Tenía sueño, mucho más de lo normal, y bueno, con un vientre más grande que el de una ballena y un trabajo que le drenaba la energía era de esperárselo. Con pereza salió de su habitación al sentir el delicioso olor del café y el pan recién tostado que le hacía empezar a salivar con hambre. Cuando llegó a la cocina envolvió sus brazos alrededor de su esposo sin poder evitar el impulso de tenerlo cerca.

Amor mío, la cena ya mismo está lista— se giró dentro de los brazos del menor, besando su frente y ubicando una mano en su hinchado vientre para sentir al pequeño de ya casi 8 meses.

Grazie Amore— susurró a su oído, fundiéndose en un beso necesitado. Sentía que ya eran siglos desde la última vez que se besaron y su cuerpo le pedía estar con su pareja sin importar nada. Lo quería en más de una manera. Solo sentir las manos de Antonio acariciar su espalda le mandaba una corriente de electricidad por todo el cuerpo. Dio... como lo deseaba, y por el notable bulto en los pantalones del español sabía que él también sentía lo mismo. Y de repente, supo que el universo debía odiarlo cuando escuchó el timbre de su puerta. Ambos intercambiaron una mirada confusa, no estaban esperando a nadie, menos a esa hora. —Yo me encargo— besó a su esposo una última vez antes de ir a mandar a la mierda a cualquier persona que estuviese allí, sin embargo, decir que se sorprendió con lo que vio sería poco.

— ¡Arthur! — Oh Dio, la persona frente suyo parecía un cadáver, estaba extremadamente pálido. Su cuerpo parecía estar en un lugar, pero su mente en otro. Algo había pasado, algo grave. — ¿Qué haces aquí? — se olvidó enseguida de su enojo. Era extraño ver que Arthur llegara a su casa sin avisar, menos a altas horas de la noche.

—Lovino...— su voz salía ronca, como si hubiese estado llorando, pero ¿Por qué? ¿Qué había pasado? —Quiero hacerte una pregunta— ¿una pregunta? ¿En serio había venido a su casa solo por una pregunta? Eso sí que era inoportuno.

— ¿Qué pasa? Deberías haber llamado o esperado para preguntarme mañana, estoy molido— se quejó masajeando su sien. No entendía que estaba pasando, Arthur parecía estar todo menos bien.

— ¿Qué pasaría si... necesitara un órgano para Francis y te matara? —esa pregunta salió de sus labios con una voz tan seria que Lovino sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sus ojos parpadeando sin poder asimilar lo que acababa de escuchar. ¿Qué tipo de pregunta era esa, maldizione?

— ¿Che...?

— ¿Que crimen es ese? — ¿Cómo que qué crimen era ese?

—Un asesinato, obviamente, y doble si tomamos en cuenta al bambino— respondió posando sus manos sobre su vientre por instinto. Arthur empezaba a darle miedo, pero antes de que pudiera hablar otra pregunta lo interrumpió.

— ¿Cuál es el castigo por cometer un asesinato?

—De quince años de prisión hasta cadena perpetua— la condena variaba dependiendo de la gravedad del asesinato, y muchas veces lo que decidía el juez no era lo justo. Pero así era la ley. No había nada que pudieran hacer contra ello.

—Es muy poco... quince años por matar a alguien tan valioso, es muy poco. — pudo notar en ese momento como la mano del inglés que sostenía una bolsa que parecía ser de regalo se apretaba, como si intentara contener su enojo. Pero ¿enojo por qué?

—No sabía que me amabas tanto— murmuro rascando su nuca incómodo. Nunca lo habían preparado para ese tipo de situación, merda.

—Lovino... ¿Cuál es el peor castigo en la tierra? — La persona frente a él no se parecía nada a su mejor amigo, no con esos ojos tan vacíos. Solo una vez lo había visto de esa manera, y eso fue cuando Francis desapareció hace más de 15 años.

— Arthur en serio, ¿qué pasa contigo? Me estas preocupando, idiota— explotó, sosteniendo al de ojos esmeraldas por los hombros, en busca de una respuesta, pero esos ojos solo lo evadían. Podía sentir el ligero temblor de su cuerpo. No estaba bien, no estaba para nada bien. Maldizione.

—No es nada, me voy...— contesto con la voz ronca, zafándose con apenas fuerzas del agarre del italiano, tambaleando un poco al momento de voltearse para regresar por donde vino, aunque si era sincero, simplemente se había dejado llevar por su cuerpo sin darse cuenta hacia donde iba. Porque en ese momento el pesar en su corazón era tanto que sentía su cuerpo amortiguado, tan liviano como una pluma y al mismo tiempo tan pesado como el plomo.

—Arthur...— lo miro irse con preocupación y un mal presentimiento en su pecho. Quería ir tras el pero una patadita de su bambino lo detuvo. Cazzo. Pero por alguna razón algo le decía que todo eso tenía algo que ver con Francis... debía serlo, no había otra explicación posible.

•••

No sabía cuándo había sido la última vez que dejo a sus emociones fluir tan libremente, que dejo ir todo y simplemente estalló. Pero se sentía tan... liberante. En ese momento no le importaba el dolor punzante de sus manos por haberse desquitado con la pared de su habitación o las pequeñas manchas de sangre de sus nudillos manchando la blanca pintura. Ni siquiera le dio mucho pensamiento a sus sabanas ya humedecidas por todas las lágrimas que habían caído sobre ellas. Su garganta dolía...

Se sentía como un niño que acababa de echar un berrinche, y en verdad que no se había dado cuenta de que era tan liberante. Dejar todas sus emociones surgir, explotar finalmente...

El sonar de su celular lo saco de sus pensamientos. En verdad que no tenía ánimo de hablar con nadie, pero el insistente resonar del aparato no lo iba a dejar en paz. Con pesadez se sentó sobre la cama, limpiando sus ojos antes de tomar el teléfono y contestar la llamada sin siquiera ver el nombre de la persona que estaba a la otra línea.

— ¿Quién es? —preguntó con la voz rasposa, carraspeando un poco para ocultar el hecho de que pocos minutos atrás habia estado llorando sus pulmones.

—Francis... Arthur, es sobre Arthur— escucho esa conocida voz a través de la línea, podía sentir claramente la preocupación y la angustia en ella. Y lo que escucho después hizo que su sangre se helara por completo. No... no podía ser. Sin pensarlo dos veces se levantó de la cama y tomo las llaves de su auto antes de salir con un palpitar pesado en su pecho. Oh mon dieu, solo rogaba que lo que temía no fuera cierto. —Necesito encontrarlo...

•••

—Estoy en casa— llamó al entrar a ese lugar donde por tantos años había vivido con esa persona que ya no sabía quién era realmente. —Damn it...— maldijo apoyándose contra la pared de la entrada al sentir todo dar vueltas a su alrededor, el piso estaba temblando y su cabeza lo estaba matando. Ni siquiera podía enfocar bien sus zapatos. Era ridículo.

Con toda la fuerza que pudo invocar en ese momento comenzó a caminar hacia la cocina. Su garganta dolía, necesitaba té. Una buena taza de té podía curarlo todo, entonces ¿Por qué no podía recordar donde estaba la tetera nuevamente? Ni siquiera sabía dónde estaban las tazas o el té. Era un desastre.

Desde el estudio de la casa unos ojos verdes se alzaron al escuchar la puerta de la casa abrirse y cerrarse de manera brusca. Arthur... ya estaba en casa. Sus ojos nuevamente bajaron a la carta que hace solo unos segundos había terminado de escribir y la guardo en un sobre con el nombre de su destinatario, dejándola a lado de otra antes de levantarse para salir por su hermano. Pero apenas lo vio supo que algo andaba mal con él.

—Scott— nombro al notar el hombre parado frente a él. Esa persona... no, no podía ser cierto. Todo lo que había escuchado debía ser una ilusión ¿no? —¿Tienes sed? Voy a preparar té ¿quieres poco? — pregunto intentando olvidar esa escena que se repetía una y otra vez en su memoria, esas palabras.

—Arthur— llamó con voz suave, sin comprender que era lo que pasaba. Tenía un mal presentimiento. ¿Por qué Arthur parecía tan torpe? ¿Por qué sus manos temblaban mientras sostenía la tetera bajo la regadera para llenar el agua? ¿Porque sus ojos estaban tan oscuros? ¿Por qué tanteaba todo como si estuviese... ciego?

—No recuerdo donde deje el té... fuck— murmuro con un temblor apenas audible en su voz, pero Scott lo pudo identificar claramente.

—Arthur— lo llamo una vez más, la preocupación palpable cuando tomo a su hermano de los hombros. El menor sintió su estómago revolverse de manera dolorosa cuando se dirigieron a esas manos sobre su cuerpo. Con esas manos él... Matthew.

¡CRACK!

El sonido de la tetera hacerse trizas en el suelo resonó por toda la casa. El agua mojando todo el piso y los restos de cerámica esparciéndose por toda la cocina.

— ¿Porque hiciste eso? ¿Por qué le hiciste eso a Matthew? — Scott se quedó en shock al escuchar esas palabras, su cuerpo perdiendo toda su fuerza. No... ¿Cómo? Arthur retrocedió unos pasos, zafándose del agarre del escocés. ¿Por qué Scott estaba reaccionando así? Oh dear god... en verdad que no podía creerlo. — ¿Me veo tan lamentable? ¿Siempre y cuando abriera los ojos de alguna manera, pensaste que sería feliz? — Sus ojos en ese momento chocaron con los atónitos de su hermano— ¿Pensaste que estaría bien matar a alguien solo para que yo pudiera ver? ¿Es eso? — escupió con ira, el golpe de su puño contra el mármol de la cocina sacando a Scott de su estupor. Rodó los ojos con su vista fija en el techo en un intento de parar sus lágrimas, una risa amarga saliendo de su garganta cuando de repente todos los comportamientos extraños de Scott tomaban sentido. —Ahora lo entiendo, porque escondiste las cartas de Francis, porque te hiciste cargo de el en secreto, porque estabas tan en contra de él, de que estuviéramos juntos— la furia y el enojo eran notables pese a que su voz se escuchaba quebrada. Scott no tenía nada que decir en su defensa. La manera en la que Arthur lo miraba, en la que lo estaba tratando. Se lo merecía. —Pero lo que realmente no entiendo, sin importar cuanto lo piense, es que... mi hermano no es esa clase de persona ¡No pierdes pacientes ni como error! ¡No eres esa clase de persona! —negó frenéticamente con la cabeza. El Scott que conocía nunca haría algo como eso, por mucho que se comportara como el idiota más grande del mundo su hermano no era capaz de algo tan atroz... tan inhumano. —Tú NUNCA matarías a un paciente. Dime que todo lo que escuche es una mentira, que lo que dijo Francis era solo una mentira, escuche mal ¿verdad? — suplico sin poder contener su llanto. —Por favor dime que no es verdad ¡dímelo! —gritó histérico, las lágrimas de ira cayendo de sus mejillas y sus puños apretándose tan fuerte que sus nudillos se empezaban a tornar blancos. Scott sentía que se estaba ahogando, el dolor en su pecho tan grande que le cortaba la respiración.

—Por quince años...— comenzó con la voz ronca. Arthur subió a mirarlo, notando las lágrimas que resbalaban de los ojos de su hermano en shock. Nunca lo había visto llorar frente suyo, dolía mucho más de lo que pudo haberse imaginado. —Siempre desee volver a ese momento. Cada vez que veía a Francis... que te veía a tí, ¿Por qué hice una cosa así? — subió a ver una vez más a esos ojos idénticos a los suyos, a ese hombre que había amado desde el momento en el que lo vio nacer, por el que juro hacer todo por proteger. La mayor alegría y peso de su vida. —Pero no puedo dar vuelta atrás al tiempo. Lo único que me quedaba hacer era dejar que tú y Francis vivieran una vida feliz sin saber acerca de esto. —Por tantos años intento olvidar el dolor de los recuerdos de ese día, pero cada vez el alcohol y los incontables tabacos se hacían menos efectivos. Pero ver a Arthur... su sonrisa, escucharlo tan lleno de vida, era lo único que pudo mantenerlo cuerdo. Lo que evito que colapsara de una vez por todas.

— ¿Vida feliz? ¿Tener una vida feliz? ¿Cómo podríamos tener una vida feliz? — pregunto intentando manejar el temblor de su voz. Era imposible. Todo eso era simplemente imposible.

—Ustedes podrían vivir sin saberlo. Después de que pase todo esto... seré castigado hasta el último minuto de mi vida. Cada día que respire, aceptare mi castigo cada momento— ese había sido el plan de su hermano todo ese tiempo. Por eso estaba tan desesperado en hacer que se fueran del país, que viajaran lejos de la verdad. Ahora lo comprendía todo.

— ¿Qué hay de Francis? De Clarie de Matthew. ¿Cómo vas a ser perdonado? ¿Cómo? — alzo a verlo con furia. Lo que había hecho no tenía perdón. El acabar con la vida de una persona, el haber arruinado la vida de sus familiares. No había manera de sanar un dolor como ese. — ¿Te perdonaste a ti mismo cuidando de Francis? — Scott al escucharlo subió a verlo con sorpresa y dolor en sus ojos.

—Arthur, eso...— sí, al principio ese había sido su propósito, pero tras conocer verdaderamente qué tipo de persona era, tras convivir con él, todo cambió. Francis... pese a que intento no encariñarse con él, término amándolo como a un hermano, como a su familia. Y eso lo destruía, porque cada vez que veía esa sonrisa genuina, esos ojos azules mirándolo con gratitud, con hermandad, amistad, el dolor era mil veces peor. El arrepentimiento era tanto que hacía que su pecho se estrujara de manera insoportable.

— No te puedo perdonar. No lo voy a entender tampoco. Aunque Francis te perdone, yo no lo voy a hacer, Scott— sentencio con frialdad en su voz, su mirada era tan dura que el escocés sintió todo su cuerpo helarse y comenzar a temblar.

—Arthur— lo llamo con la voz quebrada. Podía soportarlo todo menos esa mirada, menos el odio en esos ojos. Intento acercar su mano al cuerpo de esa persona por la que daría lo que fuera. No, todo menos él.

—No te voy a perdonar ¡No te voy a perdonar hasta el día que muera! — gritó fuera de sí, apartando esa mano de un manotazo. Él no era su hermano. Era un asesino. No podía soportar más estar allí, sentía que se estaba sofocando. Sin pensarlo dos veces salió corriendo sin dar vuelta atrás. Quería escapar de ese lugar, alejarse de todo.

Scott en ese momento sintió que todo su mundo se hacía pedazos. Que todo se caía a cenizas, la constricción en su garganta era tanta que no podía respirar. Dolía tanto que comenzó a sollozar agarrando su garganta con sus manos en un intento en vano de que sus pulmones reciban algo de aire. Era tan insoportable que quería gritar pero las palabras no salían de su garganta. Y entonces, todo a su alrededor se volvió negro.

•••

"Francis... Arthur, es sobre Arthur. Él vino hace unos minutos, algo parecía estar mal... muy mal. Preguntó de la nada que delito era matar a alguien por un órgano. ¿Sabes la razón?"

¡Putain! —golpeo el volante del auto cuando la luz del semáforo se puso en rojo. Arthur... no podía haberlo escuchado todo. Era imposible. Maldición... todo eso debía ser un sueño, un muy mal sueño. Sin pensarlo dos veces piso el acelerador a lleno. En ese momento solo una cosa le importaba. Ver a Arthur. Cuando al fin estuvo frente a esa casa que tan bien conocía parqueo su auto y se bajó sin siquiera cerrarlo, no tenía tiempo para eso, no cuando notó las luces del lugar encendidas y la puerta de la entrada abierta. Tenía un mal presentimiento.

Sin más se apresuró a entrar a ese lugar, notando encima de la mesa del comedor una bolsa con el logo de la joyería donde habían comprado sus anillos de compromiso. Arthur había estado allí. Pero ¿Dónde estaba ahora? Con paso lento continúo caminando hacia la cocina, y la escena que se encontró allí le helo los huesos. —Scott... ¡Scott! — grito al ver al pelirrojo en el suelo inconsciente. Enseguida corrió hacia él y pudo notar el desastre, pero eso era lo que menos importaba, no cuando el pulso del escocés era tan débil que sintió el terror recorrer su cuerpo.

•••

Apenas llego al hospital parqueo el carro como pudo en el apuro y cargo el cuerpo del escocés corriendo hacia la sala de emergencias. En ese momento la adrenalina era tanta que ni siquiera sentía el peso del pelirrojo en su espalda, no le importó el haberse pasado 3 semáforos en rojo o el haber excedido el límite de velocidad frente a más de 8 radares, pero nada era relevante cuando la vida de la persona entre sus brazos corría peligro. Solo una cosa era importante. Salvarlo... debía salvarlo...

— ¡Ayuda! —grito desesperado apenas entro a la sala de emergencias, atrayendo la atención de los médicos presentes que enseguida al reconocerlo se acercaron a ayudarlo.

—Francis, por favor, por aquí— llamo uno de sus antiguos subordinados mostrándole el lugar libre más cercano que pudo encontrar mientras que los otros dos se acercaban a ayudarlo a colocar al hombre inconsciente en la camilla.

—Es el director— todos abrieron sus ojos con terror al reconocerlo, eventualmente llamando la atención del doctor más cercano que había estado pasando por allí. Alfred al notar la figura conocida se acercó rápidamente, si ese hombre estaba allí, con esa cara no podía ser nada bueno.

—Francis, ¿qué sucedió? — pregunto apenas llego al lado del rubio, abriendo sus ojos en shock al ver a la persona que estaba inconsciente en la camilla. Oh no, eso no podía ser nada bueno. Sus ojos regresaron a los del francés en busca de una explicación, pero lo único que encontró en ellos fue angustia e impotencia...

—Creo que es un infarto de miocardio agudo. No sé cuánto tiempo ha pasado. Por favor, date prisa— lo escuchó suplicar con la voz rota. Francis estaba al borde del colapso, podía sentirlo. Eso le inquietaba, pero no era el momento. Ahora... solo debía hacer lo posible para salvar a Scott, ese era su deber como médico y amigo.

•••

—Tenías razón— suspiro con su mirada fija en la pantalla de su ordenador, la preocupación notable en sus ojos que revisaban la *angiografía una y otra vez en busca de alguna falla en su diagnóstico. De verdad deseaba que lo que estaba viendo no fuera cierto. Y sabía que Francis a su lado pensaba lo mismo por la manera en la que sujetaba su frente con desesperación. —Fue un *infarto de miocardio de ST elevado— sentencio hundiendo su rostro entre sus manos. Generalmente el rango de mortalidad era de hasta el 30% pero en el caso de Scott no podía ni siquiera decirlo, se veía mal... muy mal. —Se realizó una *angiografía coronaria de emergencia, pero...

—Las paredes de las tres *arterias coronarias están demasiado estrechas, va a ser difícil insertar una sonda— completó Francis con sus ojos fijos en la pantalla. Alfred asintió, no estaba acostumbrado a que otro médico completara sus frases, pero sabía que Francis en ese campo tenía mucho más conocimiento que él.

—Con base en el ultrasonido la *contractilidad miocárdica es muy grave. La presión arterial es inestable, así que aún está en estado de shock.

—La única opción es realizar una *cirugía de revascularización coronaria pronto. A este paso terminara muriendo— tras esas últimas palabras el ambiente dentro de la habitación se volvió más pesado. Porque los dos sabían que la probabilidad de la muerte era demasiado alta. Alfred se removió incomodo en su silla, mirando de reojo al francés que en ese momento tenía la mirada distante, su aura era completamente diferente a cualquiera que hubiese visto, como si sus ojos ocultaran años de experiencia y memorias amargas.

—No tenemos ningún doctor que pueda hacer la cirugía en el lapso de una hora... hablé con hospitales alrededor de Londres y en ciudades cercanas, pero teniendo en cuenta la demora del viaje y el tiempo de preparación, será demasiado tarde— Francis regreso a verlo alzando una ceja, no entendía lo que Alfred quería implicar con eso. De hecho, lo hacía, pero no... él no podía. —Francis eres nuestra única opción— Merde... no podía ser. Él no podía ser el que realizara la operación, no después de todo lo que había pasado entre él y Scott. Sacrebleu ¿Por qué Alfred tenía que ser neurocirujano? Estaba seguro de que había gente más capacitada, doctores con mayor talento. Él ni siquiera trabajaba más en el hospital. Alfred soltó un pequeño suspiro al notar la hesitación en los ojos del mayor... era de esperarse. —No puedo decir que se cómo te sientes, pero me puedo imaginar lo difícil que debe ser para ti. Sin embargo, eres el único que puede salvarlo—sentencio sin duda alguna en su voz, porque si había alguien allí que tenía la capacidad de realizar una operación tan compleja en el poco tiempo que tenían ese era Francis.

•••

Si le pidieran que escogiera cual había sido el momento más tenso de su vida, definitivamente era ese. Sus pies se sentían pesados y corrientes eléctricas recorrieron sus manos cuando las puso bajo el chorro de agua fría para esterilizarlas. En su mente no dejaban de repetirse memorias... esas palabras que Scott le había dicho meses atrás estaban martillando su cabeza una y otra vez.

"Si tuviera que tener una cirugía que determinara mi vida, esperaría que fueras tú"

Cuan irónico era el destino. Nunca esperó que lo que dijo Scott se volviera realidad, pero el peso de esas palabras le cayó como plomo cuando sintió que empezaban a ponerle esa tan conocida bata azul y guantes. Todo eso era real. No era solo un mal sueño. Detrás de esa puerta de vidrio estaba la persona que le había traído los peores y los mejores momentos de su vida.

"No puedo permitir que tú y Arthur estén juntos" "¿Es así como me pagas el haber cuidado de ti todos estos años?"

Ese hombre que había hecho todo lo posible por evitar que estuviese con la persona que amaba, por ocultar ese secreto que había cambiado su vida por completo. Era un asesino... Pero también era la única persona que le quedaba a Arthur. No podía dejar que él pasara por ese dolor. No podía dejar que Arthur perdiera a la única familia que le quedaba.

"Lo que significas para mí... ni siquiera te lo puedes imaginar"

¿Qué había sido él para Scott? Esa era la pregunta que siempre se hizo, la respuesta que hasta ahora no podía encontrar. El toque frio de los lentes de micro lupas sobre el puente de su nariz le hicieron salir de sus pensamientos, tragando en seco... ya estaba dentro de la sala de operación. Ni siquiera se dio cuenta de cuando camino hasta allí o de la enfermera que estaba a su lado asistiéndolo. Sintió su sangre helarse al ver el cuerpo inconsciente sobre la camilla, las sondas conectadas a su cuerpo, el sonido de su ritmo cardiaco, los tubos conectados a su garganta que lo mantenían apenas con vida. No... no podía.

El sonido de las manecillas del reloj lo hicieron alzar a ver y sacudir su cabeza una vez más. No tenía tiempo para dudar, para recordar. Cada segundo que pasaba podría ser crucial. Si Scott fallecía, no se lo podría perdonar.

—Empecemos— habló con voz firme, pese a que su garganta lo estuviera ahogando. —Bisturí— ordeno recibiendo enseguida el cuchillo de hoja fina en su mano. Merde... no debía dejarse llevar por las emociones, pero su mano temblaba. Debía concentrarse. No importaba como había sido el pasado, no podía dejarlo morir, no así. Por Arthur... Debía hacerlo por Arthur.

•••

En ese corto lapso de 5 minutos todas las uñas de sus manos habían desaparecido. Porque pese a que había sonado totalmente convencido con su decisión los nervios y la duda lo carcomían. Al principio podía ver el diminuto casi imperceptible temblor en la mano de Francis, pero...

— ¿Qué hiciste, Alfred? —escuchó ese grito seguido del retumbar de la puerta de la sala común, haciéndolo dar un pequeño saltito por el susto y enseguida poner una mano inconscientemente sobre su vientre. Gosh... eso sí que no se lo esperaba. Con la mejor cara de tranquilidad que pudo fingir volteo a ver a su madre, notando como venía a zancadas, apenas mirando de reojo la pantalla que mostraba la operación que en ese momento se estaba realizando. —Scott es como el enemigo mortal de Francis. El querría matarlo de todos modos y tú vas y le entregas un bisturí— reclamó con una voz demasiado aguda para sus tímpanos.

—No había nadie más capacitado que Francis para esta cirugía— se encogió de hombros, volviendo su mirada a la pantalla donde la operación continuaba a un paso que era inimaginable. A veces se preguntaba cómo era que ese hombre podía ser tan rápido, incluso cuando la operación era casi microscópica, sus movimientos eran tan precisos que siempre lograban sorprenderlo. La ligera hesitación en su mano, ya no la podía notar. —Ahora que lo veo, no me arrepiento de haberlo hecho— murmuro más para sí mismo que para su madre.

•••

Putain... No había podido dormir ni un solo segundo en toda la noche por estar al pendiente de Scott. Cada vez que sentía alguna anomalía en el ritmo cardiaco su corazón daba un vuelco. Sus nervios se ponían de punta. Cuando vio que empezaba a amanecer supo que necesitaba un descanso lo más antes posible, o era muy probable que si seguía así terminara colapsando. Y en ese caso un paciente era mejor que dos.

Con pesadez se levantó de la silla a lado de la camilla del escocés y comenzó a caminar a la salida de la habitación a la que lo habían trasladado tras la operación. Ni siquiera arreglo su cabello o se lavó el rostro antes de salir, pero por la mirada preocupada en los ojos de todas las personas que pasaban cerca sabía que debía verse jodidamente horrible.

En ese momento lo único que necesitaba era aire... aire puro, o por lo menos lo más puro que se pudiera conseguir en Londres. Sabía exactamente a donde ir, y dentro de poco se encontró sentado en una de las bancas del patio del hospital, con su rostro hundido entre sus manos.

—Buen trabajo— escuchó esa conocida voz tras suyo antes de sentir como se sentaba a su lado y ponía una mano en su hombro. Sabía que Alfred intentaba animarlo, pero esas palabras solo lo deprimieron más.

—El todavía no se recupera— ni tampoco sabía si algún día sería capaz de recuperarse. Alfred soltó un pequeño suspiro, sin saber que decir para subirle los ánimos. Después de todo, el asunto era más grave de lo que parecía. Y sabía que no tenía sentido ocultarle los resultados de los exámenes que hace poco había hecho. Well...fuck it.

—Basado en la tomografía del cerebro, tenemos que preocuparnos sobre un posible derrame también— admitió con la cabeza gacha, no habia manera de endulzarlo. El francés alzo a verlo aún más preocupado. El dolor de su cabeza no hacía más que incrementar. —Pero el hecho de que todavía está vivo, ya es un milagro— el riesgo de la muerte durante la cirugía había sido demasiado alto como para esperar que sobreviviera, pero lo había hecho, todo gracias a ese hombre que a su lado no paraba de culparse a sí mismo. Si seguía así terminaría cayendo en una crisis. —No pensé que iba a decir esto de nuevo, pero, eres una persona increíble Francis, como médico y como ser humano— admitió con una pequeña sonrisa en su rostro, no solo para subirle los ánimos, también porque sabía que esa era la verdad y porque después de todo por lo que había pasado, Francis lo que más necesitaba era escuchar palabras como esas. —La cirugía de anoche fue realizada con el mejor esfuerzo y las mejores habilidades.

— ¿Es eso realmente cierto? — su voz salió mucho más seria y fría de lo que pretendía. La inseguridad lo carcomía y sus recuerdos lo atormentaban. El temblor de sus manos cuando sostuvo el bisturí, esos segundos de hesitación cuando el ritmo cardiaco empezó a disminuir, la fuerza en sus manos cuando empezó a bombear el corazón para reanimarlo, ¿Había sido suficiente? ¿Demasiada? —No puedo estar seguro. Si hice todo lo posible con todo mi corazón...

Francis estaba siendo demasiado duro consigo mismo y lo único que Alfred pudo hacer fue suspirar, o por lo menos hasta que cayó en cuenta de que algo estaba mal allí, faltaba alguien.

— ¿Por qué no está Arthur aquí? —preguntó cambiando de tema con curiosidad. Era raro que no esté, que no haya llamado ni asomado ya en mucho tiempo. Desde el colapso de Scott ya habían pasado casi 12 horas. Francis al escuchar esa pregunta abrió sus ojos con pánico, recordando el motivo del por qué había ido a casa de Scott en primer lugar. Arthur...

—No lo sé, no he podido localizarlo desde anoche— la preocupación en su voz era notable y en cuestión de segundos se levantó angustiado. —Me voy— se despidió tan rápido que el menor ni siquiera avanzó a responder cuando Francis ya estaba demasiado lejos como para escucharlo, caminando a un paso tan rápido que toda la gente que pasaba por allí se tuvo que hacer a un lado para no chocar con él.

Algo estaba mal. Preocupado saco su celular y empezó a buscar entre sus contactos el nombre de su ex, marcándolo enseguida. La llamada fue directo a la contestadora automática. Maldijo por lo bajo y colgó. ¿Dónde se había metido ahora? Si algo le había quedado de experiencia de todos los dieciséis años que conocía a Arthur era que cuando desaparecía podía ser todo menos bueno. Suspiro mirando una vez más la pantalla de su móvil, sus ojos dirigiéndose inconscientemente a un nombre en su historial de llamadas, tres números debajo del que había marcado.

"Commie"

En ese momento sintió que un nudo se formaba en su garganta y la pesadez invadía su cuerpo. La pelea que habían tenido aún estaba fresca en su memoria y si... había sido su culpa. En esos días ni siquiera había visto al ruso y si lo veía Ivan lo ignoraba, hacia como si él ni siquiera estuviese allí. Pasó una mano temblorosa por su vientre ligeramente abultado, soltando un pequeño suspiro con determinación. No podía dejar que esto continuara así. Debía tomar el consejo de Arthur y hablar con Ivan...

•••

Y así fue como una hora después se encontraba frente a la puerta de ese departamento que conocía brevemente. Estuvo parado allí más de cinco minutos, moviendo sus pies nerviosamente mientras reunía el coraje para golpear la puerta. Gosh... Alfred Jones no era así. ¿Desde cuándo le tenía miedo a una insignificante puerta? Tenía que hacerlo de una vez por todas, porque si esperaba más de seguro iba a salir corriendo de allí y no resolvería nada. Con todo el coraje que pudo reunir tocó una, dos, y tres veces. Pero... no había respuesta. Eso era... extraño. Estaba seguro de que Ivan debía estar en casa, era su día libre después de todo. ¿Dónde más podría estar? Con el ceño fruncido en confusión volvió a alzar su puño, pero antes de que alcanzara a tocar, la puerta se abrió, dejando ver detrás de ella a una mujer de cabellos rubios cortos y ojos azules. Pero algo que definitivamente llamo su atención fue el tamaño de sus pechos. Oh God... ¿Cómo es que podían ser tan grandes? Dejando eso de lado ¿Quién era esa mujer? ¿Qué hacía en la casa de SU novio?

—Oh, lo siento, Vanya no me dijo que esperaba a nadie— habló con nerviosismo, rompiendo el silencio tenso que se había formado cuando abrió la puerta. Alfred abrió sus ojos sorprendido cuando escucho ese diminutivo que hace pocos segundos pensaba que solo él podía usar. ¿Por qué ella lo estaba usando? ¿Qué era ella para Ivan? —Vienes por él, ¿verdad? —volvió a hablar interrumpiendo sus pensamientos con una voz dulce y preocupada. La sola idea de que Ivan estuviese con alguien más, que lo haya remplazado tan pronto le dejaba un sabor amargo en la boca.

—Eh... sí. P-pero yo puedo...—comenzó intentando escapar de esa situación lo más antes posible, no quería que esa mujer viera como sus ojos se empañaban, con ira, nada más que ira, o que se diera cuenta del pequeño bultito en su abdomen.

—No, no, está bien. Pasa, está haciendo frio afuera, podrías agarrar un resfriado— lo interrumpió abriendo más la puerta del departamento, tomándolo de las manos para hacerlo entrar. Estaba helado y por la palidez de su rostro de seguro si salía al frío del exterior se resfriaría. —Ven, siéntate aquí, te preparare un chocolate caliente— sonrió indicándole el comedor antes de ir a la cocina a paso rápido. Alfred sin ánimos de protestar cayó como peso muerto sobre una de las sillas. Podía sentir la fatiga invadiéndolo y la temperatura de su cuerpo bajar una octava. Necesitaba algo calentito. Minutos después llego nuevamente la chica con dos tazas humeantes de chocolate, ubicando una al frente suyo para luego tomar asiento también. Alfred tomo la taza entre sus manos con curiosidad, tenía un aroma delicioso y se veía tan cremoso que no dudo en dar un primer sorbo, sintiendo como enseguida una sonrisa se formaba en su rostro. Era el mejor chocolate con leche que había probado en su vida. La mujer al notar su expresión soltó una pequeña risa. Alfred al escucharla recordó que no estaba solo. Enseguida la sonrisa cayó de sus labios y subió a los ojos azules de la rubia con incomodidad.

— ¿Tú eres...? — preguntó algo hesitante, dejando la taza de chocolate sobre la mesa una vez más. La rubia al escuchar la pregunta parpadeo sin comprender por varios segundos antes de caer en cuenta de ese pequeño detalle que había omitido.

—Lo siento, fue rudo de mi parte. Soy Yakaterina Braginskaya, hermana mayor de Ivan— se presentó con una sonrisa apologética. Alfred sintió que el oxígeno volvía a sus pulmones y un enorme peso abandonaba sus hombros. Ahora que lo pensaba, los dos tenían rasgos parecidos, misma nariz, mismo tono de piel, mismo tono de cabello, las grandes, muy grandes proporciones de sus cuerpos. Aunque en actitud no se parecían para nada. Yakaterina parecía un ángel, y hacia el mejor chocolate que había probado en su vida, podía sentir que se iban a llevar muy bien. Estaba aliviado de saber que no era solo una mujer con la que Ivan lo estaba remplazando.

—Yo soy Alfred Jones, un... compañero del trabajo—habló sin saber cómo presentarse ante ella. Si bien Ivan y él eran más que compañeros, nunca habían definido bien su relación, y con la reciente pelea que habían tenido, ya no sabía que eran... Una vez más tomó la humeante taza entre sus manos y comenzó a dar pequeños sorbos. El dulce y caliente liquido le daba una sensación de bienestar en el vientre y podía sentir que su bebe lo apreciaba también.

—De seguro viniste por algo importante, estoy segura de que Vanya no tardará en llegar—sonrió Yakaterina al notar como el chico frente a ella disfrutaba de su chocolate. Ver a la gente disfrutar de su comida era su mayor felicidad. Por eso le gustaba cocinar para su hermanito. Cuando él se sentía mal o cansado no había mejor remedio que su chocolate caliente y pan recién horneado. Sencillo, pero mágico.

—El... ¿Dónde está? —esa pregunta la saco de sus pensamientos y enseguida regreso ver al chico frente a ella con una sonrisa triste.

—Fue a visitar a padre. Él llegó hoy con su prometida y Vanya dijo que tenía algo importante que hacer— explico con la mirada gacha. Tenía un pequeño presentimiento de que era lo que su hermanito iba a decirle a su padre, pero temía que las cosas no fueran bien... para nada bien. Porque ellos dos nunca habían tenido una buena relación. Alfred al escuchar esas palabras abrió sus ojos en shock. El sonido de la taza chocando contra la madera de la mesa con fuerza hizo que la mujer alzara a verlo preocupada.

— ¿Prometida? —susurró, sus ojos abriéndose sin poder creer lo que acababa de escuchar. Yakaterina lo miro preocupada, se había puesto tan pálido que parecía que estaba a punto de desmayarse. ¿Por qué? ¿Estaba enfermo?

—Oh, supongo que Vanya no se lo ha contado a nadie. Tal vez es porque él y su prometida no se llevan muy bien, pese a que nos criamos como hermanos. Esos dos siempre han estado juntos desde que Vanya tenía cinco años, pero aun así...— explico incomoda, sin saber qué hacer en esa situación. Su instinto de enfermera le decía que debía revisar y cuidar del chico frente a ella pero al mismo tiempo su timidez la estaba deteniendo. Alfred por otro lado bajó su mirada con incredulidad. ¿Cinco años? ¿¡Están comprometidos desde que Ivan tenía cinco años!? Entonces... todo ese tiempo... No, no podía ser.

—Yo... recordé que tengo algo que hacer...—murmuró levantándose de la mesa de manera tan abrupta que Yakaterina apenas tuvo tiempo para reaccionar antes de ver como el menor caminaba a paso rápido hacia la puerta y la abría, encontrándose con ese hombre que ninguno de los dos espero ver ese momento.

—Alfred...- los ojos amatista bajaron a ver en igual shock a los azules frente a él. Shock que enseguida se convirtió en enojo al recordar la pelea que habían tenido días atrás. — ¿Qué estás haciendo aquí? — gruño con veneno en su voz, sus ojos endureciéndose, sin darse cuenta de la presencia de su hermana hasta que la escucho hablar, rompiendo el silencio tenso entre los dos.

—Vanya, ¿Qué tal te fue con Natalia? —pregunto asomándose por la puerta también. El ruso al escucharla supo él porque del aspecto tan devastado del menor cuando abrió la puerta.

—Kat, ¿puedes ir a la tienda, da? Tengo que hablar con Alfred— pidió con seriedad en su voz, sintiendo una migraña cerca. Yakaterina los miro a los dos sin comprender que era lo que pasaba, pero podía sentir la tensión y el mensaje oculto de su hermano de que se fuera de allí y no regresara hasta el día siguiente.

—Oh, sí, no hay problema. Los dejare a solas...— se encogió de hombros incomoda, saliendo del departamento y dándoles una última mirada a los dos hombres antes de caminar hacia el ascensor.

—Así que comprometido ¿no? —preguntó en una voz rota cuando Ivan cerró la puerta tras él. Sus ojos acuosos subiendo a los violáceos con enojo y amargura.

— ¿Por qué estás aquí, Alfred? —mascullo sobándose la sien, en ese momento no tenía ganas de dar explicaciones ni mucho menos ver al causante de todo su malestar. Le había dejado claro que no quería volver a verlo, pero como siempre ese idiota tenía que ser terco y meter sus narices en asuntos que no le correspondían.

— ¿Ni siquiera vas a intentar negarlo? ¿Todo este tiempo estabas comprometido? ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿¡Cuándo!? — reclamó con tal furia que su rostro se tornó rojo y las lágrimas empezaron a caer a mares. No supo cuando rompió en llanto, pero definitivamente era culpa de sus malditas hormonas. — ¡Eres un maldito imbécil, te odio! — gritó con tanta fuerza que estaba seguro de que todos los vecinos en el edificio lo habían escuchado. Pero se arrepintió al instante cuando sintió un dolor agudo en su vientre y como el piso bajo él comenzaba a temblar. Ivan al ver la mueca de dolor del americano y el tambalear de su cuerpo supo que algo andaba mal.

— ¡Fredka! — el pánico lo invadió cuando vio al menor caer de rodillas en un golpe seco. En ese momento todo tipo de enojo o resentimiento se fue volando por la ventana y se arrodillo frente al otro, dirigiendo enseguida sus manos al pequeño pero abultado vientre. Estaba ardiendo.

— ¡No me toques! — apartó la mano del ruso de un manotazo. No quería que ese mentiroso tocara a su bebé, era solo su bebé, Ivan ya no tenía ningún derecho. ¿Cuánto tiempo se habían pasado burlando de el a sus espaldas? De seguro que lo único que hacían era reírse de él, de lo ridículo que era, de lo fácil que había caído. Porque si... había caído en el juego de Ivan, tanto que su pecho dolía en agonía y sus entrañas comenzaban a quemar. —Oh f-fucking...duele—se quejó entre sollozos, abrazando su vientre en un intento de que esa fea sensación desapareciera.

—Debo llevarte al hospital, идиот (idiota) — masculló intentando tomar al menor de los brazos para cargarlo y llevarlo donde un médico de una vez por todas, pero Alfred nuevamente volvió a alejarlo, retrocediendo en el suelo esta vez con una expresión de pánico en su rostro.

—N-no puedo ir, mi madre...— si ella se enteraba de que estaba siendo atendido en el hospital descubriría porque su ropa le estaba empezando a quedar demasiado apretada. No podía tomar ese riesgo. Porque no podía simplemente llegar y decir "Hey, mom. ¿Sabes qué? Estoy embarazado. Y, oh si, el padre es un imbécil que se acostó conmigo teniendo prometida. ¿Y sabes qué más? No, nunca me lo dijo el muy hijo de puta. Ahora estoy esperando un bebé de ese maldito." No, no parecía una buena idea. — ¿Sabes que es lo peor de todo? — comenzó con la voz rota, intentando parar su llanto pese a que las malditas hormonas no se lo dejaban y el dolor nublaba su mente. Sus ojos azules subieron a esos violáceos que lo miraban con tanta preocupación que le hicieron soltar una risa amarga. Si tan solo pudiera confiar en que esos sentimientos eran verdaderos... Pero después de todo, si Ivan se enteraba de sus sentimientos, si se burlaba de ellos, si se reía en su cara, ya no tenía las fuerzas necesarias para importarle. No cuando sentía que el dolor nublaba su mente. —Hoy vine para disculparme contigo y decirte que yo... que yo en realidad te amo... — admitió sintiendo que cada vez se hacía más pequeño frente a la mirada de Ivan. Y tal como lo dijo Arthur, al decir esas palabras, pese a que su pecho seguía doliendo, sintió como si un gran peso se liberara. —Soy un idiota ¿no? Caí en todas tus mentiras, tal como esperabas. Apuesto a que tú y tu prometida se estaban riendo a mis espaldas. Porque después de todo, esto solo fue un...— "juego para ti" eso había querido decir, pero unos suaves labios contra los suyos lo interrumpieron.

Sus ojos se abrieron a mas no poder de la sorpresa y sin poder evitarlo se dejó llevar, sintiendo enseguida el salado sabor de sus lágrimas mezclarse con la saliva. Al separarse del beso rompió en llanto nuevamente y cuando esos fuertes brazos se envolvieron a su alrededor no tuvo la fuerza de separarlos. Se sentía tan inútil por no poder hacer nada, por no poder levantarse y salir de allí con la poca dignidad que le quedaba, o si quiera darle a ese imbécil lo que se merecía, no podía porque el dolor era tanto que sus músculos habían dejado de funcionar, que sus piernas se sentían como gelatina y se le hacía difícil respirar.

—Hoy rompí mi compromiso con ella... iba a hacerlo de todas maneras— admitió con voz suave, apretando más el agarre de ese cuerpo entre sus brazos. Alfred al escucharlo alzo a verlo con incredulidad. No podía estar escuchando bien... ¿verdad? Pero la seguridad y calidez que trasmitían esos ojos amatista le decían que nada de eso era mentira. —Nos comprometieron cuando éramos niños, pero las mujeres nunca fueron mi tipo, en especial ella...— Se sentía tan... aliviado. Tan aliviado que poco a poco sintió el dolor en su vientre desaparecer. En ese momento lo único que quería era dormir. Todo el remolino de emociones lo había dejado molido.

—T-tengo sueño— sus palabras salieron apenas audibles contra el cálido pecho del ruso. Ivan dejo escapar una pequeña risa, negando con la cabeza.

—No tienes remedio, da— Era como lidiar con un niño después de haber hecho una rabieta. Tenía el presentimiento de que en unos meses estaría cuidando de dos bebés en vez de uno. Sin mucho esfuerzo cargo en brazos al menor y lo llevó a su cama, arropándolo entre las sábanas y antes de que Alfred pudiera quejarse se acostó a su lado, envolviéndolo entre sus brazos. Sus manos bajaron al pequeño vientre y enseguida suspiró con alivio, ya no estaba ardiendo. Alfred dejo salir un suspiro contento al sentir los suaves masajes y en ese momento supo que no podía pedir más.

—Gracias Vanya... por estar conmigo, te amo— Iván parpadeo sorprendido, bajando a ver al americano en busca de alguna explicación, pero ya estaba dormido. Ese idiota... decía palabras como esas y después lo dejaba lidiar solo con el latir acelerado de su corazón. "Te amo" esas palabras se repetían una y otra vez en su cabeza, llenándolo de un sentimiento de felicidad que nunca antes había sentido. 'Así que... esto es lo que se siente estar enamorado ¿da?' Pues si era así, nunca quería dejar ir ese sentimiento, ni a esa persona que ahora descansaba tranquila entre sus brazos.

•••

No supo en qué momento comenzó a beber, ni cuándo había encontrado una botella de whisky en un viejo aparador de la casa, o donde había conseguido ese vaso que ahora estaba entre sus manos temblorosas. Nunca había sido bueno para el alcohol y jamás había excedido las 5 copas de whisky desde hace más de diez años, pero ahora, ya no sabía si estaba en la octava o novena, su mente estaba demasiado borrosa para recordar. A su lado yacía una caja de cigarrillos completamente vacía y ahora el olor a tabaco inundaba la sala. Ese olor que antes le parecía tan repugnante pero que ahora era su única manera de amortiguar el dolor, aunque sea un poco. Quería escapar de la realidad, de la verdad que acababa de descubrir aunque sea por solo unos minutos. Pero... ¿porque su cuerpo comenzaba a doler tanto? ¿Porque su garganta estaba ardiendo de manera tan dolorosa?

CRACK

Oh Bollocks... apenas pudo sostenerse cuando sintió las náuseas y el mareo invadirlo. No lo pensó dos veces en correr al baño y vomitar, sin importarle que la botella de alcohol ahora estuviese rota en la sala. Cuando intento levantarse sintió un dolor punzante en su vientre que lo hizo caer al suelo nuevamente y agarrar su estómago con fuerza. Estuvo varios minutos allí hasta que el dolor pasara y cuando al fin lo hizo logró levantarse con las pocas fuerzas que tenía y salir a la sala a paso tembloroso, sus ojos verdes tomando en el caótico escenario frente a él. Pero el alcohol en sus venas no le permitió preocuparse mucho más. Se apoyó contra el sillón cuando sintió una vez más las náuseas y el mareo invadir su cuerpo de manera dolorosa. Su garganta ardía por haber vomitado todo el contenido de su estómago en la taza del baño y por todas esas horas de llanto incontrolable. Su vista estaba nublada y el piso bajo el temblaba tanto que sentía que iba a vomitar una vez más. El olor del alcohol y los cigarros hacían que su estómago se revolviera.

Su cuerpo lo estaba matando. No sabía que era peor ahora, el dolor físico o el psicológico.

Sin poder sostenerse por más tiempo cayo al frio piso de madera, abrazando sus piernas contra su pecho y hundiendo su rostro entre sus rodillas. Sus ojos empezaron a humedecerse una vez más y entonces se preguntó si había un límite de cuanto una persona podía llorar.

'Todo es tu culpa... La muerte de tu familia, la muerte de Matthew, por qué Scott se convirtió en un asesino, todo. Todo es tu culpa...'

Esas palabras taladraban su mente de una manera tan dolorosa que le cortaba la respiración. Quería gritar, que esa voz dejara de atormentarlo, que abandonara su mente. Pero sabía que era una batalla que ya habia perdido contra su subconsciente. Porque no tenía manera de ganar, no tenía argumentos para refutarlo. Era su culpa. Lo sabía.

"En mi vida, tú ya no existes..." "Me llevaré a Arthur conmigo. Me voy a casar con Arthur, voy a irme a Paris con él. " "Arthur es... él es lo único que me queda ahora. Si es para protegerlo puedo hacer lo que sea"

Las palabras de Francis esa noche, las memorias de años atrás, del momento cuando abrió sus ojos por primera vez, de la primera vez que vio a Francis, la primera vez que volvieron a besarse, esas noches que pasaron en los brazos del otro... todos esos recuerdos que antes amaba ahora empezaban a tornarse oscuros en su memoria.

'Por tu culpa, todo fue por tu culpa Arthur.'

¡Basta! No, ya no lo podía soportar. Quería que esa voz lo dejara en paz, ya no podía soportar la culpa, tanta que en ese momento rompió en llanto una vez más, sosteniendo ese collar de plata que Francis le había regalado años atrás, ese que siempre le daba consuelo cuando sentía que ya no podía continuar.

Francis... ¿Cómo pudiste soportarlo? ¿Cómo eras capaz de ver a Scott? ¿Cómo pudiste soportar estar conmigo, tocarme, verme a los ojos?

Matthew... Francis debe haber estado sufriendo mucho. Debe haber sido muy duro para él. Debería dejarlo ir. Es lo que tengo que hacer ¿no? Debo dejarlo huir de este dolor. Huir lejos, muy lejos.

¿Seré capaz de hacerlo? Matthew, ¿seré capaz de hacerlo?

•••

—Disculpen, ¿han visto al señor Kleig? ¿Alguien sabe dónde está el señor Kleig? — era inútil. Por mucho que preguntara o llamara una y otra vez ese número nadie sabía dónde estaba ese hombre que se había convertido en una pieza tan importante para el caso. —Maldición...

.

.

— ¿¡Desapareció!? — estaba seguro de que ese grito lo había dejado sordo por varios segundos. No le extrañaría que todo el hospital lo hubiese escuchado, pero de haber sido Gilbert de seguro hubiese reaccionado igual o peor que él.

—Si... bastardo. Incluso abandonó su camión—respondió con un suspiro cansado, frotando su sien en un intento de calmar su estrés. Ese maldito... si lo volvía a ver algún día juraba que lo metería preso por fraude... Tch

—De seguro ese imbécil habrá dado con un montón de dinero. — golpeó la cama con frustración, agradeciendo que en ese momento Roderich no estaba para regañarlo por hacer "fuerza innecesaria" o actuar en sus "instintos barbáricos". Agh, si sentía ganas de patear algo lo haría, y en ese momento si no estuviese aún en una camilla de hospital de seguro que ese muro tras suyo ya no estaría intacto. —No me sorprende que estén inconformes con el hecho de que mi awesome persona aún sigue respirando— río amargamente, negando con la cabeza. Esos bastardos sí que eran capaces de todo.

— ¿Cómo demonios es que puedes seguir bromeando? —rodó los ojos mirándolo con mala cara. Ese hombre pasará lo que pasará seguía siendo igual de imbécil, no sabía cómo alguien como Roderich lo soportaba.

—Debes tener cuidado Lovino. — el italiano parpadeo regresando a verlo sin comprender el repentino cambio en el ambiente. Gilbert lo miraba con seriedad y su voz tenía un tinte de amargura que muy pocas veces escuchaba en su voz. —Tienes algo mucho más importante que perder. Deberías estar cuidando más a tu bebé, no querrás que pase ningún accidente— y entonces lo comprendió. A lo que Gilbert se refería, por qué su aura había cambiado a una oscura, llena de recuerdos dolorosos.

—Lo sé...— murmuro con la cabeza gacha, poniendo una mano inconscientemente sobre su vientre. Sabía lo peligroso que todo se podía tornar, los peligros que corría. No era idiota... sabía perfectamente en qué se estaba metiendo. Y sabía que por mucho que quisiera hacer todo solo, no podía, no cuando la vida de su bambino corría peligro.

—Sobre todo cuídate de tu jefe, no hagas que te pise la cola— agh, el tan solo nombrar a ese hombre le daba malestar.

— ¿Qué quieres decir?

—Voy a resumirte la situación hasta ahora. El coche que estamos buscando lo compraron y tiraron en el depósito de chatarra. Y ellos controlan al jefe de la policía de esta ciudad que hasta ahora no termina de gustarme por completo, y nos jodieron a ti y a mí. Ese es el tipo de poder detrás de ellos— explicó con el ceño fruncido, recordando todos los eventos que le habían llevado a donde estaba ahora. Era claro que la persona detrás de eso era alguien que sabía que podía salirse con la suya.

—Así es— habían sido capaces de atacar a Gilbert con la intención de matar y pese a que no lo habían despedido del trabajo le quitaron su rango como detective. Ese tipo de poder definitivamente le dejaba un mal sabor en la boca.

— ¿Cierto? Entonces, nuestro presentimiento se reduce a una sola familia...

— ¿Qué familia? — ¿Qué familia era capaz de hacer todas esas cosas sin que nadie sospechase, sin dejar pistas atrás?

—La familia Jones— Eso no era posible, ese apellido...

— ¿Que? —su voz salió apenas audible, sus ojos verdes abriéndose en confusión e incredulidad.

Agh, Gott, los del hospital St. Thomas— rodó los ojos con el ceño fruncido. Estaba seguro de que Lovino sabía de quien estaba hablando, ¿porque ese idiota parecía tan sorprendido? Era obvio, todo apuntaba a los Jones. Pero aun así Lovino parecía no querer creérselo —Tu jefe ha estado presumiendo siempre que el fiscal Jones es un amigo cercano suyo, y había el rumor de que era la razón por la que consiguió el ascenso tan rápido — la conexión era obvia. El accidente del carro, su intento de asesinato, el quitarle el puesto a Lovino, era obvio quienes estaban detrás de ello.

—Aun así son solo pruebas circunstanciales— negó aún sin poder asimilar esa posibilidad. Debía haber otra familia que encajara en ese escenario, no podían ser los Jones, se negaba a creerlo.

—Sí, es evidencia circunstancial. ¿Que evidencia pides de un paciente acostado en una cama de hospital? —gruñó cruzándose de brazos con frustración. Si no estuviese encerrado en ese maldito hospital de seguro ya hubiese podido conseguir más pistas, algo que los ayudara para el caso, verdammt!

—Como sea, el único lugar donde concentrarnos ahora es el depósito de chatarra. — suspiró desviando la mirada incómodo. Aún necesitaban conseguir más pruebas, y encontrar el auto del accidente era algo primordial para poder descubrir al culpable.

—Tch, yo debería ser el que vaya allí ¡esto me está volviendo loco! ¿Yo soy el experto para empezar, como se supone que confíe en tí? — gruñó jalando sus cabellos con frustración. Quería largarse de ese lugar de una vez por todas, y de ser por él ya lo hubiese hecho, pero Rode... no podía hacerlo por Rode, no podía preocuparlo más, causarle estrés innecesario. ¿Porque tenía que ser tan difícil?

—Bastardo, sólo déjame a mí el trabajo, tú concéntrate en tu rehabilitación— mascullo cruzándose de brazos ofendido. Era completamente capaz de realizar ese trabajo. Además... sabía que era peligroso así que iría Toño. Pero si le decía a Gilbert ese pequeño detalle de seguro que no lo dejaría en paz. Como sea, ya le estaba dando hambre y estaba seguro de que Antonio ya debería estar saliendo del trabajo.

— ¿Ya te vas? Quédate un momento más, estoy aburrido— se quejó al ver como el italiano empezaba a recoger y organizar nuevamente su carpeta. Pese a que nunca lo admitiría odiaba estar solo, y Rode aún no llegaba a visitarlo. ¿Porque se estaba demorando tanto?

—Debo ir a ver a mi esposo— explicó rodando los ojos con el ceño ligeramente fruncido. Si el bastardo pensaba que se iba a quedar solo para entretenerlo estaba muy equivocado.

—Agh, ten cuidado— suspiró resignado. No había nada que pudiera hacer en esa situación. Sabía bien que el tiempo que esos dos podían pasar juntos era escaso, porque el trabajo de ambos era muy demandante.

—Lo sé, tch— chasqueo la lengua antes de salir de allí, despidiéndose con un pequeño agitar de su mano. Después de todo lo vería pronto nuevamente.

•••

Salió de su oficina con un pequeño malestar en su cuerpo. Esa mañana Ivan le habia insistido el ir al hospital, el pequeño accidente que habia tenido el día anterior aun fresco en su memoria. Y por tanta insistencia había accedido a que Tino lo revisara. Un colapso por el estrés, eso era lo que habia tenido. Y, pese a que no habia sido grave, sí podía poner en peligro la vida de su bebé si no se cuidaba mejor. Debía evitar las emociones fuertes, y el ambiente del hospital y el olor de los fármacos le daba nauseas. Necesitaba aire, aire y un buen descanso.

A paso lento salió al patio del hospital, sentándose en una de las bancas con un suspiro. Quería ver a Vanya, pero él estaba en medio de una cirugía que estaba seguro de que no acabaría hasta dentro de dos horas. Se sentía solo y eso hacía que su ánimo decayera. O por lo menos hasta que vio una figura conocida saliendo del hospital.

— ¡Lovino! —lo llamo con una sonrisa, levantándose de la banca. El italiano al escuchar el llamado se detuvo y volteo a ver en dirección a esa voz, encontrándose con la persona de la que habia estado pensando minutos atrás.

—Alfred...—forzó una sonrisa acercándose al menor. Después de todo, tenía algunos minutos de sobra y necesitaba un descanso. El americano soltó un pequeño suspiro cuando recordó a la persona que ellos dos tenían en común.

— ¿No has podido contactar a Arthur? —preguntó con preocupación. Lovino subió a verlo negando con la cabeza. Ese idiota no daba señales de vida y estaba seguro de que ya lo habia llamado más de unas treinta veces, todas las llamadas yéndose a la contestadora automática. —Debería volver pronto, aunque sea solo por Scott—murmuro con la cabeza gacha.

— ¿Pasó algo con Scott? — ¿Por qué tenía un mal presentimiento acerca de eso? Pese a que no se llevara muy bien con el pelirrojo era el hermano de su mejor amigo.

—Se desmayó y recibió una cirugía de emergencia— esas palabras le cayeron como una patada en el estómago. No se podía imaginar cómo se pondría Arthur al enterarse de eso.

—No afectará su vida, ¿verdad? —la inseguridad en los ojos de Alfred le dijo todo lo que necesitaba saber y no pudo evitar bajar sus ojos al suelo con angustia.

—Arthur debe estar pasando por un momento difícil. Si puedes contactarlo, por favor cuida de el— pidió en un pequeño suspiro, poniendo una mano sobre el hombro del italiano en manera de apoyo. No podía preocuparlo mucho con eso.

—Por supuesto— asintió despacio, pero con un brillo de determinación en sus ojos. Después de todo ese idiota de Arthur era su mejor amigo, y los amigos estaban para apoyarse entre ellos. No era el amigo perfecto pero lo intentaba. En ese momento recordó la conversación que había tenido con Gilbert minutos atrás, y una pizca de curiosidad lo invadió. Tenía que preguntarle... saber si su padre era capaz de encajar en el perfil que buscaban. —Por cierto, Alfred...— comenzó un tanto incómodo para después negar con la cabeza. No, no podía preguntarle eso. —Olvídalo, no es nada. —El estadounidense lo miró sin comprender.

— ¿Porque estás tan cauteloso? Tú no eres así. Dímelo. —codeó de manera amistosa al mayor para darle confianza de decirle cualquier cosa que había querido preguntarle. Lovino por lo general no era una persona que controlara sus palabras, ¿porque hoy parecía tan cauteloso?

—Es sobre el fiscal Jones, tu padre... ¿qué clase de persona es? —soltó sin ver realmente a los ojos azules, desviando su mirada a un árbol cercano, porque sabía que esa pregunta rayaba en lo personal y podía ser algo incomoda.

— ¿Po-porque lo preguntas de la nada? —balbuceó desconcertado. Decir que se sorprendió era poco y el tema de su padre era muy incómodo, ni siquiera con su madre lo mencionaba a menos que sea estrictamente necesario.

—Oh, parece que él es muy amigo de mi jefe— explicó rascando su nuca nervioso.

—Tiene éxito como fiscal, pero como un padre, bueno, no estoy tan seguro. —se encogió de hombros incomodo al sentir la mirada confundida del italiano. —Mi padre tiene un plan claro de vida. A qué escuela ir, a qué edad pasar el examen de derecho, a qué edad ser promovido a jefe de fiscalía. Incluso el matrimonio y el tener un hijo se realizaron de acuerdo con su plan. — No le gustaba mucho hablar de su padre, recordar lo frío y cortante que siempre había sido, tratándolo como una pieza más en su juego. Una pieza que descartó apenas empezó a notar sus fallas, eso era todo lo que significaba para él. —Casarse con mi madre era parte del plan. Ella sabía muy bien lo que iba a suceder si su meta de tener un hijo no salía como él lo planeaba. Así que ella arriesgó su vida para que yo naciera.

— ¿Arriesgó su vida? — lo miro Lovino sin comprender, la sorpresa e incredulidad era clara en su voz.

—Mi mamá era demasiado joven, y tenía problemas de salud que lo complicaban todo. Si ella quedaba embarazada, la probabilidad de perder su vida en el parto era de un setenta por ciento. — recordaba como su madre le habia contado que cuando habia nacido ella habia pasado inconsciente por más de dos días, y él en una incubadora por tres meses, porque habia sido prematuro. —Por suerte mom dejó su obsesión por mi padre por mí. Lo malo es que ella se obsesionó conmigo en lugar de él. — rio con amargura. Ella siempre lo habia sobreprotegido de pequeño, siempre formando una burbuja a su alrededor. Con un pequeño suspiro subió a ver al italiano que tenía una expresión sorprendida y compadecida en su rostro— ¿Me veo muy lamentable? —sí, su familia no habia sido la mejor, y su infancia tampoco, su adolescencia mucho peor, pero... siempre intento salir adelante, intento que no le afectara, mantener siempre una sonrisa en su rostro y actitud alegre.

—No, tan sólo eres realmente honesto— negó encogiéndose de hombros incomodo, todo lo que había dicho Alfred, la historia de su vida era simplemente... wow.

—Ya te dije, te considero como un amigo— sonrió intentando aliviar la tensión, palmeando el hombro del italiano amistosamente. Lovino asintió, antes de escuchar el sonido de su celular indicando un nuevo mensaje. De seguro era Antonio.

—Entonces, me voy... mi esposo me está esperando— se excusó levantándose de la banca para irse de allí. Debía llegar a casa rápido, sentía que su espalda lo estaba matando.

—Está bien, mándale saludos de mi parte— sonrió de manera sincera, sacudiendo su mano en forma de despedida. Lovino solo asintió antes de salir en camino al estacionamiento del hospital. Alfred suspiro cuando ya no lo vio, la tristeza empezando a invadirlo por mucho que minutos atrás se habia dicho a si mismo que no debía sentir emociones fuertes.

— ¿Quién era él? — ¡Oh fucking god! Su corazón dio un vuelco y enseguida volteo a ver a la persona que estaba tras él, intentando controlar su pulso acelerado por el susto. Sus ojos chocaron con los azules idénticos a los suyos y en ese momento maldijo el que su madre fuera tan inoportuna. Sacudió su cabeza, dejando su susto atrás para recordar la pregunta confundido.

— ¿Lovino? Es amigo de Arthur, y un policía— respondió sin comprender por qué preguntaba eso.

— ¿Policía? ¿Qué asunto tiene contigo? —Emily abrió sus ojos en shock y preocupación al escuchar la última palabra de su hijo. No... no podía ser. Ningún policía se podía acercar a su Alfred.

—Es un amigo, para verlo no hace falta motivo— se encogió de hombros al notar la preocupación de su mamá. —Es un buen amigo mío de parte de Arthur— Emily pudo respirar nuevamente al escuchar eso, pero, aun así, tenía un sabor amargo en su boca. Ese chico, no le daba buena espina.

•••

— ¿Qué tan rápido vendrá el camión de bomberos si lo llamamos ahora? — con curiosidad volteo a ver al grupo de hombres sentados en las sillas fuera de la tienda ¿de que estaban hablando? El día estaba más que tranquilo y no había accidentes cerca. Entonces...

—Deberíamos hacerle competencia con el pollo esta vez— esos idiotas. Resopló enojada terminando de poner las últimas frutas en su carrito para comenzar a caminar a la caja y pagar de una vez por todas. La gente era tan inmadura...

—Buena idea, buena idea

—Yo le apuesto al pollo

—Yo a los bomberos

—Voy a llamar al 9-1-1

—Actúa como si estuvieses en un incendio

— ¿Aló, 911? ¡Emergencia, hay un incendio en...! —oh no, ahora sí que ya no podía quedarse callada más tiempo. Sin importarle dejar su carrito lleno de las cosas abandonado, salió de la tienda y agarro el teléfono tomándolos por sorpresa.

—Es un reporte falso. Sigan este número, yo me quedare como testigo— hablo seria, colgando la llamada después de eso sin esperar la respuesta al otro lado de la línea. Los tres hombres la miraban estupefactos. Eso... eso si no se lo veían venir.

—H-hey, ¿Quién eres tú? —pregunto el más joven de todos con una mezcla de emociones en su rostro, decidiéndose entre reclamar enojado o quedarse observando a la mujer frente a ellos de pies a cabeza. Era... atractiva, muy atractiva.

—Si no tienen nada que hacer recojan la basura de la calle o ayuden a la gente. Ni siquiera los niños hacen esa clase de bromas ¿no saben qué tan ocupados están en el 911? — reclamó con enojo evidente en su voz y su ceño fruncido, conteniendo sus ganas de rodar los ojos al notar como esos tres imbéciles la observaban.

—Tsk, ¿Qué acaso tu novio trabaja en el 911? Con lo buena que estas no me sorprende que necesites un bombero para controlar tu fuego— bromeó con una sonrisa ladina. Sus dos amigos soltaron una carcajada al escuchar sus palabras y Clarie sintió sus mejillas enrojecerse.

—Si lo es, idiotas—grito apretando sus puños con enojo. ¿Cómo se atrevían a decir todas esas cosas? Sacrebleu, ni siquiera pensó muy bien su respuesta antes de gritarla. Pero... no lo sentía tanto como una mentira. Después de todo el hombre que le gustaba si era parte de los bomberos.

— ¿Por qué nos estas gritando? ¿Dónde están tus modales niña? ¿No sabes que es de mala educación subirles la voz a tus mayores? —se levantó el mayor de esos matones, siendo enseguida copiado por los otros dos, caminando hasta estar a menos de centímetros de la rubia, irguiéndose para intimidarla con su tamaño. Clarie bufó cruzándose de brazos, sí, le pasaban en porte por más de una cabeza, pero no se dejaría intimidar por esos simios.

—Gente tan baja como ustedes no se merecen el menor respeto— escupió con veneno en su voz, sorprendiéndolos una vez más por su manera de hablar pese a que por fuera pareciera una chica tranquila, dulce y generosa. Oh sí que las apariencias engañaban, pero su paciencia ya estaba empezando a correr corta. Ya no le importaba si era una mujer o no, tenía que enseñarle a no meterse donde no le llamaban.

—Tsk, esta niña no tiene sentido del miedo ¿¡O si!? —grito tomándola de la muñeca con fuerza, sorprendiéndola.

— ¡Suéltame! —sus ojos se afilaron de manera amenazante y empezó a sacudir su mano intentando zafarse del agarre sin éxito alguno.

—Hey, Luddy— parpadeo Feliciano fregándose los ojos con su mano libre sin poder creer lo que estaba viendo, esa figura tan conocida y esos tres hombres. Parecían estar forcejeando. Ludwig al escucharlo bajo a verlo, dando un pequeño "Hmm" como respuesta— ¿Acaso esa no es Clarie? — señalo a la escena frente a ellos. Los ojos azules siguieron los suyos con sorpresa.

— ¿Qué está pasando ahí? —esa definitivamente era la niñera de su hijo. Su ceño se frunció al notar la mano de uno de los hombres sobre la de Clarie —Wolfy, quédate aquí ¿Ja? —pidió agachándose a la altura de su hijo, recibiendo un pequeño asentimiento como respuesta antes de levantarse y comenzar a caminar al lugar donde se estaba dando la pelea.

—Voy a llamar a la policía para reportar este caso. Las personas como ustedes necesitan una seria reprimenda— amenazo con furia. Los otros dos hombres soltaron una carcajada, burlándose de ella.

—Sí que no tienes sentido del miedo, niña— gruño apretando aún más el agarre. Clarie soltó un pequeño quejido. Dolía, y a ese paso dejaría marcas.

—Suéltala en este instante— esa conocida voz a sus espaldas hizo que su corazón diera un vuelco, y fue cuestión de segundos que sintió su muñeca ser liberada y vio como el hombre frente a ella retrocedía con shock en sus ojos.

—E-espera, él es... — los tres hombres se miraron con pánico entre ellos. Esos ojos, ese cabello, ese cuerpo... ya lo habían visto antes.

—Estas personas dijeron que iban a hacer un reporte falso y apostar con la entrega del pollo para ver quien llega más rápido— acusó Clarie señalándolos con el ceño fruncido, recibiendo una mirada fulminante de los hombres. De verdad que no sabía mantener su boca cerrada.

—No es la primera vez que ellos hacen algo como eso. Creo que la multa no fue suficiente— Ludwig los miro de manera severa. El mayor de los hombres se cruzó de brazos chasqueando la lengua enojado.

—No empiece a amenazarme, tsk. Voy a reportar que un servidor público me dio una paliza— escupió mirándolo de pies a cabeza, no se dejaría intimidar. Sus amigos tras suyo asintieron a su idea, la sonrisa ladina volviendo a sus rostros.

—Hazlo— retó el alemán sintiendo que la poca paciencia que tenia se empezaba a drenar al ver la actitud de esos idiotas. Personas que se creían mejor que los demás eran las que más odiaba.

—Incluso si tenemos una pelea, les ganamos en número—sonrió el menor de los hombres tronando los huesos de sus manos. Feliciano y Clarie intercambiaron miradas preocupadas al notar el fuego en los ojos del alemán y como su aura se volvía oscura.

—Creo que conmigo basta— su voz sonaba gruesa y sus ojos se afilaron de manera amenazante.

—Luddy...— llamo Feliciano poniendo una mano sobre su hombro en un intento de que entrara en razón. Sabía que el alemán no era una persona impulsiva y nunca lo había visto así de provocado.

—Está bien, pero vamos a asegurarnos que el perdedor no pida factura del hospital—Iban a pelear, y ahora no había manera de detenerlo. Así que... si no podía detener a Luddy, por lo menos iba a ayudarlo.

—Clarie, ¿puedes cuidar de Wolfy, por favor? —se volteo a la rubia señalando al pequeño que sostenía su mano con los ojos fijos en su papá.

— ¿Eh? ¿Chicos...? — Poco o nada de tiempo tuvo Clarie antes de ver como el italiano se volteaba para unirse a Ludwig y sentir como Wolfram ahora tomaba su mano. Iban a... pelear. Oh mon dieu

•••

Entro a la estación de policía a paso rápido, un ligero temblor en su ojo izquierdo y su ceño tan fruncido que sentía que su frente dolía. Cuando noto una pequeña cabeza rubia en una de las bancas suavizo su expresión, acercándose sin dudarlo. El pequeño lo alzo a ver, agitando su mano en forma de saludo al reconocerlo.

—Wolfram, ¿dónde está papá? — pregunto revolviendo el cabello del niño con una pequeña sonrisa, dirigiendo su mirada al lugar donde señalaba, su sonrisa cayendo enseguida a ver a los causantes de su reciente dolor de cabeza—Estos tipos... Ludwig, Feliciano— llamo en voz alta, acercándose con una expresión para nada buena a la mesa donde estaban sentadas seis personas, siendo vigiladas por un oficial de policía que le mandó una mirada compadecida. Los nombrados alzaron a verlo momentáneamente antes de bajar la cabeza en arrepentimiento. — ¿Qué pasó? —sobo su sien con poca paciencia.

—Jefe...— murmuro Feliciano con la cabeza gacha, culpable. Pero el alemán a lado suyo parecía devastado, decepcionado consigo mismo. Unas tres cabezas subieron al notar al turco allí.

— ¿Cómo ha estado, señor? —formo una sonrisa nerviosa el mayor de los hombres, olvidando enseguida el dolor en su quijada o el que su ojo estuviese adquiriendo un color verdoso. Los otros dos presentaban moretones iguales, nada grave, pero aun así no podía creer que de todas las personas el capitán Beilschdmit hubiese sido el que se vio envuelto en esa pelea infantil. Y... ¿Qué hacia la hermana del capitán Bonnefoy ahí?

—Escribe un informe de Ludwig Beilschdmit y Feliciano Vargas sobre su asalto. Y ya que estaban fuera de servicio trátalo como un asalto común. — habló con un suspiro, mirando al policía que estaba atendiendo el caso. Los dos hombres subieron a verlo con incredulidad antes de agachar sus cabezas una vez más, Ludwig deseando que la tierra se lo tragase en ese momento.

—Nosotros no hicimos nada, solo fue defensa personal... Se supone que estamos en el mismo equipo— se cruzó de brazos Feliciano, con un puchero. Sadik debería estarlos apoyando. Sintió la mano del alemán sobre la suya, en un pedido silencioso de que no dijera más.

—Por otra parte, esos mocosos habitualmente hacen llamadas falsas a Emergencias, voy a reportarlos por interferencia con la función pública y violación de las reglas de enfrentamiento de los bomberos. —sentencio con seriedad, señalando a los hombres que segundos atrás se habían estado burlando, cambiando sus sonrisas a expresiones alarmadas.

—So-solo lo hicimos un par de veces—intento razonar el mayor de los hombres, no quería una multa más, mucho menos algo como eso en su historial.

—Yo voy a ser testigo. Yo lo vi y oí todo—interrumpió por primera vez en todo ese tiempo la rubia, alzando su brazo para llamar la atención de todos. Los tres matones que la habían atacado voltearon a verla con miradas fulminantes que no le importaron en lo más mínimo.

— ¿No tienen nada mejor que hacer? Están muy ocupados en emergencias estos días. ¿Cómo pueden hacer esas bromas? —los reprendió el policía frente a ellos, con el ceño fruncido.

—Agh, todo se debe a esa chica. Esa chica que se mete donde no le llaman— Clarie los miro enojada, eran tan infantiles, dieu.

—Ella dijo que su novio estaba en la estación de bomberos, pero no sabía que era verdad— murmuro el menor de los hombres por lo bajo, sin embargo, fue escuchado por todos en el lugar, que enseguida dirigieron su mirada a la mujer.

— ¿Novio? ¿Quién es el novio? —parpadeo confundido Sadik al escuchar esa información. No sabía que la hermanita del capitán Bonnefoy estaba saliendo con alguien de la estación. Ludwig y Feliciano también la regresaron a ver sin comprender.

—Él, el capitán Beilschdmit es mi novio. — ¿Que? ¿Qué estaba diciendo esa donna? Los ojos avellana del italiano se abrieron en shock al igual que los azules del alemán cuando sintió las manos de la chica envolverse en su brazo. Esas palabras las había dicho tan fuerte que incluso el pequeño Wolfram había oído, alzando su mirada curiosa y sonriendo con una risita. — ¿Escucharon bien? Atrévanse a bromear otra vez con los bomberos y se las verán conmigo— amenazo a los tres matones que la miraban y al rubio de pies a cabeza con incredulidad.

— ¿Y la diferencia de edad?

•••

Desde que llegaron a casa esa tarde, Wolfram no había soltado su sonrisa. Durante la cena, durante el baño, mientras le ponía su pijama, no había dejado de dar pequeñas risas.

—Wolfram, ¿Por qué sigues riendo, Schatz? —preguntó revolviendo el cabello de su hijo al terminar de arroparlo en la cama para comenzar con el cuento para dormir de todas las noches.

—Clarie dijo que eras su novio—rió ocultando su rostro en su oso de peluche. Ludwig parpadeo sin comprender, con un ligero rubor en las mejillas al recordar lo que había pasado esa tarde. Sin poder evitarlo sus ojos azules voltearon a ver de reojo al italiano que estaba tras ellos escogiendo uno de los libros de la estantería para leérselo a Wolfy, notando como su cuerpo se detenía en seco durante pocos segundos al escuchar las palabras de su hijo.

—Ella no lo decía en serio, liebling— suspiró acariciando su mejilla, esperando a que tras eso el pequeño olvidara el tema. No quería seguir recordando eso, y sabía que Feli tampoco, podía sentir que había estado distante desde esa tarde y no sabía qué hacer para arreglarlo.

—No, estoy feliz por eso, Vati— sonrió levantando su rostro del osito.

— ¿Was? —abrió los ojos desconcertado, sin comprender a qué se refería su hijo, que quería decir con qué estaba feliz por eso.

—Clarie tiene un buen ojo para la gente. Significa que eres más awesome que Feli— señaló con diversión, inconsciente del daño que sus palabras estaban causando, de la manera en la que el italiano apretaba el libro que había escogido entre sus manos o como sus ojos avellana bajaban al suelo y empezaban a humedecerse. Pero Ludwig si lo notó.

—Wolfy, ella solo estaba bromeando, no debes creer eso— regaño cambiando la suavidad de su voz por seriedad, su ceño frunciéndose ligeramente. Pero no podía enojarse con su hijo por decir esas cosas, porque era un niño, aún no comprendía el peso de sus palabras.

—Wolfram tiene razón. Clarie tiene un buen ojo para los hombres— hablo con la voz más calmada que pudo manejar en ese momento, sus ojos pegados en el piso y sus puños apretados de manera inconsciente. No sabía a qué momento el libro que había escogido había caído de sus manos o a qué momento su voz se quebró. —Alguien como yo ¿Qué es lo que tiene que ofrecer? —su voz salió en apenas un murmullo que solo Ludwig pudo escuchar, pero antes de que pudiera decir algo el italiano ya se estaba dirigiendo a zancadas hacia la puerta de la habitación.

—Hey, Feliciano...— intentó detenerlo, pero sabía que era inútil. Un suspiro salió de su garganta y frotó su sien en un intento de calmar su preocupación, regresando sus ojos de su hijo. Lo único que le quedaba ahora era acostarlo a dormir rápido para poder ir tras Feliciano, solo esperaba que para entonces no sea muy tarde.

•••

Lo busco por todas partes, en la estación de bomberos, en la biblioteca, en su lugar de siempre, en el cine, en el parque, pero no parecía aparecer por ningún lado. Paso todo el día conduciendo y corriendo alrededor de Londres, la desesperación haciéndose cada vez peor. Ya no sabía dónde buscar, que hacer. Sentía que estaba a punto de llorar de la impotencia.

Con un pequeño suspiro entro en el primer lugar que había buscado, donde había encontrado a Scott. Toda la casa estaba a oscuras y el ambiente allí dentro era pesado. Enseguida encendió las luces de la sala, sus ojos cayendo una vez más en todo el caos.

Aún no había nadie. Y bueno ¿Qué esperaba? Era obvio que no iba a estar ahí. Miro a su alrededor descompuesto hasta que sus ojos pararon en una bolsa de papel roja en el suelo. Se agacho para tomarla y saco la pequeña caja negra que estaba dentro de ella. Con los dedos temblorosos la abrió, y sus ojos se posaron en los dos anillos plateados. Eran hermosos... eran en verdad hermosos.

En ese momento sintió que su cuerpo se volvía pesado y cayó en una de las sillas del comedor, hundiendo su rostro entre sus manos cuando sintió sus ojos humedecerse.

'Arthur... ¿dónde diablos estas?'

•••

—Feli...— llamó al entrar al cuarto que ambos habían empezado a compartir meses atrás cuando comenzaron su relación. Un alivio invadió su pecho al ver que la persona que buscaba estaba allí, acostado sobre la cama, las sábanas cubriendo todo su cuerpo, dejando ver solo su cabello cobrizo. A paso lento y con cautela se acercó, alzando tan solo un poco las sábanas para poder ver esos ojos que amaba. Y entonces su alivio fue remplazado por preocupación cuando noto lo rojos que estaban— ¿Estabas...?

—No— negó enseguida, frenándose los ojos en un intento de parar las lágrimas que comenzaban a caer una vez más —Estoy bien— dijo de manera cortante, girándose en la cama para darle la espalda al alemán.

—Hey, acerca de lo que paso hoy...—comenzó sentándose en la cama, a lado de la delgada figura del italiano. No sabía cómo solucionar lo que había pasado, pero ver a Feliciano en ese estado hacia qué su corazón se estrujara de manera dolorosa.

—No es necesario, hacen una buena pareja. Después de todo, ¿que podría ofrecer que ella no pueda o lo haga mejor? Es una bella Donna, es joven, y Wolfram la quiere mucho— lo interrumpió con la voz quebrada, su rostro hundiéndose aún más en la almohada en un intento de sofocar su llanto, porque por mucho que intento contenerlo, el sentir a Ludwig tan cerca, recordar lo que había pasado esa tarde, imaginarlo con alguien más dolía. El alemán soltó un suspiro al escuchar los sollozos ahogados.

—Pero no es la persona que yo amo— admitió con seguridad en su voz. —Clarie solo esta confundida, Feli. Y tienes muchas más cualidades que ella. — el italiano se volteó nuevamente sobre la cama al escucharlo, quedando frente al cuerpo del alemán, pero no podía subir a verlo.

—Pero Wolfram...— porque el problema ahora ya no era solo Clarie. Sabía que Ludwig siempre escogería lo que hiciera más feliz a su hijo, porque era un padre después de todo, y en ese momento se sentía de verdad derrotado. Porque por mucho que tuviese una oportunidad de ganar sobre Clarie, no podía ganar sobre Wolfram. Y ese era el final de todo, no podía hacer nada.

—Wolfram también te quiere, te quiere mucho— no, eso no era verdad, por mucho que Ludwig hablara con tanta seguridad sabía que Wolfy no lo amaba tanto como a Clarie, que en esa batalla ya había perdido, porque él no era lo que el pequeño buscaba.

—Pero él quiere más a Clarie, él quiere una madre, y yo... yo no puedo...—él no podía remplazar a la madre de Wolfram, no era una mujer y tampoco podía ofrecerle a Ludwig nada... porque la razón por la que había empezado a odiar los niños era porque sabía que él nunca podría tenerlos, porque era infértil. No podía ofrecerle a Ludwig una familia, ni siquiera sabía cómo cuidar de un niño, como ser un buen padre. Esa era la razón por la que había decidido nunca enamorarse profundamente de nadie, porque él no tenía nada que ofrecer.

—Feli, mírame— suplico quitando las sábanas que tapaban el rostro del menor, alzando su cabeza para que esos ojos avellana enrojecidos chocaran con sus obres azules. No soportaba escuchar su llanto, verlo así de destrozado. —Tú eres la persona que amo, nadie más. Y sé que mi prioridad siempre va a ser mi hijo. Pero sé que tú puedes cuidar muy bien de él. Wolfram no necesita a una mujer que remplace el papel femenino en la casa, lo que necesita es alguien que lo ame como una madre lo haría, y creo que tú lo harías perfectamente— habló de manera suave, limpiando las lágrimas que caían de esos ojos que tanto amaba, agachándose para poder besar esas mejillas enrojecidas por el llanto, sin importarle sentir el sabor salado de las lágrimas. Acaricio el cabello cobrizo y unió sus labios con los del italiano en un contacto suave pero lleno de sentimientos que los dejaron sin aliento. Feliciano subió a enredar sus brazos en el cuello del alemán para comenzar un beso más apasionado, su llanto deteniéndose enseguida al sentir que el otro le correspondía.

—Quiero que me demuestres cuánto me amas Luddy... que soy el único— pidió casi en un susurro contra los labios del mayor al separarse del beso. Quería saber que lo que Ludwig había dicho era verdad.

—Eres el único— repitió uniendo sus labios en un beso más apasionado, sus brazos bajando a acariciar la espalda del italiano, mandando una corriente eléctrica de placer a través del cuerpo del menor. —Así que ya no llores más por eso, porque no hay nadie en este mundo a que ame de la misma manera que a tí— sonrío separándose del beso, uniendo sus frentes en un gesto tierno que hizo que el corazón del italiano comenzara a latir como loco.

Ti amo, Lud— sus labios se unieron una vez más y esta vez Feliciano abrió su boca, dejando que Ludwig explorara su interior, comenzando un beso húmedo que mandó una corriente eléctrica directo a sus partes bajas. Y por el bulto en el pantalón del rubio sabía que él también estaba sintiendo lo mismo— Quiero que me marques— pidió entre jadeos, suspirando contento cuando sintió esos labios bajar a su cuello y su clavícula, dejando un camino de besos húmedos en su piel sensible.

—Feli...— soltó un gemido ronco cuando sintió al menor succionar la piel de su cuello, dejando un notable chupón.

—Quiero que todos sepan que eres mío— sonrió al ver la marca que había dejado en la piel del alemán, soltando un pequeño jadeo de sorpresa al sentir como Ludwig le regresaba el favor —Prométeme que no vas a remplazarme por ella—pidió enredando sus brazos alrededor del cuello del alemán, juntando sus frentes en un contacto tan tierno e íntimo que mando una corriente eléctrica por sus cuerpos.

—Te lo prometo, liebling...

•••

No sabía cuándo fue la última vez que se sintió tan bien al despertar y sentir a alguien dormir a su lado, brazos enredados alrededor de su cuerpo y la respiración calmada contra su pecho. Cuando sus ojos azules bajaron a la delgada figura a su lado pudo ver por breves segundos la imagen de su difunta esposa. Olivia... era la primera vez desde su muerte hace ya tres años que dormía con alguien, que volvía a sentir lo mismo que algún día sintió por ella, la mujer que juro amar hasta su muerte. Pero ahora su corazón latía por alguien más. Esa noche, se había sacado por primera vez su anillo de matrimonio, había borrado todo recuerdo de su esposa de su memoria. Amar a alguien más después de haber perdido al amor de su vida una vez era difícil. El tan solo regresar a ver al dorado anillo en su mesa de noche le hacía sentir la culpa oprimir su corazón, pero... amaba a Feliciano. Lo amaba, pero no sabía si estaba listo para dejar ir a Olivia, superarla al cien por ciento. Cada vez que veía la sonrisa de Feliciano, su personalidad tan jovial y animada, su cabello, su manera de reír, todo le recordaba a Olivia, porque ellos dos eran parecidos. Pero... no, no eran iguales, pese a que al principio el italiano empezó a gustarle por su parecido con su esposa, poco a poco se fue dando cuenta de cuan diferentes eran. Y al mismo tiempo que su corazón latía con felicidad también dolía, porque por mucho que amara a Feliciano, cuando lo besaba, cuando lo sostenía entre sus brazos, sentía que le estaba siendo infiel al recuerdo de su esposa.

-Flashback-

Ludwig... Ludwig, amore— una mano en su hombro lo saco del abismo de sus pensamientos, del estupor de su mente. Sus ojos azules se alzaron para chocar con los verdes de las dos personas que estaban frente a él, esos que algún día llamo como "suegro y suegra". Y pese a que los tenía en frente, en ese momento el dolor en su alma era tanto que sentía que no podía verlos. No se lo merecía, no cuando sus facciones eran idénticas a las de ella. —Ludd... olvida a nuestra hija— esas palabras hicieron que su corazón diera un vuelco y sus ojos se dirigieron a la lápida frente a él, a ese lugar donde minutos atrás habían enterrado el cuerpo de su esposa, y con ella su corazón, todas sus ganas de vivir. Porque en ese momento sentía que no podía hacer nada más que derrumbarse, ¿Por qué? ¿Por qué la vida tenía que ser así?

Aun eres muy joven, tienes toda una vida por delante. Debes dejar ir a Olivia, vivir su parte— alentó el hombre de aproximados sesenta años, abrazando por la cadera a su esposa que había roto en llanto una vez más, cubriendo su boca con su pañuelo. Habían perdido a su única hija, y el hombre frente a ellos había perdido al amor de su vida, a la madre de su hijo. Y pese a que las lágrimas no salieran de sus ojos estaba seguro de que por dentro debía estar devastado, sintiendo que su mundo se hacía pedazos y que no sería capaz de avanzar. Pero debía hacerlo, debía ser fuerte, porque no estaba solo.

Ludwig, las personas que mueren no regresan...— y fue en ese momento que rompió en llanto frente a esas dos personas, que sintió que al fin empezaba a desahogarse, de una manera tan dolorosa que todo su cuerpo estaba en agonía. Alzo sus ojos azules al cielo y en ese momento se preguntó si las heridas se borrarían con el tiempo, si algún día podría llegar a ser feliz nuevamente.

'El llegar a querer así a alguien, el que esa persona me quiera. ¿El tratar de olvidar... es igual que traicionarte?'

-Fin del Flashback-

—Hmm... Luddy— esa voz lo hizo salir de sus pensamientos. No sabía en qué momento había comenzado a llorar. Apurado seco las lágrimas que mojaban su rostro con el dorso de su mano, y suspiro aliviado al notar que Feliciano apenas estaba despertando.

Morgen, Liebe— beso su cabeza con dulzura. Por ahora se olvidaría nuevamente del pasado, dejaría ir al recuerdo de su esposa. Porque... eso era lo que tenía que hacer ¿no? Tenía que intentar ser feliz de nuevo. — Ich liebe dich... ich liebe dich—repitió esperando que el menor no notara el temblor en su voz o la manera desesperada en la que lo abrazó, deseando que nunca se fuera, que no desapareciera. Porque eso era lo que más le aterraba, la probabilidad de perder nuevamente a la persona que amaba... no lo podría soportar.

—H-hey, Ludd, ¿estás bien, amore? —pregunto preocupado subiendo sus ojos a los del alemán, notándolos un poco irritados. ¿Había estado llorando? ¿Por qué? ¿Qué pasaba? Pero antes de que pudiera decir algo más la alarma del despertador sonó. Ludwig solo pudo agradecer ese momento, porque no sabía si sería capaz de explicarle todo el remolino de sentimientos que tenía en su interior al italiano.

—Ven, vamos a bañarnos, de seguro Clarie no tardará en llegar— cambió de tema enseguida, levantándose de la cama y ofreciéndole una mano al italiano para que también haga lo mismo, sin importarle que estuviesen desnudos. Después de todo estaban solos. Feliciano hizo una pequeña mueca disgustada al principio por el cambio de conversación, pero lo dejo pasar con un suspiro, tomando la mano del mayor para atraerlo en un beso suave.

Ti amo— susurro contra sus labios al separarse, dejando a un alemán sorprendido y sonrojado. —Y ahora cárgame, no creo que pueda caminar bien, Luddy— rio rascándose la nuca al recordar el dolor que recorrió su cadera cuando se sentó en la cama. Ludwig no pudo hacer más que sonreír y negar con su cabeza. Definitivamente lo amaba.

•••

— ¿El hermano del sargento Kirkland? —pregunto sorprendido, alzando la voz mucho más de lo que habia planeado, con shock. Nunca se habia esperado escuchar una noticia como esa.

—Si— asintió con la cabeza gacha Francis. Esa mañana habia decidido ir a la estación de bomberos a avisarle a Sadik todo lo que estaba pasando. Arthur seguía sin aparecer y no quería que por algo así tuviera problemas en el trabajo cuando regresara. Por eso allí estaba, justificando las faltas de los últimos dos días de Arthur, porque después de todo él ya había anunciado su retiro días atrás.

— ¿Salió bien la cirugía? — esa pregunta lo saco de sus pensamientos y subió a ver al turco con inseguridad en sus ojos.

—Lo sabremos cuando despierte— fue lo único que pudo responder, porque ni el mismo lo sabía.

—Debes haber trabajado duro. —sintió esa palmada en su hombro como una manera de apoyo y ánimo, pero cada vez que alguien le decía que había hecho un buen trabajo, sentía que esas palabras eran menos ciertas. —Algo grave debe haber ocurrido si no puedes contactar al Sargento Kirkland. Él es una persona muy fuerte, nunca falto al trabajo ni pidió vacaciones durante estos siete años, y cuando está actuando de esa manera, sin siquiera una llamada, significa algo grave— hablo con preocupación notable en su rostro.

Si Arthur desaparecía, eso era todo menos bueno. Todos lo sabían, y pese a que muchas veces viviera solo para molestarlo, conocía a ese amargado por ya más de ocho años, le tenía el aprecio como a un hijo.

—Hasta que él regrese de nuevo, por ahora... ¿puede mantenerlo todo como un secreto? — pidió Francis mirándolo con suplica. Sabía que si Arthur regresaba no quisiera recibir la pena de los demás, porque conocía a su prometido. Sabía que algo como eso lo podría afectar mucho.

—Bien, me encargare de ello sin dejar que los demás sepan— asintió Sadik, comprendiéndolo. Después de todo también sabía como Arthur podía reaccionar si toda la estación se enteraba de eso. —Ese idiota, debe aparecer pronto...— mascullo pateando el suelo con frustración. Si Arthur seguía haciéndolo preocupar así de seguro le saldrían más arrugas de las que ya tenía en el rostro.

•••

— ¿Arthur no ha llamado? —su pregunta salió más como una afirmación. Por el estado desgastado del francés no se podía esperar nada bueno, y la manera en la que había llegado como si fuese un cadáver.

—No... busque por todos los lugares posibles, pero no hay rastros de él— eso era de esperárselo. Cuando Arthur desaparecía, porque si, no era la primera vez que el muy idiota hacía eso, permanecía bajo el radar. Era muy difícil encontrarlo, e incluso a veces se iba de la ciudad o del país. Cuando Arthur quería desaparecer era muy bueno haciéndolo, pero... para que desapareciera de esa manera, sin aviso alguno, algo de verdad grave debía haber sucedido. Tenía un mal presentimiento, muy malo...

—Francis, ¿qué está pasando realmente? — ojos azules se alzaron sorprendidos para luego bajar a la taza de café con una mezcla de angustia e indecisión. Pero... tenía que por lo menos decir parte de la verdad ¿no?

.

.

— ¿El donante fue tu hermano? —oh Dio, oh Dio, oh Dio, no, no, no... eso no podía ser verdad. Pero por el dolor reflejado en los ojos del francés podía saber que no, eso no era solo una broma. Y si él había reaccionado así... —A Arthur debió caerle como un rayo— ahora podía comprenderlo. Porque Arthur había parecido tan devastado— Yo... Arthur siempre estaba más triste de que alguien muriera que feliz de poder ver de nuevo, por eso no estaba ansioso por el trasplante hasta que te conoció. Hasta que formó parte de tu familia— sus ojos verdes subieron a los azules del francés con nostalgia, las memorias de años atrás regresando como pequeños flashes. Esas incontables tardes en las que solo se sentaba con su amigo en el parque y empezaba a describirle todo lo que veía, en las que intentaba darle fe de que algún día el también sería capaz de ver el sol, el césped, las estrellas. Pero Francis... el lo había hecho sin siquiera intentarlo. Por primera vez pudo ver como Arthur volvía a tener fe, a ser feliz. El de verdad deseaba poder ver a Francis, a su familia y Matthew... oh Dio, no sabía cómo describirlo —Pero el hecho de que el donante no hubiese sido nadie más que tu hermano...—ni podía imaginarse cuan doloroso fue para Arthur descubrir la verdad. Cuanto paso culpándose a si mismo, porque conocía a su mejor amigo, y sabía que ese idiota de seguro debía estarse hundiendo nuevamente en la depresión mientras hablaban. Tsk, tenía que detenerlo—Francis, si esta es la situación, definitivamente tenemos que atraparlo... —el mayor subió su mirada confundida, sin comprender de que estaba hablando. En verdad que a veces parecía estar hablando con un niño. —Al criminal que le hizo eso a tu hermano y huyó, debemos capturarlo por Arthur, para que ese idiota deje de culparse a sí mismo— explicó con el ceño fruncido. Francis abrió sus ojos sorprendidos al escucharlo, para después dar un pequeño asentimiento. Si... tal vez eso podría mejorar el estado de su prometido, y el suyo también. Dieu... con todo lo que había pasado ni siquiera había pensado en el caso. —Oh, me olvidé de decirte que encontré un testigo... aunque el muy imbécil desapareció— parpadeo seguidamente antes de dirigir su mirada incrédula al menor.

— ¿Un testigo? — ¿Como? No, ¿Cuando?

—El conductor de un camión que estaba pasando por la vía a esa hora— Increíble... dieciséis años atrás habían buscado con desesperación un testigo, ¿cómo es que venía a aparecer recién?

— ¿Dijo que vio algo? — su voz salió mucho más desesperada de lo que pretendía. Pero, después de todo ese tiempo de resignarse a que el caso nunca sería resuelto ahora por fin tenía esperanza nuevamente.

—En lugar de ver algo, nos dijo algo más importante antes de desaparecer— murmuró Lovino más para si que para el francés, agachando su mirada a la taza de té antes de sacudir su cabeza. No... ahora no podía dejar que Francis se preocupase aún más con lo que habían descubierto con Gilbert. Con Arthur tenía suficiente. —Pero da igual, solo esperemos que ese bastardo regrese pronto—suspiró encogiéndose de hombros. Solo debía esperar a que Arthur regresara sano y salvo, eso era lo que más importaba.

•••

—Café para todos—varios pares de ojos se alzaron al escuchar ese anuncio solo para ver al alemán entrar a la sala de reuniones con varias tazas humeantes en una bandeja, dejándolas en la mesa de centro antes de tomar dos y caminar hacia el sillón donde Feliciano estaba, sentándose a su lado y entregándole la otra taza. Todo ese momento la atención de todos estuvo en la "parejita" que esa mañana había llegado con una clara aura de felicidad y amor rodeándolos. Sin embargo, nadie había dicho nada, o por lo menos hasta ese momento.

—Wow, es raro ver al capitán Beilschdmit hacer ese trabajo, por lo general suele ser el lindo Feli quien lo hace— se burló Mathias mirándolos con una ceja alzada antes de dar una pequeña carcajada. El ambiente entre esos dos tortolitos era obvio, si ellos dos no estaban completamente de cabeza por el otro entonces no tenía otro modo de explicar el brillo en sus ojos cuando se veían. Eran igual que Lukas y él.

Grazie— el sonrojo en el rostro del italiano fue obvio para todos en la sala y no pudieron contener la pequeña sonrisa que se les formo al notar como las mejillas de Ludwig también se tornaban rosadas. —Por cierto, ¿Dónde está el sargento Kirkland? —carraspeo el italiano cambiando de tema incomodo al sentir la mirada de todos sus compañeros sobre él y Luddy.

—A mí también se me hace extraño...—murmuro Lukas cruzándose de brazos pensativo. A su lado Mathias también parecía extrañado y esa pregunta despertó la duda y la preocupación en todos los presentes, claro, excepto uno que sabía parte de lo que había pasado.

—Ya se estaría quejando de que hay café en vez de té— rió con un toque amargo el danés. Sadik soltó un pequeño suspiro al sentir la preocupación y curiosidad en el ambiente, era inevitable que sacaran ese tema, pero en verdad que hubiese preferido que no lo hicieran.

—Envié a Arthur a tomarse unas buenas vacaciones— mintió de la mejor manera que pudo, dejando la taza de café sobre la mesa.

— ¿Eh? ¿Tan repentino? —alzo a verlo Mathias, la sorpresa clara en su voz. Su jefe, aunque no lo pareciera era una persona muy exigente y hasta donde sabia las vacaciones de Arthur no comenzaban hasta en 4 meses.

—Dado a que ese idiota es terco y casi nunca utilizaba su tiempo libre tenía muchos días acumulados, después de tanto trabajo se lo merece—se justificó cruzándose de brazos. Era la verdad, Arthur se lo merecía por todo el trabajo que había hecho esos años, por estar allí siempre que se le necesitaba aun si no era su turno o si era su día libre. Y al alzar a ver a los demás y notar la comprensión en sus ojos sabía que ellos también opinaban lo mismo.

•••

Apago las luces de su despacho y tomo las llaves antes de salir y cerrar su oficina, silbando distraídamente como todos los días que le tocaba ser el último en salir del trabajo. Después de todo era el jefe ¿no?

Continuó silbando por el oscuro pasillo hacia la salida cuando una figura, apenas visible, lo hizo detenerse en seco, bajando su mano al bolsillo que contenía su arma como medida de precaución. Pero la persona que estaba allí en vez de retroceder o salir de allí continuó acercándose, hasta que, antes de que pudiera decirle que se detuviera, pudo reconocer esa conocida silueta. Esos ojos y sobre todo esas cejas.

— ¡Sargento Kirkland! —grito tanto sorprendido como aliviado. Uno, porque no era ningún criminal que pensaba infiltrarse en el edificio y dos, porque ese idiota había desaparecido por cuatro tres días sin dar señal alguna y ahora estaba ahí, frente a él como si nada hubiese pasado.

—Jefe...— su voz salió en apenas un susurro y pudo distinguir en la poca luz que se filtraba por las enormes puertas de vidrio una sonrisa apologética formarse en ese rostro que, ahora que lo miraba con más atención, ¿estaba más delgado? Tenían que hablar.

— ¿Qué pasó contigo? Te ves tan pálido—pregunto una vez entraron a su oficina y pudo verlo en la luz, notando enseguida todo lo que temía. Ese hombre se veía como un cadáver, tenía unas ojeras monumentales en su rostro y sus ojos estaban demasiado irritados. Se veía fatal.

—Yo... vine a entregarle algo— lo escucho suspirar, evadiendo su pregunta para sacar un pequeño sobre de su chaqueta, dejándolo encima de su escritorio. Sus ojos se abrieron con incredulidad al ver las letras en el sobre "Carta de Renuncia".

— ¿Qué es esto? —subió en busca de una explicación, aún sin poder creerlo, sosteniendo ese sobre entre sus manos como si fuera fuego.

—Lo siento... — murmuró evadiendo su mirada, agachando sus ojos al suelo. En ese momento no tenía el valor para ver a su jefe, o ahora ex jefe.

— ¿Esto es en serio? — no, no podía serlo. No podía perder a su mejor sargento después de tantos años. —Si estas teniendo un momento difícil, descansa. Te daré el tiempo que necesites. Ya están tus faltas justificadas como vacaciones— Maldición... si Arthur quería le daría hasta contrato de por vida, pero no podía renunciar de esa manera.

—Solo procésalo, por favor— pidió en un suspiro. Era la decisión que había tomado. Sadik chasqueó la lengua, sabía que Arthur debía estar pasando por un momento difícil, y que quisiera alejarse de todo el mundo, pero ¿renunciar? Eso era un poco extremo.

—Sé que después de que tu hermano colapsara y pasara por cirugía ha sido difícil para ti. Lo escuche del capitán Bonnefoy, así que puedo hacer una suposición... Aun así, renunciar no me parece la mejor opción— negó con la cabeza, sin notar la manera en la que los ojos esmeralda lo miraban con incredulidad.

— ¿M-mi hermano colapsó?

— ¿No lo sabias aun? — Sadik regreso a verlo como si le hubiese crecido una segunda cabeza. La realización lo golpeo y la manera en la que el cuerpo del menor se habia vuelto rígido ahora tenía sentido. Ese idiota...— ¿Por qué desapareciste de la nada sin dejar rastro? ¡Vete rápido, ve al hospital! — grito levantándose con el ceño fruncido, sacándolo de su oficina casi a patadas. Su hermano ya iba cuatro días en el hospital y el muy idiota recién se enteraba ahora. ¿Por qué mierda habia desaparecido sin dar palabra alguna? Agh, tenía ganas de matarlo.

•••

—Su función mental aún no se ha recuperado... —murmuro Alfred más para sí mismo que para el hombre parado a su lado, terminando de revisar todos los signos vitales del pelirrojo en la camilla, guardando todos sus instrumentos con un suspiro. Scott aun no abría los ojos, y no habia señal alguna de movimiento o algo...

—Hay la probabilidad de que nunca despierte— al escuchar esas palabras volteo a ver a Francis con preocupación. Aunque, debía admitirlo, el también comenzaba a temer esa probabilidad, pero tenían que mantenerse positivos. Aun no podían decir nada con certeza.

—Esa probabilidad es muy baja. Sabes muy bien que toma mucho tiempo recuperar la conciencia. — había casos de pacientes que la recuperaban después de días, meses e incluso años, no se podía saber con certeza, pero Scott apenas iba cuatro días, era demasiado rápido para sacar conclusiones.

—Pero existe, Alfred... Tu elección y mi juicio podrían haber estado equivocados. De no haber sido por mí, los resultados podían haber sido mejores...

—Francis, deja de culparte, sabes que no es así— su voz tenía un ligero tinte de irritación, porque el pesimismo del francés estaba logrando que su ánimo también decayera. Francis seguía culpándose a sí mismo, y eso no era sano, si continuaba así no estaba seguro de que podría pasar.

—No sé cómo llegamos a esto... Siempre estoy pensando en que, si tan solo ese día no hubiese habido un golpe y fuga, nada de esto habría sucedido— comenzó con apenas un susurro, sus ojos azules fijos en la ventana de la habitación, mirando a la nada. Porque en ese momento su mente no podía concentrarse, los recuerdos del pasado eran tantos que no podía estar en el presente. —Pase tanto tiempo culpando a Scott que me olvide de mi resentimiento contra esa otra persona— la persona que atropello a Matthew, que huyó, que comenzó toda esa cadena de eventos desafortunados.

—El accidente de tu hermano... ¿fue un golpe y fuga? —esa pregunta lo saco del tren de sus pensamientos, y volteo a ver al americano con confusión. ¿Por qué parecía tan sorprendido? Tan... ¿inquieto?

—Si...

— ¿D-dieciséis años atrás? —juraba que pudo escucharlo tragar saliva y como su respiración se aceleraba.

—Si— contesto con extrañeza en su voz, mirándolo con una ceja alzada. Tal vez... tal vez él sabía algo. —Matthew estaba en una bicicleta en la madrugada cuando sucedió— explico viendo como el otro soltaba un respingo apenas notable y sus ojos se abrían aun más. ¿Por qué estaba reaccionando así? ¿Por qué bajaba una mano a su vientre y su rostro se volvía pálido?

—Tengo que irme— lo escuchó excusarse en apenas un susurro antes de salir de allí a paso rápido, sin que alcanzara a preguntarle nada. Eso sí que habia sido extraño pero por ahora lo dejaría pasar, porque tenía algo más importante de lo que preocuparse.

— ¿Realmente piensas que hice lo mejor, Scott? — Con un pequeño suspiro se sentó en la silla frente a la camilla y puso una de sus manos sobre las heladas del escoces, subiendo a verlo con malestar en sus ojos. —Pensé que había hecho mi mejor esfuerzo, pero... Si no lo hubiera hecho ¿Qué debo hacer? ¿Qué le voy a decir a Arthur? — Si todo eso salía mal, si Scott terminaba muriendo o quedando en estado vegetal, ¿Cómo sería capaz de ver a Arthur con toda esa culpa sobre sus hombros? ¿Cómo se lo diría?

— ¡Scott! — ese grito y la manera brusca en la que se abrió la puerta de la habitación le hicieron pegar un salto asustado, levantándose enseguida para ver a la persona que habia entrado de esa manera tan apresurada. Y cuando sus ojos azules chocaron con los esmeralda se quedó sin palabras.

—Arthur... —ese nombre fue lo único que pudo salir de sus labios antes de que la sorpresa fuese remplazada por preocupación. — ¿Qué te paso? Desapareciste sin dejar ni una llamada— su voz histérica fue decayendo al notar como el menor se acercaba a la camilla con incredulidad y horror, sin poder creer lo que estaba frente a él.

— ¿Qué pasó? — su voz sonó apenas en un murmullo roto y Francis pudo notar como esos ojos irritados volvían a humedecerse.

—Fui a tu casa porque no contestabas mis llamadas y al llegar lo encontré en el piso de la cocina. No sabía cuánto tiempo había pasado así que lo traje aquí de inmediato... y le realicé la cirugía— término en un susurro, desviando su mirada al suelo, sin poder mirar a esos ojos verdes sin sentir que era su culpa.

— ¿Cirugía? ¿Tú? ¿Por qué? ¿Hiciste bien la cirugía? — Francis se estremeció al escuchar esa pregunta, el tono de voz con el que Arthur lo habia dicho, como si no confiara en él en absoluto, como si lo creyera capaz de haber hecho mal la cirugía a propósito. Y el escuchar esa desconfianza dolía... dolía porque no estaba seguro en sí mismo, de haber hecho todo lo posible...

—No había nadie más que la pudiese realizar, y el tiempo de traslado a otro hospital era demasiado, corría un alto riesgo de mortalidad. Fue difícil, pero intenté dar lo mejor de mí... Reanimé el corazón, pero aún no ha recuperado la conciencia, en realidad lo intenté Arthur…— explico sin ser capaz de levantar su mirada. Arthur tenía sus ojos fijos en el cuerpo inconsciente de su hermano, con una sensación de pesadez en el estómago.

—Entonces... ¿no se recuperará nunca de su estado actual? — ante el solo pensamiento una frialdad repentina golpeo su cuerpo, sus palabras saliendo en una voz temblorosa, vacilante e incrédula.

—Aún muy pronto para decirlo— negó con la cabeza, recordando las palabras que Alfred le habia dicho minutos atrás. No quería que el inglés se preocupara aún más, que perdiera la fe en que tal vez... tal vez Scott algún día volvería a ser como antes. Porque pese a todo lo que habia pasado entre ellos, no quería que Scott acabara en un estado vegetal, o que nunca despertara. Dieu... tenía tanto que decirle a Arthur, que preguntarle, asegurarle que todo estaría bien. Quería tomarlo entre sus brazos, besarlo y borrar todo rastro de preocupación y dolor en sus ojos. —Arthur...— comenzó intentando acercar una de sus manos al hombro del menor, pero antes de que pudiera tocarlo una voz seria y tensa lo detuvo.

— ¿Puedes dejarme a solas con mi hermano? — esa petición... estaba inseguro de cumplirla, pero la postura rígida de Arthur y la seriedad en su voz lo hicieron hesitar, soltando un suspiro rendido al final.

—Está bien, llámame si necesitas algo— dijo apenas en un murmuro antes de salir a paso lento de la habitación, cerrando la puerta tras él. Arthur cuando noto que estaba fuera de vista dejo escapar un jadeo ahogado, perdiendo toda su compostura.

—Scott... estoy aquí— comenzó con la voz temblorosa, sentándose frente a la camilla y tomando la mano de su hermano entre las suyas, porque sabía que las personas inconscientes aun podían escuchar, o por lo menos eso era lo que quería creer. —Yo... todo esto es mi culpa ¿no? Todo fue por las cosas crueles que te dije, por la manera en la que te traté. — se sentía como la persona más imbécil y cruel en la tierra y el recordar todo lo que habia hecho hacía que su garganta se cerrara de forma dolorosa. —Hui sin saber que habías colapsado y estabas solo. Yo... por mi culpa ahora estas así— Todo era su culpa, absolutamente todo era su culpa. Y ahora Scott, no sabía si algún día iba a poder despertar, si se iba a recuperar, y todo era su maldita culpa. —Lo siento, lo siento tanto, hermano...

•••

Entro al hospital la mañana siguiente con malestar en su cuerpo. Pese a que ya había encontrado a Arthur, su corazón no estaba tranquilo. Porque en los breves segundos que lo pudo ver ninguno de los dos habló de lo que les estaba perturbando, no tuvo la oportunidad de sostenerlo entre sus brazos y asegurarle que todo iba a estar bien, que lo amaba, y que nada que pasara podría cambiar ese hecho. Esa noche no había podido dormir bien por el mar de miedos y preocupaciones que continuaban apareciendo. Estaba agotado.

Con un pequeño suspiro entro a la habitación donde descansaba el escocés, encontrando ahí una escena que lo congeló. Arthur estaba dormido en la pequeña banca frente a la camilla, con su cabeza hundida entre sus brazos apoyados sobre las sábanas. Pero algo estaba mal, a parte de la incómoda posición de su cuerpo.

—Arthur. Oh mon dieu ¿Estuviste aquí toda la noche? — se acercó preocupado, notando enseguida su aspecto pálido y desgastado, las bolsas bajo sus ojos enrojecidos y el ligero temblar de su cuerpo. Su respiración era irregular y parecía tener fiebre.

—Francis...— su voz sonaba apenas como un susurro, y pudo sentirlo dar un pequeño respingo cuando puso una de sus manos sobre su frente. Estaba ardiendo. —Estoy bien— Lo escucho murmurar apenas, apartando su mano con el ceño fruncido.

Soltó un suspiro resignado, sabía que si le insistía que estaba mal y que debía ser atendido Arthur se enojaría y la oportunidad de hablar con él desaparecería por completo. Ahora solo... esperaba que no fuera nada grave.

—Ven, debes estar cansado. Tienes que comer algo, estas más delgado, cher —pidió en voz suave, tomándolo de los hombros para ayudarlo a levantarse. Esperaba encontrar algo bueno para Arthur en la cafetería, porque cuando dijo que estaba más delgado no exageraba.

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.

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Después de una larga hora en la cafetería, intentando que Arthur dejara entrar algo de nutrientes en su sistema, se encontraban caminando por el patio del hospital, vacío a esa hora en la mañana. Por el frío clima no le sorprendía no encontrar a nadie por allí. Con cuidado se sacó la bufanda que llevaba y la enredó en el cuello del menor, esperando que así pudiera estar más abrigado y no se enfermara más.

—Ve a casa y descansa amour ¿oui? — pidió pasando con suavidad una de sus manos por las frías mejillas del menor, su pulgar dando pequeños masajes que, de haber sido otro momento, otra situación, le hubiesen hecho derretirse en el toque, pero ahora... ¿porque sentía que sus ojos empezaban a humedecerse? No podía soportarlo, ese amor, esa ternura con la que Francis le trataba, era demasiado, no sé lo merecía. No supo en qué momento su mano subió para apoyarse contra la del otro, o cuando la calidez se fue de su cuerpo y fue remplazada por temor de lo que estaba a punto de hacer.

—Ahora lo sé todo...—comenzó carraspeando su garganta en un intento de que su voz no sonara tan ronca, manchada de miedo, inseguridad y dolor. —Por qué desapareciste y por qué estabas teniendo un tiempo tan difícil. Incluso cuando regresaste ya no parecías ser el mismo, te sentía distante, hesitante... ahora entiendo porque— el cambio repentino de la manera en la que Francis lo veía, la ligera hesitación que a veces sentía cuando lo sostenía entre sus brazos. Ahora tenía sentido. Pero por mucho que los recuerdos dolieran Francis seguía viniendo a él una y otra vez, tratándolo como si fuera preciado—Eres una persona demasiado difícil de entender ¿sabes? — soltó en una risa amarga, sus ojos enrojecidos subiendo a chocar con los azules.

—Arthur...

—Francis...— lo cortó antes de que pudiera decir más, su vista bajando al anillo de compromiso que brillaba en su mano antes de subir a ese hombre que amaba de una manera tan dolorosa que le cortaba la respiración. — ¿Por qué te gusto? ¿Cómo es posible que me ames? — los ojos azules se abrieron atónitos al escuchar esa pregunta, su garganta volviéndose seca de repente.

— ¿De que estas hablando?

—Dijiste que te gustaba que pudiera verte, que eras feliz... ¿sigues sintiéndote de esa manera? —su voz se rompió finalmente, porque pese a que Francis no dijera nada, por la manera en cómo su cuerpo se había tensado y como sus ojos habían caído al suelo, podía saber la respuesta. Y dolía tanto que un jadeo ahogado salió de su garganta en un intento de recordar cómo respirar.

—Basta, Arthur— ¿porque su voz sonaba tan seria? ¿Porque lo estaba mirando de manera tan dura? Ese amor, esa calidez, ya no estaba. Y eso no hacía más que confirmar lo que más temía.

—Ya no puedes estar feliz por esto. No, ahora es solo... es solo un dolor horrible, como si te estuvieses quemando por dentro ¿verdad? — con solo verlo, estar cerca, tocarlo, no se podía imaginar cuán doloroso era para Francis. Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos mientras su respiración se volvía errática y su vista empezaba a desenfocarse. —Tú sabías todo lo que Scott le hizo a Matthew y aún así...

— ¡Te dije que te detuvieras Arthur! — ese grito lo hizo parar en seco, sus ojos subiendo a los del francés en shock. Esos obres azules mostraban una mezcla de enojo, dolor y preocupación, pero lo único que Arthur pudo ver en ellos fue ira... odio. Su corazón se apretó de manera dolorosa y el mareo lo invadió. Pero pese a que sentía su cuerpo en agonía, solo un pensamiento cursaba su mente: Francis lo odiaba...

Dejo escapar un grito ahogado cuando sintió su muñeca ser tomada con brusquedad y como el francés comenzaba a jalarlo a un paso tan rápido que sentía que se iba a tropezar.

— ¿Qu-que haces? ¡Suéltame! — el agarre dolía, le estaba quemando. Forcejeo con toda su fuerza, pero Francis parecía reacio a dejarlo ir. No se dio cuenta hacia donde lo estaba llevando hasta que escucho el sonido de sus pasos resonar en el mármol, creando un eco en el vacío espacio. Sus ojos subieron a mirar su alrededor sin comprender, que hacían en ese lugar, porque lo llevaba pasando las incontables filas de bancas de madera hacia el altar. Francis se detuvo y lo soltó. ¿Porque estaba ahí?

—En esta iglesia fue donde mis padres se conocieron— empezó con la respiración acelerada por todo lo que había caminado. —Eran apenas unos adolescentes cuando se enamoraron. Pero desde ese momento supieron que nunca podrían vivir sin el otro— Arthur paseo sus ojos curiosos por todo el lugar antes de negar con la cabeza, sintiendo un sabor amargo en su boca. Esa historia... ¿porque se parecía tanto a la suya? —Cuando mi padre pasaba por algún momento difícil solía venir aquí. Recordaba todos los momentos felices que tuvieron, las promesas que se hicieron. Entonces, las cosas difíciles en la vida se volvieron nada para él, y pese a todos los problemas se mantenía con una sonrisa porque sabía que por ese amor podía continuar adelante. — un amor tan puro, cálido e incondicional como el de su padre con su madre, eso era lo que quería para él y para Arthur. Que fueran capaces de superar cualquier cosa juntos, con amor... porque si se amaban, eso era suficiente. Eso debía ser suficiente. —Empecemos desde aquí— el suave agarre de las manos del mayor sobre las suyas hizo que su corazón ardiera. Esa historia... no, no podía. Quería irse de allí. No soportaba estar en ese lugar, estar frente a él, sentía que se estaba ahogando. La presión era demasiada.

—M-me voy... —se zafó del agarre con apenas fuerzas, retrocediendo unos pasos con un peso tan grande en su pecho que sus ojos empezaron a nublarse.

— ¡Arthur! —ese fuerte agarre sobre sus hombros lo detuvo, y en ese momento tuvo ganas de vomitar. El tan solo sentir ese toque sobre su cuerpo lo hacía sentir enfermo. —Mírame, solo mírame a mí. Solo tienes que tomar mi mano y venir conmigo.

—No... no puedo— negó con la cabeza, sus ojos fijos en el suelo, porque sabía que, si subía a ver al francés, perdería toda la compostura que le quedaba.

—Si puedes, solo hazlo— No merecía estar con Francis, no merecía ese toque sobre sus hombros, esa voz, su amor.

— ¿Cómo puedo hacerlo? Mi hermano... el asesinó a Matthew— en ese momento sintió las lágrimas comenzar a mojar sus mejillas, las memorias de esa conversación, las voces de su subconsciente nuevamente invadiéndolo.

—Eso no tiene nada que ver con nosotros, no podemos dejar que eso nos afecte— Francis apretó más el agarre de sus hombros, obligándolo a verlo a los ojos, la sinceridad y desesperación en ellos. Porque no quería perderlo, por nada del mundo.

— ¿Cómo puedo no dejar que me afecte, Francis? ¿¡Cómo!? — gritó zafándose bruscamente, subiéndolo a ver con enojo. ¿Porque ese idiota no podía comprenderlo? — ¿Cómo puedo verte con estos ojos, como voy a poder sonreír? Todos los días que me veas solo va a ser un recuerdo doloroso, nada más.

— ¡Eso no es cierto! —negó frenéticamente, podían superarlo juntos, podían hacer todo si estaban juntos, si se amaban. —Mi mayor dolor es no estar contigo, no poder verte. No podría vivir sin ti

—Eso es solo tu ilusión y tu deseo. Puedes vivir sin mí, puedes superarme, puedes enamorarte de nuevo— sentenció con frialdad, sus ojos subiendo con dureza a los azules que empezaban a humedecerse.

Non, je peux pas (no puedo) Arthur, no puedo hacer eso. — el solo pensamiento de enamorarse de otra persona hacía que sus intestinos se revolvieran. —Solo debes quedarte conmigo, prométeme que vas a estar siempre conmigo. S'il te plâit (por favor)— rogó con tanta desesperación que sintió su voz quebrarse. Arthur tapo su boca en un intento de contener un sollozo cuando vio las lágrimas comenzando a caer de esos ojos azules. Lo estaba destruyendo. Si seguían juntos, si continuaban con todo eso, lo único que haría era destruirlo más. Porque por mucho que lo deseara, el no era la persona indicada para Francis. Él... él solo lo haría sufrir más.

—No puedo hacerlo... no puedo continuar con esto— En ese momento se sacó el anillo de compromiso que meses atrás Francis le había regalado, mirándolo una vez más con cariño y pesadez. —No puedo aceptar este anillo— dijo conteniendo el dolor de su voz, dejando la pequeña argolla en la mano del francés que estaba demasiado atónito como para reaccionar.

—Arthur...— subió a ver al menor con súplica. Pero Arthur tan solo negó, ya no había vuelta atrás, por mucho que su corazón gritara en agonía, tenía que dejarlo ir.

—Francis Bonnefoy... ¿puedes desaparecer de mi vida?

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Ok... se viene drama. Pero, sin un buen drama no se pueden apreciar los finales felices ¿no? Si quieren decir que les pareció el capítulo, o lincharme, lo que se les venga mejor, dejen un comentario, los leo todos y siempre intento contestarlos 😂👍.

-TÉRMINOS MÉDICOS-

*angiografía: técnica radiográfica que permite medir el flujo de sangre y la presión en las cavidades cardíacas y determinar si las arterias coronarias están obstruidas.

*infarto de miocardio de ST elevado: El infarto agudo de miocardio con elevación del ST generalmente se produce tras la rotura de una placa de ateroma en una arteria coronaria. Genera una oclusión de la arteria y una interrupción total del flujo coronario con la aparición de daño, y posteriormente, necrosis miocárdica. En resumen... las arterias del corazón se taponan y deja de fluir la sangre necesaria al corazón.

*arterias coronarias: arterias que suministran sangre al corazón.

*contractilidad miocárdica: Refleja el rendimiento mecánico del corazón. De ella depende la eyección de la sangre desde el corazón.

*cirugía de revascularización coronaria: Es una cirugía que crea una nueva ruta, llamada derivación (bypass), para que la sangre y el oxígeno puedan evitar un bloqueo y llegar al corazón.