás bien?
La voz preocupada de Hipo y su cálida mano acariciando su mejilla la sacaron de sus angustiosos pensamientos. Astrid forzó una sonrisa y apoyó su cabeza contra su pecho.
—Aún tengo el susto en el cuerpo, nada más.
—Lo siento…
—Ya te has disculpado veinte veces, Hipo —le regañó Astrid—. No es culpa tuya.
—¡Es que no entiendo por qué ahora me pasa esto! —se lamentó él frustrado—. Cuando pienso que tengo controlada más o menos mi magia, ahora me sucede esto delante de todo el mundo…
—Piensa que al menos no lo asocian con la magia —le animó Astrid.
—La gente no es tonta, Astrid —le advirtió su novio—. Se acabarán enterando tarde o temprano.
Astrid se impulsó para sentarse sobre su estómago y le besó en los labios con ternura.
—No eres un bicho raro, Hipo.
—Te equivocas —le corrigió él contra su boca—. Soy el rey de los bichos raros.
—Entonces yo seré tu reina —dijo ella con una sonrisa.
Hipo se rió antes de abrazarla. Astrid suspiró feliz cuando sintió su cuerpo calentarse gracias al suyo. Sintió otro tipo de calidez en la parte baja de su vientre y la erección de su novio contra su trasero, pero ninguno de los dos hizo ningún movimiento para romper aquel perfecto abrazo. A veces solo necesitaban estar así para saciar su necesidad mutua y, además, no podían permitirse distraerse demasiado porque tenían un viaje que organizar.
Tras las visiones de Hipo, la pareja había decidido que había llegado el momento de retomar la búsqueda del grimorio y de Finn Hofferson. Por supuesto, no le habían mencionado nada a nadie, sobre todo porque a Estoico no le haría la más mínima gracia que tuvieran que marcharse así porque sí. Hipo le había insistido que hablara sobre Finn Hofferson con su padre, pero Astrid no quería encontrar a su supuesto padre teniendo ideas preconcebidas de gente que le odiaba. La bruja se había imaginado uno y mil escenarios sobre cómo sería el reencuentro con su familia y, aunque ahora tenía garantías de que su padre estaba vivo, no estaba tan segura respecto a su madre. No había conocido a nadie que se llamara Eyra en Isla Mema y tampoco la había mencionado nadie en los meses que había vivido allí, ni siquiera Gothi o la madre de Brusca, quien aparentemente eran bastante cercanas; y, a la vista que estaba todavía bajo el hechizo de Le Fey, Astrid tampoco podía preguntárselo. Aunque, ya puestos, nunca había oído el nombre Hofferson hasta que Hipo se lo había mencionado y no era un apellido que tampoco le dijera nada.
Astrid Hofferson.
Se le hacía demasiado raro escuchar su nombre con ese apellido, incluso le inquietaba. ¿Acaso pertenecía a una mala familia? No se le había olvidado la reacción de Valka cuando Hipo le confesó que habían hablado con Finn Hofferson y Estoico le había tachado directamente como un loco. Por no mencionar al propio Hipo, quien desde que había descubierto que Hofferson era su padre había preferido mantener sus opiniones del mercenario para sí, aunque estaba claramente preocupado de cómo Hofferson podía influenciar en su relación. Astrid, en cambio, tenía claro que por mucho que Finn Hofferson fuera su padre nadie iba a decirle qué podía hacer o dejar de hacer. Además, había otra pregunta que le torturaba:
Si Finn era su padre, ¿por qué no la había buscado?
Temía que Le Fey no le hubiera mentido con lo de que sus padres la hubieran abandonado. Quería pensar que Eyra no hubiera permitido algo como eso, pero de ser el caso eso quería decir que ella…
La bruja sacudió la cabeza.
No iba a pensar en eso ahora. Si algo le había pasado a Eyra, prefería escucharlo de la boca de su padre. Además, quedaba una incógnita más que tenía a Astrid preocupada. Si Eyra era familia directa de Gothi y ella realmente era su hija, eso quería decir que por sus venas corría sangre de Volvä. Astrid nunca había tratado con Völvas porque le había enseñado que las brujas de Freyja y las Völvas de Odín no podían ser aliadas por la simple razón de que no estaban en el mismo nivel. Sin embargo, Gothi había conseguido parar los pies de Le Fey utilizando un hechizo cuya naturaleza ni entendía ni podía percibir. La bruja no le achacaba que no le hubiera contado nada; es más, aparentemente ninguna de las dos se había dado cuenta de que podían ser familia y era posible que Gothi no lo supiera todavía. Aún así, Elea la sirena le había advertido que había convivido con sangre de su sangre, ¿podría haber sido Gothi? Tendría sentido si Eyra era realmente su madre. Lo que tenía claro es que, fueran familia carnal o no, tenía que salvar a Gothi como fuera y estaba segura de que el grimorio podría tener un contrahechizo frente a la maldición que Le Fey le había lanzado.
Hipo volvió a quedarse dormido y Astrid decidió levantarse con cuidado de no despertarlo. Se vistió y se pasó la mano por su pelo para peinarlo inútilmente. Deslizó la cortina de la pequeña cueva con cuidado y salió a la galería en dirección a las escaleras que bajaban al vestíbulo principal. Mucha gente ya se había levantado para preparar el primer turno de desayuno y repartirse las tareas de limpieza y orden del lugar. Nadie tenía realmente claro qué debía hacer, pero le resultaba increíble cómo los humanos improvisaban lo que fuera con tal de mantenerse ocupados. El reinado de terror impuesto por Le Fey y por Drago había supuesto una huída masiva de refugiados de todos los rincones del Archipiélago y a Astrid disfrutaba con la variedad de acentos que podían escucharse entre aquel cúmulo de personas. Más de la mitad de las personas que se encontraban allí eran mujeres que habían huído de las inspecciones o personas que no se habían visto afectadas por el hechizo de Le Fey como había sido el caso de Camicazi. También había bastantes niños, algunos estaban con sus padres u otros familiares, pero muchos de ellos habían huído solos de sus islas, escondidos en las bodegas de los barcos mercantes, no muy seguros de dónde iban a terminar.
Astrid caminó hasta el pasadizo que llevaba al hospital de campaña que se había improvisado a raíz de la batalla en la Isla de los Marginados. La mayor parte de los heridos ya se habían retirado de allí, pero aún quedaban enfermos muy graves a causa de infecciones y habían fallecido un par de personas antes de que Astrid tuviera oportunidad de ponerse al día con el funcionamiento de la isla. No se sorprendió de encontrar a Brusca allí, cambiando cataplasmas y vendajes tal y como Astrid le había enseñado pocos días antes. Cómo ya había sucedido durante la epidemia que azotó Mema, Brusca demostró ser una ayudante sobresaliente: mordaz, pero muy eficiente. Los pacientes la temían porque Brusca no titubeaba para obligarlos a comer y, tal y como indicaba su propio nombre, no era especialmente delicada con el tratamiento de las heridas. Al no tener ya sentido ocultar su identidad ante los refugiados, Astrid usó su magia para preparar pócimas del dolor más efectivas y en realizar otros tratamientos que había aprendido cuando estuvo en el aquelarre y de lo que se acordaba de haber leído del grimorio. Brusca siempre se pegaba a ella cuando usaba su magia, fascinada por su eficacia y probablemente por la misticidad que transmitía.
—Has madrugado hoy —la saludó Brusca—. ¿Te has caído de la cama?
Astrid saludó al hombre que estaba tumbado en la cama junto a Brusca y éste le respondió con un gesto en la mano y una sonrisa radiante. La bruja había conseguido parar una infección que casi le había hecho perder la pierna y, desde entonces, el hombre siempre parecía encantado de verla, al igual que la mayoría de los pacientes que se encontraban allí. En realidad, Astrid estaba convencida de que les caía bien porque era un poco más delicada que Brusca cuando les cambiaban las heridas y siempre se preocupaba de darles una ración extra de comida para asegurarse de que estaban bien nutridos.
Ojalá pudiera decirse lo mismo con el resto de los refugiados…
—Tenía frío y no he podido volverme a dormir, ¿cuánto llevas aquí?
—Un par de horas —respondió Brusca sirviendo un tazón de leche al hombre que se encontraba entre ellas—. Luego pásate a ver a Gothi, la infección ya ha subido hasta su codo.
La bruja asintió con gravedad y ayudó a Brusca a servir los desayunos a la vez que la vikinga se puso a hacer su interrogatorio mañanero:
—¿Si te pidiera que transformaras a Mocoso en un cerdo lo harías?
Astrid puso los ojos en blanco.
—No funciona así, Brusca.
—¿A qué te refieres? —preguntó la vikinga con inevitable curiosidad.
—Metamorfosear un cuerpo humano a otro de otra especie no solo requiere una inmensa cantidad de magia, sino que supone quebrar el equilibrio físico y mental de dicha persona —explicó Astrid—. Si transformara a Mocoso en cerdo, probablemente no conseguiría hacerlo del todo, se quedaría en un término intermedio entre humano y cerdo y, a menos que Mocoso tuviera una resistencia especial contra la magia, o bien moriría como consecuencia de la transformación o perdería la cabeza entre su identidad humana y la animal. Además, ya te digo que requiere una energía mágica desorbitada y pocas brujas tienen tanto poder.
—¿Ni siquiera tú? —cuestionó Brusca poco convencida.
Astrid soltó un largo suspiro.
—No soy ni una tercera parte de lo poderosa que piensas que soy, Brusca.
—Heather no dice eso.
—Heather dice muchas cosas y la mayoría ni siquiera son verdad.
Aún habiendo estado despierta poco más de una semana, Astrid no se había molestado en ir a ver a Heather. Seguía encerrada en los calabozos que había bajo la montaña y Brusca y Camicazi le habían dicho que había preguntado más de una vez por ella. Sin embargo, cuando Hipo le comentó el motivo real por el que la habían encerrado allí, Astrid decidió que quedarse un tiempo allí abajo sería darle algo de su propia medicina. Brusca, quien realmente tampoco estaba tan molesta por lo que Heather le había hecho, le insistía a que fuera a verla.
—¿No se supone que erais las mejores amigas?
—Tú misma lo estás diciendo: éramos —señaló Astrid de mala gana—. No me fío ni un pelo de ella, más después de que amenazara con revelar a Le Fey de que ya no tenemos el grimorio.
—Sabes que no lo decía en serio y… —intentó defenderla Brusca.
—Brusca —le cortó Astrid con sequedad—. Sé cómo funciona Heather y sé cómo son las de mi especie, Heather intentará volver con Le Fey a la mínima oportunidad que le surja.
La vikinga tomó la prudente decisión de no insistir y ambas trabajaron en silencio hasta que, al cabo de un rato, apareció Estoico. El padre de Hipo estaba haciendo un esfuerzo titánico por llevarse bien con ella, algo admirable no cabía duda, pues Astrid sabía bien que ella no era plato de su gusto. Había un sector importante entre los refugiados que no parecían especialmente contentos con ella y se habían acostumbrado a mostrar su desprecio cada vez que la encontraban sola por la isla. La había llamado de todo, desde bruja —en el sentido más despectivo de la palabra— hasta puta, aunque por suerte nadie se había atrevido a ponerle un dedo encima, seguramente por miedo a lo que Hipo o el propio Estoico Haddock pudieran hacer si se enteraban de que se estaba tratando mal a la amante de un Haddock. Aunque era imposible no sentirse dolida por aquellas muestras de asco y desdén hacia ella, Astrid procuró mostrarse indiferente a esos ataques y se esforzó en no dejarse llevar por su propia ira por miedo a que su magia pudiera escapar de su control.
—Buenos días —las saludó Estoico educadamente, pero se dirigió directamente a Astrid—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Astrid asintió y siguió al hombre hasta fuera de la estancia. Estoico carraspeó algo incómodo, aún acostumbrándose a tratar con ella como la pareja de su hijo y no por lo que realmente era.
—¿Cómo ha dormido Hipo hoy? —preguntó ansioso.
—Duerme bien desde que le doy mi poción del sueño —le prometió ella, aunque el hombre no parecía convencido—. Estoico, Hipo está bien, de verdad.
—Ninguno de los dos habéis sido capaces de decirme cómo funciona su magia, así que no busques engañarme, Astrid —le advirtió Estoico con severidad.
La bruja respiró hondo para armarse de paciencia.
—Hipo apenas lleva un año usando su magia —razonó la bruja—. Todas las brujas hemos sufrido nuestra magia en nuestras propias carnes, sobre todo cuando recién empezamos a usarla, por lo que por mucho miedo que pueda dar es una cosa normal.
—¿No hay manera de pararlo o bloquearlo? —cuestionó el hombre ansioso.
Astrid sintió un nudo en su estómago.
—La magia no es algo que se pueda quitar o que desaparece sin más —comentó ella con tristeza—. Estoico, tal vez tengas que asumir que su magia forma parte de él ahora. A Hipo le llevó mucho tiempo aceptarlo y aún lo sigue procesando, pero será infinitamente más fácil para ambos si ponéis de vuestra parte…
Estoico apretó los puños.
—¿Por qué le pasa esto, Astrid? ¿Es por el vínculo que os une? ¿O le ha maldito Le Fey?
La bruja negó con la cabeza.
—Al principio pensé que el vínculo provocaba que me robara mi magia; pero, salvo en contadas ocasiones, ninguno de los dos hemos mostrado tener los mismos dones. No he vuelto a tener visiones del futuro desde que los poderes de Hipo se han... asentado, como quien dice, e Hipo jamás ha dado muestras de poder controlar mi poder —la bruja intentó poner en orden sus ideas, consciente de que era muy difícil hablar del origen de los poderes de Hipo teniendo tan claro que Valka y el nido tenían algo que ver al respecto—. Estoico, es muy importante que no agobies a Hipo con esto. Tu hijo es una bolita de estrés que me ha costado equilibrarlo y sé que el haber vuelto aquí supone trastornarlo por completo.
—¡¿Trastornarlo?! —rugió Estoico—. ¡¿No ha sido suficiente que tú…?!
El hombre calló de repente —aunque Astrid sabía perfectamente qué iba a decir— y se pellizcó el puente de la nariz mientras probablemente contaba hasta diez para calmarse. La bruja espero pacientemente hasta que Estoico se tranquilizó lo bastante para preguntar:
—¿Qué puedo hacer? ¿Cómo lo hago más fácil?
—Hablar con él —sugirió ella—. Normalizarlo, Estoico. Hipo sigue siendo Hipo, aún pudiendo hacer magia.
El hombre frunció el ceño.
—Hipo no es de los que quieran hablar —se quejó Estoico.
—¡Porque es igual de cabezón que tú! —reclamó la bruja exasperada y el vikingo hizo un mohín—. Es curioso que Hipo suela decir que no os parecéis en nada cuando yo creo que os parecéis demasiado. Tu hijo es muy reservado, Estoico, pero porque teme que los demás le desprecien por cómo se siente o por verse débil.
—Él no es débil —replicó el hombre molesto.
—¿Crees que no lo sé? —dijo ella ofendida—. Probablemente yo le conozca mejor que tú.
Aquellas palabras hirieron a Estoico, pero Astrid sabía que había verdades que no se podían negar. La falta de comunicación entre Hipo y su padre había causado una brecha enorme entre ellos y Astrid temía que sus difíciles caracteres les llevara de nuevo a un distanciamiento abismal, similar a cuando Estoico descubrió que ella era una bruja. Sabía que padre e hijo estaban haciendo un enorme sobreesfuerzo por no enfadarse el uno con el otro, pero Hipo estaba resentido desde varios frentes; el primero, por supuesto, su madre. El encuentro con Valka le había dejado confundido y con una espantosa sensación de abandono por parte de su madre que él difícilmente podía perdonar; es más, cada vez que Astrid sacaba el tema de su madre, su novio cambiaba radicalmente de tema. Por otra parte, la carga de ser hijo de su padre y el Maestro de los Dragones, el cual suponía volver a poner sobre sus hombros la terrible carga de tener que cumplir con las expectativas de los demás. Había refugiados que aún se mostraban reticentes con Hipo, sobre todo cuando la veían con ella, pero la mayoría sentía que el joven heredero de Isla Mema era un símbolo de esperanza cara a ganar la guerra contra Le Fey. Como venía siendo costumbre, Hipo procuraba ocultar su agobio e incluso enfado bajo esa fachada que tanto había trabajado con los años cuando vivía en Mema, cosa que sacaba a Astrid de quicio y le preocupaba que Hipo volviese a arrastrar con la ansiedad e incluso la depresión que llevaba años sufriendo.
—Siento que le he defraudado como padre —confesó Estoico apesadumbrado.
Astrid parpadeó sorprendida.
—Estoico, dudo mucho que Hipo se sienta decepcionado contigo —se apresuró en aclarar Astrid—. El reencuentro probablemente no haya sido el más propicio, pero puedo asegurarte que está loco de contento porque estás vivo. Lo pasó fatal cuando pensó que te habían matado y no ha sido él mismo desde entonces. No te haces una idea de lo horrible que fue no poder dar consuelo a tanto dolor, más sintiéndose tan culpable…
—Hipo no tiene culpa de nada —le defendió Estoico—. Yo… tenía que haber intervenido mucho antes. Haberme impuesto al Consejo aún sabiendo que perdería la Jefatura. Si hubiera anulado la boda…
—Nada habría cambiado —le cortó Astrid—. Le Fey habría conseguido alcanzar el poder de igual manera.
Estoico sostuvo su mirada durante unos largos segundos.
—Nunca supe el por qué te echaron del aquelarre. Ni siquiera sé cómo Hipo acabó vinculado contigo.
—Es una historia muy larga.
El vikingo puso los ojos en blanco.
—¿Os ponéis Hipo y tú de acuerdo para no contarme nada diciéndome que todo es una historia demasiado larga? —reclamó el hombre irritado.
Astrid no pudo evitar una pequeña risita.
—Hipo es mejor contador de historias que yo —le aseguró—, pero el resumen del resumen es que Le Fey y yo tenemos desde siempre una relación muy complicada y cuando tuvo la oportunidad me quitó de en medio. Acabé en Isla Mema porque tenía intención de que el aquelarre me matara en algún ritual y ya sabes cómo funciona tu hijo: aparece en el momento más inoportuno. Me salvó la vida y, como castigo, Le Fey nos vinculó.
Estoico frunció el ceño.
—¿Pero por qué te echó?
Astrid se apoyó contra la pared.
—¿Por qué te interesa tanto saberlo?
—Porque, por ejemplo, no tiene sentido echar a una persona que ha sido mi mano derecha por tanto tiempo de mi tribu —razonó el vikingo desconcertado—. No te conozco muy bien, Astrid, pero sé que eres una chica lista y una gran combatiente. Brusca me contó que pusiste a Thuggory contra las cuerdas y cualquiera no vive para contarlo. Por esa razón no entiendo por qué Le Fey, pudiendo contar con tu ayuda para conquistar el Archipiélago, haya decidido desprenderse de ti.
Astrid sacudió los hombros.
—Me ordenó que robara una bebé y matara a su madre —explicó la bruja y Estoico palideció—. No lo hice, si es lo que te preocupa. Yo ni robo bebés ni asesino a inocentes. Le Fey se lo tomó como una afrenta contra su autoridad y el resto es historia. Sin embargo, puedes estar tranquilo, soy infinitamente más feliz ahora que puedo ser yo misma.
Estoico no parecía muy seguro de qué debía decir.
—No has tenido una vida fácil.
—No, para nada —le aseguró ella—, pero es lo que me ha tocado.
—¿Y no sabes quienes son tus padres? —preguntó Estoico con inevitable incertidumbre y la bruja sintió que su estómago daba un vuelco—. Si Le Fey te obligó a robar bebés… ¿significa también que hicieron lo mismo contigo?
Astrid entreabrió la boca desconcertada. ¿Debería decírselo? Hipo le había insistido que le preguntara a su padre sobre los Hofferson y sobre Eyra, pero Astrid se había negado siempre. Por un lado, se moría de ganas de abordar a preguntas a Estoico, pero por otro le aterraba conocer la verdad. Ya no solo por los escabrosos detalles que Estoico podría dar sobre Finn, sino también sobre Eyra. ¿Y si estaba muerta? Astrid no tenía ni siquiera la absoluta certeza de que aquellas personas fueran realmente sus padres, pero aún así…
—Yo…
—¿Papá? ¿Astrid? ¿Qué hacéis aquí?
Hipo caminaba hacia ellos desde el final del pasillo con una expresión extrañada en su rostro. Astrid forzó una sonrisa y se apartó de la pared mientras Estoico carraspeó algo incómodo.
—Astrid me estaba poniendo al día con el estado de los heridos —se excusó Estoico.
El joven estrechó los ojos, poco convencido de que estuviera contándole la verdad, y se inclinó para besarla en la mejilla. Aunque ambos procuraban no mostrarse excesivamente cariñosos en público, a veces no podían evitar pequeños gestos de afecto, sobre todo Hipo, quien parecía tener la necesidad de dejar bien claro que Astrid iba con él.
—Pensaba que ibas a dormir un poco más —comentó Astrid.
—He dormido más de lo que he dormido en meses, As —se quejó Hipo—. Además, se me olvidó comentarte que mi padre me dijo para reunirnos con Camicazi y con Alvin.
—¿Para qué? —replicó ella extrañada.
—Para saber cual es el siguiente paso que tenemos que dar —respondió Estoico por su hijo muy serio—. Espero que te animes a venir, Astrid. Tú conoces a Le Fey mejor que cualquiera de nosotros.
Astrid miró a Hipo de reojo. Su mente había estado tan enfocada en que Hipo se recuperara del todo para ir a buscar a Finn Hofferson, que tampoco se había detenido a pensar en cuál era el siguiente paso que debían tomar el resto. Temía que Estoico intentara aplazar sus planes y, sin el grimorio, Gothi no tendría ninguna posibilidad. Además, aún tenían que descubrir dónde demonios se encontraba Hofferson.
Se reunieron en una sala pequeña que quedaba cerca del invernadero. Según entró, Astrid olió la mezcla de hierbas que la curandera del aquelarre del Vindr había usado con frecuencia para sus ungüentos. Nadie había limpiado aquel lugar, Astrid no estaba segura si había sido por dejadez, por respeto o por miedo, y aún quedaba rastro de la última jornada de dicha bruja. Apuntes de recetas aún por terminar, botes de hierbas y flores medicinales a medio preparar, pequeñas notas con diferentes caligrafías que Astrid leyó por encima y vio que se trataban de peticiones de pócimas de otras brujas del aquelarre: remedios por la artrosis, antiarrugas, medicina para las náuseas matinales...
—¿Astrid? ¿Estás con nosotros?
La voz de Estoico hizo que Astrid diera un pequeño bote y, avergonzada por su distracción, caminó hacia la mesa donde se habían sentado. La reunión inició con cuestiones rutinarias: datos sobre el abastecimiento que proporcionaba la isla y que el aquelarre del Vindr contaba; la construcción de un establo improvisado para los dragones que por su tamaño no podían entrar en la montaña; el estado de las personas que se encontraban bajo el hechizo de Le Fey y de los heridos que quedaban de la batalla… A excepción de aquello último, Astrid no abrió la boca en toda la reunión. Se redujo a escuchar de vez en cuando la conversación y a tramar mentalmente sus propios planes de cómo podían encontrar a Hofferson.
—Doy por hecho de que todo lo que estamos hablando son medidas provisionales, ¿verdad? —dijo Alvin con voz áspera—. No quiero pudrirme en esta isla endemoniada por el resto de mis días.
—¿Y qué quieres? —cuestionó Camicazi irritada—. ¿Volver a tu isla para saludar a Le Fey y compañía?
—No —respondió el Jefe de los Marginados y, por alguna razón, clavó sus azules ojos en Astrid—, pero tampoco quiero esconderme para siempre. Hay que matar a la bruja y a Thuggory.
Astrid chasqueó con la lengua.
—No será fácil —señaló ella.
—Si lo fuera ya la habríamos matado —replicó Alvin molesto—. Pero si vosotros dos habéis vuelto al Archipiélago es por algo, ¿no?
—Volvimos porque sabíamos que había una resistencia contra Le Fey no porque supiéramos cómo matarla —aclaró Hipo con voz sosegada para calmar la tensión del ambiente.
—¿Y cómo demonios supistéis que había una resistencia? —cuestionó Camicazi con sospecha.
Astrid e Hipo intercambiaron las miradas antes de responder:
—Nos los dijo... una sirena.
Los dos hombres y Camicazi les observaron cómo si estuvieran delante de la mismísima sirena, por lo que Astrid decidió intervenir.
—Las brujas no somos los únicos seres sobrenaturales que habitan en el Midgar con los humanos —explicó intentando sonar razonable—. Mi especie cada vez sufre más las consecuencias de las persecuciones de los cazadores de brujas y los cristianos, pero no somos las únicas a las que los humanos han querido destruir desde siempre: sirenas, lamias, duendes, trolls, unicornios…
—¡Espera, espera! —le cortó Camicazi atónita—. ¿Los trolls existen? ¿No era un cuento para meter miedo a los niños?
—Existen una infinidad de criaturas que piensas que son cuentos —comentó Astrid—. ¿Crees que alguien se los inventó porque sí? Los humanos no tenéis ni una cuarta parte de la imaginación que pensáis que tenéis.
—¡Oye! ¡Tampoco hay que pasarse! —replicó Camicazi indignada.
Astrid iba a replicar, pero Hipo le hizo un gesto para que no siguiera discutiendo.
—La cuestión sobre la sirena es que nos lanzó una serie de profecías que necesitamos cumplir para vencer a Le Fey —explicó el vikingo.
—¿Y cuales son? —preguntó Estoico.
Hipo cruzó su mirada con la suya para saber si podía hablar de eso con ellos y la bruja asintió.
—Tenemos que encontrar lo que el guardián esconde, restaurar una línea de sangre perdida, amansar a un hombre tuerto, encontrar el perdón y tres deben sacrificar lo imposible.
Se hizo un tenso silencio en la sala y Astrid observó cómo Alvin buscaba la mirada de Estoico quién a su vez no apartaba la vista de su hijo. El padre de Hipo tragó saliva y preguntó:
—¿Habéis encontrado respuesta a todas esas profecías?
—No, pero sabemos quién es el guardián y el hombre tuerto —respondió Astrid sin pensarlo.
Hipo volteó la cabeza con brusquedad hacia ella y la bruja se dio cuenta que había metido la pata mencionando al guardián. Camicazi intervino esta vez:
—¿Quiénes son?
—El tuerto es Finn Hofferson —se apresuró a responder Hipo y Estoico y Alvin jadearon sorprendidos—. Sabemos que está en el Archipiélago y tenemos intención de ir a buscarlo porque nos robó el grimorio.
—¿El qué? —dijo Alvin confundido.
—Un libro mágico —aclaró Astrid—. Lo encontramos en Isla Mema bajo la posesión de Kaira Gormdsen y Le Fey lo quiere a toda costa.
—¿Y por qué demonios tiene Hofferson vuestro libro?
Hipo procedió a relatar con detalle lo sucedido en Londinium. Tanto Estoico como Alvin parecían especialmente trastornados al enterarse de que Finn Hofferson trabajaba para Thuggory y le había pagado una cuantiosa cantidad de dinero para atraparlos. Camicazi, en cambio, no parecía comprender a qué venía tanto drama.
—¿No podemos atraparlo y ya está?
—Finn Hofferson no es alguien a tomar a la ligera, Camicazi —le advirtió Alvin—. Cuando Estoico lo exilió de la isla, acudió a la mía y al final terminé echándole.
—¿Por qué? —cuestionó Astrid desconcertada.
—Bueno, a parte de ser un borracho, es un hombre sumamente violento —contestó Alvin.
—Los vikingos siempre lo sois —le advirtió la bruja.
—Finn Hofferson tiene su propia categoría —insistió Alvin—. Se peleaba con todo el mundo, era una bestia que fácilmente podía noquear a cualquiera y no había quién lo soportara. No paraba de repetir una y otra vez que había que reclamar la posesión de Isla Mema y matar a los Haddock —Estoico apretó los puños ante ese comentario, pero no replicó—. Yo estaba muy resentido con Estoico por aquel entonces, pero tenía claro que no iba ejecutar ningún ataque contra Mema hasta estar preparados y no quería contar con Hofferson para nada. Terminé echándolo de mi isla y no le he vuelto a ver desde entonces.
—¿Qué es lo que hizo para que tuvierais que expulsarlo de Isla Mema? —cuestionó Camicazi dirigiéndose a Estoico.
El hombre suspiró agotado.
—Intentó arrebatarme la jefatura —respondió Estoico.
Hipo frunció el ceño mientras Astrid alzó las cejas sorprendida.
—Pensaba que la conspiración contra la Jefatura se penaba con la muerte —dijo Hipo con frialdad.
—Hice una excepción —apuntó su padre.
—¿Por qué? —insistió Hipo furioso.
—Porque se lo debía —respondió Estoico a la defensiva por el tono de su hijo—. Ese hombre perdió la cabeza, Hipo. Enfocó toda su ira en mí y no… No podía condenarlo a morir.
Hipo quería replicar a su padre, pero Astrid decidió intervenir al sentir que la tensión y los nervios causados por aquella conversación no le dejaban respirar. No deseaba verse vulnerable y mucho menos por Finn Hofferson.
—La cuestión es que necesitamos encontrar a Finn. Ya no solo porque posee el grimorio que es imprescindible para curar a Gothi, sino porque Le Fey lo quiere por encima de cualquier cosa. Si Hofferson es el hombre tuerto de la profecía entonces tenemos que amansarlo como sea —se dirigió a Hipo, quien mantenía una expresión taciturna—. ¿Verdad, Hipo?
La pareja sostuvo sus miradas en silencio. Aunque no podían hablar con la mente, ambos se conocían tan bien que muchas veces no necesitaban comunicarse en voz alta para entenderse. Astrid sabía que Hipo estaba en una tesitura. Guardaba mucho rencor hacia Finn por razones evidentes y más ahora que había descubierto que Hofferson había conspirado contra Estoico para quitarle de la Jefatura, pero también sabía que Finn podía ser su padre y, de ser así, Hipo tampoco podía actuar en su contra. Los sentimientos de Astrid también eran encontrados. Le era muy difícil asociar el Finn del presente con el Finn de sus visiones, quien parecía un hombre tierno y atento por su esposa e hija y no dudaba en hacer lo que fuera, incluso ponerse en contra de su propia familia, con tal de protegerlas.
Había algo que no encajaba en esta historia.
Aunque Astrid odiaba planteárselo, existía la posibilidad de que Eyra hubiera muerto de alguna manera y que Finn pensara que ella también había muerto o desaparecido. Y, de igual forma, le seguía sin encajar que el Finn de su visión y el del presente fueran la misma persona. ¿Qué había pasado para que aquel hombre tan guapo y amable se transformara en un mercenario borracho y sucio que no dudaba en prestar sus servicios al mejor postor e incluso a tomarla con un niño como lo fue Hipo? Estoico había asegurado que Finn había perdido la cabeza hacía años, pero era reticente a la hora de entrar en detalles, como si aquello le afectara de alguna forma.
Astrid necesitaba respuestas, pero quería escucharlas primero de la boca de Finn.
Nunca le había gustado tener ideas preconcebidas de nada o de nadie. A lo largo de su vida, todas las brujas de su aquelarre habían tenido una idea preestablecida de ella a raíz de las mentiras que Le Fey, Anya y otras brujas habían extendido de ella. Por esa misma razón, Astrid siempre había trabajado para formarse sus propias opiniones y sin verse influenciada por nadie. Eso no quería decir que lo hubiera conseguido del todo, dado que su impresión de los humanos y los dragones había resultado ser totalmente errónea, pero al menos se esforzaba en ser fiel a sí misma y a su propia percepción de las cosas.
—De igual manera, tendríamos que enfocarnos en otras cuestiones —apuntó Alvin con severidad—. No digo que tengáis que hacer caso a una sirena, pero si vamos hacer frente a Thuggory y a todo el ejército de la reina y a los tramperos de Drago necesitaremos nuestra propia armada.
—¡Ja! —exclamó Camicazi con amargura—. ¿Y de dónde vamos a sacar una? Todos los que estamos aquí o son gente que no ha cogido un arma en su vida o están todavía arrastrando las heridas de la última batalla. Por no mencionar, que somos cuatro pelagatos en comparación a las tropas de la reina.
—Necesitamos aliados —dijo Estoico convencido.
—Sí, ¿pero quién? —reclamó Camicazi con impaciencia—. Los Jefes que no están bajo el hechizo de la reina, están demasiado acojonados como para llevarle la contraria. Sino, ¡mira Dagur! Se negó en rotundo a ayudarnos y es porque tiene miedo.
—Yo hablaré con él —intervino Hipo de repente.
Todos miraron a Hipo desconcertados y éste sacudió la cabeza.
—Dagur nos ayudará si se lo pido yo —aclaró el vikingo.
—Hipo… —empezó Estoico.
—Ya me dijo que no, Hipo —le advirtió Camicazi con impaciencia.
—Porque entonces no sabía que yo estaba aquí —replicó Hipo muy serio—. Sabes bien por qué me dirá que sí.
—¿Por qué te va a decir que sí? —preguntó Astrid extrañada.
Alvin y Estoico se removieron incómodos en sus asientos, mientras que Camicazi e Hipo bufaron antes de que su novio respondiera:
—Dagur siempre ha cedido a casi todo lo que le he pedido.
Astrid comprendió en ese instante a qué se estaba refiriendo. Salvo la noche del Festival del Deshielo, Astrid jamás se había cruzado con Dagur, por lo que no se había detenido a observar si el vikingo mostraba cierta devoción por su novio. Sabía que su presencia incomodaba a Hipo, pero no había sospechado que iba más allá de sus confrontaciones pasadas y su carácter alocado e invasivo. De haber habido algo entre ellos, Hipo ya se lo habría dicho, de eso estaba segura. Es decir, ambos habían hablado de sus aventuras sexuales e Hipo le había confesado hacía tiempo que había tenido un par de experiencias acostándose con otros hombres, por tanto sabía que de haber sucedido con Dagur se lo habría contado. Quedaba claro que aquello era un amor no correspondido, en la que Hipo había establecido unos límites que Dagur no podía traspasar si deseaba mantener su amistad.
Sintió cierta lástima por Dagur, aunque no demasiada teniendo en cuenta que quería acostarse con su novio.
—Independientemente de que Dagur ceda a tu petición, es demasiado arriesgado que salgas de esta isla, Hipo —le advirtió Estoico con voz severa.
—No iría solo, Astrid vendría conmigo —replicó el joven muy serio.
—Sois las personas más buscadas en todo el Archipiélago —remarcó Alvin—. Y te recuerdo, Hipo, que eres el único que vuela un Furia Nocturna. Si os ven os reconocerán enseguida.
—Iremos de noche —intercedió Astrid—. Si es cierto que Dagur estaría dispuesto a ayudarnos, entonces no hay tiempo que perder. Le Fey nos saca ventaja y está claro que si queremos reorganizarnos necesitamos contar con toda la ayuda que podemos disponer.
—Dagur no será suficiente —espetó Alvin molesto.
—Pero sería un principio —insistió la bruja exasperada—. Después de hablar con Dagur podríamos sopesar más opciones y empezar líneas de acción más pequeñas y estratégicas que no requieran un ejército enorme.
Hipo frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Le Fey cuenta con una parte muy importante de los ejércitos del Archipiélago, la flota de los Cabezas Cuadradas y la de Drago. Eso sin mencionar a su ejército de brujas a las que todavía tiene en reserva para cuando se sienta realmente amenazada. Si desmantelamos puntos estratégicos para la reina, tal vez tengamos más posibilidades —los humanos la observaron desconcertados y Astrid intentó ser más precisa—. Isla Mema es el epicentro del Archipiélago. Habría que descubrir quién es el Jefe ahora que Lars Gormdsen está bajo nuestra custodio, pero si consiguiéramos recuperar la isla, sería robar un centro de mando esencial para Le Fey. Lo mismo pasa con los tramperos de Drago o los barcos de Thuggory, si nos deshacemos de un parte de ellos debilitaríamos ambos ejércitos. Podríamos incluso plantearnos liberar a los dragones y a los presos de Drago para…
—Todo eso que quieres hacer suena muy bonito, bruja; pero requiere un equipo entrenado y dispuesto a meterse en misiones claramente suicidas.
—Yo puedo entrenar a todo aquel que esté dispuesto a unirse —replicó Astrid con furia—. ¿Te crees que no sé de lo que hablo, Alvin? He dedicado toda mi vida a entrenarme para la guerra. Conozco a Le Fey más que a nadie en esta isla y habré librado más batallas contra Drago que cualquiera de vosotros. Soy una bruja que sabe cómo funciona el ejército de brujas de Le Fey porque es lo que es hoy gracias a mí. ¿Queréis ganar esta guerra? Pues quizás es el momento de que empecéis a escucharme de una puta vez.
Se hizo un tenso silencio en la mesa. Astrid estaba furiosa ante la desconfianza mostrada por Alvin y el poco apoyo de Estoico y Camicazi, pero estaba convencida de que si se planteaba una buena estrategia podría tener posibilidades. ¡Por Freyja! ¡Estaba hasta dispuesta a tragarse su orgullo y pedir ayuda a otras brujas, aunque fuera de rodillas, con tal de conseguir más aliados! Lo que tenía claro es que ella no iba a esconderse. Astrid e Hipo se habían jurado que si regresaban al Archipiélago era para destruir la dictadura de Le Fey como fuera y si para ello tendrían que convertirse en terroristas, que así fuera. Después de todo, ella había servido a Le Fey toda su vida, nada podía ser peor que eso.
—Propongo someterlo a votación —dijo Camicazi—. Que levante la mano quién considere que Hipo y Astrid deben ir a la Isla Berserker a solicitar el apoyo de Dagur y su ejército.
La pareja levantó la mano y, para su grata sorpresa, Camicazi también la alzó. Estoico sostenía en silencio la mirada de su hijo y sus puños estaban blancos que lo estaba apretando.
—¿Y si te atrapan? —preguntó Estoico.
—No lo harán.
—Hipo…
—Papá, no eres el único en esta sala que me sobreprotege.
Astrid no pudo contener un pequeño amago de sonrisa.
—No me fío de Dagur —insistió Estoico—. Ya nos ha traicionado en el pasado.
—Muy en el pasado —matizó Hipo—. Desde que firmamos el tratado de paz no ha dado ni un solo atisbo de ir en nuestra contra.
Su padre seguía sin estar convencido y parecía poco dispuesto a acceder a su marcha.
—Estoico, danos un voto de fe —le pidió ella con cautela—. Volveremos sanos y salvos, te lo prometo.
—¿Y cómo sé que puedo creer en tu palabra, Astrid?
—¡Papá! —exclamó Hipo indignado.
Astrid, sin embargo, se mantuvo muy calmada, consciente de la razón por la que Estoico seguía desconfiando de ella.
—¿Acaso no cumplí con mi palabra de protegerlo cuando huímos de Mema? —reclamó la bruja—. Quiero a tu hijo, Estoico, y pobre del que se atreva ponerle un dedo encima. Conmigo estará más seguro que con nadie de esta isla, te lo garantizo.
A la vista de que no iba a cambiarles de parecer y que no había otra sugerencia sobre la mesa, a Estoico no le quedó otro remedio que acceder. Se estaban levantando de la mesa dispuestos a ponerse mano a la obra con los preparativos cuando Alvin exclamó:
—¡Esperad!
—¿Qué pasa ahora? —cuestionó Astrid con fastidio.
—Decíais que, además del hombre tuerto, debéis descubrir qué ocultaba el guardián y sabíais quién era.
Astrid tragó saliva a la vez que Hipo se tensionaba a su lado. Ninguno fue capaz de hablar, lo cual pareció alarmar al resto.
—¿Y bien? —reclamó Alvin.
—No podemos decir quién es —respondió Astrid sin querer parecer excesivamente nerviosa.
—¿Por qué no? —preguntó esta vez Estoico desconcertado.
—Se lo prometimos —insistió la bruja.
Hipo dibujó una mueca de desagrado y se retiró del lugar. Astrid abrió la boca, pero decidió que lo mejor era callarse y marcharse también, dejando a los humanos más bien confundidos. Cuando Astrid intentó disculparse con Hipo por su cagada; su novio, como venía siendo costumbre, cambió de tema y se puso hablar sobre el viaje. Para mediodía, sus alforjas ya estaban preparadas con provisiones, agua y un mapa que Hipo había preparado en base a la ubicación que le había dado Astrid. Debían viajar de noche, por lo que decidieron dormir algo después de comer, aunque Brusca la paró a medio camino de su habitación algo alarmada.
—¿Qué es eso de que te vas? ¿Adónde?
—Brusca…
—¿Por qué demonios os vais? ¡Os necesitamos aquí! —chilló la vikinga indignada.
—Brusca, solo nos vamos un par de días a la Isla Berserker para pedirle ayuda a Dagur. Volveremos antes de que te des cuenta y sé que te arreglarás bien con Gothi y el hospital de campaña.
—Astrid, Dagur os dirá que no —dijo Brusca desesperada—. Yo estuve allí cuando se negó a ayudarnos. No va a jugarse la existencia de su pueblo por nadie, ni siquiera por Hipo.
—Brusca, por favor…
—Iré con vosotros —declaró la vikinga.
—¡No! —exclamó Astrid con firmeza—. Tienes que quedarte aquí.
—¿Por qué? —reclamó Brusca molesta—. ¡Lo que queréis es marcharos otra vez!
—¿Qué? ¡No! —chilló Astrid sorprendida—. Brusca, no vamos a irnos del Archipiélago, pero hay cosas que sólo Hipo y yo podemos hacer. Verás, no nos marchamos solo a pedirle ayuda a Dagur, queremos aprovechar el viaje para buscar a Finn Hofferson.
La vikinga ladeó la cabeza extrañada.
—¿El tipo que os robó el grimorio? —cuestionó Brusca con recelo—. Astrid, es muy peligroso, no creo que…
Astrid cogió de su mano con fuerza.
—Nadie sabe que vamos a buscar a Finn, ni siquiera Estoico. Así que te pido discreción, por favor —le suplicó la bruja—. Te prometo que la próxima partida vendrás con nosotros, pero ahora te necesito aquí, por favor.
Brusca se mordió el labio.
—¿Me prometes que volverás entonces? —preguntó en un susurro.
—¡Pues claro que sí, tonta! —exclamó Astrid antes de abrazarla—. Sólo serán un par de días, volveré antes de que te des cuenta.
A pesar de su preocupante delgadez, Brusca la abrazó con tanta fuerza que la dejó casi sin aire. Astrid rompió el abrazo y le sonrió, aunque su amiga no parecía tener energía para imitarla.
—¿Hablarás con Heather antes de irte?
Astrid hundió los hombros.
—¿Por qué estás tan obsesionada con que arregle las cosas con ella? Que yo sepa, Heather acabó ahí por ser una perra contigo.
—Mejor dos brujas que una, Astrid —dijo Brusca muy seria—. Además, Heather es la perra que es por la misma razón por la que tú lo eras cuando te conocimos.
—¡Heather no ha sufrido ni una cuarta parte de lo que sufrí yo! —escupió Astrid.
Brusca puso los brazos en jarras y alzó una ceja.
—¿A ti también te cortó un dedo tu mejor amiga?
Astrid puso los ojos en blanco.
—Me daban palizas, me marginaban y Le Fey probaba el filo de su cuchillo en mí —replicó Astrid—. Heather vivió una vida de lujo en comparación a la mía.
—Astrid, esto no es una competición —le recordó Brusca—. Ella nos ayudó mucho cuando os estábamos buscando.
—A cambio de protección —insistió la bruja—. ¿No entiendes que Heather solo vela por sus propios intereses?
—Cuando estuvimos en la Isla Berserker, me bajó la regla de una manera que aquello parecía un baño de sangre —Astrid torció el gesto por la descripción tan gráfica de su amiga—. Me dolía todo y tenía la ropa que estaba para tirar. Coincidí con Heather en el lago y me dio jabón, una muda limpia e incluso algo de comer. Ninguna nos reconocimos en ese momento, pero ese gesto salió de la propia Heather. Estaba preocupada, Astrid, si es tan egoísta como dices, ¿por qué se habría molestado en ayudarme? Por no mencionar que cuidó de mi alimentación cuando se unió a nosotros con los Marginados.
Astrid no tenía réplica para eso. En realidad, cuando eran pequeñas, Heather nunca había dado señas de ser tan egocéntrica y repelente como lo era ahora. Es más, había sido la única del aquelarre que había seguido dirigiéndole la palabra pese a que Le Fey lo hubiera prohibido. Astrid era perfectamente consciente de que su amistad se quebró en el instante que accedió a cortarle el dedo a Heather para entrar en el ejército y, pese a que había intentado enmendar su acto metiéndola en la armada cuando la nombraron General, Astrid jamás le había perdonado que no saliera en su defensa cuando la llevaron a juicio y había sido la desencadenante de todo los malos que vinieron a Isla Mema después del Festival del Deshielo.
Y, sin embargo, sabía que Brusca no la dejaría en paz hasta que hablara con ella.
—Está bien —concluyó la bruja de mala gana.
Brusca sonrió de oreja a oreja y le dio un puñetazo amistoso en el brazo que Astrid apenas sintió. Resignada, Astrid arrastró los pies hasta el cuarto que compartía con Hipo para encontrarlo vacío, por lo que con cierto fastidio decidió bajar hasta los calabozos para hablar con Heather y terminar con toda aquella estupidez de una vez.
Heather estaba envuelta en una manta y sentada con las piernas sobre el camastro de paja que le habían preparado. No levantó la mirada del libro que estaba leyendo cuando Astrid apareció y la bruja esperó tres largos minutos hasta que se le agotó la paciencia.
—¿Vas a estar ignorándome todo el tiempo? —preguntó Astrid sin querer sonar demasiado brusca.
—Tenía esperanza de que te largaras si hacía como si no existieras —contestó Heather y levantó la mirada—. ¡Vaya! ¿No viene tu perrito faldero contigo hoy?
—Ese perrito faldero es el que te ha metido ahí, Heather, así que yo que tú no me pasaría de lista.
Heather dibujó una sonrisa tensa en sus labios y cerró el libro en un golpe seco.
—¿Qué haces aquí, Astrid?
La bruja bufó.
—Brusca.
—¡Qué petarda de tía! Si estoy aquí es por su culpa.
—¡Ey! ¡Si estás aquí es por tu bocaza! —le advirtió Astrid furiosa—. ¿Cómo se te ocurre usar lo del aborto en su contra?
Heather apartó la mirada con las mejillas levemente enrojecidas.
—No estoy orgullosa de lo que dije, ¿vale? —comentó la bruja con fastidio—. Brusca hizo un discurso sobre lo buena amiga que eras, lo mucho que me habías ayudado y me toca la puta moral.
—Madre mía, Heather, algún día tienes que superar esto —dijo Astrid con fastidio.
La bruja se levantó de un salto y se quitó el pañuelo de su cabeza. Astrid sintió algo retorcerse por dentro cuando observó su cabeza totalmente rapada y llena de cicatrices de cortes por el violento rasuramiento al que le habían sometido.
—Sabes por qué estoy así, ¿verdad?
Astrid no respondió, aunque no apartó los ojos de ella.
—Cuando volví a nuestra guarida y vieron que volvía con las manos vacías, Anya me mandó apresar. Estuve dos semanas encerrada en la oscuridad sin apenas comida o agua. Después vino Le Fey, con ese aspecto angelical que tiene ahora, y me torturó durante horas —Heather se desató el lazo del cuello de su vestido y se retiró la túnica para mostrar sus pechos desnudos, Astrid se llevó la mano a la boca horrorizada al ver que le faltaba el pezón derecho—. Tenías razón con lo de que le gusta probar el filo de sus cuchillos en la carne. Me rasuró ella misma sin importarle mis súplicas para que parara.
—A Le Fey le encanta que supliques —dijo Astrid con voz en hilo—. Y si ya te pones a llorar ni te cuento.
Heather volvió a atarse el vestido.
—Después me expulsó del aquelarre y me abandonaron en una isla de la periferia del Archipiélago. Tuve que inventarme que había huído de un barco de piratas que se habían dedicado a violarme y a torturarme y los humanos de esa isla me atendieron hasta que me recuperé de mis heridas y de la infección que me salió en la herida del pecho.
—¿Y cómo acabaste en la Isla Berserker?
—Pura casualidad —respondió Heather—. No tenía adónde ir y me habían dicho que en la Isla Berserker daban más oportunidades de trabajo por su deseo de expandir la población. Quise meterme en el ejército Berserker, pero me denegaron al ver que me faltaba el dedo anular que me cortaste y mi estado físico se deterioró mucho a causa de la infección que cogí —hizo una mueca—. Me encontraron un trabajo como lavandera y allí me quedé, tampoco es que tuviera adónde ir.
—¿Y nunca cruzaste palabra con Dagur? —preguntó Astrid extrañada.
La otra bruja se apoyó contra los barrotes con expresión confundida.
—¿Por qué el Jefe de los Berserkers iba a fijarse en mí? Las pocas palabras que intercambiamos cuando Brusca me descubrió no fueron precisamente agradables. Nunca me gustó ese Dagur, me parece un gilipollas y un salvaje.
Astrid estudió la expresión desganada de Heather. ¿Debería decirle que Dagur era su hermano? Sabía que tenía que hacerlo, Hipo e incluso el propio Estoico se lo habían insinuado más de una vez pese a las reticencias que ambos tenían con la bruja, sobre todo Hipo. Si Heather supiera la verdadera identidad de sus padres, ¿no habría querido que se lo contara? Astrid no dudaba de que si Heather le hubiera escondido un secreto como aquel le habría reventado la cabeza, pero ahora que era ella la que contaba con una información tan valiosa como aquella sentía que las palabras se le apelotonaban en su garganta.
Tenía que decírselo, por mucho que le jodiera que Heather contara con su familia mucho antes que ella.
Después de todo, había encontrado un certificado con el puño y letra de Ikerne, mientras que ella… solo contaba con visiones que ni siquiera sabía si eran reales o no. Nunca había tenido visiones nítidas del pasado hasta que había cerrado el vínculo con Hipo y no había oído hablar nunca de ninguna bruja que pudiera tener un poder igual. Por tanto, Astrid no estaban segura si aquello eran visiones o productos traicioneros de su imaginación.
—¿Qué te pasa?
La voz de Heather la sacó de su ensoñación y carraspeó incómoda al sentirse tan observada por la otra bruja.
—Nada.
—Quieres decirme algo y no te atreves —insinuó Heather con sospecha.
—¿Qué? No…
—Astrid, por favor, que nos conocemos —le cortó Heather malhumorada—. ¿Qué vas a soltarme ahora? ¿Cuán decepcionante he sido para ti? ¿Que me vais a tener aquí muerta de asco hasta la posteridad?
—¿Algún día dejarás de victimizarte, Heather?
—¿Algún día te quitarás ese palo que tienes metido en el culo y me pedirás perdón, Astrid? —escupió la bruja.
Astrid se puso a contar hasta diez mentalmente para no perder el control.
—¿Pretendes echarme la culpa por lo que te pasó después de que te echara de Mema? —le recriminó Astrid con furia.
—¿Qué iba hacer si no? —replicó Heather con las mejillas encendidas—. ¡Te quedaste con el grimorio!
—¿Pensabas que iba a dar un libro de tal valor a Le Fey porque sí? No lo encontré hasta meses después de que nos viéramos en el Festival y estaba oculto bajo un libro de recetas viejo que ni la propia Le Fey supo percibir aún teniéndolo delante de sus narices —explicó Astrid—. Siento que lo tomara contigo, Heather, pero estoy harta de tener que pedir perdón por todo lo que Le Fey hace solo porque está cabreada conmigo.
—¿Y qué coño tiene contigo? —chilló Heather desesperada.
—¡Y yo que sé! —replicó Astrid con impaciencia—. ¡Llevo casi veintidós años formulándome esa puta pregunta!
La bruja dio una patada a los barrotes para descargar su rabia y caminó en círculos para calmarse. Heather volvió a sentarse en la cama y soltó un suspiro largo.
—¿No echas de menos nuestra antigua vida? ¿Cuándo éramos libres de volar adónde quisiéramos y hacer lo que quisiéramos?
Astrid apretó los puños para contener su ira.
—Jamás hemos sido libres, Heather. No lo seremos hasta que ella muera.
Heather se tumbó en el colchón de paja.
—Pues yo sí que lo echo en falta.
—¿Serías capaz de volver con Le Fey después de todo lo que te hizo? Y sé sincera, Heather, que yo también te conozco.
La otra bruja se tomó tal vez demasiado tiempo en responder.
—No —respondió con sequedad.
Astrid hizo una mueca que podía parecerse a una sonrisa.
—¿Sabes una cosa? Los humanos no son tan horribles una vez que te haces a ellos. A Brusca le caes bien.
—Si no fueseis vosotras dos tan amiguitas podría caerme hasta bien —se quejó la otra.
Astrid puso los ojos en blanco.
—¿Y qué me dices de Camicazi?
—¿Qué pasa con esa? —replicó Heather muy a la defensiva.
La bruja alzó las cejas y ésta vez dibujó una sonrisa pícara en sus labios.
—¿En serio? ¿Camicazi?
—Sólo ha sido una vez, paso de ella —replicó Heather con un fuerte rubor en sus mejillas.
—¿Por qué?
—No es asunto tuyo —escupió Heather.
Astrid decidió no ahondar demasiado en ese tema y decidió regresar al punto inicial de la conversación.
—Hipo y yo vamos a irnos un par de días para razonar con Dagur.
—Buena suerte con eso, ese imbécil va a pasar de vuestra cara como hizo con Camicazi.
—Heather…
Otra vez las palabras se le atragantaron en su garganta.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Astrid se mordió el labio.
—Si le pido a Hipo que te saque de aquí, ¿me prometes que no harás ninguna tontería?
—¿Tontería cómo…?
—Cumplir con la amenaza de que nos delatarías a Le Fey —le recordó Astrid malhumorada.
—¡Por favor! —exclamó Heather indignada—. ¡Sólo dije eso para fastidiar a Hipo y a Brusca!
—¡Me da igual, Heather! —rugió Astrid—. Los humanos están al límite, Le Fey es más poderosa a cada día que pasa y no sé qué futuro nos depara, pero no puedo marcharme y dejarte libre sin que me garantices que vas ayudarles.
—¿Ayudarles cómo?
—Haciendo lo que hacías antes de que te volvieras imbécil con Hipo —respondió Astrid—. Eres una jardinera estupenda, sabes de plantas mucho más que yo, y Brusca necesitará apoyo con los heridos que todavía están en el hospital de campaña.
—Osea, que me vuelves a mandar a la retaguardia con los pringados —se quejó Heather.
—No te mando a ninguna parte, si crees que puedes aportar algo diferente o útil eres libre de hacer lo que te venga en gana —dijo Astrid con impaciencia—. Pero te necesitan, Heather, yo te necesito. Esta guerra no se puede ganar estando nosotras confrontadas.
Heather abrió mucho los ojos ante esa última declaración. Se levantó de la cama y se acercó con paso titubeante hasta los barrotes de la celda. Estudió su expresión con atención, como si estuviera buscando algo que delatara que estaba mintiendo, pero sabía bien que Astrid no era de esas brujas que les gustara especialmente mentir.
—¿Y qué gano yo con todo esto, Astrid?
—La oportunidad de empezar de nuevo.
—¿Realmente crees que tendremos una posibilidad de empezar de nuevo? Los humanos nos odian, Astrid, aún si ganáramos a Le Fey dudo mucho que quieran brujas en sus comunidades —declaró la bruja con tristeza.
—Podemos darles razones para que dejen de odiarnos —insistió Astrid—. Es cuestión de paciencia, Heather. Los humanos están confundidos y asustados, no les culpo, pero ahora tenemos la ocasión de demostrarles que no todas las brujas somos como Le Fey.
Heather hizo una mueca.
—Nunca te he oído hablar así —señaló Heather—. Parece que te has vuelto una blanda y una fantasiosa.
—Puede ser, quizás porque por una vez sé adónde quiero llegar —matizó Astrid sin tomarse en serio su acusación.
—O quizás porque estás enamorada de ese humano —le acusó Heather.
Astrid no pudo evitar una sonrisa que desconcertó a Heather.
—¿Y qué si lo estoy?
—Sabes de sobra que no acabará bien. Aunque ganemos la guerra y tú misma matases a Le Fey, ellos jamás te aceptarán.
—Lo sé —respondió la bruja con suavidad.
—¿Y aún así lucharás por ellos?
—Por supuesto.
Heather hundió los hombros resignada.
—¡Hay que ver! ¡Siempre has sido una rara de cojones! Pero me imagino que tampoco me queda otro remedio... —coló su mano entre los barrotes para extenderla hacia Astrid—. Está bien, te ayudaré en tu cruzada suicida. Supongo que morir luchando es mejor que morirse aquí de asco.
Astrid estrechó su mano titubeante, aunque cuando Heather se la apretó con fuerza supo que la bruja no quebraría su promesa.
—Voy hablar con Hipo para que te liberen ahora mismo, espera a que…
—¡Ey! —gritó alguien desde el otro extremo del pasillo—. ¡Tú! ¡Quién seas! ¡Ven aquí ahora mismo!
Astrid frunció el ceño al escuchar aquella voz que le resultaba tan familiar, pero Heather ahogó un quejido de pura exasperación.
—Es ese gilipollas otra vez, parece que ya se ha despertado de la siesta.
—¿Quién? —preguntó ella.
—El imbécil de Mema, ¿Gordson? ¿Gordem?
—¿Gormdsen? —dijo ella sorprendida—. Había olvidado por completo que estaba aquí abajo.
—¡Os oigo! ¡Seas quien seas, ven aquí ahora mismo! —gritó Lars Gormdsen desde su celda.
—Pasa de él, es un gilipollas bocachancla que no calla ni debajo del agua —dijo Heather molesta—. He estado tentada a envolver los barrotes de su celda alrededor de su cuello más de una vez solo para callarle la bocaza.
—Me sorprende que no lo hayas hecho —repuso Astrid con diversión.
—No me lo digas dos veces…
—¡¿Eres tú, Astrid?! ¡Pedazo de perra, ven aquí!
Hubo un tiempo en el que Astrid hubiera caído en la provocación y hubiera tenido una confrontación verbal con Lars Gormdsen, pero ahora contaba con preocupaciones más importantes que un humano que estaba destinado o bien a perder la cabeza o a vivir el resto de su existencia en una celda.
—Hablaré con Hipo para que te liberen ahora —susurró Astrid ignorando los gritos y los insultos de Gormdsen—. Partimos esta noche a la Isla Berserker, así que ponte al día con Brusca, ¿vale? Y pórtate bien, hazme el favor.
—Sí, mamá —respondió Heather con retintín.
Lars Gormdsen siguió gritando improperios y barbaridades sobre ella mientras Astrid subía la escalinata que llevaba a la galería principal. Se encontró con Hipo cojeando en dirección a la escalera que iba hasta su habitación.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, es la lluvia, hoy la humedad me está sentando especialmente mal —explicó él algo azorado.
—¿Quieres que aplacemos…?
—No —respondió Hipo rápidamente—. Sólo necesito tomar algo caliente y masajear la pierna. Estaré bien.
Antes de subir las escaleras, Astrid le pidió que diera orden para liberar a Heather. Hipo no parecía muy entusiasmado por su petición, pero la bruja insistió, prometiéndole que Heather se quedaría bajo custodia de Camicazi y Brusca. Mientras Hipo se acercaba a un guardia para dar la orden, Desdentao apareció con gesto dolorido.
—¿Te pasa algo? —preguntó Astrid preocupada.
—Es la humedad, me resiente la cola.
La bruja acarició sus escamas y le propuso subir con ellos a la habitación. Astrid preparó una infusión de hierbas para Hipo y su novio se encargó de calentar un par de bolsas calientes y secar la piedra de su cuartito para que el ambiente fuera más seco. Desdentao se tumbó al pie de su cama y Astrid se preocupó de taparlo con una manta antes de masajear la zona cicatrizada de su cola. Recitó un conjuro por lo bajo que ayudaba a mejorar el flujo de la circulación y el dragón no tardó en quedarse dormido. Hipo se había quitado la prótesis y se masajeaba su muñón con aire distraído. La frialdad de sus dedos en contraste con su piel ardiente hizo que diera un pequeño jadeo de sorpresa.
—Déjame a mí —le pidió ella.
Hipo se tumbó en la cama y Astrid se sentó a un lado para posar su pierna sobre su regazo. Aunque le había costado convencerle, Hipo había accedido tiempo atrás a enseñarle a masajear su pierna cuando la humedad era demasiado molesta o le fastidiaban sus dolores fantasmas. Curiosamente, aquel dolor era el único que Astrid no era capaz de sentir en su propia piel a través del vínculo. La primera vez que supo de él había sido al poco de su reconciliación tras su visita en la Isla de los Dentudos y, hasta entonces, Astrid no había sido realmente consciente del handicap que suponía para Hipo el llevar una prótesis. Por lo general, su novio siempre caminaba con una ligera cojera causada por la diferencia de peso entre su pie y su prótesis y Astrid se había dado cuenta que, a diferencia de las cicatrices de su espalda, Hipo no le daba tanta importancia a que le faltara un pie. Sin embargo, hasta entonces, Hipo y Astrid no habían estado acostumbrados a convivir todo el tiempo juntos y su novio, terco y reservado como era, no le notificó que la pierna le estaba doliendo como mil demonios a causa de un chaparrón que les había pillado durante una jornada de vuelo. Pararon en una caverna para resguardarse de la lluvia y, mientras Astrid atendía a un quejoso Desdentao, Hipo se había contenido para masajear su propia pierna para aliviar el dolor por no preocuparla. Por suerte, Astrid se dio cuenta de que algo no iba bien con solo mirarle a la cara e Hipo terminó admitiendo que se encontraba fatal. Tras echarle una buena regañina, Astrid le insistió que le enseñara a tratar su pierna cuando sufría esos dolores. Le costó convencerle, sobre todo porque Hipo insistía que no era para tanto, pero al final consiguió que accediera a regañadientes. Fue un momento muy especial e íntimo para ambos y, desde entonces, Hipo siempre había recurrido a ella cuando sufría dolor.
Astrid levantó su pantalón hasta por encima de la rodilla y acarició su piel cicatrizada con la punta de sus dedos antes de presionar ligeramente. Hipo siseó molesto por el dolor, pero al cabo de un rato respiró aliviado. La bruja sintió sus propias manos calentarse por el contacto con su piel y disfrutó del agradable cosquilleo del vínculo. Cuando Hipo cogió de su muñeca con delicadeza para darle a entender que ya se encontraba mucho mejor, Astrid se acurrucó a su lado y su novio puso una manta sobre ellos. Se quedaron dormidos no mucho tiempo después.
Astrid soñó con el Gran Salón de Isla Mema.
La sala estaba abarrotada de gente y la música resonaba con brío y alegría. Varias personas atravesaron su cuerpo como el fantasma que era y Astrid tuvo que hacerse a un lado para ubicarse. El Gran Salón estaba ampliamente decorado con el blasón de los Haddock, además de flores y ornamentaciones relacionadas con la matanza de dragones. Astrid dio un barrido rápido en la sala para ubicarse y enseguida supo en qué momento estaba. Era sumamente impactante encontrarse con unas versiones tan jóvenes de Estoico y de Valka. Astrid podría hasta jurar que Valka no debía ser mayor que ella y Estoico contaba con una barba mucho más corta que la actual, aunque era igual tanto o más corpulento que en el presente. Por sus vestimentas, aquel debía de ser el día de su boda. Ambos llevaban dos coronas de flores puestas en la cabeza, Estoico vestía el verde de los Haddock, junto con su capa de piel de oso la cual simbolizaba su posición de Jefe, mientras que Valka vestía con un sencillo vestido azul con una capa de piel de oso polar. La pareja de recién casados bailaba una canción que todos cantaban en conjunto mientras daban palmas para marcar el ritmo de la música. Ambos estaban radiantes, felices podría decirse, y lucían muy enamorados.
Astrid formuló una sonrisa. ¡Cómo le gustaría que Hipo pudiera ver aquello también! Estaba segura de que le encantaría, aún estando todavía resentido con su madre. En ese momento, Astrid recordó que Eyra debía haber asistido a aquel evento también llevando el vestido rojo que ella llevaría años después. La encontró apoyada contra una columna, moviendo la cabeza al ritmo de la canción mientras la cantaba por lo bajo. Astrid se detuvo un momento a contemplar a aquella joven que estaba con un pie metido en su adultez y otro todavía en su adolescencia. Sin embargo, a Astrid le costó encontrar algún rasgo que le convenciera que aquella chica era su madre. La bruja era más alta que ella y su constitución era mucho más fuerte, aunque probablemente Eyra había estado entrenando para matar dragones. Sin embargo, pese a que a primera vista pudiera dar la impresión de ser frágil, Eyra no parecía ser el tipo de mujer que se dejase doblegar por nadie, Astrid podía leerlo en sus ojos bicolores y tan singulares.
—¡Ey, Andersen! ¡No me digas que no te ha sacado nadie a bailar todavía!
Eyra y Astrid se giraron para encontrarse con una versión veinteañera de Finn Hofferson. Vestía una túnica azul cielo junto con una capa de terciopelo color añil que tenía pinta de ser muy cara. La bruja apreció los rasgos juveniles y simpáticos de Finn, quien observaba a Eyra con una expresión llena de afecto y diversión.
—No necesito bailar con nadie —replicó Eyra volviendo su atención a los que bailaban en el centro de la sala—. Me valgo con solo mirar.
Astrid apreció un ligero rubor en sus mejillas y no pudo evitar sentir mariposas en su estómago por lo tierno que le resultaba todo aquello. Finn se acercó y extendió su mano hacia ella. Eyra alzó la cabeza extrañada.
—¿Pretendes que…?
—¿Bailes conmigo? Esa era la idea, sí.
El rostro entero de Eyra se enrojeció peligrosamente y apartó la mirada con rapidez muerta de la vergüenza.
—No quiero, gracias.
Finn cerró su mano claramente desconcertado y, tras titubear unos segundos, se apoyó junto a ella en la columna. Eyra disimuló su sorpresa fingiendo una pequeña tos.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —preguntó la joven con fastidio.
—No —respondió Finn sonriente.
—Seguro que hay un montón de chicas que quieren bailar contigo hoy —le aseguró Eyra—. He oído que Ingrid Gormdsen quería que la sacaras a bailar hoy.
—¿Ah sí? Qué pena, porque me apetece mucho más observar a la gente bailar aquí contigo —dijo Finn sin perder la sonrisa y bajó la mirada hacia ella quién parecía no caber en su asombro—. Estás muy guapa hoy, por cierto.
Eyra frunció el ceño.
—¿Estás bien? —le preguntó ella preocupada.
Finn alzó una ceja sin comprender.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—No lo sé, estás más atento de lo normal —comentó Eyra simulando indiferencia.
Finn no supo qué responder a ese comentario y se mantuvieron un rato callados hasta que el hombre decidió probar suerte otra vez.
—¿Seguro que no quieres bailar? Tú siempre te apuntas a todos los bailes, me resulta rarísimo que hoy precisamente no salgas.
Eyra tragó saliva.
—Es que no me apetece.
—No te creo —insistió Finn algo más serio, casi podía decirse que molesto.
La joven se apartó de la columna y le fulminó con la mirada.
—Pues ese es tu problema.
Finn puso los ojos en blanco.
—Eyra, espera… —la joven empezó a perderse entre la multitud—. ¡Eyra!
Astrid intentó seguirles, pero algo sacudió su hombro que hizo que de repente abriera los ojos en plena oscuridad y totalmente desubicada.
—Perdona por despertarte, amor; pero es hora de irnos —susurró Hipo con suavidad.
Astrid se estiró mientras bostezaba. Hipo encendió un par de fuegos flotantes para iluminar el pequeño cuarto y despertó a Desdentao, quien respondió con un gruñido perezoso. Se vistieron en silencio y Astrid le hizo una trenza a Hipo mientras que este medio recogió su melena para apartarla de su cara, tal y cómo le gustaba llevarla cuando salían a volar. Bajaron a la galería principal cargados con sus alforjas y se encontraron con Estoico y con Brusca esperándolos en la salida.
—¿Tenéis decidida la ruta de vuelo? —preguntó Estoico cuando salieron al exterior en busca de Tormenta.
—Según la orientación que me ha dado Astrid, la Isla Berserker está a unas horas rumbo noreste de aquí, llegaremos antes del amanecer —contestó Hipo—. Por suerte, esta noche lloverá, por lo que nadie nos verá con el cielo tan nublado.
—Pero tendréis mucha menos visibilidad —señaló su padre preocupado.
—No será la primera vez que volamos de noche —le aseguró Astrid para calmarlo—. Además, los dragones pueden ver en la oscuridad, así que no habrá ningún problema.
—¿Y si…?
—Papá —le cortó Hipo con sosiego—. Todo irá bien.
Estoico no replicó, aunque Astrid podía leer la incertidumbre y la ansiedad en sus ojos. Cuando llegaron a la carpa donde dormían los dragones prepararon las monturas de Desdentao y Tormenta. Intercambió unas palabras con su Nadder sobre si había dormido bien y la ruta que iban a tomar cuando Brusca preguntó con aire curioso:
—¿Cómo dialogas con los dragones? No emiten ningún sonido y tú hablas en nuestra lengua, ¿acaso nos entienden?
—Oímos las voces de los dragones en nuestra cabeza —explicó Astrid—. Y sí, por supuesto que nos entienden, la mayor parte de los animales pueden hacerlo.
—¿En serio? —preguntó Brusca atónita—. ¡Madre mía, ser bruja es una pasada!
Astrid forzó una sonrisa.
—Tiene también sus desventajas, ¿sabes? —comentó la bruja.
Brusca sacudió la cabeza sin comprender.
—¿A qué te refieres?
—Nosotras difícilmente podemos llevar una vida normal —explicó Astrid—. Los humanos, por lo general, nos temen o nos desprecian por el simple hecho de ser diferentes.
—¿No crees que eso es más envidia que otra cosa?
La bruja sacudió los hombros.
—Supongo, no lo sé.
—De igual manera, ¿a qué le llamas normal? —replicó Brusca confundida.
Astrid se quedó un momento en silencio, pensando cuál sería la mejor definición de "normal" para ella.
—Supongo que el establecerse en algún lugar y formar una familia.
—¿Eso es lo que querrías hacer tú? ¿Y qué es lo que te impide hacerlo? Entiendo que cuando todo esto acabe volverás a Mema con Hipo —dijo Brusca desconcertada.
Astrid no supo qué decir. Había estado tan enfocada en pensar en una estrategia para derrotar a Le Fey y ver qué podían hacer para salvar al Archipiélago que, salvo la vez que Hipo le dio por divagar en lo que podrían hacer después, nunca se había detenido a pensarlo fríamente. ¿Y si ganaban? ¿Qué iban hacer? ¿Quería Astrid establecerse en el Isla Mema para vivir con Hipo el resto de su vida? Nadie iba a aceptar eso, probablemente ni el propio Estoico lo haría. Hipo había sugerido lo de la granja, pero ahora que sabía que su padre estaba vivo, Astrid estaba convencida de que Hipo no querría marcharse del Archipiélago. La bruja sintió un nudo en la garganta por la ansiedad que le generaba pensar en todo aquello y Brusca pareció darse cuenta de ello enseguida, por lo que decidió cambiar de tema.
—Llevo un tiempo queriéndote preguntar una cosa.
—¿El qué? —preguntó Astrid.
—Es que…
—Astrid, tenemos que salir ya —dijo Hipo de repente a espaldas de Brusca.
—Sí, ya voy —concordó la bruja y volvió a dirigirse a su amiga—. Perdona, ¿qué iba a decirme?
Brusca negó con la cabeza y sonrió.
—Da igual, era una tontería —dijo la vikinga con un tono demasiado jovial.
—Brusca, puedes preguntarme lo que quieras. Lo sabes, ¿no? —insistió Astrid intranquila.
—Lo sé —respondió Brusca—, pero ya te digo que es una chorrada. Ya hablaremos cuando vuelvas.
A Astrid le resultó muy extraña la actitud de su amiga, pero el apremio por su marcha le impidió ahondar más sobre el asunto. Se apuntó mentalmente hablar con ella con más tranquilidad cuando regresaran de la Isla Berserker. Montaron sobre sus dragones y, tras intercambiar una última despedida, salieron volando a toda velocidad. La bruja sintió cómo el volver a volar liberaba ligeramente la opresión que tenía en su pecho desde que había despertado en la isla del aquelarre del Vindr. Aunque estaba encantada de que hubieran encontrado a Brusca, Estoico y a los demás, Astrid estaba contenta de librarse por un par de días del desagradable acoso de algunos de los humanos y, honestamente, echaba de menos estar a solas con Hipo y los dragones sin que nadie les lanzara miradas juiciosas y de decepción.
Atravesaron el mar de nubes para alcanzar el cielo despejado y bañado de estrellas. Hipo y Desdentao se permitieron hacer unas cuantas piruetas en el aire con la condición amenazante de Astrid de que si se tiraba del Furia Nocturna ella misma le arrojaría al mar de una patada. De vez en cuando bajaban de entre las nubes para ubicar su situación y, por suerte, no se desviaron de la ruta. Hipo tenía una grandísima orientación y tras situar la isla del Vindr en un mapa no le resultó difícil marcar el rumbo que debían seguir.
Llegaron a la Isla Berserker sin altercados y antes de lo calculado. Tanto la pareja como los dragones estaban contentos de su hazaña y no podían esperar al momento de sentarse junto al fuego y tomar algo caliente, dado que se habían calado durante el aterrizaje en la playa por la intensa lluvia que estaba cayendo esa noche. Sin embargo, tan pronto pisaron la aldea supieron que algo no estaba bien. No había ningún tipo de iluminación en el pueblo, ni siquiera bajo los porches cubiertos de algunas de las casas, y no encontraron a ningún vigía ni en la entrada ni en la torre de vigilancia. Hipo y Astrid se vieron obligados a encender sus llamas flotantes para ver algo entre la lluvia y la oscuridad y se pusieron en alerta cuando vieron que las puertas de las casas estaban abiertas de par en par y por dentro estaba todo desordenado, como si hubieran saqueado cada una de ellas. Cuando llegaron a la altura de la herrería, Astrid siguió a Hipo para encontrarse el lugar totalmente vacío de armas salvo por un par de espadas oxidadas y las herramientas destrozadas.
—¿Acaso han atacado la isla? —preguntó Astrid desconcertada—. ¿Dónde está todo el mundo?
Hipo no respondió. Sostuvo un martillo partido entre sus manos por unos segundos antes de tirarlo al suelo y salir corriendo de nuevo hacia al exterior. Astrid corrió tras él, sintiendo su ansiedad azotarla por dentro también, y entraron en una casa que, por su tamaño y sus ornamentos, tenía pinta de ser el hogar del Jefe.
—¡Dagur! ¡Dagur! —llamó Hipo a voz de grito cuando entró en la casa.
—¡Hipo! ¡Baja la voz! Si han atacado la isla quizás los atacantes estén todavía por aquí —le advirtió Astrid.
Su novio parecía sordo a sus advertencias y siguió buscando a Dagur por toda aquella aldea fantasma. Se detuvo en seco cuando alcanzaron el Gran Salón Berserker, cuya puerta estaba entreabierta. Hipo estaba muy alterado, tanto que la intensidad de su magia que luchaba por salir de él resultaba abrumante; y, por la extraña vibración que salía de aquel lugar, Astrid comprendió que pasara lo que hubiera pasado, no había sido bueno. Fue la bruja quien empujó la pesada puerta hacia dentro y se vio obligada a llevarse la mano a la cara para taparse la nariz y la boca. El hedor a carne podrida y sangre seca invadía el espacio de una manera que les intimidaba a adentrarse hasta el fondo de la sala. Por un instante, Astrid pensó que Le Fey podría estar allí esperándolos, pero cuando vieron la montaña de cabezas acumuladas en un rincón del Gran Salón supieron que la reina ya había pasado hacía tiempo por allí. Hipo vomitó a su lado y los dragones se echaron hacia atrás atemorizados por aquella grotesca escena. Astrid, sin embargo, contuvo sus náuseas y se acercó con paso vacilante hacia las cabezas, aún en alerta por si alguien pudiera estar allí esperándolos. La bruja acercó una de sus llamas hasta la cabeza de una mujer que había caído del montón. La carne estaba en un estado muy avanzado de descomposición, invadido por cresas que devoraban el tejido orgánico, y ya se avistaban trozos del cráneo.
—Esto no ha sido reciente —señaló Astrid aún con la mano en la boca—. Este lleva deteriorándose al menos dos semanas.
Al ver que Hipo no decía nada, Astrid se giró para encontrarlo caminando hacia el otro extremo de la sala. La bruja contuvo la respiración cuando observó que ahí habían tirado los cuerpos decapitados amontonados.
—Es la… —Hipo carraspeó para encontrar su voz—. Es la guardia Berserker. Los han masacrado a todos.
Astrid se acercó a su lado con un nudo en el estómago.
—Hipo, tal vez deberíamos irnos.
—¿Por qué? —dijo él ignorando su sugerencia—. ¿Quién es tan despreciable y malvado para hacer algo tan horrible? ¿Cómo Thuggory ha permitido que esto suceda?
—Thuggory está bajo el yugo de Le Fey, Hipo —le recordó la bruja.
—Pero no está bajo su control mental, Brusca nos lo dijo, ¿recuerdas? —replicó él furioso—. Thuggory ha quebrado toda moral y norma establecida, ¿y todo por qué? No tiene ningún sentido.
—Le Fey posee el cuerpo de Kateriina Noldor —razonó Astrid con cautela—. Tal vez le esté chantajeando con eso.
—Pero Kateriina Noldor está muerta, ¿no? Y, de no ser el caso, daría igual porque Le Fey está destruyendo su cuerpo con su magia.
—No lo sé… No entiendo cómo funciona la magia de Le Fey, no creo que…
Astrid se calló cuando le pareció escuchar algo. Hipo la observó extrañado por su repentino silencio, pero Astrid cogió de su muñeca para que estuviera quieto. Tenía la sensación de que había alguien más en la sala, pero era difícil verificarlo con tan poquísima luz. Sin embargo, la bruja sí fue lo bastante fina como para escuchar el sonido metálico y el movimiento de una flecha lanzándose hacia ellos. Se abalanzó sobre Hipo y lo tiró al suelo a la vez que la flecha pasó rozando su capa todavía empapada por la lluvia. La pareja observó atónita cómo la flecha se clavó en uno de los cadáveres y necesitaron un par de segundos para procesar lo que estaba pasando.
—¡Desdentao! ¡Tormenta! ¡A cubierto! —chilló Astrid mientras ayudaba a Hipo a levantarse a toda prisa.
Astrid escuchó otro chasquido metálico y esta vez la detuvo a tiempo con su magia. Empujó a Hipo tras una columna y escucharon el eco de la flecha que había detenido caer contra el suelo. Tanto la pareja como los dragones se quedaron muy quietos por orden de Astrid y la bruja se concentró en escuchar el movimiento del extraño que les estaba atacando desde las galerías superiores del Gran Salón. Sin embargo, Astrid no oyó nada, solo sus respiraciones aceleradas.
¿Dónde estaba?
Astrid iba asomar la cabeza para observar el escenario cuando Hipo soltó un alarido.
La bruja se giró rápidamente, pero Hipo ya no estaba a su lado. Salió con los dragones para buscarlo cuando vieron que el vikingo estaba luchando por liberarse del agarre de un hombre que Astrid reconoció al instante. Desdentao empezó a formar un plasma en su boca, pero la bruja hizo un gesto para detenerlo.
—Suéltalo —le ordenó ella.
—Sois más predecibles de lo que pensaba —dijo Finn Hofferson sonriente—. Supongo que estáis buscando alianzas para enfrentaros a la reina, ¿me equivoco?
Ni Astrid ni Hipo respondieron a su cuestión. Astrid podía sentir la magia de Hipo reaccionar feroz dentro de él y su novio parecía más concentrado en contenerse que en soltarse de Finn.
—Suéltalo, por favor —repitió ella procurando mantener la calma.
—No pienso hacer nada de lo que me digas hasta que me respondas a mí una pregunta.
La bruja sintió su corazón latir con fuerza contra su pecho. ¿Acaso Finn Hofferson la había reconocido? ¿Cabría la posibilidad de que aquel hombre fuera realmente su padre?
—¿Y cual es tu pregunta?
—¿Cómo demonios sobreviviste?
Astrid frunció el ceño.
—¿Sobrevivir a qué? —cuestionó ella sin comprender.
—¡Al incendio! —gritó Finn Hofferson incrédulo—. Llevo años pensando que estabas muerta y voy y me encuentro con que estás viva y viajando con un Haddock. Indudablemente, tienes mucho que explicarme, madre.
Astrid abrió mucho los ojos.
—¿Ma… Madre? —balbuceó ella sin comprender.
Sin lugar a dudas, Estoico no se equivocaba: aquel hombre estaba loco. Además de que Astrid tenía una clara noción de no haberse quedado nunca embarazada por su esterilidad, era sencillamente imposible que ella pudiera ser la madre de un hombre que la superaba considerablemente en edad.
—Estás pirado, Hofferson —le recriminó Hipo.
Finn apretó su brazo contra el cuello de su novio y Astrid sintió la presión contra sus propias vías respiratorias.
—Tú cállate, Haddock —escupió Hofferson y volvió a dirigirse con furia hacia Astrid—. ¿Y bien? ¿Acaso no vas a decirme nada, madre?
—Yo no soy tu madre —dijo la bruja atónita—. No… ¿no sabes quién soy de verdad?
—¡Por supuesto que lo sé! —gritó el hombre rabioso—. ¡Eres Asta Hofferson!
Astrid soltó un jadeo. ¿Asta Hofferson? ¿Se refería a…?
—¿No querrás decir Asta Lund? —preguntó la bruja en un hilo de voz.
—¿Ahora utilizas tu apellido de soltera? ¿Por qué? ¡No entiendo nada!
—¡Soy yo la que no entiende nada! —chilló Astrid rabiosa—. ¡Yo no soy tu madre, soy tu hija, gilipollas!
Finn Hofferson abrió tanto su ojo bueno que parecía que iba a salirse de su sitio. Es más, se quedó tan pálido y sorprendido que descuidó e Hipo por fin pudo deslizarse de su agarre y correr junto a ella.
—Yo no tengo hijos —dijo Finn Hofferson con lentitud.
—¡Mientes! Tuviste a una hija el 21 de junio de 988 con Eyra Hofferson… o Andersen, creo que ese era su apellido de soltera.
—¿Eyra?
Parecía que era la primera vez en mucho tiempo que Finn pronunciaba aquel nombre en voz alta. Astrid se estaba desesperando por la confusión de aquel hombre, porque la hubiera confundido con Asta Lund como había pasado con Kaira Gormdsen en el pasado y, además, resultaba que aquella bruja era su madre. Quería decir eso que Asta Lund o Hofferson era… ¿su abuela? ¡Pero era imposible! ¡Las brujas no podían tener hijos!
—Tú eres… ¿Astrid? ¿La pequeña Astrid? —dijo el hombre atónito.
—¿Me reconoces? —preguntó ella esperanzada.
—¡No! —gritó él—. ¡Es imposible! ¡Astrid murió con todos aquel día por culpa de aquella redada de los dragones! ¡Lo recuerdo como si fuera ayer! ¡Todo fue por la maldición causada por él!
Finn Hofferson señaló a Hipo y el vikingo se dirigió rápidamente hacia ella.
—Te juro que no tengo ni idea de lo que me está hablando.
Astrid sacudió la cabeza encolerizada.
—¡Basta ya! ¡Llevo toda mi vida buscando respuestas y nadie se va a mover de aquí hasta que las tenga!
—Pero tú no puedes ser Astrid…
—¡Lo soy! —gritó ella colérica—. ¡Y tú eres mi padre!
—No, pequeña, yo no soy tu padre…
Astrid negó con la cabeza.
—Te vi con ella… A Eyra le… le gustabas y fue ella la que escogió mi nombre en honor a…
—Nuestra madre —terminó Finn por ella—. En honor a su suegra, Asta Hofferson.
—¿Nuestra? —preguntó Hipo confundido.
Finn Hofferson se mantuvo un largo momento en silencio, estudiando a Astrid de arriba abajo hasta que se dirigió a Hipo.
—No puedo ni verte, chaval, pero sé que no eres un mentiroso —dijo Finn Hofferson muy serio—. En su pecho izquierdo, ¿cuenta esta mujer con tres lunares que forman un triángulo?
Hipo abrió mucho los ojos y Astrid se quedó sin aire. ¿Sabía la localización de su marca de bruja?
—¿Cómo…?
—Es lo primero que mi madre miró cuando Astrid nació. ¿Lo tiene?
—Sí —respondió Hipo—. No son visibles ahora porque están ocultos bajo su seno izquierdo, pero sí.
Finn se llevó la mano a la boca.
—¡No puede ser!
Astrid dio un paso hacia adelante, pero el hombre reaccionó dando un paso hacia atrás.
—Finn, por favor, necesito saber la verdad.
—No…
—¡Por favor!
—¡No! ¡Hasta hace cinco minutos pensaba que mi madre había sobrevivido a aquella redada de los dragones, no que estaba persiguiendo al fantasma de mi sobrina!
—¿Tu… sobrina? —preguntó ella sin comprender—, pero yo te vi con Eyra…
—Nunca, en toda mi vida, me sentí atraído por Eyra Andersen. No era mala chica, pero tenía la cabeza siempre en las nubes y era una irresponsable.
—¿Qué? —replicó Astrid aún más confundida—. ¿Entonces a quién vi en mis visiones? No entiendo…
—Thror Hofferson tuvo más de un hijo —dijo Hipo de repente.
Astrid se giró bruscamente hacia él.
—¿De qué demonios estás hablando?
Hipo no apartó la mirada de Hofferson, quien sostenía sus ojos amenazante y con recelo.
—Él me lo dijo cuando me secuestró en Londinium. Thror Hofferson fue la mano derecha de mi abuelo y después de mi padre cuando lo nombraron Jefe —explicó el joven—. Finn me dijo que lo sustituyó su primogénito: es decir, su hermano.
Finn sonrió mostrando su fea y sucia dentadura.
—El muy cabrón nació siete minutos antes y, con ello, se llevó todos los privilegios.
Astrid sintió que se mareaba.
—¿Tienes un hermano gemelo?
—Erland Hofferson —declaró él—. Y no, pequeña, ahora soy hijo único. Ya no tengo ningún hermano.
—¡Espera! —intentó detenerle Hipo al ver hacía donde estaba yendo la conversación.
—¿Ya no… tienes? —balbuceó ella tontamente.
Finn negó con la cabeza.
—Todos murieron. Erland, Eyra, mi padre, mi madre y tú… Todos moristeis esa noche calcinados por el fuego de los dragones. Y, sin embargo, si todos los demás perecieron, ¿por qué no lo hiciste tú, Astrid?
Xx.
