Capítulo 40


Una vez Sasuke entró en el salón, rápidamente localizó a Naruto.

Aquél bebía en una esquina del salón, junto a sus hombres, mientras observaba cómo Rasa hablaba con Temari y ella asentía muy seria.

Sin hacer caso de las mujeres, que a su paso lo miraban con agrado, Sasuke cogió de una mesa una jarra de cerveza. Estaba sediento. Sakura y todo lo que sentía por ella lo desconcertaba, y, cuando se acercó a su amigo, éste gruñó:

—Estamos rodeados de vikingos.

—Eso ya lo sabíamos cuando decidimos venir, ¿no? —repuso él.

Naruto asintió. Odiaba aquello, pero no podía dejar de buscar con la mirada a Temari, que estaba preciosa. Aquélla era su mujer, su bonita mujer.
Pero, apartando los ojos de ella, gruñó:

—No sé aún qué hacemos aquí.

Sasuke asintió. Él tampoco lo entendía y, cuando fue a contestar, Gaara, uno de los hermanos de Temari, se acercó a ellos.

—Es agradable veros por aquí —comentó y, clavando la mirada en Naruto, musitó—: Siento que hayas cambiado de opinión en lo referente a mi hermana, pero lo respeto. Temari no procedió bien contigo y tú mereces tener tu oportunidad.

Naruto lo miró, y Sasuke intervino ignorando eso último:

—Como le he dicho a tu padre, gracias por la invitación.

—Aquí —sonrió Gaara— todo el mundo es bien recibido.

Esa frase, dicha en ese momento, hizo que los dos highlanders se miraran, y Naruto, sin poder contenerse un segundo más, preguntó:

—¿Las personas que nos rodean son lo que imagino?

Gaara entendió perfectamente la pregunta, y afirmó:

—Negarlo sería una ofensa para mí y sin duda también para ti. Por este salón corre sangre vikinga, pero también corre sangre escocesa.

Naruto y Sasuke volvieron a mirarse, cuando aquél añadió:

—Somos muchos los que vivimos en Escocia y que tenemos que ocultar que tenemos sangre vikinga. Nosotros no elegimos vivir aquí o allí.
Simplemente nacimos e intentamos sobrevivir a pesar de que nadie nos lo pone fácil, porque para los vikingos somos escoceses y para los escoceses somos vikingos.

En ese instante se abrieron las puertas de otro salón y Rasa anunció levantando la voz:

—Amigos, entremos a cenar.

Gaara, al oír a su padre, sonrió y dijo mientras se alejaba:

—Disfrutad de la comida. Espero que os guste.

Una vez se fue siguiendo a los invitados, Sasuke miró a Naruto y, cuando iba a hablar, Dotō se acercó a ellos de nuevo y preguntó mirándolos:

—¿Criadores de caballos y de ovejas?

Los highlanders lo miraron, y Sasuke, asintiendo, afirmó:

—Sí. ¿Por?

Dotō sonrió.

—Pues lo siento —musitó—, pero, en cuanto se sepa que Temari y Sakura son vuestras mujeres, nadie querrá hacer tratos con vosotros. Os espera un futuro muy negro.

Sakura, que no estaba muy lejos de ellos, cerró los ojos al oírlo. Le gustara o no lo que Dotō decía, era la cruda realidad.

—¿Acaso te hemos pedido consejo? —siseó entonces Naruto.

Dotō sonrió, y Sasuke, asqueado por lo que aquél decía, le soltó:

—Aléjate de nosotros si no deseas que, aquí y ahora, el que no tenga un futuro seas tú.

Sakura se apartó entonces de ellos y de pronto vio a Deidara. Se acercó a él y, mirándolo a los ojos, preguntó con acritud:

—¿Qué estás haciendo?

El hombre, que en ese instante bebía una jarra de cerveza, dejó de hacerlo, cuando aquélla cuchicheó:

—Cuando Sasuke se entere, ¡te matará, si es que no te mato yo antes!

Oír eso a Deidara le puso el vello de punta, y en voz baja preguntó:

—¿Por qué dices eso, Sakura?

—Bien lo sabes, Deidara, no soy tonta.

El guerrero, al sentirse descubierto, cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, preguntó mirándola:

—¿Qué sabes?

Sakura maldijo y, sin querer responder a su pregunta, siseó:

—Advertido quedas, åtseleter.

Tras llamarlo con rabia «carroñero», se alejó ante la atenta mirada de aquél para aproximarse a Temari.

Una vez todos los invitados a la fiesta entraron en el salón, allí quedaron tan sólo Sasuke, Naruto y sus hombres. Todos se miraban sin saber qué hacer. Si su señor no entraba, ellos tampoco lo harían.

Temari, que había hablado con su padre y éste le había dicho lo que Naruto había decidido hacer, intentaba tranquilizarse junto a Sakura, aunque no le era fácil. Había prometido que acataría su decisión con frialdad, pero, al ver que aquéllos dudaban sobre si entrar o no en el salón para cenar, musitó con rabia:

—¿En serio?

Y, antes de que Sakura la parara, aquella joven de pelo llamativo, cogiéndose la falda con las manos, caminó hasta aquéllos y dijo plantándose ante ellos:

—Sí. Me llamo Temari y tengo sangre vikinga porque mi adorada abuela lo era. —Ninguno dijo nada, y ella prosiguió—: Y ahora, odiadme a mí cuanto os plazca, pero no le hagáis el feo a mi padre de rechazar su invitación. —Y, mirando a Naruto, añadió—: En cuanto a ti, tranquilo, tendrás lo que has pedido esta misma noche.

—No veo el momento —siseó Naruto furioso.

Sakura, al ver la tensión entre ellos, miró de reojo a Deidara e indicó:

—Temari, entremos al salón.

Pero aquélla no se movía, sólo miraba al que de momento era su marido.
Y, al ver que éste sonreía, siseó con desprecio:

—Acepto esa anulación. No me interesa estar casada con un hombre como tú.

Los escoceses se miraron desconcertados mientras el gesto de Naruto se oscurecía.

Entonces, Sasuke, viendo el percal, dejó su copa sobre la mesa y dijo:

—Creo que lo mejor será que nos vayamos.

Los demás asintieron, pero Sakura, plantándose ante ellos, preguntó con autosuficiencia:

—¿Acaso teméis que los salvajes os matemos?

Eso hizo que todos la miraran.

Nadie respondió, y ella, clavando los ojos en Deidara, insistió:

—¿En serio creéis que por llevar sangre vikinga somos tontos y no sabemos cuándo corremos peligro o no?

Incómodo, Deidara se movió, y Sasuke, ajeno a lo que ella pensaba, al ver el desconcierto en sus hombres, respondió con seguridad:

—Nosotros no tememos a nada.

Sakura sonrió al oírlo y, levantando el mentón, replicó clavando sus fríos ojos verdes en él:

—¡Qué curioso! Nosotros tampoco. De ahí que Rasa os haya invitado a su fortaleza y estéis aquí como unos invitados más, incluso provistos de vuestras espadas.

Los highlanders murmuraban, cuando la muchacha continuó ignorando a Sasuke:

—Sí. Yo también soy vikinga. Y si estoy en estas tierras es porque unos escoceses como vosotros me secuestraron de malas maneras y me trajeron aquí. Dicho esto, ¿acaso no puedo yo pensar que los escoceses sois unos malditos salvajes que destruyen hogares y familias?

Los hombres se miraron entre sí. Nadie supo qué responder.

—Para vuestra suerte, mi concepto ha cambiado —continuó ella envalentonada—. Quizá lo pensaba cuando vivía en Noruega, pero ahora, tras conoceros, sé que hay gente buena y mala en Escocia, como la hay en mi tierra. Entiendo que estáis en un lugar donde nunca imaginasteis estar, con personas que para vosotros no valemos nada. Pero ¿de verdad os hemos tratado mal u os hemos ofendido por ser escoceses? ¿O, por el contrario, habéis sido recibidos en esta fortaleza con amabilidad y Temari, Shizune y yo os hemos cuidado?

Nadie se movió. Nadie respondió. Cuando Temari, cada vez más enfadada, intervino:

—Oh, Sakura, déjalo. ¡Que se vayan!

Pero la joven, incapaz de no proseguir con lo que quería decir, clavó sus ojos oscuros por la rabia en Sasuke, que la observaba en silencio, y espetó:

—Ni puedo ni quiero pedir perdón por ser la persona que soy, y menos por haber protegido mi vida ocultando una información que, dicha en otro momento, me habría costado la vida. Y, si tú o ellos sois incapaces de poneros en mi lugar, no seré yo quien me ponga en el vuestro. Ahora, si queréis marcharos, las puertas de la fortaleza están abiertas y nadie os retiene aquí.

Y, a continuación, la joven, con el corazón latiéndole a mil por las cosas que la mirada de Sasuke le hacía sentir, se dio media vuelta e indicó mirando a su amiga:

—Temari, vayamos a cenar.

Una vez ellas se alejaron, los highlanders comenzaron a cuchichear, momento en el que Naruto murmuró acercándose a Sasuke:

—Estoy tan impresionado que no sé ni qué hacer.

Él asintió. Las palabras de Sakura le habían tocado de una manera brutal el corazón, y, volviéndose hacia sus hombres, señaló:

—Ya sabéis toda la verdad de quiénes son ellas. Y, dicho esto, y sin que sirva de precedente, quiero saber qué opináis vosotros al respecto.

—Deberíamos irnos, señor. Aquí no hacemos nada —protestó Ivo.

Los hombres comenzaron a hablar y, sorprendidos, Naruto y Sasuke fueron testigos de cómo la gran mayoría de ellos entendían a las jóvenes y se ponían de su lado. Ellos, en su situación, habrían hecho lo mismo.

Una vez los escucharon, Sasuke se dirigió a Naruto:

—Ahora la última palabra la tienes tú. Estamos aquí por ti, por tu enlace o por la anulación del mismo con Iramet y...

—Temari —lo corrigió él.

Y, convencido de que no quería marcharse y de que debía hablar con la que era su mujer, añadió:

—Entremos. Todos tenemos hambre.

Dicho esto, los escoceses entraron en el gran salón, donde, al verlos, Rasa sonrió.

Desde la mesa presidencial, Temari observó que Naruto se sentaba con su gente, pero no le importó. Tal y como estaba de nerviosa, prefería que Sakura estuviera a su lado, cuando ésta murmuró:

—Sé fuerte.

—Lo soy. Pero... pero odio que ese maldito cabezón no recuerde las cosas bonitas que me dijo y... y... ¡Bah..., olvídalo! —protestó ella.

Sakura miró entonces a su alrededor.

—¿Sabes dónde está Shizune?

Temari negó con la cabeza, pero musitó:

—Ha dicho que iba a la cocina a echar una mano.

Sakura asintió. Conociendo a Shizune, seguro que estaría allí. Y, dispuesta a que la tristeza no les amargara la noche a ninguna de las dos, dijo:

—Escucha, Temari, lo que está hecho no se puede cambiar. Como habría dicho mi padre, hay que asumirlo y continuar nuestro camino, y por ello creo que ha llegado el momento de volver a disfrutar del presente, porque el futuro ya vendrá.

—Una más que acertadísima apreciación —asintió ella sonriendo a pesar de la tristeza que albergaba su corazón.