Capítulo 29

Aun a finales de octubre, Elsa esperaba que si alguien veía un tono sonrosado en sus mejillas lo asociara al paseo bajo el sol de otoño y al vigor que suponía cortar unas flores del gran jardín del castillo, actividades infrecuentes en ella, en lugar de asumir otra conclusión. Evidentemente, la historia detrás de él era delicada y no quería que las personas se acercaran a la verdad.

Un poco de calor aumentó la temperatura en los pómulos de la reina, que precisó ocultar con sus cabellos sueltos mientras reunía la voluntad suficiente para controlar ese signo visible del contenido en sus pensamientos.

El bochorno en su rostro respondía a su inusitada conducta en la alcoba, un día atrás, cuando se atrevió a…

Elsa presionó los labios de su boca atrevida. Ni siquiera era capaz de pensarlo sin recurrir a arreglos de lenguaje u olvidar la sensación en su cavidad bucal. No obstante, sabía que el sonrojo era motivado por la sorpresa y la excitación, y no el remordimiento; cierto era que no se arrepentía de haber llegado a esa conducta posiblemente reprobada para las damas e incitada para mujeres con el mismo valor que ellas, pero nacidas en circunstancias menos favorables. La práctica no había sido espantosa, en su opinión, y tampoco había perdido alguna buena cualidad por llevarla a cabo.

Estaba conforme de apartar las ideas convencionales de escandaloso. Prefería no privarse del placer por seguir recomendaciones de viejas matronas o una sociedad hipócrita y desigual, la cual limitaba a "las damas" a no explorar lo que podría satisfacerlas en privado, con el fin de que su ignorancia sirviera para mantener el control sobre ellas. De influirse por aquello, no se habría sentido bien la pasada noche; porque, aunque no fue la primera receptora de esa caricia íntima, sí sintió placer en la experiencia, hubo un mutuo disfrute en el dar y recibir. Percibir una forma de dominio le dio espíritu y fuego, dignos para las voces que afirmaban de ella una esposa témpano —ahora comenzaba a comprender hacia dónde iban algunos comentarios que había alcanzado a oír años atrás.

Se sentía bien no ser una delicada e inocente flor, modélica esposa dedicada a servir a su cónyuge, siguiendo los preceptos de las enseñanzas brindadas a ella, al margen de su posición y poco tiempo libre de la magia.

Creer que su curiosidad la guiaría a eso.

Y un marido que siempre hacía lo que quería sin mucho interés por la norma, si bien él nunca la había obligado y solo había puesto una buena carnada en su anzuelo, principalmente movido por la atracción entre ambos.

Sabiendo que podía incitarse a sí misma y agradeciendo los sonidos de Skygge y del entrenamiento de su guardia, Elsa puso fin a sus elucubraciones y siguió sus dos tareas actuales, más victoriosa en una que otra. La recolección de flores era sencilla, en tanto inmutar sus facciones se le resistía.

Clavó la tijera en el pasto y cerró los ojos. Inspiró antes de empezar a contar en retroceso números franceses, una de las muchas alternativas que había empleado en trece años de encierro. Al ser familia de lengua diferente a su idioma nativo, era un poco complejo en su cabeza, y, por otro lado, la pronunciación estéticamente grata del francés tenía un efecto tranquilizador en ella.

Logró su objetivo, ayudada ligeramente por la práctica.

Abrió los ojos para coger la tijera de nuevo y terminar de reunir las flores para el ramo en su despacho, que esa mañana se había visto animada a hacer por su cuenta, quitándole la tarea a Anna o a una de las asistentes del jardinero.

Decidió cortar anémonas coloridas y adornarlas con pequeñas paniculatas blancas. No había impedimento en encontrarlas, pese a la estación. Gracias a su antepasada con poderes relacionados a las plantas, como su amistad con los trolls, las flores podían perdurar hasta bien avanzado el otoño, tiempo en que la flora se dormía o deshojaba para la primavera. Así también, había especies no comunes de Escandinavia sobreviviendo en las condiciones frías.

Un siseo la hizo voltear a su origen. Arrugó su nariz al ver cómo Skygge seguía entretenido con el pequeño lagarto que había salido del arbusto para escapar. El animalillo se había dirigido a un destino peor que ella, como presa de su gato.

Se puso en pie con sus flores y Skygge se incorporó del suelo, alejándose hacia la zona donde estaba la oficina de su reluctante amo.

Ella fue detrás de él.

—A Hans no le gustará eso. —Skygge se detuvo y de reojo la miró con la cola del anfibio atrapada en su boca.

Sonrió obligándose a ignorar el movimiento agitado del lagartito.

—Pensándolo mejor, muéstraselo. —Movió su mano indicando la ventana.

Él reanudó su andar elegante y Elsa lo siguió divertida, esperando la actuación del pelirrojo frente a eso.

Skygge brincó al interior y ella se apoyó alféizar. Resopló al notar que él no estaba.

Resignada, se dio la vuelta. A punto de ir hacia la puerta para entrar tuvo una idea, por lo que se encaminó al área que acababa de abandonar, donde duplicó su selección de flores.

Minutos más tarde, iba en dirección a la oficina de Hans con el ornamento que le correspondía. Antes había preparado los dos jarrones, se había aseado y había dejado uno de los arreglos en su despacho.

—Cuidado —dijo a su hermana, haciéndose a la derecha para no chocarse con ella.

Anna levantó la vista de sus manos, manchadas de tinta que trataba de quitar con un pañuelo.

—Sí, disculpa. —Obtuvo como toda respuesta y Anna prosiguió con lo suyo, ya no extrañando a Elsa por su limitado comportamiento al estar cerca. En otra ocasión le habría dicho más y tratado de entablar una conversación prácticamente forzada.

Al llegar a la oficina esta ya era ocupada por Hans, aunque para su decepción Skygge no se encontraba allí.

Él debió percatarse de su exploración visual, pues preguntó burlón: —¿Una salamandra?

Con calma, depositó el jarrón en una esquina del escritorio y asintió.

—Soltó el animal a mis pies y este se escabulló cuando el gato buscaba mi aprobación. Él salió. Mal cazador, tu pequeño, dudo que lo recupere.

Hans sonrió de lado al ver el brillo de curiosidad que su respuesta trajo a los ojos de su esposa.

—¿Te ha atraído mi grito de horror? —sugirió con mofa.

Ella enarcó una ceja, acomodando el recipiente de vidrio en clara búsqueda de perfeccionamiento y pretexto para seguir ahí hasta oír el final del asunto.

—¿Habría venido? —repuso su mujer seria, dando un paso atrás.

—Con tus poderes serías gran heroína, yo soy el pobre indefenso —ella bufó— que no puede defenderse con su única espada a la mano.

Hans aguardó entretenido a que Elsa atrapara la connotación desvergonzada en su frase, sin afán de ser maleducado, solo saber cuánto difería de más de un año atrás. Entonces un comentario descocado habría pasado desapercibido.

La comprensión cruzó su mirada cerúlea y ella alzó la barbilla.

Qué dicha para ti que mis poderes sí sirvan —manifestó volviéndose a la puerta, dejándolo boquiabierto porque había más de dos significados en sus palabras.

¿Criticaba el desempeño de su hombría? ¿Insinuaba que solo era ella buena? ¿Aludía a su intercambio reciente?

Él rió por lo bajo, no cabía duda de que Elsa siempre estaría a la altura.

—Ni un sobresalto, pero me asquea que esta vez fuera en mi alfombra y no el pasto —concedió saciarla justo al verla sujetar el pomo.

Elsa simplemente abandonó la oficina, pero él supo que estaba conforme. La curiosidad era su talón de Aquiles.

Una vez solo, Hans se concentró en el leve olor fresco que soltaban el adorno llevado por ella.

Observando el jarrón, él pensó que ella se estaba apropiando un poco más de la oficina, aunque esas flores con centros negros y pétalos azules, rosados, rojos y blancos no estaban tan mal en aquel sitio.

(Y quizá no solo ellas.)

{…}

Con maestría, Hans barajeó las cartas del modo aprendido por instrucción de Joseph, vasto de conocimiento sobre los juegos con ellas. Esa era la única manera que había podido conseguir, porque el americano tenía estilos mucho más difíciles; así pues, en ella dividía el mazo, colocaba los dos montos horizontalmente a la par y los reunía sujetando los bordes colindantes, creando una lluvia de cartas al centro de sus manos.

Antes de viajar a América, su estilo era pobre, poniendo dos conjuntos de cartas verticalmente, uniéndolas como un libro.

Tras mezclar dos veces más, repartió los naipes en escaleras; la primera constaba de siete elementos y la cantidad disminuía hasta dejar una sola. Las depositó lado a lado de derecha a izquierda, comenzando con la de siete piezas, y reveló la carta que precedía cada columna. El resto de la baraja la acomodó paralela al naipe solitario.

No estaba tan aburrido y desocupado como para una partida personal, pero jugar cabale tenía su encanto.

Para comenzar se fue directo al mazo apilado, puesto que todas las cartas volteadas no encajaban entre sí.

—¿Aprendiste a barajear así tú solo?

Puso el as de picas en la parte superior y miró hacia su esposa, que tenía su atención en él y no en el cuaderno abandonado en su regazo, del cual alcanzaba a distinguir un edificio a medias.

—Joseph Ross.

—¿Has permitido que alguien te instruya? —inquirió ella irónica, enarcando una ceja.

—Lo hago, si le juzgo lo suficientemente bueno para merecer tal humildad de mi parte —manifestó presuntuoso y ella debió contenerse de rodar los ojos por un gesto con sus párpados. —Hacen torneos de cartas en sus clubs y para garantizar juegos honorables debió aprender cosas como esta. Digamos que le gusta tener el poder.

Elsa esbozó una sonrisa que le dio una mala punzada en el estómago.

—Pobre Hans, debes competir por quién manda.

Se encogió de hombros. —Cada quien a lo suyo.

Él terminaría ganando si cruzaban sus dominios, agregó para sí.

—Hablando de cualidades. El dibujo, ¿qué es?

Ella bajó los ojos un segundo.

—Una casa barroca.

—Es bonito. ¿Cómo practicaste para dibujar así preocupada por que tus poderes no se salieran de control?

La pregunta consiguió que Elsa se sorprendiera internamente. Aparte de unos cuantos curioseos de Anna después de su encierro, sentimentales en interés, nadie había tratado de conocer sobre sus actividades en su habitación.

Se dio cuenta que no le supuso recelo como siempre. Parecía inocuo y un acto que beneficiaría en vida de sus hijos.

—Concentrarme en el lápiz, el papel y la imagen servían para distraerme de mis manos, hasta que me enojaba por un mal resultado y mi dormitorio se congelaba.

—Eres muy buena sin haber recibido educación formal.

No pudo evitar contentarse por el halago. Él era una persona exigente y cultivada para tal aprecio.

—Andersen, Joseph, Hildbrand y todos los compradores comparten el sentimiento. Es por ello que los muebles se vendieron con celeridad.

Sin hacerlo visible, sintió el mismo júbilo que al leer su carta de meses antes. Era como campanillas moviéndose alegremente en su pecho. Le ponía pletórica saber que desconocidos dignificaran sus habilidades como talento y actuaran al respecto, respaldando su dictamen.

—¿De qué manera fue la venta?

—Ofrecí los artículos de forma privada a unos cuantos clientes selectivos y comunicativos. Los otros compradores contactaron para conocer el catálogo, escogieron los disponibles y pagaron. No se tuvo que llegar a una subasta.

Prácticamente el señor Andersen y ella fueron quienes trabajaron. Era ejemplo de capitalismo.

—¿Quién se encargará ahora con el cargamento que partió con tu tripulación?

—El Hildbrand de Daphne. Es un gran vendedor. Me duele admitirlo, pero hasta mejor que yo.

Por segunda ocasión en menos de una hora —tres si contaba lo de ella, pero no fue comparación entre ambos—, Hans había reconocido capacidades de otros sobre la propia, demostrando que él era más que un simple egoísta.

No era menos merecedor del título debido a su arrogancia, por supuesto.

—Si lo reconoces, debe ser muy bueno.

—Conseguiría que tú compraras nieve para tu uso personal.

Ella pestañeó.

Hans rió. —Lo haría. Es una habilidad algo contradictoria para su actitud complaciente, aunque al adaptarse a los demás consiguió ganarse favores. Solo Daphne es inmune.

—¿A ti qué te vendió?

—Una idea. Me convenció de entrar a un negocio de telas con él, en donde yo no pensaba meterme.

—¿Por qué? La ropa es un bien necesario.

—La gente necesita ropa, sí, pero sus gustos son cambiantes y con el tiempo hacen de una empresa una mala inversión, porque también es un ámbito con mucha competencia. El bastardo no se equivocó.

Con su comentario, Elsa tuvo la certeza de que el enamorado de Daphne tenía el respeto de Hans. Como su hermano. Y eso era decir bastante.

Al continuar sus trazos, descubrió con pasmo que ella también lo tenía.

Lo que quizá era la herencia más importante para sus futuros hijos.

{…}

Daphne le había asegurado a Elsa que no necesitaba escribirle una respuesta a sus cartas, mas con la tercera que había recibido ella se sentía animada a hacerlo. Antes no había tenido motivación ni inspiración suficiente para saber qué poner en las líneas y ahora lo competente a los ánimos había cambiado.

Asimismo, tan buenos sentimientos dejados por las tres misivas no podían ser correspondidos con silencio. Por consiguiente, la rubia estaba haciendo un primer intento de lo que enviaría, preparándose a la redacción final. Sabía que debía practicar con múltiples correcciones o desperdiciaría demasiado papel para un mensaje de, como mucho, dos hojas.

Y su decisión era acertada, porque en media hora con el lápiz en su mano el avance había sido mínimo. En contraste a su habilidad para el dibujo, la de escritura era vergonzosamente hilarante.

No había escrito muchas cartas personales en su vida. De hecho, podía jurar que solo a Hans le había dirigido mensajes de esa clase, y lo que sentía en esos momentos le había dado la iluminación para escribir sin problemas.

Forzó su mente y concluyó que no había nadie más. De chica, se encargaba su madre, luego ni pensaba al respecto, y tras la muerte de sus padres y su coronación fue su hermana quien protagonizó la tarea —que lo hiciese mantuvo el contacto que sobrevivió esos años, al darles temas para conversar.

Pudo haberle escrito a Anna mientras estaba encerrada, pero no saber qué decir le frustraba y conseguía paredes escarchadas. No iba a contarle más mentiras de las que debía decir para ocultarle su magia, podía ser sencillo por escrito, solo que había mayor fuerza en palabras que no se llevaba el viento.

Por otra parte, en dibujar expresaba sentimientos sin tener que ser muy evidente para que el destinatario lo comprendiera, en tanto que el escrito, si no era en verso, debía realizarse con cuidado para no dar un mensaje diferente al deseado, y de todas maneras muchas veces podía ser sujeto a interpretación.

Finalmente, había que añadir que tampoco era buena en expresar su sentir fuera de sí, cuando permitía fluir lo que tenía dentro.

En resumidas cuentas, Elsa estaba aliviada de que su carta saldría tan pronto se pudiese navegar por el Atlántico; muy pronto sería enero. Hasta el momento su idea era aclararle que Winter era una hija del maligno según su esposo, agradecerle por el chocolate y hablarle de su relación con Skygge, aprovechando la oportunidad para comentar sobre los pequeños que protegía.

Y eso no tomaría más que media carilla.

Amilanada, Elsa empezó a hacer florecitas en el papel de su cuaderno, hasta que la interrumpió el sonido de golpes. Ojeó a su alrededor rápidamente. Hans se había movido a la máquina de escribir, la cual maniobraba toda vez que revisaba unos documentos.

Volvió a su cuaderno, acostumbrándose al ruido del tecleo, uno que tendía a callar por propia experiencia.

Luego de trazar varias flores, cambió a capiteles con plantas. Casi al mismo tiempo una espléndida voz barítona vibró en el aire y ella alzó la cejas.

Él estaba cantando.

Asombrada, pero sin querer interrumpirlo, Elsa lo miró discretamente. Hans estaba enfrascado en su actividad y cantaba solo por gusto, sugiriendo que se había olvidado de su presencia o estaba cómodo con ella.

Sintió una calidez en el estómago. La relacionó a su forma de interpretar esa canción desconocida para ella sobre un Shenandoah, un río y un Missouri, probablemente aprendida en América porque estaba en inglés.

Tenía muy buena voz. Era viril, ligera y claramente expresiva de los sentimientos que deseaba transmitir la letra que entonaba.

Reconoció el que Anna la apreciara años atrás. Si quería obtener su mano y cortejarla con esa estrategia, era obvio que lo lograría; su voz transmitía algo, aunque fuese un engaño.

¿Cómo no se había percatado él entonces de que era privilegiado en muchos aspectos y no necesitaba un reino?

Bueno, sería inútil cuestionarlo; era una experta en centrarse en temas menores y en no avanzar de sus dilemas emocionales.

Suspiró y siguió dibujando. Inevitablemente cruzó por su cabeza la duda del tiempo que ella llevaba sin cantar.

Mucho.

Él terminó la canción con un tarareo y comenzó otra, en latín. Oyéndolo, ella pensó que debía practicar la lengua, porque tardaba en comprender el sentido de la letra, cuyo contenido principal era alegrarse por la vida y no desperdiciarla.

Esa canción sonó más solemne que la anterior y fue tan larga que, cuando él siguió su repertorio, ya había dejado de prestar atención a las frases, casi perdiéndose la próxima.

Escuchar la letra francesa le trajo una sonrisa a la boca. Era una de las interpretaciones que ambientaran el comedor en su hotel de París. Hablaba de no ser correspondido, el placer en el amor, solo duradero por un momento, y el dolor que había en él, que se extendía toda la vida.

Hans tenía buen oído para aprenderse canciones por escucharlas una sola vez, aun en idiomas distintos, o en sus experiencias de la vida habían sido constantes y se impregnaron en él como lo hacía el perfume de las rosas al caminar entre ellas.

Elsa repitió en su mente la letra en francés. Sylvie lo había dejado por otro amante después de que él dejara todo por ella.

La sensación de un pequeño rasguño en el estómago le hizo olvidar la canción y gimió suavemente.

—¿Te encuentras bien?

Elevó el rostro. Hans había interrumpido lo que hacía y esperaba interesado, examinándole. Ella se quedó quieta, aguardando una repetición de la molestia.

En realidad, se sentía excelente. Y de pronto sabía qué escribir en la carta.

—¿Elsa?

—Lo estoy.

Hans frunció el ceño, desconfiaba de lo que su esposa había contestado, pero al ver que se concentraba en escribir, corroboró que su quejido había sido inofensivo.

Regresó a sus asuntos y se detuvo en seco con las manos sobre las teclas de su máquina, reparando en que había estado cantando, como hacía para acallar el sonido del aparato, sin importarle la presencia de su esposa allí.

Se encogió; era la consecuencia de hacerse un lugar en su oficina. De no gustarle, podía retirarse.

Aunque Elsa no parecía perturbada minutos después, cuando él oteó sobre su hombro unos instantes.

{…}

Elsa agradeció a los empleados de la cocina, quienes se preparaban para la noche, y se retiró del lugar, infructuosa en su propósito de hallar a su esquivo gato.

Llevaba dos días sin verlo, más de lo que acostumbraba a desaparecer de su vista, por lo que necesitaba corroborar su bienestar. Había buscado por todas partes en el castillo y nadie le había informado de haberlo visto en veinticuatro horas.

Ni siquiera Hans lo había hecho y Skygge tendía a buscarlo cuanto era posible.

El corazón se le aceleró.

Exhaló tratando de no preocuparse de más, era imposible que le hicieran daño en un reino que aceptaba a los gatos y que tenía suficiente cantidad de agua para ahuyentarlos del peligroso muelle. Si no lo encontraba en una segunda exploración del castillo, iría directamente adonde el grupo de mininos en el pueblo.

Se decantó por revisar la oficina de Hans.

Al abrir se congeló cuando lo vio; creía que se había retirado a su dormitorio después de la cena, pero recordó que era noviembre y acostumbraban a tomar los últimos alimentos del día más temprano. El tema de Skygge la había hecho olvidarlo, incluso si había cenado.

No le prestó más atención, apremiada por su problema actual.

—¿Has visto a…? —Hans señaló con su cabeza la esquina donde ella solía sentarse y Elsa empujó la puerta. Respiró con alivio al encontrarlo dormido.

Entró y cerró detrás de sí, acercándose para arrodillarse y dar una palmadita a su pequeño. Le había tenido turbada y él dormía apaciblemente; sin embargo, se conformaría con saber que estaba bien.

Al ponerse en pie y girarse fue cuando se fijó en lo que hacía Hans. Había movido la silla a un vértice de su escritorio, acercándose al hogar que calentaba la estancia, mismo al que miraba su asiento. En el librero a su izquierda estaba una taza y un plato con un pastel de tamaño considerable —diez por veinte centímetros, al menos, y ya estaba comenzado.

Lo reconoció y sintió su boca humedecerse.

Hans, de tobillos cruzados sobre un taburete, sonrió y cogió su postre. A continuación, una porción fue partida.

Oyó el crepitar de la madera al arder, si no se trató de su estómago.

—¿Te apetece un poco? —invitó él con calma, elevando el trozo de pastel en el tenedor.

En ocasiones como esa entendía por qué Eva había probado la manzana. Era su favorito y tenía meses sin consumirlo, ya que por su cumpleaños fuera no había aprovechado a tenerlo.

Como sería tonta por rechazarlo, caminó hacia Hans. Los ojos de él brillaron y le apartó el tenedor, indicando en silencio que abriera la boca.

Ella tragó saliva percibiendo chispas en su cuerpo y entre los dos.

Sin hablar, se inclinó y separó los labios. Mirándola con intensidad, él colocó el pedazo de pastel en el sitio correcto, poniendo cuidado en su labor.

Irguiéndose, Elsa disfrutó lentamente el sabor del pan de vainilla con relleno de chocolate que tenía una característica inimitable hasta ese día.

—No amo el chocolate, pero la pastelera es grandiosa y no puedo resistirme —comentó Hans a gusto con el deleite en los ojos de ella. Esa era la reacción que él tenía con ese dulce del demonio.

Y, en caso de ella, su gozo aumentaba por ser su sabor preferido.

No era de extrañar que sucumbiera a la tentación de él, aunque el objetivo de él no era sexo, tenía otra clase de placer en mente.

Ella terminó de masticar. —Me gusta, pero no voy a insultar a mi personal yendo continuamente a disfrutar del trabajo de alguien más.

—Oh, yo no tengo ese escrúpulo —replicó indiferente, tomando un poco del merengue del pastel para chuparlo. —Compro cuanto puedo desde el año pasado. Su pan de leche bañado con canela y sus galletas de chocolate son perdición para la humanidad. —El corazón le brincó de ansia al recordarlos. Comer las creaciones de Helga Sinason era el equivalente no carnal de la cúspide. —Y por la cercanía de Navidad ha comenzado a hornear galletas de avena y jengibre, con naranja, nuez o zanahoria.

La mandíbula y garganta de ella se movieron cautivadas por sus sugerencias.

Se mojó los labios. —Deliciosas.

(Su cuerpo y las galletas.)

Elsa asintió.

—Disfruto de ellas estas fechas, no me interesa que deba hacer más ejercicio.

El frío valía la pena.

Ella espió su plato. —Has comprado un pastel algo grande para una sola persona.

—¿Por qué compraría uno chico? ¿Y si me quedo con ganas? Lo puedo dejar aquí, por el frío, si sobra.

—Tus porciones de comida eran más pequeñas —aseveró ella pensativa.

—Observadora.

Cortó un poco más y la lengua le tembló al probarlo. Atrapó la mirada de Elsa.

—¿Quieres más? —No se sintió enfadado de compartirle su goce privado.

Le tendió el plato para que ella escogiera por sí misma. Mientras Elsa partía el pastel, él entrecerró los ojos y bajó los pies del taburete.

Cuando ella dirigía el tenedor a su boca, él la cogió de la cintura, confiando en el temple de ella para sujetar su valiosa carga.

—¿Qué haces? —preguntó su esposa al tiempo que él la sentaba en la esquina del escritorio.

—¿Prefieres sentarte en mis piernas? —repuso divertido—. Es de mala educación que una dama esté parada en presencia de un caballero y no quería moverme para acercarte la silla.

Señaló con su cabeza el otro lado de la mesa.

—Yo podría hacerlo sola. —Oírla decir eso, en esa posición y con un tono obstinado, le hizo imaginarse a una niña rubia queriendo mostrar su valor; lo haría solo por sus padres.

Ahora bien, Elsa no parecía una pequeña ni perdía su gracia elegante en esa pose.

—¿Vas a moverte ahora que estás cómoda?

Ella puso los ojos en blanco y él aprovechó para sujetarle la mano e introducir el pedazo de pan humedecido que permanecía en el tenedor.

Elsa protestó con sus orbes azules.

Hans reprimió una carcajada. —Ya que parecías no quererlo —dijo cubriéndose con la mano para hablar.

—Eso ha sido de mala educación.

Él rió entre dientes.

—Tú serás quien enseñará buenos modales a nuestros hijos. Yo el que les dé consejos para salirse con la suya sutilmente.

Elsa negó, apoyó el plato en su regazo y cortó una porción de pastel para ella.

—Siquiera no me dejaste de pie.

—Oh, sí, por mí también aprenderán a cómo lograr que alguien tan correcto como una reina se siente a la esquina de una mesa para comer un postre en secreto.

La aludida contuvo cualquier protesta a lo dicho y acercó el tenedor a su boca con lentitud.

El hueso del cuello de él se volvió más prominente al tragar saliva. Por seguirlo, Elsa no previno que él deslizara su palma abierta desde su pantorrilla hasta su muslo.

Ella soltó un gemido por el placer del chocolate combinado con el cosquilleo de su toque.

Él le guiñó un ojo con coquetería y cogió el plato, alargando la otra mano para hacerse con el tenedor. ¡Acababa de distraerla!

Era perverso.

Se lo podía permitir en ese caso.

Hans comió su pedazo y partió un poco más, que le tendió sin entregarle el utensilio.

Elsa se acercó, diciéndose que en esas circunstancias podía hacer varias concesiones.


NA: ¡Hola!

No es mi área de conocimiento e investigar no me aclaró mucho las cosas, pero August Sleicher estudió las lenguas indoeuropeas antes de morir en 1868, haciendo un árbol genealógico de ellas, por eso es que tal vez Elsa podría saber lo que hoy día sobre aprender otros idiomas (si son de diferentes subfamilias lingüísticas, se complica más el aprendizaje; el francés y noruego permanecen la itálica y la germánica, respectivamente, y pensar en el otro supone cierta dificultad, aunque lo hable con fluidez). Aparte, en el francés, después del 70 hacen cada cosa con la numeración; por dar ejemplo, el 74 es sesenta y catorce, el 90 es cuatro veces veinte y diez, ¿por qué hacen eso? El día que supe esto caí de espaldas.

Fue casualidad, pero vi que en lenguaje de las flores las anémonas pueden significar amor intenso pero frágil, fugaz o amenazado, o el deseo de estar con alguien. Se piensa que el significado es de inestabilidad en una pareja, aunque aún así no se dejan de usar para ramos de novia. Diría que las escogí porque me gustan, la verdad es que leí que en Noruega se da la anémona azul, pero es otra especie del género, más pequeñita, y al ver que la clase de la que escogió Elsa (anémona coronaria) es una flor alegre, me quedé con esas.

Hans juega cabale, el nombre que recibe el solitario en los países Escandinavos. Un libro alemán de 1793 lo mencionaba, aparentemente, aunque dos jugadores compitiendo mientras jugaban por su cuenta (¿por qué jugarían para ver quién terminaba primero su partida?, no lo sé). Como me gusta el manga, durante unos momentos me imaginé a Hans tipo el chico de "Tonari no Seki-kun", quien se la pasa haciendo de todo en clase (tiene anime con capítulos de menos de 8 min., por si quieren ver de qué hablo ja,ja).

Las canciones de Hans, me fui por cosas de wiki XD. La primera se llama Oh Shenandoah, según famosa para navegantes en 1800. La del latín es el Gaudeamus igitur, himno universitario antiguo; como hombre aristócrata, Hans pudo haber asistido, ya lo dejo a ustedes si para pretender que estudiaba. Y la última es Plaisir d'amour (Jean Paul Égide), data del siglo XVIII. Se las doy por si desean buscarles.

Acabado esto, yo creo que el capítulo contiene puro gusto Helsa. Desde ese deseo de Elsa para querer hacer ramos de flores hasta engañarse con que lo hace por el chocolate (yo también lo haría, ¿para qué miento?). Ustedes ya sabían que París y la separación de meses tendrían sus frutos.

La última escena del capítulo anterior y el momento de las canciones fueron importantes para la parte del pastel, que debía mostrar su atracción y hacerles pasar un poco de romance bien incomprendido para los dos, quería que su química y algo básico como el gusto los llevara a eso y ni se enteraran. Me estaba muriendo por hacerlo, a ver si no me excedí XD. Noten que a Elsa no le gana la risa todavía, aunque se deja llevar, queda para eso, pero ahí le va ganando Hans.

En fin, espero disfrutaran de esta dosis de Helsa. Siempre le doy la bienvenida a comentarios constructivos.

Besos, Karo.


Guest1: Anna y Kristoff no pueden tener bebés, Elsa sí, solo que su primer embarazo terminó en aborto. Por eso al comienzo del fic Anna era meditabunda por el asunto de no poder formar su familia como quería.

Guest2: ¡Me encanta! Estoy contenta de que te gustara el capítulo anterior y pudieras apreciar esas cositas que no se dicen explícitamente, pero allí están. Sí, sus sentimientos ahí van, llegará el día en que se darán esas muestras de cariño que nos encantan ja,ja,ja. ¿Cómo de que no? Me hacen falta y las que tengo planeadas me apremian por ser escritas decentemente, no se quieren quedar en borradores. Es todo lo que puedo decir sin hablar por adelantado, pero me gustó saber tu opinión. Espero que la actualización llegara en buen tiempo :D