Capítulo 30
«A dar sin medida, a combatir sin temor las heridas».
SAN IGNACIO DE LOYOLA,
Oraciones para la generosidad
Ansioso y tenso, Itachi observó la calle a través de la ventana. Mei acababa de entrar en la casa solo un minuto antes. Quería que todo acabara de una vez y ver a Orochimaru rumbo a los muelles, como él mismo había previsto. Todo estaba saliendo bien, casi podía paladear la victoria. Casi. Solo tenía que permanecer escondido durante un rato más.
Entonces, como en una obra teatral, todo cambió de cariz. El decorado se convirtió en un escenario de horror absoluto. Su corazón negó lo que veían sus ojos. También le ocurrió algo a sus piernas: no fue capaz de moverlas con la suficiente rapidez para llegar a ella. Salió del edificio a toda velocidad, rumbo al otro lado de la calle; quería detenerla antes de que fuera demasiado tarde. Sin embargo, el destino no quiso ser su aliado. No fue lo suficientemente rápido. Alcanzó la calle justo en el momento en que su Saku, su preciosa Saku, entraba en la misma casa que Mei. Su capa azul ondeó en el aire antes de que se cerrara la puerta. Orochimaru estaba tras aquella puerta.
«¡Noooo!».
.
.
.
Un criado más bien severo y algo despeinado dejó entrar a Sakura después de que le dijera su nombre y le exigiera ver a madame Terumi. El tipo hizo una mueca de burla irreverente, se encogió de hombros y le dijo que lo siguiera. Su actitud la hizo vacilar. ¿Qué estaba haciendo ella allí, en una casa extraña, para abordar a una mujer que no conocía? Pero ya era demasiado tarde, pensó. Ya estaba dentro y mantenía su intención, temerosa o no, de obtener algunas respuestas.
Poco antes de entrar en la sala, escuchó unas voces. El nombre de Konan fue mencionado varias veces. Madame Terumi discutía con un hombre, un tipo que parecía enfadado. Un individuo que poseía una voz que y a había escuchado antes. Notó que se le erizaba el vello de la nuca y que una daga le atravesaba el corazón haciendo que se quedara paralizada. ¡Santo Dios!, ¿qué había hecho al ir a llí?
Había cometido un error garrafal, pero ya era demasiado tarde para corregir eso, pues el criado dio a conocer su presencia en ese mismo momento.
—La señora Uchiha —anunció.
Era el hombre que la violó, en efecto. Llevaba la chaqueta roja que tan bien recordaba y sus ojos rezumaban maldad cuando giró la cabeza en su dirección y la vio. Interrumpió su diatriba, conmocionado de verla en su casa. Ella se dio la vuelta para huir, pero él la atrapó con facilidad y cerró los brazos en torno a sus costillas, apretándola contra su cuerpo.
—¡Vaya sorpresa! —siseó con la boca en su cuello al tiempo que subía una de sus manos hasta su garganta, que apresó con una mano que parecía una garra —. ¡Oh, no sabes cómo te he echado de menos! —Se estremeció como si todavía no se creyera la suerte enorme de haberla encontrado. Sakura notó la erección del tipejo contra su cuerpo cuando él la estrechó sin recato—. Hueles tan bien como recordaba. ¿Sentiré lo mismo también cuando... te folle?
Como la otra vez, se sentía como una mosca atrapada en la tela de una asquerosa araña, solo que ahora era culpa suya.
Madame Mei protestó desde el otro lado de la estancia.
—¡Señor Orochimaru! ¡Suéltela!
—¡Calla, puta! —gruñó él—. No interrumpas el reencuentro con mi amante.
—¡No! ¡Prefiero morir a que usted me toque! —gritó ella.
Sakura porfió denodadamente, intentando zafarse del violador. Su instinto combativo la impulsó, y luchó contra él con todas sus fuerzas. Sin embargo, Orochimaru mantenía la ventaja sobre ella al apretar los dedos sobre su garganta hasta casi dejarla sin aliento. No podía respirar. Sintió como si la cabeza le fuera a estallar y, de pronto, la habitación comenzó a dar vueltas; los colores perdieron intensidad, transformándose en una masa sombría y confusa. Al borde de la inconsciencia, dejó de luchar y él aflojó la presión de su garra.
—Así, gatita —ronroneó mientras ella jadeaba, y la abofeteó con fuerza un par de veces—. Respira, gata salvaje. Te quiero fuerte cuando te folle. —Lo vio abrir mucho los ojos llevado por una eufórica locura.
Las bofetadas le dolieron tanto como la presión en la garganta, pero nada era tan horrible como el hondo pesar por lo insensata que había sido.
—Todo está bien. Te hemos recuperado, mi putita especial. Más tarde podrás luchar contra mí. Te deseo para... luego. ¡Dios, qué bueno será! —Sacó un cuchillo de alguna parte y le puso el filo en el cuello—. Pero ahora mismo debes hacer lo que te diga.
Un atronador golpeteo en la puerta atrajo la atención de todos.
—¡Saku! ¡Orochimaru, sé que está ahí dentro, con usted! ¡Suéltela!
¿Itachi? ¡Itachi era el que gritaba al otro lado de la puerta! ¡También él estaba allí! ¿Qué demonios...?
—¡Ita...! —Su grito fue ahogado por la sucia mano de su asaltante, que le tapó la boca con fuerza al tiempo que apretaba el cuchillo con más intensidad contra la piel con la otra mano. Los pensamientos giraron dentro de su cabeza de manera irregular; no era capaz de comprender la situación. Dónde estaba, con quién, qué ocurría... Al parecer ese hombre se llamaba Orochimaru y Itachi lo conocía. ¿Cómo era posible tal cosa?
—Uchiha, usted no debería estar aquí —gritó el tal Orochimaru hacia la puerta—. Ha quebrantado las reglas de nuestro trato.
—¡Está reteniendo a mi mujer! —repuso Itachi con la voz ronca y ruda.
—Oh, pero en realidad ha sido ella la que ha venido a mí.
—Suéltela, Orochimaru. ¡Como le toque un solo pelo, haré que lo cuelguen!
—No lo conseguirá si me la llevo de este asqueroso país. —Se hizo el silencio, los dos hombres parecían sopesar sus opciones.
Itachi fue el primero en hablar. Ahora parecía más sereno.
—Orochimaru, no intentaré detener su partida si la deja salir ahora, ilesa. Tengo un carruaje dispuesto para llevarlo a donde quiera ir.
—No confío en usted, Uchiha. ¿Cómo sé que no estará apuntándome con un arma, igual que hizo con mi tío? No, esto se hará como yo diga. Va a retroceder, se irá al otro lado de la calle. Mandaré a un hombre a comprobarlo. Si no está donde le he dicho, la mataré. Ahora mismo tengo un cuchillo sobre su garganta. ¡Como me obligue a ello, la mato!
—Ahora mismo me voy. ¡No le haga nada! —Itachi se alejó de la puerta.
Y a partir de ese instante no se escuchó ningún ruido más procedente del exterior.
«¡Santo Dios, Itachi! ¿Qué he hecho?».
Itachi se sentía en el infierno. Literalmente. Orochimaru tenía a Saku en sus garras y ahora mismo la amenazaba con un cuchillo.
«¡No! ¡Mierda! Piensa —se dijo a sí mismo—. Sé fuerte por ella. Primero sálvala y preocúpate después». Lo único que quería en el mundo era poner a Saku a salvo.
Un hombre pequeño, con aspecto de comadreja, salió en ese momento a la puerta y lo miró. Él hizo un gesto con la cabeza y movió las manos para mostrarle que no tenía en ellas ninguna arma. Luego señaló el vehículo aparcado enfrente. El tipo regresó al interior. Yahico seguía en el punto donde se habían escondido antes.
—Mantente oculto, Yahico. No ayudará en nada que él te vea —dijo en voz baja. El guardián asintió con la cabeza y regresó a las sombras.
La puerta de la casa volvió a abrirse y Saku fue la primera en aparecer. Orochimaru la sujetaba con fuerza al tiempo que apretaba un cuchillo contra su garganta. Ella tenía los ojos abiertos como platos por el terror. Era evidente que trataba de localizarlo bajo la luz de la luna.
—Sakura —gritó Itachi. Sus miradas se encontraron. Aliviado, comenzó a dirigirse hacia ella.
Orochimaru se movió con rapidez hacia el carruaje, empujando a Saku delante de él. El conductor parecía preocupado y se levantó de golpe, alzando las manos.
—¡Vuelve a sentarte, imbécil! —chilló Orochimaru.
—Está bien, tranquilo —dijo Itachi al cochero—. Lo llevarás a donde quiera ir para que no le haga daño. Yo te pagaré. —Tendió una libra al nervioso conductor, que la aceptó con mano temblorosa.
—Retroceda un paso, Uchiha. ¡Está demasiado cerca!
Desde su punto de vista estaba demasiado lejos. Aquella repugnante serpiente todavía tenía a Saku y los separaban casi tres metros. Contuvo el aliento y esperó. Clavó los ojos en su hermosa esposa, en poder de una vil bestia que la amenazaba con un cuchillo en la garganta.
—Saku..., te liberaré. Todo saldrá bien. —Asintió con la cabeza. Luego se concentró en Orochimaru—. Suéltela ya. Tiene lo que quería, Orochimaru. Suéltela y váyase. —Tendió los brazos a su esposa.
—¡Oh, Itachi! Lo siento mucho —susurró ella.
—No te preocupes, cariño. Te rescataré —repitió.
Orochimaru sonrió con maldad.
—Esto es conmovedor, de verdad. Qué tiernos —se burló—. Pero ella es una maravilla, Uchiha. La he echado de menos. —Sacó la lengua y lamió la mejilla de Sakura.
Sakura se encogió, asqueada, y cerró los ojos con fuerza.
—De repente siento la incontenible necesidad de tener compañía en mi viaje al extranjero. —Se inclinó hacia ella—. ¿Qué te parece, gatita? ¿Te vienes conmigo? Te prometo follarte mejor que él.
—¡Nooo! —Saku sollozaba, a punto de sucumbir a un ataque de pánico.
La vio luchar al darse cuenta de que tenía intención de llevarla con él, hasta que Orochimaru apretó el cuchillo con más fuerza contra su garganta, levantando un poco de piel con la presión.
—¡Saku! ¡No te muevas, cariño! Te juro que todo irá bien. —Itachi intentó recuperar la compostura, instando a su cerebro a pensar y entendiendo que cualquier acción impulsiva por su parte solo serviría para que aquel reptil le cortara el cuello a Sakura—. No haga eso, Orochimaru. Es una locura por su parte secuestrarla. Suéltela y váyase. —Habló con calma total para que el chiflado de Orochimaru pudiera entender las palabras en medio de la enloquecida bruma que sin duda lo envolvía—. Si quiere un rehén, tómeme a mí y deje libre a mi mujer.
—Ah, pero ¿sabe lo que pasa, Uchiha? Quiero follar con ella, no con usted.
—Orochimaru, le aseguro que eso no ocurri... —En ese momento, el niño de las calles, Haku, dobló la esquina. Se acercó en silencio, caminando lentamente hasta Orochimaru. Itachi miró al chico a los ojos y el agresor percibió aquel gesto.
Orochimaru se volvió y vio a Haku, y la intrusión lo desestabilizó lo justo para darle cierta ventaja a su enemigo.
—Lárgate, mocoso. ¡Esto no tiene nada que ver contigo! —ladró Orochimaru.
Sakura aprovechó la ocasión para volver a luchar y logró apartarse un poco del cuchillo.
Las oportunidades se presentan cuando uno menos lo espera y, aunque Fisgón no era humano, reconoció la que tenía ante sí con la misma inteligencia que si lo fuera, y eligió el mejor momento para servir a su ama. Salió disparado como una furiosa bola de pelo y hundió los colmillos profundamente en la pantorrilla de Orochimaru.
El tipo maldijo y se sujetó la rodilla con una mano, pero para luchar contra Fisgón necesitaba las dos. Tuvo que soltar a Sakura, que se dejó caer al suelo en cuanto se vio libre.
Haku entró con rapidez en la reyerta, tirando de ella y dando oportunidad a Itachi de abalanzarse sobre Orochimaru. No tuvo conciencia de lo que hizo. Recibió una patada en las costillas, pero ignoró el dolor. Sentir el cuello de Orochimaru bajo las manos le suscitaba una emoción embriagadora. Presa de una furia sobrehumana, lo único que le importaba era dar muerte a aquel monstruo.
—Esto por lo que la has hecho sufrir. —Apretó con fuerza.
Sin embargo, Orochimaru todavía tenía el cuchillo y, con la fuerza que da la desesperación, lo alzó para atacarlo, intentando clavárselo en la cabeza. Itachi lo esquivó echándose a un lado en el último segundo, salvando la cabeza, pero el arma se hundió en su hombro. Un dolor ardiente atravesó sus músculos. Maldiciendo, soltó el cuello del bastardo.
Cayó al suelo apretándose el hombro con una mano y observó impotente la espalda de Orochimaru cuando este corrió hacia el vehículo, sacudiendo la pierna para deshacerse del perro. Fisgón salió disparado por el aire y aterrizó sobre su regazo con un agudo aullido.
—¡Vamos! —chilló Orochimaru al conductor, soltando el cuchillo ensangrentado. El hombre no pareció necesitar más motivación. Chasqueó el látigo sobre el lomo del caballo y el carruaje se puso en marcha, perdiéndose en las oscuras calles de Londres con su depravado pasajero eludiendo un castigo más que merecido.
La loca ira que le poseía se desahogó en forma de risa aterradora, que salió del carruaje como un trueno, haciendo estremecerse a todos los que la oyeron. El vil ruido inundó el aire de aquella noche preciosa iluminada por la luna.
