.
.
Capítulo 60
Les recomiendo abstenerse de leer si eres sencible a las escenas sangrientas y no apto para menores de edad.
Daniela ya no fue la misma durante el resto del crucero, pero Albert no dijo nada. Quería darle tiempo y espacio para que reflexionara, pues sabía que apresurar las cosas no conducía a ningún sitio.
Se separaron en Punta del Este. Ambos se dirigían a Montevideo, pero ella rechazó el coche que Albert le ofreció y alquiló su propio vehículo.
Al parecer, aún continuaba enfadada. Bien, allá ella. Él nada podía hacer.
En el viaje de regreso, Daniela logró serenarse. No estaba acostumbrada a que le dijeran que no y no le gustaba para nada esa sensación... Pero era por su propia culpa. Había leído mal las señales y había hecho un movimiento en falso. «Tonta, tonta, tonta», se dijo.
Pero no era mujer que se diese por vencida tan fácilmente. Albert dependía de ella en algo que para él era vital, así que de alguna forma lo tenía contra la pared, aunque debería recorrer otro camino para llegar a él.
Antes de apearse del vehículo, lo llamó al móvil.
—Albert, ¿sabes?, quería pedirte disculpas por lo del otro día. No estoy habituada a beber alcohol, y apenas recuerdo lo que sucedió, pero sé que hice cosas que normalmente no hago.
—¡Oh, Daniela!, olvídalo.
—Lo haré si tú lo haces, pero lo cierto es que en estos últimos dos días me he sentido muy avergonzada.
—No te preocupes; lo entiendo.
—Perfecto. Quería pedirte algo. He visto en Internet que se ha estrenado la última película de Tarantino, en la que trabaja Leo DiCaprio. No sé si te he dicho que me encantaba ese actor.
—No me lo has dicho, pero me he dado cuenta.
—No voy a preguntarte cómo. Bien, Albert, ¿me llevarías al cine mañana? Odio ir sola, y me muero por verla. Te prometo que sólo tomaré un refresco; nada de cerveza ni champán.
—Por supuesto, Daniela. A mí también me gusta.
—¿DiCaprio?
—No, precisamente. Me gusta Tarantino, así que iremos a verla mañana. Dime por dónde paso a recogerte.
—¿Te parece que nos encontremos directamente en Movie Center Montevideo Shopping? Ahora que tengo transporte, quiero usarlo.
—Si así lo quieres, por mí está bien. ¿A qué hora?
—A las ocho. Hasta mañana, entonces.
—Hasta mañana.
Excelente. Tenía una nueva oportunidad para intentarlo, y esa vez no la desaprovecharía.
—Yo digo que mejor vemos la del tsunami —opinó él.
—¿Para qué? Para derrochar pañuelos desechables. No, yo voto por la de Tarantino. Adoro a ese director.
—Eres una mujer muy extraña, Candy —dijo Diego, riendo.
—¿Por qué lo dices?
—Observa a nuestro alrededor. La mayoría de las parejas discuten por lo mismo, sólo que al revés: las mujeres quieren ver la del tsunami y los hombres la de Tarantino.
—Bueno, nosotros no somos una pareja, así que podemos estar tranquilos de discutir esta variante. ¿Entonces?, ¿le dirás que sí al pobre Django?
—Te diré que sí a ti, nena.
Candy se ruborizó. Era evidente que Diego tenía intenciones de avanzar un tanto esa noche, y ella no se lo impediría. Después de todo, su esposo estaba en un crucero con una mujer, y seguramente ya...
¡Diablos! ¡Mierda, mierda! Candy se quedó paralizada en medio de la sala.
Albert no estaba en un crucero con una mujer. Albert estaba allí, en el cine, con una mujer.
Como si un imán lo atrajera, él se volvió de pronto y sus ojos se encontraron.
La impresión que se llevó fue maravillosa y terrible a la vez. Tuvo que aferrar con ambas manos su caja de palomitas de maíz para no dejarla caer.
A sólo tres metros de distancia, Albert y Candy se miraban como hipnotizados, y el mundo desaparecía por completo.
Estaban solos, allí de pie, sobre la alfombra llena de estrellitas, lunas y soles.
Candy intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca.
Instintivamente se pasó la lengua por los labios, y ese simple gesto fue para Albert más devastador que el tsunami de la película.
Lentamente, fueron recobrando el resto de los sentidos, y repararon en sus acompañantes. Y también notaron que ellos parecían perplejos por lo que estaban presenciando. Se dieron cuenta al mismo tiempo de que no podían soslayar el hecho de que ya se conocían, y se aproximaron para saludarse.
—Hola.
—Hola, Candy.
—¿Cómo has pasado la Navidad y el Año Nuevo?
—Muy bien. Espero que tú también.
—Estoy segura de que en un crucero se pasa mejor —dijo ella, sonriendo y volviendo el rostro hacia Daniela.
¡Demonios!, lo sabía. ¿Cómo se había enterado? ¿Quién diablos se lo había dicho? Tragó saliva y no tuvo más remedio que presentársela.
—Candy, te presento a la doctora Btower. Ella está dirigiendo la investigación sobre la enfermedad de Rosmery.
—Daniela, por favor. Doctora Brower me hace sentir mayor de lo que soy. Encantada, Candy.
«De modo que ésta es la esposita de Albert. No puede ser otra, a juzgar por la intensidad de sus miradas. Estos dos se están prendiendo fuego sin tocarse. ¡Carajo!, no voy a tener ninguna oportunidad con ella aquí», pensó Daniela, furiosa.
—Mucho gusto —respondió Candy, cortante.
Se moría de ganas de decirle que se estaba acostando con su esposo, y de molerla a golpes por ello, pero entendía que, en todo caso, sería Albert el merecedor de los golpes, no ella.
—¿Y tú no me presentas a tu acompañante, querida? —dijo Albert con ironía.
Se esperaba algo así, y se esperaba que le doliera, pero no imaginó que tanto. Sentía fuego en su estómago y un sudor frío le perlaba la frente.
Candy alzó las cejas e hizo las presentaciones, pero sin darle el gusto de admitir o no admitir nada.
—Albert, Diego. Diego, Albert —dijo mecánicamente, haciendo un gesto con la mano.
—¡Vaya presentación! —dijo Albert, mirando a Diego de arriba abajo.
—Es lo que hay —repuso ella con un tonito belicoso que a Albert no le gustó nada.
—Pueden entrar—gritó el empleado del Movie Center, quitando el cordón que impedía el paso.
Fue muy oportuna la interrupción porque el ambiente se estaba caldeando demasiado.
Cuando se dieron cuenta de que tenían los cuatro asientos contiguos, casi les da un infarto. Albert pudo ver cómo Candy seguía a Diego entre las butacas, pálida y nerviosa. Observó a Daniela, que se había plantado en el extremo, sin atreverse a pasar. No tenía tiempo para vacilaciones, ni para mostrarse dubitativo. La tomó de la mano y tiró de ella, mientras seguía a Candy.
Verla de frente lo había dejado al límite, pero observarla por detrás con esa faldita... Y el hecho de pensar que se la había puesto para ese tipo lo ponía furioso.
No podía apartar los ojos de ese culo perfecto que él sabía que tenía forma de corazón, y que era redondo y suave. Ese culo era suyo, ¡maldita sea! Y si no era suyo no sería de nadie más.
Se sentaron en medio de un tirante silencio.
En un principio, cada uno llevaba una charla trivial con su respectivo acompañante, pero cuando se apagaron las luces y los adelantos comenzaron, la tensión volvió a reinar entre ellos.
Estaban uno junto al otro y sus antebrazos se rozaban. Ambos permanecían con la vista fija en la pantalla, pero cada centímetro de sus cuerpos era consciente de ese contacto.
Candy sentía deseos de llorar y reír al mismo tiempo. Era un manojo de nervios, excitada e histérica, y hacía grandes esfuerzos para que no se le notara.
Él no podía quitar su caja de palomitas de la entrepierna, porque el bulto que se había comenzado a formar allí desde el instante en que la había visto, estaba tomando dimensiones insospechadas. Permanecía inmóvil, y su nuez de Adán subía y bajaba cada vez que tragaba saliva.
No podía concentrarse y cayó en la cuenta de que se había perdido los primeros quince minutos de película sin saber cómo.
Eso estaba resultando una verdadera tortura.
Mientras tanto, Daniela se hacía la tonta y Diego se sentía derrotado. De reojo, observaba a Candy y notaba lo tensa que estaba. Ese tipo la estaba hostigando de alguna forma, estaba seguro. Ella debía haberlo abandonado por violento, porque no pudo dejar de notar su turbulenta mirada cuando los había presentado. Por un instante, tuvo miedo de que... No sabía muy bien de qué. Lo cierto era que por alguna razón se sentía inseguro y estuvo tentado de salir corriendo de allí.
Pero no, no lo haría porque él no era un cobarde. Simplemente, observaría las reacciones de Candy, y luego evaluaría los daños producidos por la presencia de ese tal Albert.
El resto de la película transcurrió así. Los cuatro observaban la pantalla, pero estaban más atentos a lo que pasaba fuera de ella.
Cuando faltaban sólo veinte minutos para que finalizara, Diego se acercó a Candy.
—Candy, ¿quieres palomitas? —susurró, ofreciéndole la caja.
Pero antes de que ella pudiese responder, lo hizo Albert.
—No, no quiere palomitas. Ella no come palomitas. Cuando tenía siete años se le cayó un diente que ya tenía flojo por morder un maíz que no había estallado. Eso la asustó y, desde ese día, no come palomitas. Tú deberías saberlo —dijo sin cuidar el tono de voz.
—¡Chsss! —se oyó desde los asientos vecinos.
Candy se volvió a él, furiosa. ¿Cómo se atrevía a...? Tenía ganas de coger la caja de palomitas y ponérsela de sombrero.
Pero no lo hizo. Se puso en pie, tambaleante, mientras decía bajito:
—Ahora regreso. Voy al baño.
Pasó literalmente por encima de Albert, ya que él no hizo el menor ademán para facilitarle la salida. Eso no la amedrentó y, con el rostro rojo como la grana, levantó una pierna y luego otra para lograr escapar de allí.
Albert estaba como trastornado. Se revolvió inquieto en el asiento, mientras con el rabillo del ojo observaba cómo la faldita blanca descendía por las escaleras cautelosamente a causa de los altos tacones.
Y no se detuvo a pensarlo. Se olvidó de Daniela, se olvidó de Diego. Lo único que existía en su mente y en su corazón era Candy.
Se levantó, dejó la caja de palomitas en el asiento de ella, y sin dar ninguna explicación, fue tras su esposa.
La alcanzó en el pasillo.
—Candy, espera...
Ella parecía aterrada. Lo oyó, pero no se volvió. En lugar de detenerse, apuró el paso.
Entonces, él no tuvo más remedio que tomarla de un brazo para que no continuara...
—Suéltame.
Y a partir de allí todo pareció transcurrir a cámara lenta. En ese instante, ambos recordaron el momento en que se habían reconciliado en la acera bajo la lluvia, después de su primera pelea. Tenían la sensación de que eso había ocurrido hacía siglos, pero que estaba volviendo a ocurrir. Era muy extraño, porque ellos no eran los mismos. Habían pasado demasiadas cosas, y no todas eran buenas.
Albert se pasó una mano por los cabellos, desesperado. No sabía qué decirle. Quería que supiese que entre Daniela y él nada había pasado, que continuaba loco por ella y que quería matar a ese Diego.
Quería decirle tantas cosas, pero no se atrevió.
No se animó a hablar, pero hizo algo peor. O mejor, aún no estaba seguro.
La arrastró hacia la sala más cercana y la arrinconó contra la puerta del cubículo del proyector.
Candy se revolvía entre sus brazos, furiosa y excitada a la vez, pero él no atendió a las demandas de su boca, porque ésta le pedía que la soltara, pero su cuerpo estaba pidiendo otra cosa.
Con los pensamientos turbios por el deseo, la oprimió con la parte inferior de su cuerpo, de modo que ella pudo sentir el pene erecto en todo su esplendor.
Y algo sucedió en Candy, porque de repente dejó de luchar y se quedó quietecita, como esperando algo.
Era evidente que en esa sala estaban pasando una comedia, porque oían carcajadas a su alrededor, una tras otra. Pero ellos no reían. Ellos jadeaban.
—Candy...
—Albert...
Y al escuchar su nombre de sus labios en ese tono tan particular que ella usaba cuando estaba dominada por el deseo, él se volvió loco, le buscó la boca y comenzó a besarla como un desesperado.
La besaba una y otra vez, la mordía, le succionaba la lengua, y ella se dejaba, encantada de la vida. En ese momento, se olvidó de todo; de Diego, de la doctora, del desencuentro. Lo único que le importaba en la vida estaba allí, y la estaba matando de placer.
—Te quiero, te quiero, te quiero... —murmuró Albert mientras le recorría el cuello con la lengua y cubría ambos senos con sus manos por debajo de la blusa.
Estaban ambos fuera de control, lo sabían, y no hacían nada para evitarlo.
Candy movió las caderas para aproximarse más al objeto de su deseo, y Albert le facilitó la tarea, moviéndose también él para que pudiera sentirlo mejor.
Ella gimió y lo tomó del trasero para acercarlo más aún, y Albert estuvo a punto de acabar en ese instante.
La miró a los ojos a unos centímetros de su rostro, jadeando sobre su boca, y la tomó del cuello con ambas manos. Con los pulgares, la obligó a abrir la boca y le introdujo la lengua hasta la garganta, pero no le bastó; quería introducirle algo más, y no sólo en la boca.
Entonces, bajó la mano y la metió debajo de la falda de ella, que al instante lo tomó de la muñeca y le impidió continuar.
—¡No!
—Por favor, mi cielo, por favor... déjame. Te juro por mi padre que entre Daniela y yo no ha pasado absolutamente nada. Necesito tocarte, Candy. Necesito tenerte de alguna forma ahora mismo.
—No, Albert. No puedo.
Pero él quería recorrer el camino que su mano había emprendido y luchaba contra la presión que ella ejercía en sentido contrario.
—Sí, sí puedes. Eres mi esposa y te necesito, me muero por ti, mi vida.
—No lo entiendes. No puedes tocarme; tengo la regla.
Albert rio sobre la dulce boca de ella. De modo que era eso...
Bendita regla. Si ése era el motivo de su resistencia, la adoraba.
Adoraba la regla.
—Me importa una mierda que la tengas. Lo quiero todo de ti; quiero tu alma, quiero tu cuerpo, quiero tu sangre...
Y Candy ya no pudo más. Lo dejó hacer.
Él le mordió el mentón mientras hurgaba bajo su falda hasta encontrar lo que buscaba. Apartó la compresa y le introdujo los dedos lo más profundo que pudo sin dejar de mirarla a los ojos.
—¡Ah, Candy!, ¡cuánto te deseo, mi amor!
—Yo también.
—Dime que ese idiota no te ha tocado; dímelo, por favor.
Candy se puso tensa, y él lo notó porque su vagina le oprimió la mano.
—Y si lo ha hecho, ¿qué?
Albert le apartó el cabello de los ojos y murmuró:
—Si lo ha hecho lo mataré, pero antes quiero follarte durante varios días. Necesito resarcirme de todo este dolor, mi amor. Te amo, te adoro.
Candy se había rendido completamente. No sabía cómo continuaría la historia; lo único que sabía era que ella pertenecía a Albert, para bien o para mal.
Le lamió la nuez, y él gimió.
—¡Ah, qué maravilla! Había olvidado lo bien que sienta esto.
—¿Y esto? ¿También lo habías olvidado, corazón? —susurró ella, acariciándole el pene por encima de la ropa.
—¡Oh, mierda! No he olvidado nada, princesa, pero continúa recordándomelo así y provocarás un desastre.
—Albert, yo tengo un desastre aquí abajo...
—No me importa. Te comería el coño ahora mismo, con regla y todo.
«¡Maldito hombre lindo!, no me digas eso. Me trastocas. Sigue así, moviendo tu mano ahí mismo.»
Estaba a punto de correrse y él lo notó.
—Vamos, Candy, dámelo de una vez. Dame lo que es mío, cielo. Acaba para mí.
Y ella lo hizo. Justo en ese instante las luces se encendieron y una muchedumbre se abalanzó escaleras abajo. En tan sólo un segundo estaban rodeados de gente, pero afortunadamente Albert pudo quitar los dedos del cuerpo de Candy sin que nadie lo notara.
Se miraron intensamente. Ella estaba avergonzada, y él estaba radiante.
La sacó de la sala, y justo en la puerta, se encontraron con Daniela y Diego.
Los cuatro se miraron muy serios.
Era evidente que algo había pasado entre Candy y Albert, pero nadie se atrevía a decir nada... Nadie, salvo Daniela.
—¿Qué ha pasado?
—Nos... equivocamos de sala. Lo siento, Daniela —contestó Albert.
—No sé cómo... ¡Oh, Albert!, tienes sangre en los dedos. ¡Estás herido, Albert! Déjame ver —dijo Daniela, tomándolo de la mano para observar mejor.
Candy casi se desmaya.
—No es nada, Daniela. No te preocupes, me habré cortado con...
Albert intentó ocultar la mano, pero ella no se dio por vencida.
—¡Que no me preocupe! Ven, querido —insistió mientras lo arrastraba al baño de señoras.
Una vez allí puso la mano herida bajo el chorro de agua.
Algunas damas mayores protestaron por su presencia, pero Daniela les explicó sin mirarlas:
—Soy médico, y esto es una emergencia.
Y lavó, y lavó..., y la herida no aparecía.
—No lo entiendo.
Albert no sabía qué decir.
—Bueno, yo creo en los milagros, ¿tú, no? —fue lo primero que se le ocurrió.
Y ciertamente así era; si no, ¿cómo se podía explicar el maravilloso encuentro que se había producido esa noche entre él y la mujer de su vida?
Daniela miraba su mano, entre preocupada y confusa. De veras no entendía qué estaba pasando...
Cuando salieron del baño no había ni rastro de Candy y Diego.
Pero Albert no estaba preocupado. Candy era suya. Había tocado su sangre, había palpado su amor...
En ese instante, Daniela atendió una llamada. Cuando colgó, Albert se enteró de que su sangre lo llevaría inmediatamente al otro lado del mundo y lo alejaría de nuevo de su amor. Debía partir sin dilaciones hacia Japón, pues habían descubierto algo importante y tenían que hacerle algunas pruebas.
CONTINUARA
Me dio cosita este capitulo con eso de la mano ensangretada, estos chicos son dinamita pura.
