Vida,
quiero que comprendas este gran cariño que siento por ti.
Quien, Pedro Fernández.

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XLI

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Camus sintió la mirada asesina de Milo en su espalda hasta que llegaron a la octava casa. Pasó y se quedó en la entrada del área residencial. Hester salió a recibirlo un tanto nerviosa y buscó a su Señor para saber qué estaba pasando o qué hacer.

—Aquí no —escuchó la voz de Milo casi cerca, volteó y lo siguió en silencio hasta un risco con vista a la playa.

—Nada pasó en las semanas que no estuviste.

—No sé a quién intentas engañar Camus. Tal vez no soy tan listo como tú, pero no estoy ciego —se sentó en el borde.

—Fue antes —Milo sintió un espasmo y Camus se sentó a su lado—. Durante las semanas que no estuviste, yo, traté de descubrir por mi cuenta qué eran todas las emociones que tenía. De alguna forma no encajaban. Por eso me acerqué a Aioria —Escorpio no hizo nada para interrumpirlo—. Cuando Shura nos prestó su informe, todo cobró sentido. Él cuidó de mí durante ese tiempo. Pude haber muerto —Milo se quedó petrificado—. Algo pasó que me hace sentir cómodo y seguro a su lado. Y tiene sentido.

—Entonces, solo es gratitud lo que sientes por él —por fin se dignó a ver a Camus.

—No Milo. Y te equivocas con Aioria. Todo este tiempo que estuvo conmigo, él… Se la pasaba hablando de ti casi todo el tiempo.

—No te entiendo Camus.

—Me enamoré de él Milo y no... quería decírtelo. Tengo miedo de este sentimiento porque tú estás en sus pensamientos —Milo se paró y se alejó de Camus. No quería seguir escuchando. Había puesto a Camus en peligro y él no parecía enojado por nada de eso—. Sé... que he traicionado nuestra amistad, pero, es porque eres mi mejor amigo que necesito contarte esto.

—Mejor me hubiera muerto yo.

—No digas tonterías Milo. No sé qué haría sin ti.

—Todo esto es mi culpa. Si no hubiera hecho nada…

—Seguiríamos atrapados sin podernos enamorar.

El agarre de Camus tomó a Milo por sorpresa. Esos tranquilos ojos azules que antes sólo le pertenecían a él, no se habían ido. Estaban ahí.

Las olas empezaron a romper, y Milo buscó su refugio entre los brazos de Camus.

—Te amo Cam. Siempre te he amado.

—Y yo también te amo, Milo.

—Pero…

Ninguno terminó la frase.

El sol se perdió en el horizonte y Camus fue a dejar a Milo hasta su templo.

—No voy a perdonar a Aioria por lo que hizo.

—Él no hizo nada.

"Lo hizo todo", pensó Milo pero no lo diría en voz alta. Le debía haber salvado a Camus y haberle robado lo que más anhelaba. Lo odiaba.

—No te compartiré.

—No te pediré que lo hagas pero, aún si no estoy con él, ya no pasaré tanto tiempo contigo.

Milo siguió su camino hasta el área residencial y Camus escaleras arriba.

A dentro de Escorpio, Hester vio a Milo tan descompuesto que le preparó un baño. Sabía que esa noche no iba a cenar. Se preguntó si debía deshacerse de todo lo que había guardado pero decidió que le preguntaría a su Señor cuando estuviera más tranquilo. No se salvaría de un regaño pero, tal vez, podría recuperar un poco de la energía que tanto lo caracterizaba.

Esa noche, Milo no durmió. Se mantuvo despierto viendo la bóveda celeste que tanto le recordaba a los ojos de Camus. Tan profunda. Tan brillante. Eso no lo podía plasmar una fotografía.

Tendría que ir recuperando el material que había tirado y hacerse cargo de sus sueños. Tal vez ya no escribiría diarios. Pensó que, si se dedicaba a escribir, podría estar con Camus a través de sus libros. Tendría que mejorar mucho pero, de un modo u otro, tendría que conseguirlo.

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