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Capítulo 59
ESTABA decidida a vestirse para matar. Y lo logró.
Se contempló largamente en el espejo de su tocador rosa. Giró a un lado, luego al otro, y sonrió, satisfecha. Se lanzó un beso y lo sopló al aire.
Sabía que estaba maravillosamente bien con esa minifalda blanca y los altísimas botines negros haciendo juego con su chaqueta. Se había rizado el cabello y maquillado los ojos verdes, así que parecía una modelo.
Ese día lo había pasado en la playa con sus amigas, y sus largas piernas lucían un bronceado de infarto. Bueno, no era para tanto, pero seguro que Diego la vería deslumbrante, y si no sufría una parada cardiorrespiratoria, andaría cerca.
Sí, finalmente había aceptado ir al cine con él.
No sabía muy bien qué era lo que buscaba obtener con esa salida, ni qué pretendía demostrar, pero sabía que no sería del todo inofensiva.
Estaba segura de que no llegarían a nada; primero, porque no tenía las más mínimas ganas, y aunque las tuviese, no se atrevería, y segundo, porque le había bajado la regla. Pero algo habría seguramente.
Un beso quizá... O dos.
Patty y Leo se habían excusado de ir, y en otro momento, eso habría sido suficiente para que la salida no se hubiese llevado a cabo. Pero dadas las circunstancias, y después de lo que había descubierto, todo confluía para que Diego y ella tuviesen un agradable encuentro.
Recordar la furia que se había apoderado de ella el 26 de diciembre, el fatídico día en que había descubierto que Albert se había marchado a un crucero con una mujer, bastó para que volviese a experimentar exactamente el mismo sentimiento, corrosivo y devastador.
Celos, malditos celos. Le nublaban la vista, la dejaban sin aliento.
Sacudió la cabeza, irritada. Ya había pasado más de una semana y no lograba que se disipara esa sensación de sentirse traicionada, y a la vez culpable, porque sabía que, en parte, era responsable de lo que estaba sucediendo.
¡Qué tonta había sido! Debería haber imaginado que un hombre como Albert no permanecería mucho tiempo solo, pero el muy hijo de perra se había consolado demasiado deprisa. Y ella iba a hacer lo mismo esa noche.
Sólo de pensar que se había pasado la maldita Nochebuena llorando por él la hacía sentirse como una tonta.
Lo había pasado tan mal, pero tan mal que cuando se despertó la tarde de Navidad tomó la decisión de terminar con el martirio de continuar separada del amor de su vida. Decidió que casi cuatro meses eran suficientes para que Albert hubiese escarmentado y madurado, y si no había sido así, ya no le importaba, porque no podía soportar un día más sin perderse en su boca y hacerle el amor durante horas.
Lo llamó al móvil, pero él no respondió.
Entonces, el 26 por la mañana lo llamó a la empresa.
—¡Hola, Miriam! Feliz Navidad —le dijo a la secretaria.
—¡Candy! ¡Qué placer! Feliz Navidad para ti también.
—Gracias. Miriam, necesito hablar con Albert.
Su ansiedad no soportaba más dilaciones.
—¡Oh, Candy!, no está. Se fue ayer por la mañana. Mira, tenía reservas para un crucero. Creo que necesitaba despejarse, después de..., bueno, ya sabes. Él mismo tramitó dos plazas en el Lavinia.
—¿Ah, sí? ¿Y para quién era la otra plaza?
—Para George, por supues... ¡Oh! ¡George!, ¿qué haces aquí? Digo, ingeniero Villers, ¿qué hace aquí?
Miriam se había corregido al recordar a quién tenía al otro lado de la línea. No quería que Candy adivinara su relación con George por nada del mundo.
Candy no entendía nada. George se había ido con Albert a un crucero, y al parecer, acababa de llegar a la oficina. Aguzó el oído para escuchar lo que le decía a Miriam.
—Se me ha frustrado el viaje, Miriam. Es que Albert me ha hecho a un lado en el último momento para cederle la plaza a la doctorcita esa.
«¡Diablos! Espero que Candy no haya oído eso», pensó Miriam, cerrando los ojos, y para que George no continuara enmarañando más la situación, lo interrumpió con un gesto.
—Candy, ¿continúas en línea? —preguntó mientras George se desplomaba en un sillón cubriéndose el rostro. Había metido la pata hasta el fondo.
A Candy le costó un poco responder; tal era el sofoco que sentía. Tragó saliva y preguntó con un tono completamente helado:
—¿Con quién se ha ido Albert a ese crucero? No me mientas, Miriam, que he escuchado que George no ha ido y que su lugar lo ha ocupado una «doctorcita». ¿Quién diablos es, Miriam?
—¿Ehh...? Mira, Candy, tranquilízate. Te pasaré con George y él te lo explicará —repuso Miriam mientras con una mirada más que expresiva le pasaba el teléfono al ingeniero.
George la miró y se puso a gesticular como un loco. No quería hablar con ella, pero Miriam lo ignoró. No tuvo más remedio que cogerlo.
—Candy, ¡qué alegría oírte! Feliz Navidad.
—Y una mierda. ¿Con quién se ha ido Albert al crucero? Y más vale que no me ocultes nada —le dijo sin preámbulo alguno.
—Candy..., mira, es la doctora que está investigando el problema de Rosmery. Es una destacada genetista, que ha venido desde muy lejos con novedades importantes que quería comentar con Albert. Por eso, él me pidió que le cediera la reserva en el crucero...
Candy estaba lívida. George creía que ella era estúpida. Que no tuviese derecho a recriminarle esa aventura a Albert era una cosa, pero que la tomara por tonta... ¿Quién iba a creer que un crucero era el lugar ideal para poner en común temas científicos?
—George, no lo adornes más. Esto es lo que es, así que no es necesario que le des color. Gracias por la información.
Y luego colgó. Más tarde se preguntaría si se le había metido el diablo en el cuerpo al enterarse de que su marido estaba en un crucero con otra mujer, porque hizo algo que no era digno de ella, que siempre predicaba la no violencia.
Miró el móvil que le habían regalado sus amigas y, en un arranque de ira, lo arrojó contra la pared ante la atónita mirada de Vainilla, que corrió a esconderse bajo una silla.
Con las lágrimas corriendo por sus mejillas, buscó a la perrita y la besó y acarició.
—Lo siento, cariño. Siento haberte asustado.
«Basta. Se terminó. Por fin se terminó. Ahora sé que Albert no me quiere, no me echa de menos, no me desea. Está con otra mujer, y en parte, es culpa mía. Está bien. Es así como debe ser. Entonces, ¿por qué me duele tanto, pero tanto?», pensó.
Secándose las lágrimas hurgó entre los restos del destrozado móvil y recuperó el chip. Tendría que comprar un teléfono nuevo, porque en ese pequeño chip tenía todos los números que le importaba conservar.
Si no compraba uno, no podría hacer lo que se proponía hacer: llamar a Diego e invitarlo a salir.
Pero Diego aún estaba en Aguas Dulces.
Regresó el día de Año Nuevo, y como estaba todo cerrado por ser festivo, acordaron salir al día siguiente.
Y allí estaba, lista para ir al cine y pasarlo genial, tan genial como se lo estaría pasando Albert en el dichoso crucero con la doctorcita.
Pero Albert no estaba pasándoselo tan bien como Candy creía, al menos en los últimos días. Los primeros fueron bastante buenos.
Partió en el Lavinia desde Punta del Este el 23 de diciembre, pero Daniela lo abordó el 25 en Río de Janeiro.
Así pues, la Nochebuena la pasó solo. Únicamente con sus recuerdos y su amor por Candy. El dolor por no tenerla era tan desgarrador que se retiró al camarote antes de que dieran las doce, y echó mano a los somníferos. Últimamente el nivel del frasco bajaba de forma alarmante. La verdad era que ya no podía descansar sin ellos. Incluso tomándolos, dormía poco y mal.
Despertó al mediodía, y por un momento, no recordó dónde estaba. ¡Ah, sí! El crucero. Trató de animarse un poco, así que se fue al casino y apostó unas fichas en la ruleta. No se sorprendió cuando ganó muchísimo dinero jugándolo todo a «negro el once».
«Ya dicen que afortunado en el juego, desgraciado en amores», pensó con tristeza mientras recogía las fichas. La tarde la pasó tomando el sol y nadando en la piscina. El nudo que tenía en la garganta comenzó a ceder, y él sonrió, aliviado. Así estaba mejor.
Al anochecer, llegó Daniela.
Eso lo animó aún más. Estaba realmente ansioso por escuchar las novedades.
Después de instalarse, ella lo puso al tanto de todo. El haber descubierto que las madres eran mayores de treinta y fumadoras reducía la posibilidad de que una mujer joven pudiese transmitir el gen defectuoso. Pero en el caso de Albert no significaba un gran avance.
Era muy difícil descartar la eventualidad de que pudiese engendrar un niño con el mal. Hasta ahora existían cinco casos documentados de familias con este problema. Cuatro de ellos habían transmitido el trastorno por vía materna, y sólo uno por vía paterna. Ese veinte por ciento lo arruinaba todo.
—Pero no nos daremos por vencidos, Albert. El doctor Yisuka cree que en los próximos días lograremos dar un gran paso estudiando ese único caso.
—¡Ojalá, Daniela! Es muy importante para mí saberlo.
—Albert..., perdona si mi pregunta es inadecuada, pero ¿cuál es la situación entre tú y tu esposa? —inquirió. Habían empezado a tutearse.
Él bajó la mirada para que Daniela no pudiese ver su dolor.
—Es... difícil. Quiero creer que no estamos en off, sino en stand by, pero es complicado.
—Entiendo. Debe ser difícil para ella obviar algo tan importante hasta no estar seguros —dijo la doctora, cautelosa.
—Ciertamente, no. Ella se mostró dispuesta de inmediato a hacerlo. Fui yo el que no quiso. Me parecía injusto cercenarle la posibilidad de ser madre de una forma natural.
—Bueno, tu actitud fue muy altruista, Albert. Demostraste ser generoso y ver más allá de tus narices.
—Pero ella no lo entendió así. Se enojó mucho y se marchó. Y luego, cuando yo caí en la cuenta de que no podía vivir sin ella y corrí a buscarla, mi esposa me rechazó.
—¿Te rechazó?
Daniela no podía creer que esa mujer fuese tan tonta.
—Sí, lo hizo. Y también comenzó a rehacer su vida: salir de noche, irse de vacaciones con amigos... —comentó él con una mueca.
—¡Oh, cuánto lo siento, Albert! De veras —murmuró ella, aunque lo cierto era que no lo sentía en absoluto. Por el contrario, estaba exultante de dicha.
¿Cómo no estarlo con ese maravilloso espécimen a punto de caramelo para devorarlo? Estaba exactamente en el estado en que ella lo quería: consternado y vulnerable. Sería un presa fácil de cazar y digna de exhibir.
—No te preocupes.
—Lo superarás.
—No lo creo.
Daniela pareció contrariada, pero no dijo nada. Bueno, quizá no sería tan fácil conquistarlo. Debía actuar con inteligencia e ir despacio.
Por eso, los primeros días no mostró sus intenciones. Hablaron del asunto de Rosmery y de otros muchos temas, pero siempre su actitud fue muy correcta.
Albert estaba contento. Daniela había resultado ser un oído atento, y eso era una agradable sorpresa para él. Ya no se sentía tan solo.
Descubrió que además de inteligente, la científica era sensible, y estaba satisfecho de haberla conocido y contar con ella como especialista y también como amiga.
Durante unos días, su corazón herido dejó de dolerle. Continuaba sangrando, pero ya no le dolía tanto, pues estaba obteniendo lo que necesitaba: distraerse y no pensar en Candy.
Hicieron muchas cosas juntos. Nadaron, bailaron, fueron de compras. Conocieron Angra dos Reis, Buzios, Ilhabela. Un día en cada sitio, y luego de vuelta al Lavinia, para cenar y ver el show nocturno que ofrecían a bordo.
Todo iba muy bien hasta que...
Albert no habría sabido explicar muy bien lo que pasó. Acababan de cenar y salieron a la cubierta a tomar el aire. Daniela parecía dichosa y despreocupada. Corrió hacia la proa y él fue detrás, pues había notado que ella había bebido alguna copa de más, y temía que tropezara y cayera al mar.
—Albert, ven. Mira qué belleza. Desde aquí todo se ve tan majestuoso, tan bello —afirmó, suspirando y encaramada a la parte más alta de la proa.
—Danuela, baja de ahí. Puede ser peligroso.
—Tonterías. Ven, Albert. Sube y recreemos Titanic. Yo seré Rose. Después de todo, mi abuela materna era inglesa. Sí, de allí heredé mi glorioso cabello rojo.
Albert estaba nervioso. No le interesaba en absoluto el cabello de Daniela; lo único que quería era que dejara de comportarse de forma tan temeraria.
—¡Daniela, baja ya! Sí, no me mires así. O bajas, o me voy. No subiré a buscarte, pero tampoco presenciaré como caes.
—¡Oh, Albert!, ¿es que no quieres hacer de Leo DiCaprio para mí?
Albert frunció el ceño. De veras estaba ebria. Y también la veía tambaleante, a punto de caerse.
—Daniela, si bajas ahora, haré de DiCaprio para ti, pero aquí, en la cubierta, que es más seguro —le dijo para seguirle la corriente.
Al parecer, sus palabras obraron el milagro, porque ella dejó de portarse como una niña y descendió con cautela.
Albert le dio la mano y la ayudó a terminar de bajar. Ella se quedó frente a él, jadeante y con una mirada extraña.
«¡Carajo, lo que hace el alcohol! He aquí una científica exitosa convertida en una tonta bajo sus efectos», pensó, meneando la cabeza.
—Ah, my darling! Here you have your Rose —le dijo, aproximándose más a él, con los ojos cerrados.
Albert no sabía qué hacer, pues cayó en la cuenta de que las intenciones de Daniela eran más reales que cinematográficas. No quería recrear una escena de Titanic; lo que quería era que la besara.
Él se sentía demasiado incómodo. No quería besarla. Jamás la había visto como una mujer; para él era la ayuda que necesitaba para solucionar su problema. Y últimamente, hasta la había considerado una buena amiga. Pero ¿besarla? No sentía ni el más mínimo deseo ni la menor curiosidad. En ese instante se dio cuenta de que sus besos siempre pertenecerían a Candy.
No obstante, le daba pena rechazarla. Era una buena mujer; confundida y ebria, pero buena. No se merecía que la avergonzara, así que la tomó de la mano, echó a correr y la arrastró por los pasillos del crucero.
—Bueno, Rose..., allá vamos. No será una escena de riesgo, pero es una de las escenas de DiCaprio.
—¿Qué?, ¿qué diablos...? —murmuró Daniela, mientras no podía evitar correr para no caer de bruces. No se esperaba algo así. Ésa no era la escena que quería representar en modo alguno.
—... no es la que más me gusta, Rose, pero es preferible esto... a sumergirse en aguas heladas, ¿no crees? —dijo Albert, jadeante, sin dejar de correr con ella a rastras.
De pronto, se detuvo. Habían llegado a la puerta de sus respectivos camarotes.
—¡Uy!, ha estado bien la carrera, ¿eh? Al menos, ha servido para despejarnos. ¿No te sientes mejor ahora? —comentó, esperando que los ardores de la doctora se hubiesen calmado del todo.
Pero ella estaba furiosa. Sus ojos verdes despedían chispitas doradas, y estaba roja como un tomate. Jamás un hombre había hecho una payasada como ésa para evitar besarla. Se sentía fatal. Y se lo hizo saber.
—Me siento como una mierda, Albert.
—Daniela...
—Mira, prefiero un rechazo en la cara, antes que una burla así.
—Lo siento.
—Yo no.
Y acto seguido, lo tomó de la nuca y lo besó.
Albert no despegó sus labios, a pesar de la insistencia de Daniela para que lo hiciera. Una y otra vez, la lengua de ella empujaba sus dientes, pero Albert no cedió. No abrió la boca, no correspondió al beso. Ni siquiera cerró los ojos.
La apartó suavemente.
—Éste ha sido un rechazo en la cara, Daniela.
A ella le temblaba la barbilla, pero no claudicó. Le tomó una mano y lo obligó a abarcar uno de sus senos con ella.
Cuando notó que Albert permanecía impasible y que su mano no se movía, la soltó, y ésta cayó automáticamente a un lado del cuerpo de él. Ni siquiera se había sentido un poquito tentado.
Nada.
Daniela lloró de rabia, y Albert cogió su bolso, sacó la llave y abrió la puerta de su camarote.
—Entra y descansa, Daniela. Olvidemos esto.
—La amas, ¿verdad? Te mueres por ella.
—Así es —dijo él, simplemente.
Y al saber que estaba todo perdido, no hubo más qué decir. Daniela levantó la frente y entró en su camarote sin volverse a mirarlo.
Él suspiró, aliviado. Había sido un momento muy tenso.
Lo único que lo había alterado era la posibilidad de hacerle daño a la doctora. Él sabía muy bien lo que se sentía al ser rechazado y no quería que ella pasara por ese mal momento; pero todo había resultado peor de lo que esperaba.
Se metió en su camarote y se acostó.
Antes de dormirse, como siempre hacía, imaginó que Candy estaba a su lado, desnuda y ardiente.
—¡Ay, mi vida!, si no es contigo no será con nadie. Has dejado una huella en mi alma y una marca en mi cuerpo que me hacen tuyo, solamente tuyo, Candy —dijo en voz alta.
Y luego, se volvió boca abajo y se tapó la cabeza con la almohada.
«Cuando regrese a Montevideo, consultaré a un psicólogo», pensó. E inmediatamente se quedó dormido.
CONTINUARA
Ja,ja,ja,ja ...Que oso tan espantoso el de la culebra , le salio el tiro por la culata a Rose ...
