Capítulo 41
La opípara cena fue sabrosa y suculenta.
Las cocineras de Rasa Sabaku se esforzaron para agasajar a los invitados, y sin duda alguna lo consiguieron. El pan de cebada, legumbres y centeno, los exquisitos pescados ahumados y la carne asada hicieron que todos aplaudieran felices, y más aún cuando llegaron los postres, entre los que no faltó un exquisito pastel de frambuesas y moras.
Satisfechos, Sasuke y sus hombres disfrutaban de aquellos manjares, cuando Deidara afirmó levantando una jarra:
—Esta cerveza está exquisita.
Todos asintieron. La cerveza, hecha con cebada, miel fermentada y agua, era una maravilla, pero Inabi, incapaz de dar su brazo a torcer, afirmó:
—Si me dan a elegir, me quedo con la cerveza escocesa, aunque reconozco que ésta no está nada mal.
—Nada mal —cuchicheó Ivo, que ya llevaba varias copas de más.
Los hombres rieron por aquello, cuando comenzaron a oírse unas palmadas. Segundos después, Rasa, junto a su hija, Neji y Sakura, se levantó ante los aplausos de todos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Naruto.
Sasuke, que seguía con la mirada a Sakura, se encogió de hombros. No entendía nada.
—No lo sé —respondió—. Ahora lo veremos.
Una vez aquéllos se colocaron en el centro del salón, comenzaron a sonar unos golpes secos, a ellos les siguió el sonido de unas gaitas y, tras éstas, unas voces comenzaron a cantar.
Con gracia, Sakura y Temari empezaron a bailar alrededor de Rasa y de Neji, que sonreían encantados. Aquello parecía una danza típica de su tierra, que ellos conocían y disfrutaban bailando.
Desde donde estaba, Sasuke no le quitaba ojo a la pelirosa. Estaba preciosa con aquel vestido azulón y el cabello peinado. Su sonrisa y su rostro relajado le mostraban una faceta de ella que hasta el momento no había conocido, y disfrutando de ello estaba cuando vio que el resto de los presentes, hombres y mujeres, se levantaban y formaban varias filas.
¿Para qué lo hacían?
Sin moverse, Sasuke se fijó en cómo los hombres observaban a Sakura. Ver sus ojos, sus miradas y sentir que éstas recorrían el cuerpo de la joven al bailar le molestó.
¿Por qué tenían que mirarla así?
Intentando disfrutar del momento, volvió a clavar la vista en ella, en aquella joven problemática que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando. Y, al verla sonreír y disfrutar, sonrió él también. Sonrió como un tonto.
A la primera pieza de baile le siguió una segunda y una tercera, y tanto Temari como Sakura danzaban con todo aquel que se lo pedía. Las filas se organizaban para bailar con los cuatro que habían abierto el baile, y posteriormente se formaron más filas para poder bailar primordialmente con las mujeres.
Los hombres de Sasuke, integrados en la fiesta, comenzaron a danzar con las jóvenes que por allí había. Y Naruto, al ver a la que era su mujer bailar con todos menos con él, iba a quejarse cuando Sasuke, que estaba tan molesto como él por ver a Sakura, gruñó:
—No protestes, ¿acaso no quieres anular tu matrimonio?
Naruto maldijo. El tiovivo de emociones que estaba sintiendo lo tenía en un sinvivir, y musitó:
—Creo que me he precipitado.
—Tú sabrás —afirmó su amigo sin apartar sus ojos de la pelirosa.
De nuevo comenzó otro baile y Naruto volvió a maldecir. Temari no lo miraba, estaba claro que había acatado su decisión, y de pronto se asustó.
¿Y si ahora era ella la que no quería saber nada de él?
Sentir cómo otros ponían sus manos sobre la cintura de su mujer lo estaba sacando de quicio, y, al mirar a su amigo y ver su gesto, fue a hablar cuando éste se le adelantó:
—¿Sabes que llegué a plantearme casarme con ella?
Boquiabierto, Naruto lo miró.
Sabía que Sakura le gustaba, pero no hasta ese punto.
—Pero ya lo olvidé —añadió Sasuke—. Sería inaceptable por demasiados motivos.
Naruto asintió y no dijo nada. Comprendía perfectamente cómo podía sentirse su amigo por dentro y decidió callar. Sin duda era lo mejor.
Durante un rato, los dos escoceses observaron danzar, reír y disfrutar en brazos de otros hombres a las mujeres que se habían clavado en sus corazones. No era fácil presenciarlo. Se sentían incómodos de ver su felicidad. Y, cuando Naruto no pudo más, siseó molesto:
—Creo que deberíamos llevárnoslas de aquí.
Al oírlo, Sasuke sonrió.
A pesar de todas las barreras que se estaba poniendo, él también lo pensaba y, mirándolo, preguntó:
—¿No crees que estamos locos?
Naruto asintió mirando a su bonita mujer.
—Sin duda. Tenerlas a nuestro lado complicará muchas cosas.
—Lo sé —afirmó Sasuke—. Pero no tenerlas a nuestro lado sería un error.
—Un grave error —matizó su amigo.
Según dijo eso, un hombre se sentó junto a ellos, y se dirigió a Naruto:
—Enhorabuena, muchacho. Ya me ha dicho Rasa que eres el marido de Temari, aunque por poco tiempo.
El escocés asintió sin mucho humor, cuando aquél cuchicheó:
—Me gustabas tú más que Dotō. Siempre consideré que era excesivamente mayor para la muchacha.
Naruto no contestó, y aquél, bebiendo de su cerveza, añadió:
—Es una pena que no quieras seguir casado con esa mujercita, cuando podrías disfrutar de ella y de la poligamia, que, por si no lo sabes, está permitida en el pueblo vikingo.
Oír eso hizo que Naruto parpadeara. Lo había oído decir, pero nunca lo había creído.
—Soy escocés como vosotros —murmuró entonces el hombre bajando la voz— y, al casarme con Freya, ese dato fue lo primero que mi suegro me especificó. Acostarse con otras mujeres no sólo estaba permitido, sino que incluso era necesario.
—¡¿Qué?! —preguntó Sasuke boquiabierto.
El hombre, que ya llevaba varias copas de más, sonrió y, levantándose, cuchicheó antes de marcharse a bailar:
—Y no sólo les está permitida a los hombres, sino también a las mujeres.
—¡¿Cómo?! —gruñeron Sasuke y Naruto mientras veían a aquéllas reír y bailar con otros.
Con expresión de sorpresa e incomodidad, ambos agarraron sus jarras de cerveza y bebieron.
Lo que aquel hombre acababa de decir era una auténtica barbaridad.
De todos era sabido que los vikingos eran raros, muy raros. Permitían cosas como aquéllas, que para ellos eran impensables. Sus mujeres eran sólo suyas, como ellos eran sólo de ellas.
Durante unos segundos, ninguno habló, hasta que Naruto musitó mirando a su amigo:
—Entonces... ¡es cierto!
—Está visto que sí —repuso Sasuke de mala gana—. No sólo eran habladurías.
Sin dar crédito, ambos menearon la cabeza para mirar a las mujeres que, ajenas a sus pensamientos, se divertían bailando con los hombres que gustosamente las invitaban a danzar, cuando Sasuke, enloquecido de celos, musitó levantándose:
—Se acabó. Me da igual si es vikinga o escocesa. He de hablar con ella.
—Opino como tú —afirmó Naruto imitándolo.
Y, sin pensarlo más, los dos escoceses fueron a por sus mujeres.
